El ingeniero de ataúdes movimáticos, un cuento de navidad para la primavera

Era nochebuena y Mario llegó a casa con el coche cargado de regalos. Ya entrando en el garaje, iba pensando en su familia y en lo que dirían cuando vieran los regalos. Había para todos; armas y coches de juguete, una joya para su mujer, un modernísimo TV-microondas e incluso un hueso fluorescente para el perro. En la radio del coche un villancico, un clásico de toda la vida, le preparaba para la velada familiar:

Al mundo entero quiero dar, un mensaje de paz…Coca-Cola.

Al entrar en casa enchufó el teleordenador. El teleordenador, para los que no estén familiarizados con la tecnología del año 2015, es un híbrido entre el ordenador y el televisor, una pantalla gigante en la que con el mando a distancia se pueden cambiar páginas de internet como en un televisor; o, como hace la mayoría, poner un canal en el que el programador irá cambiando y seleccionando los contenidos. A Mario le gustaba el canal de Publicidad de Guerra, en el cual el programador iba seleccionando los contenidos de publicidad de guerra más interesantes de la red. Otros canales interesantes y de gran éxito, para el lector interesado en la cultura cibertelevisiva, eran los de publicidad humanística, publicidad científica, publicidad sexual o el canal estrella, publicidad deportiva.

De fondo sonando la deliciosa cantinela que tanto le gustaba: “te gusta competir…, te gusta el campo de batalla…, quieres ser el mejor…, entonces necesitas la botas estrella de la temporada…;” Mario comenzó a colocar los regalos bajo el árbol de Navidad. Todos menos tres, los más grandes, a los que quitó el envoltorio, pero, aún sin abrirlos, sacó un largo cable a través de cada una de las cajas y los conectó al teleordenador. En cada una de ellas una gran advertencia:

¿Ha actualizado su teleordenador en el último mes? Recuerde que es muy peligroso utilizar su muñeco de navidad sin conectarlo al teleordenador o a un teleordenador no actualizado.

Mientras esperaba a que llegara la hora de los regalos, Mario continuó mirando el teleordenador.

A Mario, que era ingeniero de profesión, la guerra le interesaba por razones profesionales. Era diseñador de ataúdes movimáticos, es decir, ataúdes movil-automáticos (AMA), que eran aquellos que se dejaban en el campo de batalla y encontraban a los cadáveres, se posaban sobre ellos, se volteaban, se cerraban de forma hermética y se enterraban, dejando una señal identificativa y comunicando a los familiares a través de un correo electrónico la defunción, el modo de encontrar el ataúd y el día y hora en el que dicho sector del campo de batalla y sus accesos serían lo suficientemente seguros como para realizar la recogida.

Las noticias de la guerra eran aquella noche de lo más interesante. Y es que el valiente y fiero ejército del sol, el ejercito Ensaimado, esta historia transcurre en la bella y antigua república de la Ensaimada, estaba logrando grandes victorias sobre su eterno y único enemigo, los pérfidos y sibilinos defensores de la media luna: el ejército del croasán. Dos filosofías de vida, dos creencias irreconciliables sobre la forma de entender el desayuno. Precisamente de esto estaba hablando ahora el ensaimado mayor, con sus bellas y redondas facciones de ensaimada:

“Mientras la ensaimada rueda gloriosa con su gracia habitual; el croasán, con su forma de oruga reumática, se arrastra ante nuestras bravas huestes…”

La guerra contra el Ejército Encroasanado de la Media Luna era uno de los temas estrella del mensaje del ensaimado Mayor, así que aún analizó durante varios minutos más la situación en el frente. Mario escuchó emocionado las arengas de aquel gran hombre sobre una guerra que describió “como una lucha entre civilizaciones, la eterna lucha entre la luz del sol y el oscurantismo de la media luna.” También habló de los excelentes datos económicos del año, e incluso se permitió contar un chiste graciosísimo sobre lo que le dice un croasán a un café con leche. Mario pensó que había sido un discurso excelente, gracioso y carismático como siempre. El ensaimado mayor terminó su discurso tal y como tenía acostumbrado; es decir, comiéndose una ensaimada y gritando, firme, con el brazo en alto y el bigote blanco de azúcar: “¡Por la libertad de elegir nuestro desayuno!”

Mario miró el reloj, eran casi las doce, y volvió a pensar en la cara que pondrían sus familiares cuando vieran los regalos. Unos ladridos le indicaron que había llegado el momento de saludar a su familia, quienes con la más familiar y cálida de las sonrisas salían ahora de las cajas. Estaba Cecilia, una bella y estilizada joven de pelo negro recogido en cola de caballo y bonitos ojos del color de las aceitunas; su hijo, de nombre Daniel, quien a los tres años ya comenzaba a mantener sus primeras conversaciones; y el perro, un caniche enano cuyo nombre era León y que, tras avisar de su salida con fieros ladridos, ahora movía la cola en el regazo de Mario e intentaba, a grandes saltos, llenarle la cara de lametones.

—Hola cariño—dijo Mario—, os he comprado unos regalos. ¿Qué tal el trabajo?

—Ya sabes, agotador—dijo ella mientras se sentaba a su lado—. Pero una recibida como ésta hace que casi valga la pena pasarlo un poco mal durante el día.

—¡Pero ves a coger los regalos!—le interrumpió Mario—. Ya verás como te gustan.

Pero no hacía falta, porque de eso ya se había encargado Daniel, quien tras romper a golpes y dentelladas un pequeño paquete, ahora estaba a punto de beberse su contenido.

—¡Daniel! ¡Mi perfume favorito!

De un gran salto Cecilia logró llegar hasta el árbol de navidad antes de que Daniel se bebiera la carísima botella de Eau de Ensai.

—Eso no se hace—dijo la madre dándole una cariñoso cachetes al niño—. Esto no se bebe, se huele. Mira…

La madre se puso unas gotas de perfume en la muñeca, que le acercó al niño y por el gesto de ambos aquel perfume olía de verdad muy bien.

—Como siempre, has acertado.

—Abre el otro paquete, el más pequeño…

—¿Pero aún hay más?

—Mi amor es algo más que un olor, amor mío.

—Eres un cielo.

De la caja más pequeña salió una brillante gargantilla que, entre alegres gestos de sorpresa, Cecilia se puso en el cuello.

—¿Qué tal me queda?

—¿Cómo te va a quedar?—dijo Mario embelesado ante el aspecto de la joven—Anda, ven a darme un abrazo.

—Feliz navidad, cariño—dijo ella.

—Feliz navidad.

Tras un corto pero intenso beso, Mario se acercó a donde estaba el niño, quien con cara de pocos amigos, y acompañado en su disgusto por León, se había sentado junto al árbol. Poniéndose de cuclillas, con el más amoroso de los tonos y mientras le revolvía sus rubios bucles con la mano, le dijo:

—Ha llegado tu momento de abrir los regalos. Hay hasta un regalo para León.

El niño volvió a sonreír y mientras decía: “gracias papá”; recuperó su fiereza para abrir los regalos. En una de las cajas encontró una espada de samurai plegable, la cual pareció hacer las delicias de su incipiente imaginación; así como un kit explicativo de como clavarla para que el enemigo tardara más en desangrarse y así alargar su agonía; conocimientos que, según los más eminentes especialistas en psicología infantil (y tal y como explicaba la publicidad del regalo), “ayudaban a despertar un temprano interés por la anatomía humana, además de inmunizar a su joven mente contra los gritos de clemencia de un enemigo.” También había un juego de mezclas químicas, el tan de moda “Gabinete del Doctor Nuclear,” que Mario no se olvidó de recalcar que era para “cuando fueran los domingos al campo.” Como ya había mencionado Mario, tampoco León se quedó fuera de la celebración y un hueso fluorescente con sabor a eucalipto pareció colmar todas sus aspiraciones.

Una vez los regalos estuvieron abiertos, los tres (León seguía con su hueso en una esquina de la habitación) se sentaron frente a teleordenador a mirar más regalos.

—Esa es la moto que quiero para mi cumpleaños…—dijo Daniel señalando con los ojos abiertos como platos un pequeña moto para niños que salía anunciada en el teleordenador.

—Acabas de abrir la espada de samurai y ya estás pidiendo la moto—dijo Mario asombrándose de la insaciabilidad de los niños.

—Es que quiero la moto para ir con la espada de samurai.

Lógica impecable que arrancó de Mario la promesa de que le regalaría aquella moto para su cumpleaños.

—¿Qué se dice?—dijo la madre dirigiéndose al niño.

—Gracias—dijo educadamente Daniel.

La velada estaba transcurriendo de manera muy agradable. Todos aquellos productos y toda aquella creatividad para venderlos. Ahora era el turno del coche de moda, ni más ni menos que el Seair “the trillion”:

…ya no necesita dejar la tierra para tener la comodidad de un barco y la velocidad de un avión. La envidia del universo está en la tierra y se llama Seair: “the trillion.”

—Vaya coche, que maravilla—dijo Mario—. Dos camarotes, un baño, trescientos kilómetros por hora de velocidad punta…Y además todo terreno. Siempre he querido tener un dieciséis por dieciséis para poder ir de paseo por el campo.

—Pero es muy caro.

—Lo vale. Habrá que apretarse el cinturón un par de años…

—Pues a mí no me gusta. Un coche es algo tan superficial. Lo importante de un coche es que a uno le lleve. Ya está bien el que tenemos. Además, le tengo cariño a nuestro Logan Pitufo.

Mario soltó una fuerte carcajada.

—Tiene gracia, yo también—dijo—. Lo que pasa es que te quiero tanto que me parece que nada es lo suficientemente bueno para ti. Si por mi fuera no dormiría con tal de podértelo comprar todo.

—Eres un cielo—dijo ella mientras acercaba su boca a la de él—. Pero hay cosas que el dinero no puede comprar. Ya sabes lo que dice aquel dicho: “hay cosas que el dinero no puede comprar, para lo demás está…” Vaya, no me acuerdo como seguía. Era algo así…¿Te acuerdas como era?

Mario negó con el gesto. Lo cierto es que aquel dicho le sonaba, aunque tampoco se acordaba del final.

—Sí, hombre, era aquel dicho de los filósofos de la América clásica, seguro que a ti también te lo enseñaron en el colegio—Cecilia se calló por unos instantes, reconcentrada en recordar como seguía aquella consigna filosófica. Finalmente, aunque de forma algo dubitativa, continuó—:…los pensadores de la América clásica llegaron a la conclusión de que había cosas que el dinero nunca compraría, pero que para lo demás estaba…Nada, que no me acuerdo. En todo caso era un concepto revolucionario. La gente les llamó visionarios, pero acabaron demostrado que hay cosas que “el dinero no puede comprar, aunque para lo demás está…” Llámame loca, pero yo, como los clásicos, pienso que hay cosas que el dinero no puede comprar, aunque para lo demás está…

—¿Estás bien, cariño? Perdona que no te ayude, pero ya sabes que la literatura clásica no es mi fuerte. Oye, no tienes buen aspecto.

Ciertamente no lo tenía, pues a su repetición de aquella idea, unía ahora sudores fríos y espasmos. También tenía la mandíbula desencajada, los párpados caídos y el pulso tembloroso.

—¡Me había olvidado! Perdona, cariño—dijo Mario revisando a toda prisa las condiciones de su teleordenador—. No me había acordado de actualizar el teleordenador.

—¿Qué le pasa a mamá?—dijo Daniel alarmado—¿Está bien mamá?

—Sí, no te preocupes cariño—dijo Mario corriendo a la cocina—. Mamá se pondrá bien en seguida.

Mario volvió con un paño mojado, que puso sobre la frente de Cecilia, a quien tumbó en el sofá, la cabeza de ella apoyada sobre las piernas de él. Mientras le acariciaba con ternura la melena, le decía:

—Te vas a poner bien en seguida, ya verás como te pones bien en seguida. Ha sido fallo mío, perdóname.

Mario no se había acordado de que la nueva generación de muñecos de navidad, los llamados Muñecos de Navidad Sostenible (MNS), podían mostrar una actitud no consumista en cuanto el objeto anunciado superara las posibilidades económicas del comprador.

—Que mala cabeza tengo—se repetía Mario una y otra vez—. Si me lo ha dicho el señor de la juguetería: “escriba aquí su salario y así su muñeco de navidad no le pedirá cosas que no pueda comprar.” Perdóname, cariño, vamos, respira, respira…

Cecilia se estaba poniendo cada vez peor. Acurrucada y temblorosa, repetía sin cesar: “hay cosas que el dinero no puede comprar, para lo demás está…”

—Mira, Cecilia, mira la tele, mira que collar tan bonito…

Pero Cecilia seguía con su cantinela.

—¿Y unos zapatos? De verdad que son unos zapatos preciosos.

Cecilia se había callado. Con los ojos entreabiertos, ahora miraba al teleordenador mientras en el interior de su mente un ruido hizo que Mario se tranquilizase. La crisis había pasado y Cecilia volvía a procesar datos. No necesitaba una actitud anticonsumista para aquel producto, pues entraba ampliamente dentro de las posibilidades económicas de Mario y, no necesitando de aquella nueva y revolucionaria actitud, entraría también dentro de las capacidades de su teleordenador.

—Hay cosas que el dinero no puede comprar, para eso están los plazos…

—¡Esa es mi niña!—. dijo Mario.

—¿Me comprarás los zapatos?

—En el próximo cumpleaños.

—Gracias, cariño.

Cecilia no dijo nada más. Su respiración tranquila, por fin se había quedado dormida. Mario siguió acariciando su negra melena por unos instantes más, mientras le decía a Daniel en un susurro:

—Vamos, Dani, ven…Hoy dormimos aquí.

Apagó el teleordenador. Sólo la chimenea iluminaba ahora la estancia.

Con las cabezas de Cecilia y Daniel apoyadas en sus piernas y una mano apoyada sobre las mismas, Mario se quedó dormido. Junto a ellos, León aún jugueteaba con su hueso fluorescente. Ya quedándose dormido, aún oyó una vez más, no sabía si como fruto de su imaginación o mezclado en la respiración de Cecilia: “hay cosas que el dinero no puede comprar, para lo demás está…”

Estaba inmerso en un plácido duermevela, cuando un grito seco y ahogado le despertó. Cecilia estaba ensangrentada y mirando fijamente a la chimenea, donde una ennegrecida figura, a la que enseguida reconoció como a Daniel, ardía lentamente. Junto a Cecilia, en el suelo, el perro agonizaba degollado sin tan siquiera poderse quejar.

—¡Pero qué has hecho!—. gritó Mario.

Cecilia no contestaba, su mirada aún fija en el fuego en el que ardía su hijo.

—¿Qué has hecho?—, repitió Mario apoyando su mano sobre el hombro de ella.

Cecilia se giró y Mario pudo ver su expresión. Los párpados caídos y la boca abierta, en la mano aún tenía el cuchillo. No le dio tiempo a Mario a repetir su pregunta, cuando se abalanzó sobre él. En el último momento Mario logró evitar la hoja del cuchillo, cuya frialdad llegó a notar rozando su mejilla. Entonces se inició un forcejeo en el que la mayor fuerza física de Mario era equilibrada por la rabia desatada de una Cecilia mucho más fuerte de lo que sus delicadas hechuras pudieran hacer pensar. Mario aún esquivó un par de golpes certeros antes de, por fin, hacerse con el cuchillo. Perdido el cuchillo, Cecilia se lanzó sobre su garganta y momentos después las manos de ella estaban perfectamente entrelazadas sobre el cuello de él, como dos grandes tenazas fuertes e inmunes a los cada vez más débiles intentos de Mario de soltarlas. Ya casi sin poder respirar, aún hizo un último esfuerzo y, tomando un poco de aire de este mundo y un mucho del otro en el que ya casi estaba, logró propinar un certero ataque y clavarle el cuchillo en la yugular.

Mario pudo por fin volver a respirar. Cecilia fue gradualmente soltando las manos. Momentos más tarde, entre jadeos y suspiros de alivios, los papeles se habían cambiado y era Mario el que, a medio incorporar, miraba a Cecilia de arriba a abajo y ésta la que, tumbada en el suelo boca arriba, luchaba por cada sorbo de aire. Mario vio como, ya en los últimos estertores, Cecilia intentaba vocalizar. Quería decirle algo, así que Mario, conmovido y pensando que hasta un muñeco tiene derecho a una última voluntad, acercó su cabeza a la de ella, quien le dijo, en un casi inaudible susurro:

—Vas a pagar por lo que has hecho. La policía te cogerá.

Y tras decirle esto el muñeco levantó la cabeza y empleó todas sus energías para lanzar un fuerte mordisco a la oreja de Mario, que, de no haber estado ella tan débil y Mario tan rápido en su reacción, seguro que le hubiera arrancado de cuajo.

Mario se levantó a toda prisa, rabioso, fuera de control y dispuesto a despedazar al muñeco a patadas. Pero justo cuando iba a comenzar a hacerlo, notó que la expresión de Cecilia había cambiado. Sus ojos, antes apagados y de aspecto cansino como todos los muñecos de navidad, adquirieron ahora un brillo casi humano. Con gesto amable y reposado, Mario se sorprendió al oírle decir un susurrante pero a la vez firme: “gracias.”

Conmovido por un instante, aunque a la vez en guardia no fuera aquella a ser otra treta del muñeco, Mario se acordaba ahora de las palabras pronunciadas por Cecilia minutos antes: “vas a pagar por lo que has hecho…”; recordando también los múltiples casos de hombres y mujeres que habían ido a la cárcel por dañar sus muñecos de navidad. Claro que en su caso quizás hubiera algún que otro eximente, como que había sido en defensa propia, aunque la causa de la agresividad del muñeco, la no actualización de su teleordenador, se trataba del peor de los agravantes: ni más ni menos que el de imbecilidad tecnológica.

Ya podía oír al juez:

—Le condenamos a cuatro cadenas perpetuas. En primer lugar, en concepto de víctimas, una por cada uno de los tres muñecos de navidad…

Estaba por ver si era capaz de demostrar que había matado sólo a uno, pero ahora estaba siendo fatalista así que, ya puestos, se imaginaba el peor escenario posible. De haber sido mínimamente optimista hubiera tenido en cuenta de que una de sus víctimas era un perro y que, por lo tanto, dos cadenas y media era la condena más probable en concepto de “víctimas.”

—…y la otra—continuaría diciendo el juez—, por haber sido el causante de la trifulca con su estupidez tecnológica, incapacidad de previsión y distracción cibertelevisiva, todos ellos delitos de la mayor gravedad y recogidos en la Convención de Ginebra Limao contra la imbecilidad tecnológica. Así que otra cadena perpetua en concepto de I.T. Y que decir, ingeniero Mario, de su atentado contra la propiedad pública: ¿acaso desconoce que los muñecos de navidad son un bien de interés general y que, como tales, son defendidos en nuestra constitución?—, aquí habría alguna referencia al glorioso fundador de la República de la Ensaimada y a los padres de su constitución espiral, detalles de escasa importancia salvo que uno sea adicto a sustancias alucinógenonacionalistas—. Los muñecos de navidad son el resultado de muchos esfuerzos, de muchas mentes que han dejado lo mejor de sí mismos en pos del anhelo de terminar con la soledad humana, así que su destrucción debe estar fuertemente penada. Llegados a este punto, ingeniero Mario, le condeno a cinco cadenas perpetuas menos un año, siendo el uno en concepto de la parte proporcional de la propiedad pública que le pertenece y por la que me parecería injusto condenarle.

Incluso en una fantasía fatalista, aquel “uno” debiera haberle insuflado algo de optimismo. Aunque curiosamente el humor de Mario se vio más influenciado por las cinco cadenas perpetuas que por aquella muestra de clemencia por parte del juez.

Así que ya no le cabía la menor duda de que estaba perdido y de que ni siquiera a un ciudadano responsable y cumplidor de las leyes como él (aunque eso era, claro está, cuando esas leyes no amenazaban con encarcelarle por el resto de su vida y sus próximas cuatro, siempre y cuando tuviera el buen gusto de reencarnarse en sí mismo); como iba diciendo, que ni a un ciudadano responsable y cumplidor de las leyes como él le quedaba más remedio que encubrir aquel horrible crimen.

Mario llevó a los tres muñecos al baño y allí comenzó una concienzuda limpieza de todo resto de material genético o textil que los pudieran relacionar con él. Ni siquiera en un momento tan desesperado como aquel, Mario pudo dejar de sentir admiración profesional por aquellas maravillosas obras de la ingeniería; los firmes muslos y pantorrillas; los pechos de ella, suaves como los de una mujer de la edad que Cecilia aparentaba, unos veintiocho años; o la sangre, cuya textura e incluso sabor era idéntica a la humana.

Dejamos a Mario en su orgía de necroingeniería y retomamos sus cuitas en el momento en el que, previa visita a un descampado en el que abandonó tres grandes bolsas, volvía a circular por los barrios periféricos y entraba de nuevo en la gran urbe.

Ya acercándose al centro, se dio cuenta de que no sabía muy bien adonde se dirigía y que el camino que había tomado no era ni mucho menos el más corto de regreso a su casa. Preguntándose porqué el subconsciente le había llevado por aquellas calles, por las cuales, por cierto, hacía años que no pasaba, se dio cuenta de que era el barrio de Laura. Un barrio que llevaba años evitando conscientemente y al que, curiosamente, ahora que se sentía acorralado (pese a sus acciones transgresoras Mario no podía evitar dejar de pensar como un ciudadano de bien y en el fondo creía que la ley ganaría y que “los buenos” le acabarían cogiendo); un barrio al que volvía en busca de los últimos momentos en los que se había sentido verdaderamente feliz. Mario pensó en Laura, su querida Laura, y se preguntó como su propia vida, tras haber vivido algo tan bonito, se había convertido en un tan triste sucedáneo de aquella experiencia. Seis años intentando volver a aquel momento; seis años perdidos en burdas imitaciones de sí mismo. Una vida de repeticiones. Y a cada repetición el argumento perdía un poco más del mucho interés que había tenido en otro tiempo.

Siguiendo a sus pies, como si éstos secretamente hubieran deseado volver a subir aquellas escaleras, se encontró, tras un par de vanos intentos de que le contestaran al timbre, girando la llave de la cerradura del apartamento de Laura. Seis años y no había cambiado la cerradura. Quizás confiaba en que nunca volvería; o, quien sabe, no la habría cambiado esperando todo lo contrario.

Al entrar comprobó que Laura no estaba y, por el orden y el polvo, que llevaba bastante tiempo sin ir por allí. Sobre la cómoda, fotos de ella la mostraban con la mirada esperanzada y ganas de comerse el mundo. También estaba él, Mario, mucho más joven de lo que los seis años que habían pasado justificaban. Paseó por toda la casa de Laura. Tocó sus toallas, olió sus blusas, se tumbó en la cama y por un momento se imaginó que ella estaba a su lado. Y lo estaba, en aquella casa, aunque sin verla, se sentía más acompañado de lo que se había sentido en años. Habló con ella, la acarició imaginando que continente era contenido y que las mangas de sus abrigos eran sus brazos, talle y hombros; que la abrazaba y bailaban mientras le susurraba al oído mil historias, mil perdones, mil errores. Y mil veces le dijo: “a las mil y uno no nos equivocaremos.”

—Hay mil pasados malos—le decía ahora ebrio de amor—, pero sólo un futuro. Y te aseguro que no me van a hacer falta mil intentos de futuro para conseguir un presente a la medida de tus sueños.

Estaba tan ensimismado en aquella fantasía, una fantasía que parecía sin embargo mucho más real que su vida de los últimos años, que no oyó el ruido de las llaves al girar en la cerradura. Fue al cerrarse la puerta cuando Mario se lanzó como un resorte bajo la cama, su conciencia de buen ciudadano manteniéndole en un perpetuo estado de temor.

—Seguro que es la policía…

Pero aquel temor pronto dejó paso a un estado mucho más placentero: la duda. La duda de que pudiera ser ella. Y es que su conciencia de buen ciudadano no llegaba a los extremos de hacerle temer que fuera un policía con zapatos de mujer. Tenía que ser ella, reconocía su paso firme golpeando con golpes secos el viejo suelo de madera de la habitación. Vio sus largas piernas, su porte elegante y volvió a oler, renovado, su perfume de violetas.

Pensando en como presentar su historia de la forma más sencilla y el porqué, tras seis años sin verse, le encontraba escondido debajo de su cama, Mario encontró algunas explicaciones de lo más elegante; aunque, eso sí, algo difíciles de exponer desde su posición actual, así que se decidió por la más directa:

—Hola, Laura, estoy escondido debajo de tu cama…

Mario vio como los pies de Laura, que hasta un momento antes se habían estado moviendo por la habitación, se pararon en seco.

—Me estoy volviendo loca, oigo voces…—dijo ella—. Demasiado trabajo.

—No: no estás loca—dijo Mario saliendo de debajo de la cama—. De verdad estoy aquí.

—Si puedo elegir, y si no te importa, prefiero ser yo la loca. Cualquier cosa antes que estar con un loco que, tras seis años, se esconde debajo de mi cama.

—Todo tiene una explicación…

—No me cambies de tema.—dijo Laura comenzando una de aquellas conversaciones ridículas que tanto les habían divertido en otro tiempo—Una cosa es que “todo” tenga una explicación, que el universo la tenga, y otra muy distinta que tenga explicación el que tras seis años sin verte te encuentre debajo de mi cama.

—Veo que sigues con el mismo genio de siempre—dijo Mario con una sonrisa y cogiéndola de la mano.

Con el gesto aún fruncido y fingiendo estar enfadada, Laura dijo:

—¿Cómo estás, Mario? No te veo muy cambiado…

—Pues lo estoy, créeme que lo estoy.

—Yo también…—dijo ella en un susurro casi inaudible.

Los dos se quedaron callados, mirándose sin saber que decir. Finalmente Laura dijo:

—Bueno, ¿me vas a explicar el misterio?

—He matado a un muñeco de navidad.

—Vaya, no sabía que utilizaras esas cosas. Cuando estabas conmigo no parecías necesitar a nadie.

Mario sonrió a la vez que asentía con el gesto, antes de decir:

—Cuando estaba contigo no necesitaba a nadie porque te tenía a ti. Después de separarnos me di cuenta de lo mucho que te necesitaba y más tarde de lo mucho que necesitaba a alguien. Y al final me he encontrado pasando las vacaciones rodeado de muñecos…

Mario se sentó en la cama, su vista fija en el suelo. Hubiera querido llorar, hacer que Laura sintiera pena de él, pero Mario sentía tanta pena de sí mismo que ya ni siquiera se consideraba capaz de hacer sentir pena. Su alma en ebullición y su gesto congelado, no pudo evitar sonreír ante la patética escena que debía de ser verle totalmente derrotado.

—Lo siento…—fue todo lo que pudo decir.

—No: lo siento yo—dijo Laura acariciándole sus largos y ondulados cabellos—. Soy tan insensible que ya no soy capaz de escuchar los problemas de nadie sin acordarme de los míos. Ya ves que no eres el único que se ha desviado un poco del camino. Sigue con lo que me estabas contando.

Mario le contó la macabra escena sucedida con la familia de muñecos de navidad, terminando con aquella terrible amenaza: “la policía te hará pagar por lo que has hecho.”

Laura se sentó en una silla de su dormitorio. Tras unos segundos en los que, con seriedad, miró al suelo, estalló en una sonora carcajada.

—Mi querido Mario—dijo Laura—, si algo te tengo que reconocer es que siempre me has sabido hacer reír. Con intención o sin ella, eres el mejor chiste que me ha pasado.

—Vaya, eso suena muy halagador—, dijo Mario algo molesto.

—Si supieras lo poco que me río últimamente te darías cuenta de que es lo más bonito que te puedo decir.

—Es un consuelo, Laurita, ya sé que puedo contar contigo para visitarme en la primera de mis primeras cinco cadenas perpetúas. Para los otras cuatro no te olvides de hablarles de mí a tus hijos, nietos, biznietos y tataranietos.

—Si ya te lo digo: eres el mejor chiste de mi vida. Anda, ven que te dé un beso—dijo ella dándole un sonoro beso en al mejilla—. Y no te preocupes que no corres ningún peligro. A ver: ¿firmaste algún papel en el que pidieras que te persiguieran si matabas a un muñeco de navidad?

—¿Un papel?—, dijo Mario extrañado.

—Claro, un papel. Un muñeco es un muñeco: un ser sin alma; revoltijo de tejidos, huesos y remiendos más o menos logrados. Nadie te va a meter en la cárcel por matar a un muñeco.

—Pero yo había oído que…

—Que algunos van a la cárcel por agredir a un muñeco. Pero eso es porque lo han elegido así. No me preguntes el porqué, pero hay gente a la que le da morbo hacer todo tipo de cosas raras a los muñecos, una de ellas matarlos y que la policía simule que los persigue para hacerles pagar por su crimen. Supongo que es la adrenalina de escapar…Incluso hay mucha gente que, para hacerlo más real, pide que si les cogen les metan por un tiempo en la cárcel. Claro que si uno elige éstas opciones tiene que pagar por la policía y el alojamiento en la cárcel. Créeme, la policía no te va a perseguir y meter en la cárcel gratis.

—Pero yo había oído que hay gente a la que condenan a cadena perpetua.

—Y ese será el tiempo que, a no ser que cambien de opinión (aunque el dinero nadie se lo devuelve) pasarán en la cárcel.

—¡Pero si la semana pasada ejecutaron a uno por cargarse a un muñeco!

—Ni más ni menos que lo que solicitó. Y, de nuevo, lo que pagó. Te puedo asegurar que ordenar un suicidio asistido no es barato. Casi todos cambian de opinión antes de ser ejecutados, pero algunos quieren prolongar el placer de la ejecución por tanto tiempo que, para cuando quieren darse cuenta, ya es demasiado tarde.

Mario se quedó en silencio por unos instantes.

—¿Pero estamos todos locos?

—Ya sólo faltas tú—, dijo Laura.

-¿Y tú?

—Conmigo ya no cuentes para según que locuras. Y la cordura, tal y como está el mundo, es la peor de las locuras. Estoy loca, pero no tanto como para estar cuerda.

—Yo debo mi cordura a que desde que nos separamos he sido el perfecto imbécil—, dijo Mario.—Supongo que últimamente he pensado tan poco que a mi mente le ha dado pereza hasta volverse loca. Ya ves, ya no me entero de nada. Antes quería comerme el mundo y ahora simplemente me conformo con que el mundo me coma un poco más despacio.

—Creo que en el fondo sigues queriendo comértelo, aunque para ganar tiempo hayas dejado que te coma un poco.

—Sí fuera como dices—dijo Mario—, no hubiera dejado que empezara a comerme por arriba. Primero le hubiera ofrecido los dedos de los pies.

Laura sonrió y miró a Mario con infinita ternura. Tras unos instantes dijo:

—Sólo ahora me doy cuenta de lo mucho que echaba de menos hablar de todo y nada contigo.

—Vaya, no suenas muy feliz. Con mi tontería del muñeco de navidad me he olvidado de preguntarte como te iban las cosas.

—No tan mal como pueda sonarte—dijo ella—. Sigo trabajando mucho, como siempre. Tampoco es que tenga muchas razones para no trabajar. Digamos que no las he buscado. Desde que nos separamos sólo estoy tranquila cuando trabajo. La verdad, de no ser porque tenía que ver que todo estaba en orden por aquí creo que hubiera pasado la navidad en la oficina. Allí tengo todo lo que necesito: una cama, un pupitre, un pequeño baño…Hace meses que vivo en el ministerio.

—¿Qué estás haciendo ahora?

—Publicidad humanística. Ya sabes, está de moda la filosofía. Ahora estoy trabajando en una línea de productos Platón. No sé si lo viste, pero yo era la responsable de aquel anuncio de telefonía móvil: “Dialogue con tarifas Platón.” O aquel servicio de defensor del pueblo: “Socrates preguntaría.” También tenemos las sandalias Demócrito, o los abonos de jardín Séneca. O el antidepresivo Kafka: “porque hay cosas peores que ser un bicho…” Sí, supongo que a falta de una vida, no está mal tener un buen trabajo. Pero bueno, no vamos a pasarnos el poco tiempo que tenemos hablando de mi trabajo. ¿Y tú? ¿Sigues con los de los ataúdes movimáticos?

—Me gustaría encontrar algo mejor, pero tal y como están las bajas en la guerra los ataúdes son muy necesarios.

—Sí, la guerra—dijo Laura pensativa—, ojalá algún día acabe. Pero no hablemos de cosas desgradables. Anda, ven al salón y vamos a sentarnos un rato.

No hablaron mucho más. Tenían sus emociones tan oxidadas que todas aquellas confidencias les habían dejado exhaustos. Se quedaron dormidos poco después en el sofá, ella acurrucada sobre el pecho de él.

Mario se despertó a las tres de la mañana. Le despertó el golpe de la puerta al cerrarse y al mirar a su alredededor vio que Laura ya no estaba. Sin ni siquiera moverse, cerró los ojos de nuevo y, con una media sonrisa, se dijo que lo había vuelto hacer. No importaba que todo se hubiera aliado a su favor. Seis años, miles de ataúdes y tres cadáveres después (o cinco contándoles a ellos), todo seguía igual. Ella se había ido y él, una vez más, no le había dicho cuanto la quería. Iba a decírselo antes de dormirse y, ya dormido, soñó que ya se lo diría al despertarse. Ahora, intentando conciliar otra vez el sueño, pensó que ya se lo diría las próximas navidades, que es cuando Laura volvería a salir. Cuando se lleva tanto tiempo perdido, ¿qué es un año más?

“Y, conociéndome, seguro que aún me quedan muchos años por perder,” pensó Mario. “Así que mejor no enfadarse.”

Enfadado o no, lo cierto es que se incorporó y se sentó en el sofá. La frente apoyada sobre las palmas de la mano, los codos en ángulo recto sobre sus rodillas, se dijo entre grandes bostezos que no estaba muy seguro para que se estaba desperezando, pues su vida a partir de ahora iba a limitarse a dormir y esperar a que ella volviera.

Ahora lo sabía. De repente su gesto se contrajo y, apretando los puños que aún tenía apoyados en la frente, una rabia terrible le recorrió todo el cuerpo. Un año era mucho: un año, un minuto, un segundo…; más que el tiempo perdido lo que le molestaba era el concepto de estar perdiéndolo. Estaba harto. Harto de que lo mejor que le pudiera pasar fuera irse a la otra vida con uno de sus ataúdes movimáticos.

Corrió tras de ella. Le diría que tenía razón, que era un chiste, bueno o malo que importaba, pero que a ella le debía sentar muy bien compartir su vida con un chiste porque cuando estaban juntos tenía un brillo en los ojos que ahora ya no tenía. Un brillo que le haría recuperar. Volverían a hablar, a reírse, a no buscar una vida en el trabajo, a encontrar sentido a las cosas sin ni siquiera buscarlo. Al demonio los demás con sus ataúdes movimáticos y su publicidad humanista.

—¡Ataúdes Poe!—gritaba Mario entre carcajadas mientras bajaba la escalera a grandes zancadas—; ¡donde la muerte es sólo catalepsia!

Llegó a la calle justo a tiempo de verla alejarse en un taxi. Mario paró otro y le dijo al conductor que le llevara al Ministerio de la Creatividad. El trayecto duró cerca de una hora entre carreteras serpenteantes y caminos que transcurrían entre la más exuberante de las vegetaciones. Finalmente llegaron hasta una gran barrera que cerraba el paso.

—Sólo puedo traerle hasta aquí—dijo el taxista—. Para pasar la barrera necesita autorización.

—Aquí está bien, gracias.

Al irse el taxi, Mario se encontró a solas en un pequeño descampado. Frente a él, una barrera advertía que acababa de llegar al Ministerio de la Creatividad (MIC), con una cita en latín que Mario no entendió pero que no dudó que debía significar algo así como “el progreso nos hará a todos más fuertes, guapos y listos…” Todos los ministerios tienen su cita en latín. En realidad, todos aquellos sitios que quieren comunicar credibilidad sin tener nada que decir. Algo así como decir, “soy muy listo, tengo cosas muy inteligentes que decir, aunque, a ser posible, prefiero que no me entiendas.” Mario se preguntó como podía ser inteligente aquello que se utiliza para no ser entendido.

Así que aquel era el famoso Ministerio de la Creatividad. Allí iban las mejores mentes a vivir como monjes, dedicados a la gran labor de educar e impulsar a la sociedad a través de las ideas. Se contaban muchas historias sobre aquel lugar, ninguna de las cuales había oído de Laura pues ella había empezado a trabajar allí después de separarse. Antes ya había tenido ofertas del MIC, Laura era una muchacha muy brillante; demasiado como para desperdiciar su talento exprimiéndolo como si fuera una naranja; demasiado como para, habiendo encontrado una razón para ser feliz, no aprovecharla. Mario era su razón. Una vez perdida aquella razón, Laura ingresó en el ministerio.

Mario apretó un enorme botón amarillo que había en la puerta junto a un micrófono, oyendo unos instantes más tarde una voz grabada que le decía:

—Ha llegado usted al Ministerio de la Creatividad, MIC, si ha venido a visitar a un familiar diga “familia”; si a un amigo, diga “amistad”; si su visita es por motivos profesionales diga “trabajo”; si está aquí por curiosidad diga “curiosidad.”

Curiosidad la que sentía Mario, que dejó que la voz siguiera con sus opciones hasta que, un par de minutos más tarde, interrumpiendo a la grabación mientras decía: “…diga agresión…”; Mario gritó:

—¡Amistad!

—Ha elegido usted amistad—dijo la voz antes de hacer una breve pausa—. Una amistad poco intensa si su amigo o amiga no le ha advertido que en este ministerio no se admiten visitas. Vivimos en un ambiente muy controlado, uno en el que las interrupciones son peores que los virus. Hasta el más nimio detalle puede alterar el equilibrio que permite a nuestros funcionarios crear. Gracias por su comprensión, si quiere llamar a un taxi, diga “taxi.”

Mario asintió y se fue, cabizbajo y con las manos en los bolsillos, por el serpenteante camino por el que había venido. No había que dramatizar, ya estaba acostumbrando. En el fondo la culpa era suya, con sus anhelos repentinos e imposibles de realizar. Quizás debiera probar a anhelar cosas realizables. Así no tendría una perpetua excusa para el fracaso y podría, de vez en cuando, exigirse el éxito.

—¡Os lo creéis!—; gritó tras haber andado ya diez minutos en el camino de vuelta.

Ahora corría en dirección contraria, camino del ministerio, y jadeante se decía que no tenían razón; que si la tuvieran Laura no hubiera perdido aquel brillo en los ojos del que se había enamorado. Se repetía una y otra vez que sólo él la conocía; que sólo él sabía que era demasiado lista para ser sólo lista. Y que sólo ella le conocía a él; que sólo desde que la había perdido se había resignado a hacer por el resto de su vida aquellos malditos ataúdes; que sólo desde entonces se había resignado a que aquellos malditos ataúdes fueran a existir siempre. Y se preguntaba que tipo de vida era aquella en la que, por poder resignarse, se había resignado hasta a vivir sin Laura.

Mario se escondió en un recodo del camino que llevaba al ministerio. Tras un árbol, tumbado entre las hojas, esperó varias horas. No sabía a qué esperaba, de momento le bastaba con saber el porqué. No dudaba de que encontraría alguna manera de entrar, por la simple razón de que no tenía más remedio que encontrarla.

“Las hojas del camino hacia ti…¿Cómo he podido tardar seis años en tumbarme entre las hojas por ti?”

Esperó durante horas a que llegara algún coche, alguna forma de comprender como funcionaba el sistema de seguridad del ministerio. No llegó ninguno. Finalmente, harto de esperar y aterido por el frío, rodeó el contorno del ministerio. Buscaba agujeros, túneles o puertas, pero el ministerio, pese a no tener un aspecto muy imponente, parecía un lugar seguro. Las cárceles deben tener un aspecto imponente para dar seguridad a la población de que sus presos están bien custodiados; cuando lo que se custodia son ideas, basta con que sean seguras.

Alrededor de las tres de la mañana, desde una pequeña colina que había en la periferia del ministerio, vio movimiento. Eran camiones: habían aparcado junto a una salida del ministerio y parecían estar cargando algo. Mario se acercó todo lo que pudo, que no era mucho, pues de bajar más hubiera perdido la elevación suficiente para poder verlo. Tras mucho esforzar la vista y mirar con paciencia, logro por fin ver que las cajas que cargaban, unas cajas grandes y de diferentes tamaños, eran idénticas a las que había comprado unas horas antes. Eran muñecos de navidad, los cuales desde aquel momento saldrían en dirección a todos los puntos del país.

Aquello no tenía nada de extraño. El Ministerio de la Creatividad, al fin y al cabo, se ocupaba de la fabricación de los muñecos de navidad. Aquel descubrimiento a Mario le interesó desde el punto de vista de que aquellos camiones tendrían que salir. Y ya se sabe aquello de que, cuando no hay forma aparente de entrar, la mejor oportunidad está en esperar a que alguien salga. Mario no sabía si alguien había dicho eso ya, pero en todo caso le pareció una idea lo suficientemente cabal como para merecer que alguien la hubiera dicho antes.

Arrastrándose entre las hojas, Mario descendió hasta la entrada trasera del Ministerio. Había llegado el momento. Con el mayor disimulo, pero caminando con paso firme y decidido, Mario entró por la barrera junto a la que los camiones estaban cargando los muñecos. Había tanto ajetreo, tanta gente abriendo y cerrando puertas, entrando y sacando camiones, tantos coordinadores y coordinados, que no le fue difícil escabullirse y colarse al interior del ministerio. Una vez dentro, le sorprendió la cantidad de pasillos, pasillos que rodeaban el ministerio en forma circular, formando una gran espiral que se enroscaba.

Mario caminaba ahora por los pasillos. Cada cinco metros se encontró una puerta, una pequeña puerta tras la cual, especialmente visible en la oscuridad del pasillo, se percibía una intensa luz roja. En cada puerta había mirillas y Mario las abrió esperando encontrar a Laura.

En la primera puerta encontró una visión algo escabrosa. En su interior, un hombretón rubio con el pelo revuelto y barba, pensaba en voz alta. Se autoproclamaba el último escritor, el mejor, el que pondría la última palabra. El que daría por terminado el género literario. Después de él todo sería repetición. Se movía lentamente, como si su cuerpo le pesara e incluso cuando sentía rabia, momento en el que golpeaba con fuerza contra lo primero que se encontraba, lo hacía lentamente y como si le faltara el aliento.

—La voy a encontrar, voy a encontrar la última palabra…—; clamaba mirando al cielo, como si el cielo le debiera algo, bien por privarle de esa última palabra que su brillante intelecto merecía encontrar, bien por haberle privado de un brillante intelecto con el que encontrar la última palabra. En todo caso de lo que no parecía caber la menor duda es de que la literatura había nacido para que él pusiera la última palabra y él para ponerle la última palabra a la literatura.

—Vamos a seguir. Ya casi tengo la última frase. La primera y última frase de mi historia. “Érase un hombre que comenzó a ser en el momento que dejó de ser.” ¡Sí! ¡Lo he conseguido! ¡Acabo de poner fin a la literatura!

El hombretón se sentó en la cama. Su gesto, triunfante momentos antes, mostraba ahora la mayor de las amarguras. Otra vez volvió a golpear la pared, mirándose momentos después la mano dolorida. Parecía aliviado: aquel dolor le libraría de tener que escribir más aquel día. Sollozando, enrollado sobre sí mismo y con la cabeza apoyada en la almohada, el hombre se quedó dormido. Toda aquella escena había sucedido con la ya mencionada lentitud, como a cámara lenta, durando cada palabra el doble de lo normal.

Conmovido por la figura de aquel hombretón derrumbándose y sollozando como un niño, Mario continuó caminando. En la siguiente celda (celda de monasterio más que de cárcel) tampoco encontró a Laura. Allí encontró a la antítesis de aquel hombretón. Ahora veía a un joven nervioso que caminaba por la habitación exultante, en sus palabras, de haber creado el dibujo perfecto. Hablaba como si estuviera concediendo una entrevista, contándole a un entrevistador imaginario detalles y anécdotas sobre su descubrimiento.

—Pues sí, amigo mío, ya sé que se siente usted impresionado. Le entiendo y le confesaré que no es el primero que me mira absorto e incapaz de encontrar nada que decir o preguntar. Y es que uno no conoce cada día a la persona que pintó el cuadro perfecto.

El joven alto y delgado, con bonitos rasgos, ojos azules, y melena rubia enmarañada, pintó entonces su obra maestra. Y entonces Mario, como el entrevistado invisible o imaginario, tuvieron en frente la que, posiblemente, fuera la pintura perfecta. Un enorme cero, o habría que decir un enorme círculo, o quizás un sencillo y clásico esquema del globo terráqueo, o quizás el cerco negro de un perfectamente delimitado espacio blanco…

—Una circunferencia—decía el muchacho—. La imagen que no tiene ni principio ni fin, la que representa el mundo y la vida, la gloriosa tarea de caminar para siempre o la humillante verdad de que, por mucho que se camine, nunca se llegara a ningún sitio. Yo lo dibujé. Sólo yo supe ver que era la culminación del arte.

Mario hubiera continuado algún tiempo más escuchando al joven, pero tenía encontrar a Laura y cada segundo que pasaba sin buscar corría el riesgo de que le encontraran a él.

En la siguiente puerta tampoco encontró a Laura y aunque no se quedó a escuchar a su inquilino, si escuchó una voz femenina que decía:

“Tocar la piedra, rozarla siquiera, sería atentar contra la mejor de las esculturas.”

Tampoco en la siguiente, donde un hombre con voz chillona gritaba:

“Todo eso es demagogia, demagogia propia de un político sin ideas e incapaz de comprometerse ni siquiera con su sombra. Es gente como usted la que…”

Por fin la encontró. Como otros inquilinos que había visto al pasar, Laura dormía. Golpeó con fuerza la puerta y, por más que intentó forzarla, no logró que se abriera. Además, Laura no reaccionaba y seguía durmiendo un sueño muy pesado; tanto que, al mirarla fijamente, le pareció que ni siquiera respiraba y que su cuerpo había culminado el cambio anunciado por sus ojos, teniendo ahora tenía un aspecto casi inerte.

Todo aquello sorprendió a Mario: tanta frustración, ilusiones y grandes pretensiones. Y algunos cuerpos que más que dormir parecían estar muertos. Entonces un elemento de las habitaciones le llamó la atención, un elemento que ahora veía en el techo de la habitación de Laura y que recordaba haber visto en todas las demás. Eran unas placas rojas, de apariencia esponjosa y con una luminosidad incandescente. Abriendo la mirilla (aún intentaba forzar la puerta), Mario logró introducir la mitad de la mano. Aquella extraña esponja incandescente debía de emanar alguna sustancia o, tal vez, absorber alguna otra. En un principio no notó nada, pero lentamente fue notando que comenzaba a pensar pensamientos que, si eran suyos, no se habían anunciado hasta aquel momento.

Haciendo lo posible por no levantar la voz no fueran a descubrirle, se encontró susurrando sobre grandes proyectos que iba a realizar, sobre sueños y visiones que algún “cretino de mente estrecha no me ha dejado realizar.”

Un ruido en el interior de la habitación de Laura hizo que se alarmara. Mario sacó la mano de la celda e inmediatamente notó que todos aquellos pensamientos desaparecían. Cuando volvió a mirar por la mirilla, vio que un dispositivo con enormes barras elevaba la cama de Laura hacia una abertura en el techo en la que desapareció. Momentos después, la cama había vuelto a su lugar perfectamente hecha.

Un ruido seco volvió a sobresaltar a Mario. Era la puerta, que se había abierto. La celda había quedado totalmente limpia y ordenada. Sigilosamente e intentando hacer el menor ruido posible entró, dejando la puerta entornada. No había dado aún ni dos pasos en la celda, cuando otro golpe seco le volvió a sorprender. De nuevo la puerta: ahora se había cerrado. Tantos esfuerzos para intentar entrar y ahora que estaba dentro repitió los mismos esfuerzos para intentar salir. Estaba atrapado.

Mario se sentó en el pupitre en el que Laura había pasado tantas horas. Quiso repetir lo que había sentido horas antes, el placer de ver las cosas de ella, de pensar sus pensamientos, de deslizar sus dedos por las mismas páginas. Pero al abrir los cajones no encontró lo esperado, ninguno de todos aquellos tratados de publicidad humanista de los que le había hablado. Y no es que lo que encontró no le resultara familiar. Tan familiar que del interior de aquellos cajones salió un libro que, sin haber estado nunca en sus manos, era en todos los demás sentidos suyo. Nunca pensó que aquel título le fuera a dar tanto miedo:

“La Ciencia de los Ataúdes Movimáticos,” por Mario Consell.

Su pavor continuó aumentando al revisar las estanterías que, pobladas de libros, rodeaban a la puerta: libros de ingeniería, física y arquitectura. Pero cuando ya pensaba que no podía tener más miedo, se dio cuenta de que aún le quedaba la suficiente conciencia para espantarse de su siguiente pensamiento:

“Vaya, parece que por fin voy a poder realizarme profesionalmente. Le demostraré a esos aficionados que llevan la vida poniéndome el pie encima de lo que es capaz un buen ingeniero…”

Mario se sentó en la silla junto al pupitre y comenzó a estudiar. Sus dedos volaban sobre el papel, las líneas se juntaban como si estuvieran destinadas la una a la otra, como si llevaran toda la vida esperándose. Mario se sorprendió sonriendo como momentos antes había visto sonreír al joven pintor.

Entonces se levantó. Estaba frustrado, momentos antes se quería comer el mundo y ahora le parecía que todo lo que estaba haciendo era absolutamente inútil. Hubiera matado. No, no era justo. Quería matar a alguien, a sí mismo o a quien fuera el culpable de su falta de acierto o talento. Era culpa de alguien, de alguien…

Mario se sentó en la silla encogido sobre sí mismo, la cabeza entre las rodillas. Lentamente, como si sus pies pesaran mil toneladas, comenzó a levantarlos. Bajaron aún muchas veces hasta el suelo, antes de, por fin estar a la altura de la silla. Momentos más tarde, Mario repetía posición, la cabeza entre las piernas, si bien ahora estaba en cuclillas sobre la silla.

Nunca supo ni sabría de donde había venido aquel pensamiento; tras un salto felino Mario estaba colgado de una barra del techo y despegando con la mayor de las furias aquella espuma incandescente. Minutos después lo había logrado y dejado al descubierto un complicado entramado de cables y paneles.

Nada más caer la esponja, los paneles comenzaron a moverse. Se estaban regenerando, una cinta eléctrica estaba reemplazando la espuma rota por una nueva. Pero mientras esta operación tenía lugar, Mario tenía la mente clara. Subiéndose de nuevo a la silla y colgándose de la barra, con mayor dificultad pues en su caso la clarividencia parecía ser poco amiga de movimientos felinos, logró desplazar los paneles, dejando al descubierto un pequeño boquete por el cual, tras gritos y sudores logró introducirse.

Ahora se encontró en una enorme estancia, tan grande como todo el edificio. Una estancia que dedujo debía de estar construida sobre los pasillos en espiral. Había una luz roja intensa, parecida a la de un cuarto oscuro de fotografía, una luz que provenía de todas las espumas incandescentes, la cuales desde aquella habitación eran perfectamente visibles. En rectángulos de cuatro por dos, como las celdas, seguían la forma de la espiral.

En el centro de la estancia un enorme generador, del cual partía una alta escalera de caracol. Con la rabia de un niño que rompe lo que no le gusta y percibe que le hace mal; con un impulso tan fuerte como su ignorancia sobre lo que estaba haciendo; Mario la emprendió a golpes con el generador. Lo golpeó, le estiró de unos pelos que eran cables, le pegó patadas e incluso cabezazos; cabezazos que, de paso, le sirvieron para terminar de aclarar las ideas, ya que los efluvios de las espumas incandescentes llegaban también a aquella estancia. El generador no opuso mucha resistencia y, tras un par de minutos de castigo, fue gradualmente perdiendo control sobre las espumas incandescentes, para finalmente perder control sobre sus circuitos y dejar todo el edificio a oscuras.

Sólo entonces Mario tomó conciencia de lo que había estado haciendo y, casi sin poder respirar, permaneció quieto esperando a ver los resultados de sus acciones. Ahora, ya sin el ruido del generador, se oían con más claridad las voces que provenían de las celdas.

Aún a oscuras, el pintor continuaba con su entrevista imaginaria.

—El gran cero, como le iba diciendo, el cero que es la puerta del infinito. El infinito, vaya idea bonita. ¿No le parece una idea bonita, señor periodista? Si no hay final no hay que buscarlo y si no hay que buscarlo nada nos impide disfrutar de todos y cada uno de los momentos que nos llevan en ese camino del infinito. Si no hay final no hay principio: sólo camino. En un mundo infinito no nacemos ni morimos: sólo vivimos. Vivir: ¿alguien sabe que estoy haciendo aquí dentro? ¿Hay alguien ahí? Oiga, de no ser porque llevo tres años hablando con usted creería que no está usted aquí. Es que está todo tan oscuro que no veo nadie…No: no hay nadie. Acabo de palpar la silla y no hay nadie. ¿No hay nadie?

Fuera porque el ruido del generador les había impedido oírse, bien porque sus ideas les tenían demasiado ocupados para escuchar, los gritos, al contrario que en otras ocasiones, si parecieron llegar a algún destinatario.

—He oído lo que has dicho—era el hombretón de la última palabra el que hablaba ahora—y me gustaría escribir algo sobre eso. Lástima que haya escrito la última palabra de la literatura, que si no creo que escribiría un pequeño cuento…Lo llamaría “El Hombre y su Cero Perfecto.” O mejor aún: “Huídas de la Perfección de Cero.” Ya estamos que he terminado la literatura, que el edificio es perfecto gracias a mi contribución final, pero un adorno no estará de más. Sólo uno, o quizás dos…¿Quién era el que habla? Estoy intentando salir pero no puedo. Después de doce años me doy cuenta de que me tienen encerrado.

—Vaya, este periodista invisible tienes patas que pegan fuerte—era el pintor, quien, siguiendo la voz del escritor, la había emprendido, con la ayuda de su periodista-silla, a golpes con la pared.

No fue el único, también el político golpeaba la pared a la vez que decía: “estoy harto de escucharme…Si alguien sabe como arreglar el problema de las pensiones estaré encantado de hacer de oposición leal. No sé si antes tenía razón, pero sí que el pretende tener siempre la razón ya sabe que no la tiene nunca. Para tener la razón hay que escuchar y escuchar es comprobar que es inevitable equivocarse de vez en cuando.”

De entre todos nadie lo tuvo más fácil que el escultor, quien a golpe de piedra atravesó con facilidad las separaciones de corcho que delimitaban las celdas.

“Después de todo tenía razón cuando decía que la piedra es la escultura más perfecta. Bueno, supongo que ha llegado la hora de aplicarme en hacer la escultura más imperfecta. Mi lema: no hay nada más imperfecto que el perfeccionismo…”

Era tanta la alegría de encontrarse con un ser humano tras tanto tiempo, que, tras un primer instante de furia al ser golpeado por la piedra, el pintor se calmó rápidamente:

“Vaya, los ceros dolían menos…”

Entre todas aquellas voces, que continuaron en los más diversos tonos; a ratos como una celebración, en otros como un agitado diálogo; Mario oyó un ruido de cajas. Para ser más exacto, de cajas que se rompían.

“¿Se puede saber que estoy haciendo en una caja? ¿Y por qué llevo un cable clavado en el pie?”

Era la voz de Laura. Al oírla Mario saltó como un resorte, dirigiéndose al lugar de donde provenía y gritando a la vez su nombre.

No tardaron en encontrarse, fundiéndose en un abrazo:

—Mario, ¿debajo de que cama nos hemos metido ahora?

—No lo sé, pero te puedo asegurar que será la última debajo de la que nos metamos.

Estaba amaneciendo. A través de unos pequeños respiraderos y claraboyas, comenzó a entrar la luz. Cuando por fin pudieron distinguirse, Mario ya no tuvo la menor duda: Laura había recuperado el brillo de sus ojos. Ya no era la vieja que le había mirado unas horas antes, sino la niña vivaraz y endiabladamente lista de la que se había enamorado ocho años antes. Mario miró al pie de Laura y, efectivamente, un cable salía del mismo. De un fuerte tirón lo sacó, dejando tan sólo la marca de un pequeño agujerito que no sangró más de treinta segundos.

—Mientras limpiaba el muñeco de navidad me di cuenta de lo superficialmente que estaba conectado el cable.

—Vaya, para ser un chiste estás hecho todo un héroe.

Las confidencias, discusiones y debates habían ido cesando hasta que finalmente se había hecho un silencio absoluto. Cuando, a golpes con las poco tiempo antes incandescentes espumas, miró en las celdas, vio que estaban vacías:

—Parece que han encontrado la salida.

Mario y Laura bajaron a las celdas y, siguiendo los agujeros de las paredes, no les fue difícil llegar hasta una pared que daba a un trastero cuya puerta estaba abierta. Al salir, en los jardines del ministerio, Mario y Laura vieron un grupo de gente sentada sobre la hierba. Algunos seguían hablando, alguno incluso, como el joven pintor, seguían haciéndolo animadamente. Otros estaban tumbados sobre el césped, era un bonito amanecer, y algunos se habían cogido de la mano.

—¿Ha sido usted?

Mario asintió.

—Gracias—le dijo el joven pintor y extendiéndole la mano—Me llamo Juan.

—Yo Mario.

—¿Por qué?—preguntó Juan—¿Qué hacíamos allí?

—Una vez os quitaban todas las ilusiones os convertían en muñecos de navidad. Eso es un hombre o una mujer sin ilusiones: un muñeco de navidad. Y eso no es todo…Pero antes de explicártelo tengo que hacer una última comprobación. Además, éste no es el mejor sitio para explicarlo.

Mario abandonó al grupo y se dirigió de nuevo al interior del edificio. Minutos después volvió ojeando unas notas que había tomado en un pequeño bloc de bolsillo. Dirigiéndose al grupo, dijo:

—Os invito a un picnic. Allí creo que os lo podré explicar todo.

—¿Un picnic?—preguntó el político—Eso me recuerda al famoso Picnic de las Mezquitas, el tan recordado Mosque´s Picnic, en la primavera de 2005. Allí estaban el presidente de Estados Unidos, Wesley Clark; el primer ministro de Israel, Isaac Sprinzak, y el joven líder de la autoridad palestina Abu Said. Lástima que después de arreglar el mundo entre todos lo volviéramos a estropear. Así que un picnic…

—Sí, un picnic. Un picnic en la explanada de las batallas.

Era un lugar extraño para celebrar un picnic, pero de todas formas el camino, previo paso por un supermercado para comprar víveres, transcurrió entre risas. Unas risas que se convirtieron en silencio y respeto en cuanto comenzaron a oír el silbido de las balas y los gritos de dolor. Mientras caminaban, Mario iba mirando el reloj, pidiéndoles que aceleraran o frenaran el paso dependiendo de los cálculos que parecía ir haciendo.

—¡Aquí!—dijo Mario—Un lugar perfecto para un picnic perfecto.

El ruido era ensordecedor y Juan dijo:

—Nos salvas de convertirnos en muñecos de navidad para ahora traernos a morir. No te lo tomes a mal, pero prefiero ser un muñeco vivo que un hombre muerto…

Juan no parecía ser el único que pensaba que aquel no era el mejor lugar para hacer un picnic. Y es que un militar, montado en un pequeño todoterreno descapotable, se unía ahora a la fiesta.

—Buenos días—dijo bajándose con porte marcial.

—Buenos días, sargento.

—¿Se puede saber que están ustedes haciendo?

—Tratando de abrir una lata de atún—dijo Mario.

—Eso ya lo veo—dijo el sargento tratando de disimular su enfado—En realidad no es lo que hacen lo que no me parece bien, sino donde lo hacen. Esta es una zona militarizada, un lugar altamente peligroso.

—En eso tengo que darle la razón—dijo Mario mirando el reloj—…al menos durante los próximos veinticinco segundos.

—No le entiendo—dijo el sargento cada vez más enfadado—aunque por su forma de hablar deduzco que no debiera perder mucho tiempo en intentarlo. Dejémonos de chaladuras si le parece…

—Estoy totalmente de acuerdo, mi sargento, dejémonos de chaladuras.

Ante la sorpresa de todos, el ruido de las balas cesó. Ahora sólo se oían los gritos de los heridos y el de los soldados gritando: ¡ni una bala más!

—Vaya, ya suponía que las balas del enemigo también las fabricábamos nosotros—dijo Mario—. Teniendo en cuenta de que al enemigo también lo fabricamos nosotros, supongo que lo menos que podíamos hacer era darle las balas. Bienvenido al paro, mi sargento, creo que ya tiene tiempo para unirse a nuestro picnic.

Los gritos de los heridos fueron desapareciendo así como fueron desalojándolos y tras unos minutos en el que los ataúdes movimáticos pasaron como centellas, el escenario del picnic se fue convirtiendo en uno digno del más sublime dominguerismo.

—Bueno, amigos, quiero deciros que todas vuestras ilusiones, esas que os forzaron en el ministerio para después robároslas, están en todas y cada una de las balas que encontraréis en el campo de batalla. Esa era la misión del MIC: hacer balas para el gran poder. El mecanismo era de lo más ingenioso, un dispositivo que incentivaba y robaba la ilusión y que utilizaba esa energía, la humana (a la que, tras lo que he visto, no dudo en calificar como la más poderosa de las energías), para convertirla en balas. Los cuerpos, una vez desprovistos de energías, se convertían en muñecos de navidad. Lo que aún no sé, y francamente creo que nunca sabré, es quien lo hacía. El ministerio estaba totalmente vacío y estaba montado como si el que lo creó lo hubiera dejado allí para que funcionara solo. Todo un misterio. Por cierto, una última prueba. Ven Juan, quiero enseñarte algo. ¿Ves estás balas? Aún tienen encerradas la ilusión, así que si las coges y las rompes saldrán las ilusiones y podrás pintar como nadie lo haya hecho antes.

Juan cogió un puñado de balas y, efectivamente, tras romperlas comenzó a ver las visiones más bonitas y a pintarlas en uno de los lienzos que, sin ser tan perfecto como ese cero que contempló, comentó y analizó durante años, algunos se atreverían a sugerir que quizás fuera más bello. Cuerpos que se recomponían, nubes que dibujaban formas que tal vez formaran parte de las ilusiones atrapadas en las balas.

Al terminar, el autor miró orgulloso su obra. Entonces cogió otro lienzo y mientras comenzaba otro cuadro dijo:

—Hay una cosa que no entiendo, Mario. Si para quitarnos las ilusiones había un mecanismo; ¿cómo es que no lo hay para devolvérnosla? ¿Porque basta con abrir la bala?

—Porque abrir la bala no sirve de nada. Una bala es de los pocos instrumentos absolutamente inútiles. Las balas no esconden nada, no atrapan nada. Pero antes de decírtelo quería que hicieras un cuadro como el que has hecho. De las balas no recuperarás nada, pero no hace falta, porque la mente tiene copias, originales, sucedáneos, repeticiones, e innovaciones de todas y cada una de las ilusiones que hemos perdido. Se pierden y se recuperan…

El resto del picnic transcurrió sin novedad. Mario, Laura, Juan y sus amigos, hablaron, brindaron y cantaron. Uno se había traído una guitarra, otro una armónica, Mario cogió un par de ramas y sobre una cantimplora mostró un sorprendente sentido del ritmo. De entre el grupo salió un cantante, uno que llevaba todo el día callado pues, según confesó, ni el salir del ministerio le había convencido de que la última canción no estaba cantada. Ahora dijo que no lo estaba, que aún quedaban muchas; muchas nuevas y muchas viejas, viejas que se harían nuevas al cantarlas y nuevas que nos evocarían que una parte de ellas fue compuesta en el principio de los tiempos. El cantante, un anciano de larga melena blanca y aspecto venerable, confesó que en un tiempo había sido el cantante de ópera más importante del mundo y que había interpretado obras de los mejores compositores, todas ellas sublimes, pero que ahora era otra la que le apetecía cantar, una cancioncilla que había oído de pequeño y que decía…

Publicado por David Ferrá Vallés

ferravalles@gmail.com

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