Perplejidad y rabia electoral

sam of liberty

Decía Aristóteles que la democracia es el peor de los regímenes virtuosos; la elección de la mayoría, argumentaba, no siempre es la mejor y podría ser potencialmente más acertada de depender de una élite o monarca virtuoso pero, no teniendo la seguridad de que éste y aquellos no se conviertan en una desviación viciosa y por tanto en una oligarquía y tiranía, la decisión de la mayoría es, en la práctica, el mejor regimen posible. La democracia no siempre acierta, pero, con los controles adecuados, seguirá teniendo la oportunidad de corregir posibles errores en futuras elecciones. 

Tras el Brexit, el referéndum de Valonia o la victoria de Trump, existe perplejidad ante la falta de comprensión de votantes británicos, canadienses y estadounidenses sobre las consecuencias a largo plazo de sus decisiones aparentemente antisistema.  Resulta curioso que a la vez que los poderes económicos y politicos desprecian la educación y la cultura y predican que el principal baremo del éxito es el económico individual inmediato, piden sin embargo que el votante sea responsable y comprenda las consecuencias a largo plazo de su voto en el conjunto de una sociedad, como por ejemplo la española, en la que la cultura no es un producto de primera necesidad y por tanto es gravado con un 21% y en el que la filosofía ha sido eliminada como asignatura escolar. 

Y pese a ésto le pediremos al votante que aprenda a pensar más allá del placer inmediato del voto de castigo o la ilusión momentánea generada por un candidato.     Se le pedirá perspectiva histórica, análisis macroeconómico, atención a precuelas preocupantes como Berlusconi en el caso de Trump a la vez que desvalorizando aquellas herramientas formativas que nos enseñan a pensar en la comunidad más allá del frustrante corto plazo, preparando así la más fértil de las tierras para los populismos y para que los votantes derriben estructuras de poder y pensamiento de las que deliberadamente no sólo no fueron informados sino que incluso se ha perseguido a aquellos que como Snowden, Manning o Assange intentaron hacer más transparente el ejercicio de dicho poder. El poder ofrece desprecio a la opinión pública cada día, pero curiosamente se sorprende de recibir ese mismo desprecio en las elecciones cada cuatro años.

En cuanto a Trump existe unanimidad en que, si no el candidato menos preparado de la historia, sí es al menos el menos candidato, un anticandidato de dimensiones históricas que no habla ni planea sus estrategias como un político.  Nos guste o no, Trump es un cambio. Como lo fue Obama, lo más diferente que uno pueda imaginarse al candidato que le ha sucedido y al que le precedió. ¿Nos asusta la volatilidad de las democracias? En cuatro años habrá nuevas elecciones, nuevas ilusiones y la volatilidad es al menos la muestra de que huímos de tiranías. Pero la calidad de nuestras democracias y lo acertado de nuestras elecciones va a depender de algo mucho más difícil de crear que una gran campaña política o de un comunicador que lleva décadas en el pulso de la sociedad estadounidense como Trump.  Porque podemos dudar de la valía de Trump como empresario—sus quiebras han sido numerosas y sonadas—, o de su imagen de empresario hecho a sí mismo—su padre fue uno de los principales promotores de los barrios obreros de Nueva York—, pero lo que es indudable es su maestría como comunicador y su capacidad para reinventarse para no pasar de moda.  

Los mismos mercados que amagarán desplomes estos próximos días y las estructuras de poder que tan condescendientes y espantadas se mostrarán con el votante estadounidense, debieran preocuparse de la miseria que provoca que parte de su población tenga que estar más pendiente de no perder su casa que de educar a sus hijos en no creer al que hable más fuerte o con el mensaje más simple; de normativas laborales que permitan la conciliación,  estabilidad y un cierta prosperidad económica para educar en esos valores que permitirán un voto sin miedo y rabia. 

Un poder que no se preocupa de su gente no puede sorprenderse de que la gente se despreocupe del poder.     

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