Sé libre…¡cállate!

Hay miles de ocasiones en las que la censura puede parecer justificada.  La tendencia del ser humano a decir idioteces es reconocida en todo el universo y seguramente reproducida con admiración en múltiples universos paralelos.  ¿Qué necesidad hay de permitir la libre expresión para ofender a las víctimas del terrorismo o para criticar las instituciones que salvaguardan nuestras libertades?  Pero toda censura, por bienintencionada que sea—y casi nunca lo es–, puede llevar a lugares extraños.  Con el delito de apología del terrorismo pasamos de castigar el terrorismo –la colaboración física en un acto de terrorismo o intelectual cuando se es parte de una jerarquía terrorista–a poder potencialmente castigar a cualquiera que defienda con su opinión una causa que alguien defienda con medios terroristas o que hiera las sensibilidades de víctimas de actos terroristas.  Las sensibilidades, peligroso y resbaladizo territorio legal para la imparcialidad que se le supone a la justicia.  Ofenderse es legítimo, la pregunta es si queremos que sean los jueces y los tribunales los que diriman estas ofensas con penas de cárcel y multas.

Y aún no hemos mencionado a  la politizada justicia española.  Política fue la decisión de utilizar la apología del terrorismo como una forma de perseguir a participantes de terrorismo que lograban ocultar dicha participación bajo el escudo de las instituciones.  Fue un atajo que, como todo atajo, tiene la ventaja de llevarnos a algún sitio, aunque tal vez no al que deseábamos: a una sociedad en la que la libertad de expresión se utiliza como arma arrojadiza y donde las sensibilidades, a menudo moldeadas por ideologías políticas, impiden la libertad de expresión de los ciudadanos utilizando una herramienta tan poderosa como los tribunales.
Un ejemplo sería la sentencia condenatoria del cantante de Def con dos, César Strawberry, en la que el voto particular es revelador; el magistrado Perfecto Andrés Ibáñez es partidario de la absolución del cantante, al entender que los tuits “no pasan de ser meros exabruptos sin mayor recorrido…que carecen de la menor posibilidad de conexión práctica con acciones terroristas.”  Según este razonamiento no habría delito de no haber conexiones prácticas, en cuyo caso sería delito de terrorismo y no, como en este caso, una opinión personal.  Aún así, el Tribunal Supremo condenó al cantante a un año de cárcel por un delito de enaltecimiento del terrorismo.
El debate sobre los límites del humor es interesante para horas de ocio junto a la chimenea, en el bar o en las tribunas, pero no para tratarlo entre sentencias y demandas. La falta de gracia o estilo de los chistes es lo de menos.  Los derechos no necesitan tener buen gusto: son derechos.  No ejercemos el voto con estilo o gracia: lo ejercemos.  El derecho a opinar no es interesante o deleznable; en todo caso lo serán las opiniones.  En España la libertad ya no termina dónde comienza la del prójimo, sino dónde lo haga la sensibilidad de tribunales politizados.  Como toda dictadura, la de la opinión también quiere crear legalismos para convencerse de que no esta imponiendo su voluntad en base a la ley y no, como cada vez más es el caso, del capricho legalizado.

Donald Trump, lider del mundo libre…

El poder le calmará, la política es el arte de lo posible,” decimos desde la confianza en el sistema para convencernos de que los compromisos del poder mantendrán bajo control—o cuanto menos atenuarán—los extremismos de los gobernantes que nos asustan; ignorando que en numerosas ocasiones no hay compromiso más intenso que esos mismos extremismos que han llevado al dirigente pesadilla al poder. Desde nuestra perspectiva el poder es el fin y le presumimos efectos saciantes, mientras que desde la del que lo ha logrado es una reafirmación de su valía personal y el buen aperitivo que todo buen narcisista necesita para empezar el festín al que se cree legitimado. El poder no es su valía, sino que es él quien le da valía al poder; no es un calmante, sino un excitante. Desde la confianza en el sistema nos gusta pensar que el poder es un corsé, cuando en realidad, para mucho de estos personajes que llegan a golpe de ego al mismo es la oportunidad de, por fin, poder quitarse otros muchos corsés.

¿Triunfará la república americana sobre la fenomenal amenaza de Trump? Años de adoctrinamiento de películas y series nos indican que sí; lo harán sus instituciones, incluso su presidente saliente parece tranquilizarnos, dejando la escena con elegancia y diciéndonos que no temamos al futuro. Una denuncia de un activista valiente aquí y una decisión histórica del Tribunal Supremo allá y con un poco de suerte nos dará tiempo a que Robert Redford haga de Trump en la película. Así que no cunda el pánico, nos decimos, que Donald Trump sea el próximo presidente del país más importante del mundo nos da miedo como idea, pero hacemos lo posible para no caer en el miedo como miedo; hemos sustituido el miedo por la idea del miedo y racionalizado se nos hace más llevadero. Desgraciadamente no es la idea de Donald Trump, un holograma, su avatar, la que va a ser presidente, sino el Trump de carne y hueso que hace unos años alborotaba la escena política pidiendo el certificado de nacimiento de Obama, por citar sólo uno de sus muchos episodios infames.

La revolución, como decía la canción, no será televisada. Los cambios políticos son como el cambio climático: cuando nos damos cuenta ya es demasiado tarde. Los propiciados por Trump serán leves pero decididos y no hay que subestimar el vínculo de los estadounidenses con un personaje al que llevan décadas viendo en televisión. No puede ser peligroso quien lleva toda la vida apareciendo en la sala sala estar. Trump recibirá un beneficio de la duda del que su odioso mensaje no le hace merecedor. Es la diferencia entre ser tenido por bravucón o peligroso; políticamente incorrecto más que racista. Trump puede decir lo que nadie dice y los años de circo hace que muchos se lo permitan sin entrar a valorar que hay muy buenas razones por las que no se puede sobrevivir en la arena pública diciendo lo que dice Trump. No es una cuestión de corrección política, sino de pulcritud de pensamiento. El viejo Donald, el perro ladrador poco mordedor de toda la vida; la caricatura vista en dibujos animados y películas. Un personaje que se ha acostumbrado a operar en el desprecio y contra el desprecio y que con el tiempo se ha dado cuenta de que el desprecio es una oposición bastante débil cuando uno le opone fama y medios.

Cuando Hugo Chávez cerró una televisión opositora no lo hizo por capricho, nos dijo, sino porque no tenía las licencias necesarias, unas licencias que, como no, era él quien concedía. El legislador tiene el poder de crear leyes para que el ejercicio arbitrario del poder no sea tal sino una simple aplicación de las frías y ciegas leyes: por mucho que esas leyes aún estén calientes de la panadería del poder. Trump ya ha apuntado a los medios de comunicación. Habrá que ver como soportan la presión los grandes conglomerados de intereses de los que dependen, el posible enfrentamiento con el presidente y si se verán obligados a apaciguarle con componendas y gestos de buena voluntad. Si Trump se siente legitimado por la población, podría deformar las leyes para obligar a los los altos cargos a cambiar a los cargos medios que no colaboren y, sobre todo, al talento profesional, a esa línea editorial o periodística cuya integridad profesional les hace en un principio más inaccesibles. El control de los tribunales, el equilibrio en el tribunal supremo podría llegar a depender de nombramientos del propio Trump, entra también dentro de lo posible. Los cambios no serán radicales, sino leves, en momentos puntuales, deslegitimando más que destruyendo instituciones. La deslegitimación de una institución es más fácil que su destrucción, menos aparente y se puede hacer en pequeñas tomas entre comida y comida…

Y no cabe descartar que Trump sea un presidente popular. The Donald lleva casi toda su vida adulta siendo famoso y con el agotamiento de sus detractores, quienes intentarán pasar cuatro años casi sin respirar el aire de la presidencia de la última persona a la que quisieron ver de presidente, y el apoyo del resto de estadounidenses tal vez subyugados por el encanto de la novedad y algún que otro buen resultado, se encontrará un ambiente propicio para operar estos leves cambios. Todo ello unido a una pérdida de fe generalizada en el sistema internacional, desde la ONU a la Unión Europea, pasando por cualquiera de los organismos a los que la opinión pública ha ido menoscabando con su cinismo hasta hacerlos irrelevantes. No ha habido escándalo ni metedura de pata que haya dañado a Trump; es descorazonador que la voz de un charlatán pese más que cualquier sesudo análisis hecho por venerables instituciones. Como dijo el propio Trump cuando luchaba por la victoria del partido republicano en un acto de campaña en Iowa:

“Tengo a la gente más leal, ¿Alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes”

No sabemos si nos estaba contando su gran fortaleza o nos hacía participar de su sorpresa.

Así que no esperen que el cambio suceda en las dos horas de película. Será soterrado, paciente a ratos, sabiendo valorar su fortaleza hasta que ya no le haga falta pues ya no haya nadie más que se le pueda oponer. Los ejemplos de Putin, su admirado Putin cuyas agencias de inteligencia podrían haberle empujado en la carrera electoral, quien tuvo que adaptarse a las instituciones hasta el punto de ser primer ministro plenipotencial con Medvedev de presidente marioneta hasta que, finalmente, fue tan fuerte que pudo dejarse de disimulos y cambiar la constitución, o el de Chávez, con sus victorias políticas y referéndums perdidos pero aún así ganando poder de forma constante, debieran ser referencias.

No todo está perdido. La opinión pública estadounidense es fuerte, tiene instituciones consolidadas y en estos momentos ya se está forjando a base de protesta y organización la victoria demócrata en las siguientes elecciones parlamentarias que podría dejar a Trump sin el control de las cámaras. Afortunadamente el poder se ejerce desde muchos lugares, las guerras actuales se luchan desde muchos ordenadores, las empresas más importantes se han formado en democracia y dependen de la libertad de expresión de ciudadanos y consumidores; no fabrican hierro que se pueda convertir en cañones, sino cañones de ideas. ¿Pero acaso estamos seguros de que Trump, si logra un repunte de su popularidad, no será capaz de instrumentalizar estas empresas para su beneficio? Todo son especulaciones, por supuesto, pero no descarten nada. Salvo, claro está, que los cambios de la revolución Trump vayan a ser aparentes y visibles.

Perplejidad y rabia electoral

sam of liberty

Decía Aristóteles que la democracia es el peor de los regímenes virtuosos; la elección de la mayoría, argumentaba, no siempre es la mejor y podría ser potencialmente más acertada de depender de una élite o monarca virtuoso pero, no teniendo la seguridad de que éste y aquellos no se conviertan en una desviación viciosa y por tanto en una oligarquía y tiranía, la decisión de la mayoría es, en la práctica, el mejor regimen posible. La democracia no siempre acierta, pero, con los controles adecuados, seguirá teniendo la oportunidad de corregir posibles errores en futuras elecciones. 

Tras el Brexit, el referéndum de Valonia o la victoria de Trump, existe perplejidad ante la falta de comprensión de votantes británicos, canadienses y estadounidenses sobre las consecuencias a largo plazo de sus decisiones aparentemente antisistema.  Resulta curioso que a la vez que los poderes económicos y politicos desprecian la educación y la cultura y predican que el principal baremo del éxito es el económico individual inmediato, piden sin embargo que el votante sea responsable y comprenda las consecuencias a largo plazo de su voto en el conjunto de una sociedad, como por ejemplo la española, en la que la cultura no es un producto de primera necesidad y por tanto es gravado con un 21% y en el que la filosofía ha sido eliminada como asignatura escolar. 

Y pese a ésto le pediremos al votante que aprenda a pensar más allá del placer inmediato del voto de castigo o la ilusión momentánea generada por un candidato.     Se le pedirá perspectiva histórica, análisis macroeconómico, atención a precuelas preocupantes como Berlusconi en el caso de Trump a la vez que desvalorizando aquellas herramientas formativas que nos enseñan a pensar en la comunidad más allá del frustrante corto plazo, preparando así la más fértil de las tierras para los populismos y para que los votantes derriben estructuras de poder y pensamiento de las que deliberadamente no sólo no fueron informados sino que incluso se ha perseguido a aquellos que como Snowden, Manning o Assange intentaron hacer más transparente el ejercicio de dicho poder. El poder ofrece desprecio a la opinión pública cada día, pero curiosamente se sorprende de recibir ese mismo desprecio en las elecciones cada cuatro años.

En cuanto a Trump existe unanimidad en que, si no el candidato menos preparado de la historia, sí es al menos el menos candidato, un anticandidato de dimensiones históricas que no habla ni planea sus estrategias como un político.  Nos guste o no, Trump es un cambio. Como lo fue Obama, lo más diferente que uno pueda imaginarse al candidato que le ha sucedido y al que le precedió. ¿Nos asusta la volatilidad de las democracias? En cuatro años habrá nuevas elecciones, nuevas ilusiones y la volatilidad es al menos la muestra de que huímos de tiranías. Pero la calidad de nuestras democracias y lo acertado de nuestras elecciones va a depender de algo mucho más difícil de crear que una gran campaña política o de un comunicador que lleva décadas en el pulso de la sociedad estadounidense como Trump.  Porque podemos dudar de la valía de Trump como empresario—sus quiebras han sido numerosas y sonadas—, o de su imagen de empresario hecho a sí mismo—su padre fue uno de los principales promotores de los barrios obreros de Nueva York—, pero lo que es indudable es su maestría como comunicador y su capacidad para reinventarse para no pasar de moda.  

Los mismos mercados que amagarán desplomes estos próximos días y las estructuras de poder que tan condescendientes y espantadas se mostrarán con el votante estadounidense, debieran preocuparse de la miseria que provoca que parte de su población tenga que estar más pendiente de no perder su casa que de educar a sus hijos en no creer al que hable más fuerte o con el mensaje más simple; de normativas laborales que permitan la conciliación,  estabilidad y un cierta prosperidad económica para educar en esos valores que permitirán un voto sin miedo y rabia. 

Un poder que no se preocupa de su gente no puede sorprenderse de que la gente se despreocupe del poder.     

La medida de nuestra maldad

 

 

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La medida de la maldad de una sociedad está en las mezquindades que aprende a justificar. Es una esencia oscura, la concentración de sus mayores vergüenzas; donde ninguno de sus miembros llegaría individualmente lo hará la comunidad diluyendo las responsabilidades para que siendo todos culpables no lo sea ninguno. En la noche del seis de febrero, en la que murieron quince inmigrantes por causa de la acción directa de la Guardia Civil, ni el peor de nosotros hubiera negado la asistencia a quien se ahoga, mucho menos disparado al indefenso. Y sin embargo eso es precisamente lo hicimos con la ayuda de nuestras leyes y razones colectivas. Por separado hubiéramos salvado a quince personas, juntos contribuimos a sus muertes. Conviene que examinemos nuestra conformidad con que nuestra decisión colectiva sea tan diferente de la individual.

 

La historia de las maldades sociales reconocidas es breve. Llamamos maldad al momento que podemos separar de sus causas y consecuencias, a aquel que aunque sea el resultado de otros trataremos como uno aislado. A la locura. Pero la actuación constante y continuada de las sociedades impide este aislamiento, iniciando una infinita cadena de justificaciones. Sólo aislaremos las maldades que nos obliguen a reconocer y en una sociedad siempre habrá un justificador de guardia. ¿Hablaríamos de la locura de la burbuja inmobiliaria de haber logrado un aterrizaje suave? Incluso corrigiéndola, hubiéramos encontrado razones para construir sobre ella. Y grado a grado, negro sobre blanco camino al gris, llegaremos a la justificación. Y siendo parte de una cadena de eventos que complicaremos a nuestro antojo nos convenceremos de que es un mal inevitable e incomprensible; e inevitable e incomprensiblemente participaremos en la muerte de seres humanos cuando nuestros barcos no asisten a pateras y cayucos por miedo a las implicaciones legales; e inevitable e incomprensiblemente un guardia civil, cumpliendo órdenes de una cadena de mando que comienza en nuestro voto, disparará material antidisturbios a seres humanos al borde del ahogamiento en aguas gélidas. De nuevo, usted y yo no lo hubiéramos hecho, pero usted y yo lo ordenamos.

 

Debiéramos reflexionar sobre como hemos pasado de considerarnos una nación bienintencionada a convencernos (y pedir a nuestros gobernantes con nuestros votos que nos convenzan) de que ya no podemos permitirnos estas buenas intenciones. No atacar a seres humanos que están muriendo en nuestras costas es, aparentemente, muy caro; cumplir nuestras propias leyes de extranjería inicia, según nos cuentan, una cadena de eventos que nos lleva a la bancarrota. Otra divergencia entre lo personal y lo colectivo; en lo personal las buenas acciones suelen ser una buena y barata estrategia (si tratamos bien al prójimo hay más posibilidades de que el prójimo nos devuelva la gentileza) mientras que en lo colectivo nos hemos convencido de que es una irresponsabilidad. El lujo de las buenas intenciones que no nos podemos permitir, tétrico proyecto de vida el que nos proponen nuestros líderes. La adhesión a nueva alianza de civilizaciones para la que el gobierno al que elegimos con mayoría absoluta ya ha hecho los cambios legales pertinentes: la alianza de los incivilizados que no creen en la existencia de unos derechos universales independientes de la prosperidad económica. Una alianza a la que sólo nos avergonzaremos de pertenecer cuando veamos los países que nos acompañan; aquello que decía Grouxo Marx de no querer pertenecer a un club que nos acepte como socios se debe, principalmente, a que al mirar al resto de miembros del grupo veremos reflejados nuestros peores y no reconocidos defectos.

 

Que un guardia civil cumpla la ley atacando de manera tan grave cualquier conciencia elemental nos muestra el deterioro moral que nos ha acercado, mezquindad a mezquindad, recorte a recorte, hasta este momento de horroroso simbolismo; de la mano de un gobierno que prohibió la asistencia sanitaria a inmigrantes no declarados legales por el estado (ninguna persona es ilegal) en una irresponsable llamada a la xenofobia y a culpar a los más débiles de los recortes sanitarios. Una treta que fue superada gracias a una población madura que no se dejó embaucar y, sobre todo, a unos médicos valientes que se unieron en defensa de una moral superior a la del estado. Una moral que debe tener el que cura, pero de la que parecen poder prescindir aquellos a los que hemos armado para que nos protejan. Una carencia legitimada por la falta de reacción por parte de nuestros líderes políticos ante los abusos, contados pero significativos, por parte de las fuerzas del orden en los últimos años y por unas nuevas leyes de seguridad ciudadana destinadas a blindar la impunidad ante estos abusos.

 

Seis años de crisis económica nos han traído a este punto. Si nuestro espanto ante momentos tan bajos no lo remedia, ¿qué llegaremos a justificar en cinco, diez o quince más? No podemos escondernos. Ya no hay más sitio. No lo hay en la habitación en la que un inmigrante sin papeles murió de tuberculosis en Mallorca al no recibir la atención médica adecuada; no lo hay en la orilla en la que quince seres humanos murieron con la agresiva participación (perdón por el eufemismo) de nuestra sociedad; no lo hay en un estado cadavérico, no tanto por lo recortado, sino por la parcialidad de lo recortado pues demasiados sueldos públicos siguen como si tal cosa mientras la mayoría no tiene más remedio que resignarse a cualquier cosa. Nos han quitado el espacio. De la razón, conciencia, idealismo, protesta, voto e ingenio con la que sepamos recuperarlo dependerá el tipo de sociedad en el que vivamos. O malvivamos, en compañía de las maldades que hayamos aprendido a justificar.

 

 

 

El mapa mental de la corrupción (II): el martillo y el moho

La victoria de Berlusconi el 28 de Marzo de 1994 provocó éste primer porro...(Abril, película de Nanni Moretti)

La indignación con la vida política nunca puede estar exenta de esperanza; de perderla se convierte en un ejercicio de charlatanismo de barra de bar, una actividad tan buena para la salud como estéril en la mejora de las circunstancias criticadas. Seamos positivos, en España al menos tenemos corruptos; opción siempre preferible a aquella otra en la que la corrupción está institucionalizada y lo corrupto es el sistema y no sus miembros. Y es que se puede llegar a ser tan corrupto que ya ni siquiera haga falta serlo, siendo la principal diferencia entre ladrones y corruptos que éstos tratarán de legalizar lo ilegítimo alterando o adaptando las leyes que incumplen.

La corrupción no es falta de moralidad, sino algo mucho más peligroso: es la creación de una moralidad a la medida del corrupto y cuanto más sutil sea su proceder más peligroso será su efecto; paradógicamente, personajes como Berlusconi son más destructivos a corto que en el más ideológico largo plazo y lo más probable es que su influencia acabe en cuanto este simpático personaje y siniestro gobernante desaparezca de la vida pública italiana. Si la corrupción es un cáncer, Berlusconi es uno que saluda y manda besos al médico que se afana por detectarlo. Otros casos menos obvios y menos asociados a un individuo son más peligrosos pues afectan a la vida pública, no con el estruendo del martillo multimillonario y multimedia del dictamagnate italiano, sino con la silenciosa destrucción de una filtración de agua.

Así que, siempre prestos a inventar revolucionarias siglas que no sirvan para casi nada, proponemos el test de detección temprana del corrupto (TDTC). La aplicación es de lo más sencilla: se reconocerá al corrupto antes de que comience el enmohecimiento en que se pasará cantidades ingentes de tiempo tratando de convencer al electorado de que todos los demás también lo son o serían (corruptos) a poco de que tuvieran sus posibilidades y circunstancias; no pudiendo convencer de su honestidad, tratará de convencer de la deshonestidad de las demás alternativas; no pudiendo diferenciarse apelando a la superioridad moral, se igualará a la baja predicando la inferioridad común. Animo a utilizar el TDTC para desconfiar de cualquier candidato o partido que ampare su corrupción en la supuesta falta de moralidad de la política en su conjunto y a llamar al orden a cualquier contertulio o colega de barra que incluya entre sus argumentos el dichoso “todos los políticos son iguales.” De nuevo, la indignación sin esperanza es tan inútil como la vida sin esperanza y decir que todos los políticos son iguales es el camino más corto para que al final lo sean.

Equiparar, tal y como hizo la derecha balear hace cuatro años, las obras supuestamente ilegales realizadas por un ecologista en la pocilga de su finca agrícola con los cientos de millones de euros (cuantifiquemos eso en colegios, universidades, hospitales etc.) malversados por una trama corrupta, es como acusar al que nos ha gorreado una copa (hoy va de tabernas) de ser capaz de vaciarnos la cuenta bancaria y quemarnos la casa a poco que se lo permitamos; o al maleducado que no cede su asiento a una viejecita de ser un Hitler en potencia a la espera de que le demos los controles de una cámara de gas. Y aunque lo fuera, una cosa es que saquemos conclusiones al respecto y otra que el propio Hitler utilice esta corrupción hipotética en su defensa y haga campaña pidiendo el voto en base a la misma.

No pidamos a los partidos que limpien sus listas de imputados, pero sí que nos aseguren que han hecho las investigaciones internas pertinentes para asegurarse de la inocencia de los candidatos que presentan y que, en caso de producirse condenas penales subsiguientes, los máximos responsables expliquen las razones por las que sus conclusiones fueron diferentes a las de la justicia y dimitan a poco que se intuya negligencia. De lo contrario, están mandando el mensaje de que la corrupción está en el partido y no en el candidato y que la pieza culpable es defendida pues se ha limitado a llevar a cabo la tramposa misión encargada por el conjunto.

Así que castiguemos la corrupción con nuestro voto…, nosotros que aún la tenemos.

El mapa mental de la corrupción (I): la conspiración Zu Gutemberg

Nada más oír el nombre de Karl Theodor Zu Gutemberg (recuerden estas siglas KTZG: ya me ocuparé de que signifiquen algo) pensé que se trataba de un personaje de novela; el político más prometedor de su generación, un Kennedy a la alemana, lo cual viene a ser como una paella a la inglesa; con la bella e idealista Stephanie, activista contra abusos infantiles y tataranieta de Otto Von Bismarck, en el papel de Jackie; y con un nombre que en estos etéreos tiempos cibernéticos homenajea el olor de la tinta y que es el que un autor no alemán le pondría a un personaje de esta nacionalidad; “el profesor Zu Gutemberg, famoso científico, desapareció a las seis de la mañana…” Siempre supuse que había algo raro. Ahora por fin tengo la confirmación: Zu Gutemberg es una creación literaria. En las próximas líneas les descubriré que no es la única entre nuestros líderes electos.

Tal vez esperen que este artículo trate sobre la diferencia entre los baremos éticos a los que sometemos a nuestros políticos en comparación a Alemania; no están solos, yo también lo esperaba. Hasta descubrir la gran trama que estoy a punto de denunciar, pretendía apuntar a que mientras en España nuestros representantes inauguran aeropuertos sin permisos ni aviones o fraccionan la concesión de las sillas para un evento Papal para así evitar el concurso público (el concepto de “un culo, una silla, un contrato” es primo hermano del democrático por excelencia de “un ciudadano, un voto” y demuestra, de paso, la candidez de otros insignes corruptos que fingieron concursos para designar arquitectos a dedo cuando podrían haberse evitado las molestias fraccionando las obras en ladrillos), mientras el entonces ministro de defensa alemán fue obligado a dimitir por haber plagiado su tesis doctoral. No importó que se tratara del político más popular de Alemania—como corresponde a quien, por el mismo precio, llena las páginas de crónica política y social—, ni que la canciller Merkel le mostrara su apoyo incondicional: la opinión pública alemana decidió que la trampa merecía un castigo. La gravedad del mismo, que su retirada sea temporal o definitiva, ya dependerá de las cualidades del dimisionario y de la capacidad de perdón de la sociedad alemana, pero el simple hecho de que por dignidad un político dimita o sea obligado a dimitir es admirable desde la perspectiva española, donde los políticos se sienten inocentes mientras no se demuestre penalmente lo contrario y donde son necesarios la policía, jueces, condenas y una afilada espátula para despegarlos de sus cargos y escaños.

¿Cómo reaccionaríamos a un caso como el de Zu Gutemberg? La diferencia ofende pues, para empezar, nuestros políticos jamás se verán en la tesitura de plagiar tesis de doctorados que no parecen tener mucho interés en realizar; los que los estudian, suelen ser percibidos por la opinión pública como quijotescos idealistas de partidos sin vocación de gobierno y no serán votados por mucho que suenen como el mismísimo Churchill redivivo.

“Habla muy bien, grandes pensamientos, pero gobernar es otra cosa…”

Efectivamente, está siendo otra cosa.

Así que ya ven hacia donde iba encaminado este artículo: a la aburrida y repetitiva tarea de constatar, una vez más, lo arraigada que está la corrupción en nuestra sociedad y mentalidad. Y ya iba a poner el punto final cuando caí en la cuenta de que no podemos ser tan idiotas y que tiene que haber otra explicación: tanto Zu Gutemberg como los políticos corruptos a los que en los próximos meses premiaremos con mayorías absolutas son creaciones de la Conspiración Zu Gutemberg (KonspiraTion Zu Gutemberg en alemán) cuyo objetivo es deslegitimar, por comparación, a nuestras democracias (no sé si Berlusconi también es creación de la conspiración o ha surgido por generación espontánea), permitiendo así a Alemania lograr un ascendente moral que les permita imponer su criterio en la Unión Europea en camino a la dominación mundial; perdón por la estereotipación facilona, pero no esperarían que una misión con un nombre de tal nivel tuviera como objeto la dominación de su comunidad de vecinos…

Casi nos engañan. Afortunadamente, se van a encontrar con una valiente sociedad española dispuesta a demostrar que no hemos perdido la la dignidad y el espíritu cívico hasta el punto, no ya de no castigar, sino de recompensar a nuestros corruptos. Nos quejamos de la falta de ética de los partidos presentando a políticos imputados, pero deberíamos estarles agradecidos por permitir que, independientemente de responsabilidades penales que aún están por dilucidar, nos permitan ejercer nuestro poder como informada ciudadanía: el de no votarles.

Foto editada por DFV a partir de las siguientes fotografías: Foto 1Foto 2Foto 3

Internet Arábiga (II): sobre exploraciones y explotaciones

De camino a la plaza me he encontrado a una joven que volvía de allí. Tenía el pelo deliciosamente enmarañado de la juventud; lo que en una persona veinte años mayor hubiera evocado desaliño, en ella, miope prodigio que aún no llegaría a los veinticinco, comunicaba rebeldía. La eterna veneración de la juventud; la vida adulta suele parecer un curso acelerado de envejecimiento en cuerpo y alma, sobre todo en alma, envejecemos mucho más por dentro que por fuera, de modo que llega a parecernos que venerar lo que aún no ha comenzado su proceso de corrupción es como volver atrás en el tiempo y volver a creer. No es parecer jóvenes lo que nos atrae, sino volver a creer como cuando lo éramos.

Le he preguntado por la manifestación.

—¿La verdad?—me ha dicho ella con una media sonrisa burlona.

—O la mentira que mejor la describa.

Me miró como a un cómplice; no tanto porque pensara que, no habiendo llegado a los cuarenta, fuera estar de su lado, sino porque tenía tanta fe en sus ideas que le parecía imposible que alguien no fuera a estarlo. Cuarenta, ochenta, pensaría ella, que importa, la cuestión es explicar bien las cosas….

Importa y mucho. Importa tanto que alguien mayor que yo hubiera estado más cerca de ella; al final nos parecemos al principio, los viejos se parecen a los niños, y al principio del final nos parecemos al final del principio, por eso las empresas que quieren acabar con la independencia de sus trabajadores siempre irán contra los profesionales que, acercándose al final de sus carreras, están en lo más alto de su prestigio.

—Soy licenciada en filosofía y llevaba dos años trabajando con contratos temporales hasta que un día me dijeron que ya ni eso…Y ahora me dicen que añore esos tiempos, que todo era maravilloso entonces, que por lo menos entonces, pese a mis pecados, alguien me daba un trabajo…¿Mis pecados? El peor. Pensar que uno puede hacer una carrera de la cultura, que la vida y la educación no es una folclórica preparación para el momento en el que dejemos de jugar a pensar y nos dediquemos a inversiones varias.

—Decir eso sería ir contra siglos de civilización.

—Por eso no lo dicen. De momento. Por pudor, que no por convicción…Para que algo tenga valor hay que pagar por ello, ¿quién quiere pagar por teologías, filosofías o filologías? Cometí un error de cálculo y prioridades. Mala suerte. Pero no nos preocupemos, no todo está perdido, la cultura y el arte aún existen y están en los negocios. Los genios ya no exploran ideas, ahora las explotan…¿Hay algo más siniestro que ese concepto? ¡Explotar una idea! La palabra explotación solía tener connotaciones negativas, ahora ya no…Ahora no aspiramos a nada más que a explotar y ser explotados.

Hace una década me hubiera quedado embobado pensando que había encontrado con quien vivir de nuevo y resucitar una vez más a tiempos en los que malvivir buscando excusas no fuera suficiente; tiempos en los que me pareciera que la sociedad me pedía algo más que participar de sus excusas colectivas para la injusticia; tiempos en los que esperaba más porque hacía más y, mereciendo más, me parecía que era víctima de la injusticia; al contrario que ahora, cuando merezco menos y vivo atenazado pensando que participo de esas mismas injusticias; esperar más y creer que merecemos más es la forma, independientemente de que seamos codiciosos magnates o desprendidos visionarios, de creer que estamos del lado de las víctimas, mientras que esperar menos y creer que merecemos menos es sentirnos constantemente en compañía de verdugos. La fe y la culpa no es la herramienta de las religiones, sino su esencia. De eso me hablaba ahora la joven:

—La jerga económica ha contagiado nuestra forma de hablar y de vivir como en otro tiempo la contagió la religiosa. Del mismo modo que en otro tiempo el arte tenía que pasar por el filtro de la religión, ahora tiene que pasar por el del mercado. Es ridículo, nos rebajamos al permitir que el intercambio de sensibilidades e ideales esté regido por el mismo medio con el que intercambiamos naranjas y peras…Y lo increíble es que los que apostaban por el mercado como la solución a todos los males han perdido estrepitosamente, pero sus ideas estaban tan arraigadas en cada uno de nosotros que han logrado arrastrarnos en su derrota y, al caer al suelo, ellos estaban más preparados para soportar el golpe. ¿Resultado? Que mientras nosotros nos contamos los dientes ellos han vuelto a levantar el chiringuito y a ofrecernos una dosis doble de los remedios que nos han llevado a la enfermedad…

—Y volveremos a enfermar…

—¡Ni hablar! Ya me he contado los dientes. Ni siquiera sé si los tengo todos, ¿pero qué importa? Los que tengo son para morder. Superado el trauma de la caída me he acordado que tengo memoria y que, teniéndola, me acuerdo de quién ha hecho qué y de quién no lo volverá a hacer mientras pueda evitarlo…

En aquel momento quise decirle a la joven que no perdiera el tiempo, que con aquellas ideas estaba atacando al orden social que tenemos desde tiempos inmemoriales y que nos ha convertido en perfectos inmemoriados; que la política es el arte de los posibles y que las reivindicaciones no tienen mucho que hacer en una sociedad que ha sido programada para ridiculizar la protesta. Debiera haberle dicho que no se equivoque, que la exaltación de la crítica es como el virus que se inocula es pequeñas dosis para inmunizarnos; que el que nos alaben constantemente las bondades de una masa crítica es la mejor demostración de que es la peor de las amenazas. Pero soy un tarado; tarado como todo aquel que tiene en la cabeza ideas sin la menor relevancia y que ocupan el precioso espacio que debieran ocupar otras más productivas.

¿Qué pasaría si todo el mundo pensara como ella? Era mi obligación como manso adulto sugerirle que aceptara el orden establecido pues, para bien o para mal, es en el que sabemos funcionar, contarle que, unas cuantas revoluciones más tarde, tal vez no pidamos nada más que algo a lo que atenernos y que la codicia y el egoísmo cumplen esa función de constancia y previsibilidad . Pero ya les he contado que soy un tarado; así que, en vez de pedirle que aplicara el dictatorial “algo a que atenerse”, se me ocurrió decirle:

—Le preguntaron a Yossarian qué pasaría si todos pensaran como él.

—¿Y él qué contestó?

—Que, entonces, él sería un maldito loco de pensar de manera diferente…