Donald Trump, lider del mundo libre…

El poder le calmará, la política es el arte de lo posible,” decimos desde la confianza en el sistema para convencernos de que los compromisos del poder mantendrán bajo control—o cuanto menos atenuarán—los extremismos de los gobernantes que nos asustan; ignorando que en numerosas ocasiones no hay compromiso más intenso que esos mismos extremismos que han llevado al dirigente pesadilla al poder. Desde nuestra perspectiva el poder es el fin y le presumimos efectos saciantes, mientras que desde la del que lo ha logrado es una reafirmación de su valía personal y el buen aperitivo que todo buen narcisista necesita para empezar el festín al que se cree legitimado. El poder no es su valía, sino que es él quien le da valía al poder; no es un calmante, sino un excitante. Desde la confianza en el sistema nos gusta pensar que el poder es un corsé, cuando en realidad, para mucho de estos personajes que llegan a golpe de ego al mismo es la oportunidad de, por fin, poder quitarse otros muchos corsés.

¿Triunfará la república americana sobre la fenomenal amenaza de Trump? Años de adoctrinamiento de películas y series nos indican que sí; lo harán sus instituciones, incluso su presidente saliente parece tranquilizarnos, dejando la escena con elegancia y diciéndonos que no temamos al futuro. Una denuncia de un activista valiente aquí y una decisión histórica del Tribunal Supremo allá y con un poco de suerte nos dará tiempo a que Robert Redford haga de Trump en la película. Así que no cunda el pánico, nos decimos, que Donald Trump sea el próximo presidente del país más importante del mundo nos da miedo como idea, pero hacemos lo posible para no caer en el miedo como miedo; hemos sustituido el miedo por la idea del miedo y racionalizado se nos hace más llevadero. Desgraciadamente no es la idea de Donald Trump, un holograma, su avatar, la que va a ser presidente, sino el Trump de carne y hueso que hace unos años alborotaba la escena política pidiendo el certificado de nacimiento de Obama, por citar sólo uno de sus muchos episodios infames.

La revolución, como decía la canción, no será televisada. Los cambios políticos son como el cambio climático: cuando nos damos cuenta ya es demasiado tarde. Los propiciados por Trump serán leves pero decididos y no hay que subestimar el vínculo de los estadounidenses con un personaje al que llevan décadas viendo en televisión. No puede ser peligroso quien lleva toda la vida apareciendo en la sala sala estar. Trump recibirá un beneficio de la duda del que su odioso mensaje no le hace merecedor. Es la diferencia entre ser tenido por bravucón o peligroso; políticamente incorrecto más que racista. Trump puede decir lo que nadie dice y los años de circo hace que muchos se lo permitan sin entrar a valorar que hay muy buenas razones por las que no se puede sobrevivir en la arena pública diciendo lo que dice Trump. No es una cuestión de corrección política, sino de pulcritud de pensamiento. El viejo Donald, el perro ladrador poco mordedor de toda la vida; la caricatura vista en dibujos animados y películas. Un personaje que se ha acostumbrado a operar en el desprecio y contra el desprecio y que con el tiempo se ha dado cuenta de que el desprecio es una oposición bastante débil cuando uno le opone fama y medios.

Cuando Hugo Chávez cerró una televisión opositora no lo hizo por capricho, nos dijo, sino porque no tenía las licencias necesarias, unas licencias que, como no, era él quien concedía. El legislador tiene el poder de crear leyes para que el ejercicio arbitrario del poder no sea tal sino una simple aplicación de las frías y ciegas leyes: por mucho que esas leyes aún estén calientes de la panadería del poder. Trump ya ha apuntado a los medios de comunicación. Habrá que ver como soportan la presión los grandes conglomerados de intereses de los que dependen, el posible enfrentamiento con el presidente y si se verán obligados a apaciguarle con componendas y gestos de buena voluntad. Si Trump se siente legitimado por la población, podría deformar las leyes para obligar a los los altos cargos a cambiar a los cargos medios que no colaboren y, sobre todo, al talento profesional, a esa línea editorial o periodística cuya integridad profesional les hace en un principio más inaccesibles. El control de los tribunales, el equilibrio en el tribunal supremo podría llegar a depender de nombramientos del propio Trump, entra también dentro de lo posible. Los cambios no serán radicales, sino leves, en momentos puntuales, deslegitimando más que destruyendo instituciones. La deslegitimación de una institución es más fácil que su destrucción, menos aparente y se puede hacer en pequeñas tomas entre comida y comida…

Y no cabe descartar que Trump sea un presidente popular. The Donald lleva casi toda su vida adulta siendo famoso y con el agotamiento de sus detractores, quienes intentarán pasar cuatro años casi sin respirar el aire de la presidencia de la última persona a la que quisieron ver de presidente, y el apoyo del resto de estadounidenses tal vez subyugados por el encanto de la novedad y algún que otro buen resultado, se encontrará un ambiente propicio para operar estos leves cambios. Todo ello unido a una pérdida de fe generalizada en el sistema internacional, desde la ONU a la Unión Europea, pasando por cualquiera de los organismos a los que la opinión pública ha ido menoscabando con su cinismo hasta hacerlos irrelevantes. No ha habido escándalo ni metedura de pata que haya dañado a Trump; es descorazonador que la voz de un charlatán pese más que cualquier sesudo análisis hecho por venerables instituciones. Como dijo el propio Trump cuando luchaba por la victoria del partido republicano en un acto de campaña en Iowa:

“Tengo a la gente más leal, ¿Alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes”

No sabemos si nos estaba contando su gran fortaleza o nos hacía participar de su sorpresa.

Así que no esperen que el cambio suceda en las dos horas de película. Será soterrado, paciente a ratos, sabiendo valorar su fortaleza hasta que ya no le haga falta pues ya no haya nadie más que se le pueda oponer. Los ejemplos de Putin, su admirado Putin cuyas agencias de inteligencia podrían haberle empujado en la carrera electoral, quien tuvo que adaptarse a las instituciones hasta el punto de ser primer ministro plenipotencial con Medvedev de presidente marioneta hasta que, finalmente, fue tan fuerte que pudo dejarse de disimulos y cambiar la constitución, o el de Chávez, con sus victorias políticas y referéndums perdidos pero aún así ganando poder de forma constante, debieran ser referencias.

No todo está perdido. La opinión pública estadounidense es fuerte, tiene instituciones consolidadas y en estos momentos ya se está forjando a base de protesta y organización la victoria demócrata en las siguientes elecciones parlamentarias que podría dejar a Trump sin el control de las cámaras. Afortunadamente el poder se ejerce desde muchos lugares, las guerras actuales se luchan desde muchos ordenadores, las empresas más importantes se han formado en democracia y dependen de la libertad de expresión de ciudadanos y consumidores; no fabrican hierro que se pueda convertir en cañones, sino cañones de ideas. ¿Pero acaso estamos seguros de que Trump, si logra un repunte de su popularidad, no será capaz de instrumentalizar estas empresas para su beneficio? Todo son especulaciones, por supuesto, pero no descarten nada. Salvo, claro está, que los cambios de la revolución Trump vayan a ser aparentes y visibles.

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