Libreopinadores agresivos

 

Decir cualquier cosa y ofenderse porque otros critican tu derecho a ofender no es defender la libertad de expresión. De Trump a Casado pasando por Bolsonaro o Rivera, una nueva familia política está logrando victorias no por su defensa de la libertad de expresión, sino por oponerse a la corrección política que según ellos la está coartando. Y a eso le llaman libertad de expresión utilizando su libertad de expresión. Sobre este tema nunca tienen razón aunque acierten de vez en cuando: acertar por casualidad nunca es estar en lo cierto; la corrección política no limita, sino que es una guía educativa para no ofender innecesariamente aceptando que las palabras tienen su historia y que, conociéndola, se puede evitar utilizar de forma consciente calificativos ofensivos. Parece extraño que quien ofende de manera intencionada luego se ofenda por ser criticado. Y aprender a utilizar calificativos que no ofendan innecesariamente pues no son esenciales en un determinado debate ahora tal vez se llame corrección política, pero en otro tiempo se llamaba educación.

¿Tienen derecho a utilizar esas palabras? Faltaría más. La mala educación no es exactamente un derecho, aunque dentro de unos límites debe ser tolerada, si bien cuando viene de parte de personas con privilegios y responsabilidades es un desperdicio. Pero tendrán que entender que se les califique como los abusones de patio colegio que son y que ésto no sea interpretado como una amenaza a la libertad de expresión. Y los demás tenemos el derecho de decir que la defensa de las sensibilidades puede parecer opresiva, pero es el precio de pensar y opinar y la solución no está en las actitudes clasistas, racistas y represivas que habitualmente defienden estas personalidades políticas con su disfraz de defensores de las libertades. Más bien al contrario, uno de los grandes problemas de la corrección política es el de permitir presentarse como campeones de la libertad de expresión a personalidades que parecerán sinceros sólo por atreverse a decir cualquier cosa.

“Nadie lo dice aunque lo piensan,” dicen sus seguidores. Y tal vez tras pensarlo otros hayan decidido no decirlo. Se llama reflexionar y es una acción que por el momento ha gozado de buena fama. Un lugar cálido en el infierno (incómodo pero no agónico) está reservado para aquellos que se callan teniendo algo que decir; pero uno mucho peor debe estar reservado a aquellos que no teniendo nada que decir se empeñan en decirlo y logran convertir esas innecesarias palabras en un arma. Ellos y sus votantes.

La comunicación ha cambiado y debemos dejar de escandalizarnos al respecto de supuestas censuras. La libertad de expresión es la de quien opina y de quien critica esa opinión; las letras impresas ya no son sagradas, no son el formato de la verdad o mentira más que pueda serlo una opinión dada en una barra de bar, ya no es el equivalente a un artículo de opinión; una opinión contraria en twitter no es más que eso: alguien que opina diferente. Los nuevos libreopinadores se sienten oprimidos por los pensamientos y movilizaciones del prójimo; se ofenden con facilidad de que otros se ofendan con facilidad; de que, con nuevas herramientas, se haga algo tan antiguo como intenta convencer de la propia opinión. No exactamente revolucionario, lleva sucediendo desde que el ser humano tiene pensamientos propios y los intercambia. Si los nuevos libreopinadores no se hubieran pasado tanto tiempo limitando la libertad de expresión de los demás tal vez estarían más acostumbrados a reconocerla.

Ya han ganado demasiados políticos por decir cualquier cosa. La corrección política debe revisar sus asedios y linchamientos en las redes sociales—o el resto de ciudadanos debemos aprender a ponerlos en su adecuado contexto y no darles tanta importancia—para que el racismo, la homofobia y el clasismo dejen de tener la veda de la que han disfrutado en los últimos tiempos como oposición a una supuesta corrección política. Ya va siendo hora de que dejemos de hacer mártires de perfectos cretinos. Que comprendamos que una opinión, miles de opiniones contra una determinada persona no es una condena y nos esforcemos en dar el derecho a replica y de explicación a esa persona. No es que de repente todo esté prohibido, sino que está más escrutado y, de vez en cuando, los personajes públicos deben perder más tiempo en explicarse. Hay más voces y, con el tiempo, cuando todos aprendamos a escuchar un poco más en estos nuevos medios, también habrá más oídos.

Todos merecen su espacio, pero no regalemos el papel de superhéroes de la libertad de expresión a quienes hasta ahora nunca la habían utilizado para nada más que para discriminar. Su mensaje es que hasta los mejor intencionados, con su defensa de los menos favorecidos y de minorías, pueden caer en represiones. Ya lo sabíamos, gracias por los servicios prestados, todos debemos revisar nuestras acciones independientemente de nuestras intenciones de inicio. Y ahora que revisen los libreopinadores agresivos esa costumbre de sólo pedir libertad de expresión cuando se trata de discriminar y estar a favor de leyes mordaza cuando han estado en el poder, creando una corrección política legalista apuntalada en los delitos de apología; de defender la libertad de expresión cuando es la suya y sentirse amenazados cuando es la de los demás; de ofenderse con tanta facilidad de que los demás se ofendan. A los librepensadores agresivos no se les llama racistas o clasistas porque lleven la contraria, sino porque están orgullosos de serlo y ya va siendo hora de que no tengan el recurso fácil de esconderse tras una supuesta censura a sus opiniones.

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