Ciudadano crítico/vecino criticón

Entre nuestros supuestos objetivos como sociedad está el de formar a ciudadanos críticos; miembros exigentes que no acepten las inercias abusivas del poder y participen de forma activa en la toma de decisiones. El ciudadano crítico tiene dos enemigos tradicionales: el poder y los miembros complacientes de la sociedad; enemigos unidos y reforzados por la interpretación de cualquier crítica como una amenaza a la forma de vida imperante. Me atrevo a añadir a un tercero que seguramente sea una simple variación del segundo: el vecino criticón. El vecino criticón ejerce su implacable crítica de una forma egocéntrica y considerando que todos los males tienen que ver, no con el conjunto de la comunidad, sino con un ataque contra todo lo que él representa.

Para el vecino criticón la historia se ha convertido en una conspiración montada para explotarle y resiente la diferencia y todo lo que tenga la osadía de oponerse a su sistema de valores. En estos tiempos de ego desmesurado, en el que los ciudadanos somos animados a ponernos en el centro del universo y verlo desde el sacrosanto pedestal de nuestra sensibilidad, el vecino criticón se siente no sólo legitimado, sino incluso obligado a opinar de todo, aunque siempre en esa curiosa forma en la que, lejos de animar el debate, quiere cerrarlo a la vez que se muestra indignado por haberle hecho perder su precioso tiempo.

El vecino criticón ha sido un prototipo fallido de ciudadano complaciente al que se quiso convencer de que debía ser crítico. Pero sin un cambio en el fondo, la crítica se convierte en un simple disfraz y su forma de que nada evolucione es criticarlo todo. El vecino criticón hace que hablar de justicia social sea inútil debido a que él siempre está en el centro de todas las injusticias. El debate es una parte de la historia que para el vecino criticón ya está superada, ya ha llegado a la conclusión definitiva, de modo que no sólo no rebate sino que niega el derecho a la existencia de la opinión contraria. Desde la pereza, le basta con indicar su falta de paciencia hacia un determinado tema y, en el mejor de los casos, dedicarle un comentario irónico, pero nunca un argumento que le obligue a aceptar el derecho a réplica y, por extensión, una visión paralela a la propia. Argumentar es un reconocimiento implícito de la otra parte y el vecino criticón huye del reconocimiento de voces distintas a la suya; no ha aprendido a gestionar la cantidad de información y el debate de ideas le satura; no cree, aunque lo predique, en la importancia de la libertad de expresión y en su obligación ciudadana de aceptar la diferencia.

Los males del vecino criticón pueden reducirse a uno: ha perdido la curiosidad intelectual. Da igual que sea un derechista retrógrado o un izquierdista bienpensante, todo aquel que en algún momento quiera evitar la libertad expresión ajena y se sienta amenazado por una opinión se convierte en un vecino criticón y en un enemigo intelectual del ciudadano crítico. La verdadera critica tiene que venir de la capacidad de admirar lo que uno defiende, del respeto a la diversidad de opiniones y del intento de convencer con nuestros argumentos. La frase tan supuestamente tolerante de no querer convencer ni que a uno le convenzan es aceptar la muerte intelectual y la conversión en vecino criticón.

Decir que se respeta la libertad de expresión no es suficiente: hay que aceptarla y practicarla y recordar constantemente al vecino criticón que no existe el delito de apología de todo lo que no le gusta. El delito de apología es la herramienta que utilizan los censores del siglo XXI y hubiera sido un gran éxito de crítica y público entre los censores e inquisidores de otras épocas. La flotabilidad de las brujas hubiera tenido escasa relevancia de haberles podido encasquetar el delito de “apología de la brujería”. No podemos idealizar la libertad de expresión de palabra mientras que los ciudadanos nos autocensuramos personal y colectivamente. Al hacerlo nos convertimos en hipócritas o represores.

El vecino criticón cree que todo está en su contra. Aunque lo haga desde un profundo sentimiento de inferioridad, se coloca en una falsa superioridad a todo aquel que ose a cuestionar su postura. El ciudadano crítico, por el contrario, siempre otorgará el derecho a réplica—no sólo cuando le conviene, sino siempre—y está dispuesto a contestar a los argumentos que se le presenten. El ciudadano crítico cree en las garantías judiciales mientras que el vecino criticón promoverá castigos y boicots ya que piensa que todo empieza y termina en sus antipatías; querrá que su grupo tenga el poder para poder imponer sus caprichos. Por el contrario, el ciudadano crítico entenderá y defenderá su pertenencia a una comunidad regulada por leyes y garantías.

Este es el contexto en el que aparecen las empresas y partidos políticos como vendedores de un producto que cederá a lo que pidan sus consumidores y simpatizantes. Hay un gran trecho entre la impunidad y la investigación interesada que tiene como único objeto evitar una crisis de imagen; como en el caso de la impunidad, el castigo a corto plazo también quiere apaciguar a la opinión pública sin valorar la justicia del resultado. Debemos separar crítica de consecuencias: las consecuencias deben llegar sólo tras procesos en los que se hayan cumplido todas las garantías. No podemos sentirnos libres si convertimos nuestras sociedades en trituradoras de carreras y prestigios personales; el linchamiento es una forma de actuar y puede existir independientemente de que el linchado sea o no culpable del acto por el que se le acusa. Al ciudadano crítico le horrorizan estos linchamientos tanto como la impunidad de los poderosos—hasta el punto que se ve constantemente defendiendo a personajes de ideologías que considera deleznables cuando lo que realmente defiende es su libertad de expresión—, mientras que el vecino criticón confunde la justicia con el castigo hasta el punto de llamar hacer justicia a castigar.

El ciudadano crítico intenta comprender las miserias ajenas y no las utiliza para taparse los ojos ante las grandezas del prójimo, mientras el vecino criticón se obsesiona con estas debilidades y su posible castigo para justificar las propias. El ciudadano crítico siente la necesidad de vivir en una sociedad justa, al menos como aspiración, mientras que el vecino criticón no ve más allá del caso a caso y destruye la posibilidad de ese concepto crítica a crítica. El ciudadano crítico trata de cambiar leyes que considera injustas e incluso cuando las incumple lo hace siguiendo razonamientos como la desobediencia civil, mientras que el vecino criticón suele escudarse en la fortaleza del grupo con el que comparte odios para pasar la apisonadora de unas ideas cuya legitimidad dependerá de que pueda o no imponerlas.

Tal vez lo de ser ciudadanos críticos fuera una quimera, pero cuando aspirábamos a serlo se lograron avances que convendría cuidar. No caigamos en la sociedad de los vecinos criticones. Argumentemos contra lo que nos indigna, por mucho que tras hacerlo nos encontremos con una nueva tarea: escuchar los argumentos de la otra parte. Sí, sorpresa, la otra parte tiene argumentos y, por muy horribles que nos parezcan, no podremos rebatirlos si primero no los escuchamos. Nadie dijo que ser un ciudadano crítico sea fácil, pero ya sabemos por experiencia que ser los vecinos criticones en los que nos estamos convirtiendo es agotador.

Weekly Fake News

Al contrario que la mentira, la ficción no es falsa sino una escenificación de la realidad con sólo la esencia, quitando todos los factores subjetivos que pueden distraer a la hora de examinar una determinada historia. Por eso, dirán los religiosos, la Biblia puede ser real sin ser literalmente cierta; del mismo modo que los literatos mantendrán que la ficción es más cierta que la pesada y monótona verdad cuya realidad dependerá de quien la juzgue. La verdad tiene muchos apellidos y dista de ser un concepto absoluto. Las llamadas Fake News que influyeron en el resultado de las últimas elecciones estadounidenses, apelan no tanto a lo que es objetivamente cierto (o aspira a la mayor objetividad posible dentro de la subjetividad inherente a cualquier información), como a lo que un grupo quiere que sea cierto. Es lo contrario de la ficción, en la que se elimina la subjetividad: en las Fake News se aumenta la importancia de lo subjetivo ya que lo importante pasa a ser lo que un grupo de votantes quiere que sea cierto. Desear que algo sea cierto hace que en cierto modo lo sea y lo importante ya no es el hecho en sí, sino lo que lo ha hecho creíble para un grupo de personas.

Las Fake News suelen ser intoxicaciones ocultas en la gran cantidad de información y suelen pasar relativamente inadvertidas más allá del grupo que las utilizan para reforzar lo que ya creen. Una tragicómica excepción—afortunadanente no hubo heridos—, a esta oscuridad fue el caso del Pizzagate, una teoría conspiranoica que mantenía que los correos electrónicos de John Podesta, jefe de la campaña de Hillary Clinton, contenían mensajes cifrados sobre una red de tráfico de seres humanos que se estaba llevando a cabo en una red de restaurantes estadounidenses, entre ellos la pizzería Comet Ping Pong. Estas intoxicaciones resultaron en una campaña de asedio a dicho restaurante que tuvo su apogeo en un ataque armado en el que un trastornado pretendió rescatar a los niños supuestamente retenidos en la trastienda.

Lo relevante de este caso no es tanto la falsedad de la noticia, como que un grupo de personas pudiera creer que era cierta. El recorrido de estas noticias pasando por foros, hilos de comentarios, referencias a que tal medio ha dicho ésto o lo otro, periódicos extranjeros que hacen referencia a bulos surgidos en el imperio americano con sorna pero con una apariencia de seriedad en la información (especialmente para quien las lee sin tener ni idea del idioma en el que están escritas); éstas y otras muchas herramientas son una cadena de legitimación formal en que las noticias, aunque sigan sin ciertas, vienen en el mismo envoltorio que las que han pasado por la criba del rigor periodístico, de modo que si un grupo quiere creer que algo es cierto, tendrá un producto para satisfacer sus necesidades de consumo.

Y este deseo, a diferencia de la noticia, es cierto y lo que hace a las Fake News indemnes a la desarticulación. Tal vez una determinada noticia no sea del todo cierta, aceptarán a regañadientes los defensores de la misma, pero sin embargo hay otras que apuntan a direcciones parecidas. Habrá mil nuevas noticias para sustituir a la desmentida, tejiéndose una red de noticias en las que la verosimilitud va saltando de una a otra y cuyo único nexo cierto, aquel que las hace indemnes a la ruptura de la red, es el deseo de los lectores de que sean ciertas. Las noticias falsas necesitan un rival y la moral necesita del vicio: querer que algo no suceda ya es medio camino para creer que pueda suceder.

Este deseo no tiene como fin el entretenimiento. No es como aquel Weekly World News y su famoso niño murciélago, el alienígena adoptado por Hillary Clinton o el simio afeitado que convive por la pareja de hecho formada por Saddam Hussein y Osama Bin Laden; no es como el wrestling en el que los aficionados presencian luchas guionizadas bajo la apariencia de verosimilitud; casos en los que los consumidores de estos productos quieren creer que algo es cierto durante el tiempo en el que son entretenidos y en los que se da la suspensión de la realidad propia de cualquier producto de ficción. La noticia de que Hillary Clinton dirige a una red de tráfico de personas desde la cocina de sus restaurantes favorito, por ejemplo, podría haber aparecido en portada del Weekly World News y, estando a la vista en la cola del supermercado o de la farmacia 24 horas, no haber llamado la atención ni haber producido el menor efecto político.

La diferencia es que los consumidores de las Fake News ya no buscan entretenimiento, sino información y que la diferencia entre ambas cada vez es más difusa para una audiencia que ni sabe ni quiere apreciar tal diferencia y que calificará la apelación al rigor periodístico como de elitismo intelectual. Las Fake News son, ante todo, una herramienta populista. Y como toda herramienta populista se propaga con mayor velocidad en grupos entrenados para creer. La fe es un entrenamiento óptimo para ser presa de la intoxicación informativa. Hay que dejar claro que la fe no es patrimonio exclusivo de la religión; cuando el activismo abandona la autoexigencia se convierte en una religión sin dios que hace a grupos de las más diversas ideologías presas fáciles de dichas intoxicaciones informativas. Estamos viendo que la derecha ideológica estadounidense no es que sea diferente, sino que ha aparecido antes y que ahora andan el mismo camino la derecha xenófoba italiana, el nacionalismo excluyente húngaro y polaco, el cuñadismo español, el independentismo de izquierda derecha centro catalán, la censura buenista siempre al borde de la indignación; grupo tras grupo se parapeta en realidades en las que todo es visto a través de su necesidad de creer y, a diferencia de otros tiempos, hay la posibilidad de crear un submundo del que retroalimentarse de los propios prejuicios reciclándolos hasta el extremo, hasta que un día ese prejuicio ya ha perdido todo su elemento de juicio. Comenzamos leyendo un libro, lo convertimos en papel de cocina, servilleta y papel higiénico. Y así es como el prejuicio se convierte en una gran postmierda y postjuicio.

En otros tiempos las narrativas de las sociedades estaban en manos de un puñado de periodistas, estudiosos y expertos sobre un determinado tema. Aumentar el número de voces y la inmediatez con la que opinamos sobre temas de los que minutos antes no teníamos ni idea abre el campo a muchas voces y puntos de vista, acabando con el academicismo que también es su propia forma de distorsión, pero a cambio aumenta la subjetividad. La rapidez con la que opinamos sobre los temas hace que en realidad sean los temas los que opinan sobre nosotros: el tema es elegido para servir de vehículo para una opinión que ya teníamos. Para saber de un tema no escuches la opinión, sino escucha al tema para saber que opinión ya se tenía.

La verdad no tiene porque ser objetiva, como no tiene porque serlo la ciencia. Todo lo humano es por definición subjetivo ya que somos cada uno de nosotros los que damos nuestra propia explicación al universo. Por eso creamos disciplinas, para que tengan unas reglas por las que regirse y en la que la objetividad sea algo a lo que aspirar. Las ciencias aún mantienen la independencia gracias a la importancia que seguimos dando a lo que llamaríamos científicos serios; diferentes de los curanderos y tierraplanistas, por ejemplo, que difunden su cháchara por internet; por un lado la dificultad de los temas científicos y por el otro la existencia de academias y autoridades sanitarias hacen que, de momento, las opiniones se organicen al estilo de como históricamente han convivido la astrología y la astronomía: algún símbolo común, pero esferas de influencia completamente distintas.

Pero la fe no es una ciencia y, desligada de la religión, ni siquiera tiene porqué tener límites. Casi cualquier cosa puede ser defendida si el único requisito es querer creer. Cada uno de nosotros hemos creado un universo de Fake News en el que pedimos ser informados no tanto del estado del mundo, sino del estado de nuestros prejuicios: un mundo a la carta que se retroalimenta de nuestros anhelos de creer. De modo que ya no es tan importante que mundo dejamos entrar en casa a través de nuestros teléfonos y ordenadores, sino que casa intelectual hemos preparado para ese mundo. Las Fake News, como no podía ser de otra forma, somos nosotros.

 

Un cambio

Arbitro PP 18 6jun

 

Estimado votante, recuerda como te sentiste en aquella maravillosa mañana o tarde en la que, votando lo de siempre, te pudiste consolar pensando que las cosas no estarían tan mal si no querías que cambiara nada. La lógica era la siguiente: los que estaban tenían sus defectos pero la virtud de no ser los que venían. En los momentos de crisis, cuando todo el organismo nos empuja hacia la supervivencia y el optimismo no tiene lugar, tiene su perversa lógica apostar por la continuidad: que las cosas vayan mal es a veces el mejor recordatorio de que pueden ir peor. España tenía la gran virtud de no ser Venezuela, lo cual según todos los indicadores económicos y cósmicos no se podía calificar de éxito menor. Habías decidido no sólo que no estaba en tu poder mejorar las cosas, sino que el que dijera que estaba en el suyo estaba mintiendo y que por tanto no merecía tu voto. En un mundo utopías tu tenías la tuya: el virgencitaquemequedecomoestabismo: en tu mano estaba que todo continuara igual. O eso te parecía.

Lo que tal vez no comprendías, ni tú ni todos los demás que como sociedad votamos por el mal menor, es hasta que punto la defensa de la corrupción nos iba a llevar a callejones sin salida. El mal nunca es menor porque, por definición, tiene ramificaciones imprevisibles e incontrolables–un mal previsible y contenido es más bien una molestia, no un verdadero mal. No sabíamos hasta que punto nuestros gobernantes estaban acorralados personal y judicialmente y buscarían cualquier camino de salida sin importar lo que se llevaran por delante. Se han llevado la libertad de expresión, por ejemplo, que será un pilar de las sociedades democráticas pero que el gobierno ha convertido en un vulgar tabique bajo la excusa de que era utilizada para criticar las instituciones del estado.

Este gobierno que votamos para que todo siguiera igual legisló para intimidar, no tanto a figuras públicas—que no habrán perdido mucho sueño por las denuncias contra sus chistes—, sino a los millones que tomábamos nota de como una tuitera desconocida se pasaba años en los tribunales defendiendo chistes que hace veinte años que ya eran viejos. Ir de abogados por defender una carrera como comunicador vale la pena, pero hacerlo por un par de tuits es un precio muy alto. Que fuera absuelta por el Tribunal Supremo es lo de menos, el virus de la autocensura ya estaba inoculado. El objetivo de la ley era la opinión pública más que la opinión publicada aprovechando que las redes sociales son un híbrido entre ambos conceptos. Son expresiones personales que se pueden tratar como opiniones publicadas; pensamientos en voz alta que se pueden interpretar como proselitismo de una idea. El objetivo fuimos todos.

Ahora sabemos lo acorralados que estaban, los problemas judiciales que han tenido incluso estando en el poder y que previsiblemente aumentarán al dejar de estarlo, si es que dejan de estarlo: el poder se gana y pierde como una cebolla, capa a capa. Y en ésto, curiosamente, nos hemos empezado a parecer a la tan denostada Venezuela, ese ejemplo negativo que nos movilizó de forma tan efectiva. Como Maduro, Rajoy y su partido se agarraron al poder para no disminuir su capacidad de defensa y dejarlo en manos de rivales que verían de este modo incrementada su capacidad de ataque. De ahí su pavor por algunos partidos nuevos que no tienen, dicen, sentido de estado. En esta acepción el sentido de estado es un eufemismo para describir a aquellos partidos que, habiendo estado en el gobierno, tienen sus propios casos de corrupción y razones para no ensañarse en la investigación contra un poder que, por definición, entenderán como un carril de ida y vuelta.

La corrupción no sólo ha hecho que perdamos hospitales y colegios, investigadores y ahorros…: también ha marcado la pauta en la reacción al independentismo catalán. Todo lo que no fuera hablar de corrupción le daba al gobierno un minuto de tranquilidad y control, de sentir que todo volvía a depender de ellos. Cataluña dio al PP la oportunidad de volverse a aceptar: ya no eran el partido corrupto de los últimos tiempos sino el que iba a salvar a España. Una sensación de control del gobierno que era inversamente proporcional a la de gran parte de los ciudadanos a los que gobernaban, a quienes les parecía que los sucesos de Cataluña habían adquirido una vida independiente de sus opiniones y votos.

La corrupción del PP y la de la antigua Convergencia nos trajo dos bandos que han abrazado con entusiasmo sus respectivas causas nacionalistas retroalimentándose de la forma perversa de los círculos viciosos. En la oscuridad judicial de los corruptos, sus respectivos nacionalismos han sido una ventana de luz; en una vejez decrépita sin ideales, un espejo en el que volverse a sentir jóvenes La lectura política era correcta: años de corrupción adelgazaron las perspectivas electorales del PP, pero sólo la aparición de otra opción españolista como Ciudadanos ha hecho que se desinflen completamente. Lo mismo podría decirse del PDeCAT que gana y pierde votos en clave nacionalista pero ha podido dejar atrás el pasado corrupto de Covergencia.

Así que el que todo siga igual nos estaba dejando un país bastante cambiado. Vivíamos con una libertad de expresión comprometida y a un paso de que a los exiliados/fugados, independientemente de su calidad literaria, lírica o su honestidad política, se les comenzara a llamar disidentes; con la región más próspera de España en una caída en barrena en la que los políticos de ambos lados parecían consolarse pensando que estaban cogiendo velocidad y con unas instituciones judiciales, tan utilizadas contra el independentismo, ignoradas por el gobierno cuando dictaron sentencia en el caso de la trama Gürthel. Habíamos dado la vuelta como un calcetín a la famosa frase de Lampedusa ya que, en el caso de España, todo debía continuar igual para que algo siguiera cambiando.

Y por ahí apareció Pedro Sánchez. El héroe accidental de tantas novelas. E hizo, si no lo único que se podía hacer, lo único que él podía hacer. Otros tenían más opciones. El partido que lidera las encuestas, Ciudadanos, podía apuntarse a la estrategia del continuismo que en su caso era dejar que Rajoy se cociera en su corrupta salsa. Sumido en la irrelevancia política que iba camino de agrandarse en unas próximas elecciones, Pedro Sánchez sólo tenía una opción: hacer caer al gobierno corrupto. Mientras Rivera esperaba y preparaba pacientemente las condiciones para el partido perfecto, Sánchez se había visto demasiadas veces, no ya en el banquillo, sino incluso en la grada enviado por el aparato de su partido. ¿Va a pensar en todo lo que tiene en contra? ¿En la continuidad del futuro? ¿En si el año que viene va a firmar una renovación por cuatro años? Está en el banquillo y han dicho su número. Va a jugar. Así son los cambios.

 

 

Imagen del artículo editada a partir de esta imagen original: https://www.kienyke.com/deportes/futbol/la-uefa-autoriza-el-cuarto-cambio-en-partidos-con-prorroga

Mi nombre es mi nombre en la red

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En una célebre escena de The Wire, el personaje de Marlon Stanfield, líder de una de las facciones más sangrientas de la ciudad de Baltimore, se enfada con sus subordinados por no haberle informado de que su nombre estaba siendo difamado en las calles. “Mi nombre es mi nombre…” grita con expresión desencajada el cruel Stanfield. Los esbirros tenían sus razones: para que molestar al gran jefe con las tonterías de los charlatanes, no se puede contestar a todo. Pero Marlon es consciente de que, en la poco sofisticada y esencial sociedad de las calles, debe defender su nombre; el simple rumor de que había dejado pasar una ofensa sin castigo podría terminar con el reverencial temor hacia su persona. Lo importante no era tanto la verdad como las narrativas paralelas que sus enemigos podrían utilizar para atacarle y siendo estas narrativas y reacciones ciertas lo de menos sería que lo que las originó no lo fuera. El derecho al prestigio en las calles no es aristocrático, sino que se renueva y defiende a diario.

Las redes sociales, tan distintas aparentemente a los barrios marginales de la ciudad de Baltimore de The Wire, siguen razonamientos similares. Ya no es tan importante la falsedad que origina una noticia, sino las reacciones verdaderas que ésta origina. Saber lo que moviliza a una persona o grupo de personas es mucho más importante que la veracidad del origen de esas movilizaciones. La noticia puede ser falsa (o inexacta y explicada sin contexto), pero la indignación, consumo y voto serán reales. Y siendo ajenos a la noticia falsa del origen serán inmunes a las garantías judiciales de los tribunales, que tal vez se acaben aplicando de forma descafeinada y tardía a la mentira que originó el proceso. Lo podríamos comparar a la confesión de un sospechoso el día de su detención: lo importante no es tanto la confesión de la que podrá retractarse y por tanto eliminar del proceso judicial, sino el número de pruebas que podrán ser descubiertas tirando del hilo de esa confesión.

Ambos procesos—el judicial y el de la opinión—pueden llegar a ser igual de implacables. Con la diferencia de que las pruebas obtenidas por el primero estarán controladas por garantías judiciales, mientras que el segundo será por definición todo lo contrario: buscará reacciones y consumo en las redes sociales. Será un ostracismo sin fecha de caducidad, revisión o proceso previo y en el que los esfuerzos del culpable (aquí no cabe la palabra presunto) por elegir su castigo serán juzgados de forma caprichosa. Hemos visto, por ejemplo, como estrellas de Hollywood se han aplicado la penitencia y exilio clásico que tan efectivo fue en otros tiempos: la clínica de desintoxicación. Castigos autoimpuestos en busca de la absolución social del olvido protegidos de la cascada de noticias diarias en el aislamiento propio de un tratamiento de desintoxicación. Para la defensa judicial están preparados con un ejército de abogados: es la lucha por el prestigio la que están perdiendo los hasta ahora efectivos relaciones públicas especializados en damage control y que ahora parecen un grupo de marineros despistados cubriendo con plastilina las vías de agua de un barco que se hunde. Recuperar el control de la narración parece imposible cuando las voces que contribuyen se cuentan por millones. De momento a lo máximo que pueden aspirar es a no hablar para no ser replicados, pedir perdón por su forma de comportarse sin admitir delitos penales; no negar los hechos o el dolor de las víctimas para no obligarles a probar sus acusaciones con nuevos datos y retirarse a esperar que la opinión social se distraiga con otro tema y no necesariamente perdone pero permita retomar una cierta normalidad si no profesional al menos personal.
De momento a lo máximo que pueden aspirar es a no hablar para no ser replicados, pedir perdón por su forma de comportarse sin admitir delitos penales; no negar los hechos o el dolor de las víctimas para no obligarles a probar sus acusaciones con nuevos datos y retirarse a esperar que la opinión social se distraiga con otro tema y no necesariamente perdone pero permita retomar una cierta normalidad si no profesional al menos personal.

Otro elemento a tener en cuenta es la ejecución de la sentencia. No vendrá por parte de tribunales, sino de empresas y marcas que dejarán de colaborar con el declarado culpable. El desprestigio viral es uno de los mayores temores de las empresas modernas, una fuerza imparable que, como si de un fenómeno atmosférico se tratase, no hay que oponer o domesticar, sino evitar en lo posible cesando la colaboración con el culpable. Una campaña viral puede hacer que la empresa se desplome en bolsa; no importa que luego se recupere, o que esa pérdida no sea tan grande a nivel global, ni siquiera que se esté renunciando a la colaboración con un activo de la empresa que fue importante en otro momento: la pasividad es castigada. Las empresas piden la reacción del consumo y el consumidor pide lo propio a la empresa, así que ningún gestor responsable ante sus accionistas puede esperar sin hacer nada mientras pasa la tormenta. De hacerlo, la empresa tal vez sobreviva a largo plazo, pero el gestor seguro que no.Las empresas piden la reacción del consumo y el consumidor pide lo propio a la empresa, así que ningún gestor responsable ante sus accionistas puede esperar sin hacer nada mientras pasa la tormenta. De hacerlo, la empresa tal vez sobreviva a largo plazo, pero el gestor seguro que no.Las empresas piden la reacción del consumo y el consumidor pide lo propio a la empresa, así que ningún gestor responsable ante sus accionistas puede esperar sin hacer nada mientras pasa la tormenta. De hacerlo, la empresa tal vez sobreviva a largo plazo, pero el gestor seguro que no.

Las garantías judiciales no son sinónimo de justicia; hemos visto en numerosas ocasiones como los políticos tienen mil formas de proteger en las urnas y con leyes lo que la empresa no puede en lo relativo al mucho más directo sufragio del consumo. El gobierno del PP, por ejemplo, lleva años escudándose en la acción judicial para no investigar sus escándalos de corrupción, siendo las garantías judiciales en demasiadas ocasiones garantía de pasividad y de impunidad al aprobar los propios políticos protecciones superiores al resto de ciudadanos y controlar los nombramientos judiciales. Esta falta de integridad judicial hace que los ciudadanos busquemos esa justicia por otros medios, algo de lo que el gobierno de España es consciente al patrullar de manera obsesiva las redes sociales en busca de sentencias que fomenten el autocontrol y autocensura. El gobierno del PP, por ejemplo, lleva años escudándose en la acción judicial para no investigar sus escándalos de corrupción, siendo las garantías judiciales en demasiadas ocasiones garantía de pasividad y de impunidad al aprobar los propios políticos protecciones superiores al resto de ciudadanos y controlar los nombramientos judiciales. Esta falta de integridad judicial hace que los ciudadanos busquemos esa justicia por otros medios, algo de lo que el gobierno de España es consciente al patrullar de manera obsesiva las redes sociales en busca de sentencias que fomenten el autocontrol y autocensura.

Aunque es comprensible que se instaure una justicia paralela de la opinión y consumo más a medida del ciudadano, hay que ser conscientes del cambio que esto supone. Las redes sociales priman la reacción inmediata a las noticias, una participación que apela a las partes más extremas de la sociedad e incluso de nuestras propias opiniones. No reaccionamos de la misma forma ante lo justo, como ante lo que nos parece injusto; las marcas no quieren que seamos consumidores pasivos y devaluando el precio de la cultura hemos elegido un modelo de gratuidad que prima la venta de espacios publicitarios de modo que sólo los medios de pago escapan de la tiranía de los clicks y pueden permitirse un análisis independiente. En el caso de Cataluña, por ejemplo, no importa que la práctica totalidad de la sociedad española y catalana crea que el resultado es catastrófico; el refuerzo de las partes más extremas de nuestras propias opiniones, las que atacan al rival más que defender una línea propia, ha creado una narrativa de la que parece imposible escapar. Los vídeos propagándisticos de ambos lados no son falsos, lo que no significa que sean ciertos y privada de contexto y réplica la crítica pierde su valor y se convierte en panfletismo.

Tal vez las redes sociales deban imitar a Santo Tomás, quien exponía como si fueran propias las opiniones contrarias antes de rebatirlas con su argumento; tal vez debieran ofrecer un artículo que expresara de forma legítima la opinión contraria antes de sugerir un artículo basado en nuestros intereses e ideología. De lo contrario, como cronistas de la sociedad que son, como espejo de nuestros pensamientos, corren el peligro de reflejar nuestras frustraciones sobre nuestras aspiraciones; lo que odiamos por encima de lo que queremos; a evitar la reflexión de lo que nos gusta y sustituirla por la reacción a lo que odiamos.

 

 

 

 

Lebron el Mourinhista

Empecemos diciendo que cualquier crítica a Lebron James serán matices sobre su grandeza. Lebron es el mejor jugador de la NBA desde Jordan—sólo en los casos de Kobe y sobre todo de Duncan habría debate—y sus errores dentro y fuera de la cancha, teniendo en cuenta la atención mediática a la que está expuesto desde que era un adolescente, son prácticamente inexistentes. Se podría incluir en esta categoría aquella DECISIÓN, cuando decidió llevarse sus “talentos a South Beach” y no renovar con los Cavaliers, equipo a una hora escasa en coche de su ciudad natal de Akron y dónde era reverenciado como un mesías. Pero incluso aquella infamia ha agrandado su fama contribuyendo viralmente al imaginario colectivo humanizando al gran dominador de la NBA de las últimas décadas y preparando la historia del retorno del hijo pródigo que llevaría el primer título deportivo profesional de la ciudad de Cleveland desde 1964 cuando los Browns ganaron la NFL.

Lebron es el rey y como tal se comporta. Y al estilo de las estrellas del hip hop, también es hacedor de reyes. La generación de Lebron y raperos como Jay Z o Sean Combs ha aspirado a más que dinero: al poder. Lebron se ha rodeado desde el principio de su carrera de un fiel grupo, entre los que se encuentran amigos de infancia y a los que ha proporcionado posibilidades educativas y formativas de acuerdo a los cargos que iban a ocupar, creando junto a éstos una importante agencia de representación de jugadores, Klutch, con la que por incompatibilidades no puede estar directamente conectado pero en la que es innegable su influencia. General Manager Lebron ha dirigido además las políticas de fichajes de sus equipos con contratos cortos que le permiten abandonar el equipo a poco que no se cumplan sus altas expectativas. Los reyes no gobiernan directamente; se reservan la posibilidad de sancionar si no se alcanza el nivel deseado. Y Lebron ha creado múltiples herramientas para hacerlo que emanan de su talento y competitividad en la cancha.

La estrategia utilizada en sus dos cambios de equipo es tan brillante a corto plazo como cuestionable en el largo. Además de él, una estrella cambia de equipo—Chris Bosh en Miami y Kevin Love en Cleveland—uniéndose a una que ya está en el equipo de destino—Dwayne Wade y Kyrie Irving respectivamente—; tres grandes jugadores por equipo que ejercerán una presión brutal sobre el tope salarial de modo que el resto de plazas del equipo sólo podrán completarse con dos tipos de jugadores: jóvenes con contratos manejables o veteranos que reduzcan sus salarios por la oportunidad de formar parte de la experiencia baloncestística de sus vidas. A largo plazo la primera opción sería la más interesante, pero ya sabemos que Lebron siempre apostará por la segunda; jugadores como Ray Allen, James Jones, Mike Miller, Channing Frye, Kyle Korver, Jr Reid o Richard Jefferson han empleado sus últimos minutos de calidad en una causa ganadora junto a Lebron y han sido recompensados con contratos mínimos que serían equilibrados cuando el tope salarial lo permitiera con algún año de regalo. Todo ésto combinado con algún currante en plenitud tipo Udonis Haslem en Miami o Tristan Thompson en los Cavaliers y tenemos una estrategia de indiscutible éxito: ocho finales del este consecutivas en dos equipos diferentes con tres títulos.

La estrategia de Lebron recuerda a la de Mourinho: llevar al límite a todos los miembros del equipo y exigirles al máximo predicando con el ejemplo. Una actitud cortoplacista que necesita de jugadores experimentados que acepten que no se debe defraudar al rey y que choca con la formación de jugadores que tenderán a equivocarse en su crecimiento y que de ser empujados en exceso pueden llegar a desmoralizarse y perder la confianza. Popovich y los Spurs, por ejemplo, son el caso contrario; jugadores como Parker, Ginobili o Leonard fueron introducidos lentamente al estrellato, mientras que Mourinho preferirá antes a Adebayor o Essien a poco que tengan pulsaciones y se puedan atar las botas antes de apostar por un jugador joven con un techo de rendimiento más alto, pero también un suelo más bajo.

No es extraño que ambos sean grandes ganadores inmediatos por intensidad, pero que no sean grandes desarrolladores de talento. Lebron fue capaz de convertir en campeones en una temporada a uno de los peores equipos de la NBA, aquellos Cavaliers de Kyrie Irving y Mou llevo al Real Madrid a cuatro semifinales seguidas de la Champions tras casi una década sin pasar de cuartos de final. Una terapia de choque que necesita gente experta porque Lebron no tiene tiempo que perder esperando al desarrollo de jugadores jóvenes. La plentitud del rey es demasiado valiosa. Mejor Kevin Love hoy que aquel Andrew Wiggins que cuando llegó a la NBA parecía una reencarnación de Scottie Pippen; una comparación que parece equivocada, pero es posible que la evolución de Wiggins hubiera sido muy distina de haber tenido junto a él a Lebron en vez de recalar en unos pésimos Timberwolves sin orden ofensivo ni disciplina defensiva.

Al final del camino no queda un panorama muy halagüeño para sus equipos. Sólo la gran habilidad como GM de Riley ha logrado evitar la catástrofe en Miami tras la salida de Lebron (hasta el punto de que no se descarta un retorno a South Beach del rey); una transición que podría haber sido incluso más suave de no haber sido por la prematura retirada de Chris Bosh. Pero ha sido tanta la tensión a la que ha sometido a los Cavaliers que la segunda estrella del equipo y jugón total en los momentos calientes Kyrie Irving se hartó de la presión y se fue a un equipo en el que disfrutar de un baloncesto coral en el que no todo orbitara alrededor del astro Lebron. No es fácil vivir cerca del rey; los Celtics llevan seis meses de mediocridad desarrollando talentos jóvenes sin que pase gran cosa mientras que diez malos partidos en Cleveland llevaron a cambiar a medio equipo. Tal vez un día Irving se dé cuenta de que sus mejores minutos los jugó bajo la mirada exigente de Lebron, aunque lo que ya es seguro es que esta estrategia les ha costado a los Cavaliers uno de los mejores talentos de su generación.

Lebron vive para un aquí y ahora extremo en el que la formación de jugadores equivale a tolerar sus errores a costa de desperdiciar minutos de su propia plenitud. Un equipo con Lebron siempre es candidato al título, ganar el título demanda perfección y ésta es incompatible con la forma en la que se mejora tanto en el baloncesto como en cualquier otra actividad de la vida: cometiendo errores. Ésta es la difícil ecuación que marcará la carrera de Lebron y que despeja lo mucho que ha conseguido y lo poco que le queda por conseguir. Ha conseguido tanto que los matices necesitan de nombres como el de Bill Russell y sus 11 títulos en 13 temporadas; o los de Bird, Magic y Kareem en una década de Celtics-Lakers en la que sólo el gran rival fue capaz de derrotarles, mientras que Lebron ha perdido contra Spurs, Mavericks y Golden State; o, sobre todo, el de Jordan, con sus seis títulos en seis finales sin necesitar de un séptimo partido en ninguna de ellas.

Trump el bárbaro

No son bárbaros los que no tienen cultura sino los que la desprecian.  Los que hacen una cultura de despreciar la cultura; de menospreciar los matices y contextos que la cultura aporta a la acción y se limitan a ensalzar la capacidad de actuar.  Su sistema de valores está basado en un perverso juego de acción y reacción: porque pueden lo hacen y lo hacen porque pueden.
Ser un bárbaro no tiene nada que ver con los privilegios.  El nuevo presidente de Estados Unidos los ha tenido todos: blanco e hijo de un magnate inmobiliario, ha podido desperdiciar mil oportunidades y aprovechar la de hacer dinero.  Por el contrario, los antiguos inquilinos de la Casa Blanca, ambos afroamericanos y Michelle Obama tataranieta de esclavos, debían ser cultos si querían triunfar en la sociedad estadounidense.  Es una forma de racismo que un persona blanca pueda triunfar con los modales de Trump y una persona negra deba tener los de los Obama para hacer lo propio.
Las imágenes de la diferencia entre la llegada a la Casa Blanca de un presidente y otro, con Obama esperando respetuosamente a su esposa para subir junto a ella la escalera mientras que Trump la subía sin acordarse de la nueva primera dama y casi subiendo de dos en dos escalones como si fuera Rocky en las escaleras del Spectrum, son reveladoras del cambio de ciclo.  Del lector y escritor Barack, al teleadicto twittero Donald.  De Obama se ha comentado su lista de lectura en sus ochos años como presidente y su gran afición por una escritura que ejercerá en su vuelta a la vida civil, mientras que Trump declaró su gusto por unos libros que dice no tener tiempo para leer (así que está de acuerdo con la invención de los libros, pero no parece sentir gran inclinación por utilizarlos) y una y otra vez demuestra, en contra del consejo de sus asesores, su incapacidad para pasar sus pensamientos por el tamiz de la reflexión antes de otra cucharada de 140 caracteres de odio.
Trump no debía ganar.  Su amigo y personalidad de la radio americana Howard Stern contaba esta semana que Trump se había presentado a la elección como una estrategia de negociación con la NBC, cadena en la que presentaba un reality show.  Su victoria demuestra que muchas cosas fallan en una américa civilizada que ha perdido el contacto con esos Estados Unidos a los que llaman fly over country de forma despectiva para indicar a las inmensidades que unen a las cultas y urbanas costas; una América civilizada que tras enfrentarse al Tea Party ahora descubre que éste movimiento no era más que el aperitivo del plato principal que significará Trump.
Ahora ya sabemos que los bárbaros han llegado: si dejamos de meter las injusticias bajo la alfombra de la civilización tal vez no sea para quedarse.

Sé libre…¡cállate!

Hay miles de ocasiones en las que la censura puede parecer justificada.  La tendencia del ser humano a decir idioteces es reconocida en todo el universo y seguramente reproducida con admiración en múltiples universos paralelos.  ¿Qué necesidad hay de permitir la libre expresión para ofender a las víctimas del terrorismo o para criticar las instituciones que salvaguardan nuestras libertades?  Pero toda censura, por bienintencionada que sea—y casi nunca lo es–, puede llevar a lugares extraños.  Con el delito de apología del terrorismo pasamos de castigar el terrorismo –la colaboración física en un acto de terrorismo o intelectual cuando se es parte de una jerarquía terrorista–a poder potencialmente castigar a cualquiera que defienda con su opinión una causa que alguien defienda con medios terroristas o que hiera las sensibilidades de víctimas de actos terroristas.  Las sensibilidades, peligroso y resbaladizo territorio legal para la imparcialidad que se le supone a la justicia.  Ofenderse es legítimo, la pregunta es si queremos que sean los jueces y los tribunales los que diriman estas ofensas con penas de cárcel y multas.

Y aún no hemos mencionado a  la politizada justicia española.  Política fue la decisión de utilizar la apología del terrorismo como una forma de perseguir a participantes de terrorismo que lograban ocultar dicha participación bajo el escudo de las instituciones.  Fue un atajo que, como todo atajo, tiene la ventaja de llevarnos a algún sitio, aunque tal vez no al que deseábamos: a una sociedad en la que la libertad de expresión se utiliza como arma arrojadiza y donde las sensibilidades, a menudo moldeadas por ideologías políticas, impiden la libertad de expresión de los ciudadanos utilizando una herramienta tan poderosa como los tribunales.
Un ejemplo sería la sentencia condenatoria del cantante de Def con dos, César Strawberry, en la que el voto particular es revelador; el magistrado Perfecto Andrés Ibáñez es partidario de la absolución del cantante, al entender que los tuits “no pasan de ser meros exabruptos sin mayor recorrido…que carecen de la menor posibilidad de conexión práctica con acciones terroristas.”  Según este razonamiento no habría delito de no haber conexiones prácticas, en cuyo caso sería delito de terrorismo y no, como en este caso, una opinión personal.  Aún así, el Tribunal Supremo condenó al cantante a un año de cárcel por un delito de enaltecimiento del terrorismo.
El debate sobre los límites del humor es interesante para horas de ocio junto a la chimenea, en el bar o en las tribunas, pero no para tratarlo entre sentencias y demandas. La falta de gracia o estilo de los chistes es lo de menos.  Los derechos no necesitan tener buen gusto: son derechos.  No ejercemos el voto con estilo o gracia: lo ejercemos.  El derecho a opinar no es interesante o deleznable; en todo caso lo serán las opiniones.  En España la libertad ya no termina dónde comienza la del prójimo, sino dónde lo haga la sensibilidad de tribunales politizados.  Como toda dictadura, la de la opinión también quiere crear legalismos para convencerse de que no esta imponiendo su voluntad en base a la ley y no, como cada vez más es el caso, del capricho legalizado.

Donald Trump, lider del mundo libre…

El poder le calmará, la política es el arte de lo posible,” decimos desde la confianza en el sistema para convencernos de que los compromisos del poder mantendrán bajo control—o cuanto menos atenuarán—los extremismos de los gobernantes que nos asustan; ignorando que en numerosas ocasiones no hay compromiso más intenso que esos mismos extremismos que han llevado al dirigente pesadilla al poder. Desde nuestra perspectiva el poder es el fin y le presumimos efectos saciantes, mientras que desde la del que lo ha logrado es una reafirmación de su valía personal y el buen aperitivo que todo buen narcisista necesita para empezar el festín al que se cree legitimado. El poder no es su valía, sino que es él quien le da valía al poder; no es un calmante, sino un excitante. Desde la confianza en el sistema nos gusta pensar que el poder es un corsé, cuando en realidad, para mucho de estos personajes que llegan a golpe de ego al mismo es la oportunidad de, por fin, poder quitarse otros muchos corsés.

¿Triunfará la república americana sobre la fenomenal amenaza de Trump? Años de adoctrinamiento de películas y series nos indican que sí; lo harán sus instituciones, incluso su presidente saliente parece tranquilizarnos, dejando la escena con elegancia y diciéndonos que no temamos al futuro. Una denuncia de un activista valiente aquí y una decisión histórica del Tribunal Supremo allá y con un poco de suerte nos dará tiempo a que Robert Redford haga de Trump en la película. Así que no cunda el pánico, nos decimos, que Donald Trump sea el próximo presidente del país más importante del mundo nos da miedo como idea, pero hacemos lo posible para no caer en el miedo como miedo; hemos sustituido el miedo por la idea del miedo y racionalizado se nos hace más llevadero. Desgraciadamente no es la idea de Donald Trump, un holograma, su avatar, la que va a ser presidente, sino el Trump de carne y hueso que hace unos años alborotaba la escena política pidiendo el certificado de nacimiento de Obama, por citar sólo uno de sus muchos episodios infames.

La revolución, como decía la canción, no será televisada. Los cambios políticos son como el cambio climático: cuando nos damos cuenta ya es demasiado tarde. Los propiciados por Trump serán leves pero decididos y no hay que subestimar el vínculo de los estadounidenses con un personaje al que llevan décadas viendo en televisión. No puede ser peligroso quien lleva toda la vida apareciendo en la sala sala estar. Trump recibirá un beneficio de la duda del que su odioso mensaje no le hace merecedor. Es la diferencia entre ser tenido por bravucón o peligroso; políticamente incorrecto más que racista. Trump puede decir lo que nadie dice y los años de circo hace que muchos se lo permitan sin entrar a valorar que hay muy buenas razones por las que no se puede sobrevivir en la arena pública diciendo lo que dice Trump. No es una cuestión de corrección política, sino de pulcritud de pensamiento. El viejo Donald, el perro ladrador poco mordedor de toda la vida; la caricatura vista en dibujos animados y películas. Un personaje que se ha acostumbrado a operar en el desprecio y contra el desprecio y que con el tiempo se ha dado cuenta de que el desprecio es una oposición bastante débil cuando uno le opone fama y medios.

Cuando Hugo Chávez cerró una televisión opositora no lo hizo por capricho, nos dijo, sino porque no tenía las licencias necesarias, unas licencias que, como no, era él quien concedía. El legislador tiene el poder de crear leyes para que el ejercicio arbitrario del poder no sea tal sino una simple aplicación de las frías y ciegas leyes: por mucho que esas leyes aún estén calientes de la panadería del poder. Trump ya ha apuntado a los medios de comunicación. Habrá que ver como soportan la presión los grandes conglomerados de intereses de los que dependen, el posible enfrentamiento con el presidente y si se verán obligados a apaciguarle con componendas y gestos de buena voluntad. Si Trump se siente legitimado por la población, podría deformar las leyes para obligar a los los altos cargos a cambiar a los cargos medios que no colaboren y, sobre todo, al talento profesional, a esa línea editorial o periodística cuya integridad profesional les hace en un principio más inaccesibles. El control de los tribunales, el equilibrio en el tribunal supremo podría llegar a depender de nombramientos del propio Trump, entra también dentro de lo posible. Los cambios no serán radicales, sino leves, en momentos puntuales, deslegitimando más que destruyendo instituciones. La deslegitimación de una institución es más fácil que su destrucción, menos aparente y se puede hacer en pequeñas tomas entre comida y comida…

Y no cabe descartar que Trump sea un presidente popular. The Donald lleva casi toda su vida adulta siendo famoso y con el agotamiento de sus detractores, quienes intentarán pasar cuatro años casi sin respirar el aire de la presidencia de la última persona a la que quisieron ver de presidente, y el apoyo del resto de estadounidenses tal vez subyugados por el encanto de la novedad y algún que otro buen resultado, se encontrará un ambiente propicio para operar estos leves cambios. Todo ello unido a una pérdida de fe generalizada en el sistema internacional, desde la ONU a la Unión Europea, pasando por cualquiera de los organismos a los que la opinión pública ha ido menoscabando con su cinismo hasta hacerlos irrelevantes. No ha habido escándalo ni metedura de pata que haya dañado a Trump; es descorazonador que la voz de un charlatán pese más que cualquier sesudo análisis hecho por venerables instituciones. Como dijo el propio Trump cuando luchaba por la victoria del partido republicano en un acto de campaña en Iowa:

“Tengo a la gente más leal, ¿Alguna vez habéis visto algo así? Podría pararme en mitad de la Quinta Avenida y disparar a gente y no perdería votantes”

No sabemos si nos estaba contando su gran fortaleza o nos hacía participar de su sorpresa.

Así que no esperen que el cambio suceda en las dos horas de película. Será soterrado, paciente a ratos, sabiendo valorar su fortaleza hasta que ya no le haga falta pues ya no haya nadie más que se le pueda oponer. Los ejemplos de Putin, su admirado Putin cuyas agencias de inteligencia podrían haberle empujado en la carrera electoral, quien tuvo que adaptarse a las instituciones hasta el punto de ser primer ministro plenipotencial con Medvedev de presidente marioneta hasta que, finalmente, fue tan fuerte que pudo dejarse de disimulos y cambiar la constitución, o el de Chávez, con sus victorias políticas y referéndums perdidos pero aún así ganando poder de forma constante, debieran ser referencias.

No todo está perdido. La opinión pública estadounidense es fuerte, tiene instituciones consolidadas y en estos momentos ya se está forjando a base de protesta y organización la victoria demócrata en las siguientes elecciones parlamentarias que podría dejar a Trump sin el control de las cámaras. Afortunadamente el poder se ejerce desde muchos lugares, las guerras actuales se luchan desde muchos ordenadores, las empresas más importantes se han formado en democracia y dependen de la libertad de expresión de ciudadanos y consumidores; no fabrican hierro que se pueda convertir en cañones, sino cañones de ideas. ¿Pero acaso estamos seguros de que Trump, si logra un repunte de su popularidad, no será capaz de instrumentalizar estas empresas para su beneficio? Todo son especulaciones, por supuesto, pero no descarten nada. Salvo, claro está, que los cambios de la revolución Trump vayan a ser aparentes y visibles.

Perplejidad y rabia electoral

sam of liberty

Decía Aristóteles que la democracia es el peor de los regímenes virtuosos; la elección de la mayoría, argumentaba, no siempre es la mejor y podría ser potencialmente más acertada de depender de una élite o monarca virtuoso pero, no teniendo la seguridad de que éste y aquellos no se conviertan en una desviación viciosa y por tanto en una oligarquía y tiranía, la decisión de la mayoría es, en la práctica, el mejor regimen posible. La democracia no siempre acierta, pero, con los controles adecuados, seguirá teniendo la oportunidad de corregir posibles errores en futuras elecciones. 

Tras el Brexit, el referéndum de Valonia o la victoria de Trump, existe perplejidad ante la falta de comprensión de votantes británicos, canadienses y estadounidenses sobre las consecuencias a largo plazo de sus decisiones aparentemente antisistema.  Resulta curioso que a la vez que los poderes económicos y politicos desprecian la educación y la cultura y predican que el principal baremo del éxito es el económico individual inmediato, piden sin embargo que el votante sea responsable y comprenda las consecuencias a largo plazo de su voto en el conjunto de una sociedad, como por ejemplo la española, en la que la cultura no es un producto de primera necesidad y por tanto es gravado con un 21% y en el que la filosofía ha sido eliminada como asignatura escolar. 

Y pese a ésto le pediremos al votante que aprenda a pensar más allá del placer inmediato del voto de castigo o la ilusión momentánea generada por un candidato.     Se le pedirá perspectiva histórica, análisis macroeconómico, atención a precuelas preocupantes como Berlusconi en el caso de Trump a la vez que desvalorizando aquellas herramientas formativas que nos enseñan a pensar en la comunidad más allá del frustrante corto plazo, preparando así la más fértil de las tierras para los populismos y para que los votantes derriben estructuras de poder y pensamiento de las que deliberadamente no sólo no fueron informados sino que incluso se ha perseguido a aquellos que como Snowden, Manning o Assange intentaron hacer más transparente el ejercicio de dicho poder. El poder ofrece desprecio a la opinión pública cada día, pero curiosamente se sorprende de recibir ese mismo desprecio en las elecciones cada cuatro años.

En cuanto a Trump existe unanimidad en que, si no el candidato menos preparado de la historia, sí es al menos el menos candidato, un anticandidato de dimensiones históricas que no habla ni planea sus estrategias como un político.  Nos guste o no, Trump es un cambio. Como lo fue Obama, lo más diferente que uno pueda imaginarse al candidato que le ha sucedido y al que le precedió. ¿Nos asusta la volatilidad de las democracias? En cuatro años habrá nuevas elecciones, nuevas ilusiones y la volatilidad es al menos la muestra de que huímos de tiranías. Pero la calidad de nuestras democracias y lo acertado de nuestras elecciones va a depender de algo mucho más difícil de crear que una gran campaña política o de un comunicador que lleva décadas en el pulso de la sociedad estadounidense como Trump.  Porque podemos dudar de la valía de Trump como empresario—sus quiebras han sido numerosas y sonadas—, o de su imagen de empresario hecho a sí mismo—su padre fue uno de los principales promotores de los barrios obreros de Nueva York—, pero lo que es indudable es su maestría como comunicador y su capacidad para reinventarse para no pasar de moda.  

Los mismos mercados que amagarán desplomes estos próximos días y las estructuras de poder que tan condescendientes y espantadas se mostrarán con el votante estadounidense, debieran preocuparse de la miseria que provoca que parte de su población tenga que estar más pendiente de no perder su casa que de educar a sus hijos en no creer al que hable más fuerte o con el mensaje más simple; de normativas laborales que permitan la conciliación,  estabilidad y un cierta prosperidad económica para educar en esos valores que permitirán un voto sin miedo y rabia. 

Un poder que no se preocupa de su gente no puede sorprenderse de que la gente se despreocupe del poder.     

La medida de nuestra maldad

 

 

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La medida de la maldad de una sociedad está en las mezquindades que aprende a justificar. Es una esencia oscura, la concentración de sus mayores vergüenzas; donde ninguno de sus miembros llegaría individualmente lo hará la comunidad diluyendo las responsabilidades para que siendo todos culpables no lo sea ninguno. En la noche del seis de febrero, en la que murieron quince inmigrantes por causa de la acción directa de la Guardia Civil, ni el peor de nosotros hubiera negado la asistencia a quien se ahoga, mucho menos disparado al indefenso. Y sin embargo eso es precisamente lo hicimos con la ayuda de nuestras leyes y razones colectivas. Por separado hubiéramos salvado a quince personas, juntos contribuimos a sus muertes. Conviene que examinemos nuestra conformidad con que nuestra decisión colectiva sea tan diferente de la individual.

 

La historia de las maldades sociales reconocidas es breve. Llamamos maldad al momento que podemos separar de sus causas y consecuencias, a aquel que aunque sea el resultado de otros trataremos como uno aislado. A la locura. Pero la actuación constante y continuada de las sociedades impide este aislamiento, iniciando una infinita cadena de justificaciones. Sólo aislaremos las maldades que nos obliguen a reconocer y en una sociedad siempre habrá un justificador de guardia. ¿Hablaríamos de la locura de la burbuja inmobiliaria de haber logrado un aterrizaje suave? Incluso corrigiéndola, hubiéramos encontrado razones para construir sobre ella. Y grado a grado, negro sobre blanco camino al gris, llegaremos a la justificación. Y siendo parte de una cadena de eventos que complicaremos a nuestro antojo nos convenceremos de que es un mal inevitable e incomprensible; e inevitable e incomprensiblemente participaremos en la muerte de seres humanos cuando nuestros barcos no asisten a pateras y cayucos por miedo a las implicaciones legales; e inevitable e incomprensiblemente un guardia civil, cumpliendo órdenes de una cadena de mando que comienza en nuestro voto, disparará material antidisturbios a seres humanos al borde del ahogamiento en aguas gélidas. De nuevo, usted y yo no lo hubiéramos hecho, pero usted y yo lo ordenamos.

 

Debiéramos reflexionar sobre como hemos pasado de considerarnos una nación bienintencionada a convencernos (y pedir a nuestros gobernantes con nuestros votos que nos convenzan) de que ya no podemos permitirnos estas buenas intenciones. No atacar a seres humanos que están muriendo en nuestras costas es, aparentemente, muy caro; cumplir nuestras propias leyes de extranjería inicia, según nos cuentan, una cadena de eventos que nos lleva a la bancarrota. Otra divergencia entre lo personal y lo colectivo; en lo personal las buenas acciones suelen ser una buena y barata estrategia (si tratamos bien al prójimo hay más posibilidades de que el prójimo nos devuelva la gentileza) mientras que en lo colectivo nos hemos convencido de que es una irresponsabilidad. El lujo de las buenas intenciones que no nos podemos permitir, tétrico proyecto de vida el que nos proponen nuestros líderes. La adhesión a nueva alianza de civilizaciones para la que el gobierno al que elegimos con mayoría absoluta ya ha hecho los cambios legales pertinentes: la alianza de los incivilizados que no creen en la existencia de unos derechos universales independientes de la prosperidad económica. Una alianza a la que sólo nos avergonzaremos de pertenecer cuando veamos los países que nos acompañan; aquello que decía Grouxo Marx de no querer pertenecer a un club que nos acepte como socios se debe, principalmente, a que al mirar al resto de miembros del grupo veremos reflejados nuestros peores y no reconocidos defectos.

 

Que un guardia civil cumpla la ley atacando de manera tan grave cualquier conciencia elemental nos muestra el deterioro moral que nos ha acercado, mezquindad a mezquindad, recorte a recorte, hasta este momento de horroroso simbolismo; de la mano de un gobierno que prohibió la asistencia sanitaria a inmigrantes no declarados legales por el estado (ninguna persona es ilegal) en una irresponsable llamada a la xenofobia y a culpar a los más débiles de los recortes sanitarios. Una treta que fue superada gracias a una población madura que no se dejó embaucar y, sobre todo, a unos médicos valientes que se unieron en defensa de una moral superior a la del estado. Una moral que debe tener el que cura, pero de la que parecen poder prescindir aquellos a los que hemos armado para que nos protejan. Una carencia legitimada por la falta de reacción por parte de nuestros líderes políticos ante los abusos, contados pero significativos, por parte de las fuerzas del orden en los últimos años y por unas nuevas leyes de seguridad ciudadana destinadas a blindar la impunidad ante estos abusos.

 

Seis años de crisis económica nos han traído a este punto. Si nuestro espanto ante momentos tan bajos no lo remedia, ¿qué llegaremos a justificar en cinco, diez o quince más? No podemos escondernos. Ya no hay más sitio. No lo hay en la habitación en la que un inmigrante sin papeles murió de tuberculosis en Mallorca al no recibir la atención médica adecuada; no lo hay en la orilla en la que quince seres humanos murieron con la agresiva participación (perdón por el eufemismo) de nuestra sociedad; no lo hay en un estado cadavérico, no tanto por lo recortado, sino por la parcialidad de lo recortado pues demasiados sueldos públicos siguen como si tal cosa mientras la mayoría no tiene más remedio que resignarse a cualquier cosa. Nos han quitado el espacio. De la razón, conciencia, idealismo, protesta, voto e ingenio con la que sepamos recuperarlo dependerá el tipo de sociedad en el que vivamos. O malvivamos, en compañía de las maldades que hayamos aprendido a justificar.