Antivacunas

La pregunta no es porque en algún momento de nuestras vidas creemos tener conocimientos ocultos y acceso a misteriosos archivos y teorías que sólo unos pocos elegidos conocen; el sentimiento no es nuevo: de jóvenes nos parecía que los grandes textos habían sido escritos para nosotros, que estabamos en una habitación imaginaria conectados con otro tiempo y espacio junto a genios que nos susurraban aquellas palabras al oído.

La diferencia con los panfletos conspiranoicos que nos amenazan desde los recovecos más cuñadistas de la dark web es que aquellas eran grandes obras que abrían mundos que a su vez eran entradas a otros mundos; conexiones entre ese pasado en el que se escribió la obra y un futuro para el que con nuestra lectura y experimentación presente estábamos sirviendo de eslabón. Las grandes obras siempre animan a saber más, a leer más, incluso cuando hablan de la futilidad del conocimiento es de una forma tan convincente y brillante que llama a la imitación o a la refutación activa y argumentada en caso de desacuerdo. En las grandes obras se fomenta la duda para dirigirla a todos los objetos; en los panfletos, la duda es el objeto en sí. Las grandes obras nunca piden adhesión incondicional y pasiva; esa es una de las principales razones por las que las sucesivas generaciones han elegido guardarlas.

En el caso de los antivacunas, sus enemigos son los científicos; es decir, aquellas personas que han destinado sus mejores esfuerzos mentales a cualificarse en una disciplina y utilizarla en la solución de problemas. Efectivamente, los científicos no siempre aciertan. Es más, se equivocan mucho más que los que no hacemos intentos. Acertar por casualidad no tiene valor; a falta de conocimientos y competencia en una ciencia, un supuesto acierto casual vale menos que un error científico ya que los científicos tendrán la oportunidad de aprender de los errores propios y ajenos. La ciencia encauza los errores personales hacia un acierto colectivo. Saber porque se ha acertado es el gran objetivo, pero muchas veces el camino comienza sabiendo dónde se ha errado.

Todo se puede poner en duda y rebatir. No hace falta acudir a los brillantes sofistas de la Grecia clásica; por dudar, hasta podemos poner en duda que el sol salga por las mañanas. De hecho no sale, la que se mueve es la tierra, el sol sale metafóricamente. La duda debe ser clarificada y acotada como cualquier argumento: la duda sin contexto no tiene ningún valor. Dudar por si acaso haría que no subiéramos a un coche a menos que entendiéramos cada detalle de su funcionamiento. En algún momento hay que creer a alguna autoridad, ¿pero a quién creer?

Ese es el gran problema de los conspiranoicos de todo tipo: sus dificultades para creer y admirar. No a un Dios lejano, sino a un ser humano como ellos que se ha esforzado en adquirir unos conocimientos que habitualmente pasarán desapercibidos para el gran público pero que puntualmente, como ha sido el caso recientemente con las vacunas, han recibido mayor atención por el pequeño detalle de que han salvado millones de vidas frente a nuestros ojos. Los antivacunas quieren convencernos de que dudar de todo este proceso, por el simple derecho de dudar, sin ningún tipo de cualificación y en base a lo que se ha leído en internet, es una señal de cultura, inteligencia y defensa de las libertades. Eso también lo han leído en un blog…

¿Qué fue de Baby Trump?

¿Qué fue de baby Trump?

(Artículo publicado originalmente el 27 de Septiembre de 2020).

Hay un momento en la película ¿Qué fue de Baby Jane? en el que el personaje de Bette Davis, la otrora niña prodigio Jane Hudson, muestra su cara más perversa al servir en la comida un periquito que su hermana Blanche (Joan Crawford) tenía por mascota. En ese momento el espectador cambia la antipatía por el odio; desde ese momento somos conscientes de que Jane no es una enervante manipuladora, sino una torturadora capaz de las más horribles cueldades. Es el momento que aclara cualquier ambigüedad y a partir del cual comprendemos que Blanche debe hacer lo posible por escapar de la influencia de su perversa hermana.

Y, sin embargo, momentos más tarde escuchamos junto a ella las explicaciones de Jane y, al pasar el impacto de la sorpresa, descubrimos que nada ha cambiado y que el que considerábamos gran evento en realidad sólo es uno más de la cadena, que la gran maldad no existe mientras sea acotada por pequeñas definiciones y que cuando algo puede ser atacado también puede ser defendido. Y esta defensa será no sólo escuchada sino anhelada y aceptada por aquellos que no están en condiciones de juzgar libremente, bien sea por culpa, miedo o cariño como Blanche con respecto a su hermano o afinidad política como en el caso de los votantes de Trump.

Desde que comenzó su presidencia, siempre parece que el siguiente escándalo será el indefendible que no admitirá debate. Pero al final todo es argumentable y tras la sorpresa e indignación inicial nos sorprenderemos de que aquello que desde nuestro punto de vista era tan claro e indignante esté siendo defendido y legitimado por sus seguidores para, días más tarde, pasar al olvido convirtiéndose simplemente en otra pequeña abolladura en la armadura de The Donald.

Los manipuladores de todas las esferas, no solo cuando son presidentes de gobiernos de dimensiones continentales, disfrutan del control que les proporciona sobre nuestras vidas la incomodidad de sus acciones, del hastío que nos provoca tener que combatir contra la sinrazón; del superpoder de jugar con reglas diferentes a las de aquellos a quienes despreciarán por intentar demostrar su perversidad utilizando normas morales convencionales tan diferentes del único juicio definitivo que reconocen: el de su capricho. No es tanto que crean que tienen razón como que ni siquiera se planteen habitar en una organización social que no tenga por objeto la satisfacción de sus necesidades. Salirse con la suya es un bien en sí mismo, uno claro y conciso y no esas vagas y lejanas mediciones del bienestar social.

Una de las pocas veces que Trump bajó la guardia, en un extraño instante de sinceridad, al ser preguntado si la tensión que había introducido en los mercados internacionales con su estrategia negociadora con China podía afectar a la confianza en la economía y acelerar una recesión, contesto: “yo negocio así”. De nuevo, lo bueno para el prójimo no es lo importante, sino que sea suyo; su gobierno no es un servicio a la ciudadanía sino un modo de expresión personal. Una presidencia de autor (que de permitírsele tendería a la dictadura personalista) en la que Trump no gobierna, sino que se expresa gobernando y en la que su único objetivo es el triunfo que demuestra su supervivencia, siendo capaz de ganar tras múltiples derrotas y de sopreponerse a decenas de bancarrotas. No puede ser corrupto pues carece de principios; sabe que no se le vota por razones políticas o sociales sino de simpatía y que genera la fidelidad que se siente por un equipo o un luchador de wrestling.

Y que mientras sus votantes le escuchen podrá enmarañarlos con sus promesas y explicaciones convirtiendo en normal lo que minutos antes hubieran definido como alarmante. La trama de promesas y exigencias a Ucrania es el periquito en el plato, veamos si sus votantes, una vez pasada la sorpresa, no empiezan a extrañarse de que no haya periquitos en todos los platos.

El ingeniero de ataúdes movimáticos, un cuento de navidad para la primavera

Era nochebuena y Mario llegó a casa con el coche cargado de regalos. Ya entrando en el garaje, iba pensando en su familia y en lo que dirían cuando vieran los regalos. Había para todos; armas y coches de juguete, una joya para su mujer, un modernísimo TV-microondas e incluso un hueso fluorescente para el perro. En la radio del coche un villancico, un clásico de toda la vida, le preparaba para la velada familiar:

Al mundo entero quiero dar, un mensaje de paz…Coca-Cola.

Al entrar en casa enchufó el teleordenador. El teleordenador, para los que no estén familiarizados con la tecnología del año 2015, es un híbrido entre el ordenador y el televisor, una pantalla gigante en la que con el mando a distancia se pueden cambiar páginas de internet como en un televisor; o, como hace la mayoría, poner un canal en el que el programador irá cambiando y seleccionando los contenidos. A Mario le gustaba el canal de Publicidad de Guerra, en el cual el programador iba seleccionando los contenidos de publicidad de guerra más interesantes de la red. Otros canales interesantes y de gran éxito, para el lector interesado en la cultura cibertelevisiva, eran los de publicidad humanística, publicidad científica, publicidad sexual o el canal estrella, publicidad deportiva.

De fondo sonando la deliciosa cantinela que tanto le gustaba: “te gusta competir…, te gusta el campo de batalla…, quieres ser el mejor…, entonces necesitas la botas estrella de la temporada…;” Mario comenzó a colocar los regalos bajo el árbol de Navidad. Todos menos tres, los más grandes, a los que quitó el envoltorio, pero, aún sin abrirlos, sacó un largo cable a través de cada una de las cajas y los conectó al teleordenador. En cada una de ellas una gran advertencia:

¿Ha actualizado su teleordenador en el último mes? Recuerde que es muy peligroso utilizar su muñeco de navidad sin conectarlo al teleordenador o a un teleordenador no actualizado.

Mientras esperaba a que llegara la hora de los regalos, Mario continuó mirando el teleordenador.

A Mario, que era ingeniero de profesión, la guerra le interesaba por razones profesionales. Era diseñador de ataúdes movimáticos, es decir, ataúdes movil-automáticos (AMA), que eran aquellos que se dejaban en el campo de batalla y encontraban a los cadáveres, se posaban sobre ellos, se volteaban, se cerraban de forma hermética y se enterraban, dejando una señal identificativa y comunicando a los familiares a través de un correo electrónico la defunción, el modo de encontrar el ataúd y el día y hora en el que dicho sector del campo de batalla y sus accesos serían lo suficientemente seguros como para realizar la recogida.

Las noticias de la guerra eran aquella noche de lo más interesante. Y es que el valiente y fiero ejército del sol, el ejercito Ensaimado, esta historia transcurre en la bella y antigua república de la Ensaimada, estaba logrando grandes victorias sobre su eterno y único enemigo, los pérfidos y sibilinos defensores de la media luna: el ejército del croasán. Dos filosofías de vida, dos creencias irreconciliables sobre la forma de entender el desayuno. Precisamente de esto estaba hablando ahora el ensaimado mayor, con sus bellas y redondas facciones de ensaimada:

“Mientras la ensaimada rueda gloriosa con su gracia habitual; el croasán, con su forma de oruga reumática, se arrastra ante nuestras bravas huestes…”

La guerra contra el Ejército Encroasanado de la Media Luna era uno de los temas estrella del mensaje del ensaimado Mayor, así que aún analizó durante varios minutos más la situación en el frente. Mario escuchó emocionado las arengas de aquel gran hombre sobre una guerra que describió “como una lucha entre civilizaciones, la eterna lucha entre la luz del sol y el oscurantismo de la media luna.” También habló de los excelentes datos económicos del año, e incluso se permitió contar un chiste graciosísimo sobre lo que le dice un croasán a un café con leche. Mario pensó que había sido un discurso excelente, gracioso y carismático como siempre. El ensaimado mayor terminó su discurso tal y como tenía acostumbrado; es decir, comiéndose una ensaimada y gritando, firme, con el brazo en alto y el bigote blanco de azúcar: “¡Por la libertad de elegir nuestro desayuno!”

Mario miró el reloj, eran casi las doce, y volvió a pensar en la cara que pondrían sus familiares cuando vieran los regalos. Unos ladridos le indicaron que había llegado el momento de saludar a su familia, quienes con la más familiar y cálida de las sonrisas salían ahora de las cajas. Estaba Cecilia, una bella y estilizada joven de pelo negro recogido en cola de caballo y bonitos ojos del color de las aceitunas; su hijo, de nombre Daniel, quien a los tres años ya comenzaba a mantener sus primeras conversaciones; y el perro, un caniche enano cuyo nombre era León y que, tras avisar de su salida con fieros ladridos, ahora movía la cola en el regazo de Mario e intentaba, a grandes saltos, llenarle la cara de lametones.

—Hola cariño—dijo Mario—, os he comprado unos regalos. ¿Qué tal el trabajo?

—Ya sabes, agotador—dijo ella mientras se sentaba a su lado—. Pero una recibida como ésta hace que casi valga la pena pasarlo un poco mal durante el día.

—¡Pero ves a coger los regalos!—le interrumpió Mario—. Ya verás como te gustan.

Pero no hacía falta, porque de eso ya se había encargado Daniel, quien tras romper a golpes y dentelladas un pequeño paquete, ahora estaba a punto de beberse su contenido.

—¡Daniel! ¡Mi perfume favorito!

De un gran salto Cecilia logró llegar hasta el árbol de navidad antes de que Daniel se bebiera la carísima botella de Eau de Ensai.

—Eso no se hace—dijo la madre dándole una cariñoso cachetes al niño—. Esto no se bebe, se huele. Mira…

La madre se puso unas gotas de perfume en la muñeca, que le acercó al niño y por el gesto de ambos aquel perfume olía de verdad muy bien.

—Como siempre, has acertado.

—Abre el otro paquete, el más pequeño…

—¿Pero aún hay más?

—Mi amor es algo más que un olor, amor mío.

—Eres un cielo.

De la caja más pequeña salió una brillante gargantilla que, entre alegres gestos de sorpresa, Cecilia se puso en el cuello.

—¿Qué tal me queda?

—¿Cómo te va a quedar?—dijo Mario embelesado ante el aspecto de la joven—Anda, ven a darme un abrazo.

—Feliz navidad, cariño—dijo ella.

—Feliz navidad.

Tras un corto pero intenso beso, Mario se acercó a donde estaba el niño, quien con cara de pocos amigos, y acompañado en su disgusto por León, se había sentado junto al árbol. Poniéndose de cuclillas, con el más amoroso de los tonos y mientras le revolvía sus rubios bucles con la mano, le dijo:

—Ha llegado tu momento de abrir los regalos. Hay hasta un regalo para León.

El niño volvió a sonreír y mientras decía: “gracias papá”; recuperó su fiereza para abrir los regalos. En una de las cajas encontró una espada de samurai plegable, la cual pareció hacer las delicias de su incipiente imaginación; así como un kit explicativo de como clavarla para que el enemigo tardara más en desangrarse y así alargar su agonía; conocimientos que, según los más eminentes especialistas en psicología infantil (y tal y como explicaba la publicidad del regalo), “ayudaban a despertar un temprano interés por la anatomía humana, además de inmunizar a su joven mente contra los gritos de clemencia de un enemigo.” También había un juego de mezclas químicas, el tan de moda “Gabinete del Doctor Nuclear,” que Mario no se olvidó de recalcar que era para “cuando fueran los domingos al campo.” Como ya había mencionado Mario, tampoco León se quedó fuera de la celebración y un hueso fluorescente con sabor a eucalipto pareció colmar todas sus aspiraciones.

Una vez los regalos estuvieron abiertos, los tres (León seguía con su hueso en una esquina de la habitación) se sentaron frente a teleordenador a mirar más regalos.

—Esa es la moto que quiero para mi cumpleaños…—dijo Daniel señalando con los ojos abiertos como platos un pequeña moto para niños que salía anunciada en el teleordenador.

—Acabas de abrir la espada de samurai y ya estás pidiendo la moto—dijo Mario asombrándose de la insaciabilidad de los niños.

—Es que quiero la moto para ir con la espada de samurai.

Lógica impecable que arrancó de Mario la promesa de que le regalaría aquella moto para su cumpleaños.

—¿Qué se dice?—dijo la madre dirigiéndose al niño.

—Gracias—dijo educadamente Daniel.

La velada estaba transcurriendo de manera muy agradable. Todos aquellos productos y toda aquella creatividad para venderlos. Ahora era el turno del coche de moda, ni más ni menos que el Seair “the trillion”:

…ya no necesita dejar la tierra para tener la comodidad de un barco y la velocidad de un avión. La envidia del universo está en la tierra y se llama Seair: “the trillion.”

—Vaya coche, que maravilla—dijo Mario—. Dos camarotes, un baño, trescientos kilómetros por hora de velocidad punta…Y además todo terreno. Siempre he querido tener un dieciséis por dieciséis para poder ir de paseo por el campo.

—Pero es muy caro.

—Lo vale. Habrá que apretarse el cinturón un par de años…

—Pues a mí no me gusta. Un coche es algo tan superficial. Lo importante de un coche es que a uno le lleve. Ya está bien el que tenemos. Además, le tengo cariño a nuestro Logan Pitufo.

Mario soltó una fuerte carcajada.

—Tiene gracia, yo también—dijo—. Lo que pasa es que te quiero tanto que me parece que nada es lo suficientemente bueno para ti. Si por mi fuera no dormiría con tal de podértelo comprar todo.

—Eres un cielo—dijo ella mientras acercaba su boca a la de él—. Pero hay cosas que el dinero no puede comprar. Ya sabes lo que dice aquel dicho: “hay cosas que el dinero no puede comprar, para lo demás está…” Vaya, no me acuerdo como seguía. Era algo así…¿Te acuerdas como era?

Mario negó con el gesto. Lo cierto es que aquel dicho le sonaba, aunque tampoco se acordaba del final.

—Sí, hombre, era aquel dicho de los filósofos de la América clásica, seguro que a ti también te lo enseñaron en el colegio—Cecilia se calló por unos instantes, reconcentrada en recordar como seguía aquella consigna filosófica. Finalmente, aunque de forma algo dubitativa, continuó—:…los pensadores de la América clásica llegaron a la conclusión de que había cosas que el dinero nunca compraría, pero que para lo demás estaba…Nada, que no me acuerdo. En todo caso era un concepto revolucionario. La gente les llamó visionarios, pero acabaron demostrado que hay cosas que “el dinero no puede comprar, aunque para lo demás está…” Llámame loca, pero yo, como los clásicos, pienso que hay cosas que el dinero no puede comprar, aunque para lo demás está…

—¿Estás bien, cariño? Perdona que no te ayude, pero ya sabes que la literatura clásica no es mi fuerte. Oye, no tienes buen aspecto.

Ciertamente no lo tenía, pues a su repetición de aquella idea, unía ahora sudores fríos y espasmos. También tenía la mandíbula desencajada, los párpados caídos y el pulso tembloroso.

—¡Me había olvidado! Perdona, cariño—dijo Mario revisando a toda prisa las condiciones de su teleordenador—. No me había acordado de actualizar el teleordenador.

—¿Qué le pasa a mamá?—dijo Daniel alarmado—¿Está bien mamá?

—Sí, no te preocupes cariño—dijo Mario corriendo a la cocina—. Mamá se pondrá bien en seguida.

Mario volvió con un paño mojado, que puso sobre la frente de Cecilia, a quien tumbó en el sofá, la cabeza de ella apoyada sobre las piernas de él. Mientras le acariciaba con ternura la melena, le decía:

—Te vas a poner bien en seguida, ya verás como te pones bien en seguida. Ha sido fallo mío, perdóname.

Mario no se había acordado de que la nueva generación de muñecos de navidad, los llamados Muñecos de Navidad Sostenible (MNS), podían mostrar una actitud no consumista en cuanto el objeto anunciado superara las posibilidades económicas del comprador.

—Que mala cabeza tengo—se repetía Mario una y otra vez—. Si me lo ha dicho el señor de la juguetería: “escriba aquí su salario y así su muñeco de navidad no le pedirá cosas que no pueda comprar.” Perdóname, cariño, vamos, respira, respira…

Cecilia se estaba poniendo cada vez peor. Acurrucada y temblorosa, repetía sin cesar: “hay cosas que el dinero no puede comprar, para lo demás está…”

—Mira, Cecilia, mira la tele, mira que collar tan bonito…

Pero Cecilia seguía con su cantinela.

—¿Y unos zapatos? De verdad que son unos zapatos preciosos.

Cecilia se había callado. Con los ojos entreabiertos, ahora miraba al teleordenador mientras en el interior de su mente un ruido hizo que Mario se tranquilizase. La crisis había pasado y Cecilia volvía a procesar datos. No necesitaba una actitud anticonsumista para aquel producto, pues entraba ampliamente dentro de las posibilidades económicas de Mario y, no necesitando de aquella nueva y revolucionaria actitud, entraría también dentro de las capacidades de su teleordenador.

—Hay cosas que el dinero no puede comprar, para eso están los plazos…

—¡Esa es mi niña!—. dijo Mario.

—¿Me comprarás los zapatos?

—En el próximo cumpleaños.

—Gracias, cariño.

Cecilia no dijo nada más. Su respiración tranquila, por fin se había quedado dormida. Mario siguió acariciando su negra melena por unos instantes más, mientras le decía a Daniel en un susurro:

—Vamos, Dani, ven…Hoy dormimos aquí.

Apagó el teleordenador. Sólo la chimenea iluminaba ahora la estancia.

Con las cabezas de Cecilia y Daniel apoyadas en sus piernas y una mano apoyada sobre las mismas, Mario se quedó dormido. Junto a ellos, León aún jugueteaba con su hueso fluorescente. Ya quedándose dormido, aún oyó una vez más, no sabía si como fruto de su imaginación o mezclado en la respiración de Cecilia: “hay cosas que el dinero no puede comprar, para lo demás está…”

Estaba inmerso en un plácido duermevela, cuando un grito seco y ahogado le despertó. Cecilia estaba ensangrentada y mirando fijamente a la chimenea, donde una ennegrecida figura, a la que enseguida reconoció como a Daniel, ardía lentamente. Junto a Cecilia, en el suelo, el perro agonizaba degollado sin tan siquiera poderse quejar.

—¡Pero qué has hecho!—. gritó Mario.

Cecilia no contestaba, su mirada aún fija en el fuego en el que ardía su hijo.

—¿Qué has hecho?—, repitió Mario apoyando su mano sobre el hombro de ella.

Cecilia se giró y Mario pudo ver su expresión. Los párpados caídos y la boca abierta, en la mano aún tenía el cuchillo. No le dio tiempo a Mario a repetir su pregunta, cuando se abalanzó sobre él. En el último momento Mario logró evitar la hoja del cuchillo, cuya frialdad llegó a notar rozando su mejilla. Entonces se inició un forcejeo en el que la mayor fuerza física de Mario era equilibrada por la rabia desatada de una Cecilia mucho más fuerte de lo que sus delicadas hechuras pudieran hacer pensar. Mario aún esquivó un par de golpes certeros antes de, por fin, hacerse con el cuchillo. Perdido el cuchillo, Cecilia se lanzó sobre su garganta y momentos después las manos de ella estaban perfectamente entrelazadas sobre el cuello de él, como dos grandes tenazas fuertes e inmunes a los cada vez más débiles intentos de Mario de soltarlas. Ya casi sin poder respirar, aún hizo un último esfuerzo y, tomando un poco de aire de este mundo y un mucho del otro en el que ya casi estaba, logró propinar un certero ataque y clavarle el cuchillo en la yugular.

Mario pudo por fin volver a respirar. Cecilia fue gradualmente soltando las manos. Momentos más tarde, entre jadeos y suspiros de alivios, los papeles se habían cambiado y era Mario el que, a medio incorporar, miraba a Cecilia de arriba a abajo y ésta la que, tumbada en el suelo boca arriba, luchaba por cada sorbo de aire. Mario vio como, ya en los últimos estertores, Cecilia intentaba vocalizar. Quería decirle algo, así que Mario, conmovido y pensando que hasta un muñeco tiene derecho a una última voluntad, acercó su cabeza a la de ella, quien le dijo, en un casi inaudible susurro:

—Vas a pagar por lo que has hecho. La policía te cogerá.

Y tras decirle esto el muñeco levantó la cabeza y empleó todas sus energías para lanzar un fuerte mordisco a la oreja de Mario, que, de no haber estado ella tan débil y Mario tan rápido en su reacción, seguro que le hubiera arrancado de cuajo.

Mario se levantó a toda prisa, rabioso, fuera de control y dispuesto a despedazar al muñeco a patadas. Pero justo cuando iba a comenzar a hacerlo, notó que la expresión de Cecilia había cambiado. Sus ojos, antes apagados y de aspecto cansino como todos los muñecos de navidad, adquirieron ahora un brillo casi humano. Con gesto amable y reposado, Mario se sorprendió al oírle decir un susurrante pero a la vez firme: “gracias.”

Conmovido por un instante, aunque a la vez en guardia no fuera aquella a ser otra treta del muñeco, Mario se acordaba ahora de las palabras pronunciadas por Cecilia minutos antes: “vas a pagar por lo que has hecho…”; recordando también los múltiples casos de hombres y mujeres que habían ido a la cárcel por dañar sus muñecos de navidad. Claro que en su caso quizás hubiera algún que otro eximente, como que había sido en defensa propia, aunque la causa de la agresividad del muñeco, la no actualización de su teleordenador, se trataba del peor de los agravantes: ni más ni menos que el de imbecilidad tecnológica.

Ya podía oír al juez:

—Le condenamos a cuatro cadenas perpetuas. En primer lugar, en concepto de víctimas, una por cada uno de los tres muñecos de navidad…

Estaba por ver si era capaz de demostrar que había matado sólo a uno, pero ahora estaba siendo fatalista así que, ya puestos, se imaginaba el peor escenario posible. De haber sido mínimamente optimista hubiera tenido en cuenta de que una de sus víctimas era un perro y que, por lo tanto, dos cadenas y media era la condena más probable en concepto de “víctimas.”

—…y la otra—continuaría diciendo el juez—, por haber sido el causante de la trifulca con su estupidez tecnológica, incapacidad de previsión y distracción cibertelevisiva, todos ellos delitos de la mayor gravedad y recogidos en la Convención de Ginebra Limao contra la imbecilidad tecnológica. Así que otra cadena perpetua en concepto de I.T. Y que decir, ingeniero Mario, de su atentado contra la propiedad pública: ¿acaso desconoce que los muñecos de navidad son un bien de interés general y que, como tales, son defendidos en nuestra constitución?—, aquí habría alguna referencia al glorioso fundador de la República de la Ensaimada y a los padres de su constitución espiral, detalles de escasa importancia salvo que uno sea adicto a sustancias alucinógenonacionalistas—. Los muñecos de navidad son el resultado de muchos esfuerzos, de muchas mentes que han dejado lo mejor de sí mismos en pos del anhelo de terminar con la soledad humana, así que su destrucción debe estar fuertemente penada. Llegados a este punto, ingeniero Mario, le condeno a cinco cadenas perpetuas menos un año, siendo el uno en concepto de la parte proporcional de la propiedad pública que le pertenece y por la que me parecería injusto condenarle.

Incluso en una fantasía fatalista, aquel “uno” debiera haberle insuflado algo de optimismo. Aunque curiosamente el humor de Mario se vio más influenciado por las cinco cadenas perpetuas que por aquella muestra de clemencia por parte del juez.

Así que ya no le cabía la menor duda de que estaba perdido y de que ni siquiera a un ciudadano responsable y cumplidor de las leyes como él (aunque eso era, claro está, cuando esas leyes no amenazaban con encarcelarle por el resto de su vida y sus próximas cuatro, siempre y cuando tuviera el buen gusto de reencarnarse en sí mismo); como iba diciendo, que ni a un ciudadano responsable y cumplidor de las leyes como él le quedaba más remedio que encubrir aquel horrible crimen.

Mario llevó a los tres muñecos al baño y allí comenzó una concienzuda limpieza de todo resto de material genético o textil que los pudieran relacionar con él. Ni siquiera en un momento tan desesperado como aquel, Mario pudo dejar de sentir admiración profesional por aquellas maravillosas obras de la ingeniería; los firmes muslos y pantorrillas; los pechos de ella, suaves como los de una mujer de la edad que Cecilia aparentaba, unos veintiocho años; o la sangre, cuya textura e incluso sabor era idéntica a la humana.

Dejamos a Mario en su orgía de necroingeniería y retomamos sus cuitas en el momento en el que, previa visita a un descampado en el que abandonó tres grandes bolsas, volvía a circular por los barrios periféricos y entraba de nuevo en la gran urbe.

Ya acercándose al centro, se dio cuenta de que no sabía muy bien adonde se dirigía y que el camino que había tomado no era ni mucho menos el más corto de regreso a su casa. Preguntándose porqué el subconsciente le había llevado por aquellas calles, por las cuales, por cierto, hacía años que no pasaba, se dio cuenta de que era el barrio de Laura. Un barrio que llevaba años evitando conscientemente y al que, curiosamente, ahora que se sentía acorralado (pese a sus acciones transgresoras Mario no podía evitar dejar de pensar como un ciudadano de bien y en el fondo creía que la ley ganaría y que “los buenos” le acabarían cogiendo); un barrio al que volvía en busca de los últimos momentos en los que se había sentido verdaderamente feliz. Mario pensó en Laura, su querida Laura, y se preguntó como su propia vida, tras haber vivido algo tan bonito, se había convertido en un tan triste sucedáneo de aquella experiencia. Seis años intentando volver a aquel momento; seis años perdidos en burdas imitaciones de sí mismo. Una vida de repeticiones. Y a cada repetición el argumento perdía un poco más del mucho interés que había tenido en otro tiempo.

Siguiendo a sus pies, como si éstos secretamente hubieran deseado volver a subir aquellas escaleras, se encontró, tras un par de vanos intentos de que le contestaran al timbre, girando la llave de la cerradura del apartamento de Laura. Seis años y no había cambiado la cerradura. Quizás confiaba en que nunca volvería; o, quien sabe, no la habría cambiado esperando todo lo contrario.

Al entrar comprobó que Laura no estaba y, por el orden y el polvo, que llevaba bastante tiempo sin ir por allí. Sobre la cómoda, fotos de ella la mostraban con la mirada esperanzada y ganas de comerse el mundo. También estaba él, Mario, mucho más joven de lo que los seis años que habían pasado justificaban. Paseó por toda la casa de Laura. Tocó sus toallas, olió sus blusas, se tumbó en la cama y por un momento se imaginó que ella estaba a su lado. Y lo estaba, en aquella casa, aunque sin verla, se sentía más acompañado de lo que se había sentido en años. Habló con ella, la acarició imaginando que continente era contenido y que las mangas de sus abrigos eran sus brazos, talle y hombros; que la abrazaba y bailaban mientras le susurraba al oído mil historias, mil perdones, mil errores. Y mil veces le dijo: “a las mil y uno no nos equivocaremos.”

—Hay mil pasados malos—le decía ahora ebrio de amor—, pero sólo un futuro. Y te aseguro que no me van a hacer falta mil intentos de futuro para conseguir un presente a la medida de tus sueños.

Estaba tan ensimismado en aquella fantasía, una fantasía que parecía sin embargo mucho más real que su vida de los últimos años, que no oyó el ruido de las llaves al girar en la cerradura. Fue al cerrarse la puerta cuando Mario se lanzó como un resorte bajo la cama, su conciencia de buen ciudadano manteniéndole en un perpetuo estado de temor.

—Seguro que es la policía…

Pero aquel temor pronto dejó paso a un estado mucho más placentero: la duda. La duda de que pudiera ser ella. Y es que su conciencia de buen ciudadano no llegaba a los extremos de hacerle temer que fuera un policía con zapatos de mujer. Tenía que ser ella, reconocía su paso firme golpeando con golpes secos el viejo suelo de madera de la habitación. Vio sus largas piernas, su porte elegante y volvió a oler, renovado, su perfume de violetas.

Pensando en como presentar su historia de la forma más sencilla y el porqué, tras seis años sin verse, le encontraba escondido debajo de su cama, Mario encontró algunas explicaciones de lo más elegante; aunque, eso sí, algo difíciles de exponer desde su posición actual, así que se decidió por la más directa:

—Hola, Laura, estoy escondido debajo de tu cama…

Mario vio como los pies de Laura, que hasta un momento antes se habían estado moviendo por la habitación, se pararon en seco.

—Me estoy volviendo loca, oigo voces…—dijo ella—. Demasiado trabajo.

—No: no estás loca—dijo Mario saliendo de debajo de la cama—. De verdad estoy aquí.

—Si puedo elegir, y si no te importa, prefiero ser yo la loca. Cualquier cosa antes que estar con un loco que, tras seis años, se esconde debajo de mi cama.

—Todo tiene una explicación…

—No me cambies de tema.—dijo Laura comenzando una de aquellas conversaciones ridículas que tanto les habían divertido en otro tiempo—Una cosa es que “todo” tenga una explicación, que el universo la tenga, y otra muy distinta que tenga explicación el que tras seis años sin verte te encuentre debajo de mi cama.

—Veo que sigues con el mismo genio de siempre—dijo Mario con una sonrisa y cogiéndola de la mano.

Con el gesto aún fruncido y fingiendo estar enfadada, Laura dijo:

—¿Cómo estás, Mario? No te veo muy cambiado…

—Pues lo estoy, créeme que lo estoy.

—Yo también…—dijo ella en un susurro casi inaudible.

Los dos se quedaron callados, mirándose sin saber que decir. Finalmente Laura dijo:

—Bueno, ¿me vas a explicar el misterio?

—He matado a un muñeco de navidad.

—Vaya, no sabía que utilizaras esas cosas. Cuando estabas conmigo no parecías necesitar a nadie.

Mario sonrió a la vez que asentía con el gesto, antes de decir:

—Cuando estaba contigo no necesitaba a nadie porque te tenía a ti. Después de separarnos me di cuenta de lo mucho que te necesitaba y más tarde de lo mucho que necesitaba a alguien. Y al final me he encontrado pasando las vacaciones rodeado de muñecos…

Mario se sentó en la cama, su vista fija en el suelo. Hubiera querido llorar, hacer que Laura sintiera pena de él, pero Mario sentía tanta pena de sí mismo que ya ni siquiera se consideraba capaz de hacer sentir pena. Su alma en ebullición y su gesto congelado, no pudo evitar sonreír ante la patética escena que debía de ser verle totalmente derrotado.

—Lo siento…—fue todo lo que pudo decir.

—No: lo siento yo—dijo Laura acariciándole sus largos y ondulados cabellos—. Soy tan insensible que ya no soy capaz de escuchar los problemas de nadie sin acordarme de los míos. Ya ves que no eres el único que se ha desviado un poco del camino. Sigue con lo que me estabas contando.

Mario le contó la macabra escena sucedida con la familia de muñecos de navidad, terminando con aquella terrible amenaza: “la policía te hará pagar por lo que has hecho.”

Laura se sentó en una silla de su dormitorio. Tras unos segundos en los que, con seriedad, miró al suelo, estalló en una sonora carcajada.

—Mi querido Mario—dijo Laura—, si algo te tengo que reconocer es que siempre me has sabido hacer reír. Con intención o sin ella, eres el mejor chiste que me ha pasado.

—Vaya, eso suena muy halagador—, dijo Mario algo molesto.

—Si supieras lo poco que me río últimamente te darías cuenta de que es lo más bonito que te puedo decir.

—Es un consuelo, Laurita, ya sé que puedo contar contigo para visitarme en la primera de mis primeras cinco cadenas perpetúas. Para los otras cuatro no te olvides de hablarles de mí a tus hijos, nietos, biznietos y tataranietos.

—Si ya te lo digo: eres el mejor chiste de mi vida. Anda, ven que te dé un beso—dijo ella dándole un sonoro beso en al mejilla—. Y no te preocupes que no corres ningún peligro. A ver: ¿firmaste algún papel en el que pidieras que te persiguieran si matabas a un muñeco de navidad?

—¿Un papel?—, dijo Mario extrañado.

—Claro, un papel. Un muñeco es un muñeco: un ser sin alma; revoltijo de tejidos, huesos y remiendos más o menos logrados. Nadie te va a meter en la cárcel por matar a un muñeco.

—Pero yo había oído que…

—Que algunos van a la cárcel por agredir a un muñeco. Pero eso es porque lo han elegido así. No me preguntes el porqué, pero hay gente a la que le da morbo hacer todo tipo de cosas raras a los muñecos, una de ellas matarlos y que la policía simule que los persigue para hacerles pagar por su crimen. Supongo que es la adrenalina de escapar…Incluso hay mucha gente que, para hacerlo más real, pide que si les cogen les metan por un tiempo en la cárcel. Claro que si uno elige éstas opciones tiene que pagar por la policía y el alojamiento en la cárcel. Créeme, la policía no te va a perseguir y meter en la cárcel gratis.

—Pero yo había oído que hay gente a la que condenan a cadena perpetua.

—Y ese será el tiempo que, a no ser que cambien de opinión (aunque el dinero nadie se lo devuelve) pasarán en la cárcel.

—¡Pero si la semana pasada ejecutaron a uno por cargarse a un muñeco!

—Ni más ni menos que lo que solicitó. Y, de nuevo, lo que pagó. Te puedo asegurar que ordenar un suicidio asistido no es barato. Casi todos cambian de opinión antes de ser ejecutados, pero algunos quieren prolongar el placer de la ejecución por tanto tiempo que, para cuando quieren darse cuenta, ya es demasiado tarde.

Mario se quedó en silencio por unos instantes.

—¿Pero estamos todos locos?

—Ya sólo faltas tú—, dijo Laura.

-¿Y tú?

—Conmigo ya no cuentes para según que locuras. Y la cordura, tal y como está el mundo, es la peor de las locuras. Estoy loca, pero no tanto como para estar cuerda.

—Yo debo mi cordura a que desde que nos separamos he sido el perfecto imbécil—, dijo Mario.—Supongo que últimamente he pensado tan poco que a mi mente le ha dado pereza hasta volverse loca. Ya ves, ya no me entero de nada. Antes quería comerme el mundo y ahora simplemente me conformo con que el mundo me coma un poco más despacio.

—Creo que en el fondo sigues queriendo comértelo, aunque para ganar tiempo hayas dejado que te coma un poco.

—Sí fuera como dices—dijo Mario—, no hubiera dejado que empezara a comerme por arriba. Primero le hubiera ofrecido los dedos de los pies.

Laura sonrió y miró a Mario con infinita ternura. Tras unos instantes dijo:

—Sólo ahora me doy cuenta de lo mucho que echaba de menos hablar de todo y nada contigo.

—Vaya, no suenas muy feliz. Con mi tontería del muñeco de navidad me he olvidado de preguntarte como te iban las cosas.

—No tan mal como pueda sonarte—dijo ella—. Sigo trabajando mucho, como siempre. Tampoco es que tenga muchas razones para no trabajar. Digamos que no las he buscado. Desde que nos separamos sólo estoy tranquila cuando trabajo. La verdad, de no ser porque tenía que ver que todo estaba en orden por aquí creo que hubiera pasado la navidad en la oficina. Allí tengo todo lo que necesito: una cama, un pupitre, un pequeño baño…Hace meses que vivo en el ministerio.

—¿Qué estás haciendo ahora?

—Publicidad humanística. Ya sabes, está de moda la filosofía. Ahora estoy trabajando en una línea de productos Platón. No sé si lo viste, pero yo era la responsable de aquel anuncio de telefonía móvil: “Dialogue con tarifas Platón.” O aquel servicio de defensor del pueblo: “Socrates preguntaría.” También tenemos las sandalias Demócrito, o los abonos de jardín Séneca. O el antidepresivo Kafka: “porque hay cosas peores que ser un bicho…” Sí, supongo que a falta de una vida, no está mal tener un buen trabajo. Pero bueno, no vamos a pasarnos el poco tiempo que tenemos hablando de mi trabajo. ¿Y tú? ¿Sigues con los de los ataúdes movimáticos?

—Me gustaría encontrar algo mejor, pero tal y como están las bajas en la guerra los ataúdes son muy necesarios.

—Sí, la guerra—dijo Laura pensativa—, ojalá algún día acabe. Pero no hablemos de cosas desgradables. Anda, ven al salón y vamos a sentarnos un rato.

No hablaron mucho más. Tenían sus emociones tan oxidadas que todas aquellas confidencias les habían dejado exhaustos. Se quedaron dormidos poco después en el sofá, ella acurrucada sobre el pecho de él.

Mario se despertó a las tres de la mañana. Le despertó el golpe de la puerta al cerrarse y al mirar a su alredededor vio que Laura ya no estaba. Sin ni siquiera moverse, cerró los ojos de nuevo y, con una media sonrisa, se dijo que lo había vuelto hacer. No importaba que todo se hubiera aliado a su favor. Seis años, miles de ataúdes y tres cadáveres después (o cinco contándoles a ellos), todo seguía igual. Ella se había ido y él, una vez más, no le había dicho cuanto la quería. Iba a decírselo antes de dormirse y, ya dormido, soñó que ya se lo diría al despertarse. Ahora, intentando conciliar otra vez el sueño, pensó que ya se lo diría las próximas navidades, que es cuando Laura volvería a salir. Cuando se lleva tanto tiempo perdido, ¿qué es un año más?

“Y, conociéndome, seguro que aún me quedan muchos años por perder,” pensó Mario. “Así que mejor no enfadarse.”

Enfadado o no, lo cierto es que se incorporó y se sentó en el sofá. La frente apoyada sobre las palmas de la mano, los codos en ángulo recto sobre sus rodillas, se dijo entre grandes bostezos que no estaba muy seguro para que se estaba desperezando, pues su vida a partir de ahora iba a limitarse a dormir y esperar a que ella volviera.

Ahora lo sabía. De repente su gesto se contrajo y, apretando los puños que aún tenía apoyados en la frente, una rabia terrible le recorrió todo el cuerpo. Un año era mucho: un año, un minuto, un segundo…; más que el tiempo perdido lo que le molestaba era el concepto de estar perdiéndolo. Estaba harto. Harto de que lo mejor que le pudiera pasar fuera irse a la otra vida con uno de sus ataúdes movimáticos.

Corrió tras de ella. Le diría que tenía razón, que era un chiste, bueno o malo que importaba, pero que a ella le debía sentar muy bien compartir su vida con un chiste porque cuando estaban juntos tenía un brillo en los ojos que ahora ya no tenía. Un brillo que le haría recuperar. Volverían a hablar, a reírse, a no buscar una vida en el trabajo, a encontrar sentido a las cosas sin ni siquiera buscarlo. Al demonio los demás con sus ataúdes movimáticos y su publicidad humanista.

—¡Ataúdes Poe!—gritaba Mario entre carcajadas mientras bajaba la escalera a grandes zancadas—; ¡donde la muerte es sólo catalepsia!

Llegó a la calle justo a tiempo de verla alejarse en un taxi. Mario paró otro y le dijo al conductor que le llevara al Ministerio de la Creatividad. El trayecto duró cerca de una hora entre carreteras serpenteantes y caminos que transcurrían entre la más exuberante de las vegetaciones. Finalmente llegaron hasta una gran barrera que cerraba el paso.

—Sólo puedo traerle hasta aquí—dijo el taxista—. Para pasar la barrera necesita autorización.

—Aquí está bien, gracias.

Al irse el taxi, Mario se encontró a solas en un pequeño descampado. Frente a él, una barrera advertía que acababa de llegar al Ministerio de la Creatividad (MIC), con una cita en latín que Mario no entendió pero que no dudó que debía significar algo así como “el progreso nos hará a todos más fuertes, guapos y listos…” Todos los ministerios tienen su cita en latín. En realidad, todos aquellos sitios que quieren comunicar credibilidad sin tener nada que decir. Algo así como decir, “soy muy listo, tengo cosas muy inteligentes que decir, aunque, a ser posible, prefiero que no me entiendas.” Mario se preguntó como podía ser inteligente aquello que se utiliza para no ser entendido.

Así que aquel era el famoso Ministerio de la Creatividad. Allí iban las mejores mentes a vivir como monjes, dedicados a la gran labor de educar e impulsar a la sociedad a través de las ideas. Se contaban muchas historias sobre aquel lugar, ninguna de las cuales había oído de Laura pues ella había empezado a trabajar allí después de separarse. Antes ya había tenido ofertas del MIC, Laura era una muchacha muy brillante; demasiado como para desperdiciar su talento exprimiéndolo como si fuera una naranja; demasiado como para, habiendo encontrado una razón para ser feliz, no aprovecharla. Mario era su razón. Una vez perdida aquella razón, Laura ingresó en el ministerio.

Mario apretó un enorme botón amarillo que había en la puerta junto a un micrófono, oyendo unos instantes más tarde una voz grabada que le decía:

—Ha llegado usted al Ministerio de la Creatividad, MIC, si ha venido a visitar a un familiar diga “familia”; si a un amigo, diga “amistad”; si su visita es por motivos profesionales diga “trabajo”; si está aquí por curiosidad diga “curiosidad.”

Curiosidad la que sentía Mario, que dejó que la voz siguiera con sus opciones hasta que, un par de minutos más tarde, interrumpiendo a la grabación mientras decía: “…diga agresión…”; Mario gritó:

—¡Amistad!

—Ha elegido usted amistad—dijo la voz antes de hacer una breve pausa—. Una amistad poco intensa si su amigo o amiga no le ha advertido que en este ministerio no se admiten visitas. Vivimos en un ambiente muy controlado, uno en el que las interrupciones son peores que los virus. Hasta el más nimio detalle puede alterar el equilibrio que permite a nuestros funcionarios crear. Gracias por su comprensión, si quiere llamar a un taxi, diga “taxi.”

Mario asintió y se fue, cabizbajo y con las manos en los bolsillos, por el serpenteante camino por el que había venido. No había que dramatizar, ya estaba acostumbrando. En el fondo la culpa era suya, con sus anhelos repentinos e imposibles de realizar. Quizás debiera probar a anhelar cosas realizables. Así no tendría una perpetua excusa para el fracaso y podría, de vez en cuando, exigirse el éxito.

—¡Os lo creéis!—; gritó tras haber andado ya diez minutos en el camino de vuelta.

Ahora corría en dirección contraria, camino del ministerio, y jadeante se decía que no tenían razón; que si la tuvieran Laura no hubiera perdido aquel brillo en los ojos del que se había enamorado. Se repetía una y otra vez que sólo él la conocía; que sólo él sabía que era demasiado lista para ser sólo lista. Y que sólo ella le conocía a él; que sólo desde que la había perdido se había resignado a hacer por el resto de su vida aquellos malditos ataúdes; que sólo desde entonces se había resignado a que aquellos malditos ataúdes fueran a existir siempre. Y se preguntaba que tipo de vida era aquella en la que, por poder resignarse, se había resignado hasta a vivir sin Laura.

Mario se escondió en un recodo del camino que llevaba al ministerio. Tras un árbol, tumbado entre las hojas, esperó varias horas. No sabía a qué esperaba, de momento le bastaba con saber el porqué. No dudaba de que encontraría alguna manera de entrar, por la simple razón de que no tenía más remedio que encontrarla.

“Las hojas del camino hacia ti…¿Cómo he podido tardar seis años en tumbarme entre las hojas por ti?”

Esperó durante horas a que llegara algún coche, alguna forma de comprender como funcionaba el sistema de seguridad del ministerio. No llegó ninguno. Finalmente, harto de esperar y aterido por el frío, rodeó el contorno del ministerio. Buscaba agujeros, túneles o puertas, pero el ministerio, pese a no tener un aspecto muy imponente, parecía un lugar seguro. Las cárceles deben tener un aspecto imponente para dar seguridad a la población de que sus presos están bien custodiados; cuando lo que se custodia son ideas, basta con que sean seguras.

Alrededor de las tres de la mañana, desde una pequeña colina que había en la periferia del ministerio, vio movimiento. Eran camiones: habían aparcado junto a una salida del ministerio y parecían estar cargando algo. Mario se acercó todo lo que pudo, que no era mucho, pues de bajar más hubiera perdido la elevación suficiente para poder verlo. Tras mucho esforzar la vista y mirar con paciencia, logro por fin ver que las cajas que cargaban, unas cajas grandes y de diferentes tamaños, eran idénticas a las que había comprado unas horas antes. Eran muñecos de navidad, los cuales desde aquel momento saldrían en dirección a todos los puntos del país.

Aquello no tenía nada de extraño. El Ministerio de la Creatividad, al fin y al cabo, se ocupaba de la fabricación de los muñecos de navidad. Aquel descubrimiento a Mario le interesó desde el punto de vista de que aquellos camiones tendrían que salir. Y ya se sabe aquello de que, cuando no hay forma aparente de entrar, la mejor oportunidad está en esperar a que alguien salga. Mario no sabía si alguien había dicho eso ya, pero en todo caso le pareció una idea lo suficientemente cabal como para merecer que alguien la hubiera dicho antes.

Arrastrándose entre las hojas, Mario descendió hasta la entrada trasera del Ministerio. Había llegado el momento. Con el mayor disimulo, pero caminando con paso firme y decidido, Mario entró por la barrera junto a la que los camiones estaban cargando los muñecos. Había tanto ajetreo, tanta gente abriendo y cerrando puertas, entrando y sacando camiones, tantos coordinadores y coordinados, que no le fue difícil escabullirse y colarse al interior del ministerio. Una vez dentro, le sorprendió la cantidad de pasillos, pasillos que rodeaban el ministerio en forma circular, formando una gran espiral que se enroscaba.

Mario caminaba ahora por los pasillos. Cada cinco metros se encontró una puerta, una pequeña puerta tras la cual, especialmente visible en la oscuridad del pasillo, se percibía una intensa luz roja. En cada puerta había mirillas y Mario las abrió esperando encontrar a Laura.

En la primera puerta encontró una visión algo escabrosa. En su interior, un hombretón rubio con el pelo revuelto y barba, pensaba en voz alta. Se autoproclamaba el último escritor, el mejor, el que pondría la última palabra. El que daría por terminado el género literario. Después de él todo sería repetición. Se movía lentamente, como si su cuerpo le pesara e incluso cuando sentía rabia, momento en el que golpeaba con fuerza contra lo primero que se encontraba, lo hacía lentamente y como si le faltara el aliento.

—La voy a encontrar, voy a encontrar la última palabra…—; clamaba mirando al cielo, como si el cielo le debiera algo, bien por privarle de esa última palabra que su brillante intelecto merecía encontrar, bien por haberle privado de un brillante intelecto con el que encontrar la última palabra. En todo caso de lo que no parecía caber la menor duda es de que la literatura había nacido para que él pusiera la última palabra y él para ponerle la última palabra a la literatura.

—Vamos a seguir. Ya casi tengo la última frase. La primera y última frase de mi historia. “Érase un hombre que comenzó a ser en el momento que dejó de ser.” ¡Sí! ¡Lo he conseguido! ¡Acabo de poner fin a la literatura!

El hombretón se sentó en la cama. Su gesto, triunfante momentos antes, mostraba ahora la mayor de las amarguras. Otra vez volvió a golpear la pared, mirándose momentos después la mano dolorida. Parecía aliviado: aquel dolor le libraría de tener que escribir más aquel día. Sollozando, enrollado sobre sí mismo y con la cabeza apoyada en la almohada, el hombre se quedó dormido. Toda aquella escena había sucedido con la ya mencionada lentitud, como a cámara lenta, durando cada palabra el doble de lo normal.

Conmovido por la figura de aquel hombretón derrumbándose y sollozando como un niño, Mario continuó caminando. En la siguiente celda (celda de monasterio más que de cárcel) tampoco encontró a Laura. Allí encontró a la antítesis de aquel hombretón. Ahora veía a un joven nervioso que caminaba por la habitación exultante, en sus palabras, de haber creado el dibujo perfecto. Hablaba como si estuviera concediendo una entrevista, contándole a un entrevistador imaginario detalles y anécdotas sobre su descubrimiento.

—Pues sí, amigo mío, ya sé que se siente usted impresionado. Le entiendo y le confesaré que no es el primero que me mira absorto e incapaz de encontrar nada que decir o preguntar. Y es que uno no conoce cada día a la persona que pintó el cuadro perfecto.

El joven alto y delgado, con bonitos rasgos, ojos azules, y melena rubia enmarañada, pintó entonces su obra maestra. Y entonces Mario, como el entrevistado invisible o imaginario, tuvieron en frente la que, posiblemente, fuera la pintura perfecta. Un enorme cero, o habría que decir un enorme círculo, o quizás un sencillo y clásico esquema del globo terráqueo, o quizás el cerco negro de un perfectamente delimitado espacio blanco…

—Una circunferencia—decía el muchacho—. La imagen que no tiene ni principio ni fin, la que representa el mundo y la vida, la gloriosa tarea de caminar para siempre o la humillante verdad de que, por mucho que se camine, nunca se llegara a ningún sitio. Yo lo dibujé. Sólo yo supe ver que era la culminación del arte.

Mario hubiera continuado algún tiempo más escuchando al joven, pero tenía encontrar a Laura y cada segundo que pasaba sin buscar corría el riesgo de que le encontraran a él.

En la siguiente puerta tampoco encontró a Laura y aunque no se quedó a escuchar a su inquilino, si escuchó una voz femenina que decía:

“Tocar la piedra, rozarla siquiera, sería atentar contra la mejor de las esculturas.”

Tampoco en la siguiente, donde un hombre con voz chillona gritaba:

“Todo eso es demagogia, demagogia propia de un político sin ideas e incapaz de comprometerse ni siquiera con su sombra. Es gente como usted la que…”

Por fin la encontró. Como otros inquilinos que había visto al pasar, Laura dormía. Golpeó con fuerza la puerta y, por más que intentó forzarla, no logró que se abriera. Además, Laura no reaccionaba y seguía durmiendo un sueño muy pesado; tanto que, al mirarla fijamente, le pareció que ni siquiera respiraba y que su cuerpo había culminado el cambio anunciado por sus ojos, teniendo ahora tenía un aspecto casi inerte.

Todo aquello sorprendió a Mario: tanta frustración, ilusiones y grandes pretensiones. Y algunos cuerpos que más que dormir parecían estar muertos. Entonces un elemento de las habitaciones le llamó la atención, un elemento que ahora veía en el techo de la habitación de Laura y que recordaba haber visto en todas las demás. Eran unas placas rojas, de apariencia esponjosa y con una luminosidad incandescente. Abriendo la mirilla (aún intentaba forzar la puerta), Mario logró introducir la mitad de la mano. Aquella extraña esponja incandescente debía de emanar alguna sustancia o, tal vez, absorber alguna otra. En un principio no notó nada, pero lentamente fue notando que comenzaba a pensar pensamientos que, si eran suyos, no se habían anunciado hasta aquel momento.

Haciendo lo posible por no levantar la voz no fueran a descubrirle, se encontró susurrando sobre grandes proyectos que iba a realizar, sobre sueños y visiones que algún “cretino de mente estrecha no me ha dejado realizar.”

Un ruido en el interior de la habitación de Laura hizo que se alarmara. Mario sacó la mano de la celda e inmediatamente notó que todos aquellos pensamientos desaparecían. Cuando volvió a mirar por la mirilla, vio que un dispositivo con enormes barras elevaba la cama de Laura hacia una abertura en el techo en la que desapareció. Momentos después, la cama había vuelto a su lugar perfectamente hecha.

Un ruido seco volvió a sobresaltar a Mario. Era la puerta, que se había abierto. La celda había quedado totalmente limpia y ordenada. Sigilosamente e intentando hacer el menor ruido posible entró, dejando la puerta entornada. No había dado aún ni dos pasos en la celda, cuando otro golpe seco le volvió a sorprender. De nuevo la puerta: ahora se había cerrado. Tantos esfuerzos para intentar entrar y ahora que estaba dentro repitió los mismos esfuerzos para intentar salir. Estaba atrapado.

Mario se sentó en el pupitre en el que Laura había pasado tantas horas. Quiso repetir lo que había sentido horas antes, el placer de ver las cosas de ella, de pensar sus pensamientos, de deslizar sus dedos por las mismas páginas. Pero al abrir los cajones no encontró lo esperado, ninguno de todos aquellos tratados de publicidad humanista de los que le había hablado. Y no es que lo que encontró no le resultara familiar. Tan familiar que del interior de aquellos cajones salió un libro que, sin haber estado nunca en sus manos, era en todos los demás sentidos suyo. Nunca pensó que aquel título le fuera a dar tanto miedo:

“La Ciencia de los Ataúdes Movimáticos,” por Mario Consell.

Su pavor continuó aumentando al revisar las estanterías que, pobladas de libros, rodeaban a la puerta: libros de ingeniería, física y arquitectura. Pero cuando ya pensaba que no podía tener más miedo, se dio cuenta de que aún le quedaba la suficiente conciencia para espantarse de su siguiente pensamiento:

“Vaya, parece que por fin voy a poder realizarme profesionalmente. Le demostraré a esos aficionados que llevan la vida poniéndome el pie encima de lo que es capaz un buen ingeniero…”

Mario se sentó en la silla junto al pupitre y comenzó a estudiar. Sus dedos volaban sobre el papel, las líneas se juntaban como si estuvieran destinadas la una a la otra, como si llevaran toda la vida esperándose. Mario se sorprendió sonriendo como momentos antes había visto sonreír al joven pintor.

Entonces se levantó. Estaba frustrado, momentos antes se quería comer el mundo y ahora le parecía que todo lo que estaba haciendo era absolutamente inútil. Hubiera matado. No, no era justo. Quería matar a alguien, a sí mismo o a quien fuera el culpable de su falta de acierto o talento. Era culpa de alguien, de alguien…

Mario se sentó en la silla encogido sobre sí mismo, la cabeza entre las rodillas. Lentamente, como si sus pies pesaran mil toneladas, comenzó a levantarlos. Bajaron aún muchas veces hasta el suelo, antes de, por fin estar a la altura de la silla. Momentos más tarde, Mario repetía posición, la cabeza entre las piernas, si bien ahora estaba en cuclillas sobre la silla.

Nunca supo ni sabría de donde había venido aquel pensamiento; tras un salto felino Mario estaba colgado de una barra del techo y despegando con la mayor de las furias aquella espuma incandescente. Minutos después lo había logrado y dejado al descubierto un complicado entramado de cables y paneles.

Nada más caer la esponja, los paneles comenzaron a moverse. Se estaban regenerando, una cinta eléctrica estaba reemplazando la espuma rota por una nueva. Pero mientras esta operación tenía lugar, Mario tenía la mente clara. Subiéndose de nuevo a la silla y colgándose de la barra, con mayor dificultad pues en su caso la clarividencia parecía ser poco amiga de movimientos felinos, logró desplazar los paneles, dejando al descubierto un pequeño boquete por el cual, tras gritos y sudores logró introducirse.

Ahora se encontró en una enorme estancia, tan grande como todo el edificio. Una estancia que dedujo debía de estar construida sobre los pasillos en espiral. Había una luz roja intensa, parecida a la de un cuarto oscuro de fotografía, una luz que provenía de todas las espumas incandescentes, la cuales desde aquella habitación eran perfectamente visibles. En rectángulos de cuatro por dos, como las celdas, seguían la forma de la espiral.

En el centro de la estancia un enorme generador, del cual partía una alta escalera de caracol. Con la rabia de un niño que rompe lo que no le gusta y percibe que le hace mal; con un impulso tan fuerte como su ignorancia sobre lo que estaba haciendo; Mario la emprendió a golpes con el generador. Lo golpeó, le estiró de unos pelos que eran cables, le pegó patadas e incluso cabezazos; cabezazos que, de paso, le sirvieron para terminar de aclarar las ideas, ya que los efluvios de las espumas incandescentes llegaban también a aquella estancia. El generador no opuso mucha resistencia y, tras un par de minutos de castigo, fue gradualmente perdiendo control sobre las espumas incandescentes, para finalmente perder control sobre sus circuitos y dejar todo el edificio a oscuras.

Sólo entonces Mario tomó conciencia de lo que había estado haciendo y, casi sin poder respirar, permaneció quieto esperando a ver los resultados de sus acciones. Ahora, ya sin el ruido del generador, se oían con más claridad las voces que provenían de las celdas.

Aún a oscuras, el pintor continuaba con su entrevista imaginaria.

—El gran cero, como le iba diciendo, el cero que es la puerta del infinito. El infinito, vaya idea bonita. ¿No le parece una idea bonita, señor periodista? Si no hay final no hay que buscarlo y si no hay que buscarlo nada nos impide disfrutar de todos y cada uno de los momentos que nos llevan en ese camino del infinito. Si no hay final no hay principio: sólo camino. En un mundo infinito no nacemos ni morimos: sólo vivimos. Vivir: ¿alguien sabe que estoy haciendo aquí dentro? ¿Hay alguien ahí? Oiga, de no ser porque llevo tres años hablando con usted creería que no está usted aquí. Es que está todo tan oscuro que no veo nadie…No: no hay nadie. Acabo de palpar la silla y no hay nadie. ¿No hay nadie?

Fuera porque el ruido del generador les había impedido oírse, bien porque sus ideas les tenían demasiado ocupados para escuchar, los gritos, al contrario que en otras ocasiones, si parecieron llegar a algún destinatario.

—He oído lo que has dicho—era el hombretón de la última palabra el que hablaba ahora—y me gustaría escribir algo sobre eso. Lástima que haya escrito la última palabra de la literatura, que si no creo que escribiría un pequeño cuento…Lo llamaría “El Hombre y su Cero Perfecto.” O mejor aún: “Huídas de la Perfección de Cero.” Ya estamos que he terminado la literatura, que el edificio es perfecto gracias a mi contribución final, pero un adorno no estará de más. Sólo uno, o quizás dos…¿Quién era el que habla? Estoy intentando salir pero no puedo. Después de doce años me doy cuenta de que me tienen encerrado.

—Vaya, este periodista invisible tienes patas que pegan fuerte—era el pintor, quien, siguiendo la voz del escritor, la había emprendido, con la ayuda de su periodista-silla, a golpes con la pared.

No fue el único, también el político golpeaba la pared a la vez que decía: “estoy harto de escucharme…Si alguien sabe como arreglar el problema de las pensiones estaré encantado de hacer de oposición leal. No sé si antes tenía razón, pero sí que el pretende tener siempre la razón ya sabe que no la tiene nunca. Para tener la razón hay que escuchar y escuchar es comprobar que es inevitable equivocarse de vez en cuando.”

De entre todos nadie lo tuvo más fácil que el escultor, quien a golpe de piedra atravesó con facilidad las separaciones de corcho que delimitaban las celdas.

“Después de todo tenía razón cuando decía que la piedra es la escultura más perfecta. Bueno, supongo que ha llegado la hora de aplicarme en hacer la escultura más imperfecta. Mi lema: no hay nada más imperfecto que el perfeccionismo…”

Era tanta la alegría de encontrarse con un ser humano tras tanto tiempo, que, tras un primer instante de furia al ser golpeado por la piedra, el pintor se calmó rápidamente:

“Vaya, los ceros dolían menos…”

Entre todas aquellas voces, que continuaron en los más diversos tonos; a ratos como una celebración, en otros como un agitado diálogo; Mario oyó un ruido de cajas. Para ser más exacto, de cajas que se rompían.

“¿Se puede saber que estoy haciendo en una caja? ¿Y por qué llevo un cable clavado en el pie?”

Era la voz de Laura. Al oírla Mario saltó como un resorte, dirigiéndose al lugar de donde provenía y gritando a la vez su nombre.

No tardaron en encontrarse, fundiéndose en un abrazo:

—Mario, ¿debajo de que cama nos hemos metido ahora?

—No lo sé, pero te puedo asegurar que será la última debajo de la que nos metamos.

Estaba amaneciendo. A través de unos pequeños respiraderos y claraboyas, comenzó a entrar la luz. Cuando por fin pudieron distinguirse, Mario ya no tuvo la menor duda: Laura había recuperado el brillo de sus ojos. Ya no era la vieja que le había mirado unas horas antes, sino la niña vivaraz y endiabladamente lista de la que se había enamorado ocho años antes. Mario miró al pie de Laura y, efectivamente, un cable salía del mismo. De un fuerte tirón lo sacó, dejando tan sólo la marca de un pequeño agujerito que no sangró más de treinta segundos.

—Mientras limpiaba el muñeco de navidad me di cuenta de lo superficialmente que estaba conectado el cable.

—Vaya, para ser un chiste estás hecho todo un héroe.

Las confidencias, discusiones y debates habían ido cesando hasta que finalmente se había hecho un silencio absoluto. Cuando, a golpes con las poco tiempo antes incandescentes espumas, miró en las celdas, vio que estaban vacías:

—Parece que han encontrado la salida.

Mario y Laura bajaron a las celdas y, siguiendo los agujeros de las paredes, no les fue difícil llegar hasta una pared que daba a un trastero cuya puerta estaba abierta. Al salir, en los jardines del ministerio, Mario y Laura vieron un grupo de gente sentada sobre la hierba. Algunos seguían hablando, alguno incluso, como el joven pintor, seguían haciéndolo animadamente. Otros estaban tumbados sobre el césped, era un bonito amanecer, y algunos se habían cogido de la mano.

—¿Ha sido usted?

Mario asintió.

—Gracias—le dijo el joven pintor y extendiéndole la mano—Me llamo Juan.

—Yo Mario.

—¿Por qué?—preguntó Juan—¿Qué hacíamos allí?

—Una vez os quitaban todas las ilusiones os convertían en muñecos de navidad. Eso es un hombre o una mujer sin ilusiones: un muñeco de navidad. Y eso no es todo…Pero antes de explicártelo tengo que hacer una última comprobación. Además, éste no es el mejor sitio para explicarlo.

Mario abandonó al grupo y se dirigió de nuevo al interior del edificio. Minutos después volvió ojeando unas notas que había tomado en un pequeño bloc de bolsillo. Dirigiéndose al grupo, dijo:

—Os invito a un picnic. Allí creo que os lo podré explicar todo.

—¿Un picnic?—preguntó el político—Eso me recuerda al famoso Picnic de las Mezquitas, el tan recordado Mosque´s Picnic, en la primavera de 2005. Allí estaban el presidente de Estados Unidos, Wesley Clark; el primer ministro de Israel, Isaac Sprinzak, y el joven líder de la autoridad palestina Abu Said. Lástima que después de arreglar el mundo entre todos lo volviéramos a estropear. Así que un picnic…

—Sí, un picnic. Un picnic en la explanada de las batallas.

Era un lugar extraño para celebrar un picnic, pero de todas formas el camino, previo paso por un supermercado para comprar víveres, transcurrió entre risas. Unas risas que se convirtieron en silencio y respeto en cuanto comenzaron a oír el silbido de las balas y los gritos de dolor. Mientras caminaban, Mario iba mirando el reloj, pidiéndoles que aceleraran o frenaran el paso dependiendo de los cálculos que parecía ir haciendo.

—¡Aquí!—dijo Mario—Un lugar perfecto para un picnic perfecto.

El ruido era ensordecedor y Juan dijo:

—Nos salvas de convertirnos en muñecos de navidad para ahora traernos a morir. No te lo tomes a mal, pero prefiero ser un muñeco vivo que un hombre muerto…

Juan no parecía ser el único que pensaba que aquel no era el mejor lugar para hacer un picnic. Y es que un militar, montado en un pequeño todoterreno descapotable, se unía ahora a la fiesta.

—Buenos días—dijo bajándose con porte marcial.

—Buenos días, sargento.

—¿Se puede saber que están ustedes haciendo?

—Tratando de abrir una lata de atún—dijo Mario.

—Eso ya lo veo—dijo el sargento tratando de disimular su enfado—En realidad no es lo que hacen lo que no me parece bien, sino donde lo hacen. Esta es una zona militarizada, un lugar altamente peligroso.

—En eso tengo que darle la razón—dijo Mario mirando el reloj—…al menos durante los próximos veinticinco segundos.

—No le entiendo—dijo el sargento cada vez más enfadado—aunque por su forma de hablar deduzco que no debiera perder mucho tiempo en intentarlo. Dejémonos de chaladuras si le parece…

—Estoy totalmente de acuerdo, mi sargento, dejémonos de chaladuras.

Ante la sorpresa de todos, el ruido de las balas cesó. Ahora sólo se oían los gritos de los heridos y el de los soldados gritando: ¡ni una bala más!

—Vaya, ya suponía que las balas del enemigo también las fabricábamos nosotros—dijo Mario—. Teniendo en cuenta de que al enemigo también lo fabricamos nosotros, supongo que lo menos que podíamos hacer era darle las balas. Bienvenido al paro, mi sargento, creo que ya tiene tiempo para unirse a nuestro picnic.

Los gritos de los heridos fueron desapareciendo así como fueron desalojándolos y tras unos minutos en el que los ataúdes movimáticos pasaron como centellas, el escenario del picnic se fue convirtiendo en uno digno del más sublime dominguerismo.

—Bueno, amigos, quiero deciros que todas vuestras ilusiones, esas que os forzaron en el ministerio para después robároslas, están en todas y cada una de las balas que encontraréis en el campo de batalla. Esa era la misión del MIC: hacer balas para el gran poder. El mecanismo era de lo más ingenioso, un dispositivo que incentivaba y robaba la ilusión y que utilizaba esa energía, la humana (a la que, tras lo que he visto, no dudo en calificar como la más poderosa de las energías), para convertirla en balas. Los cuerpos, una vez desprovistos de energías, se convertían en muñecos de navidad. Lo que aún no sé, y francamente creo que nunca sabré, es quien lo hacía. El ministerio estaba totalmente vacío y estaba montado como si el que lo creó lo hubiera dejado allí para que funcionara solo. Todo un misterio. Por cierto, una última prueba. Ven Juan, quiero enseñarte algo. ¿Ves estás balas? Aún tienen encerradas la ilusión, así que si las coges y las rompes saldrán las ilusiones y podrás pintar como nadie lo haya hecho antes.

Juan cogió un puñado de balas y, efectivamente, tras romperlas comenzó a ver las visiones más bonitas y a pintarlas en uno de los lienzos que, sin ser tan perfecto como ese cero que contempló, comentó y analizó durante años, algunos se atreverían a sugerir que quizás fuera más bello. Cuerpos que se recomponían, nubes que dibujaban formas que tal vez formaran parte de las ilusiones atrapadas en las balas.

Al terminar, el autor miró orgulloso su obra. Entonces cogió otro lienzo y mientras comenzaba otro cuadro dijo:

—Hay una cosa que no entiendo, Mario. Si para quitarnos las ilusiones había un mecanismo; ¿cómo es que no lo hay para devolvérnosla? ¿Porque basta con abrir la bala?

—Porque abrir la bala no sirve de nada. Una bala es de los pocos instrumentos absolutamente inútiles. Las balas no esconden nada, no atrapan nada. Pero antes de decírtelo quería que hicieras un cuadro como el que has hecho. De las balas no recuperarás nada, pero no hace falta, porque la mente tiene copias, originales, sucedáneos, repeticiones, e innovaciones de todas y cada una de las ilusiones que hemos perdido. Se pierden y se recuperan…

El resto del picnic transcurrió sin novedad. Mario, Laura, Juan y sus amigos, hablaron, brindaron y cantaron. Uno se había traído una guitarra, otro una armónica, Mario cogió un par de ramas y sobre una cantimplora mostró un sorprendente sentido del ritmo. De entre el grupo salió un cantante, uno que llevaba todo el día callado pues, según confesó, ni el salir del ministerio le había convencido de que la última canción no estaba cantada. Ahora dijo que no lo estaba, que aún quedaban muchas; muchas nuevas y muchas viejas, viejas que se harían nuevas al cantarlas y nuevas que nos evocarían que una parte de ellas fue compuesta en el principio de los tiempos. El cantante, un anciano de larga melena blanca y aspecto venerable, confesó que en un tiempo había sido el cantante de ópera más importante del mundo y que había interpretado obras de los mejores compositores, todas ellas sublimes, pero que ahora era otra la que le apetecía cantar, una cancioncilla que había oído de pequeño y que decía…

¿Qué fue de Baby Trump?

¿Qué fue de baby Trump?

 

Hay un momento en la película ¿Qué fue de Baby Jane? en el que el personaje de Bette Davis, la otrora niña prodigio Jane Hudson, muestra su cara más perversa al servir en la comida un periquito que su hermana Blanche (Joan Crawford) tenía por mascota. En ese momento el espectador cambia la antipatía por el odio; desde ese momento somos conscientes de que Jane no es una enervante manipuladora, sino una torturadora capaz de las más horribles cueldades.  Es el momento que aclara cualquier ambigüedad y a partir del cual comprendemos que Blanche debe hacer lo posible por escapar de la influencia de su perversa hermana.

Y, sin embargo, momentos más tarde escuchamos junto a ella las explicaciones de Jane y, al pasar el impacto de la sorpresa, descubrimos que nada ha cambiado y que el que considerábamos gran evento en realidad sólo es uno más de la cadena, que la gran maldad no existe mientras sea acotada por pequeñas definiciones y que cuando algo puede ser atacado también puede ser defendido.  Y esta defensa será no sólo escuchada sino anhelada y aceptada por aquellos que no están en condiciones de juzgar libremente, bien sea por culpa, miedo o cariño como Blanche con respecto a su hermano o afinidad política como en el caso de los votantes de Trump.

Desde que comenzó su presidencia, siempre parece que el siguiente escándalo será el indefendible que no admitirá debate. Pero al final todo es argumentable y tras la sorpresa e indignación inicial nos sorprenderemos de que aquello que desde nuestro punto de vista era tan claro e indignante esté siendo defendido y legitimado por sus seguidores para, días más tarde, pasar al olvido convirtiéndose simplemente en otra pequeña abolladura en la armadura de The Donald.

Los manipuladores de todas las esferas, no solo cuando son presidentes de gobiernos de dimensiones continentales, disfrutan del control que les proporciona sobre nuestras vidas la incomodidad de sus acciones, del hastío que nos provoca tener que combatir contra la sinrazón; del superpoder de jugar con reglas diferentes a las de aquellos a quienes despreciarán por intentar demostrar su perversidad utilizando normas morales convencionales tan diferentes del único juicio definitivo que reconocen: el de su capricho.  No es tanto que crean que tienen razón como que ni siquiera se planteen habitar en una organización social que no tenga por objeto la satisfacción de sus necesidades.  Salirse con la suya es un bien en sí mismo, uno claro y conciso y no esas vagas y lejanas mediciones del bienestar social.

Una de las pocas veces que Trump bajó la guardia, en un extraño instante de sinceridad, al ser preguntado si la tensión que había introducido en los mercados internacionales con su estrategia negociadora con China podía afectar a la confianza en la economía y acelerar una recesión, contesto: “yo negocio así”.  De nuevo, lo bueno para el prójimo no es lo importante, sino que sea suyo; su gobierno no es un servicio a la ciudadanía sino un modo de expresión personal.  Una presidencia de autor (que de permitírsele tendería a la dictadura personalista) en la que Trump no gobierna, sino que se expresa gobernando y en la que su único objetivo es el triunfo que demuestra su supervivencia, siendo capaz de ganar tras múltiples derrotas y de sopreponerse a decenas de bancarrotas.  No puede ser corrupto pues carece de principios; sabe que no se le  vota por razones políticas o sociales sino de simpatía y que genera la fidelidad que se siente por un equipo o un luchador de wrestling.

Y que mientras sus votantes le escuchen podrá enmarañarlos con sus promesas y explicaciones convirtiendo en normal lo que minutos antes hubieran definido como alarmante. La trama de promesas y exigencias a Ucrania es el periquito en el plato, veamos si sus votantes, una vez pasada la sorpresa, no empiezan a extrañarse de que no haya periquitos en todos los platos.

 

La inspiración defensiva

Parafraseando la famosa frase, si la inspiración existe que nos pille defendiendo. La selección española de este mundial de China ha encontrado su identidad en defensa porque defendiendo es como mejor nos olvidamos de que Ricky no es un base de leyenda en potencia en cuanto encuentre su tiro exterior y nos acordamos de que, en cuanto deja de obsesionarse con buscarlo, es un base muy capaz que ha llegado a ser titular en un equipo de playoff de la NBA; uno con mucho oficio tras una larga carrera pese a su relativa juventud y que toma decisiones adecuadas en los finales de partido a poco que las defensas rivales teman un poco su tiro y no le floten descaradamente. Lucha, defiende, tira bien a ratos, es seguro con el balón y mete los tiros libres: que le cuenten a Turquía y sus cuatro tiros libres seguidos fallados contra Estados Unidos si eso es importante.

Defendiendo es como Claver se ha olvidado de las comparaciones con jugadores de talentos únicos que no son el suyo (o al menos no en ataque) de las menciones a la horchata de su tierra para hablar de su actitud en la cancha, de las mofas sobre sus méritos para estar verano tras verano en el banquillo de uno de los mejores equipos FIBA de la historia, convirtiéndose en un sacrificado defensor con una gran movilidad teniendo en cuenta su corpulencia; defendiendo a los Gallinari y Antetokounmpo ha entendido que su talento no le da para ser como ellos pero sí para estar en la misma pista en los momentos importantes. Parece fácil de entender pero es una lección que, por ejemplo, ha hecho que jugadores de gran talento ofensivo como Carmelo Anthony o Allen Iverson se retiraran más cerca de los treinta años que de los cuarenta.

Defendiendo es como Llull se lleva encontrando toda su carrera. Contra Italia llevábamos el susto de los diez abajo nada más empezar contra el primer rival solvente cuando Llull salió con la misma actitud de siempre de “no descartemos que sea el mejor jugador del partido”. Casi nunca lo es, pero muy a menudo acaba siéndolo. Su primera parte contra Italia fue un clinic de baloncesto pero, sobre todo, de liderazgo; a veces basta con poner cara de que se tiene el partido controlado cuando a todos los demás les entran las dudas.

Y defendiendo es como Marc Gasol ha ganado el anillo en Toronto limitándose en muchos partidos a aportar su capacidad de pase y buen criterio en ataque. En los momentos en los que ha descansado contra Serbia parecía como si ninguna diferencia fuera suficiente para aguantar las embestidas de los serbios; al volver a cancha, los ataques de Serbia han vuelto a ralentizarse, a parecer que todas las circulaciones eran difíciles, a que en el último momento algo hacía que fallaran tiros a dos metros del aro. Ese algo es Marc y el orden defensivo que impone en sus compañeros.

Defendiendo es como nos hemos olvidado de lo que ya no somos y de que ya no tenemos a una de las mejores duplas de la historia del baloncesto FIBA en Pau y Navarro; de que ya no somos un equipo de talento ofensivo histórico lo cual no quiere decir que no tengamos nuestros talentos. Defendiendo nos ha llegado la inspiración y está por ver hasta donde nos llevará en este torneo.

La pirámide invertida de la xenofobia

La xenofobia no nace de la rabia de perder lo que se tuvo—aunque a menudo se manifieste con llamadas a recuperar grandezas del pasado—, sino del miedo a perder lo que se tiene. No prospera, al contrario de lo que se podría suponer, en tiempos de crisis y carencias, sino de cierta bonanza. Cuando los españoles, por ejemplo, perdían sus trabajos por miles y las empresas amenazaban con recortar sus sueldos con la excusa de evitar más despidos era obvio que la culpa no era de los inmigrantes; por aquel entonces la ira iba dirigida a los que tomaban las decisiones. Los tiempos de crisis no son xenófobos, sino contestatarios; el miedo tan necesario para azuzar la xenofobia no existe pues poco miedo puede quedar cuando los peores temores se han cumplido.

Una vez recuperada cierta normalidad, el miedo vuelve a ser instrumentalizado contra los más débiles. Y nadie más débil que los que vienen de fuera. El miedo al extranjero es comprensible como parte del instinto de preservación; toda comunidad está entrenada desde el principio de los tiempos para sentir recelo de quienes podrían traer virus físicos e intelectuales, mutaciones novedosas que amenazan la placidez de cuerpos y gobiernos. Comprensible, que no aceptable. Que algo sea comprensible explica porqué podríamos pensar de una manera, no nos obliga a caer en el cenagal de pensamientos que nos remiten a oscurantismos nacionalistas previos a la globalización. Periódicos, libros, documentales, internet, universidades y un derecho internacional que cumplir y algunos eligen seguir actuando con el alarmismo del pueblo que, a lo lejos, en el valle, ve acercarse a un extranjero y duda de sus intenciones. Da igual la calidad de nuestros catalejos si no los utilizamos; si dejamos que nuestros ojos sean aquellos que ganan comerciando con el miedo.

Como si de una renovación del contrato social con las clases dirigentes se tratara, los nativos aceptamos buscar amenazas fuera y olvidarnos de aquellos a quienes culpábamos meses antes de nuestros problemas. Es cierto que los populismos que precedieron a la Segunda guerra mundial tuvieron sus orígenes en las penurias tras las Primera, pero también que florecieron cuando estas miserias estaban comenzando a aliviarse y, superadas las peores humillaciones tras las reparaciones por la guerra perdida, tanto Alemania como Italia pudieron sentirse fuertes de nuevo para hablar de grandeza. Cuando, de nuevo, tuvieron algo que perder.

Dejemos de dignificar la xenofobia como una enfermedad de una clase sufriente que ve amenazada su posición y hablemos de ella como de un egoísmo ensimismado en el que una parte de la sociedad decide, por temor a las ideas, revolcarse en el fango de sus peores temores; de como hay ciudadanos que se informan, reflexionan y ponen en perspectiva sus temores vitales y otros que se sienten perseguidos y dejan que se instrumentalice su miedo contra los débiles. No sólo lo permiten sino que lo piden. No son los partidos los que radicalizan a la sociedad, sino la sociedad la que radicaliza a los partidos en busca del voto. Sirva el ejemplo de VOX que ha radicalizado su mensaje en busca del votante para dejar de ser un partido menor de importancia residual; somos los ciudadanos los que les pedimos a los políticos las enfermedades que queremos que nos inoculen.

Así que la xenofobia es una enfermedad del ocio de unos ciudadanos que, recordando tiempos peores, quieren defenderse de amenazas imaginarias de las que culparán a los más débiles; no es la defensa de los medios escasos, sino del recuerdo de esa escasez, es señal de la recuperación y renovación del contrato con las clases dirigentes con las que se comparte el tener algo que perder. Da igual que se tenga mucho o poco, para entrar en este club basta con sentir que alguien quiere quitarnos lo que tenemos, mil, cien mil o un millón. Este miedo es el nexo de unión de un grupo que por definición será transversal en lo económico y social.

Los populismos xenófobos nos recuerdan la importancia de las instituciones internacionales y de conocimiento que nos libran de todo lo que estos populismos representan. Hemos dejado que instituciones como la ONU o la Unión Europea se deterioraran y corrompieran hasta el punto de que su utilidad pudiera ser puesta en duda cuando son las que nos libran de los carnavales de banderas y nos reconcilian con los derechos humanos. El internacionalismo es el antídoto contra los populismos xenófobos.

No solo los nacionalistas tienen algo que defender y sienten que han perdido algo porque los recién llegados—en este caso al debate político—, han destruido lo que llevó generaciones construir. No sólo se pierden grandezas nacionales; las grandezas perdidas también pueden ser ideales. Todos tenemos nuestras nostalgias de algo que querríamos que volviera a ser grande. Y nuestros culpables.

Imagen: Bad Day at Black Rock

Libreopinadores agresivos

 

Decir cualquier cosa y ofenderse porque otros critican tu derecho a ofender no es defender la libertad de expresión. De Trump a Casado pasando por Bolsonaro o Rivera, una nueva familia política está logrando victorias no por su defensa de la libertad de expresión, sino por oponerse a la corrección política que según ellos la está coartando. Y a eso le llaman libertad de expresión utilizando su libertad de expresión. Sobre este tema nunca tienen razón aunque acierten de vez en cuando: acertar por casualidad nunca es estar en lo cierto; la corrección política no limita, sino que es una guía educativa para no ofender innecesariamente aceptando que las palabras tienen su historia y que, conociéndola, se puede evitar utilizar de forma consciente calificativos ofensivos. Parece extraño que quien ofende de manera intencionada luego se ofenda por ser criticado. Y aprender a utilizar calificativos que no ofendan innecesariamente pues no son esenciales en un determinado debate ahora tal vez se llame corrección política, pero en otro tiempo se llamaba educación.

¿Tienen derecho a utilizar esas palabras? Faltaría más. La mala educación no es exactamente un derecho, aunque dentro de unos límites debe ser tolerada, si bien cuando viene de parte de personas con privilegios y responsabilidades es un desperdicio. Pero tendrán que entender que se les califique como los abusones de patio colegio que son y que ésto no sea interpretado como una amenaza a la libertad de expresión. Y los demás tenemos el derecho de decir que la defensa de las sensibilidades puede parecer opresiva, pero es el precio de pensar y opinar y la solución no está en las actitudes clasistas, racistas y represivas que habitualmente defienden estas personalidades políticas con su disfraz de defensores de las libertades. Más bien al contrario, uno de los grandes problemas de la corrección política es el de permitir presentarse como campeones de la libertad de expresión a personalidades que parecerán sinceros sólo por atreverse a decir cualquier cosa.

“Nadie lo dice aunque lo piensan,” dicen sus seguidores. Y tal vez tras pensarlo otros hayan decidido no decirlo. Se llama reflexionar y es una acción que por el momento ha gozado de buena fama. Un lugar cálido en el infierno (incómodo pero no agónico) está reservado para aquellos que se callan teniendo algo que decir; pero uno mucho peor debe estar reservado a aquellos que no teniendo nada que decir se empeñan en decirlo y logran convertir esas innecesarias palabras en un arma. Ellos y sus votantes.

La comunicación ha cambiado y debemos dejar de escandalizarnos al respecto de supuestas censuras. La libertad de expresión es la de quien opina y de quien critica esa opinión; las letras impresas ya no son sagradas, no son el formato de la verdad o mentira más que pueda serlo una opinión dada en una barra de bar, ya no es el equivalente a un artículo de opinión; una opinión contraria en twitter no es más que eso: alguien que opina diferente. Los nuevos libreopinadores se sienten oprimidos por los pensamientos y movilizaciones del prójimo; se ofenden con facilidad de que otros se ofendan con facilidad; de que, con nuevas herramientas, se haga algo tan antiguo como intenta convencer de la propia opinión. No exactamente revolucionario, lleva sucediendo desde que el ser humano tiene pensamientos propios y los intercambia. Si los nuevos libreopinadores no se hubieran pasado tanto tiempo limitando la libertad de expresión de los demás tal vez estarían más acostumbrados a reconocerla.

Ya han ganado demasiados políticos por decir cualquier cosa. La corrección política debe revisar sus asedios y linchamientos en las redes sociales—o el resto de ciudadanos debemos aprender a ponerlos en su adecuado contexto y no darles tanta importancia—para que el racismo, la homofobia y el clasismo dejen de tener la veda de la que han disfrutado en los últimos tiempos como oposición a una supuesta corrección política. Ya va siendo hora de que dejemos de hacer mártires de perfectos cretinos. Que comprendamos que una opinión, miles de opiniones contra una determinada persona no es una condena y nos esforcemos en dar el derecho a replica y de explicación a esa persona. No es que de repente todo esté prohibido, sino que está más escrutado y, de vez en cuando, los personajes públicos deben perder más tiempo en explicarse. Hay más voces y, con el tiempo, cuando todos aprendamos a escuchar un poco más en estos nuevos medios, también habrá más oídos.

Todos merecen su espacio, pero no regalemos el papel de superhéroes de la libertad de expresión a quienes hasta ahora nunca la habían utilizado para nada más que para discriminar. Su mensaje es que hasta los mejor intencionados, con su defensa de los menos favorecidos y de minorías, pueden caer en represiones. Ya lo sabíamos, gracias por los servicios prestados, todos debemos revisar nuestras acciones independientemente de nuestras intenciones de inicio. Y ahora que revisen los libreopinadores agresivos esa costumbre de sólo pedir libertad de expresión cuando se trata de discriminar y estar a favor de leyes mordaza cuando han estado en el poder, creando una corrección política legalista apuntalada en los delitos de apología; de defender la libertad de expresión cuando es la suya y sentirse amenazados cuando es la de los demás; de ofenderse con tanta facilidad de que los demás se ofendan. A los librepensadores agresivos no se les llama racistas o clasistas porque lleven la contraria, sino porque están orgullosos de serlo y ya va siendo hora de que no tengan el recurso fácil de esconderse tras una supuesta censura a sus opiniones.

Ciudadano crítico/vecino criticón

Entre nuestros supuestos objetivos como sociedad está el de formar a ciudadanos críticos; miembros exigentes que no acepten las inercias abusivas del poder y participen de forma activa en la toma de decisiones. El ciudadano crítico tiene dos enemigos tradicionales: el poder y los miembros complacientes de la sociedad; enemigos unidos y reforzados por la interpretación de cualquier crítica como una amenaza a la forma de vida imperante. Me atrevo a añadir a un tercero que seguramente sea una simple variación del segundo: el vecino criticón. El vecino criticón ejerce su implacable crítica de una forma egocéntrica y considerando que todos los males tienen que ver, no con el conjunto de la comunidad, sino con un ataque contra todo lo que él representa.

Para el vecino criticón la historia se ha convertido en una conspiración montada para explotarle y resiente la diferencia y todo lo que tenga la osadía de oponerse a su sistema de valores. En estos tiempos de ego desmesurado, en el que los ciudadanos somos animados a ponernos en el centro del universo y verlo desde el sacrosanto pedestal de nuestra sensibilidad, el vecino criticón se siente no sólo legitimado, sino incluso obligado a opinar de todo, aunque siempre en esa curiosa forma en la que, lejos de animar el debate, quiere cerrarlo a la vez que se muestra indignado por haberle hecho perder su precioso tiempo.

El vecino criticón ha sido un prototipo fallido de ciudadano complaciente al que se quiso convencer de que debía ser crítico. Pero sin un cambio en el fondo, la crítica se convierte en un simple disfraz y su forma de que nada evolucione es criticarlo todo. El vecino criticón hace que hablar de justicia social sea inútil debido a que él siempre está en el centro de todas las injusticias. El debate es una parte de la historia que para el vecino criticón ya está superada, ya ha llegado a la conclusión definitiva, de modo que no sólo no rebate sino que niega el derecho a la existencia de la opinión contraria. Desde la pereza, le basta con indicar su falta de paciencia hacia un determinado tema y, en el mejor de los casos, dedicarle un comentario irónico, pero nunca un argumento que le obligue a aceptar el derecho a réplica y, por extensión, una visión paralela a la propia. Argumentar es un reconocimiento implícito de la otra parte y el vecino criticón huye del reconocimiento de voces distintas a la suya; no ha aprendido a gestionar la cantidad de información y el debate de ideas le satura; no cree, aunque lo predique, en la importancia de la libertad de expresión y en su obligación ciudadana de aceptar la diferencia.

Los males del vecino criticón pueden reducirse a uno: ha perdido la curiosidad intelectual. Da igual que sea un derechista retrógrado o un izquierdista bienpensante, todo aquel que en algún momento quiera evitar la libertad expresión ajena y se sienta amenazado por una opinión se convierte en un vecino criticón y en un enemigo intelectual del ciudadano crítico. La verdadera critica tiene que venir de la capacidad de admirar lo que uno defiende, del respeto a la diversidad de opiniones y del intento de convencer con nuestros argumentos. La frase tan supuestamente tolerante de no querer convencer ni que a uno le convenzan es aceptar la muerte intelectual y la conversión en vecino criticón.

Decir que se respeta la libertad de expresión no es suficiente: hay que aceptarla y practicarla y recordar constantemente al vecino criticón que no existe el delito de apología de todo lo que no le gusta. El delito de apología es la herramienta que utilizan los censores del siglo XXI y hubiera sido un gran éxito de crítica y público entre los censores e inquisidores de otras épocas. La flotabilidad de las brujas hubiera tenido escasa relevancia de haberles podido encasquetar el delito de “apología de la brujería”. No podemos idealizar la libertad de expresión de palabra mientras que los ciudadanos nos autocensuramos personal y colectivamente. Al hacerlo nos convertimos en hipócritas o represores.

El vecino criticón cree que todo está en su contra. Aunque lo haga desde un profundo sentimiento de inferioridad, se coloca en una falsa superioridad a todo aquel que ose a cuestionar su postura. El ciudadano crítico, por el contrario, siempre otorgará el derecho a réplica—no sólo cuando le conviene, sino siempre—y está dispuesto a contestar a los argumentos que se le presenten. El ciudadano crítico cree en las garantías judiciales mientras que el vecino criticón promoverá castigos y boicots ya que piensa que todo empieza y termina en sus antipatías; querrá que su grupo tenga el poder para poder imponer sus caprichos. Por el contrario, el ciudadano crítico entenderá y defenderá su pertenencia a una comunidad regulada por leyes y garantías.

Este es el contexto en el que aparecen las empresas y partidos políticos como vendedores de un producto que cederá a lo que pidan sus consumidores y simpatizantes. Hay un gran trecho entre la impunidad y la investigación interesada que tiene como único objeto evitar una crisis de imagen; como en el caso de la impunidad, el castigo a corto plazo también quiere apaciguar a la opinión pública sin valorar la justicia del resultado. Debemos separar crítica de consecuencias: las consecuencias deben llegar sólo tras procesos en los que se hayan cumplido todas las garantías. No podemos sentirnos libres si convertimos nuestras sociedades en trituradoras de carreras y prestigios personales; el linchamiento es una forma de actuar y puede existir independientemente de que el linchado sea o no culpable del acto por el que se le acusa. Al ciudadano crítico le horrorizan estos linchamientos tanto como la impunidad de los poderosos—hasta el punto que se ve constantemente defendiendo a personajes de ideologías que considera deleznables cuando lo que realmente defiende es su libertad de expresión—, mientras que el vecino criticón confunde la justicia con el castigo hasta el punto de llamar hacer justicia a castigar.

El ciudadano crítico intenta comprender las miserias ajenas y no las utiliza para taparse los ojos ante las grandezas del prójimo, mientras el vecino criticón se obsesiona con estas debilidades y su posible castigo para justificar las propias. El ciudadano crítico siente la necesidad de vivir en una sociedad justa, al menos como aspiración, mientras que el vecino criticón no ve más allá del caso a caso y destruye la posibilidad de ese concepto crítica a crítica. El ciudadano crítico trata de cambiar leyes que considera injustas e incluso cuando las incumple lo hace siguiendo razonamientos como la desobediencia civil, mientras que el vecino criticón suele escudarse en la fortaleza del grupo con el que comparte odios para pasar la apisonadora de unas ideas cuya legitimidad dependerá de que pueda o no imponerlas.

Tal vez lo de ser ciudadanos críticos fuera una quimera, pero cuando aspirábamos a serlo se lograron avances que convendría cuidar. No caigamos en la sociedad de los vecinos criticones. Argumentemos contra lo que nos indigna, por mucho que tras hacerlo nos encontremos con una nueva tarea: escuchar los argumentos de la otra parte. Sí, sorpresa, la otra parte tiene argumentos y, por muy horribles que nos parezcan, no podremos rebatirlos si primero no los escuchamos. Nadie dijo que ser un ciudadano crítico sea fácil, pero ya sabemos por experiencia que ser los vecinos criticones en los que nos estamos convirtiendo es agotador.

Weekly Fake News

Al contrario que la mentira, la ficción no es falsa sino una escenificación de la realidad con sólo la esencia, quitando todos los factores subjetivos que pueden distraer a la hora de examinar una determinada historia. Por eso, dirán los religiosos, la Biblia puede ser real sin ser literalmente cierta; del mismo modo que los literatos mantendrán que la ficción es más cierta que la pesada y monótona verdad cuya realidad dependerá de quien la juzgue. La verdad tiene muchos apellidos y dista de ser un concepto absoluto. Las llamadas Fake News que influyeron en el resultado de las últimas elecciones estadounidenses, apelan no tanto a lo que es objetivamente cierto (o aspira a la mayor objetividad posible dentro de la subjetividad inherente a cualquier información), como a lo que un grupo quiere que sea cierto. Es lo contrario de la ficción, en la que se elimina la subjetividad: en las Fake News se aumenta la importancia de lo subjetivo ya que lo importante pasa a ser lo que un grupo de votantes quiere que sea cierto. Desear que algo sea cierto hace que en cierto modo lo sea y lo importante ya no es el hecho en sí, sino lo que lo ha hecho creíble para un grupo de personas.

Las Fake News suelen ser intoxicaciones ocultas en la gran cantidad de información y suelen pasar relativamente inadvertidas más allá del grupo que las utilizan para reforzar lo que ya creen. Una tragicómica excepción—afortunadanente no hubo heridos—, a esta oscuridad fue el caso del Pizzagate, una teoría conspiranoica que mantenía que los correos electrónicos de John Podesta, jefe de la campaña de Hillary Clinton, contenían mensajes cifrados sobre una red de tráfico de seres humanos que se estaba llevando a cabo en una red de restaurantes estadounidenses, entre ellos la pizzería Comet Ping Pong. Estas intoxicaciones resultaron en una campaña de asedio a dicho restaurante que tuvo su apogeo en un ataque armado en el que un trastornado pretendió rescatar a los niños supuestamente retenidos en la trastienda.

Lo relevante de este caso no es tanto la falsedad de la noticia, como que un grupo de personas pudiera creer que era cierta. El recorrido de estas noticias pasando por foros, hilos de comentarios, referencias a que tal medio ha dicho ésto o lo otro, periódicos extranjeros que hacen referencia a bulos surgidos en el imperio americano con sorna pero con una apariencia de seriedad en la información (especialmente para quien las lee sin tener ni idea del idioma en el que están escritas); éstas y otras muchas herramientas son una cadena de legitimación formal en que las noticias, aunque sigan sin ciertas, vienen en el mismo envoltorio que las que han pasado por la criba del rigor periodístico, de modo que si un grupo quiere creer que algo es cierto, tendrá un producto para satisfacer sus necesidades de consumo.

Y este deseo, a diferencia de la noticia, es cierto y lo que hace a las Fake News indemnes a la desarticulación. Tal vez una determinada noticia no sea del todo cierta, aceptarán a regañadientes los defensores de la misma, pero sin embargo hay otras que apuntan a direcciones parecidas. Habrá mil nuevas noticias para sustituir a la desmentida, tejiéndose una red de noticias en las que la verosimilitud va saltando de una a otra y cuyo único nexo cierto, aquel que las hace indemnes a la ruptura de la red, es el deseo de los lectores de que sean ciertas. Las noticias falsas necesitan un rival y la moral necesita del vicio: querer que algo no suceda ya es medio camino para creer que pueda suceder.

Este deseo no tiene como fin el entretenimiento. No es como aquel Weekly World News y su famoso niño murciélago, el alienígena adoptado por Hillary Clinton o el simio afeitado que convive por la pareja de hecho formada por Saddam Hussein y Osama Bin Laden; no es como el wrestling en el que los aficionados presencian luchas guionizadas bajo la apariencia de verosimilitud; casos en los que los consumidores de estos productos quieren creer que algo es cierto durante el tiempo en el que son entretenidos y en los que se da la suspensión de la realidad propia de cualquier producto de ficción. La noticia de que Hillary Clinton dirige a una red de tráfico de personas desde la cocina de sus restaurantes favorito, por ejemplo, podría haber aparecido en portada del Weekly World News y, estando a la vista en la cola del supermercado o de la farmacia 24 horas, no haber llamado la atención ni haber producido el menor efecto político.

La diferencia es que los consumidores de las Fake News ya no buscan entretenimiento, sino información y que la diferencia entre ambas cada vez es más difusa para una audiencia que ni sabe ni quiere apreciar tal diferencia y que calificará la apelación al rigor periodístico como de elitismo intelectual. Las Fake News son, ante todo, una herramienta populista. Y como toda herramienta populista se propaga con mayor velocidad en grupos entrenados para creer. La fe es un entrenamiento óptimo para ser presa de la intoxicación informativa. Hay que dejar claro que la fe no es patrimonio exclusivo de la religión; cuando el activismo abandona la autoexigencia se convierte en una religión sin dios que hace a grupos de las más diversas ideologías presas fáciles de dichas intoxicaciones informativas. Estamos viendo que la derecha ideológica estadounidense no es que sea diferente, sino que ha aparecido antes y que ahora andan el mismo camino la derecha xenófoba italiana, el nacionalismo excluyente húngaro y polaco, el cuñadismo español, el independentismo de izquierda derecha centro catalán, la censura buenista siempre al borde de la indignación; grupo tras grupo se parapeta en realidades en las que todo es visto a través de su necesidad de creer y, a diferencia de otros tiempos, hay la posibilidad de crear un submundo del que retroalimentarse de los propios prejuicios reciclándolos hasta el extremo, hasta que un día ese prejuicio ya ha perdido todo su elemento de juicio. Comenzamos leyendo un libro, lo convertimos en papel de cocina, servilleta y papel higiénico. Y así es como el prejuicio se convierte en una gran postmierda y postjuicio.

En otros tiempos las narrativas de las sociedades estaban en manos de un puñado de periodistas, estudiosos y expertos sobre un determinado tema. Aumentar el número de voces y la inmediatez con la que opinamos sobre temas de los que minutos antes no teníamos ni idea abre el campo a muchas voces y puntos de vista, acabando con el academicismo que también es su propia forma de distorsión, pero a cambio aumenta la subjetividad. La rapidez con la que opinamos sobre los temas hace que en realidad sean los temas los que opinan sobre nosotros: el tema es elegido para servir de vehículo para una opinión que ya teníamos. Para saber de un tema no escuches la opinión, sino escucha al tema para saber que opinión ya se tenía.

La verdad no tiene porque ser objetiva, como no tiene porque serlo la ciencia. Todo lo humano es por definición subjetivo ya que somos cada uno de nosotros los que damos nuestra propia explicación al universo. Por eso creamos disciplinas, para que tengan unas reglas por las que regirse y en la que la objetividad sea algo a lo que aspirar. Las ciencias aún mantienen la independencia gracias a la importancia que seguimos dando a lo que llamaríamos científicos serios; diferentes de los curanderos y tierraplanistas, por ejemplo, que difunden su cháchara por internet; por un lado la dificultad de los temas científicos y por el otro la existencia de academias y autoridades sanitarias hacen que, de momento, las opiniones se organicen al estilo de como históricamente han convivido la astrología y la astronomía: algún símbolo común, pero esferas de influencia completamente distintas.

Pero la fe no es una ciencia y, desligada de la religión, ni siquiera tiene porqué tener límites. Casi cualquier cosa puede ser defendida si el único requisito es querer creer. Cada uno de nosotros hemos creado un universo de Fake News en el que pedimos ser informados no tanto del estado del mundo, sino del estado de nuestros prejuicios: un mundo a la carta que se retroalimenta de nuestros anhelos de creer. De modo que ya no es tan importante que mundo dejamos entrar en casa a través de nuestros teléfonos y ordenadores, sino que casa intelectual hemos preparado para ese mundo. Las Fake News, como no podía ser de otra forma, somos nosotros.

 

Un cambio

Arbitro PP 18 6jun

 

Estimado votante, recuerda como te sentiste en aquella maravillosa mañana o tarde en la que, votando lo de siempre, te pudiste consolar pensando que las cosas no estarían tan mal si no querías que cambiara nada. La lógica era la siguiente: los que estaban tenían sus defectos pero la virtud de no ser los que venían. En los momentos de crisis, cuando todo el organismo nos empuja hacia la supervivencia y el optimismo no tiene lugar, tiene su perversa lógica apostar por la continuidad: que las cosas vayan mal es a veces el mejor recordatorio de que pueden ir peor. España tenía la gran virtud de no ser Venezuela, lo cual según todos los indicadores económicos y cósmicos no se podía calificar de éxito menor. Habías decidido no sólo que no estaba en tu poder mejorar las cosas, sino que el que dijera que estaba en el suyo estaba mintiendo y que por tanto no merecía tu voto. En un mundo utopías tu tenías la tuya: el virgencitaquemequedecomoestabismo: en tu mano estaba que todo continuara igual. O eso te parecía.

Lo que tal vez no comprendías, ni tú ni todos los demás que como sociedad votamos por el mal menor, es hasta que punto la defensa de la corrupción nos iba a llevar a callejones sin salida. El mal nunca es menor porque, por definición, tiene ramificaciones imprevisibles e incontrolables–un mal previsible y contenido es más bien una molestia, no un verdadero mal. No sabíamos hasta que punto nuestros gobernantes estaban acorralados personal y judicialmente y buscarían cualquier camino de salida sin importar lo que se llevaran por delante. Se han llevado la libertad de expresión, por ejemplo, que será un pilar de las sociedades democráticas pero que el gobierno ha convertido en un vulgar tabique bajo la excusa de que era utilizada para criticar las instituciones del estado.

Este gobierno que votamos para que todo siguiera igual legisló para intimidar, no tanto a figuras públicas—que no habrán perdido mucho sueño por las denuncias contra sus chistes—, sino a los millones que tomábamos nota de como una tuitera desconocida se pasaba años en los tribunales defendiendo chistes que hace veinte años que ya eran viejos. Ir de abogados por defender una carrera como comunicador vale la pena, pero hacerlo por un par de tuits es un precio muy alto. Que fuera absuelta por el Tribunal Supremo es lo de menos, el virus de la autocensura ya estaba inoculado. El objetivo de la ley era la opinión pública más que la opinión publicada aprovechando que las redes sociales son un híbrido entre ambos conceptos. Son expresiones personales que se pueden tratar como opiniones publicadas; pensamientos en voz alta que se pueden interpretar como proselitismo de una idea. El objetivo fuimos todos.

Ahora sabemos lo acorralados que estaban, los problemas judiciales que han tenido incluso estando en el poder y que previsiblemente aumentarán al dejar de estarlo, si es que dejan de estarlo: el poder se gana y pierde como una cebolla, capa a capa. Y en ésto, curiosamente, nos hemos empezado a parecer a la tan denostada Venezuela, ese ejemplo negativo que nos movilizó de forma tan efectiva. Como Maduro, Rajoy y su partido se agarraron al poder para no disminuir su capacidad de defensa y dejarlo en manos de rivales que verían de este modo incrementada su capacidad de ataque. De ahí su pavor por algunos partidos nuevos que no tienen, dicen, sentido de estado. En esta acepción el sentido de estado es un eufemismo para describir a aquellos partidos que, habiendo estado en el gobierno, tienen sus propios casos de corrupción y razones para no ensañarse en la investigación contra un poder que, por definición, entenderán como un carril de ida y vuelta.

La corrupción no sólo ha hecho que perdamos hospitales y colegios, investigadores y ahorros…: también ha marcado la pauta en la reacción al independentismo catalán. Todo lo que no fuera hablar de corrupción le daba al gobierno un minuto de tranquilidad y control, de sentir que todo volvía a depender de ellos. Cataluña dio al PP la oportunidad de volverse a aceptar: ya no eran el partido corrupto de los últimos tiempos sino el que iba a salvar a España. Una sensación de control del gobierno que era inversamente proporcional a la de gran parte de los ciudadanos a los que gobernaban, a quienes les parecía que los sucesos de Cataluña habían adquirido una vida independiente de sus opiniones y votos.

La corrupción del PP y la de la antigua Convergencia nos trajo dos bandos que han abrazado con entusiasmo sus respectivas causas nacionalistas retroalimentándose de la forma perversa de los círculos viciosos. En la oscuridad judicial de los corruptos, sus respectivos nacionalismos han sido una ventana de luz; en una vejez decrépita sin ideales, un espejo en el que volverse a sentir jóvenes La lectura política era correcta: años de corrupción adelgazaron las perspectivas electorales del PP, pero sólo la aparición de otra opción españolista como Ciudadanos ha hecho que se desinflen completamente. Lo mismo podría decirse del PDeCAT que gana y pierde votos en clave nacionalista pero ha podido dejar atrás el pasado corrupto de Covergencia.

Así que el que todo siga igual nos estaba dejando un país bastante cambiado. Vivíamos con una libertad de expresión comprometida y a un paso de que a los exiliados/fugados, independientemente de su calidad literaria, lírica o su honestidad política, se les comenzara a llamar disidentes; con la región más próspera de España en una caída en barrena en la que los políticos de ambos lados parecían consolarse pensando que estaban cogiendo velocidad y con unas instituciones judiciales, tan utilizadas contra el independentismo, ignoradas por el gobierno cuando dictaron sentencia en el caso de la trama Gürthel. Habíamos dado la vuelta como un calcetín a la famosa frase de Lampedusa ya que, en el caso de España, todo debía continuar igual para que algo siguiera cambiando.

Y por ahí apareció Pedro Sánchez. El héroe accidental de tantas novelas. E hizo, si no lo único que se podía hacer, lo único que él podía hacer. Otros tenían más opciones. El partido que lidera las encuestas, Ciudadanos, podía apuntarse a la estrategia del continuismo que en su caso era dejar que Rajoy se cociera en su corrupta salsa. Sumido en la irrelevancia política que iba camino de agrandarse en unas próximas elecciones, Pedro Sánchez sólo tenía una opción: hacer caer al gobierno corrupto. Mientras Rivera esperaba y preparaba pacientemente las condiciones para el partido perfecto, Sánchez se había visto demasiadas veces, no ya en el banquillo, sino incluso en la grada enviado por el aparato de su partido. ¿Va a pensar en todo lo que tiene en contra? ¿En la continuidad del futuro? ¿En si el año que viene va a firmar una renovación por cuatro años? Está en el banquillo y han dicho su número. Va a jugar. Así son los cambios.

 

 

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