Trump el bárbaro

No son bárbaros los que no tienen cultura sino los que la desprecian.  Los que hacen una cultura de despreciar la cultura; de menospreciar los matices y contextos que la cultura aporta a la acción y se limitan a ensalzar la capacidad de actuar.  Su sistema de valores está basado en un perverso juego de acción y reacción: porque pueden lo hacen y lo hacen porque pueden.
Ser un bárbaro no tiene nada que ver con los privilegios.  El nuevo presidente de Estados Unidos los ha tenido todos: blanco e hijo de un magnate inmobiliario, ha podido desperdiciar mil oportunidades y aprovechar la de hacer dinero.  Por el contrario, los antiguos inquilinos de la Casa Blanca, ambos afroamericanos y Michelle Obama tataranieta de esclavos, debían ser cultos si querían triunfar en la sociedad estadounidense.  Es una forma de racismo que un persona blanca pueda triunfar con los modales de Trump y una persona negra deba tener los de los Obama para hacer lo propio.
Las imágenes de la diferencia entre la llegada a la Casa Blanca de un presidente y otro, con Obama esperando respetuosamente a su esposa para subir junto a ella la escalera mientras que Trump la subía sin acordarse de la nueva primer dama y casi subiendo de dos en dos escalones como si fuera Rocky en las escaleras del Spectrum, son reveladoras del cambio de ciclo.  Del lector y escritor Barack, al teleadicto twittero Donald.  De Obama se ha comentado su lista de lectura en sus ochos años como presidente y su gran afición por una escritura que ejercerá en su vuelta a la vida civil, mientras que Trump declaró su gusto por unos libros que dice no tener tiempo para leer (así que está de acuerdo con la invención de los libros, pero no parece sentir gran inclinación por utilizarlos) y una y otra vez demuestra, en contra del consejo de sus asesores, su incapacidad para pasar sus pensamientos por el tamiz de la reflexión antes de otra cucharada de 140 caracteres de odio.
Trump no debía ganar.  Su amigo y personalidad de la radio americana Howard Stern contaba esta semana que Trump se había presentado a la elección como una estrategia de negociación con la NBC, cadena en la que presentaba un reality show.  Su victoria demuestra que muchas cosas fallan en una américa civilizada que ha perdido el contacto con esos Estados Unidos a los que llaman fly over country de forma despectiva para indicar a las inmensidades que unen a las cultas y urbanas costas; una América civilizada que tras enfrentarse al Tea Party ahora descubre que éste movimiento no era más que el aperitivo del plato principal que significará Trump.
Ahora ya sabemos que los bárbaros han llegado: si dejamos de meter las injusticias bajo la alfombra de la civilización tal vez no sea para quedarse.

Sé libre…¡cállate!

Hay miles de ocasiones en las que la censura puede parecer justificada.  La tendencia del ser humano a decir idioteces es reconocida en todo el universo y seguramente reproducida con admiración en múltiples universos paralelos.  ¿Qué necesidad hay de permitir la libre expresión para ofender a las víctimas del terrorismo o para criticar las instituciones que salvaguardan nuestras libertades?  Pero toda censura, por bienintencionada que sea—y casi nunca lo es–, puede llevar a lugares extraños.  Con el delito de apología del terrorismo pasamos de castigar el terrorismo –la colaboración física en un acto de terrorismo o intelectual cuando se es parte de una jerarquía terrorista–a poder potencialmente castigar a cualquiera que defienda con su opinión una causa que alguien defienda con medios terroristas o que hiera las sensibilidades de víctimas de actos terroristas.  Las sensibilidades, peligroso y resbaladizo territorio legal para la imparcialidad que se le supone a la justicia.  Ofenderse es legítimo, la pregunta es si queremos que sean los jueces y los tribunales los que diriman estas ofensas con penas de cárcel y multas.

Y aún no hemos mencionado a  la politizada justicia española.  Política fue la decisión de utilizar la apología del terrorismo como una forma de perseguir a participantes de terrorismo que lograban ocultar dicha participación bajo el escudo de las instituciones.  Fue un atajo que, como todo atajo, tiene la ventaja de llevarnos a algún sitio, aunque tal vez no al que deseábamos: a una sociedad en la que la libertad de expresión se utiliza como arma arrojadiza y donde las sensibilidades, a menudo moldeadas por ideologías políticas, impiden la libertad de expresión de los ciudadanos utilizando una herramienta tan poderosa como los tribunales.
Un ejemplo sería la sentencia condenatoria del cantante de Def con dos, César Strawberry, en la que el voto particular es revelador; el magistrado Perfecto Andrés Ibáñez es partidario de la absolución del cantante, al entender que los tuits “no pasan de ser meros exabruptos sin mayor recorrido…que carecen de la menor posibilidad de conexión práctica con acciones terroristas.”  Según este razonamiento no habría delito de no haber conexiones prácticas, en cuyo caso sería delito de terrorismo y no, como en este caso, una opinión personal.  Aún así, el Tribunal Supremo condenó al cantante a un año de cárcel por un delito de enaltecimiento del terrorismo.
El debate sobre los límites del humor es interesante para horas de ocio junto a la chimenea, en el bar o en las tribunas, pero no para tratarlo entre sentencias y demandas. La falta de gracia o estilo de los chistes es lo de menos.  Los derechos no necesitan tener buen gusto: son derechos.  No ejercemos el voto con estilo o gracia: lo ejercemos.  El derecho a opinar no es interesante o deleznable; en todo caso lo serán las opiniones.  En España la libertad ya no termina dónde comienza la del prójimo, sino dónde lo haga la sensibilidad de tribunales politizados.  Como toda dictadura, la de la opinión también quiere crear legalismos para convencerse de que no esta imponiendo su voluntad en base a la ley y no, como cada vez más es el caso, del capricho legalizado.

Donald Trump, lider del mundo libre…

El poder le calmará, la política es el arte de lo posible,” decimos desde la confianza en el sistema para convencernos de que los compromisos del poder mantendrán bajo control—o cuanto menos atenuarán—los extremismos de los gobernantes que nos asustan; ignorando que en numerosas ocasiones no hay compromiso más intenso que esos mismos extremismos que han llevado al dirigente pesadilla al poder. Desde nuestra perspectiva el poder es el fin y le presumimos efectos saciantes, mientras que desde la del que lo ha logrado es una reafirmación de su valía personal y el buen aperitivo que todo buen narcisista necesita para empezar el festín al que se cree legitimado. El poder no es su valía, sino que es él quien le da valía al poder; no es un calmante, sino un excitante. Desde la confianza en el sistema nos gusta pensar que el poder es un corsé, cuando en realidad, para mucho de estos personajes que llegan a golpe de ego al mismo es la oportunidad de, por fin, poder quitarse otros muchos corsés.

¿Triunfará la república americana sobre la fenomenal amenaza de Trump? Años de adoctrinamiento de películas y series nos indican que sí; lo harán sus instituciones, incluso su presidente saliente parece tranquilizarnos, dejando la escena con elegancia y diciéndonos que no temamos al futuro. Una denuncia de un activista valiente aquí y una decisión histórica del Tribunal Supremo allá y con un poco de suerte nos dará tiempo a que Robert Redford haga de Trump en la película. Así que no cunda el pánico, nos decimos, que Donald Trump sea el próximo presidente del país más importante del mundo nos da miedo como idea, pero hacemos lo posible para no caer en el miedo como miedo; hemos sustituido el miedo por la idea del miedo y racionalizado se nos hace más llevadero. Desgraciadamente no es la idea de Donald Trump, un holograma, su avatar, la que va a ser presidente, sino el Trump de carne y hueso que hace unos años alborotaba la escena política pidiendo el certificado de nacimiento de Obama, por citar sólo uno de sus muchos episodios infames.

La revolución, como decía la canción, no será televisada. Los cambios políticos son como el cambio climático: cuando nos damos cuenta ya es demasiado tarde. Los propiciados por Trump serán leves pero decididos y no hay que subestimar el vínculo de los estadounidenses con un personaje al que llevan décadas viendo en televisión. No puede ser peligroso quien lleva toda la vida apareciendo en la sala sala estar. Trump recibirá un beneficio de la duda del que su odioso mensaje no le hace merecedor. Es la diferencia entre ser tenido por bravucón o peligroso; políticamente incorrecto más que racista. Trump puede decir lo que nadie dice y los años de circo hace que muchos se lo permitan sin entrar a valorar que hay muy buenas razones por las que no se puede sobrevivir en la arena pública diciendo lo que dice Trump. No es una cuestión de corrección política, sino de pulcritud de pensamiento. El viejo Donald, el perro ladrador poco mordedor de toda la vida; la caricatura vista en dibujos animados y películas. Un personaje que se ha acostumbrado a operar en el desprecio y contra el desprecio y que con el tiempo se ha dado cuenta de que el desprecio es una oposición bastante débil cuando uno le opone fama y medios.

Cuando Hugo Chávez cerró una televisión opositora no lo hizo por capricho, nos dijo, sino porque no tenía las licencias necesarias, unas licencias que, como no, era él quien concedía. El legislador tiene el poder de crear leyes para que el ejercicio arbitrario del poder no sea tal sino una simple aplicación de las frías y ciegas leyes: por mucho que esas leyes aún estén calientes de la panadería del poder. Trump ya ha apuntado a los medios de comunicación. Habrá que ver como soportan la presión los grandes conglomerados de intereses de los que dependen, el posible enfrentamiento con el presidente y si se verán obligados a apaciguarle con componendas y gestos de buena voluntad. Si Trump se siente legitimado por la población, podría deformar las leyes para obligar a los los altos cargos a cambiar a los cargos medios que no colaboren y, sobre todo, al talento profesional, a esa línea editorial o periodística cuya integridad profesional les hace en un principio más inaccesibles. El control de los tribunales, el equilibrio en el tribunal supremo podría llegar a depender de nombramientos del propio Trump, entra también dentro de lo posible. Los cambios no serán radicales, sino leves, en momentos puntuales, deslegitimando más que destruyendo instituciones. La deslegitimación de una institución es más fácil que su destrucción, menos aparente y se puede hacer en pequeñas tomas entre comida y comida…

Y no cabe descartar que Trump sea un presidente popular. The Donald lleva casi toda su vida adulta siendo famoso y con el agotamiento de sus detractores, quienes intentarán pasar cuatro años casi sin respirar el aire de la presidencia de la última persona a la que quisieron ver de presidente, y el apoyo del resto de estadounidenses tal vez subyugados por el encanto de la novedad y algún que otro buen resultado, se encontrará un ambiente propicio para operar estos leves cambios. Todo ello unido a una pérdida de fe generalizada en el sistema internacional, desde la ONU a la Unión Europea, pasando por cualquiera de los organismos a los que la opinión pública ha ido menoscabando con su cinismo hasta hacerlos irrelevantes. No ha habido escándalo ni metedura de pata que haya dañado a Trump; es descorazonador que la voz de un charlatán pese más que cualquier sesudo análisis hecho por venerables instituciones. Como dijo el propio Trump cuando luchaba por la victoria del partido republicano en un acto de campaña en Iowa:

“Tengo a la gente más leal, ¿Alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes”

No sabemos si nos estaba contando su gran fortaleza o nos hacía participar de su sorpresa.

Así que no esperen que el cambio suceda en las dos horas de película. Será soterrado, paciente a ratos, sabiendo valorar su fortaleza hasta que ya no le haga falta pues ya no haya nadie más que se le pueda oponer. Los ejemplos de Putin, su admirado Putin cuyas agencias de inteligencia podrían haberle empujado en la carrera electoral, quien tuvo que adaptarse a las instituciones hasta el punto de ser primer ministro plenipotencial con Medvedev de presidente marioneta hasta que, finalmente, fue tan fuerte que pudo dejarse de disimulos y cambiar la constitución, o el de Chávez, con sus victorias políticas y referéndums perdidos pero aún así ganando poder de forma constante, debieran ser referencias.

No todo está perdido. La opinión pública estadounidense es fuerte, tiene instituciones consolidadas y en estos momentos ya se está forjando a base de protesta y organización la victoria demócrata en las siguientes elecciones parlamentarias que podría dejar a Trump sin el control de las cámaras. Afortunadamente el poder se ejerce desde muchos lugares, las guerras actuales se luchan desde muchos ordenadores, las empresas más importantes se han formado en democracia y dependen de la libertad de expresión de ciudadanos y consumidores; no fabrican hierro que se pueda convertir en cañones, sino cañones de ideas. ¿Pero acaso estamos seguros de que Trump, si logra un repunte de su popularidad, no será capaz de instrumentalizar estas empresas para su beneficio? Todo son especulaciones, por supuesto, pero no descarten nada. Salvo, claro está, que los cambios de la revolución Trump vayan a ser aparentes y visibles.

Perplejidad y rabia electoral

sam of liberty

Decía Aristóteles que la democracia es el peor de los regímenes virtuosos; la elección de la mayoría, argumentaba, no siempre es la mejor y podría ser potencialmente más acertada de depender de una élite o monarca virtuoso pero, no teniendo la seguridad de que éste y aquellos no se conviertan en una desviación viciosa y por tanto en una oligarquía y tiranía, la decisión de la mayoría es, en la práctica, el mejor regimen posible. La democracia no siempre acierta, pero, con los controles adecuados, seguirá teniendo la oportunidad de corregir posibles errores en futuras elecciones. 

Tras el Brexit, el referéndum de Valonia o la victoria de Trump, existe perplejidad ante la falta de comprensión de votantes británicos, canadienses y estadounidenses sobre las consecuencias a largo plazo de sus decisiones aparentemente antisistema.  Resulta curioso que a la vez que los poderes económicos y politicos desprecian la educación y la cultura y predican que el principal baremo del éxito es el económico individual inmediato, piden sin embargo que el votante sea responsable y comprenda las consecuencias a largo plazo de su voto en el conjunto de una sociedad, como por ejemplo la española, en la que la cultura no es un producto de primera necesidad y por tanto es gravado con un 21% y en el que la filosofía ha sido eliminada como asignatura escolar. 

Y pese a ésto le pediremos al votante que aprenda a pensar más allá del placer inmediato del voto de castigo o la ilusión momentánea generada por un candidato.     Se le pedirá perspectiva histórica, análisis macroeconómico, atención a precuelas preocupantes como Berlusconi en el caso de Trump a la vez que desvalorizando aquellas herramientas formativas que nos enseñan a pensar en la comunidad más allá del frustrante corto plazo, preparando así la más fértil de las tierras para los populismos y para que los votantes derriben estructuras de poder y pensamiento de las que deliberadamente no sólo no fueron informados sino que incluso se ha perseguido a aquellos que como Snowden, Manning o Assange intentaron hacer más transparente el ejercicio de dicho poder. El poder ofrece desprecio a la opinión pública cada día, pero curiosamente se sorprende de recibir ese mismo desprecio en las elecciones cada cuatro años.

En cuanto a Trump existe unanimidad en que, si no el candidato menos preparado de la historia, sí es al menos el menos candidato, un anticandidato de dimensiones históricas que no habla ni planea sus estrategias como un político.  Nos guste o no, Trump es un cambio. Como lo fue Obama, lo más diferente que uno pueda imaginarse al candidato que le ha sucedido y al que le precedió. ¿Nos asusta la volatilidad de las democracias? En cuatro años habrá nuevas elecciones, nuevas ilusiones y la volatilidad es al menos la muestra de que huímos de tiranías. Pero la calidad de nuestras democracias y lo acertado de nuestras elecciones va a depender de algo mucho más difícil de crear que una gran campaña política o de un comunicador que lleva décadas en el pulso de la sociedad estadounidense como Trump.  Porque podemos dudar de la valía de Trump como empresario—sus quiebras han sido numerosas y sonadas—, o de su imagen de empresario hecho a sí mismo—su padre fue uno de los principales promotores de los barrios obreros de Nueva York—, pero lo que es indudable es su maestría como comunicador y su capacidad para reinventarse para no pasar de moda.  

Los mismos mercados que amagarán desplomes estos próximos días y las estructuras de poder que tan condescendientes y espantadas se mostrarán con el votante estadounidense, debieran preocuparse de la miseria que provoca que parte de su población tenga que estar más pendiente de no perder su casa que de educar a sus hijos en no creer al que hable más fuerte o con el mensaje más simple; de normativas laborales que permitan la conciliación,  estabilidad y un cierta prosperidad económica para educar en esos valores que permitirán un voto sin miedo y rabia. 

Un poder que no se preocupa de su gente no puede sorprenderse de que la gente se despreocupe del poder.