Weekly Fake News

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Al contrario que la mentira, la ficción no es falsa sino una escenificación de la realidad con sólo la esencia, quitando todos los factores subjetivos que pueden distraer a la hora de examinar una determinada historia. Por eso, dirán los religiosos, la Biblia puede ser real sin ser literalmente cierta; del mismo modo que los literatos mantendrán que la ficción es más cierta que la pesada y monótona verdad cuya realidad dependerá de quien la juzgue. La verdad tiene muchos apellidos y dista de ser un concepto absoluto. Las llamadas Fake News que influyeron en el resultado de las últimas elecciones estadounidenses, apelan no tanto a lo que es objetivamente cierto (o aspira a la mayor objetividad posible dentro de la subjetividad inherente a cualquier información), como a lo que un grupo quiere que sea cierto. Es lo contrario de la ficción, en la que se elimina la subjetividad: en las Fake News se aumenta la importancia de lo subjetivo ya que lo importante pasa a ser lo que un grupo de votantes quiere que sea cierto. Desear que algo sea cierto hace que en cierto modo lo sea y lo importante ya no es el hecho en sí, sino lo que lo ha hecho creíble para un grupo de personas.

Las Fake News suelen ser intoxicaciones ocultas en la gran cantidad de información y suelen pasar relativamente inadvertidas más allá del grupo que las utilizan para reforzar lo que ya creen. Una tragicómica excepción—afortunadanente no hubo heridos—, a esta oscuridad fue el caso del Pizzagate, una teoría conspiranoica que mantenía que los correos electrónicos de John Podesta, jefe de la campaña de Hillary Clinton, contenían mensajes cifrados sobre una red de tráfico de seres humanos que se estaba llevando a cabo en una red de restaurantes estadounidenses, entre ellos la pizzería Comet Ping Pong. Estas intoxicaciones resultaron en una campaña de asedio a dicho restaurante que tuvo su apogeo en un ataque armado en el que un trastornado pretendió rescatar a los niños supuestamente retenidos en la trastienda.

Lo relevante de este caso no es tanto la falsedad de la noticia, como que un grupo de personas pudiera creer que era cierta. El recorrido de estas noticias pasando por foros, hilos de comentarios, referencias a que tal medio ha dicho ésto o lo otro, periódicos extranjeros que hacen referencia a bulos surgidos en el imperio americano con sorna pero con una apariencia de seriedad en la información (especialmente para quien las lee sin tener ni idea del idioma en el que están escritas); éstas y otras muchas herramientas son una cadena de legitimación formal en que las noticias, aunque sigan sin ciertas, vienen en el mismo envoltorio que las que han pasado por la criba del rigor periodístico, de modo que si un grupo quiere creer que algo es cierto, tendrá un producto para satisfacer sus necesidades de consumo.

Y este deseo, a diferencia de la noticia, es cierto y lo que hace a las Fake News indemnes a la desarticulación. Tal vez una determinada noticia no sea del todo cierta, aceptarán a regañadientes los defensores de la misma, pero sin embargo hay otras que apuntan a direcciones parecidas. Habrá mil nuevas noticias para sustituir a la desmentida, tejiéndose una red de noticias en las que la verosimilitud va saltando de una a otra y cuyo único nexo cierto, aquel que las hace indemnes a la ruptura de la red, es el deseo de los lectores de que sean ciertas. Las noticias falsas necesitan un rival y la moral necesita del vicio: querer que algo no suceda ya es medio camino para creer que pueda suceder.

Este deseo no tiene como fin el entretenimiento. No es como aquel Weekly World News y su famoso niño murciélago, el alienígena adoptado por Hillary Clinton o el simio afeitado que convive por la pareja de hecho formada por Saddam Hussein y Osama Bin Laden; no es como el wrestling en el que los aficionados presencian luchas guionizadas bajo la apariencia de verosimilitud; casos en los que los consumidores de estos productos quieren creer que algo es cierto durante el tiempo en el que son entretenidos y en los que se da la suspensión de la realidad propia de cualquier producto de ficción. La noticia de que Hillary Clinton dirige a una red de tráfico de personas desde la cocina de sus restaurantes favorito, por ejemplo, podría haber aparecido en portada del Weekly World News y, estando a la vista en la cola del supermercado o de la farmacia 24 horas, no haber llamado la atención ni haber producido el menor efecto político.

La diferencia es que los consumidores de las Fake News ya no buscan entretenimiento, sino información y que la diferencia entre ambas cada vez es más difusa para una audiencia que ni sabe ni quiere apreciar tal diferencia y que calificará la apelación al rigor periodístico como de elitismo intelectual. Las Fake News son, ante todo, una herramienta populista. Y como toda herramienta populista se propaga con mayor velocidad en grupos entrenados para creer. La fe es un entrenamiento óptimo para ser presa de la intoxicación informativa. Hay que dejar claro que la fe no es patrimonio exclusivo de la religión; cuando el activismo abandona la autoexigencia se convierte en una religión sin dios que hace a grupos de las más diversas ideologías presas fáciles de dichas intoxicaciones informativas. Estamos viendo que la derecha ideológica estadounidense no es que sea diferente, sino que ha aparecido antes y que ahora andan el mismo camino la derecha xenófoba italiana, el nacionalismo excluyente húngaro y polaco, el cuñadismo español, el independentismo de izquierda derecha centro catalán, la censura buenista siempre al borde de la indignación; grupo tras grupo se parapeta en realidades en las que todo es visto a través de su necesidad de creer y, a diferencia de otros tiempos, hay la posibilidad de crear un submundo del que retroalimentarse de los propios prejuicios reciclándolos hasta el extremo, hasta que un día ese prejuicio ya ha perdido todo su elemento de juicio. Comenzamos leyendo un libro, lo convertimos en papel de cocina, servilleta y papel higiénico. Y así es como el prejuicio se convierte en una gran postmierda y postjuicio.

En otros tiempos las narrativas de las sociedades estaban en manos de un puñado de periodistas, estudiosos y expertos sobre un determinado tema. Aumentar el número de voces y la inmediatez con la que opinamos sobre temas de los que minutos antes no teníamos ni idea abre el campo a muchas voces y puntos de vista, acabando con el academicismo que también es su propia forma de distorsión, pero a cambio aumenta la subjetividad. La rapidez con la que opinamos sobre los temas hace que en realidad sean los temas los que opinan sobre nosotros: el tema es elegido para servir de vehículo para una opinión que ya teníamos. Para saber de un tema no escuches la opinión, sino escucha al tema para saber que opinión ya se tenía.

La verdad no tiene porque ser objetiva, como no tiene porque serlo la ciencia. Todo lo humano es por definición subjetivo ya que somos cada uno de nosotros los que damos nuestra propia explicación al universo. Por eso creamos disciplinas, para que tengan unas reglas por las que regirse y en la que la objetividad sea algo a lo que aspirar. Las ciencias aún mantienen la independencia gracias a la importancia que seguimos dando a lo que llamaríamos científicos serios; diferentes de los curanderos y tierraplanistas, por ejemplo, que difunden su cháchara por internet; por un lado la dificultad de los temas científicos y por el otro la existencia de academias y autoridades sanitarias hacen que, de momento, las opiniones se organicen al estilo de como históricamente han convivido la astrología y la astronomía: algún símbolo común, pero esferas de influencia completamente distintas.

Pero la fe no es una ciencia y, desligada de la religión, ni siquiera tiene porqué tener límites. Casi cualquier cosa puede ser defendida si el único requisito es querer creer. Cada uno de nosotros hemos creado un universo de Fake News en el que pedimos ser informados no tanto del estado del mundo, sino del estado de nuestros prejuicios: un mundo a la carta que se retroalimenta de nuestros anhelos de creer. De modo que ya no es tan importante que mundo dejamos entrar en casa a través de nuestros teléfonos y ordenadores, sino que casa intelectual hemos preparado para ese mundo. Las Fake News, como no podía ser de otra forma, somos nosotros.

 

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