¿Qué fue de Baby Trump?

¿Qué fue de baby Trump?

 

Hay un momento en la película ¿Qué fue de Baby Jane? en el que el personaje de Bette Davis, la otrora niña prodigio Jane Hudson, muestra su cara más perversa al servir en la comida un periquito que su hermana Blanche (Joan Crawford) tenía por mascota. En ese momento el espectador cambia la antipatía por el odio; desde ese momento somos conscientes de que Jane no es una enervante manipuladora, sino una torturadora capaz de las más horribles cueldades.  Es el momento que aclara cualquier ambigüedad y a partir del cual comprendemos que Blanche debe hacer lo posible por escapar de la influencia de su perversa hermana.

Y, sin embargo, momentos más tarde escuchamos junto a ella las explicaciones de Jane y, al pasar el impacto de la sorpresa, descubrimos que nada ha cambiado y que el que considerábamos gran evento en realidad sólo es uno más de la cadena, que la gran maldad no existe mientras sea acotada por pequeñas definiciones y que cuando algo puede ser atacado también puede ser defendido.  Y esta defensa será no sólo escuchada sino anhelada y aceptada por aquellos que no están en condiciones de juzgar libremente, bien sea por culpa, miedo o cariño como Blanche con respecto a su hermano o afinidad política como en el caso de los votantes de Trump.

Desde que comenzó su presidencia, siempre parece que el siguiente escándalo será el indefendible que no admitirá debate. Pero al final todo es argumentable y tras la sorpresa e indignación inicial nos sorprenderemos de que aquello que desde nuestro punto de vista era tan claro e indignante esté siendo defendido y legitimado por sus seguidores para, días más tarde, pasar al olvido convirtiéndose simplemente en otra pequeña abolladura en la armadura de The Donald.

Los manipuladores de todas las esferas, no solo cuando son presidentes de gobiernos de dimensiones continentales, disfrutan del control que les proporciona sobre nuestras vidas la incomodidad de sus acciones, del hastío que nos provoca tener que combatir contra la sinrazón; del superpoder de jugar con reglas diferentes a las de aquellos a quienes despreciarán por intentar demostrar su perversidad utilizando normas morales convencionales tan diferentes del único juicio definitivo que reconocen: el de su capricho.  No es tanto que crean que tienen razón como que ni siquiera se planteen habitar en una organización social que no tenga por objeto la satisfacción de sus necesidades.  Salirse con la suya es un bien en sí mismo, uno claro y conciso y no esas vagas y lejanas mediciones del bienestar social.

Una de las pocas veces que Trump bajó la guardia, en un extraño instante de sinceridad, al ser preguntado si la tensión que había introducido en los mercados internacionales con su estrategia negociadora con China podía afectar a la confianza en la economía y acelerar una recesión, contesto: “yo negocio así”.  De nuevo, lo bueno para el prójimo no es lo importante, sino que sea suyo; su gobierno no es un servicio a la ciudadanía sino un modo de expresión personal.  Una presidencia de autor (que de permitírsele tendería a la dictadura personalista) en la que Trump no gobierna, sino que se expresa gobernando y en la que su único objetivo es el triunfo que demuestra su supervivencia, siendo capaz de ganar tras múltiples derrotas y de sopreponerse a decenas de bancarrotas.  No puede ser corrupto pues carece de principios; sabe que no se le  vota por razones políticas o sociales sino de simpatía y que genera la fidelidad que se siente por un equipo o un luchador de wrestling.

Y que mientras sus votantes le escuchen podrá enmarañarlos con sus promesas y explicaciones convirtiendo en normal lo que minutos antes hubieran definido como alarmante. La trama de promesas y exigencias a Ucrania es el periquito en el plato, veamos si sus votantes, una vez pasada la sorpresa, no empiezan a extrañarse de que no haya periquitos en todos los platos.

 

La inspiración defensiva

Parafraseando la famosa frase, si la inspiración existe que nos pille defendiendo. La selección española de este mundial de China ha encontrado su identidad en defensa porque defendiendo es como mejor nos olvidamos de que Ricky no es un base de leyenda en potencia en cuanto encuentre su tiro exterior y nos acordamos de que, en cuanto deja de obsesionarse con buscarlo, es un base muy capaz que ha llegado a ser titular en un equipo de playoff de la NBA; uno con mucho oficio tras una larga carrera pese a su relativa juventud y que toma decisiones adecuadas en los finales de partido a poco que las defensas rivales teman un poco su tiro y no le floten descaradamente. Lucha, defiende, tira bien a ratos, es seguro con el balón y mete los tiros libres: que le cuenten a Turquía y sus cuatro tiros libres seguidos fallados contra Estados Unidos si eso es importante.

Defendiendo es como Claver se ha olvidado de las comparaciones con jugadores de talentos únicos que no son el suyo (o al menos no en ataque) de las menciones a la horchata de su tierra para hablar de su actitud en la cancha, de las mofas sobre sus méritos para estar verano tras verano en el banquillo de uno de los mejores equipos FIBA de la historia, convirtiéndose en un sacrificado defensor con una gran movilidad teniendo en cuenta su corpulencia; defendiendo a los Gallinari y Antetokounmpo ha entendido que su talento no le da para ser como ellos pero sí para estar en la misma pista en los momentos importantes. Parece fácil de entender pero es una lección que, por ejemplo, ha hecho que jugadores de gran talento ofensivo como Carmelo Anthony o Allen Iverson se retiraran más cerca de los treinta años que de los cuarenta.

Defendiendo es como Llull se lleva encontrando toda su carrera. Contra Italia llevábamos el susto de los diez abajo nada más empezar contra el primer rival solvente cuando Llull salió con la misma actitud de siempre de “no descartemos que sea el mejor jugador del partido”. Casi nunca lo es, pero muy a menudo acaba siéndolo. Su primera parte contra Italia fue un clinic de baloncesto pero, sobre todo, de liderazgo; a veces basta con poner cara de que se tiene el partido controlado cuando a todos los demás les entran las dudas.

Y defendiendo es como Marc Gasol ha ganado el anillo en Toronto limitándose en muchos partidos a aportar su capacidad de pase y buen criterio en ataque. En los momentos en los que ha descansado contra Serbia parecía como si ninguna diferencia fuera suficiente para aguantar las embestidas de los serbios; al volver a cancha, los ataques de Serbia han vuelto a ralentizarse, a parecer que todas las circulaciones eran difíciles, a que en el último momento algo hacía que fallaran tiros a dos metros del aro. Ese algo es Marc y el orden defensivo que impone en sus compañeros.

Defendiendo es como nos hemos olvidado de lo que ya no somos y de que ya no tenemos a una de las mejores duplas de la historia del baloncesto FIBA en Pau y Navarro; de que ya no somos un equipo de talento ofensivo histórico lo cual no quiere decir que no tengamos nuestros talentos. Defendiendo nos ha llegado la inspiración y está por ver hasta donde nos llevará en este torneo.

La pirámide invertida de la xenofobia

La xenofobia no nace de la rabia de perder lo que se tuvo—aunque a menudo se manifieste con llamadas a recuperar grandezas del pasado—, sino del miedo a perder lo que se tiene. No prospera, al contrario de lo que se podría suponer, en tiempos de crisis y carencias, sino de cierta bonanza. Cuando los españoles, por ejemplo, perdían sus trabajos por miles y las empresas amenazaban con recortar sus sueldos con la excusa de evitar más despidos era obvio que la culpa no era de los inmigrantes; por aquel entonces la ira iba dirigida a los que tomaban las decisiones. Los tiempos de crisis no son xenófobos, sino contestatarios; el miedo tan necesario para azuzar la xenofobia no existe pues poco miedo puede quedar cuando los peores temores se han cumplido.

Una vez recuperada cierta normalidad, el miedo vuelve a ser instrumentalizado contra los más débiles. Y nadie más débil que los que vienen de fuera. El miedo al extranjero es comprensible como parte del instinto de preservación; toda comunidad está entrenada desde el principio de los tiempos para sentir recelo de quienes podrían traer virus físicos e intelectuales, mutaciones novedosas que amenazan la placidez de cuerpos y gobiernos. Comprensible, que no aceptable. Que algo sea comprensible explica porqué podríamos pensar de una manera, no nos obliga a caer en el cenagal de pensamientos que nos remiten a oscurantismos nacionalistas previos a la globalización. Periódicos, libros, documentales, internet, universidades y un derecho internacional que cumplir y algunos eligen seguir actuando con el alarmismo del pueblo que, a lo lejos, en el valle, ve acercarse a un extranjero y duda de sus intenciones. Da igual la calidad de nuestros catalejos si no los utilizamos; si dejamos que nuestros ojos sean aquellos que ganan comerciando con el miedo.

Como si de una renovación del contrato social con las clases dirigentes se tratara, los nativos aceptamos buscar amenazas fuera y olvidarnos de aquellos a quienes culpábamos meses antes de nuestros problemas. Es cierto que los populismos que precedieron a la Segunda guerra mundial tuvieron sus orígenes en las penurias tras las Primera, pero también que florecieron cuando estas miserias estaban comenzando a aliviarse y, superadas las peores humillaciones tras las reparaciones por la guerra perdida, tanto Alemania como Italia pudieron sentirse fuertes de nuevo para hablar de grandeza. Cuando, de nuevo, tuvieron algo que perder.

Dejemos de dignificar la xenofobia como una enfermedad de una clase sufriente que ve amenazada su posición y hablemos de ella como de un egoísmo ensimismado en el que una parte de la sociedad decide, por temor a las ideas, revolcarse en el fango de sus peores temores; de como hay ciudadanos que se informan, reflexionan y ponen en perspectiva sus temores vitales y otros que se sienten perseguidos y dejan que se instrumentalice su miedo contra los débiles. No sólo lo permiten sino que lo piden. No son los partidos los que radicalizan a la sociedad, sino la sociedad la que radicaliza a los partidos en busca del voto. Sirva el ejemplo de VOX que ha radicalizado su mensaje en busca del votante para dejar de ser un partido menor de importancia residual; somos los ciudadanos los que les pedimos a los políticos las enfermedades que queremos que nos inoculen.

Así que la xenofobia es una enfermedad del ocio de unos ciudadanos que, recordando tiempos peores, quieren defenderse de amenazas imaginarias de las que culparán a los más débiles; no es la defensa de los medios escasos, sino del recuerdo de esa escasez, es señal de la recuperación y renovación del contrato con las clases dirigentes con las que se comparte el tener algo que perder. Da igual que se tenga mucho o poco, para entrar en este club basta con sentir que alguien quiere quitarnos lo que tenemos, mil, cien mil o un millón. Este miedo es el nexo de unión de un grupo que por definición será transversal en lo económico y social.

Los populismos xenófobos nos recuerdan la importancia de las instituciones internacionales y de conocimiento que nos libran de todo lo que estos populismos representan. Hemos dejado que instituciones como la ONU o la Unión Europea se deterioraran y corrompieran hasta el punto de que su utilidad pudiera ser puesta en duda cuando son las que nos libran de los carnavales de banderas y nos reconcilian con los derechos humanos. El internacionalismo es el antídoto contra los populismos xenófobos.

No solo los nacionalistas tienen algo que defender y sienten que han perdido algo porque los recién llegados—en este caso al debate político—, han destruido lo que llevó generaciones construir. No sólo se pierden grandezas nacionales; las grandezas perdidas también pueden ser ideales. Todos tenemos nuestras nostalgias de algo que querríamos que volviera a ser grande. Y nuestros culpables.

Imagen: Bad Day at Black Rock

Libreopinadores agresivos

 

Decir cualquier cosa y ofenderse porque otros critican tu derecho a ofender no es defender la libertad de expresión. De Trump a Casado pasando por Bolsonaro o Rivera, una nueva familia política está logrando victorias no por su defensa de la libertad de expresión, sino por oponerse a la corrección política que según ellos la está coartando. Y a eso le llaman libertad de expresión utilizando su libertad de expresión. Sobre este tema nunca tienen razón aunque acierten de vez en cuando: acertar por casualidad nunca es estar en lo cierto; la corrección política no limita, sino que es una guía educativa para no ofender innecesariamente aceptando que las palabras tienen su historia y que, conociéndola, se puede evitar utilizar de forma consciente calificativos ofensivos. Parece extraño que quien ofende de manera intencionada luego se ofenda por ser criticado. Y aprender a utilizar calificativos que no ofendan innecesariamente pues no son esenciales en un determinado debate ahora tal vez se llame corrección política, pero en otro tiempo se llamaba educación.

¿Tienen derecho a utilizar esas palabras? Faltaría más. La mala educación no es exactamente un derecho, aunque dentro de unos límites debe ser tolerada, si bien cuando viene de parte de personas con privilegios y responsabilidades es un desperdicio. Pero tendrán que entender que se les califique como los abusones de patio colegio que son y que ésto no sea interpretado como una amenaza a la libertad de expresión. Y los demás tenemos el derecho de decir que la defensa de las sensibilidades puede parecer opresiva, pero es el precio de pensar y opinar y la solución no está en las actitudes clasistas, racistas y represivas que habitualmente defienden estas personalidades políticas con su disfraz de defensores de las libertades. Más bien al contrario, uno de los grandes problemas de la corrección política es el de permitir presentarse como campeones de la libertad de expresión a personalidades que parecerán sinceros sólo por atreverse a decir cualquier cosa.

“Nadie lo dice aunque lo piensan,” dicen sus seguidores. Y tal vez tras pensarlo otros hayan decidido no decirlo. Se llama reflexionar y es una acción que por el momento ha gozado de buena fama. Un lugar cálido en el infierno (incómodo pero no agónico) está reservado para aquellos que se callan teniendo algo que decir; pero uno mucho peor debe estar reservado a aquellos que no teniendo nada que decir se empeñan en decirlo y logran convertir esas innecesarias palabras en un arma. Ellos y sus votantes.

La comunicación ha cambiado y debemos dejar de escandalizarnos al respecto de supuestas censuras. La libertad de expresión es la de quien opina y de quien critica esa opinión; las letras impresas ya no son sagradas, no son el formato de la verdad o mentira más que pueda serlo una opinión dada en una barra de bar, ya no es el equivalente a un artículo de opinión; una opinión contraria en twitter no es más que eso: alguien que opina diferente. Los nuevos libreopinadores se sienten oprimidos por los pensamientos y movilizaciones del prójimo; se ofenden con facilidad de que otros se ofendan con facilidad; de que, con nuevas herramientas, se haga algo tan antiguo como intenta convencer de la propia opinión. No exactamente revolucionario, lleva sucediendo desde que el ser humano tiene pensamientos propios y los intercambia. Si los nuevos libreopinadores no se hubieran pasado tanto tiempo limitando la libertad de expresión de los demás tal vez estarían más acostumbrados a reconocerla.

Ya han ganado demasiados políticos por decir cualquier cosa. La corrección política debe revisar sus asedios y linchamientos en las redes sociales—o el resto de ciudadanos debemos aprender a ponerlos en su adecuado contexto y no darles tanta importancia—para que el racismo, la homofobia y el clasismo dejen de tener la veda de la que han disfrutado en los últimos tiempos como oposición a una supuesta corrección política. Ya va siendo hora de que dejemos de hacer mártires de perfectos cretinos. Que comprendamos que una opinión, miles de opiniones contra una determinada persona no es una condena y nos esforcemos en dar el derecho a replica y de explicación a esa persona. No es que de repente todo esté prohibido, sino que está más escrutado y, de vez en cuando, los personajes públicos deben perder más tiempo en explicarse. Hay más voces y, con el tiempo, cuando todos aprendamos a escuchar un poco más en estos nuevos medios, también habrá más oídos.

Todos merecen su espacio, pero no regalemos el papel de superhéroes de la libertad de expresión a quienes hasta ahora nunca la habían utilizado para nada más que para discriminar. Su mensaje es que hasta los mejor intencionados, con su defensa de los menos favorecidos y de minorías, pueden caer en represiones. Ya lo sabíamos, gracias por los servicios prestados, todos debemos revisar nuestras acciones independientemente de nuestras intenciones de inicio. Y ahora que revisen los libreopinadores agresivos esa costumbre de sólo pedir libertad de expresión cuando se trata de discriminar y estar a favor de leyes mordaza cuando han estado en el poder, creando una corrección política legalista apuntalada en los delitos de apología; de defender la libertad de expresión cuando es la suya y sentirse amenazados cuando es la de los demás; de ofenderse con tanta facilidad de que los demás se ofendan. A los librepensadores agresivos no se les llama racistas o clasistas porque lleven la contraria, sino porque están orgullosos de serlo y ya va siendo hora de que no tengan el recurso fácil de esconderse tras una supuesta censura a sus opiniones.

Ciudadano crítico/vecino criticón

Entre nuestros supuestos objetivos como sociedad está el de formar a ciudadanos críticos; miembros exigentes que no acepten las inercias abusivas del poder y participen de forma activa en la toma de decisiones. El ciudadano crítico tiene dos enemigos tradicionales: el poder y los miembros complacientes de la sociedad; enemigos unidos y reforzados por la interpretación de cualquier crítica como una amenaza a la forma de vida imperante. Me atrevo a añadir a un tercero que seguramente sea una simple variación del segundo: el vecino criticón. El vecino criticón ejerce su implacable crítica de una forma egocéntrica y considerando que todos los males tienen que ver, no con el conjunto de la comunidad, sino con un ataque contra todo lo que él representa.

Para el vecino criticón la historia se ha convertido en una conspiración montada para explotarle y resiente la diferencia y todo lo que tenga la osadía de oponerse a su sistema de valores. En estos tiempos de ego desmesurado, en el que los ciudadanos somos animados a ponernos en el centro del universo y verlo desde el sacrosanto pedestal de nuestra sensibilidad, el vecino criticón se siente no sólo legitimado, sino incluso obligado a opinar de todo, aunque siempre en esa curiosa forma en la que, lejos de animar el debate, quiere cerrarlo a la vez que se muestra indignado por haberle hecho perder su precioso tiempo.

El vecino criticón ha sido un prototipo fallido de ciudadano complaciente al que se quiso convencer de que debía ser crítico. Pero sin un cambio en el fondo, la crítica se convierte en un simple disfraz y su forma de que nada evolucione es criticarlo todo. El vecino criticón hace que hablar de justicia social sea inútil debido a que él siempre está en el centro de todas las injusticias. El debate es una parte de la historia que para el vecino criticón ya está superada, ya ha llegado a la conclusión definitiva, de modo que no sólo no rebate sino que niega el derecho a la existencia de la opinión contraria. Desde la pereza, le basta con indicar su falta de paciencia hacia un determinado tema y, en el mejor de los casos, dedicarle un comentario irónico, pero nunca un argumento que le obligue a aceptar el derecho a réplica y, por extensión, una visión paralela a la propia. Argumentar es un reconocimiento implícito de la otra parte y el vecino criticón huye del reconocimiento de voces distintas a la suya; no ha aprendido a gestionar la cantidad de información y el debate de ideas le satura; no cree, aunque lo predique, en la importancia de la libertad de expresión y en su obligación ciudadana de aceptar la diferencia.

Los males del vecino criticón pueden reducirse a uno: ha perdido la curiosidad intelectual. Da igual que sea un derechista retrógrado o un izquierdista bienpensante, todo aquel que en algún momento quiera evitar la libertad expresión ajena y se sienta amenazado por una opinión se convierte en un vecino criticón y en un enemigo intelectual del ciudadano crítico. La verdadera critica tiene que venir de la capacidad de admirar lo que uno defiende, del respeto a la diversidad de opiniones y del intento de convencer con nuestros argumentos. La frase tan supuestamente tolerante de no querer convencer ni que a uno le convenzan es aceptar la muerte intelectual y la conversión en vecino criticón.

Decir que se respeta la libertad de expresión no es suficiente: hay que aceptarla y practicarla y recordar constantemente al vecino criticón que no existe el delito de apología de todo lo que no le gusta. El delito de apología es la herramienta que utilizan los censores del siglo XXI y hubiera sido un gran éxito de crítica y público entre los censores e inquisidores de otras épocas. La flotabilidad de las brujas hubiera tenido escasa relevancia de haberles podido encasquetar el delito de “apología de la brujería”. No podemos idealizar la libertad de expresión de palabra mientras que los ciudadanos nos autocensuramos personal y colectivamente. Al hacerlo nos convertimos en hipócritas o represores.

El vecino criticón cree que todo está en su contra. Aunque lo haga desde un profundo sentimiento de inferioridad, se coloca en una falsa superioridad a todo aquel que ose a cuestionar su postura. El ciudadano crítico, por el contrario, siempre otorgará el derecho a réplica—no sólo cuando le conviene, sino siempre—y está dispuesto a contestar a los argumentos que se le presenten. El ciudadano crítico cree en las garantías judiciales mientras que el vecino criticón promoverá castigos y boicots ya que piensa que todo empieza y termina en sus antipatías; querrá que su grupo tenga el poder para poder imponer sus caprichos. Por el contrario, el ciudadano crítico entenderá y defenderá su pertenencia a una comunidad regulada por leyes y garantías.

Este es el contexto en el que aparecen las empresas y partidos políticos como vendedores de un producto que cederá a lo que pidan sus consumidores y simpatizantes. Hay un gran trecho entre la impunidad y la investigación interesada que tiene como único objeto evitar una crisis de imagen; como en el caso de la impunidad, el castigo a corto plazo también quiere apaciguar a la opinión pública sin valorar la justicia del resultado. Debemos separar crítica de consecuencias: las consecuencias deben llegar sólo tras procesos en los que se hayan cumplido todas las garantías. No podemos sentirnos libres si convertimos nuestras sociedades en trituradoras de carreras y prestigios personales; el linchamiento es una forma de actuar y puede existir independientemente de que el linchado sea o no culpable del acto por el que se le acusa. Al ciudadano crítico le horrorizan estos linchamientos tanto como la impunidad de los poderosos—hasta el punto que se ve constantemente defendiendo a personajes de ideologías que considera deleznables cuando lo que realmente defiende es su libertad de expresión—, mientras que el vecino criticón confunde la justicia con el castigo hasta el punto de llamar hacer justicia a castigar.

El ciudadano crítico intenta comprender las miserias ajenas y no las utiliza para taparse los ojos ante las grandezas del prójimo, mientras el vecino criticón se obsesiona con estas debilidades y su posible castigo para justificar las propias. El ciudadano crítico siente la necesidad de vivir en una sociedad justa, al menos como aspiración, mientras que el vecino criticón no ve más allá del caso a caso y destruye la posibilidad de ese concepto crítica a crítica. El ciudadano crítico trata de cambiar leyes que considera injustas e incluso cuando las incumple lo hace siguiendo razonamientos como la desobediencia civil, mientras que el vecino criticón suele escudarse en la fortaleza del grupo con el que comparte odios para pasar la apisonadora de unas ideas cuya legitimidad dependerá de que pueda o no imponerlas.

Tal vez lo de ser ciudadanos críticos fuera una quimera, pero cuando aspirábamos a serlo se lograron avances que convendría cuidar. No caigamos en la sociedad de los vecinos criticones. Argumentemos contra lo que nos indigna, por mucho que tras hacerlo nos encontremos con una nueva tarea: escuchar los argumentos de la otra parte. Sí, sorpresa, la otra parte tiene argumentos y, por muy horribles que nos parezcan, no podremos rebatirlos si primero no los escuchamos. Nadie dijo que ser un ciudadano crítico sea fácil, pero ya sabemos por experiencia que ser los vecinos criticones en los que nos estamos convirtiendo es agotador.

Weekly Fake News

Al contrario que la mentira, la ficción no es falsa sino una escenificación de la realidad con sólo la esencia, quitando todos los factores subjetivos que pueden distraer a la hora de examinar una determinada historia. Por eso, dirán los religiosos, la Biblia puede ser real sin ser literalmente cierta; del mismo modo que los literatos mantendrán que la ficción es más cierta que la pesada y monótona verdad cuya realidad dependerá de quien la juzgue. La verdad tiene muchos apellidos y dista de ser un concepto absoluto. Las llamadas Fake News que influyeron en el resultado de las últimas elecciones estadounidenses, apelan no tanto a lo que es objetivamente cierto (o aspira a la mayor objetividad posible dentro de la subjetividad inherente a cualquier información), como a lo que un grupo quiere que sea cierto. Es lo contrario de la ficción, en la que se elimina la subjetividad: en las Fake News se aumenta la importancia de lo subjetivo ya que lo importante pasa a ser lo que un grupo de votantes quiere que sea cierto. Desear que algo sea cierto hace que en cierto modo lo sea y lo importante ya no es el hecho en sí, sino lo que lo ha hecho creíble para un grupo de personas.

Las Fake News suelen ser intoxicaciones ocultas en la gran cantidad de información y suelen pasar relativamente inadvertidas más allá del grupo que las utilizan para reforzar lo que ya creen. Una tragicómica excepción—afortunadanente no hubo heridos—, a esta oscuridad fue el caso del Pizzagate, una teoría conspiranoica que mantenía que los correos electrónicos de John Podesta, jefe de la campaña de Hillary Clinton, contenían mensajes cifrados sobre una red de tráfico de seres humanos que se estaba llevando a cabo en una red de restaurantes estadounidenses, entre ellos la pizzería Comet Ping Pong. Estas intoxicaciones resultaron en una campaña de asedio a dicho restaurante que tuvo su apogeo en un ataque armado en el que un trastornado pretendió rescatar a los niños supuestamente retenidos en la trastienda.

Lo relevante de este caso no es tanto la falsedad de la noticia, como que un grupo de personas pudiera creer que era cierta. El recorrido de estas noticias pasando por foros, hilos de comentarios, referencias a que tal medio ha dicho ésto o lo otro, periódicos extranjeros que hacen referencia a bulos surgidos en el imperio americano con sorna pero con una apariencia de seriedad en la información (especialmente para quien las lee sin tener ni idea del idioma en el que están escritas); éstas y otras muchas herramientas son una cadena de legitimación formal en que las noticias, aunque sigan sin ciertas, vienen en el mismo envoltorio que las que han pasado por la criba del rigor periodístico, de modo que si un grupo quiere creer que algo es cierto, tendrá un producto para satisfacer sus necesidades de consumo.

Y este deseo, a diferencia de la noticia, es cierto y lo que hace a las Fake News indemnes a la desarticulación. Tal vez una determinada noticia no sea del todo cierta, aceptarán a regañadientes los defensores de la misma, pero sin embargo hay otras que apuntan a direcciones parecidas. Habrá mil nuevas noticias para sustituir a la desmentida, tejiéndose una red de noticias en las que la verosimilitud va saltando de una a otra y cuyo único nexo cierto, aquel que las hace indemnes a la ruptura de la red, es el deseo de los lectores de que sean ciertas. Las noticias falsas necesitan un rival y la moral necesita del vicio: querer que algo no suceda ya es medio camino para creer que pueda suceder.

Este deseo no tiene como fin el entretenimiento. No es como aquel Weekly World News y su famoso niño murciélago, el alienígena adoptado por Hillary Clinton o el simio afeitado que convive por la pareja de hecho formada por Saddam Hussein y Osama Bin Laden; no es como el wrestling en el que los aficionados presencian luchas guionizadas bajo la apariencia de verosimilitud; casos en los que los consumidores de estos productos quieren creer que algo es cierto durante el tiempo en el que son entretenidos y en los que se da la suspensión de la realidad propia de cualquier producto de ficción. La noticia de que Hillary Clinton dirige a una red de tráfico de personas desde la cocina de sus restaurantes favorito, por ejemplo, podría haber aparecido en portada del Weekly World News y, estando a la vista en la cola del supermercado o de la farmacia 24 horas, no haber llamado la atención ni haber producido el menor efecto político.

La diferencia es que los consumidores de las Fake News ya no buscan entretenimiento, sino información y que la diferencia entre ambas cada vez es más difusa para una audiencia que ni sabe ni quiere apreciar tal diferencia y que calificará la apelación al rigor periodístico como de elitismo intelectual. Las Fake News son, ante todo, una herramienta populista. Y como toda herramienta populista se propaga con mayor velocidad en grupos entrenados para creer. La fe es un entrenamiento óptimo para ser presa de la intoxicación informativa. Hay que dejar claro que la fe no es patrimonio exclusivo de la religión; cuando el activismo abandona la autoexigencia se convierte en una religión sin dios que hace a grupos de las más diversas ideologías presas fáciles de dichas intoxicaciones informativas. Estamos viendo que la derecha ideológica estadounidense no es que sea diferente, sino que ha aparecido antes y que ahora andan el mismo camino la derecha xenófoba italiana, el nacionalismo excluyente húngaro y polaco, el cuñadismo español, el independentismo de izquierda derecha centro catalán, la censura buenista siempre al borde de la indignación; grupo tras grupo se parapeta en realidades en las que todo es visto a través de su necesidad de creer y, a diferencia de otros tiempos, hay la posibilidad de crear un submundo del que retroalimentarse de los propios prejuicios reciclándolos hasta el extremo, hasta que un día ese prejuicio ya ha perdido todo su elemento de juicio. Comenzamos leyendo un libro, lo convertimos en papel de cocina, servilleta y papel higiénico. Y así es como el prejuicio se convierte en una gran postmierda y postjuicio.

En otros tiempos las narrativas de las sociedades estaban en manos de un puñado de periodistas, estudiosos y expertos sobre un determinado tema. Aumentar el número de voces y la inmediatez con la que opinamos sobre temas de los que minutos antes no teníamos ni idea abre el campo a muchas voces y puntos de vista, acabando con el academicismo que también es su propia forma de distorsión, pero a cambio aumenta la subjetividad. La rapidez con la que opinamos sobre los temas hace que en realidad sean los temas los que opinan sobre nosotros: el tema es elegido para servir de vehículo para una opinión que ya teníamos. Para saber de un tema no escuches la opinión, sino escucha al tema para saber que opinión ya se tenía.

La verdad no tiene porque ser objetiva, como no tiene porque serlo la ciencia. Todo lo humano es por definición subjetivo ya que somos cada uno de nosotros los que damos nuestra propia explicación al universo. Por eso creamos disciplinas, para que tengan unas reglas por las que regirse y en la que la objetividad sea algo a lo que aspirar. Las ciencias aún mantienen la independencia gracias a la importancia que seguimos dando a lo que llamaríamos científicos serios; diferentes de los curanderos y tierraplanistas, por ejemplo, que difunden su cháchara por internet; por un lado la dificultad de los temas científicos y por el otro la existencia de academias y autoridades sanitarias hacen que, de momento, las opiniones se organicen al estilo de como históricamente han convivido la astrología y la astronomía: algún símbolo común, pero esferas de influencia completamente distintas.

Pero la fe no es una ciencia y, desligada de la religión, ni siquiera tiene porqué tener límites. Casi cualquier cosa puede ser defendida si el único requisito es querer creer. Cada uno de nosotros hemos creado un universo de Fake News en el que pedimos ser informados no tanto del estado del mundo, sino del estado de nuestros prejuicios: un mundo a la carta que se retroalimenta de nuestros anhelos de creer. De modo que ya no es tan importante que mundo dejamos entrar en casa a través de nuestros teléfonos y ordenadores, sino que casa intelectual hemos preparado para ese mundo. Las Fake News, como no podía ser de otra forma, somos nosotros.

 

Un cambio

Arbitro PP 18 6jun

 

Estimado votante, recuerda como te sentiste en aquella maravillosa mañana o tarde en la que, votando lo de siempre, te pudiste consolar pensando que las cosas no estarían tan mal si no querías que cambiara nada. La lógica era la siguiente: los que estaban tenían sus defectos pero la virtud de no ser los que venían. En los momentos de crisis, cuando todo el organismo nos empuja hacia la supervivencia y el optimismo no tiene lugar, tiene su perversa lógica apostar por la continuidad: que las cosas vayan mal es a veces el mejor recordatorio de que pueden ir peor. España tenía la gran virtud de no ser Venezuela, lo cual según todos los indicadores económicos y cósmicos no se podía calificar de éxito menor. Habías decidido no sólo que no estaba en tu poder mejorar las cosas, sino que el que dijera que estaba en el suyo estaba mintiendo y que por tanto no merecía tu voto. En un mundo utopías tu tenías la tuya: el virgencitaquemequedecomoestabismo: en tu mano estaba que todo continuara igual. O eso te parecía.

Lo que tal vez no comprendías, ni tú ni todos los demás que como sociedad votamos por el mal menor, es hasta que punto la defensa de la corrupción nos iba a llevar a callejones sin salida. El mal nunca es menor porque, por definición, tiene ramificaciones imprevisibles e incontrolables–un mal previsible y contenido es más bien una molestia, no un verdadero mal. No sabíamos hasta que punto nuestros gobernantes estaban acorralados personal y judicialmente y buscarían cualquier camino de salida sin importar lo que se llevaran por delante. Se han llevado la libertad de expresión, por ejemplo, que será un pilar de las sociedades democráticas pero que el gobierno ha convertido en un vulgar tabique bajo la excusa de que era utilizada para criticar las instituciones del estado.

Este gobierno que votamos para que todo siguiera igual legisló para intimidar, no tanto a figuras públicas—que no habrán perdido mucho sueño por las denuncias contra sus chistes—, sino a los millones que tomábamos nota de como una tuitera desconocida se pasaba años en los tribunales defendiendo chistes que hace veinte años que ya eran viejos. Ir de abogados por defender una carrera como comunicador vale la pena, pero hacerlo por un par de tuits es un precio muy alto. Que fuera absuelta por el Tribunal Supremo es lo de menos, el virus de la autocensura ya estaba inoculado. El objetivo de la ley era la opinión pública más que la opinión publicada aprovechando que las redes sociales son un híbrido entre ambos conceptos. Son expresiones personales que se pueden tratar como opiniones publicadas; pensamientos en voz alta que se pueden interpretar como proselitismo de una idea. El objetivo fuimos todos.

Ahora sabemos lo acorralados que estaban, los problemas judiciales que han tenido incluso estando en el poder y que previsiblemente aumentarán al dejar de estarlo, si es que dejan de estarlo: el poder se gana y pierde como una cebolla, capa a capa. Y en ésto, curiosamente, nos hemos empezado a parecer a la tan denostada Venezuela, ese ejemplo negativo que nos movilizó de forma tan efectiva. Como Maduro, Rajoy y su partido se agarraron al poder para no disminuir su capacidad de defensa y dejarlo en manos de rivales que verían de este modo incrementada su capacidad de ataque. De ahí su pavor por algunos partidos nuevos que no tienen, dicen, sentido de estado. En esta acepción el sentido de estado es un eufemismo para describir a aquellos partidos que, habiendo estado en el gobierno, tienen sus propios casos de corrupción y razones para no ensañarse en la investigación contra un poder que, por definición, entenderán como un carril de ida y vuelta.

La corrupción no sólo ha hecho que perdamos hospitales y colegios, investigadores y ahorros…: también ha marcado la pauta en la reacción al independentismo catalán. Todo lo que no fuera hablar de corrupción le daba al gobierno un minuto de tranquilidad y control, de sentir que todo volvía a depender de ellos. Cataluña dio al PP la oportunidad de volverse a aceptar: ya no eran el partido corrupto de los últimos tiempos sino el que iba a salvar a España. Una sensación de control del gobierno que era inversamente proporcional a la de gran parte de los ciudadanos a los que gobernaban, a quienes les parecía que los sucesos de Cataluña habían adquirido una vida independiente de sus opiniones y votos.

La corrupción del PP y la de la antigua Convergencia nos trajo dos bandos que han abrazado con entusiasmo sus respectivas causas nacionalistas retroalimentándose de la forma perversa de los círculos viciosos. En la oscuridad judicial de los corruptos, sus respectivos nacionalismos han sido una ventana de luz; en una vejez decrépita sin ideales, un espejo en el que volverse a sentir jóvenes La lectura política era correcta: años de corrupción adelgazaron las perspectivas electorales del PP, pero sólo la aparición de otra opción españolista como Ciudadanos ha hecho que se desinflen completamente. Lo mismo podría decirse del PDeCAT que gana y pierde votos en clave nacionalista pero ha podido dejar atrás el pasado corrupto de Covergencia.

Así que el que todo siga igual nos estaba dejando un país bastante cambiado. Vivíamos con una libertad de expresión comprometida y a un paso de que a los exiliados/fugados, independientemente de su calidad literaria, lírica o su honestidad política, se les comenzara a llamar disidentes; con la región más próspera de España en una caída en barrena en la que los políticos de ambos lados parecían consolarse pensando que estaban cogiendo velocidad y con unas instituciones judiciales, tan utilizadas contra el independentismo, ignoradas por el gobierno cuando dictaron sentencia en el caso de la trama Gürthel. Habíamos dado la vuelta como un calcetín a la famosa frase de Lampedusa ya que, en el caso de España, todo debía continuar igual para que algo siguiera cambiando.

Y por ahí apareció Pedro Sánchez. El héroe accidental de tantas novelas. E hizo, si no lo único que se podía hacer, lo único que él podía hacer. Otros tenían más opciones. El partido que lidera las encuestas, Ciudadanos, podía apuntarse a la estrategia del continuismo que en su caso era dejar que Rajoy se cociera en su corrupta salsa. Sumido en la irrelevancia política que iba camino de agrandarse en unas próximas elecciones, Pedro Sánchez sólo tenía una opción: hacer caer al gobierno corrupto. Mientras Rivera esperaba y preparaba pacientemente las condiciones para el partido perfecto, Sánchez se había visto demasiadas veces, no ya en el banquillo, sino incluso en la grada enviado por el aparato de su partido. ¿Va a pensar en todo lo que tiene en contra? ¿En la continuidad del futuro? ¿En si el año que viene va a firmar una renovación por cuatro años? Está en el banquillo y han dicho su número. Va a jugar. Así son los cambios.

 

 

Imagen del artículo editada a partir de esta imagen original: https://www.kienyke.com/deportes/futbol/la-uefa-autoriza-el-cuarto-cambio-en-partidos-con-prorroga

Mi nombre es mi nombre en la red

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En una célebre escena de The Wire, el personaje de Marlon Stanfield, líder de una de las facciones más sangrientas de la ciudad de Baltimore, se enfada con sus subordinados por no haberle informado de que su nombre estaba siendo difamado en las calles. “Mi nombre es mi nombre…” grita con expresión desencajada el cruel Stanfield. Los esbirros tenían sus razones: para que molestar al gran jefe con las tonterías de los charlatanes, no se puede contestar a todo. Pero Marlon es consciente de que, en la poco sofisticada y esencial sociedad de las calles, debe defender su nombre; el simple rumor de que había dejado pasar una ofensa sin castigo podría terminar con el reverencial temor hacia su persona. Lo importante no era tanto la verdad como las narrativas paralelas que sus enemigos podrían utilizar para atacarle y siendo estas narrativas y reacciones ciertas lo de menos sería que lo que las originó no lo fuera. El derecho al prestigio en las calles no es aristocrático, sino que se renueva y defiende a diario.

Las redes sociales, tan distintas aparentemente a los barrios marginales de la ciudad de Baltimore de The Wire, siguen razonamientos similares. Ya no es tan importante la falsedad que origina una noticia, sino las reacciones verdaderas que ésta origina. Saber lo que moviliza a una persona o grupo de personas es mucho más importante que la veracidad del origen de esas movilizaciones. La noticia puede ser falsa (o inexacta y explicada sin contexto), pero la indignación, consumo y voto serán reales. Y siendo ajenos a la noticia falsa del origen serán inmunes a las garantías judiciales de los tribunales, que tal vez se acaben aplicando de forma descafeinada y tardía a la mentira que originó el proceso. Lo podríamos comparar a la confesión de un sospechoso el día de su detención: lo importante no es tanto la confesión de la que podrá retractarse y por tanto eliminar del proceso judicial, sino el número de pruebas que podrán ser descubiertas tirando del hilo de esa confesión.

Ambos procesos—el judicial y el de la opinión—pueden llegar a ser igual de implacables. Con la diferencia de que las pruebas obtenidas por el primero estarán controladas por garantías judiciales, mientras que el segundo será por definición todo lo contrario: buscará reacciones y consumo en las redes sociales. Será un ostracismo sin fecha de caducidad, revisión o proceso previo y en el que los esfuerzos del culpable (aquí no cabe la palabra presunto) por elegir su castigo serán juzgados de forma caprichosa. Hemos visto, por ejemplo, como estrellas de Hollywood se han aplicado la penitencia y exilio clásico que tan efectivo fue en otros tiempos: la clínica de desintoxicación. Castigos autoimpuestos en busca de la absolución social del olvido protegidos de la cascada de noticias diarias en el aislamiento propio de un tratamiento de desintoxicación. Para la defensa judicial están preparados con un ejército de abogados: es la lucha por el prestigio la que están perdiendo los hasta ahora efectivos relaciones públicas especializados en damage control y que ahora parecen un grupo de marineros despistados cubriendo con plastilina las vías de agua de un barco que se hunde. Recuperar el control de la narración parece imposible cuando las voces que contribuyen se cuentan por millones. De momento a lo máximo que pueden aspirar es a no hablar para no ser replicados, pedir perdón por su forma de comportarse sin admitir delitos penales; no negar los hechos o el dolor de las víctimas para no obligarles a probar sus acusaciones con nuevos datos y retirarse a esperar que la opinión social se distraiga con otro tema y no necesariamente perdone pero permita retomar una cierta normalidad si no profesional al menos personal.
De momento a lo máximo que pueden aspirar es a no hablar para no ser replicados, pedir perdón por su forma de comportarse sin admitir delitos penales; no negar los hechos o el dolor de las víctimas para no obligarles a probar sus acusaciones con nuevos datos y retirarse a esperar que la opinión social se distraiga con otro tema y no necesariamente perdone pero permita retomar una cierta normalidad si no profesional al menos personal.

Otro elemento a tener en cuenta es la ejecución de la sentencia. No vendrá por parte de tribunales, sino de empresas y marcas que dejarán de colaborar con el declarado culpable. El desprestigio viral es uno de los mayores temores de las empresas modernas, una fuerza imparable que, como si de un fenómeno atmosférico se tratase, no hay que oponer o domesticar, sino evitar en lo posible cesando la colaboración con el culpable. Una campaña viral puede hacer que la empresa se desplome en bolsa; no importa que luego se recupere, o que esa pérdida no sea tan grande a nivel global, ni siquiera que se esté renunciando a la colaboración con un activo de la empresa que fue importante en otro momento: la pasividad es castigada. Las empresas piden la reacción del consumo y el consumidor pide lo propio a la empresa, así que ningún gestor responsable ante sus accionistas puede esperar sin hacer nada mientras pasa la tormenta. De hacerlo, la empresa tal vez sobreviva a largo plazo, pero el gestor seguro que no.Las empresas piden la reacción del consumo y el consumidor pide lo propio a la empresa, así que ningún gestor responsable ante sus accionistas puede esperar sin hacer nada mientras pasa la tormenta. De hacerlo, la empresa tal vez sobreviva a largo plazo, pero el gestor seguro que no.Las empresas piden la reacción del consumo y el consumidor pide lo propio a la empresa, así que ningún gestor responsable ante sus accionistas puede esperar sin hacer nada mientras pasa la tormenta. De hacerlo, la empresa tal vez sobreviva a largo plazo, pero el gestor seguro que no.

Las garantías judiciales no son sinónimo de justicia; hemos visto en numerosas ocasiones como los políticos tienen mil formas de proteger en las urnas y con leyes lo que la empresa no puede en lo relativo al mucho más directo sufragio del consumo. El gobierno del PP, por ejemplo, lleva años escudándose en la acción judicial para no investigar sus escándalos de corrupción, siendo las garantías judiciales en demasiadas ocasiones garantía de pasividad y de impunidad al aprobar los propios políticos protecciones superiores al resto de ciudadanos y controlar los nombramientos judiciales. Esta falta de integridad judicial hace que los ciudadanos busquemos esa justicia por otros medios, algo de lo que el gobierno de España es consciente al patrullar de manera obsesiva las redes sociales en busca de sentencias que fomenten el autocontrol y autocensura. El gobierno del PP, por ejemplo, lleva años escudándose en la acción judicial para no investigar sus escándalos de corrupción, siendo las garantías judiciales en demasiadas ocasiones garantía de pasividad y de impunidad al aprobar los propios políticos protecciones superiores al resto de ciudadanos y controlar los nombramientos judiciales. Esta falta de integridad judicial hace que los ciudadanos busquemos esa justicia por otros medios, algo de lo que el gobierno de España es consciente al patrullar de manera obsesiva las redes sociales en busca de sentencias que fomenten el autocontrol y autocensura.

Aunque es comprensible que se instaure una justicia paralela de la opinión y consumo más a medida del ciudadano, hay que ser conscientes del cambio que esto supone. Las redes sociales priman la reacción inmediata a las noticias, una participación que apela a las partes más extremas de la sociedad e incluso de nuestras propias opiniones. No reaccionamos de la misma forma ante lo justo, como ante lo que nos parece injusto; las marcas no quieren que seamos consumidores pasivos y devaluando el precio de la cultura hemos elegido un modelo de gratuidad que prima la venta de espacios publicitarios de modo que sólo los medios de pago escapan de la tiranía de los clicks y pueden permitirse un análisis independiente. En el caso de Cataluña, por ejemplo, no importa que la práctica totalidad de la sociedad española y catalana crea que el resultado es catastrófico; el refuerzo de las partes más extremas de nuestras propias opiniones, las que atacan al rival más que defender una línea propia, ha creado una narrativa de la que parece imposible escapar. Los vídeos propagándisticos de ambos lados no son falsos, lo que no significa que sean ciertos y privada de contexto y réplica la crítica pierde su valor y se convierte en panfletismo.

Tal vez las redes sociales deban imitar a Santo Tomás, quien exponía como si fueran propias las opiniones contrarias antes de rebatirlas con su argumento; tal vez debieran ofrecer un artículo que expresara de forma legítima la opinión contraria antes de sugerir un artículo basado en nuestros intereses e ideología. De lo contrario, como cronistas de la sociedad que son, como espejo de nuestros pensamientos, corren el peligro de reflejar nuestras frustraciones sobre nuestras aspiraciones; lo que odiamos por encima de lo que queremos; a evitar la reflexión de lo que nos gusta y sustituirla por la reacción a lo que odiamos.

 

 

 

 

Lebron el Mourinhista

Empecemos diciendo que cualquier crítica a Lebron James serán matices sobre su grandeza. Lebron es el mejor jugador de la NBA desde Jordan—sólo en los casos de Kobe y sobre todo de Duncan habría debate—y sus errores dentro y fuera de la cancha, teniendo en cuenta la atención mediática a la que está expuesto desde que era un adolescente, son prácticamente inexistentes. Se podría incluir en esta categoría aquella DECISIÓN, cuando decidió llevarse sus “talentos a South Beach” y no renovar con los Cavaliers, equipo a una hora escasa en coche de su ciudad natal de Akron y dónde era reverenciado como un mesías. Pero incluso aquella infamia ha agrandado su fama contribuyendo viralmente al imaginario colectivo humanizando al gran dominador de la NBA de las últimas décadas y preparando la historia del retorno del hijo pródigo que llevaría el primer título deportivo profesional de la ciudad de Cleveland desde 1964 cuando los Browns ganaron la NFL.

Lebron es el rey y como tal se comporta. Y al estilo de las estrellas del hip hop, también es hacedor de reyes. La generación de Lebron y raperos como Jay Z o Sean Combs ha aspirado a más que dinero: al poder. Lebron se ha rodeado desde el principio de su carrera de un fiel grupo, entre los que se encuentran amigos de infancia y a los que ha proporcionado posibilidades educativas y formativas de acuerdo a los cargos que iban a ocupar, creando junto a éstos una importante agencia de representación de jugadores, Klutch, con la que por incompatibilidades no puede estar directamente conectado pero en la que es innegable su influencia. General Manager Lebron ha dirigido además las políticas de fichajes de sus equipos con contratos cortos que le permiten abandonar el equipo a poco que no se cumplan sus altas expectativas. Los reyes no gobiernan directamente; se reservan la posibilidad de sancionar si no se alcanza el nivel deseado. Y Lebron ha creado múltiples herramientas para hacerlo que emanan de su talento y competitividad en la cancha.

La estrategia utilizada en sus dos cambios de equipo es tan brillante a corto plazo como cuestionable en el largo. Además de él, una estrella cambia de equipo—Chris Bosh en Miami y Kevin Love en Cleveland—uniéndose a una que ya está en el equipo de destino—Dwayne Wade y Kyrie Irving respectivamente—; tres grandes jugadores por equipo que ejercerán una presión brutal sobre el tope salarial de modo que el resto de plazas del equipo sólo podrán completarse con dos tipos de jugadores: jóvenes con contratos manejables o veteranos que reduzcan sus salarios por la oportunidad de formar parte de la experiencia baloncestística de sus vidas. A largo plazo la primera opción sería la más interesante, pero ya sabemos que Lebron siempre apostará por la segunda; jugadores como Ray Allen, James Jones, Mike Miller, Channing Frye, Kyle Korver, Jr Reid o Richard Jefferson han empleado sus últimos minutos de calidad en una causa ganadora junto a Lebron y han sido recompensados con contratos mínimos que serían equilibrados cuando el tope salarial lo permitiera con algún año de regalo. Todo ésto combinado con algún currante en plenitud tipo Udonis Haslem en Miami o Tristan Thompson en los Cavaliers y tenemos una estrategia de indiscutible éxito: ocho finales del este consecutivas en dos equipos diferentes con tres títulos.

La estrategia de Lebron recuerda a la de Mourinho: llevar al límite a todos los miembros del equipo y exigirles al máximo predicando con el ejemplo. Una actitud cortoplacista que necesita de jugadores experimentados que acepten que no se debe defraudar al rey y que choca con la formación de jugadores que tenderán a equivocarse en su crecimiento y que de ser empujados en exceso pueden llegar a desmoralizarse y perder la confianza. Popovich y los Spurs, por ejemplo, son el caso contrario; jugadores como Parker, Ginobili o Leonard fueron introducidos lentamente al estrellato, mientras que Mourinho preferirá antes a Adebayor o Essien a poco que tengan pulsaciones y se puedan atar las botas antes de apostar por un jugador joven con un techo de rendimiento más alto, pero también un suelo más bajo.

No es extraño que ambos sean grandes ganadores inmediatos por intensidad, pero que no sean grandes desarrolladores de talento. Lebron fue capaz de convertir en campeones en una temporada a uno de los peores equipos de la NBA, aquellos Cavaliers de Kyrie Irving y Mou llevo al Real Madrid a cuatro semifinales seguidas de la Champions tras casi una década sin pasar de cuartos de final. Una terapia de choque que necesita gente experta porque Lebron no tiene tiempo que perder esperando al desarrollo de jugadores jóvenes. La plentitud del rey es demasiado valiosa. Mejor Kevin Love hoy que aquel Andrew Wiggins que cuando llegó a la NBA parecía una reencarnación de Scottie Pippen; una comparación que parece equivocada, pero es posible que la evolución de Wiggins hubiera sido muy distina de haber tenido junto a él a Lebron en vez de recalar en unos pésimos Timberwolves sin orden ofensivo ni disciplina defensiva.

Al final del camino no queda un panorama muy halagüeño para sus equipos. Sólo la gran habilidad como GM de Riley ha logrado evitar la catástrofe en Miami tras la salida de Lebron (hasta el punto de que no se descarta un retorno a South Beach del rey); una transición que podría haber sido incluso más suave de no haber sido por la prematura retirada de Chris Bosh. Pero ha sido tanta la tensión a la que ha sometido a los Cavaliers que la segunda estrella del equipo y jugón total en los momentos calientes Kyrie Irving se hartó de la presión y se fue a un equipo en el que disfrutar de un baloncesto coral en el que no todo orbitara alrededor del astro Lebron. No es fácil vivir cerca del rey; los Celtics llevan seis meses de mediocridad desarrollando talentos jóvenes sin que pase gran cosa mientras que diez malos partidos en Cleveland llevaron a cambiar a medio equipo. Tal vez un día Irving se dé cuenta de que sus mejores minutos los jugó bajo la mirada exigente de Lebron, aunque lo que ya es seguro es que esta estrategia les ha costado a los Cavaliers uno de los mejores talentos de su generación.

Lebron vive para un aquí y ahora extremo en el que la formación de jugadores equivale a tolerar sus errores a costa de desperdiciar minutos de su propia plenitud. Un equipo con Lebron siempre es candidato al título, ganar el título demanda perfección y ésta es incompatible con la forma en la que se mejora tanto en el baloncesto como en cualquier otra actividad de la vida: cometiendo errores. Ésta es la difícil ecuación que marcará la carrera de Lebron y que despeja lo mucho que ha conseguido y lo poco que le queda por conseguir. Ha conseguido tanto que los matices necesitan de nombres como el de Bill Russell y sus 11 títulos en 13 temporadas; o los de Bird, Magic y Kareem en una década de Celtics-Lakers en la que sólo el gran rival fue capaz de derrotarles, mientras que Lebron ha perdido contra Spurs, Mavericks y Golden State; o, sobre todo, el de Jordan, con sus seis títulos en seis finales sin necesitar de un séptimo partido en ninguna de ellas.

Trump el bárbaro

No son bárbaros los que no tienen cultura sino los que la desprecian.  Los que hacen una cultura de despreciar la cultura; de menospreciar los matices y contextos que la cultura aporta a la acción y se limitan a ensalzar la capacidad de actuar.  Su sistema de valores está basado en un perverso juego de acción y reacción: porque pueden lo hacen y lo hacen porque pueden.
Ser un bárbaro no tiene nada que ver con los privilegios.  El nuevo presidente de Estados Unidos los ha tenido todos: blanco e hijo de un magnate inmobiliario, ha podido desperdiciar mil oportunidades y aprovechar la de hacer dinero.  Por el contrario, los antiguos inquilinos de la Casa Blanca, ambos afroamericanos y Michelle Obama tataranieta de esclavos, debían ser cultos si querían triunfar en la sociedad estadounidense.  Es una forma de racismo que un persona blanca pueda triunfar con los modales de Trump y una persona negra deba tener los de los Obama para hacer lo propio.
Las imágenes de la diferencia entre la llegada a la Casa Blanca de un presidente y otro, con Obama esperando respetuosamente a su esposa para subir junto a ella la escalera mientras que Trump la subía sin acordarse de la nueva primera dama y casi subiendo de dos en dos escalones como si fuera Rocky en las escaleras del Spectrum, son reveladoras del cambio de ciclo.  Del lector y escritor Barack, al teleadicto twittero Donald.  De Obama se ha comentado su lista de lectura en sus ochos años como presidente y su gran afición por una escritura que ejercerá en su vuelta a la vida civil, mientras que Trump declaró su gusto por unos libros que dice no tener tiempo para leer (así que está de acuerdo con la invención de los libros, pero no parece sentir gran inclinación por utilizarlos) y una y otra vez demuestra, en contra del consejo de sus asesores, su incapacidad para pasar sus pensamientos por el tamiz de la reflexión antes de otra cucharada de 140 caracteres de odio.
Trump no debía ganar.  Su amigo y personalidad de la radio americana Howard Stern contaba esta semana que Trump se había presentado a la elección como una estrategia de negociación con la NBC, cadena en la que presentaba un reality show.  Su victoria demuestra que muchas cosas fallan en una américa civilizada que ha perdido el contacto con esos Estados Unidos a los que llaman fly over country de forma despectiva para indicar a las inmensidades que unen a las cultas y urbanas costas; una América civilizada que tras enfrentarse al Tea Party ahora descubre que éste movimiento no era más que el aperitivo del plato principal que significará Trump.
Ahora ya sabemos que los bárbaros han llegado: si dejamos de meter las injusticias bajo la alfombra de la civilización tal vez no sea para quedarse.