En Cuba


Hace ya unos meses que me mudé a Cuba. El mar, la arena blanca…ciertamente hay mil razones para vivir en Cuba. Por las mañanas me gusta coger el saxofón e irme al paseo marítimo de La Habana y allí me paso horas y horas, días y días, tocando, y miro a las chicas pasar y pienso, de verdad que lo pienso, que es una pena que no todos se vengan a Cuba. Y es que ya lo decía mi abuelo, a quien “le gustaba por la mañana, con el café bebido, pasearse por la Habana, con un cigarro encendido.” A él, antes de ser el anciano que recuerdo y que conocí en los primeros quince años de mi vida, también le gustaba vivir en Cuba. O eso al menos me dicen. Me lo dicen los demás de mi familia, todos esos a los que nos les gusta vivir en Cuba. Como mi padre, que trabaja para evitar que la gente venga a Cuba.

Si pudiera cambiarme por alguien me cambiaría por Charlie Parker. Pero yo no me moriría drogado en Nueva York, porque yo hubiera cogido mi arte y no me lo hubiera llevado a París, ni tampoco a California…no, yo me hubiera ido lejos, muy lejos, lejos de Harlem, lejos muy lejos, donde nadie me pudiera venir a buscar. Y desde allí, desde Cuba, desde lejos, muy lejos, es desde donde les hubiera regalado mis dedos de ángel, mis pulmones de superhombre. Y hubiera vivido más de treinta y cinco años. En Cuba.

Pero yo no soy Charlie Parker, entre otras cosas porque me llamo Harry Hernández Jr., y no nací en Kansas City, sino en Washington D.C., donde mi padre es miembro del Congreso de Estados Unidos. Él me prohibió terminantemente que viniera a Cuba, me dijo que hay que esperar a que se muera “noséquien,” (el mismo que echó a mi abuelo), para que así, con “noséquien” muerto, ya podamos entrar en la isla y comprarlo todo a precio de saldo. No, eso no me lo dice mi padre, porque mi padre siempre habla de otras cosas, como la democracia, los derechos humanos y cosas por el estilo. A mi no me importa llamar a las cosas por su nombre porque, desde que vivo en Cuba, he desarrollado ideas propias, que sin embargo prefiero no manifestar, ya que cuando lo hago me sacan de Cuba, me devuelven al mundo de mi padre y de todos los que son como mi padre. De todos los que están fuera de Cuba.

—¡Harry Hernández!

Aquella voz me sacó de Cuba por unos minutos.

—Sí, profesor—contesté tímidamente, en tono casi inaudible, aún algo confuso tras tan inesperado y traumático regreso.

—¿Está Harry Hernández en clase?

—Sí, profesor, estoy aquí…—repetí, esta vez en voz más alta, lo cual es corroborado por el hecho de que esta vez me oyó.

—Ah, señor Hernández, perdone, no le había oído…Por favor, pase por mi oficina después de clase.

—¿Después de esta clase?

Ante aquella pregunta algunos de mis compañeros se rieron. Me extrañó, pues yo no era consciente de haber dicho nada gracioso…aunque quizás sí lo había dicho…no, no lo había dicho, tal y como se encargó de confirmarme el señor profesor. No es lo mismo, aunque a veces parezca igual: había dicho una tontería.

—¡Claro que después de esta clase! ¿De cuál sino?

No lo sabía. En realidad no sabía nada, tan sólo que tenía que ir a ver al profesor tras aquella clase y que, pues acababa de comenzar, quedaban más de cincuenta minutos para su final. Más de cincuenta minutos para irme a Cuba.

Desde mi silla, recostado ligeramente sobre el pupitre, y con cara de haber trabajado muy duro durante el día, me dije que me merecía un descanso. Era el momento de tomarse una copa.

“Pascual. ¡un HH!”

La taberna de Pascual, ¡quien no conoce la taberna de Pascual! Aquí se beben los mejores cocktails de Cuba. Le pedí un HH, mi bebida favorita y bautizada en mi honor. El HH esta compuesto de ron y de muchas otras cosas que Pascual sabe que me gustan.

“Hola muchacho,” me dijo Pascual.

“Amigo Pascual, ¿cómo estamos esta noche?”

“Muy bien…¿Cómo van esas composiciones de jazz? He oído que te estás haciendo muy famoso en tu país…”

“Cierto…”

Seguí ésta afirmación de un comentario increíblemente ingenioso, del que ahora la verdad es que no me acuerdo muy bien, pero que a buen seguro el escritor de alguna de mis biografías se encargó de apuntar.

“¿No crees que ya va siendo hora de que regreses?”

“¡Nunca! Con lo que me costó escapar. Ahora estoy en Cuba, ¡en Cuba!”

“¿Sabes que dice la ley del mar…?”

“Que todo hombre debiera vivir rodeado de muchos litros de agua, de playa y de sol, porque sólo así la vida es soportable.”

—Señor Hernández, ¿sería mucho pedir que me contestara hoy?

—Perdón…

—Le he preguntado por la ley del mar…

—Que todo hombre debería vivir rodeado de muchos litros de agua, de playa y de sol, porque sólo así la vida es soportable.

—¿Se está usted riendo de mí?

—No…¿por qué? Yo no me río…—y viendo que era el único que no lo hacía, pues el resto de mis compañeros se estaban desternillando—…son ellos los que se ríen.

—Se ríen de la estupidez que acaba de decir.

—Lo siento señor profesor, pero esa es la única ley del mar que se me ocurre…

—Yo no quiero que se le ocurra la ley del mar, quiero que la sepa. ¿Y sabe usted cómo la puede saber la próxima vez?

—No.

—Estudiando, señor Hernández. Hablaré con usted después de clase…Y no hace falta que me pregunte “si después de esta clase.”

Desde luego, es cierto eso de que los profesores están para aclarar las dudas, pues el señor Smith, doctor en Derecho Internacional y profesor de dicha materia en la universidad de Jorgeciudad, me había resuelto la mía antes incluso de poderla formular. Después de “esta” clase. Eso me daba veinte minutos más para irme a Cuba.

“¿Quieres que os toque algo, Pascual?”

“¿Llevas contigo el saxofón?”

“Siempre, siempre…Es como una parte de mí. No, más que eso, mucho más…Pues no es una parte cualquiera, sino la que me deja ser quien soy, la que me da una identidad. Y si Dios no me dio el saxofón al nacer, de la misma forma que me dio un brazo o una oreja, es porque Dios nunca nos pone en el cuerpo aquello que nos convierte en quien somos, sino que nos lo escribe en el alma, para que así podamos encontrarlo. Y yo encontré a mi saxofón…Míralo, aquí está.”

“Pues toca mi hijito, toca…”

No les puedo describir en palabras como sonaba aquello, porque si las palabras por lo general no alcanzan a describir los sonidos, mucho menos las melodías de Cuba. No, no hay manera de describir como toqué Just Friends, o como…Imagínenme, alto, esbelto, con mi cabello negro como el carbón engrasado hacía atrás y un pequeño pequeño bigote que ensalzaba mis masculinas facciones. Mis carrillos se hinchaban cada vez que me disponía a regalarle un trozo de alma al aire—un trozo de aire al alma–el cual volaba y tras por el camino juguetear con las mesas y sillas de la taberna, incluso con las botellas, entraba acariciando los agradecidos oídos de Pascual y de sus clientes. Un HH se tomó por el camino mi trozo de aire. Just Friends. Ese es el único tipo de arte que merece que nos esforcemos, el que comunica, el que dice lo que no sabemos decir de otra manera. Just Friends.

—¡Señor Hernández! ¿Sería mucho pedir que dejara usted de cantar?

—¿Perdón?

—Ya sé que probablemente su intención sea la de alegrarnos un poco el día y hacer este aula un poco más agradable…pero aún así, le agradecería que dejara de cantar.

—No estaba cantando.

—¿Cómo?

—No estaba cantando.

—¿Se atreve usted a llamarme mentiroso?

—No le he llamado mentiroso…

—Usted ha dicho…

—…que no estaba cantando.

—Señor Hernández, todos le hemos oído. Usted cantaba.

—¿De verdad? Vaya, que extraño, yo hubiera jurado que estaba tocando el saxofón.

—Señor Hernández, se está usted pasando…

—Perdón, de verdad que lo siento. De verdad que no era mi intención cantar. Creamé, yo quería tocar el saxofón.

El profesor miró al cielo y en él buscó la paciencia para no mandarme a cierto lugar, el cual, dicho sea de paso, no está en Cuba. Creo que incluso intentó comprenderme…¿pero cómo iba a hacerlo si él nunca ha estado en Cuba? Claro que ese era su problema, no el mío. Y es que en realidad yo no tenía ningún problema, o al menos no de momento, no en los próximos diez minutos, en Cuba.

Y cual sería mi sorpresa cuando me vi que Pascual, ese Pascual que llevaba más de dos años sirviéndome copas con su agradable sonrisa, sabía tocar los timbales. Le miré con cara de extrañeza, “¿tú Pascual?” Él me sonrió una vez más. Cambié de pieza, ahora era Mangue Mangue. Vaya pareja, aquello, amigos, ha sido una de las cosas más grandes que ha visto el jazz en su historia. Pascual-y-Harry-Hernández-en-la-taberna-de-Pascual-tocando-Mangue-Mangue, que gran momento, y se perdió, como se pierde todo aquello en lo que el hombre, por suerte, fracasa en su increíble manía de conservar, de guardar, de grabar y de revivir…Bien, yo he revivido miles de veces a Monk y a Parker en Birdland, a Davis y a Coltrane, a Coltrane y a Monk…, pero sólo yo, yo y Pascual, junto a unas decenas de clientes, de amigos, vivimos aquel momento. Y es tan bonito vivir, tanto que, de repente, revivir parece morir; por mucho que uno pueda revivir genialidad y sin embargo sólo vivir humanidad. Sí, vivir siempre será más bonito. Claro que sólo viven los que aprenden a revivir, sólo son humanos los que aprenden a apreciar a los genios. Y he dicho apreciar, no idolatrar; a revivir su arte, no a utilizarlo de adorno, porque el arte no es un sombrero, o una nueva permanente, el arte no está para adornar a las personas sino para crearlas. Sin arte no habría hombres, sin mujeres no habría arte; sin arte el mundo pertenecería a todos aquellos que viven fuera de Cuba. Sí, sería suyo…O quizás ya lo sea. A todos esos que jamás han aprendido a revivir y que por eso no saben vivir, a todos esos que, porque siempre hablan de futuro y nunca miran al pasado, nunca sabrán crear presente. Ellos sueñan el pasado, para que parezca como hubieran querido que fuera, y miran, examinan, marcan y escrutan el futuro. En Cuba, por el contrario, lo que soñamos es el futuro, pues hemos aprendido a revivir el pasado—incluso a examinarlo, marcarlo y escrutarlo—para así vivir, aunque sea sólo por unos segundos, el presente. Y en mi presente, en ese que ahora es pasado y que para ustedes revivo desde ese futuro que ahora es mi presente, vivía, sí, vivía de verdad…Con Pascual y Mangue Mangue. No, ya no me quejaré nunca más por no haber nacido años antes y haber vivido todos esos momentos que no he podido sino revivir, ya no me quejaré porque, de haber nacido entonces, nunca hubiera vivido aquel momento en la taberna de Pascual. Y de no haberlo vivido nunca hubiera existido y el existir era la única manera en la que podía llegar hasta ustedes, porque nadie lo grabó y por tanto es imposible revivirlo. Sólo vivirlo. Vivirlo en Cuba. Bienvenidos a Cuba. Y hablando de vida, mi amiga está otra vez entre el público. No importa donde o cuando toque, que mi amiga estará allí. En la taberna de Pascual o en el Tropicana, donde toco cada medianoche, basta que suenen un par de notas y una luz, dos luces, las de sus ojos, aparecen como dos lunas en un cielo de estrellas. Y ya sé que ella está otra vez conmigo.

—Señor Hernández, ya sabe que quiero verle en mi oficina.

—Si, sí, claro…

Vaya hombre, ya la he hecho. No sé porque, pero las autoridades políticas de la isla no me dejan en paz. Creo que sospechan que soy hijo de su gran enemigo Harry Hernández Sr., el senador por el estado de Florida que tanto ha hecho por evitar que la gente venga a Cuba. Y no importa las veces que les diga que no es cierto, que les mienta y les asegure que, en realidad, soy hijo del propietario de un restaurante cubano de Miami: “¡de Kendall!” Meses llevó intentando convencerles y siguen sin creerme. Al menos una vez por semana me interrogan, entran dondequiera que yo y mi saxofón nos encontremos y me gritan: “¡a la oficina!” Y sé que eso significa que siguen creyendo que soy un espía. ¿Yo un espía? Vaya tontería. Una y otra vez me sacan de mi sueño de jazz para recordarme que Cuba es algo más, algo más de lo que prefiero no hablar. Algo muy feo. Al principio me escoltaban, no se fiaban de que verdaderamente fuera a presentarme en las oficinas gubernamentales, pero tras un tiempo y tras comprobar que nunca intentaba escaparme tras una de sus notificaciones sino que, por el contrario, me presentaba puntualmente allá donde ellos me indicaran, dejaron que fuera yo solo. Me decían la hora y el lugar. Y a esa hora y en ese lugar yo me presentaba.

Entre pasillos llenos de gente me abrí paso. La gente estaba callada y todos parecían tener prisa por llegar a algún lugar. También yo, pues me dí cuenta de que también yo estaba callado y también tenía prisa por llegar a algún lugar. Que diferente parecía todo, que diferente al resto de la isla, que diferente a dos minutos atrás cuando me encontraba tocando Mangue Mangue con Pascual ante la tierna mirada de mi amor secreto. ¡Cómo se pierden los momentos y cómo nos perdemos nosotros con ellos! De repente todo cambia y ya no reconocemos a la persona que entonces vivía en nuestro cuerpo. En la taberna de Pascual podrían haberme hecho cualquier cosa, cualquiera, que no me hubiera importado, porque en mi cuerpo vivía un ser que tocaba jazz y al que todo le daba igual. Ahora ya nada daba igual. Ahora estaba angustiado, no por que me fueran a quitar lo que más me importaba, la música, pues nadie podía hacerlo, sino por el mero hecho de que fueran a intentarlo. ¿Por qué? Aquel miembro del gobierno lo iba a intentar…¿qué le había hecho yo? ¿Sólo tocar el saxofón y tener el nombre equivocado?

—Señor Hernández, debo confesarle que estoy muy preocupado por usted…No, no me interrumpa…—me dijo él—Sabe que me une una gran amistad con su padre, que estudiamos juntos en la universidad y que yo mismo le recomendé a usted para que fuera admitido en Jorgeciudad. Pero usted era entonces tan diferente. Le recuerdo como a un muchacho ambicioso, callado, trabajador…consciente de lo que cuesta el triunfo y dispuesto a conseguirlo. Sólo dos años han pasado y me cuesta reconocerle, señor Hernández. No estudia, no presenta a tiempo los deberes y su presencia en clase no es más que eso: presencia. Ya sé que estas edades son difíciles, que la incertidumbre ante el futuro, unida a las muchas cosas que siempre pasan en la vida de un joven, pueden hacer que perdamos el rumbo…He de reconocerle que, además, yo le entiendo de manera especial, pues yo también fui un joven inquieto, preocupado por muchas cosas que nada tenían que ver con mis estudios. También yo fui rebelde. Recuerdo que una vez incluso me olvide de entregar un ensayo…¡Así de inmerso estaba en las manifestaciones contra la guerra del Vietnam!

—Siempre los malditos americanos, le entiendo…

—¿Perdón?

—Le decía que siempre los malditos americanos, metiéndose donde nadie les llama.

—Bueno, señor Hernández, lo que acaba de decir no tiene nada que ver con lo que estábamos hablando…—el miembro del gobierno pausó por un momento—si bien no puedo sino pedirle una explicación…

—Es lo que pienso. Aunque no me lo tome en cuenta, no lo digo para agradarle, porque la verdad es que no me importa lo más mínimo donde se metan los americanos mientras no se metan en mi vida.

—No le entiendo…¿acaso no quiere usted a su país? ¿Y por qué me dice eso de agradarme? Yo quiero a mi país…De acuerdo que toda gran nación comete errores pero…

—¿Lo dice por lo de los rusos?

—Sí, también por eso, como parte implicada nos corresponde una parte de la culpa pero…

—No se excuse, entiendo que los negocios son lo primero.

—Es cierto que la guerra fría fue un negocio…pero no creerá usted que eso fue todo…que no había algo más, una ideología, una causa…

—Ni lo sé ni me importa. Además, ya le he dicho que no les condeno por ello.

—¡Pero usted no puede hablar así! La verdad, no sé que pensaría su padre en caso de oírle…

—¿Mi padre el dueño del restaurante cubano?

—¿Así le llama? ¡Ja! Más respeto debiera mostrar por él…su padre ha sido un hombre que ha trabajado muy duro.

—Desde luego que sí. Se pasa el día friendo arroz y tostones. Desde la seis de la mañana a las diez de la noche.

—Su padre ha hecho mucho por su país y debiera agradecérselo.

—Mire amigo mío…Le he dicho mil veces que mi padre, el Harry Hernández Sr. que aparece en mi pasaporte, no es el hombre que usted cree. Mi padre es el dueño de un restaurante cubano, no el senador que tantas perrerías les ha hecho en los últimos años a sus compatriotas. Mi padre no tiene nada que ver con ese Harry Hernández que está intentando matar de hambre a la gente de su propia tierra para así poder comprar más barato cuando se muera el señor de la barba. No, no, nada de eso. Ya se lo he dicho, mi padre es el dueño de un restaurante cubano.

—Habla usted como un comunista…

—Pues no lo soy. Ni socialista, ni fascista, derechista o falangista, nihilista, malabarista, o callista. Eso sí, le reconozco que un poco cuentista…La verdad, me da todo igual, eso es lo que han conseguido toda le gente como mi padre, todos esos que son como mí país, proclamando unos objetivos pero escondiendo sus verdaderas razones para conseguirlos. En el mundo hay democracia, hay libertad, hay comprensión entre las razas, o eso dicen al menos, y sin embargo nunca ha habido un sociedad cuyos miembros fueran tan insoportablemente cínicos y discriminatorios. Una sociedad de amor que odia por dentro. Claro que a mí todo eso no me importa. Sólo les pido que no me contagien.

—¿Y qué hace al respecto? ¿Qué hace para solucionar todos esos grandes males? Además de quejarse, claro está…

—Vine a Cuba, ¿no es eso suficiente?

—¿Se está usted riendo de mí?

—¿Por qué iba a hacerlo? Lo único que quiero que le quede claro es que no me importa su maldito gobierno, ni su señor de barba, porque mi padre es el dueño de un restaurante cubano y, en comparación con lo que he dejado atrás, su maldito señor de la barba…Mire, le voy a ser sincero, su señor de barba ojalá se muera pronto, pero he de reconocerle que al menos es alguien que ha vivido acorde a algo. Le seré más sincero aún, su señor de la barba es un cerdo, un idiota, un vano al que le han sobrado muchos años de vida, pero que ha tenido la suerte de que gente como mi padre le hayan hecho aparecer como el bueno de la película. Sí, son gente como mi padre los que han hecho feos los ideales bonitos, los que a base de instaurar democracias por conveniencias han hecho que hasta la democracia dé asco. Esos y los terroristas que, con la tranquilidad de los que se saben jugando con ventaja, hablan con armas en tiempos de paz. Eso de querer conquistar ideales con las armas, o incluso poder, hubiera estado muy bien cuando el enemigo estaba armado, cuando uno mataba y se exponía a que a cambio le matasen. Pero ahora no…ahora es de cobardes. Tambien ellos han hecho que la democracia me dé asco…Y es que los hay que por no merecer no merecen ni voz. O todos esos que hacen lo correcto, dicen lo correcto, pero cuya alma no vale nada, todos esos que no llamarán maricones a los homosexuales, ni negros a los “afronosequé,” pero que si de ellos dependiera los meterían a todos en una gran hoguera. Sí, también ellos…

—Señor Hernández, me temo que no entiendo de que está usted hablando…

—¿Quiere un ejemplo? Le voy a contar el de un amigo mio. Es un buen chico, de una importante y respetable familia católica. Él también vota y él también dice que la libertad es importante. Su familia controla un país cuyo nombre no viene al caso. Tiene bancos, escuelas, poder en el gobierno…Un día su familia decide que no es suficiente con hacerse ricos a base de explotar a los pobres y que, siendo los negocios tan fáciles, porque no hacer algo más. Le piden un prestamo al gobierno, el cual el gobierno les concede pues ellos lo controlan, y al día siguiente deciden llevarse ese dinero y mucho mas a su banco de Miami. Así de fácil. Llevarse el banco, ¿quién dijo que los negocios eran difíciles! “Tú me das dinero y yo me lo quedo.” Quinientos millones de dolares. Que bien. Y después esos serán los que dicen que no vuelven a su país porque la situación es complicada, o los que compraran poder dándole dinero a grupos como el que lucha contra su señor de la barba. La verdad, como ya le he dicho, entre todos están haciendo que hasta le tenga simpatía. Y no debiera.

—Mire señor Hernández, no sé porque me dice eso ‘de mi señor de barba…’ y si es una ironía refiriéndose al presidente de nuestra universidad, he de decirle que no le veo la gracia.

—No ha sido mi intención faltarle al respeto.

—Entendido. Mire, no voy a decirle que el mundo sea justo, y a mí tampoco me gusta que pasen esas cosas de las que usted me está hablando. Pero déjemonos de grandes causas, las cuales no vamos a poder resolver de todas formas, y concentrémonos en las que sí podemos hacer algo por mejorar. Como la suya. Es usted quien me preocupa. Está bien, olvidémonos de su padre, cuya mención veo que prefiere usted evitar, y también de la amistad que me une a él…

—Le debe gustar el arroz con tostones…

—Sí, supongo que sí. Bueno, olvidémonos ahora del senador…mejor dicho, del propietario del restaurante cubano…

—Me parece justo, pues, como quizás ya sepa usted, el propietario del restaurante cubano se olvida de las personas en cuanto dejan de serle útiles.

—Nunca se ha olvidado de mí.

—Señal de que usted le es útil todavía.

—Me parece, señor Hernández, que juzga usted muy a la ligera una amistad que se remonta ya a más de treinta años. Conozco bien a su padre…

—Sí, supongo que mejor que yo.

—Yo no he dicho tanto.

—El que lo dice soy yo. Efectivamente, le conoce usted mejor que yo, mucho mejor que yo…al propietario del restaurante cubano…No me cabe la menor duda. Eso demuestra que yo tengo razón. Supongo que a mí nunca me ha necesitado.

—Me horroriza oírle hablar así de alguien que siempre se ha desvivido por usted.

—Usted lo ha dicho: se ha desvivido. Una pena que nunca se le ocurriera vivir por mí.

—Es usted injusto.

—No lo niego. Pero usted también lo es. Si bien la diferencia es que usted me obliga a ser víctima de sus injusticias, mientras que yo no le obligo a ser víctima de las mías. No olvide, señor de la oficina de emigración, que es usted quien me ha llamado.

—Veo que esta conversación no nos lleva a ninguna parte. Mira Harry, voy a serte sincero, corres riesgo de ser expulsado de la universidad. Todos tus profesores se quejan de ti, dicen que te tomas a broma las clases, y si te he llamado es con la esperanza de que entraras en razón…A ninguno de nosotros, incluido al presidente de la universidad, le gusta la idea de expulsar al hijo de uno de los senadores más importantes del congreso de los Estados Unidos…

—¡Pero si ya le he dicho que mi padre es el dueño de un restaurante cubano en Miami!

—¡Basta ya de tonterías! Mira Harry, te conozco desde que ibas en pañales, y te voy a avisar por última vez. A la próxima te vas de aquí. Punto. Y no será conmigo con quien trates la próxima vez sino con…

—¡Con el señor de la barba!

—No creo que a nuestro presidente le gustara esa broma tuya acerca de su barba.

—¿Broma? ¿Acaso la barba es postiza? ¿No verdad? Entonces, no entiendo porque se iba a ofender.

—Veo que no sirve de nada. Bien, allá tú, Harry. Sólo te aviso de que no sigas contando conque te vaya a salvar el ser hijo de quien eres hijo. Todo tiene un límite y tu padre sabe que hemos hecho todo lo posible por devolverte al camino adecuado…Que no podemos permitir que te saltes las reglas constantemente…

—Mire señor de inmigración…

—¡Decano Smith, si no te importa!

—Mire señor de Inmigración, Decano Smith. Aunque a veces pueda parecerle lo contrario, yo no he venido a este lugar a saltarme las normas. No, de verdad que no. He venido a Cuba a aprender y a vivir: a educarme. Y si una persona que intenta educarse choca contra las normas, eso significa que las normas no son las adecuadas. Ya sé que están ustedes muy orgullosos de su talentoso grupo de estudiantes, que muchos de ellos algún día serán, al igual que mi padre, dueños de restaurantes cubanos. Pero eso no tiene nada que ver con educación. Mi padre, pese a sus dos carreras, su máster y doctorado, tiene menos educación que un campesino…Educación es madurar como persona y gracias a ello progresar en la sociedad, y no, tal y como ustedes parecen promover, progresar en la sociedad escondiendo que en realidad no se ha madurado. Sus estudiantes son niños al llegar y niños al irse, siendo la única diferencia que, tras cuatro años, saben esconder a los ojos de los demás sus infantiles debilidades. Y recitar a Whitman a la vez. Y es que nadie dijo que uno deba dejar de ser niño para triunfar…Pero la educación no es eso, debido, entre otras cosas, a que la educación nada tiene que ver con el triunfo. Querido señor de Inmigración, amigo Decano Smith, Decano, vaya un nombre bonito…con mis cientos de defectos, con mis mil errores, creo que yo estoy dándole el verdadero valor a esta isla, el valor que se merece, y no aquel que le dan la mayoría de sus demás habitantes y que sólo piensan en llenar sus curriculums. ¿Las normas no están hechas para mí sino para ellos? Entonces chocaré contra las normas y, si es necesario, y con todo el dolor del mundo, aceptaré mi expulsión de la isla…Pero nunca me iré. Tengo derecho a estar aquí y será su estupidez la que me robe ese derecho. Si algo soy es terco, ¿qué le voy a hacer?

—Señor Hernández, todos sabemos de su poca disposición al trabajo…

—No, de eso no sabe usted nada.

—Su padre me lo ha comentado más de una vez…

—Mi padre cree que todo lo que no sea hacer arroz con tostones no es trabajo.

—¡Abandono! Veo que hablar con usted no lleva a nada. Buenos días, señor Hernández, espero que recapacite.

—¡Recapacitar! Sí, claro que recapacitaré…Por desgracia es parte de mi naturaleza. Pero no espere ningún resultado positivo; la futilidad de todos mis actos también es parte de mi naturaleza. Buenos días, señor Decano Smith.

Esta fue la deliciosa e instructiva charla que tuve con el jefe de la oficina de emigración, el muy honorable Don Decano Smith. Ni que decir tiene que ésta me causó un gran efecto; tanto que, en los siguientes veinte segundos, me fue imposible pensar en nada más. ¿Veinte? ¿Qué digo veinte? Quizás fueran incluso treinta. Sí, treinta segundos me costó sobreponerme a la influencia del señor Smith, a su elocuencia, a su intensa mirada, a la majestuosa manera en la que se restregaba la mano por la nariz. Sí, todo era poder en Don Decano. Todo era fuerza.

Si algo influyó en que me pudiera librar del recuerdo de aquellas palabras, del poder de aquella mirada, fue el que poco después me volvía a encontrar en el exterior; al amparo del cielo, acariciado por el sol y en un precioso día de primavera. No, en el cielo no había ojos de Decanos, ni siquiera dueños de restaurantes cubanos. Hablando de tostones, al comprar el periódico, el cual curiosamente era el Washington Frost, lo cual, supongo que demostraba que no era cierto eso de que el señor de la barba vetara la entrada de noticias del extranjero, me sorprendió ver a mi padre, a mi querido padre, en la portada del mismo y anunciando, como no podía ser de otra forma, que los tostones en la isla debían ser, y sin falta, cada vez más escasos.

“Hay que Endurecer el Embargo.” rezaba el titular.

Y la verdad es que poco tenía de extraña aquella manía de mi padre de racionar los tostones pues, como saltaba a la vista, éstos le eran cada día más necesarios si quería impedir que su expansivo cuerpo, especialmente en la zona abdominal, muriera por falta de cuidados. No había que jugar. Era necesario que todos los tostones se quedaran en casa, pues de lo contrario el estómago de mi padre podía morir por desnutrición. ¿Qué era aquella locura de mandar ayuda a los cubanos? No, había que ponerse duros, pues su líder parecía gozar de buena salud y si su líder gozaba de buena salud era señal de que todos los cubanos también gozaban de ella, así que no había razón para temer que la gente se muriera de hambre. Uno no tenía más que mirar al señor de la barba, con sus pelos tiesos y mofletes rechonchos, con su perfecta silueta de deportista; ¿no es un líder el estandarte de su pueblo?; ¿cómo temer por el pueblo viendo la perfecta salud del señor de la barba? Además, incluso de ser cierto aquello de que la población estaba pasando por ciertos apuros económicos, siempre había la opción de que las mujeres se ganaran la vida acostándose con los turistas y siempre habría viejas ricas que viajaran a la isla para premiar con sus encantos, líquidos encantos los suyos, a los guapos cubanos. Sí, la economía florecía en la isla, así que para qué preocuparse. Lo importante era evitar que los tostones siguieran alejándose del estómago de mi padre.

Además, como rezan las “Coplas (mientras se espera) a la Muerte del señor de la Barba:” Una Copla en verso,

si se morían

que se muriesen,

si no tenían dinero

que no lo tuviesen,

pues algún día,

o al menos eso parece,

el señor de la barba se moriría,

ojalá se muriese,

y con sus tostones mi padre podría…

Y otra en prosa,

“…cantando canciones de democracia y conciliación, comprar terrenos y casas, incluso playas y gente. Y sería como pagar con tostones, como si el dinero fuera de mentira; un monopoly gigante, con mar y con personas, un mar sucio y lleno de bronceador y unas personas que llevan décadas vendiendo su alma al diablo. Y sus cuerpos a los turistas. Así que no hay porque preocuparse por ellos, que les haremos un favor al comprarles a precio de saldo y enseñarles a destrozar el idioma en esa deliciosa forma que llevamos décadas perfeccionando en Miami.”

Hablando de mi padre, aquella mañana me tocaba reunirme con su expansiva anatomía. Al verle, temí que estuviera pasando por algún problema de salud, pues su estómago había disminuido de manera notable. Asustado, nervioso, creyendo que mi progenitor se estaba deshinchando y que algún día se iría volando como si fuera un balón de playa, le pregunté cual era la razón de aquel penoso estado en el que se presentaba ante mí, a lo cual él contestó, no sin antes hacer el inciso de que era yo quien me presentaba ante él y no viceversa, que la razón no era que hubiera pisado un clavo sino, tal y como yo me había imaginado, que llevaba casi dos semanas sin comer.

—¿Tan mal va el negocio?—le pregunté, no pudiendo evitar un cierto tono de compasión.

—¿Negocio?

—Así que ya no tienes dinero ni siquiera para comer…

—Estoy en una clínica.

Vaya, aquello era peor de lo esperado, mi padre en una clínica; el otrora robusto Harry Hernández Sr. cuidado como si fuera un viejecito. Y lo peor es que en esa clínica le cobraban, me informaba en estos momentos mi padre, por no darle de comer. Yo le sugerí que quizás fuera mejor que se gastase el dinero en comida, y no en una clínica donde le curaran de su inanición no dándole de comer, a lo que él, de manera sorprendente, me contestó “que no le había la menor gracia mi broma.” Esto me confirmó que soy el peor de los payasos, pues nunca soy consciente de mis bromas y al parecer no tienen la menor gracia. Aunque esto último quizás no sea del todo exacto, porque, la verdad, la gente suele reírse de mí a menudo. Pero no mi padre, porque mi padre es mi padre, mi padre me quiere, mi padre me paga los estudios, mi padre no se conforma conque su hijo sea un pobre desgraciado, mi padre es mi padre…Por mucho que tantas veces hubiera deseado no serlo.

—Me acaba de llamar el decano Smith.

—¡Ah! Mi amigo Decano Smith.

—El mismo.

—¿Y qué tal ha pasado la hora que llevo sin saber de él?

—Disgustado por tu actitud.

—Vaya, lo siento.

—¿Lo sientes?—dijo mi padre indignado—¿Y no se te podría haber ocurrido decirlo frente a él? Me ha dicho que estuviste insultante, que te reíste de todo y de todos, incluso del señor presidente. Con prepotencia e impertinencia, como si fueras el único que sabe lo que está haciendo. ¡Como si los demás fueran todos tontos! ¡Y ahora me dices que lo sientes! Ahora, en frente mío, eres un corderito…

—Lo siento…

—¡Ves, otra vez!

—No creo que haya nada de positivo en alegrarse de haber producido un disgusto a otro ser humano, ni siquiera en uno tan insignificante como mi amigo Decano. Vaya…me ha rimado. ¡Si es que soy todo un poeta!

—¡Calla! ¿Insignificante? Si estás en Jorgeciudad es gracias a él. Él fue quien, en parte por la amistad que nos une, en parte porque en aquel entonces eras un chico aplicado y estudioso, abogó por ti frente al comité de admisiones. Él te recomendó, ¿y que haces tú en vez de agradecérselo? Le pones en ridículo frente a sus colegas, le dices a la cara un montón de ridiculeces y, por si esto fuera poco, vienes a uno de sus mejores amigos, quien además es tu padre, sí tu padre, y le dices que el decano Smith es un hombre insignificante…

—Tanto como tú, si eso te sirve de consuelo.

—¿Será posible tanta impertinencia? ¿Y tú mocoso? ¿No eres tú insignificante?

—No para mí.

—¿Y para los demás? Todos se ríen de ti.

—No me importa. Lo que me importará es el día que yo sienta que soy insignificante que será el mismo en el que me olvide de reírme de mí mismo de vez en cuando. Ese es vuestro problema, que os tomáis demasiado en serio, eso es lo que os hace insignificantes, si no a los ojos de los demás, sí a los vuestros. Y tú te sientes insignificante, por eso te pasas la vida trabajando, para no tener tiempo de acordarte de que lo eres. Por eso no pierdes oportunidad de fastidiar a los demás, para que nadie se olvide de quien eres, el gran Harry Hernández Sr….¡oh! Para que nadie tenga las fuerzas de mirar dentro de ti y se dé cuenta de que estás sucio, sucio como un niño pequeño que todavía no ha aprendido a limpiarse. Un niño pequeño, eso es lo que eres.

—Esto es el final. No estoy dispuesto a tolerar más insultos. Algún día te darás cuenta de lo injusto que has sido conmigo.

—¿Te refieres a que quizás yo seré algún día como tú? ¿A qué quizás yo también sea un sesentañero casado con una veinteañera? Es posible, si bien lo dudo, pues no creo que tenga jamás el dinero suficiente para comprar un juguete tan caro. Es curioso que dentro de cuarenta años tenga que pagar tanto por algo que ahora tengo gratis. ¿Eso es la inflación que os tiene a todos tan preocupados, verdad? Pero bueno, en el caso, nada extraño pues al fin y al cabo soy tu hijo, de que a tu edad yo acabe siendo tan vano y asqueroso como tú, no te olvides de que yo nunca le he ido diciendo a la gente como vivir, que nunca he pretendido ser un cúmulo de virtudes. Tú, en cambio, te has pasado la vida predicando, criticando, queriendo bajar a la gente a tu altura, ya que tu no podías subirte a la de ellos. Yo no, porque yo no creo que haya alturas, sino gente buena y gente mala, gente tonta y gente lista, gente mediocre y gente con talento, pero todos a la misma altura, lo cual me evita la molestia de tenerles que subir o bajar. Yo les miro, eso me basta, y me río de ellos, un poco, al igual que me río de mí mismo a veces; les admiró de vez en cuando, a muy pocos, como de vez en cuando admiro algo de mí mismo. Eso me basta. Y les dejo vivir y te dejo vivir a ti, con tus ridiculeces y complejos, mientras no tengas la desfachatez de querer darme lecciones, porque, la verdad, no tengo nada que aprender de alguien que, como tú, ha dado tantas razones para ser querido fuera de la familia como odiado dentro de la misma. Si bien, pese a todo, te seguimos queriendo. Pese a tus mentiras y a tus gritos…Pese a todo. Pero no quieras que además te sonría, o que te reconozca que eres superior, porque, si bien no te niego que hay mucha gente superior a mí, tú no eres uno de ellos. Que no se te olvide.

—No me amenaces…

—No te amenazo, te informo. No me admira nada de lo que puedas comprar con tu dinero, ni siquiera tu preciosa esposa. O bueno, ahora que lo pienso, ella sí. Ya me la dejarás un día…

—¡Calla! ¡Tú madre! ¡Tú madre es la que ha hecho que me odiaras!

—En eso tienes razón. El amor es lo que nos enseña a odiar la maldad. Si no llega a ser por lo mucho que ella me ha querido, es posible que nunca me hubiera dado cuenta de lo mucho que te odio.

—Soy tu padre.

—Y yo tu hijo, y ya ves de que me ha servido.

—¿Acaso te ha faltado algo?

—No, pero tú me has sobrado.

—Estoy harto de que me insultes. Debo pedirte que, por favor, salgas de mi oficina.

—Como no.

—Aquí tienes el cheque del mes. En lo sucesivo, por favor, no te molestes en venir. Te ingresaré el dinero directamente en tu cuenta. Tengo mis obligaciones y no te preocupes que seguiré cumpliéndolas.

—Cuando quieras dejar de cumplirlas ya sabes que no tienes más que decirlo. Ya me buscaré la vida.

—Me siento obligado moralmente.

—Yo diría que legalmente.

—Eso también, pero yo he dicho moralmente.

—Te repito que sabré salir adelante.

—¡Adelante! ¡Tú adelante! ¡Tú, a quien van a expulsar de la universidad si un milagro no lo remedia! ¿Y qué vas a hacer, trabajar limpiando baños?

—Es una opción. Pero no, no me siento especialmente dotado para tan higiénica misión. Quiero tocar el saxofón…¡Mira otra rima! Y triple…aunque con on la verdad es que no tiene mucho mérito.

—El saxofón…Te morirás de hambre.

—Pues me moriré de hambre, pero tocando el saxofón.

—El cuerpo no se alimenta de notas musicales.

—Pero quizás el alma sí. Por eso la tuya está tan flaca.

—Adiós Harry.

—Adiós padre.

Otra vez en la calle. Tal y como era tradición una vez al mes, salí exaltado de la lujosa oficina de mi padre. Y aquello iba en serio, no era como lo de las conversaciones con mi amigo Decano. Aquello duraba más de treinta segundos. Durante horas no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi padre, nuestras discusiones, y lo peor es que, al final, no podía evitar el arrepentirme por haber sido tan duro con él. Siempre deseaba no haber dicho tal o cual cosa, mil veces me decía que él en realidad no era malo, sino que no había aprendido a ser bueno; que no era que no me quisiera, sino que no había aprendido a mostrar su amor por mí. Así era como, irremisiblemente, acaba sintiéndome culpable y me reprochaba, si tan bueno me creía, no saber ser más permisivo con las debilidades de los demás. Pero después me decía que uno no debe ser permisivo con los que quiere, porque la permisividad es la mayoría de las veces indiferencia. La vida sería mucho más bonita si uno pudiera amar sin querer corregir, pero también la vida sería más bonita si los perros cantaran ópera en vez de ladrar, y sin embargo ladran, ya lo creo que ladran…

Ya en el metro, regresando a mi casa, sentí un alivio porque aquella sería la última vez que tendría que soportar a mi padre. No quería verle más, nunca más, no quería volver a sentirme una mala persona como me sentía en aquellos momentos…cogí el saxofón…y los ojos de la chica me decían, pestañeo a pestañeo, que yo, Harry Hernández, era al que ella quería; sí yo, al que sus compañeros de clase consideraban un ridículo y anecdótico personaje y del que se reían por compasión, pues desprecio era de lo que me creían merecedor; sí yo, yo, el mismo que, de no haber sido el hijo del propietario de un restaurante cubano, haría tiempo que hubiera dejado de ser una carga en Jorgeciudad; yo, yo, ese “yo” que tanto había buscado pero nunca había encontrado. Hasta que la encontré a ella. Yo. Yo era la persona más maravillosa del universo, el hombre más irresistible de cuantos había visto en su corta existencia, corta en el pasado pero larga en el futuro, pues le quedaba un siglo de amor por darme, un siglo de amor por recibir. Yo. Y sus ojos verdes se mezclaban con mis notas y sus labios rojos de carmín eran como una flor, una flor que se abre en primavera y que al buscar el cielo pinta con sus pétalos figuras en el aire, mensajes imaginarios que como nubes flotaban destino a un beso, destino a mi corazón, el cual, en un latido, absorbería todo el aire y todas las nubes y con ellos sus labios y sus mensajes y su amor y su primavera. Yo. Y sus finas piernas ahora levantaban su precioso cuerpo y sus brazos eran dos figuras perfectas formadas por diez ramificaciones de porcelana y que aplaudían con tal entusiasmo que parecía que fueran a romperse.

“Bravo, bravo…,” cantaba su voz.

Pascual vino a felicitarme y fue entonces cuando le pedí que me presentara a aquella preciosa muchacha…

“Próxima estación Dupont Circle…,” tronó una voz en la taberna de Pascual, como si proviniese de algún ser omnipotente, omnipresente, la voz de Dios. Y lo era, pues era la voz de mi inspiración, la que me decía que era el momento de crear algo que quedara por los siglos de los siglos. Así que mire a los ojos de la chica, cogí el micrófono y, con voz de eternidad, intentando convertir en mágico aquel momento, dije:

—Esta canción va dedicada a los ojos más bonitos que hayan iluminado en verde este mundo. Es una improvisación que llevo toda mi vida preparando y que se titula “Dupont Circle Sketches.”

Mientras tocaba, numerosas voces comenzaron a sonar en mi mente. Era como un gran rugido, que un momento más tarde se veía acompañado por el ruido de una tarjeta que entra y sale, por el de una escalera mecánica que sube junto a una que baja, por el de un coche que se va junto a uno que viene. “¿Tienes un poco de cambio?”… “gracias hermano,” una llave, una puerta, “¡ploff!” El ruido de una mochila que cae al suelo, al cual sucede el de un equipo de música que abre su alma, que pide comida, comida que viene en forma de disco compacto, una comida que aquel día tenía forma de Miles Davis.

“Siéntate, princesa de ojos verdes…¿Qué quieres beber?”

“Música…”

“Yo también…”

Y juntos, mezclando nuestros alientos y nuestros cuerpos, nos bebimos aquella copa de música, lo más parecido que jamás haya existido a la música del cielo. Si mi Dupont C. S. había sido la música de la tierra, porque en la tierra estaba mi princesa, los esbozos flamencos de Davis eran un trozo de cielo, un trozo que no nos conmueve, que no nos llama a la acción, sólo a ponernos bajo el cielo y a dejar que el cielo nos proteja, que el cielo nos mire. Es una música de arriba, una ante la que hay que cerrar los ojos. Un poco de oscuridad es siempre la puerta de la luz, la puerta del cielo.

“Riiiiiiiinnnggg…,” era el timbre de su alma, de la mía.

“Diga…”

“Hola cariño, ¿cómo estás?”

“Bien, muy bien.”

“¿Qué tal el día?”

“Bonito, muy bonito.”

“¿Qué has hecho hoy?”

“Mirar tus ojos verdes.”

“¿Te encuentras bien?”

“Tan bien como se pueda encontrar uno en este mundo.”

“Te noto raro.”

“Porque soy feliz.”

“Harry, ¿qué te pasa?”

“Que soy feliz.”

“¿Qué te has tomado?”

“Tu cuerpo.”

“¿Estás solo?”

“Sí, porque tú eres parte de mí.”

“Tú padre me ha llamado para decirme que habéis discutido.”

“Sí, mamá, es cierto, pero estoy bien, de verdad, pero ahora no puedo hablar, tengo un concierto esta tarde…”

“Será un examen.”

“¿Les llaman así a los conciertos en los que no te aplauden?”

“Supongo que sí cariño.”

“Pues tengo un examen.”

“Buena suerte.”

“Gracias mamá.”

De repente estaba en una obra en el Gran Teatro de la Habana. Se abrió el telón y tras él apareció un rótulo que me indicaba que la obra se titulaba Derecho Internacional y la primera escena “Ley del mar.” Y entre las olas, asomándose tras un pico de agua, había un lancha motora. Quizás pudiera salvarme de morir ahogado. Un toque de saxofón fue todo lo que hizo falta para que Pascual, que era quien tripulaba la motora, se diera cuenta de que era su amigo Harry quien remaba sobre aquellos trozos de madera unidos por cuerdas.

“¿Vas de regreso a tu país?” gritó Pascual.

“Sí.”

“No llegarás…Hoy la mar está brava.”

“La mar siempre está brava. Es una de las pocas cosas en este mundo que nunca es cobarde.”

“Quédate…”

“Debo volver.”

“¿Por qué? ¿Acaso no eres feliz entre nosotros?”

“Sí, soy muy feliz, pero tengo obligaciones que cumplir.”

“¿Cuáles?”

“Triunfar.”

“¿Es eso una obligación?”

“Sí.”

“¿Y quién te obliga?”

“Gente que me quiere. Y triunfar es mi única manera de demostrar que yo también les quiero a ellos.”

“Pero nunca llegarás. Tu balsa es mala y el mar también.”

“Al menos lo intentaré.”

Entonces, a lo lejos, vi un avión que sobrevolaba el mar a baja altura. Pascual lo vio también y me dijo:

“Ellos te salvarán, sólo debes seguir una milla más. No te pueden rescatar en aguas cubanas, pero una milla más y ya estarás en aguas internacionales. Una milla más…”

“¿No me puedes llevar tú hasta allá?”

“Alguien podría verme y lo perdería todo. Mi casa, mi taberna, mi licencia de pesca, puede que incluso mi vida. Debo irme Harry, mucha suerte. Una milla más y estarás a salvo. Nadie te puede ayudar, estas solo Harry y esta es tu milla.”

Una milla. Comencé a remar con todas mis fuerzas, debía conseguirlo, debía esforzarme por amor a todos los que habían confiado en mí. Una milla. Desde el avión debieron verme; aún sin acercarse a mí, corrían peligro de ser derribados, comenzaron a hacer piruetas en el aire. Me saludaban, me bienvenían a mi país, el que un día dejé en avión y al que ahora volvía en balsa. Y mientras tanto yo remaba, remaba de espaldas al horizonte, sin querer mirar al futuro, rezando porque el mar no me robara mis sueños. Una milla más tarde, el hidroavión amerizó. En su interior vi aparecer una cara sonriente:

“Bienvenido a los Estados Unidos. ¿Eres cubano?”

“No, americano.”

“¿Y por qué vienes remando? ¿Por qué no cogiste un avión?”

“El siguiente avión era mañana y yo tengo prisa.”

“¿Prisa?”

“Sí, tengo un examen esta tarde.”

“Entonces no hay tiempo que perder. René…;” dijo mi sonriente amigo dirigiéndose al piloto; “a toda marcha, que nuestro amigo tiene que llegar a un examen.”

“A toda marcha.” confirmó René.

Y a toda marcha llegué, pues tan solo unos minutos más tarde ya me encontraba en el segundo capítulo, algo acerca de fronteras y embajadas, el cual me llevó exactamente cuarenta minutos, y el tercero y el cuarto…Cuatro horas más tarde ya estaba listo para el examen. Me levanté del pupitre y me dirigí al baño, viendo en el espejo el reflejo de un barbudo cuyo aspecto era totalmente inadmisible en un examen.

Con total diligencia, y mientras la plancha se calentaba, me afeité y duché. Diez minutos más tarde, me encontraba sacándole las arrugas a una camisa blanca, sobre la cual, poco después, anudaría una discreta y apropiada corbata azul oscuro. Me puse un traje del mismo color el cual, afortunadamente, había tenido el buen juicio de llevar a la tintorería tras la última vez que me lo puse. Meses había hibernado en mi armario, sin una arruga, perfecto, esperando al momento en el que lo necesitara, y ahora estaba preparado para nuestra gran misión. Me miré al espejo y vi la mirada del tigre; no, no había dolor, ni dolor ni nada más importante en este mundo que aquel examen, aquel del que dependía mi vida, mi futuro…¡Mi hombría! Y, como no, mi expulsión de Jorgeciudad. Todo. Para animarme decidí poner un poco de música, si bien, un momento antes de hacerlo, cambié de opinión, diciéndome que la música podría devolverme a Cuba. Pero fui valiente y mientras pensaba “no hay enemigo invencible” puse al duque. Y efectivamente no lo había, pues un instante más tarde me daba cuenta de que estaba salvado, de que era otra vez yo y, como tantas veces en otros tiempos, sólo me importaba el examen. Ni siquiera Ellington quien, por cierto, desde fuera de Cuba me parecía lento y aburrido.

Con paso de ganador, mirando al horizonte y no al suelo como había sido mi costumbre en los últimos meses, planeando ese futuro que tantas veces había intentado soñar, me dirigí a la parada del autobús, el cual me llevaría desde Dupont a Jorgeciudad. Una vez en él, continué repasando las notas de clase, sin dejar que las estúpidas conversaciones de los demás pasajeros me entretuvieran. Tenía una misión y no estaba dispuesto a fracasar. Era mi última oportunidad, no habría más; sólo una buena nota y una disculpa con el profesor me podían salvar de la expulsión. Nervioso repasé el capítulo acerca de las embajadas, tan nervioso que la montaña de apuntes comenzó a desmoronarse y, cual lava de volcán, a extenderse por el sucio suelo del autobús.

Todos se reían, si bien a la vez que me ayudaban a recogerlos. Ya tenía casi todas las hojas, cuando una bonita voz me dijo:

—Toma, no te vayas a olvidar de éstas.

Levanté la mirada y frente a mí encontré a una bonita muchacha, cuyos rizos caían sobre una de las más francas sonrisas que jamás haya visto. Sus ojos eran marrones y su nariz como una fresa sobre un pastel de nata. De nata, como mi última frase. Pero es que de nata son las palabras que nos salen cuando nos referimos a la gente de la que nos enamoramos. Y de nata deben ser, por mucho que la mayoría de las veces suenen a pastel.

—¿Tienes examen?—me dijo ella.

—¿Cómo lo sabes?—contesté sorprendido.

Con una mirada a mis apuntes, a la cual acompañó de una sonrisa, me demostró lo tonta que había sido mi pregunta.

—Sí…—dije con timidez.

—¿Difícil?

—Un poco…

—Bueno…—dijo ella mientras miraba a través de la ventana—Esta es mi parada. Buena suerte en el examen.

—Gracias.

A través de la ventana lateral le vi pisar la calle y a través de la trasera le vi alejarse de mí. Que bonita era, tanto que no podía imaginarme el resto de mi vida sin ella. “¿Cómo sobrevivir?” me pregunté. “¿Como acostumbrarse a la oscuridad una vez hemos visto tanta luz?” Me senté de nuevo en mi asiento y me dije que iba a necesitar de Cuba para sobrevivir a aquello. Al menos por unos minutos, hasta llegar a la universidad. Cerré los ojos e intenté imaginarme con el saxofón, en la taberna de Pascual, tocando en frente de mi recién conocida princesa. Pero en la taberna no había nadie, la taberna estaba apagada.

“Pascual,” grité “¿Por qué está todo vacío esta noche?”

“Porque se ha ido la luz en la isla.”

“Pero hasta ahora siempre había habido luz.”

“Ya no, ahora la luz está fuera.”

Al oír aquellas palabras me faltó tiempo para apretar el botón de solicitar parada. A toda prisa bajé y comencé a correr en dirección adonde había visto a mi princesa por última vez. Corrí, empujé, tenía que ir más deprisa, tenía que encontrarla. Al pasar junto a una papelera tiré los apuntes y los libros…”debo correr, debo encontrarla…”

Por fin llegué, aquella era la parada en la que la muchacha se había bajado. Busqué por todo, bares, restaurantes, tiendas de libros…con mi vista escruté todas las ventanas y terrazas de los edificios. No estaba. Había apagado la luz de Cuba. Triste me senté en un banco y me puse a llorar como un chiquillo. La había perdido; ¡como había podido ser tan tonto!

Cerré los ojos. Un momento más tarde una mano me tocaba en el hombro. Era ella. Cogí el saxofón, empecé a tocar, y la luz volvió a la taberna de Pascual, la luz volvió a Cuba. Por un instante, mezclado entre una nota y una sonrisa, me acordé del examen, y la indiferencia que este recuerdo me produjo me dijo que yo tenía razón, porque yo, si bien es cierto que quizás malviviendo, al menos viviría. Junto a ella, en Cuba.

Artículos 2008-2009: Turistas del Pensamiento Sexual

¡Defendamos la familia! Podría ser el título de la cuarta parte de El Padrino, pero es uno de los muchos lemas por el estilo que surgieron a raíz de la legalización (o más bien el cese de la discriminación) del matrimonio entre homosexuales. Defenderla, por ejemplo, de aquellos que utilizaban erróneamente la palabra matrimonio, ignorando (argumentaban nuestros queridos tradicionalistas) que ésta sólo define la unión entre un hombre y una mujer.  Así que ya saben: antes de utilizar la palabra esclavo deben asegurarse de la procedencia eslava del sujeto en cuestión; cuando un niño emplee la palabra chulada le preguntaremos cuándo entró en contacto con proxenetas y no consideraremos al ochenta y cinco por ciento de la población española como católica, pues la raíz de la palabra católico no dice que para serlo baste con ser inscrito como tal tras una ceremonia que ni siquiera es necesario recordar. Bienvenidos, queridos turistas, al apasionante mundo de las palabras invariables.

Escuchando a los que “¡defienden la familia!”, cabe preguntarse si los homosexuales tendrán familia. No habiéndose demostrado que hayan surgido de una tomatera, deben de haber nacido en familias tradicionales, así que, siguiendo la lógica de los que dicen que es una desviación, habrá que abolir las familias tradicionales. Si se nos contesta que es el individuo quien elige sus vicios o qué es un castigo de Dios, queda entonces desmontado el principal argumento en contra de la adopción homosexual y según el cual las familias homosexuales serán viveros de más homosexuales. ¿O es qué Dios va a castigar con más saña a las parejas homosexuales? ¿Sí? ¿De verdad? Si piensan así no me extraña que vayan tan enfadados por la vida…

Se puede bautizar este debate de muchas maneras novedosas, pero bajo las mismas subyace uno que ni es nuevo ni es debate: el cambio de las costumbres sociales. Del animal de hábitos descrito por Aristóteles, al control que según Kant es la principal aspiración de todo ser humano, es comprensible que recibamos con resistencia todo cambio que haga cambiar esos hábitos y nos aboque a una espiral de novedades en la que nos parezca perder el control de la conocida rutina. Comprensible, que no admirable o ni siquiera aceptable.

El debate de las formas sociales obvia que, a la larga, las formas tienen poca importancia. A primera vista parecen decir mucho sobre lo que observamos; como turistas que, tras haber visitado los principales monumentos del país, ya dicen que han visto “lo que hay que ver”. Y desde su perspectiva turística probablemente lo hayan hecho. Pero aún es el momento en el que el parlamento de un país consulte con su turista más aplicado a la hora de aprobar leyes. Para las cosas importantes; desde el arte, a la ciencia, pasando por las costumbres sociales y las leyes que las regulan; hace falta mucho más que una visión turística que esa visión turística de la sexualidad que suelen dar los sectores tradicionales.

Y es que sugerir que la condición sexual de una persona marca sus sentimientos y capacidades es darle una importancia excesiva a la sexualidad; conclusión sorprendente, por cierto, en sectores pudorosos a la hora de hablar de la misma. ¿Acaso todos nuestros actos están condicionados por pensamientos sexuales? ¿O hay que añadirle al razonamiento connotaciones homófobas sugiriendo que los homosexuales tienen dichos pensamientos más presentes que los heterosexuales?  Presentes cuando lleven al niño al colegio, cuando le preparen el bocadillo o vayan a reunirse con sus profesores; cuando hagan todas esas cosas que definen ser padre o madre y que, al menos en apariencia, no tienen nada que ver con quien decide uno acostarse.

El turismo del pensamiento es muy frecuente. En muchas ocasiones es casi inofensivo: una perpetua comprensión de todo es imposible y haría que no tuviéramos gustos; como quien critica al cantante de moda porque música es lo que hacía Pink Floyd o el que hizo lo propio con Pink Floyd porque para música la de Miles Davis y así hasta que un señor se metió con el de la cueva de al lado por ese ruido insoportable que hacía al cantar y dar golpes de piedra contra la pared. El gusto está basado en una cierta discriminación y si supiéramos del cantante de moda todo lo que sabe, por ejemplo, una chica de quince años, como sus canciones conectan con su pensamiento, con sus problemas, éxitos y fracasos, quizás lográramos escuchar determinadas canciones sin temer daños neurológicos irreversibles. Éste es, por ejemplo, un caso de pensamiento discriminatorio: criticamos lo que no entendemos. Nuestros gustos están irremediablemente basados en este tipo de discriminaciones.

Pero este pensamiento turístico jamás debe llegar al ámbito de los derechos: no es aceptable que la discriminación sea una cuestión de gusto.  Influenciados por la ficción y sus historias extremas tendemos a pensar que la discriminación es despedir a Tom Hanks de su trabajo por tener SIDA o darle latigazos a Kunta Kinte.  Pero hay racismos y homofobias menos obvios, del estilo de “yo no soy racista, pero ésto se está llenando de moros,” o “no tengo nada contra los homosexuales, ¿pero tienen que besarse en la calle?”

Si se quedara en eso, en comentarios negativos, éstos tendrían la misma importancia aquellas arengas racistas de Luis Aragonés en un entrenamiento; es decir, más bien poca, pues se dieron en un ámbito, el deporte, en el que un jugador de raza negra tiene las mismas posibilidades de triunfar y el mismo sueldo que uno de raza blanca.  Además de que las palabras del entonces seleccionador español de fútbol fueron sacadas de contexto: ¿cuántas veces habrá gritado “defendemos como maricones”? ¿Es por eso homófobo? ¿O misógino por gritar “corremos como nenas”? Como buenos turistas del pensamiento le damos mucha importancia a la forma—, “¡qué no haya pelos en el baño del hotel!”—pero poca al contenido.  Los hubo que se escandalizaron con el caso Aragonés, pero que dicen sin pestañear que están en contra de los matrimonios o adopciones homosexuales.

¿A favor de discriminar a un ser humano y privarle de sus derechos constitucionales?  Todos somos discriminados a diario. Yo, por ejemplo, quisiera ser profesor de japonés, pero, independientemente de mis derechos constitucionales, se me impide cumplir este sueño por el pequeño detalle de que no sé una palabra del mencionado idioma.  ¿Acaso no somos todos iguales? ¿Entonces por qué se me priva de mi derecho a enseñar japonés? Por no hablar de mi derecho a estar en la final del mundial. Sólo he jugado a fútbol entre amigos, así que más a mi favor: ¡reclamo mi cuota de gloria futbolística!  Nuestras sociedades del mérito están basadas en discriminar a unas personas en relación a otras de acuerdo con sus habilidades, así que la pregunta no es si alguien es o no discriminado, sino las razones que han justificado dicha discriminación. En el caso de mi intención de enseñar japonés la lógica es clara: por la supervivencia del idioma japonés es conveniente que los profesores que lo enseñen sepan alguna que otra palabra. Y en el caso del mundial pocos pagarían por verme jugar. Al menos pocos aficionados al fútbol.

De modo que llegamos al verdadero tema. ¿Hay razones para discriminar a parejas de homosexuales a la hora de casarse o adoptar? Algunos estudios sugieren que los niños que se educan con una pareja homosexual no sólo no tienen ningún problema adicional, sino que incluso tienen los beneficios añadidos de ser más tolerantes y haber difuminado los límites tradicionales de los sexos a la hora de hacer las labores domésticas. Ésto no significa, por supuesto, que las parejas homosexuales sean mejores, sino simplemente que tienen ciertas peculiaridades que, en el ambiente adecuado, pueden ser ventajas para el niño. Del mismo modo que los hijos de diplomáticos van a tener más facilidad para los idiomas. Y si los diplomáticos u homosexuales son pianistas, también para la música. Y si a los diplomáticos, homosexuales, o diplomáticos homosexuales (el ejemplo se está complicando) les gusta la petanca, probablemente, también para tan venerable deporte de riesgo. O todo lo contrario: tan común como aprender por imitación es hacerlo por oposición.  Así que en este aspecto no serán diferentes a cualquier otra familia. Éste artículo no pretende ser una loa a ningún tipo de familia, sino simplemente aclarar que la discriminación de una persona o colectivo debe estar basada en fundamentos muy sólidos. Para privar a una persona de su libertad física, por ejemplo, no basta con decir con qué no nos cae bien o que no nos gustan sus hábitos, sino que tiene que haber incumplido una ley y dicho incumplimiento debe ser probado en un proceso legal.  ¿Qué razones hay para discriminar a un individuo en base a sus orientaciones sexuales?

Hasta hace no tanto la homosexualidad se criticó (y se sigue criticando en medio mundo) con razonamientos (o mejor sería decir sinrazonamientos) del tipo”porque siempre ha sido así” o “es lo natural.” Siempre ha habido guerras y eso no significa que fueran buenas y en cuanto a la naturalidad de la procreación como consecuencia del sexo, ¿no tendrá nada que ver con que una parte muy importante del poder militar de un estado, reino o condado, era el tamaño de su población? El crecimiento demográfico ha sido relacionado en muchos momentos de la historia con poder y prosperidad, lo cual, en vista de nuestro mundo superpoblado, tal vez haya dejado de ser el caso. El personaje de Dios del Antiguo Testamento ya no les diría a los hombres que fueran fértiles y poblaran el mundo. No es cuestión de defender un modelo de vida sobre otro, sino de entender que lo natural es lo que nos hemos acostumbrado a que sea natural y que, a menudo, es lo que como especie nos ha convenido que fuera natural. En la actualidad, por ejemplo, el sexo tiene una cantidad de connotaciones que no ha tenido en el pasado. ¿Acaso esto lo hace menos natural? ¿Las fantasías no son naturales? ¿La mente no es parte de la naturaleza? No hace falta explicar que lo que era natural para un campesino de le Edad Media, tras un día entero cultivando la tierra para sobrevivir, tiene poco o nada que ver con lo que pueda parecerle natural a una sociedad algo más ociosa como la nuestra.

Últimamente el debate ha variado ligeramente y el ataque a la homosexualidad ha derivado en defensa de la infancia. Es decir, los derechos del menor priman sobre los del ciudadano. Les reconozco que puedo ser convencido de que un hijo de homosexuales, en el año 2008, tenga ciertas desventajas con respecto a los hijos de parejas convencionales. Problemas, por cierto, menores que los que hubieran tenido hace dos, cinco o diez años. Y que decir de 1955, mal año donde los haya para tener padres o madres (o padres y madres) del mismo sexo. Se ha hablado de la crueldad de los niños como si ésta no fuera un reflejo de la de sus mayores. ¿Recuerdan aquellos niños gitanos y magrebíes a los que los padres de sus compañeros quisieron impedir que compartieran aula con sus hijos? ¿Es eso beneficioso para el menor? Poniéndome mi disfraz de Freud les diré, por ejemplo, que el que todo un colegio se movilice contra tu familia podría generar cierta desconfianza por parte del menor en la decisión de las mayorías y, por tanto, en la democracia.

“La mayoría quería sacarnos del colegio…; ¿la mayoría siempre tiene razón?”

Afortunadamente, la mayoría era otra y los tribunales intervinieron. ¿Pero acaso se recomendó entonces a gitanos y magrebíes que no tuvieran hijos pues, en cuanto a su escolarización, partirían con desventajas? O aquellos tiempos, no tan lejanos, en el que los niños miraban de manera extraña a sus compañeros cuyos padres estaban divorciados. Parte de la educación de un niño es explicarle que algunas personas, víctimas de la ignorancia, cometerán actos por los que, lejos de sentirse agredidos, tienen que sentir compasión. ¿Desde cuándo la víctima de una discriminación tiene que pagar por los efectos nocivos de esta discriminación siendo víctima de una nueva discriminación? ¿Qué hubiera pasado si hace doscientos años se hubiera hecho un estudio de inteligencia de las personas de raza negra? Posiblemente se hubiera llegado a la conclusión de que su inteligencia era menor que las de las personas de raza blanca. En primer lugar, los blancos habían definido el concepto de inteligencia (libros, estudios, cultura, etc.), e, independientemente de definiciones, los blancos llevaban cuatrocientos años de ventaja.  Así que había muchas más posibilidades de que el próximo Shakespeare fuera blanco que negro. ¿Era un razonamiento válido para decidir que los negros no debían tener acceso a la educación?  Sabemos que hubo quien lo defendió y sabemos, por supuesto, que no tuvo razón y por qué no la tuvo.  Y años después sabemos que algunas de las grandes figuras del arte y pensamiento del último siglo americano han sido afroamericanos.

Así que para sustentar una discriminación hay dos puntos a probar. En primer lugar, que un niño que crezca en un hogar homosexual va a tener desventajas tangibles. En segundo, que éstas desventajas, de existir, no provienen de pasadas discriminaciones. La lógica de éste último punto es que una vez cesen las discriminaciones también lo harán los efectos negativos para el niño. Sin probar estos dos puntos cualquier medida caerá en la infinita crueldad de penalizar a la víctima por el simple hecho de ser víctima.

Analicemos ahora algunos de los argumentos esgrimidos en contra del estilo de vida homosexual. Se ha hablado de la menor estabilidad de las parejas homosexuales, olvidando que se han comparado a matrimonios heterosexuales y que el matrimonio es un factor de estabilidad y un paso previo a otros factores de estabilidad, como la compra de una vivienda o la educación de unos hijos. ¿Qué es la estabilidad? En los últimos tiempos ha bajado el número de parejas que seguían casados por presiones sociales o impedimentos legales; desde el punto de vista de los hijos, ¿les hace eso parte de un núcleo familiar menos estable? ¿Cómo se mide la estabilidad? ¿Sólo por el número de años que una pareja, que quizás no se soporta, vive bajo el mismo techo? ¿O es más bien un valor espiritual? ¿Dos miembros de carácter inestable que no se divorcian forman una familia más estable que dos miembros de carácter estable que lo hacen?  Aún aceptando la estabilidad como un valor positivo, hay mucho que debatir sobre como definirla y el que una pareja homosexual permanezca menos tiempo unida—entre otras cosas porque sólo recientemente ha accedido a factores de estabilidad como el matrimonio o la adopción—, sigue sin justificar ningún tipo de discriminación.

También se ha comentado que alterar la familia tradicional lleva a todo tipo de aberraciones. Por ejemplo, a familias de seis cónyuges. “O quince, ¿por qué no?”, preguntan algunos convencidos defensores de la moral tradicional. A lo que les contestaría: “sí, ¿por qué no?”  Pero en todo caso la conveniencia o no de familias de seis o quince cónyuges es otro debate y quererlo mezclar con éste demuestra las limitaciones del argumento con el que se justifica la discriminación que nos ocupa en éste artículo. Y es que la exageración de la posición contraria, al estilo de que no hay que investigar con células madre porque sería abrir la puerta a experimentos genéticos, es uno de los más viejos instrumentos argumentativos. ¿O qué decir de los que dicen que aceptar todas las tendencias sexuales es abrir la puerta a qué un pederasta diga que su tendencia sexual son los niños de 10 años? Si yo digo que mis tendencias sexuales incluyen comerme mujeres de dieciocho años, ¿acaso no violo la ley porque seré heterosexual y respetaré la mayoría de edad? Para eso están las leyes. Las leyes no hablan de lo que es bueno o malo en términos absolutos, sino de lo que una sociedad ha acordado como bueno o malo. Hasta ahora habíamos acordado como buena la heterosexualidad y mala la homosexualidad. Ya no es el caso y otros temas son precisamente eso: otros temas.

Otro de los perjuicios apuntados es que en una familia de miembros homosexuales no habrá un padre y una madre. ¿Pero qué es un padre y qué una madre? No hablamos de progenitores, si lo hiciéramos las parejas heterosexuales tampoco podrían adoptar, sino de figuras paternas y maternas. Los tradicionalistas dicen que las madres están más capacitadas para cuidar de sus hijos y los padres para lograr el sustento económico. La segunda parte ya ha sido rebatida por la emancipación de la mujer, así que pasemos a la primera: ¿no serán las mujeres mejores madres porque sus expectativas han estado circunscritas al papel de madre? Incluso cuando trabajaban era siempre y cuando no interfiriera con lo que se llamaban sus verdaderas obligaciones. En la actualidad las parejas jóvenes comparten las labores domésticas y, cada vez más, el cuidado de los niños. En cuanto a quien ha llevado el niño donde durante nueve meses no hace falta ser escritor de libros de ciencia ficción para imaginarse una sociedad en la que la mujer le diga a su hombre:

“Yo ya he hecho mi parte durante nueve meses, ahora te toca a ti…”

O una más cercana en la que, analizando las obligaciones profesionales y los momentos personales de los dos cónyuges, la pareja decida quien de los dos toma la baja por maternidad o paternidad. Así que repito la pregunta: ¿qué es un padre y qué una madre?

Para terminar, decirles que no sé, ni falta que hace, si el mundo que viene me gusta.  Como he dicho antes, somos individuos nostálgicos y bastante desconfiados al valorar el porvenir: lo antiguo es cultura, lo de nuestro tiempo calidad y generación tras generación repetimos la idea de que las nuevas generaciones ya no viven según los “verdaderos valores”. Pero el gusto no tiene nada que ver en todo ésto y si lo tiene, si hemos reducido el debate sobre la discriminación de las minorías a lo que nos gusta o no, permitan que les informe, amigos de la moral tradicional, de que están privando a seres humanos de sus derechos por una cuestión de gusto y de que las leyes tienen como objetivo principal evitar que nuestras sociedades sean regidas por valores estéticos. Si lo que me dicen es que no les gustan las parejas homosexuales o la idea de que adopten niños, me encogeré de hombros y, con una condescendencia que no les hace bien ni a ustedes ni a mí, me reafirmaré en la idea—estética y de gusto, así que le tengo cierto cariño: la nostalgia, el hábito y la necesidad de controlar el mundo de las que hablaba antes—, de que el mundo está lleno de imbéciles. Y lo está. Y si no lo está no pasa nada, pues no propongo privar de derechos a los que me parecen imbéciles. Privar de derechos, eso es lo que se argumentó hace no tanto tiempo y por eso encogerse de hombros no fue suficiente. Ni lo fue ni lo es. No es necesario que eliminemos los prejuicios nostálgicos de nuestra identidad, pero es inadmisible que no los erradiquemos de nuestras leyes.

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Sobre crisis presentes y prósperos pasados (I)

 

El pasado siempre fue mejor. O al menos lo parece, lo cual, a falta de que lo sea, no es mal sucedáneo. Y es que mientras el presente nos abruma con su agotador juego de acción y reacción, el pasado se muestra como una maleable alfombra de salón bajo la que ocultar las vergüenzas y dejar asomar una versión embellecida de los orgullos que mostraremos ufanos entre canapé y canapé. En el caso de la sociedad occidental los orgullos que asoman bajo la alfombra de su pasado son numerosos: convivencia pacífica entre naciones históricamente enfrentadas, innovación tecnológica, crecimiento económico, compromiso con la promoción de la democracia y los derechos humanos, el nacimiento de una conciencia ecológica…La lista sería larga y en absoluto falsa, lo cual no significa que sea verdadera: hay muchas visiones no falsas de la misma realidad que sólo al sumarlas nos van acercando a la verdad. No es cuestión de ir desmontando esquemas de autocomplaciente propaganda occidental que no creo que existan–las sociedades en su conjunto son demasiado chapuceras para ejecutar grandes mentiras, como demuestra que dichas mentiras sólo triunfen cuando van acompañadas de brutales regímenes de represión–, sino de simplemente cuestionarnos si estamos en lo correcto al adjetivar al presente con la palabra crisis y al contraponerlo a un anhelado pasado de prosperidad.

La primera pregunta es obvia: ¿estamos en crisis? Lo automático de la contestación afirmativa demuestra hasta que punto estamos dejando la recuperación en manos de los mismos actores que contribuyeron a la supuesta caída. Y digo supuesta porque tal vez fuera la pasada y no la presente la sociedad que estaba en crisis: el que los datos apunten a lo contrario sólo demuestra que éstos se crearon como reflejo de las prioridades de aquella sociedad. Déjenme elegir la forma de medir el éxito y estará leyendo las tuertas frases del próximo ganador de Wimbledon. No importa que no tenga ni idea de jugar al tenis, tampoco numerosas dictaduras la han tenido de practicar la democracia y sin embargo han utilizado lógicas democráticas para evitarse la incomodidad de aplicar la fuerza directamente sobre los ciudadanos para así poder hacerlo de forma indirecta sobre unas instituciones que controlaban gracias a leyes caprichosas. Diferencias morales aparte, el exitoso propone un proceso similar e intenta afianzar las mediciones y baremos que corroboran dicho éxito.

Y es lógico que así sea. Como lo es que cuestionemos la validez de estas mediciones cuando se han mostrado torpes a la hora de crear una sociedad justa y estable. ¿Significa ésto que opino que vivimos en una sociedad injusta y cíclica? No necesariamente. Las sociedades y las ideas que las rigen son un juego de tendencias más que de esencias: no somos nada más que aquello que estamos en camino a ser. Y para saber que estamos en camino a ser debemos volver al tema de las prioridades que elegimos para juzgarnos como sociedad. ¿Elegimos baremos que apuntan al desequilibrio en la distribución de la riqueza, índices de alfabetización o la ineficaz explotación de los recursos planetarios o seguimos primando índices de acumulación de capital como los oráculos bursátiles?

Como verán no hemos abandonado la terminología económica. La dicotomía entre moralidad y economía es simplemente falsa; por el contrario, la explotación de los recursos planetarios se ve irremisiblemente condenada a la ineficiencia cuando tiene por objeto beneficiar a unos pocos. Sin importar que nos estemos refiriendo a un pequeño ayuntamiento o a un gran continente, la corrupción siempre se define como la utilización de los recursos de muchos en beneficio de unos pocos. Así que aún primando la iniciativa personal con un juego de motivaciones capitalistas, el objetivo de cualquier sistema económico que pretenda ser eficiente deberá ser el beneficio de la comunidad en su conjunto. Un beneficio por el que debemos velar a través de los gobiernos que elegimos, los cuales serán fundamentalmente diferentes dependiendo de las prioridades que manifestemos como individuos y, por extensión, como sociedad. Así que la palabra crisis, con sus connotaciones de retorno al estado de no-crisis de hace unos años, tal vez no sea la más adecuada. A no ser, claro está, que queramos echarnos de nuevo en los brazos de los gobernantes e instituciones que desproveyeron al capitalismo de las regulaciones que son la esencia de su buen funcionamiento; unos gobiernos e instituciones que ahora piden responsabilidad a unos actores financieros cuya moralidad dependerá única y exclusivamente de las leyes que regulen los mercados en los que actúan. El señor Soros o cualquiera de los siempre demonizados especuladores financieros no piden nuestro voto; sí lo hacen, por el contrario, los gobiernos que deben legislar para que los mercados financieros no pongan en peligro la filosofía del estado de bienestar de un continente entero. No tendremos mejores mercados hasta que no tengamos mejores gobiernos y no tendremos mejores gobiernos hasta que no tengamos mejores ciudadanos. Y el consumismo desaforado y la monetarización de la ética social propia de aquel anhelado pasado de prosperidad no parece el camino más adecuado hacia todas estas mejoras.

 

Aprender a Ganar en el Conflicto entre Israel y Palestina

En la novela clásica de Heinrich von Kleist Michael Kohlhaas, su protagonista, un tratante de caballos, buen ciudadano y escrupuloso cumplidor de las leyes, inicia una batalla legal contra el aristócrata Wenzel von Tronka, pues considera que sus derechos han sido vulnerados al serle confiscados dos caballos que había dejado como fianza. En un caso similar, E.L. Doctorow nos cuenta en su novela Ragtime la historia de Coalhouse Walker, un joven músico afroamericano de comportamiento impecable, cuyo coche es destrozado en un acto racista por un grupo de voluntarios del cuerpo de bomberos. Tanto Kohlhaas como Coalhouse (la referencia de Doctorow a Kleist es obvia), se ven defraudados por sistemas legales que benefician al poderoso e inician rebeliones en las que, además de perder sus posesiones materiales y posición social, acabarán ocasionando perjuicios a inocentes. El objeto de sus causas era tan pequeño como dos caballos y la restitución de un coche a su estado previo o tan grande como hacer prevalecer la justicia. Examinando la postura del ofensor, ambas historias coinciden en que éstos sobrestiman la importancia que los ofendidos van a dar a los bienes materiales, relativizan la importancia de la ofensa y menosprecian la innata necesidad de justicia del individuo. Israel lleva décadas cometiendo el mismo error.

Y es que en las relaciones internacionales, donde son pueblos y no individuos los que dirimen sus causas, las conclusiones son parecidas y en toda salida negociada el más fuerte tiene la responsabilidad de dar al más débil un compromiso que éste pueda interpretar como justo. Una justicia, por supuesto, adaptada a las circunstancias del momento y al equilibrio de fuerzas, pero la debilidad de la otra parte jamás debiera llevar al poderoso a buscar un último e injusto beneficio. La ecuación de debilidad e injusticia, lejos de llevar a esa desesperación en la que cualquier acuerdo es bueno, suele dar como resultado rebeliones y resistencias, así que los poderosos debieran recordar que los débiles no sólo tienen poco, sino también poco que perder. Varios imperios hubieran durado unos cuantos siglos más de no haber olvidado este concepto tan sencillo.

Israel no se ha limitado a querer imponer su victoria y utilizar su mayor fortaleza para estructurar la región a su conveniencia, sino que ha querido presentarla como la victoria del orden sobre el terrorismo. Este razonamiento obvia que cualquier reivindicación violenta por parte de un pueblo sin estado y por tanto sin ejército como el palestino necesariamente tendrá que ser definida como terrorismo. Y ha querido imponer su visión, no al estilo de los imperios, como una legitimación de la victoria, sino como un elemento de la negociación previa a la victoria. Parafraseando la famosa frase de Unamuno, podríamos decir que los imperios vencen y después convencen (o más bien se convencen mediante el revisionismo histórico de la bondad de su victoria), mientras que Israel ha querido vencer a base de convencer.

Un ansia de legitimidad perfectamente comprensible. La historia reciente del pueblo hebreo, víctima de la masacre más importante de la historia de la humanidad, hacía difícil un cambio tan rápido de víctima a verdugo. Pero la legitimidad de Israel ha estado demasiadas veces fundamentada en la barbarie de Hitler y los campos de concentración alemanes y no en lo sucedido en Palestina. Un ansia de legitimidad que es una nueva afrenta para un pueblo palestino acostumbrado a perder en el enfrentamiento directo militar, pero que a menudo ha considerado indigno llegar a acuerdos con Israel en negociaciones viciadas por la gran diferencia de fortaleza entre ambas partes.

Siguiendo con el tema de las negociaciones, comentar que, lejos del mundo empresarial, se educa a los jóvenes de todo el mundo en la admiración de los mártires nacionales que tomaron decisiones dignas en contra de la conveniencia material aparente. Nadie les acusa de ser lunáticos incapaces de evaluar su posición exacta en el mercado, mientras que, por el contrario, a los que llegan a acuerdos con los vencedores, lejos de ser realistas que han calibrado adecuadamente sus sinergias y fortalezas, los tachamos de colaboracionistas. En el ilógico mundo de las causas nacionales, la negociación sólo es vista como una virtud cuando es entre iguales: de lo contrario será considerada una capitulación. Y la principal victoria del pueblo palestino en décadas de conflicto (siempre desde su perspectiva) es la de no haber capitulado. Se podría trivializar esta resistencia diciendo que es fruto de la manipulación por parte de sus clases dirigentes, o incluso que otras naciones musulmanas han encontrado en Palestina un símbolo con el que excusar sus patéticos ejercicios de gobierno doméstico, pero sería erróneo llevar estos razonamientos hasta el extremo de negar totalmente el ansia de justicia que ha alimentando la resistencia palestina.

Así que Israel tiene dos tratamientos para el enfermo: ganar o saber ganar. De momento está aplicando el primero con la precisión de un cirujano. Ganar implica llevar a los palestinos a un estado de agotamiento y desmoralización y dividir primero a su población, eligiendo el bando de Fatah y permitiendo una relativa normalidad en Cisjordania, mientras asfixia con todo tipo de embargos económicos a la franja de Gaza gobernada por Hamas; para posteriormente dividir a su liderazgo, hundiendo a un Mahmut Abbas, líder de Fatah, al que encumbró como único interlocutor posible, pero al que ha impedido sistemáticamente mostrar beneficios concretos propiciados por la negociación.

Porque Israel es consciente de que ningún líder palestino va a poder defender ante su población el crecimiento de los asentamientos judíos en Cisjordania, por mucho que se etiquete con esa ecologista denominación de “crecimiento orgánico” (crecimiento de baja intensidad en el que sólo se llevarían a cabo los proyectos para los que ya se han concedido licencias) y que, por encima de viciadas lógicas legalistas, otra vez von Tronka y sus artimañas, parece difícil rebatir que sólo la paralización es compatible con un futuro intercambio de tierras en el que muchos de estos asentamientos deberán ser derribados. Lo cierto es que, con un tipo de crecimiento o con otro, los asentamientos en Cisjordania siguen creciendo cuando teóricamente llevan años siendo desmantelados, de modo que en esta última ronda de contactos los palestinos condicionaron la negociación a que se paralizaran. Ésto provocó que un indignado Netanyahu, con rueda de prensa incluida junto a la secretaria de estado Clinton, acusara a los líderes palestinos de falta de colaboración.

Israel no está engañando a la comunidad internacional, sino sólo a sí misma, cuando pretende mantener una autoridad moral en un conflicto en el que desde hace tiempo sólo tiene la que le confiere un poder militar infinitamente superior al de su contrincante. O cuando intenta convencerse de que está actuando de manera diferente a los imperios coloniales que tan importantes fueron en su formación. Desde la Francia antisemita del caso Dreyfus, en la que un indignado Theodor Herzl comenzó a formular las doctrinas del sionismo político moderno; pasando por la Gran Bretaña que dio legitimidad a dicho movimiento con la declaración Balfour en 1917 y siguiendo por unos Estados Unidos que obligaron a una emigración judía masiva a Palestina cuando en 1924 hicieron más estrictas sus propias normas migratorias con el National Origins Quota y el Inmigration Act; los cuales se mostraron como especialmente crueles al impedir, ante la pasividad de la clase política americana, la entrada de cientos de miles de judíos que huían de la Alemania nazi; desde su formación, Israel ha sido testigo de como los grandes poderes formulaban altos ideales a la vez que miraban única y exclusivamente por su conveniencia.

Así que condenar a Israel es condenar a todos los vencedores de guerras que, sin excepción, han utilizado el derecho internacional que regula las acciones bélicas para minimizar sus propios daños teniendo al débil encorsetado por unas normas que el fuerte raramente ha cumplido. Israel no está haciendo nada más que seguir la lógica de una historia en la que el pueblo judío ha estado demasiadas veces en el bando de los perdedores. Pero lo que Israel no puede pretender es que el pueblo palestino le allane la victoria con una rendición en la que deshonren a sus muertos. ¿Los muertos de Israel? Ahí está una de las claves del conflicto. Los ganadores tienen cientos de formas de honrar a sus muertos, así que hay que buscar la forma de que los palestinos tengan el espejismo de la victoria y puedan honrar a sus muertos y mártires en plazas, puentes, calles y fiestas nacionales. Para que puedan honrarles en una capital que incluya Jerusalén Este. De no ser así, Israel debiera comprender que la razón moral, la legitimidad, estará del lado de los palestinos, quienes pasarán a formar parte de la larga lista de pueblos derrotados en constante luto espiritual por sus holocaustos y diásporas.

No va a ser fácil que Israel se decida por una de las dos estrategias: a menudo parece como si fuera una sociedad dividida entre los que quieren ganar y los que tratan de saber ganar. Y curiosamente los primeros casi siempre tienen el poder político, representados por el Likud de Netanyahu o el Kadima de los gobiernos de Sharon y Olmert y por sus habituales aliados religiosos, mientras que los segundos, parte de una sociedad más laica, progresista y urbana, tienen una ascendencia intelectual más importante que sus últimamente pobres resultados electorales. Parece como si el brazo y la mente del estado de Israel fueran por caminos distintos: dos direcciones que ni el luto por el asesinato del primer ministro Rabin en 1995 pudo reconciliar. Por el contrario, el partido de Rabin, el laborista, en otro tiempo gran dominador de la vida política israelí, inició entonces un descenso que sólo un año después propiciaría la primera victoria de Benjamin Netanyahu frente a Simon Peres. En la actualidad, el laborismo, liderado por el actual ministro de defensa y ex primer ministro Ehud Barak, transita sin demasiada influencia por la coalición gubernamental, lo cual no debiera extrañarnos teniendo en cuenta que sólo es la cuarta fuerza del Knesset con 13 escaños.

Para aquellos que pidan equidistancia al valorar el conflicto, pedir disculpas por no poder aportarla en un proceso en el que hay una de las partes que tiene el poder de ofrecer y la otra sólo el de aceptar o, en su defecto, de resistir. Las posturas no parecen tan lejanas, o al menos no lo parecieron cuando el anterior primer ministro israelí Ehud Olmert pareció ofrecer el 94% del territorio de Cisjordania y compensar el 6% restante con tierras actualmente en territorio israelí, además de un paso entre Cisjordania y Gaza y una soberanía internacional sobre los símbolos religiosos de Jerusalén, ciudad que pasaría a ser compartida como capital de ambos estados: de Israel la parte oeste y la este del nuevo estado palestino. Poco después de estas supuestas ofertas Netanyahu volvió a ganar las elecciones, formando una coalición con objetivos y sensibilidades diferentes al anterior gobierno, produciéndose un retorno a anteriores épocas de evasivas y recriminaciones entre ambos liderazgos. Desgraciadamente, en algo también habitual, las soluciones que podrían haberles acercado, esas fantásticas ofertas de las que habló Abba Eban (ministro de asuntos exteriores de Israel entre 1966 y 1974) cuando dijo aquello de que “los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad” suelen ser rumoreadas ofertas potenciales en tiempo pasado, mientras que las diferencias que les separan siempre son problemas reales en tiempo presente.

El futuro no parece mucho mejor. Para aquellos que esperaban que Obama arreglara el conflicto a base de discursos y momentos históricos, decir que el presidente americano sólo podrá ser, en el mejor de los casos, un juez del conflicto. Así que de momento parece inteligente su postura de no exponerse a perder su legitimidad moral mientras no cambien las circunstancias, delegando en una Hillary Clinton que está sirviendo de contrapeso a su claro posicionamiento durante la campaña electoral americana en favor de una paz justa y la creación de dos estados. Una legitimidad moral con la que tendrá que evitar que Israel se comporte con la prepotencia de un von Tronka cualquiera. Para que la paz sea duradera, habrá que bajar de las alturas de la especulación al detalle, poniendo en la balanza, por un lado, los coches o caballos que fueron injustamente destrozados o confiscados, y en la otra el trabajo del pueblo hebreo en un estado que, siguiendo la lógica de otros tiempos en los que la justicia de los países era la de las armas, confirmaron con victorias bélicas. Es decir, no la justicia en abstracto, sino la justicia de aquí y ahora. La justicia de los que saben ganar y de los que, aunque hace tiempo que saben que han perdido, aspiran al menos a una derrota digna.


Historia de una Causa Simbólica: la Aprobación de la Proposición 8 en California

Uno de los procesos más interesantes de las pasadas elecciones de Estados Unidos fue el papel jugado por la comunidad afroamericana en la aprobación de la proposición 8, nombre de la petición popular de enmienda constitucional que limita la definición de matrimonio a la unión entre dos personas de distinto sexo. La sorpresa no fue tanto el alto porcentaje de afroamericanos que votaron a favor (de acuerdo a unas encuestas a pie de urna de la CNN aproximadamente un 70%), sino que ésta comunidad votara a la vez en un 95% por un partido, el demócrata, que en California hizo campaña en contra de dicha proposición. En comparación, el 79% de demócratas de raza blanca votaron por la derrota de dicha proposición.

Además de la asociación con Barack Obama y su partido, el recuerdo del movimiento de los derechos civiles parecía asegurar la derrota de la proposición: no parecía lógico que en las elecciones en las que simbólicamente se podía culminar dicho movimiento, con la victoria del primer candidato afroamericano, pudiera a la vez a aprobarse la supresión de unos derechos ya obtenidos por otra minoría. Efectivamente, parecía extraño que los mismos votantes fueran a propiciar tan histórica victoria y derrota.

Aunque no tiene nada de extraño que una minoría contribuya a la discriminación de otra—compiten por los mismos recursos y espacios sociales—, éste factor no es aplicable en la discriminación de la minoría homosexual, que es transversal en lo económico. De modo que la discriminación fue puramente ideológica y no está reñida, pese a lo que pueda parecer a primera vista, con el movimiento de las libertades civiles, el cual, con todos sus elementos socialmente revolucionarios, siempre estuvo arraigado en la religión.

Algunas causas de este arraigo son claras. Las minorías suelen verse obligadas a mostrar su respeto por las tradiciones para reclamar el cambio: las peticiones de cambio en contra del sistema están reservadas para aquellos que son parte de la clase mayoritaria o incluso de una élite intelectual. Del reverendo Martin Luther King al reverendo Jesse Jackson, los líderes de la comunidad negra han sido líderes religiosos y, si bien revolucionarios en lo social, más proclives a un orden moral conservador.

En un país diferente a Estados Unidos, Luther King podría haber sido un líder marxista, pero en el contexto de la Guerra Fría y el consabido miedo de la mayoría blanca al enemigo comunista, el líder negro sólo podía ser tradicional; un tradicionalismo que ha marcado de manera definitiva a la comunidad negra posterior, la cual ha encontrado su libertad individual en la religión, no sólo desde un punto de vista personal, sino también porque ha sido el camino para que su libertad social fuera tolerada. En Estados Unidos históricamente no ha bastado con ser un buen ciudadano para proponer cambios políticos, sino que además ha habido que ser un buen súbdito, no pudiéndose en la mente de a mayoría ser lo primero sin ser lo segundo. Durante la campaña presidencial el propio Obama tuvo que recordar habitualmente su religiosidad (con los conocidos problemas con su famoso reverendo Jeremiah Wright y sus controvertidas opiniones), e incluso sonar a predicador; lo cual, curiosamente, constituyó uno de los grandes atractivos del candidato al aunar el tono del líder político y el del religioso.  Aún así fue acusado de radical y socialista. Si un reconocido pragmático como Obama fue acusado de ser un peligroso ideólogo en 2008, ¿cómo no comprender que el movimiento de los derechos civiles sólo pudiera venir de la parcela religiosa y no del laico marxismo ideológicamente predominante en otras latitudes?  El mayo del 68 afroamericano sólo podía tener lugar en una iglesia. El blanco, mientras tanto, sucedió en las universidades con la oposición a la guerra del Vietnam.

Afortunadamente, a largo plazo lo que se dilucidó en Noviembre de 2008 fue una causa simbólica, para unos la primera victoria en la reconquista de la sociedad por parte de la moral tradicional y para otros el último hurra de los tradicionalistas en su camino a la periferia ideológica.  Y es que parece difícil que el Tribunal Supremo de Estados Unidos no acabe declarando la inconstitucionalidad de la Proposición 8, si es que antes no ha sido revocada en otra elección a través de una nueva enmienda.  El principio parece sencillo: las sociedades evolucionan cuando las minorías ganan derechos, no cuando los pierden.   A corto plazo la causa tiene poco de simbólico; la enmienda fue válida al día siguiente de las elecciones, momento desde el cual en California está prohibido expedir licencias matrimoniales a parejas del mismo sexo.

Así que de momento nos quedaremos con el dato de que a finales del año 2008, más de siete millones (alrededor del 52% del electorado) de los habitantes del estado de California, uno de los más progresistas de EEUU y una de las regiones más prósperas del planeta, votaron a favor de la privación de los derechos de una minoría.  Así que nada más, ni nada menos, que una derrota simbólica…

Artículos 2008-2009: El Caso Turco y el Folclore Civilizacional

Una cierta legitimidad moral es necesaria para cualquier fuerza política emergente, razón por la cual todos los imperios han conquistado en nombre de la civilización y el progreso. No ha existido, afortunadamente, el imperio que haya conquistado en nombre de la crueldad y la sangre de inocentes; ni tampoco, desgraciadamente, el que lo haya hecho bombardeando libros o amenazando a sus enemigos con partituras de música enrolladas. Con ésto no quiero decir que la legitimidad moral siempre sea el embrión de un imperio o una hipócrita excusa para la dominación, sino simplemente que hay un punto en la carrera imperial en el que la civilización se convierte en una simple cantinela para conseguir unos fines.

Es difícil decir con exactitud cuando Estados Unidos pasó este punto clave. Entró en las dos guerras mundiales de manera reticente y frente a la oposición de gran parte de su población—por aquel entonces, curiosamente, los idealistas eran los que abogaban por la necesidad de intervenir y los pragmáticos los que apuntaban a la conveniencia de no inmiscuirse en los asuntos ajenos—, y aunque se benefició económicamente de ambas, éstos beneficios parecen más una consecuencia que una motivación. Tal vez fue sólo durante la segunda guerra mundial, con sus vergonzosos bombardeos nucleares y la posterior e inquisitorial lucha contra el comunismo, cuando los fines comenzaron abiertamente a justificar los medios, iniciándose una etapa de intervencionismo que ha tenido en Vietnam uno de sus episodios principales y en la sangrienta postguerra de Iraq, esperemos, su epílogo.

El progreso de la Unión Europea también ha estado basado en una aparente legitimidad moral. De momento sus miembros han visto a la UE como un factor de potenciación más que de supresión y algunos de sus pilares clave, como la libertad de movimiento del trabajador o unas normas de entrada claras y justas que no hacen distinción entre candidatos (dentro, de momento, de unos límites geográficos), han contribuido a esta sensación. El momento de la cantinela civilizacional aún parece lejano, si bien algunas de las reacciones surgidas a raíz de la futura entrada de Turquía en la UE (en el caso, claro está, de que Europa cumpla sus compromisos), debieran hacer que nos preguntemos si no nos estaremos acercando a ese peligroso punto en el que el fin comienza a justificar los medios.

Es triste contemplar que, como una rémora del subconsciente de la peor Europa; de la que mandó a Hitler y Napoléon a través de las estepas rusas o de la que esperaba relamiéndose la ruptura del imperio otomano; nuestra laica, libertaria y relajada Europa (o así hemos querido vernos); esa que en las últimas décadas ha tratado de postularse como fuerza global de cambio en el orden internacional frente a la que se mostraba (de nuevo tratamos de percepciones) como religiosa, intervencionista y agresiva América; ha sacado esa vena santurrona y folclórica que los propios estados intentaron suprimir en su relación con la UE. La laica europa ha sido más una unión de objetivos que de folclores: por eso ha funcionado. Pero por lo que parece el folclore siempre contraataca.

En el debate turco nos encontramos entre dos posiciones históricamente muy europeas. Por un lado, la obvia, la de los que quisieran que Turquía no formara parte de la unión en defensa de una supuesta identidad cristiana. A lo que cabría añadir: si nada ha unido y relacionado a las naciones europeas tanto como sus guerras, ¿debiéramos declarar como patrimonio europeo los lugares en los que nos hemos matado en los últimos doce siglos y matarnos de vez en cuando para no olvidarnos de quién somos y de dónde venimos ? Nada ha unido y separado tanto a los europeos como, por este orden y cuando no han ido juntas, las guerras y las religiones de estado; de modo que si es exactitud lo que buscamos en nuestra definición indentitaria debiéramos añadir belica a cristiana y ya de paso hacer notar que nuestro respeto por la vida individual ha sido tan grande en la teoría como inexistente en la práctica, como demuestran los millones de vidas sesgadas en las variopintas contiendas europeas. ¿Es ésta una verdad incómoda? Al contrario, es simplemente falsa. Por primera vez en la historia europea la vida es cara, como demuestra que ninguno de sus estados tenga el derecho a quitarla. Con independencia de lo que el continente europeo fuera en el pasado, la Unión Europea no es ni bélica ni cristiana.

En el polo opuesto del debate, están aquellos que, fieles a la mejor tradición colonizadora europea, argumentan que Turquía debiera entrar en la UE para salvarla del radicalismo islámico. Según este razonamiento la conveniencia de Europa es sólo indirecta y en la medida que se evitará la desestabilización o radicalización de un importante vecino: conviene alejar Oriente y Asia del Bósforo y poner una pared de laicismo y razón que proteja a Europa. Oyendo ciertas declaraciones parece como si, de no entrar en Europa, Turquía fuera a mudarse a otra región; teniendo en cuenta que sin pertecenecer a la Unión Europea ha sido capaz de evitar el radicalismo islámico, ¿qué razones hay para pensar que no pueda seguir evitándolo en el futuro? Así que no asumamos que Oriente cambiará a Turquía; de no entrar en la UE, la laica Turquía tal vez pueda ser el líder regional que ayude a Oriente a seguir evolucionando. Así que no estamos debatiendo una cuestión apocalíptica, sino de intereses.

Nada más lejos de mi intención que idealizar la actual sociedad turca. No es libre, desde luego, una sociedad en la que no se puede debatir sobre el genocidio armenio o en la que no se puede cuestionar la figura de Ataturk o las bonanzas del Kemalismo. Dicho ésto, y especialmente tras las recientes aventuras occidentales de ingeniería social en Oriente Medio, tal vez debiéramos aprender que todo terreno ganado por una sociedad para la democracia es una ganancia y no, como cuando juzgamos otras democracias (al analizar las nuestras siempre somos más benévolos), cada elemento carente un factor de descalificación. La denuncia y la resignación ante las violaciones de los derechos humanos jamás pueden ser parte de la misma ecuación, pero sería conveniente que dejáramos de utilizar las denuncias con fines ulteriores. Hay una gran diferencia entre denunciar que Turquía no respeta los derechos humanos y recordar que ninguna democracia que no lo haga entrará en la Unión Europea, a decir que Turquía no respeta los derechos humanos, pues no respetar los derechos humanos forma parte de la identidad musulmana y ya se sabe que el Islam, desde sus comienzos, etc. etc.

En cuando a la europeidad de Turquía, decir que la antigua Constantinopla, capital durante diez siglos del imperio romano oriental, no pertenece históricamente a Europa es, incluso en un debate tan abstracto y futil como éste, simplemente indefendible. Para quien date la no europeidad de Turquía desde los tiempos otomanos, añadir que muchos antiguos territorios del imperio otomano; todo el mar adriático, desde Eslovenia a Croacia, han entrado con la mayor de las normalidades culturales en la Unión Europea. O que decir del deporte: si el deporte es política para populistas recalificaciones urbanísticas tal vez debiera serlo también para la europeidad de un territorio. Y Turquía, como Israel, juega competiciones europeas. Culturalmente Israel podría ser parte de la UE, otra cosa es que quiera serlo, y lo mismo puede ser dicho de Turquía. No hace falta buscar declaraciones de antiguos presidentes británicos sobre Turquía, tal y como hizo el primer ministro turco Erdogan, para aceptar una europeidad que es muy difícil rebatir.

Claro que todo ésto es dar vueltas al verdadero tema: la religión. Los ciudadanos turcos, que no un estado donde la defensa del laicismo ha llevado incluso a levantamientos por parte del ejército, profesan individualmente una religión diferente a la mayoría de ciudadanos europeos. ¿Supone el Islam un obstáculo insalvable para la vertebración del pensamiento individual democrático? ¿Acaso lo supuso el cristianismo cuando, tras siglos de obstrucción, por fin se separó del estado? Ni siquiera lo supuso en su vertiente católica, en la que hace sólo unas décadas seguía controlando (desde Portugal a Italia pasando por España y América Latina) los resortes de poder del estado. Es una pena que nos olvidemos de que en Europa sufrimos problemas casi idénticos a los del mundo islámico mientras no se separaron la iglesia y estado. No son las religiones, sino los estados, los que deben y pueden garantizar los derechos humanos. ¿Dejaríamos en manos de la jerarquía católica los derechos de los ciudadanos homosexuales o la prevención de la violencia sexista?

Nadie criticará, ni siquiera Turquía, a la UE por establecer unas normas de entrada firmes y justas. Lo que no es permisible para un estado candidato no lo es para otro, pero la demostración de que el verdadero tema no es la apertura de sus puertos en el norte de Chipre o los derechos humanos, es que nuestros líderes políticos no han hablado de como solucionar tan preocupante situación, sino de cuestiones civilizacionales, de que porcentaje de la población está a favor de la entrada de Turquía (se dice que un 20%, lo cual, según las mágicas reglas de la estadística, no significa que el 80% esté en contra) y de lo que piensan el señor Sarkozy, la señora Merkel o el señor Ciudadano D.A. Pie. ¿Y los puertos de Chipre? ¿Y los derechos humanos? Todo lo demás ya debiera de estar superado. La cuestión ya no es si Turquía debiera entrar, sino si cumple con las condiciones de convergencia estipuladas.

Una vez aceptado que la entrada de Turquía en la UE no debiera adquirir tintes apocalípticos, ni a favor ni en contra, sino de intereses, señalemos algunos de los más obvios. El interés de Turquía es claro: entrar en un mercado libre y de garantía de derechos humanos de cerca de una treintena de países y quinientos millones de personas. ¿Y el de Europa? Oyendo a los democristianos uno se pregunta como los mismos que luego se manifiestan indefectiblemente a favor del mercaco libre se escudan en una ambigua cuestión religiosa a la hora de razonar el porqué impedir la entrada de un mercado de más de setenta millones de personas y con una media de edad 20 años más joven que la europea. Los conservadores europeos suelen referirse a sí mismos como liberales económicos: no estaría de más que fueran un poco más consistentes a la hora de demostrarlo.

En cuanto a la presunta diferencia cultural, sugerir que la diferencia, con la aceptación de unas reglas comunes económicas y de derechos humanos, es una ventaja más que un inconveniente. El progreso humano (y especialmente el del individualista occidente) siempre ha estado basado en la diferencia. La diferencia estimula, rompe rutinas, y hace salir del acomodamiento tanto a nivel personal como social. Y todo estos presuntos beneficios potenciales se están arriesgado, no por lo decidido democráticamente tras una exposición de argumentos, sino por una vaga idea de lo que quiere o piensa la población sobre un debate que aún no hemos tenido. No ha habido explicación ni argumentación, sino simple superchería social. ¿Cuándo la Europa de la razón se ha convertido en la Europa de las encuestas de opinión?

El caso turco pone, como el reciente referéndum en Irlanda, pone de manifiesto uno de los grandes problemas de la Europa del futuro: la representatividad. La unanimidad y el consenso está bien en una comunidad de vecinos en la que los intereses de la mayoría nunca pueden superponerse a los intereses de cada uno de los miembros. Pero en una comunidad mayor el consenso puede significar que una pequeña parte de la comunidad tenga secuestrada a la mayoría. Con todos los respetos para los votantes de los líderes antes mencionados, no parece justo que lo que diga una parte de un país importante marque el futuro de toda la Unión.

Creo que éstos son los temas sobre los que deberíamos hablar; no tanto sobre si debe haber más miembros (¿por qué no si se cumplen las normas de convergencia?), sino de cómo hacer Europa una mejor institución y como conseguir, sin invadir las competencias de los estados, que haya una mayor representatividad. Es posible que a Europa sólo le hayan entrado las dudas cuando ha comenzado a preguntarse que era. Unas dudas no sólo legítimas sino incluso necesarias, pues éstas suelen diferenciar al progreso de la huída hacia adelante. Pero una vez hemos reflexionado, ¿qué tal si siguiéramos adelante con la mejor organización internacional creada por el hombre en toda su errática y beligerante historia? Cierto que el listón no estaba muy alto (y la peste Bushónica lo ha seguido bajándolo), pero aún así los logros de la UE en las últimas décadas son innegables. Así que enfrentémonos de una vez a la pregunta a la que toda comunidad tiene que enfrentarse tarde o temprano: ¿qué hacer cuándo no estamos todos de acuerdo? Va ser un proceso difícil con o sin Turquía. Ojalá sea con. Y ojalá dejemos las cantinelas civilizacionales para el lugar del que nunca debieron salir: los libros de historia de la propaganda.

Foto: Hagia Sophia, http://www.byzantines.net/

 

Artículos 2008-2009: La Postbushonía o la Ciencia de un Sócrates a su pesar

 

 

Si creía, estimado lector, que nunca iba a oír las palabras Bush y ciencia en la misma frase, (especialmente si ésta a la vez no contenía destrucción o cualquiera de sus sinónimos), ese más-difícil-todavía del circo de las palabras está a punto de ocurrir. Ahí va: los efectos de la administración Bush nos obligan y son la oportunidad perfecta para crear una nueva ciencia. Y he dicho ciencia: nada de conceptos pequeños como disciplina o escuela de pensamiento. O nombres prestados del tipo estudios de “Ciencias para…” o “Estudios de…”; o uno de esos neos, paras o pans de los que el mundo está lleno.

   Por la importancia de su misión, bien merece que en la génesis de nuestra ciencia hagamos un esfuerzo en terminológía y encontremos un nombre rotundo: la Postbushonía. ¡Postbushonía! Bueno, no será será perfecto, pero si los comienzos lo fueran entonces ya no serían comienzos, sino comienzo y final, lo cual nos crearía una nueva gama de problemas que, francamente, no me atrevería a intentar resolver en este artículo. El nombre de Postbusnonía suena lo suficientemente enfermizo, algo así como una pulmonía postBush. Las ciencias, aunque su objeto sea enfermizo, tienen la misión de curar, avanzar, progresar…; de modo que que al final la única virtud de mi nombre no es tal, sino más bien otro defecto, ya que refleja mucho la enfermedad y poco la curación.

   La nueva ciencia, para empezar, tendrá dos facetas diferenciadas: reconstrucción y viejas vergüenzas al descubierto; arreglar lo estropeado en estos ocho años y entrar por fin en esos temas que de no ser por la involuntaria colaboración de la administración Bush hubiéramos podido seguir ignorando durante unas cuantas décadas más.

   Comencemos por la primera función, sin duda la más aparente, pero no necesariamente, como veremos más adelante, la más extensa. La reconstrucción será la del humanismo europeo, incluyendo los progresos aportados al mismo por la república americana desde su creación a finales del siglo XVIII. Paso primero: construcción por destrucción, adición por sustracción; es decir, hacer desaparecer, a ser posible con pompa y circunstancia, insultos a la inteligencia y decencia colectiva como Guantánamo, las torturas legales (que esta contradicción en términos se haya convertido en aceptada ya debiera mostrarnos lo equivocado de nuestro camino); la subcontratación de torturas a países con menos escrúpulos legales (como si con prácticas de este tipo a EE.UU. demostrara tener muchos), o esos interrogatorios creativos, tales como la privación de sueño del interrogado, cuya denominación, como aquella contabilidad creativa de Enron que llevo a la ruina a miles de pequeños accionistas, utiliza las palabras para esconder la realidad. Exactamente la función contraria a la que, por definición, debieran tener las palabras. ¿Definición de quién? ¡De todos aquellos que al lavarse las manos no lo hacen con una cuchilla a la que han decidido llamar jabón y que no se afeitan con una pastilla perfumada de formas romas a la que han llamado cuchilla! Las palabras se pueden usar para desinformar, pero sólo sirven para informar. Así que dejemos de llamar a las torturas interrogatorios creativos…

   Resultado del análisis preliminar: la reconstrucción del mundo anterior a Bush va a ser una ingente obra de esa misma ingeniería política de la que los neocons y Bush decían huir y que terminaron practicando con la pasión del converso.

   El segundo elemento de la Postbushonía, tal vez el más importante, es la gran cantidad de vergüenzas que la administración Bush ha dejado al descubierto. El gobierno de W. Bush ha sido a la sociedad internacional lo que el huracán Katrina fue a la administración Bush: las infraestructuras eran insuficientes antes del huracán y lo eran antes de Bush; él no creó las vergüenzas de la sociedad internacional, simplemente las ha dejado al descubierto, y será culpa de todos si dejamos que una rama de olivo del estilo de Obama o la simple desaparición de W. vuelvan a taparlas. Así que, lo que son las cosas, Bush es un Socrates a su pesar, un apuntador de verdades. Como Socrates, Bush ha puesto las bases para que sus interlocutores encuentren la verdad. De hecho ha ido más lejos y con su incompetencia las ha puesto también para que no sigamos perdiéndola.

   La verdad es que sólo con juegos de palabras podremos juzgar de forma positiva a esta catástrofe natural; esta plaga bíblica que sospecho que el antiguo testamento hubiera tenido el buen gusto de hacer durar siete años y que la democracia, siempre generosa, ha hecho durar uno más. No es sólo el tiempo perdido: teniendo en cuenta el que cada uno de nosotros pierde en concursos, culebrones y eventos deportivos varios, éste parece ser lo de menos. Los seres humanos a los que se ha dejado de alimentar; el progreso en todos los continentes que se ha dejado de llevar a cabo; con ser todo ésto importante, las abstracciones del bien no realizado palidecen al ser comparadas con la desestabilización quirúrgica de regiones enteras y de todo lo que es digno en nuestro ordenamiento jurídico internacional. El bien no hecho entra dentro del negociado de la torpeza, pero desgraciadamente Bush ha sido mucho más y mucho menos que un mal presidente.

   Su presidencia, en combinación con el proceso de laicidad vivido por la práctica totalidad de las democracias en las últimas décadas, ha hecho que las guerras ya no sean cuitas divinas, sino simples empresas mercantiles. Este es una avance nada despreciable. No está claro que sea más fácil luchar contra la economía que contra Dios (o cuando Dios era la excusa para la economía/poder), pero facilita el proceso de comprensión de las guerras, aunque sea de comprensión de porqué no somos capaces de evitar las guerras. Si los grandes comerciantes de la guerra pudieran hablar con una sola voz (teniendo en cuenta la atrocidad de la empresa parece difícil que estos intereses no sean controlados por una reducida oligarquía comercial guerrera; si bien, a su vez, teniendo en cuenta la persistencia de la humanidad en la actividad guerrera, parece difícil que ésta no se deba a una intención guerrera colectiva); como iba diciendo, si los belicistas pudieran hablar por una sola voz, seguramente se sentirían más seguros defendiendo la causa de Dios que la del dinero. En nuestra sociedad, Dios simboliza lo inexplicable y pasional (si bien viene a cubrir algo tan poco inexplicable como que necesitemos un escape ocasional de nuestro mundo de razones, algo así como una borrachera ideológica ocasional), de modo que cuando nos preguntamos porqué ha comenzado una guerra o disputa, siempre sera más fácil justificarla con palabras a las que el desgaste de la historia haya convertido en meras abstracciones, tales como Dios, nación, historia, o libertad. Por eso es tan importante que sigamos hablando de seguridad y economía, ya que al hacerlo entramos en el concepto de lo analizable. ¿Realmente vivimos en un mundo más seguro? ¿Se beneficia económicamente la comunidad humana de las guerras? Ya podemos imaginarnos los perjuicios de perder una guerra, ¿pero resulta rentable ganarla? Al fin y al cabo el 100% de la guerra es subvención estatal, ¿y los beneficios? ¡Y los hay que se quejan de que el cine sea subvencionado! Es curioso comprobar como algunos de los mayores críticos de las subvenciones culturales participan luego con tanto fervor de la más subvencionada de las representaciones artísticas…

   La vida será más triste para algunos al descubrir que no hay dioses o naciones por los que morir (o tal vez sería más correcto decir por los que puedan morir otros: como tantas veces el concepto cristiano del martirio ajeno), pero el asco que sentiremos al interpretar la guerra como un asunto perfectamente humano y comprensible durará sólo hasta que nos pongamos a resolver la ecuación guerrera. Tal vez el gran logro del siglo XXI, el de la relatividad moral tantas veces criticada, sea convertir la guerra en algo pequeño y resoluble como todo lo humano.

   Al resolver la ecuación descubriremos dos cosas: primero, que la guerra es muy rentable para unos pocos, pero para la comunidad es el más ruinoso de los negocios. Peor aún: se corresponde exactamente con la definición de negocio ruinoso. Y, segundo, que aunque fuera negocio debe, como el capitalismo, atenerse a unas reglas. En un simulador de una sociedad sin reglas, ésta siempre acabará en dictadura; un capitalismo salvaje y sin reglas acaba necesariamente en monopolio, peces comiéndose a otros, los peces cada vez más pequeños y el hegemón cada vez más grande, hasta que sólo queda un rey o dictador atemorizando al resto. Una dictadura no es más que un mercado libre sin reglas. Quien primero acceda a los recursos de la sociedad, primero podrá instrumentalizarlos y someter al resto.

   ¿Libertad? ¿Capitalismo? Afortunadamente nuestras sociedad están llenas de regulaciones. Regulamos, por ejemplo, que el ansia de provecho no justifique la ausencia de servicios sociales; lo hacemos por planificación a largo plazo: del mismo modo que desde el punto de vista de la sociedad no hay peor inversión que la guerra (definición de destrucción de recursos) no hay mejor inversión que la educación (creación de oportunidades, no necesariamente monetarias, para el individuo). Si la guerra fuera provechosa, sería un negocio indigno, ¡pero es que ni siquiera es negocio! Y encima está penosamente organizado. Si realmente la industria guerrera tuviera que competir en el libre mercado, para empezar, los efectos nocivos de dicha industria justificarían impuestos e indemnizaciones millonarias. Así que desdramaticemos la guerra; el drama que ha supuesto para la humanidad la administración Bush debiera permitirnos ese grado de sano cinismo: la Postbushonía nos ayudará a que ninguna disciplina se quede fuera del frío análisis. No hablemos de luchar contra las guerras por humanidad o decencia, sino que hagámoslo como se lucha contra el tabaco. ¿Ha habido publicidad engañosa? ¿Se ha hecho atractiva para los menores con dibujos animados y películas de John Wayne o Bruce Willis? ¡Abogados a trabajar! Las guerras ya no tienen que desaparecer, sino que ser resueltas. A falta se santos, buenos serán matemáticos.

   Hace ocho años, imbuídos de nuestra grandilocuencia civilizacional, hubiera sido imposible resolver o ni siquiera crear la ecuación de la guerra; justificábamos nuestra inactividad argumentando que las herramientas (tales como el derecho internacional o las organizaciones internacionales) ya habían sido creadas y que era sólo cuestión de lograr un mejor funcionamiento. Necesitamos una nueva salud internacional y no son ejércitos los que nos la traeran, sino abogados, juristas, filósofos, matemáticos, economistas: realmente cualquiera que no vaya disfrazado de soldado. Resolver la ecuación de la guerra con leyes, teorías e impuestos…; todas esas imperfectas herramientas humanas que harán que cinco minutos después de crearlas ya las estemos criticando desde nuestras burguesas existencias, pero que al menos impedirán que sintamos ganas de vomitar al preguntarnos ¿qué tal es la sociedad en la que nos ha tocado vivir? Así que tal vez estemos más cerca del final de las guerras de lo que lo hemos estado en nuestra accidentada historia como especie. Bush ha logrado lo que ni cien partidos verdes lograrían: la victoria del pacifismo. Ahora queda lo más difícil para toda ideología, que es recolectar el premio. Y hacerlo antes de que los que la han apoyado (la causa) lo hagan suyo (el premio).

   Este es, señor presidente W., su legado. Que gran logro: ya ve que he conseguido otorgarle un papel brillante en la historia. ¿Habrá entonces causa o tema que se me resista? Gracias, gracias, realmente los aplausos son merecidos…Así que creo que éste es, señor presidente, un buen momento para irse, no espere los meses que aún le quedan, simplemente deje las llaves sobre el pupitre del despacho oval, y ovalesé a donde nunca más volvamos a saber de usted. Sólo así le dejaremos tranquilo y podrá evitar que le sometamos a los númerosos juicios internacionales que, como representante de su equipo, se ha ganado a pulso…

   Bueno, de esto y otras cosas por el estilo, se ocupara la ciencia de la Postbushonía, la ciencia de ese Sócrates a su pesar…

 

 

 

 

 

Foto: http://www.spanisharts.com (J.L. David, La Muerte de Sócrates,1787)

Artículos 2008-2009: Demonia Histérica Colectiva

 

 

La historia no necesita humanizar lo que demoniza. Tal vez porque su utilidad sea tan obvia que no necesite cualidades redentoras; como sí las necesita, por ejemplo, la literatura, que tiene en la humanización de sus demonios la cualidad que justifica su a menudo torpe existencia práctica. Muchos se han preguntado para qué sirve la literatura y han vaticinado mil veces su muerte (en la lápida suele poner “el final de la novela”), mientras que nadie, de momento, se ha preguntado para qué sirve la historia. Y desde esa fortaleza conceptual la historia no tiene porqué comprender, aunque es de agradecer cuando lo hace, sino sólo contar y explicar. Una novela en los que los buenos fueran divinamente buenos y los malos satánicamente malos sería inmediatamente rebajada a la categoría de simple entretenimiento, mientras que, por el contrario, los historiadores pueden no sólo tomar partido, lo cual es inevitable al enfrentarse a un papel en blanco, sino ni siquiera tomarse demasiadas molestias a la hora de explicar las motivaciones de los antagonistas de su personaje estudiado. Ésto no es necesariamente negativo (el análisis histórico es tan minucioso que parece imposible que el estudiado no acabe pareciendo sobrehumano), pero el proceso de deshumanización de la historia y especialmente el de los hechos históricos más negativos de la misma conduce habitualmente a una manipulación e utilización que llamaría peligrosa sino fuera porque los realmente peligrosos son los seres humanos que la manipulan y utilizan. Así que completando la celebérrima frase de Santayana de que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla” podríamos añadir “y los que la conocen de forma dogmática a instrumentalizarla.”

     El caso del nazismo y de la segunda guerra mundial es paradigmático. En primer lugar habría que preguntarse si es necesario demonizar, con la justificación de no repetir un proceso similar, a un movimiento que asesinó a millones de personas y convirtió a decenas de millones más en seres vociferantes, gregarios e insensibles al dolor ajeno. Dicha demonización tiene como efecto secundario que a menudo se obvie que el pueblo judío ha sido expulsado de otros lugares (más que por odio racial como atajo de sociedades en crisis a sus riquezas) con procesos similares. Desde los progromos de la Rusia zarista, pasando por la Inquisición española, hay muchas vergüenzas nacionales que el nazismo está ayudando a esconder en la memoria colectiva.

     Se puede argumentar que lo terrible del exterminio nazi fue la deshumanización mediante la cual se llevó a cabo el mismo. La Inquisición, por el contrario, prestaba gran atención al individuo; minuciosa, incluso clínica, especialmente a sus órganos no vitales en un intento de lograr esa confesión que los avances legales habían hecho necesaria antes de la ejecución de un reo. En el nazismo, por el contrario, la imagen que nos viene a la mente no es una de febril religiosidad, sino la de un frío y eficiente matadero. Puede que subconscientemente perdonemos a los inquisidores por locos del mismo modo que condenamos a los nazis por su horrorosa apariencia de cordura. Pero si lo que nos espanta es la forma casi industrial en la que millones de personas murieron en pocos años, ¿qué decir de cómo murieron cientos de miles de japoneses en Hiroshima y Nagasaki en dos días? Y sin embargo, esos asesinatos no viven, parafraseando la famosa frase sobre Pearl Harbour, en la infamia, sino que se suele argumentar que salvaron millones de vidas. En este caso la deshumanización de la muerte no parece ser un problema.

     Pasemos a ejemplos específicos. ¿Cuántas veces ha sido manipulado el apaciguamiento a Hitler por parte de Chamberlain y las potencias aliadas en relación a otras contiendas? Cuando Bush (W.) fue criticado por invadir Irak de forma ilegal, muchos recordaron entonces la política del apaciguamiento y las similitudes con la segunda guerra mundial, argumentando que la ONU estaba actúando como Chamberlain al acordar la paz de Munich en 1938, en la que permitió a Hitler la anexión de los Sudetes, una región de mayoría alemana de Checoslovaquia que se había rebelado, con el apoyo del régimen nazi, contra el gobierno checoslovaco. No se podía apaciguar o negociar con Sadam Hussein, se dijo, del mismo modo que no se podía negociar con Hitler.

     Desde la perspectiva de 2006, ciertamente, el nombre de Hitler y el concepto del apaciguamiento no parecen ir muy bien en la misma frase. Fue una política errónea y rectificada rápidamente. Y fue el propio Chamberlain, por cierto, y no Churchil, como suelen decir algunos ávidos lectores de biografías guerreras, quien cambió de política y declaró la guerra a Alemania cuando ésta se anexionó Checoslovaquia y Polonia. Errónea no tanto por el hecho de que los aliados intentaran apaciguar a Hitler (si alguien necesitaba ser apaciguado ese era Hitler), como por el hecho de que lo hicieran a base de violar el derecho internacional cediendo un territorio de otro estado soberano. Como el policía que tiene bajo su custodia a un violador y le intenta apaciguar y tranquilizar con un par de palmadas y fumando un cigarrillo juntos, el problema comienza cuando incluso sin palmaditas y cigarrillos y llamándole cerdo violador le deja libre. Así que no es el apaciguamiento, sino los métodos utilizados para el mismo los que debieran pasar a la historia como un error político; siendo la relevancia del ejemplo histórico nula en relación a la disensión de gran parte de nuestras sociedades sobre si el mejor modo de acabar con un tirano es destruir a las sociedades que ya han sufrido su mal gobierno.

    Otro ejemplo constantemente utilizado, ahora para deslegitimar a la democracia, es que Hitler fue elegido en las urnas. “¿Chavez? ¿Bush? ¿Aznar? ¿Zapatero? La democracia no siempre tiene razón: Hitler también fue elegido en las urnas.” Hitler fue, efectivamente, elegido en la urnas; elegido para muchas cosas, pero para ninguna de las que hizo. Fue elegido como líder de un partido minoritario y de manera legítima y hábil utilizó ese poder para ganar la mayor influencia posible y en una sociedad fragmentada formar una alianza que bajo la pretensión de tenerle bajo control le hizo presidente del gobierno. Si ésta lógica, aunque habitual, ya es curiosa en otras sociedades (es cierto que los compromisos del poder suelen moderar a los más radicales, si bien a algunos simplemente les abre el apetito), en el caso de la republica de Weimar era especialmente peligroso ya que el canciller tenía poderes especiales para casos de extrema gravedad. Lo que sucedió a partir de aquel momento es el comienzo de la historia de guerras y exterminios de la que llevamos hablando sesenta años. Y en toda esa historia Hitler no sólo no fue refrendado por las urnas en un proceso democrático, sino que su primera acción, un mes antes de ser nombrado canciller, fue utilizar la mencionada cláusula para obtener un poder dictatorial tras el sospechoso incendio del Reichstach. Así que el ejemplo tantas veces utilizado se queda en más bien poco, debiendo más bien ser utilizado cada vez que un gobernante aprovecha el poder obtenido para explotar el sistema y obtener un poder ilegítimo (el gerrymandering de la democracia estadounidense, la delimitación de distritos para maximizar los votos, viene a la memoria) o para criticar aquellos defectos estructurales de un estado que permiten este tipo de abusos.

     La demonización de una figura histórica, ni siquiera la demonización de sus actos, no sólo no lleva a su condena, sino que habitualmente suele ser la otra cara de la impunidad: lo que unos demonizan otros defenderán glorificando. ¿Resultado? Idelizaciones por ambos bandos y pasividad y olvido en el centro. Hagamos un poco de análisis de texto, ¿es acaso la frase “el demonio con cuernos Franco mató a Pablito sin un juicio justo” un ápice más grave que la de que “el dictador Franco mató a Pablito sin un juicio justo”? La manipulación de la historia seguramente lleva a algo mucho peor que su repetición: al estancamiento y a su putrefacción. Y lleva a otro de los grandes principios de la impunidad: al establecimiento de una jerarquía de villanos a través de la cual justificar un mal menor mostrando uno mayor o, en el colmo, cuando se argumenta que un mal menor ha prevenido uno mayor. En una sociedad con garantías legales un mal menor nunca evita, sino que más bien es el camino, hacia uno mayor. Y si la sociedad no proporciona dichas garantías ya no estamos hablando de males menores, sino simplemente del superlativo, único y mayor, de que no las proporcione.

   El horroroso ejemplo del nazismo (por la influencia de las religiones monoteístas en nuestras sociedades parece que no estemos preparados para tener más de un gran Satanás a la vez), ha ayudado a eludir en muchos países el cuestionarse porqué, a la vez que explicando los contextos históricos del momento, no dejamos de contar la historia desde la glorificación de grandes genocidas (grandes militares desde la perspectiva de la época pero necesariamente genocidas desde la nuestra) como nuestro admirado Hernán Cortés. Si seguimos glorificando a los héroes guerreros, escribiendo la historia y las leyendas colectivas de nuestras sociedades en base a ellos, ¿cómo evitar que las guerras se repitan? Si la imaginación colectiva sigue siendo guerrera, ¿cómo no van a serlo los millones de imaginaciones privadas que forman esa imaginación colectiva? Hagamos esfuerzos por explicar los valores de otras épocas, los mismos que debiéramos hacer por explicar como surgieron aberraciones históricas no sólo como el nazismo, sino también como el fascismo, el falangismo o ese campo de concentración de Guantánamo con el que el mal gobernante George W. Bush ha humillado a la democracia más antigua del mundo. O cuánta gente y porqué murió en la conquista española de América o en la conquista occidental de Oriente Medio y Africa perpetuando gobiernos dictatoriales a los que poder manipular y sobornar para asegurar el control de sus recursos naturales. Los hechos son tan tristes y dramáticos que, la verdad, dice más bien poco de nuestros sistemas educativos y del tipo de capacidades análiticas que fomentan que para comprender casos como éstos tengamos que crear héroes y villanos. Especialmente teniendo en cuenta que si la demonización es una llamada a la defensa, el análisis lo es al juicio histórico y legal.

 

 

 

 

 

Foto: http://history1900s.about.com (Hitler and Archbishop Cesare Orsenigo)

Artículos 2008-2009: Nociones para Naciones

Decir que el concepto de nación-estado está inmerso en un proceso de cambio sería sugerir que este proceso en algún momento se ha detenido. Las comunidades legales, a las que tentativamente llamaré estados, y sentimentales, a las que no menos tentativamente llamaré naciones, están en constante evolución; si bien es innegable que en las últimas décadas este cambio ha sido más aparente (seguramente porque ha sido la culminación de otros muchos cambios anteriores) gracias a la influencia de uniones militares y políticas, creando la curiosa situación de que una gran cantidad de personas sienta como su comunidad una diferente de la que les defiende militarmente. Ésta es, por tanto, una gran oportunidad de crear comunidades con signos indentitarios desvinculados de símbolos militares.

      Una unión militar a nivel europeo parece ser inevitable como realidad práctica, pero ya existe como realidad defensiva. Si nos preguntamos de dónde proviene nuestra sensación de seguridad con respecto a amenazas exteriores la mayoría de nosotros contestaremos que de alianzas militares tipo OTAN o de principios y políticas tipo ONU o Unión Europea. Así que nuestra nacionalidad ya no es la que garantiza nuestra seguridad y en el caso de muchos ciudadanos europeos su nacionalidad ni siquiera tiene ejército propio. Dicho sea ésto sin ningún tipo de animadversión hacia los ejércitos; no hay que olvidar que en los albores de la guerra de Irak fueron estamentos militares a ambos lados del Atlántico quienes intentaron atemperar la retórica belicista, haciendo buena esa sensación que muchos teníamos sobre que nuestros ejércitos estaban para evitar guerras y no para lucharlas. Algo falla, desde luego, cuando los políticos de carrera o comentario tienen que calmar a los militares; pero algo falla también (y se ha visto que fallaba y mucho) cuando los militares tienen que tranquilizar a los políticos.

     En las nuevas regiones-nación que podrían surgir en el estado europeo—como estado la UE debiera aspirar a una multinacionalidad sentimental —, la nacionalidad militar parece poco importante en comparación a la realidad del estado que emite monedas, defiende las fronteras, emite los documentos y garantiza derechos. La Unión Europea es un futuro estado que podría lograr que la multinacionalidad se pareciera a la anacionalidad en referencia al estado-nación tradicional y belicoso y que de esa anacionalidad surjan nuevas naciones, patrias sentimentales que en muchas ocasiones podrían coincidir con fronteras administrativas, pero cuyo origen no tendrá ninguna connotación guerrera. Es destacable que los ejércitos hallan sido irrelevantes en la actual definición de seguridad, la cual, por primera vez en la historia, no encuentra sus orígenes en ninguna gloriosa victoria o dolorosa derrota militar. Y digo definición, que no consecución: los ejércitos han tenido su importancia pero ésta no ha sido de ningún modo ideológica.

     ¿Cuál es esa definición de seguridad? Mientras a algunos parece producirles una sensación de seguridad que se detenga sin juicio durante años a sospechosos de terrorismo, a otros nos parece sencillamente aterrador. Aterrador humanitariamente (mirando por el prójimo) y aterrador humanamente (mirando por nosotros mismos: hay cosas tan humanas pero no más humanas que el egoísmo). El día que un sospechoso de terrorismo puede ser detenido sin garantías judiciales todos podemos ser detenidos. ¿Basta que con no ser sospechoso de terrorismo? ¿Y cómo se consigue eso? ¿No estudiando árabe? ¿No aprendiendo a llevar un avión? ¿No viajando? ¿No teniendo opiniones diferentes a las de aquellos que se consideran legitimados a detener a los sospechosos de terrorismo sin garantías judiciales? ¿O no llevando un abrigo y corriendo en una estación de metro en verano, como aquel ciudadano brasileño, Charles de Menezes, en el metro de Londres?

     Hay muchas cosas que la Unión Europea ha hecho por nuestra seguridad sin necesidad de guerras, como crear el contexto económico que nos ha permitido quedarnos en nuestros países o, de así elegirlo, emigrar legalmente a cualquier estado de la Unión. Los africanos que han llegado a Europa ante la incomprensión de gran parte de nuestras poblaciones no vivían estilos de vida muy seguros. Seguridad es evitar atentados terroristas, pero también es seguridad no condenar a una parte de tu población a jugarse la vida a través de mares, desiertos y ríos.

     Y seguridad es, por supuesto, que la movilidad del capital sea equiparada a la del trabajador. No es necesario irse a regiones recónditas, no democráticas o bajo la influencia de ideologías y religiones demonizadas en occidente para encontrar ejemplos de lo contrario. El TLC (Tratado de Libre Comercio Norteamericano) aumentó la movilidad del capital entre los cristianos y capitalistas Estados Unidos y el católico y capitalista México, pero no la del trabajador. ¿Resultado? De momento (y subiendo) once millones de inmigrantes ilegales. Así que a la hora de valorar nuestras adhesiones y nacionalismos no estaría mal que recordáramos que de haberse parecido el modelo europeo al TLC, las multinacionales alemanas o francesas podrían haber invertido, por ejemplo, en España o Polonia y seríamos los españoles y polacos, como los mexicanos en norteamérica o los africanos en las costas españolas, los que tendríamos que jugarnos la vida escapando de la miseria.

     Dicho ésto, ¿debiéramos seguir fundamentando nuestro patriotismo en los lejanos genocidios de Hernán Cortés en las pantanosas tierras de Tenochtitlán? Tal vez ésto parezca una exageración (es lo que pretende ser), pero no parece muy coherente que mientras nos hartamos de condenar a sangrientos dictadores y exigir respeto a los derechos humanos, nuestros símbolos nacionales sigan siendo los de siempre. Así que no está de más que las nuevas naciones, nacionalidades, realidades nacionales, reinos dentro de reinos y demás definiciones en las que en España nos hemos convertido en una auténtica potencia mundial, estén vertebradas alrededor de realidades geográficas, idiomáticas e históricas, pero no alrededor de victorias militares y ejércitos. No deben cambiar los derechos garantizados por los estados, pero que cambien esas patrias sentimentales llamadas naciones y que vuelvan a cambiar si es necesario y que el estado tenga las herramientas para acomodar unos cambios que tendrán tanta o tan poca importancia como todas aquellas cosas cuya valoración depende del individuo. Las naciones son sentimientos; los estados, por el contrario, tienen la obligación de proporcionar unos derechos inalienables, de modo que un cambio de nación dentro de un estado o idea de estado, es decir, dentro de unos derechos, debiera ser absolutamente irrelevante.

     Cuando la adhesión individual que cada uno de nosotros pueda sentir por la nación e historia de España se eleva a categoría de religión, tal vez debiéramos preguntarnos porqué sentir un especial afecto por un estado, el español, que en más de quinientos años de historia no ha sido capaz, no ya de garantizar, sino ni siquiera de mostrar como una opción viable y estable la democracia; la historia de España ha sido una de dictaduras y absolutismo y el único periodo verdaderamente democrático ha llegado cuando en muchos sentidos nuestro estado es la Unión Europea, sin cuya influencia regional la democracia actual jamás hubiera cuajado. Si un año antes de la formación del primer gobierno plenamente democrático (el del PSOE: en este contexto interpretaríamos a la UCD como un resultado de la transición más que de la propia democracia) ya hubo un golpe de estado, ¿qué hubiera sucedido de haber estado España en latinoamérica y no en una región-estado de democracias consolidadas? Se suele apuntar a la alternancia entre partidos elegidos democráticamente como signo de la consolidación de una democracia, ¿hubiéramos aguantado los quince años que aún quedaban para dicha alternancia? Que cada uno conteste como quiera y que, al hacerlo, comprenda que hay muchas contestaciones y, por lo tanto, adhesiones nacionales posibles.

     España es una palabra, un nombre geográfico que no debiera tener connotaciones positivas o negativas, y tan ofensiva es la sacralización de la idea de España como la utilización de dicho nombre como símbolo de las barbaries cometidas por los habitantes de parte de la península ibérica. No fue la señora España, viuda de Portugal y prima de Francia, la que formó el régimen de Franco, sino personas nacidas en toda su geografía. Catalanes y vascos hicieron mucho más que colaborar con el régimen, mucho más que someterse como quien se somete a una fuerza invasora; catalanes y vascos (y hablo de estas dos por ser las dos nacionalidades más marcadas junto con la española) dieron forma al régimen y lo impulsaron como lo hicieron personas de todas partes de la geografía española. En quinientos años da tiempo a ser verdugo y víctima muchas veces. Tan ridículo es postrarse ante palabras como lapidarlas y los conceptos Madrid y España son sólo eso: palabras.

     El nacionalismo catalán o vasco debiera poder cambiar todo lo que sea capaz de cambiar democráticamente siempre y cuando no se alteren los derechos individuales; valga la redundancia, pues un cambio en el que se alteran los derechos individuales ya no es democrático. Y algunos dirán, ¡pero es que los están alterando! Entonces la pregunta es porqué se le da tanta importancia a lo que se quiere cambiar o dejar de cambiar y tan poca a que lo que se cambie se haga respetando no sólo las normas electorales sino también los mencionados derechos. Seamos sinceros, ¿de verdad estamos hablando de derechos y libertades? El debate de las selecciones deportivas catalana y vasca, por ejemplo, tiene muy poco de derechos individuales. ¿Acaso es un derecho fundamental del invididuo español tener una selección de fútbol unida? ¿También lo era, tal y como decía la ley, tener un país sin divorcio? Tal vez estaría bien que primero definiéramos de que estamos hablando, si de derechos o de pasiones, hablemos de como dilucidar dichas cuestiones y de encontrar el mecanismo para que los votos reflejen lo que queremos ser como sociedad. No será un debate cómodo y el mecanismo puede no ser fácil de encontrar, pero al menos tengamos claro cual es el debate. Y si es un problema de libertades y derechos, ¿qué hacen los defensores de la idea española como garante de unos derechos fundamentales hablando de selecciones de fútbol?

     El debate del nacionalismo no es, como algunos argumentan, un debate trasnochado, ¿desde cuándo las forma en la que los individuos forman sus comunidades no es uno de los temas principales? Es un debate importante y al que todos debiéramos contribuir para que en las futuras construcciones de naciones la vertebración de las mismas sea aparte de mitos militaristas. Ya que no parecemos tener muy claro como vivir en un mundo sin guerras, eliminemoslas al menos de nuestros mitos nacionales; si no podemos curar la enfermedad, introduzcámoslas al menos en nuestra imaginación colectiva como tal y no como una medicina. No hay guerras positivas, las hay para unos intereses, pero a nivel de absoluto la guerras es un desperdicio de recursos limitados pero reemplazables, los materiales, e infinitos e irremplazables como la vida humana. En nuestros derechos está el derecho a la vida y el derecho a que los inocentes no sean castigados por los desvaríos de sus gobernantes. Cada vez que cae en una bomba, no importa la intención u objetivos que se persiga al tirarla, cae sobre millones de vidas y sobre nuestros derechos y reglamentos. Unos derechos y reglamentos que, por encima de historias nacionales, debieran ser nuestro único estado. Tras separar religión y estado, ahora occidente debe separar nación y estado; separar todo lo emocional y subjetivo de esa racionalidad y objetividad a la que nuestras leyes debieran aspirar.

Foto: Barcelona, Litografía de J. M. Mateu, Biblioteca Digital Hispánica: www.bne.es/BDH/index.htm

Artículos 2008-2009: Obama y McCain en el Año previo al Bushileum (20-E-09)

 

 

Habrán sido ocho largos años. Tan largos que llegaremos incluso a preguntarnos si realmente lo fueron tanto o si fuimos víctimas de un histrionismo conspiranoico que nos impidió mirar a las cosas con un poco de paciencia. Y es que incluso quien ha privado a media humanidad (su país incluído) de derechos, tendrá derecho al inmenso beneficio de la nostalgia. Cuando el 20 de Enero de 2009 el más incompetente de los presidentes (seamos piadosos y démosle el beneficio de la no-duda sobre su incompetencia: en caso contrario nos veríamos obligados a preguntarnos si es algo peor), pase el testigo a un nuevo gobernante; ese día, el del Bushileum, pensaremos en W. Bush como se piensa en los exámenes del colegio. No hay ningún club tan poco selectivo como el de nuestras nostalgias: para tener nostalgia de la infelicidad basta algo tan sencillo como que sea pasada. Y afortunadamente W. Bush y todo lo que representa está a punto de convertirse en pasado: 20-E-2009, ¡Bushileum!

     Hagamos balance: el actual presidente de Estados Unidos ha deslegitimado todas y cada una de las organizaciones internacionales. El espíritu de Bretton Woods (conferencia de la que salieron las principales organizaciones monetarias occidentales) llevaba décadas agonizando, así que es difícil saber si la actuación de la administración Bush ha sido un acto de piedad o de crueldad: un asesinato o un degüello. Incluso la ONU tuvo que resucitar para que Bush pudiera matarla; resucitó cuando algunas naciones actuaron con dignidad antes de la guerra; una dignidad que hizo aún más sangrante la indignidad de que sus voces no fueran escuchadas. O lo que es peor: que fueran escuchadas e ignoradas. Con la perspectiva del tiempo, produce rubor recordar algunas de las tretas utilizadas para deslegitimar a una unión de naciones que representa a más cinco mil millones de personas. Recordar, por ejemplo, aquella que trataba sobre la corrupción de su secretario general; como si ésta, incluso de ser cierta, tuviera la menor relevancia a la hora de ignorar a la organización. Algunos insignes comentaristas debieran sentir vergüenza, no ya de haberse equivocado, sino del entusiasmo con el que jugaron su siniestro papel.

      En vista del desastre posterior, ¿logró la ONU una victoria moral? En cualquier caso tan moral como inútil. Si la ONU fuera un poeta, la posteridad la recordaría como la gran ganadora de la contienda de Iraq, pero para una organización política las victorias morales son derrotas. De modo que en el futuro deberá ser reformada, bien para reforzarla y así evitar nuevos secuestros, bien para debilitarla y evitar, quitándole poder para ser instrumentalizada, que su secuestro sea el de toda la comunidad internacional.

     ¿Cómo explicar el fracaso de W. Bush? Ante todo, el candidato elegido no tenía la menor cualificación. Recordemos que su gran virtud, aquella que repitió machaconamente durante la campaña del 2000, fue la de devolver la integridad al despacho oval; una definición que en aquella época venía a significar que no tendría aventuras sexuales con becarias. El pecado original no fue el fraude de las elecciones del 2000, sino que alguien como W. Bush se acercara a la presidencia. Que ganara a un buen candidato como Gore o que revalidara ante uno malo como Kerry no es tan importante como el que su partido le eligiera, sin la menor cualificación, sobre un excelente candidato como el senador por Arizona John McCain. Se suele hacer política ficción sobre cómo hubiera sido el mundo si Gore hubiera sido presidente, ¿y si McCain hubiera sido el candidato por el partido republicano? El hecho de que McCain sea el candidato republicano para las próximas elecciones demuestra que los que merecen segundas oportunidades (el mundo la merece tanto como McCain) habitualmente las reciben.

     El que McCain haya sido elegido como candidato del partido republicano nos ahorrará terribles y retrogrados debates religiosos o mentiras interesadas para no ofender al votante ultraconservador. Una carrera electoral entre Obama y McCain, especialmente si logran mantener una cierta cordialidad dentro de la competetividad lógica de unas elecciones, será un espectáculo que nos reconciliará con la idea de que la política es algo más que un analísis de tendencias, encuestas o decir lo que la gente quiere oír.

     Éstos dos candidatos en particular representan las dos cualidades positivas a las que se debiera recurrir en tiempos difíciles; el dorado medio de las dos reacciones extremas típicas de los momentos de crisis, que son la huída hacia adelante (“cambiemos los que somos”) y el retorno a la tradición (“volvamos a lo que realmente somos”). La mayoría de revoluciones socialistas son ejemplo de lo primero y la mayoría de revoluciones en el mundo islámico de lo segundo. Obama y McCain pueden ser, aunque diferentes, buenas medicinas para el enfermo. El primero significaría un cambio esperanzador; por no haber sido, por ejemplo, parte de la dividida generación de la guerra del Vietnam; mientras que McCain, veterano de dicha guerra, supondría, por su independiente trayectoria como senador, esa recuperación de valores positivos previa a todo gran cambio. Como sociedad, Obama significaría la mirada hacia adelante antes de dar el paso en la misma dirección, mientras que McCain sería la mirada hacia atrás (o más bien hacia adentro, a la esencia del país) antes de dicho paso. Frente a la huída y tradición antes mencionada, Obama y McCain representan, respectivamente, evolución e identidad.

     ¿Quién cambiaría más cosas como presidente? Puede que el viejo McCain acabara siendo más revolucionario (por las connotaciones negativas de la palabra revolución digamos más bien evolucionario) que el joven Obama. Pero del mismo modo que el gran pecado original de la sociedad estadounidense fue que Bush se acercara a la Casa Blanca, también será la gran absolución que éstos dos candidatos hayan hecho lo propio. Tras preguntarnos durante ocho años “¿qué esperar de un presidente tan terrible?”; la pregunta será durante unos meses, “¿que no esperar de dos candidatos tan distintos pero a la vez tan competentes?” Dos buenos puntos de partida. Su presidencia, por supuesto, dependerá de otras cosas, pero esta carrera presidencial es el premio a la esperanza en el caso de Obama y al servicio a la nación en el de McCain.. El mérito (no carente de esperanza) de McCain frente a la esperanza (no carente de mérito) de Obama. Mérito y esperanza: dos de los valores que mejor definen a la sociedad estadounidense (una forma de juzgar a las sociedades es por como se ven a sí mismas) y que han estado especialmente ausentes en la presidencia del presidente George Walker Bush.

 

 

 

 

     Foto: El Senador Jefferson Colapsa, www.americanrhetoric.com