Adiós al narcisista en jefe

Narciso gritón toxico

No es fácil librarse de la influencia de un narcisista al que estamos obligados a tratar; tan complicada y agotadora es la tarea que a la todopoderosa democracia estadounidense le han hecho falta unas elecciones ejemplarmente organizadas (pese a los intentos de Trump de desestabilizar el voto por correo); decenas de sentencias en contra del supuesto fraude electoral dictadas por jueces nombrados por ambos partidos; actitudes delictivas por parte de Trump, desde delitos financieros a intentos de extorsionar a funcionarios públicos para que no certificaran las elecciones; una actuación negligente y negacionista en la gestión de la pandemia; un impeachment en el quedó demostrado, por encima de la condena final a la que se negó su propio partido, que su gobierno había condicionado ayuda militar a Ucrania a la apertura de una investigación (o al menos su anuncio) contra el que ya se pronosticaba que iba a ser su rival político más duro: Joe Biden. Y aún no hemos llegado al gran acto final: cuando gritó fraude durante dos meses y envió a una turba enfurecida al Capitolio. Y aún así, algunos le han dado el beneficio de la duda.

La sensación es que muchas cosas podrían haber ido mal, que cualquier error del sistema podría haber propiciado su subversión por parte del narcisista en jefe. O tal vez sea al contrario: cuando se tiene razón algo suele ir bien. O al menos eso nos decimos para armarnos de valor y paciencia al enfrentarnos a este tipo de personajes tóxicos en nuestras vidas, pero ésto tal vez sea un consuelo más que una verdad empírica.

El mayor gobierno de la historia ha tenido serias dificultades para sobreponerse a una persona capaz de asustar a los senadores de su partidos con la amenaza de primarias en los que apoyaría a sus rivales y unas decenas de miles de seguidores violentos capaces de añadir la dimensión física a la intimidación política. Y al final la clave ha estado en una defensa tan simple en la teoría como complicada de lograr en el ambiente tóxico creado por Trump: unas elecciones justas y confiar en que, al ver la luz al final del túnel de la locura, los ciudadanos manifestaran claramente que existen los principios y que la verdad no es una opinión aunque sea opinable.

El gran peligro de un narcisista es su inevitabilidad, el no poder prescindir de ellos. Trump ha sido omnipresente e inevitable, cada ataque tenía en la otra cara de la moneda una defensa, convirtiendo su presidencia en un agotador baile de polarización. ¿Hay que ignorar a los personajes tóxicos? ¿Atacarles para replicar su toxicidad? ¿Estar prestos a una defensa para que su toxicidad no nos corroa? Tal vez la estrategia exitosa sea una combinación de todo lo anterior y de todo aquello que contribuya a la propia supervivencia que no sea a costa de nuestros principios.

Trump tenía la ventaja de su cargo, lo cual no le garantizaba la reelección o que las estructuras del estado obedecieran sus órdenes, pero sí, de nuevo, su inevitabilidad al poder influir en el orden de día de la sociedad moldeando el debate con sus opiniones, aprovechando esta prerogativa para reclamar durante cuatro años un espacio en la mente de cualquier seguidor de la política estadounidense, tanto admiradores como detractores; ha tenido un trocito de nuestras mentes en propiedad y no una parcela cualquiera, sino uno en pleno nucleo del cerebro al estilo de sus céntricas construcciones de Manhattan. Esa parte que debiera haber sido utilizada para prestar atención a cosas que hace cuatro años considerábamos importantes se ha convertido en una chabola en las afueras que visitar de vez en cuando para sobrevivir al trumpanal ruido.

Tienen razón quienes dicen que la suspensión de sus cuentas en redes sociales representa un peligroso precedente para la libertad de expresión; la libertad de expresión es un derecho fundamental que sólo debiera ser acotado cuando choque con otros derechos fundamentales y siempre a través de las leyes legisladas por los gobiernos que votamos y no por empresas privadas que no se someten a elecciones. Si bien ambién es cierto que el llamamiento a la rebelión tuvo un efecto directo en la violencia de las turbas del Capitolio y que una empresa privada, dependiendo de la interpretación, podría tener derecho a elegir a sus clientes, como, por ejemplo, en el caso de los pasteleros de convicciones religiosas que se negaron a cocinar pasteles de boda para parejas homosexuales, por poner un ejemplo que ofende a la parte contraria del espectro político. Hay mucho que debatir y denunciar, pero de momento, el silencio en redes de Trump ha sido como un tratamiento puntual, unas muletas con las que movernos aunque sea con grandes dificultades, una placentera siesta en una hamaca mecidos por la brisa tras cuatro años de ruido y rabia.

Y tras unas semanas llegará el olvido, tan necesario para sobrevivir y que permitirá atacar el daño que Trump ha hecho a la democracia con decisión, nuevas energías y justicia. Hay que estar alerta ante el riesgo de pensar que tampoco fue para tanto. Lo fue y, sobre todo, puede volver a serlo.

Quedan decenas de millones de seguidores de Trump, por mucho que la tendencia sea a la baja, dispuestos a servir de altavoz a sus mentiras, las cuales pueden reaparecer en cualquier momento de duda social y convencer a decenas de millones más para empezar otro ciclo perverso, uno que esta vez contará con la experiencia de estos cuatro años golpistas y que tal vez sepa maximizar lo que podría haber salido mal y minimizar que cuando se tiene razón algo tiene que salir bien. Las mentiras pueden reaparecer en cualquier momento y los narcisistas las defienden con una convicción que hace que parezcan nuevas. Y es posible que el próximo ataque no provenga de alguien tan poco sutil como Trump, sino…ya ven, no hace ni una semana que se fue y ya empezamos a humanizarlo. Hay que desmontar todas las mentiras posibles, porque, no tengan la menor duda, reaparecerán en el peor momento.

Tortuga panza arriba, el ataque de Trump a la democracia

Tradicionalmente, los políticos han atacado las defectos de sus contrincantes; cuando se busca destacar las fortalezas propias, tiene todo el sentido dejar al descubierto las debilidades del rival.  Sin embargo, en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2004, siguiendo los consejos de su asesor Karl Rove, W. Bush atacó la gran fortaleza de su rival John Kerry: su distinguido expediente militar.  Teniendo en cuenta que W. Bush había utilizado las conexiones de su familia para no ir a Vietnam y pasar su supuesto servicio militar en una base de aviones de Texas y que Kerry recibió numerosas condecoraciones por su servicio, no parecía una gran idea sacar precisamente este tema.  Finalmente, la idea resultó tan efectiva como perversa debido a que el objetivo era desacreditar, relativizar y presentar a Kerry como un aprovechado que instrumentalizó y embelleció su historial, sembrando así dudas sobre la brillantez del mismo y presentando visiones alternativas a la oficial.  O dicho de otra manera, para desactivar la verdad con mentiras.

La táctica fue novedosa en lo político, si bien la utilizamos constantemente en nuestras relaciones personales.  No atacamos las debilidades ajenas pues raramente nos molestan; hasta simpatizamos y compadecemos al que las sufre “es buena persona pero a veces tiene mal carácter”; “es inconstante, pero un genio en lo suyo a poco que se aplica”. Lo que atacamos son las virtudes.  Como Bush a Kerry, que se creerá el vecino por tener un coche mejor que el nuestro o ese cargo tan fantástico que nuestro jefe ha logrado con su ilimitada capacidad de hacer la pelota a los de arriba. Atacamos lo que nos parece bueno por mucho que digamos que atacamos lo malo, legitimando esta incongruencia con visiones alternativas que a nuestros ojos conviertan la mentira en una verdad en la que creer. 

Decía Umberto Eco que “Casablanca no es una película, sino muchas, una antología…en la que están todos los arquetipos”; de forma similar se podría decir que Trump es una antología de villanos de película. Incluso aquellas características más propias de un bufón que nos han hecho reír por no llorar durante cuatro años, le hacen aún más fuerte a juzgar por su indestructibilidad.  Anderson Cooper de la CNN dijo en el primer día de la no aceptación golpista de Trump que era una tortuga obesa panza arriba luchando frenética al sol sin darse cuenta de que su presidencia había terminado. Desde ese día en las pesadillas ya no aparecen asesinos con cuchillos, sino tortugas obesas al sol.

Trump ha atacado las instituciones americanas, ha explorado las debilidades de la división como un villano de película de carcajada estruendosa y ha deslegitimado una a una las instituciones atacando las fortalezas de la democracia estadounidense; la separación de poderes, la descentralización, los equilibrios de poder entre las diferentes instituciones, el sistema de primarias de los partidos que posibilita la llegada de nuevas voces a la política al no depender del aparato de los partidos y, por el camino, al aparato del partido republicano que no ha querido verse desplazado en las primarias por esas nuevas voces fieles a Trump. Su perversa maestría en la división es tal que sólo puede deberse al método que se origina tras décadas de ejercer su talento innato para la manipulación; es un Miles Davis con la longevidad y cuidado de Abdul Jabbar.

El bien prevalecerá, nos decimos.  El mundo contra un narcisista, sus feligreses y una parte de los 70 millones de votantes del partido republicano; que precisamente se irá reduciendo según se vaya escenificando el esperpento negacionista de la derrota.  Queremos creer que tras miles de ciclos de noticias calificadas como Fake News, sigue existiendo una verdad superior, la que sentimos cuando el derrotado acepta su derrota y no intenta deslegitimar la victoria del rival, cuando nos inspira para mirar adelante y no hacia atrás a todas las injusticias imaginarias en las que ejercerá su victimismo.

No debemos dejar que nos embauque, ¿pero cómo evitarlo? Hemos aprendido a odiarle, pero no a ignorarle; las estrellas de televisión como él temen mucho más al olvido que al odio. Pensamos que esa verdad prevalecerá por sí sola, pero nos olvidamos de que tal vez no tenga tanto valor para otros y que una verdad desactivada y relativizada deja de serlo; primero deja de ser respetada, luego se convierte en una opinión a tener en cuenta y finalmente se convierte en un intento de Biden de justificar un robo electoral. 

Nuestro esfuerzo argumentando contra la mentira le va prestando validez al ponerla al otro lado de un intercambio de ideas.  Que algo pueda ser argumentado no lo convierte en cierto salvo para aquellos con ganas de creer, pero hay millones de seguidores de Trump que buscan precisamente eso: razones para creer en su líder.  Razones que encontrarán en un bombardeo de datos contradictorios, sacados de contexto e imágenes alteradas para aparentar fraude, así que en un par de semanas ya estarán indignados con el viejo verde Biden que ha querido robar una elección proclamándose vencedor antes de que se agoten todas las posibilidades legales.  Y así es como se vence usando una fortaleza, en este caso la de la victoria democrática garantizada por las instituciones, desactivándola y poniéndola en duda hasta que con el tiempo, dentro del fango ideológico, deje de brillar.

Hemos celebrado la victoria de Biden y a base de comportarnos como personas optimistas nos hemos querido convencer de que lo somos.   No pierdan su optimismo pero si en un día soleado ven una tortuga obesa, sobre todo si está panza arriba, les aconsejo que cambien de acera. Vayan con cuidado cuando alguien quiera explotar sus debilidades, pero, sobre todo, cuando alguien intente desactivar e instrumentalizar sus fortalezas.

Wikileaks y la Libertad de Información, ¿un Peligro Claro y Presente?

 

 

No es extraño que la repercusión del trabajo de años se concentre en un corto espacio de tiempo; en el caso de Wikileaks, cuatro años de trabajo eficiente han eclosionado en ocho meses para recordar. Ocho meses: desde que en Abril de 2010 la página publicó un vídeo que mostraba la masacre de un grupo de civiles iraquíes perpetrada desde un helicóptero de Estados Unidos, contradiciendo la versión oficial del gobierno de este país.  No era la primera vez que el gobierno estadounidense sufría las filtraciones de Wikileaks; por filtrarse, incluso se había llegado a filtrar un documento de 32 páginas que trataba sobre como acabar con la plataforma (la conclusión no era sorprendente: atacar la confidencialidad de las fuentes para disuadir a futuras fuentes), pero algo cambió con aquel vídeo: Wikileaks ya no estaba acusando al gobierno americano de no contar toda la verdad, sino de mentir abiertamente.

La centrifugadora comenzó a girar a toda velocidad; la presunta fuente de las filtraciones, un soldado de nombre Bradley Manning, fue arrestado en Mayo de 2010 (aparentemente por indiscreciones propias) y está encarcelado en una base de Kuwait a la espera de juicio; también propias, si bien de naturaleza sexual, han sido las indiscreciones que han llevado a Julian Assange, fundador y cara visible de Wikileaks, a enfrentarse a una extradición a Suecia contra la que lucha desde una cárcel de Londres; todo ésto unido a la estrategia de ahogar económicamente a la plataforma por medio de la cancelación de sus cuentas, bajo la acusación de que ha incurrido en actividades ilegales, sirviéndose de los operadores que canalizan las donaciones en las que se sustenta. ¿Qué escapa a este círculo perverso? El hecho incontestable de que Wikileaks ya se había convertido en el proyecto periodístico de la década antes de que Assange se convirtiera en la persona del año.

Conviene recordar que Wikileaks no es un canal de noticias, sino una fuente; o más concretamente un intermediario tecnológico protector entre la fuente original y los periódicos con los que contactará para que cubran la noticia. Esta forma de operar tiene el beneficio añadido de aportar escrutinio y legitimidad a los documentos que filtra, lo cual no sucedería si Wikileaks se responsabilizara en solitario de la veracidad de los mismos. Así que en el Cable Gate tiene cinco cómplices (El País, Le Monde, Der Spiegel, The Guardian y The New York Times) a los que el gobierno de Estados Unidos, siendo coherente con su enfermiza lógica, debiera poner en la misma categoría que a Wikileaks y acusarlos de practicar actos ilegales, instando a PayPal, Mastercard, Visa y demás operadores financieros a cancelar las cuentas de dichos medios de comunicación y de sus organizaciones matriz.

Por más que queramos creer en las buenas intenciones de la administración Obama, lo cierto es que un mínimo escrutinio nos lleva a que los mencionados actos ilegales no son más que el eufemismo utilizado por gobiernos corruptos de todas latitudes y épocas para definir aquella información que no pueden controlar. Ya lo intentó la administración Nixon cuando, en 1971, en plena guerra del Vietnam, quiso prohibir la publicación de extractos de los Papeles del Pentágono, un informe de 47 volúmenes clasificado de Alto Secreto sobre la intervención americana en Vietnam. Por entonces el veredicto de los tribunales fue claro: “el gobierno porta una pesada carga (de la prueba) a la hora de justificar cualquier intento de censura”. Pesada carga que nos lleva a la fórmula “de un peligro claro y presente” expresada por el juez Wendell Holmes en 1919 en el caso de Schenk contra Estados Unidos y que limitaba la libertad de expresión e información solamente en “caso de que las palabras utilizadas…crearan un peligro claro y presente que…acarreara los sustanciales males que el congreso tiene el derecho a prevenir, (siendo) una cuestión de proximidad y grado.”

¿Cual es el peligro claro y presente que suponen las filtraciones de Wikileaks? Ya va siendo hora de que la administración Obama se haga responsable de la pesada carga de la prueba que, como ya hemos visto, le confiere la jurisprudencia estadounidense; hasta entonces, será su gobierno, y no la organización dirigida por Assange, el que estará incumpliendo las leyes de la república a la que representa.

Créditos Fotográficos: Imagen editada por DFV utilizando las siguientes fotografías originales, Foto 1Foto 2

Obama vs. Wikileaks, o Cuando el Emperador Atacó a su Reflejo.

En su carrera presidencial, el candidato Obama se preparó para enfrentarse a múltiples enemigos que tras un rápido análisis se descubren como el mismo: la ignorancia ajena y la utilización que de la misma hicieran sus rivales políticos. Por el camino exorcizó a múltiples fantasmas, como ese padre de conflictiva biografía cuya herencia racial africana exploró en un exitoso libro que fue su primer paso, antes incluso de convertirse en político en activo, hacia la presidencia; o ese otro ruidosamente vivo (estar muertos es la gentileza, que no la obligación, de los fantasmas) llamado Jeremiah Wright, extravagante pastor evangélico que fue mentor del joven Barack en esos momentos de dudas religiosas (sin los cuales un candidato a la presidencia estadounidense nunca estará completo) y a cuyo video pronunciando proclamas antiamericanas el candidato Obama sobrevivió pronunciando un histórico discurso sobre la tolerancia y la convivencia racial. Así que el presidente Obama llegó al cargo curtido en mil batallas y protegido por un halo de invulnerabilidad, confirmando una vez más que ser invulnerable a los enemigos suele ser una forma bastante efectiva de convertirse en peligrosamente vulnerable para uno mismo; como un cáncer que se vuelve contra el organismo o aquel Calígula de Camús que golpea su reflejo, el cuadragésimo cuarto presidente de la república americana estaba preparado para luchar contra todas las ignorancias menos contra la propia, la cual, a falta de actos que desdigan sus palabras, ha mostrado en cantidades industriales en la reacción de la administración a la que representa al fenómeno Wikileaks.

La llegada de Wikileaks ha sido a la prensa lo que la de Obama fue a la política; el poder del talentoso outsider con la preparación del insider; el viejo sueño de cambiar el sistema desde dentro (sueño deglutidor de almas por excelencia ya que el sistema tiene poderosos sistemas de defensa: el principal cambiar a todo aquel que intente cambiarlo); la utilización del propio sistema no tanto para alterar sus elementos, sino para darle la vuelta como a un calcetín para cambiar sus prioridades. Wikileaks, como el candidato Obama, ha sido relevante por lo novedoso de su propuesta—una plataforma periodística sin esclavitudes nacionales y por tanto gubernamentales y que usa la internacionalidad (pudiendo ser según les convenga multinacionales o apátridas) para protegerse jurídicamente y hacer imposible el rastreo informático de sus fuentes— y, como el candidato Obama, ha mostrado un profundo conocimiento de los medios de comunicación y de como movilizarlos, como demuestra ese periodo de embargo que aplica a sus filtraciones para fomentar la competición entre los medios tradicionales, a los que no pretende sustituir sino complementar. Como explicó su fundador Julian Assange:

Uno pensaría que cuanto más grande e importante es el documento, mayores posibilidades tiene de que sea cubierto, pero esto no es cierto de ningún modo. Es cuestión de oferta y demanda. Oferta nula significa alta demanda. Pero en el momento en el que publicamos el material, la oferta se dispara hasta el infinito, así que el valor aparente se convierte en cero.

Así que Wikileaks da prioridad a unos pocos medios de comunicación—preferentemente a aquellos que propiciaron la filtración o, en el caso de los polémicos 77000 documentos sobre el ejército estadounidense, elegidos estratégicamente (Der Spiegel, The Guardian y The New York Times)—, dándoles la exclusiva por un corto un periodo de tiempo para así permitirles desarrollar la noticia. ¿El objetivo? Los periódicos no tendrán más remedio que cubrir la noticia si no quieren acabar cubriendo la indignación de sus lectores y las consecuencias periodísticas de renunciar a una noticia importante sobre la que tenían la exclusiva.

¿Cual fue la reacción de la administración Obama a esta exhibición de ingenio y valentía— conviene recordar que los cinco miembros permanentes de Wikileaks viven en el anonimato y Assange, fundador y cara de la organización, podría más bien ser calificado como fugitivo en jefe? No sólo la habitual de cargar contra el mensajero, sino también contra su derecho a ejercer la sacrosanta misión de la mensajería informativa (eufemismo a prensa libre: a veces uno se pierde haciendo frases). Resulta alarmante que la mayor esperanza política de la historia haya cuestionado el derecho de la sociedad a conocer eventos que podrían ser constitutivos de crímenes contra la humanidad, los cuales, refresquemos la tabla de multiplicar de los Tribunales de Nuremberg, ni prescriben ni pueden ser encubiertos según razonamientos de obediencia debida.

Esperamos ansiosos a que la administración Obama clarifique cual, en su parecer, debe ser el papel de la prensa. En cuanto a las presuntas amenazas que la filtración ha supuesto para la seguridad de los soldados estadounidenses, Wikileaks ha aclarado que los documentos pertenecen a operaciones ya concluidas. Un papel responsable e inmaculado que les honra, si bien innecesario; ¿desde cuándo el papel de la prensa es el de defender intereses estratégicos dejando de denunciar lo moralmente reprobable? Curioso papel de florero que, con nuestra connivencia, los gobiernos han reservado a los que según ellos no sólo tienen la misión de informar, sino también de velar por los intereses gubernamentales. Tiempos de floreros empotrados, como aquellos profesionales que durante la guerra de Iraq debían, como parte del ejército, obedecer las órdenes de jefes operativos si querían tener acceso a la información; tiempos de presidentes que llaman a directores de periódicos para decirles no ya aquello de lo que pueden o no informar (sólo faltaría: los voceros de gobiernos no nos conciernen en este artículo), sino cómo o cuando pueden informar sobre un determinado tema. Sirva como ejemplo The Washington Post, periódico que recientemente ha publicado un exhaustivo y crítico informe sobre la lucha antiterrorista estadounidense, mientras, a la vez, durante dos años ha renunciado a hacer público el video de un ataque desde un helicóptero a la población civil iraquí y que probaba como falsa la versión oficial sobre la matanza. Un vídeo que, por supuesto, Wikileaks publicó. Así que la cuestión no es de que lado ideológico está un determinado medio, sino si recibe órdenes o pautas de aquellos de cuyo lado está: ideologías e intereses económicos aparte, un periodista (o cualquiera que pretenda hacer un análisis honesto de la realidad) nunca puede estar de lado de quien le censura.

En un giro fascinante, algunos de los documentos filtrados por Wikileaks tenían que ver con la propia plataforma, entrando en detalles sobre el peligro que ésta suponía (recordemos que Wikileaks se nutre principalmente de filtraciones desde el interior de las organizaciones que denuncia) y de las diferentes formas en las que podía ser desactivada. La conclusión no es sorprendente: estando su fortaleza en el anonimato de sus fuentes basta con amenazarlo para hacer lo propio con el proyecto. No habiendo oficinas que cerrar o subvenciones que denegar, el eslabón más débil de Wikileaks es la protección de sus fuentes. Y lo es tanto que la plataforma no ha errado en esta misión, siendo su informante estrella cazado por indiscreciones propias. O eso parece, pues la intervención en todo este tema de un hacker conocido por su búsqueda de notoriedad convierte la operación en bastante sospechosa. A falta de otras versiones y tratando de evitar la poco saludable aunque a veces necesaria conspiranoia (por hoy nos conformaremos con la desconfianza crónica) esperaremos pacientemente a que el gobierno americano desclasifique, en cumplimiento de la legislación estadounidense, los documentos de esta operación:

¡Este ha sido un avance de la programación del canal Wikileaks Classic Gubernamental…, no dejen de sintonizar el Wikileaks Moderno No-Gubernamental por si esta información llegara alguna que otra década antes!

En las últimas semanas, importantes plataformas de derechos humanos han retirado (quiero pensar que sin presiones políticas) su apoyo a Wikileaks. La razón: les acusan de no eliminar nombres de informantes y colaboradores antes de publicar los documentos. Crítica legítima, si bien falta algo: apoyo al proyecto. ¿La operatividad de Wikileaks puede ser mejorada? ¡Vaya novedad! Al fin y al cabo y pese a su habilidad para hacer perder el paso al gobierno americano, estamos hablando de una organización que cuenta con cinco voluntarios permanentes y que se nutre de la colaboración desinteresada de 800 profesionales de diversos sectores. La respuesta de Assange al respecto ha sido firme: que los que critican aporten personal para corregir lo que condenan y que no tiene tiempo que perder con aquellos que no hacen nada y se limitan a cubrirse las espaldas.

O lo que es lo mismo: que un florero humano, civil o no-gubernamental no deja de ser un florero. Y es que conviene que recordemos que los errores achacados a Wikileaks parten de premisas cuestionables, tales como que los estados pueden reservarse información.  Argumentan que por nuestra seguridad, ¿pero acaso someten este concepto a votación? ¿Queremos seguir manteniendo un secretismo que alimenta juegos de guerra que provocan cientos de miles de muertes cada año? ¿Es democrático que una parte mayoritaria del presupuesto mundial sustente las guerras sobre las que sólo decide una minoría? El final de la información clasificada aún no es el debate, pero gracias a Wikileaks no está tan lejos que acabe siéndolo.

El apoyo social a Wikileaks ha sido errático y no mayoritario, mientras que sus enemigos en Estados Unidos no son precisamente pequeños: desde el ejecutivo (críticas gubernamentales) al legislativo (¿necesidad de leyes que regulen/censuren intenet) pasando por el judicial (castigos bíblicos en espera para Assange y sus infieles) e incluso ese cuarto poder de la prensa que ha mostrado una peligrosa tendencia a ese oficialismo del que sus grupos de comunicación llevan años nutriéndose. Por no adentrarnos en ese mundo bizarro en el que una demanda contra Assange fue presentada y archivada en Suecia en un plazo de veinticuatro horas, alimentando todo tipo de teorías de la conspiración (aquí aporto la mía: Assange está presentando acusaciones ridículas contra sí mismo para así blindarse contra otras más difícilmente desmontables de las que el gobierno americano pudiera acusarle en el futuro); así que disfrutemos de ver a los próceres del mundo nerviosos por unos instantes y hagamos todo lo posible por pegar algún que otro martillazo en la pica puesta por Wikileaks (en el corazón o en la uña del meñique, ¿qué importa?) porque sólo así avanzan las sociedades, con amenazas y cambios que parecen muy grandes y que luego tal vez sólo sean modestos, pero que desencadenan cambios que permanecen cuando hace tiempo que el proyecto originario pasó al olvido. El anuncio de quince mil nuevos documentos y el apoyo del Partido Pirata de Suecia en el marco de la avanzada legislación sueca en materia de libertad de información, demuestra que el momento en el que los miembros de Wikileaks cedan a las presiones, sean clausurados o comprados aún no es inminente. Con independencia de que en los próximos tiempos veamos a Assange y los suyos vendiendo su sueño o abandonándolo, de momento toca estarles agradecidos por haberlo creado.

Un Tal Poe

Tenía razón el gran Edgar Allan Poe cuando decía aquello de que la coincidencia es una fuerza poderosa y que hacemos mal en subestimarla. En la vida de nuestro protagonista, a quien sus amigos llamaban Benito y los papeles apellidaban como Lee, ocurrieron una serie de eventos que, si bien no desconozco que serían calificados de increíbles por la gran mayoría—por esa que sólo cree en lo que ve o lo que toca—no extrañarían un ápice al genio americano, quien hubiera visto en la historia que me dispongo a narrar tan solo una confirmación más de que fuerzas invisibles controlan nuestras vidas.

Y es que la razón no sólo es un instrumento inservible a la hora de solventar quimeras imposibles como el universo o la procedencia del hombre, sino también, y casi en igual medida, cuando lo que queremos explicar es este mundo y las fuerzas que moldean la existencia física, esa que, día tras día, y para no reconocer la cruda realidad, la que nos dice que no tenemos control sobre nada, nos queremos convencer de que dependen de cosas tales como el trabajo, la bondad, o la justicia. Vivimos en un mar, estimado lector, pero el mar no somos nosotros, por no ser, ni siquiera somos una ola; tenemos velas, pero las velas no somos nosotros, por no poder, ni siquiera somos capaces de dirigirlas; temblamos con los vientos, pero los vientos no somos nosotros, por no soplar, ni siquiera somos una brisa. ¿Somos un barco? Quizás, pero un cuyo viejo fuselaje, gastado y oxidado tras lo años, nos vemos obligados a dejar en este mundo; amarrado en este puerto llamado vida que sólo nos parece puerto en la muerte, pues siempre se comportó como un mar. Un mar de olas imposibles e invisibles: como la coincidencia.

Cada mañana, a las siete en punto, Benito Lee desayunaba en Atac, una cafetería adosada a la tienda de libros Aispel, en Washington D.C. Cada tarde, alrededor de las ocho, minuto arriba o abajo dependiendo de lo concurrido que estuviera el metro, al salir de su trabajo en el Banco Mundial, organización digna y inútil donde las haya (lo inútil suele tener una cierta dignidad, lo cual no significa que todo lo que tenga dignidad sea inútil), Benito se pasaba por Aispel y compraba algún estúpido e insípido (lo insípido suele ser estúpido, lo cual no implica, por desgracia, que lo estúpido sea siempre insípido) tratado de economía, cuyo precio, siguiendo instrucciones explícitas de Adam Smith en May You Give the Right Price en el capítulo titulado The Boston Law, variaba en consonancia a lo cerca que el economista en cuestión estuviera de Boston (sede de Harvard y MIT.) Menos aquella tarde.

Aquella tarde, recién quitada la corbata y el traje, y luciendo aquel impresentable abrigo negro y amarillo; que tan cómodo le hacía sentir y que además, siempre en su opinión, le daba un aspecto tan original; nuestro amigo Benito se había acercado a Aispel, para cumplir con el ritual de comprar el dichoso tratado de economía. Ya estaba dispuesto a comprar aquel Teoría Política Económica para Seres Racionales y Económicos (el cual en un principio le había creado ciertas dudas, pues pese a estar escrito en California y no venir de Stanford, tenía el increíble precio de 35$, pero que en la contraportada tenía un montón de palabras que Benito no había oído en su vida, así que finalmente decidió que “sería un error de dimensiones históricas no comprarlo”) cuando, ya de camino al mostrador, de repente, sin previo aviso (como tantas veces sucede en esta vida de sufrimientos) vio a la camarera que con tanta amabilidad y celo profesional le servía su desayuno en Atac por las mañanas.

“¿Qué hará en la tienda de libros?” se preguntó extrañado. Y con razón, pues, en tres años que llevaba frecuentando aquel lugar, era la primer vez “que la veía en territorio comanche”, (Benito se rió de su ocurrencia). Entonces vio que la camarera se dirigía a la caja registradora, donde un simpático dependiente “afroamericano, en palabra compuesta, negro, en una sencilla (que ocurrente estaba aquella mañana)”, le dijo entre sonrisas que había supuesto bien y que, efectivamente, tenía cambio de cien dolares.

Entonces la camarera, visiblemente satisfecha con su destacable adquisición de un billete de cincuenta dolares y cinco de diez, volvió a territorio Sioux (Benito sonrió de nuevo) y, al verle, y reconociéndole como a su fiel cliente de la mañana, le saludo con un efusivo:

Good Evening.

Otra cosa extraña: en tres años era la primera vez que Benito la oía decir “Good Evening.

Y tan efusivo fue el saludo, que derribó un pequeño tomo de una de las bien surtidas estanterías; si bien ella no se dio cuenta y, tan contenta, continuó caminando en dirección al restaurante. Mientras tanto, Benito se acercó a deshacer el entuerto y poner el libro en su sitio, “no vaya a ser que alguien se tropiece, se descalabre, le ponga un juicio a la camarera y la condenen a veinte años de cárcel sin posibilidad de perdón.” Y es que Benito, comprensiblemente, no estaba dispuesto a pasar dos décadas sin aquellas dulces manos sirviéndole su desayuno. No, de eso nada.

Mientras se acercaba, y fruto de esa natural curiosidad que tan lejos le había llevado en la vida, se fijó en el título de aquel libro, el cual, solitario, seguía yaciendo sobre la roja moqueta de Aispel. “Poe de Bolsillo,” leyó.

“¿Poe? ¿El director de cine?” se preguntó haciendo gala de su total ignorancia literaria; lógica, por otra parte, si tenemos en cuenta que Benito había cursado la carrera de Económicas en una de las universidades más importantes del país. Fue sólo al acercarse y leer en la contraportada que el New York Times decía que “aquel clásico era más entretenido que la mayoría de best-sellers modernos,” cuando se enteró de que Poe no era un director de cine, sino un escritor, lo cual le extrañó sobremanera, pues él juraría haber oído más de una vez lo de “película de Edgar Allan Poe.”

Como ya hemos mencionado y pese a haberse educado en una institución de élite, Benito era un joven curioso, razón por la cual decidió echarle una ojeada a “aquel tal Poe.” Y así fue como se olvidó de aquel ridículamente caro libro de economía de la costa Oeste, que “por-no-ser-no-era-ni-siquiera-de-Stanford,” y comenzó a echarle una ojeada al libraco del presunto director de cine. Y cual sería su sorpresa al darse cuenta de que aquel libro estaba lleno de cosas interesantes, tales como aquella maravillosa introducción en la que el editor describía algunas inconfesables intimidades de “aquel tal Poe.”

“Irresponsable borracho, plagiador, de personalidad obsesiva…” comenzó Benito a leer con gran interés, “¿su mujer se murió de la ruptura de una cuerda vocal…? Eso sólo le puede pasar a un mentecato.” Sí, aquella era una muy interesante biografía, una que le hacía sentir un placer especial, pues ridiculizaba a aquellos artistas a los que tanto odiaba, a aquellos cuya supervivencia Benito, como buen economista, explicaba diciendo: “la sociedad les paga por pensar, porque son unos vagos, y no saben hacer otra cosa…Son una carga necesaria; algo así como una obra benéfica, una caridad…”

Tanto le interesó aquella relación de las intimidades del escritor americano que, en lo que representaba una clara afrenta a sus principios más arraigados, se decidió a comprar, por primera vez desde que en su primer año de carrera le obligaron a leer extractos de “¡un libro de Hardy y dos de Dickens para aquella maldita clase de literatura!”; una novela que no fuera de Grisham “¡ese gran ídolo!”. “Poe, Poe…, cuantas deliciosas sonrisas a costa de los malditos intelectuales me esperan esta noche!”

En profundo estado de excitación, Benito corrió hacia su casa. No tenía hambre: un café y un plato precongelado le bastarían. Sí, ciertamente aquel plato de pollo y arroz era realmente intragable, “pero que puñetas, la comida es para alimentarse, no para, tal y como afirman todos esos libertinos europeos del sur, disfrutar de ella…., vagos todos! Ya es que también esos son una carga necesaria…que si no…” Benito terminó de cenar, ahora el hambre ya no le despertaría en mitad de la noche, y, con un placer que nunca creyó que un libro pudiera proporcionar, empezó a volar con la vista entre las letras de aquella jugosa introducción. Era el momento de la cronología.

1826: 14 de Febrero. Poe entra en la Universidad de Virginia, Charlottesville. Diciembre 15, el semestre termina y Benito Allan (el padrastro de Poe) le saca de la universidad.

Al leer estas frases, un especial placer le recorrió por todo el cuerpo. “Así que el tal Poe ni siquiera había terminado una carrera…¡Qué una carrera, ni siquiera un año!”

Aquello le reafirmó en su teoría de que nadie debiera poder publicar antes de terminar un doctorado. Él, por cierto, había terminado dos: uno en Económicas y otro en Estudios Financieros Sociológicos Empresario-Mercantiles. Valga decir que era del segundo del que estaba más orgulloso. Fijarse bien.

Pero la diversión no acababa ahí; no ni mucho menos, todo lo contrario, pues la vida de aquel pobre desgraciado, “del tal Poe,” no acababa más que de comenzar. “Y una vida que comienza mal, no puede sino acabar peor:”

“Pese a que Poe ingresó en la Army en 1831 (algo que Benito respetaba: “el ejercito de los Estados Unidos ayuda a mantener la paz en el mundo, ergo la estabilidad económica”) en 1831, y tras una decente carrera militar, Poe vuelve a las andadas. Deja West Point, “¿y para qué? Para escribir poemas…¡Ja!”

Aquello no pudo sino sonrojar a Benito, a quien le habían bastado menos de veinte y cinco años de la vida “del tal Poe,” para darse cuenta de que aquel pobre desgraciado no estaba bien de la cabeza. Pero poco le duró la alegría, pues no de alegría, sino de euforia, debía ser calificado su siguiente estado. Una euforia provocada por la indignación (para algunos el poder indignarse es la mayor de sus alegrías) de que Poe: “..se hubiera casado con una chica, ¡que una chica una niña!, una niña de catorce años…¡Que horror!”

Y a partir de aquel momento, tal y como no extrañará a ningún lector mínimamente familiarizado con la biografía de E.A.P., para Benito Benito todo fueron risas, sonrisas y brindis, los cuales Poe se debió ir, uno a uno, bebiendo de un trago, pues un 3 de Octubre de 1849, le encontraron en Baltimore “rather the worse for wear…”, es decir, hecho una piltrafa humana.

“Vaya humillación…”

Al día siguiente, a las cinco de la tarde, Poe fallecía.

Con lágrimas en los ojos, y no precisamente de tristeza, Benito cerró el libro y se preparó para irse a la cama. Con una alegría que no sentía desde su ascenso, medio año atrás, a la categoría de Economista asociado, se lavó los dientes, bebió un enorme vaso de agua “no me vaya a deshidratar durante la noche” y se metió en la cama dispuesto a, dulcemente, conciliar el sueño. Cerró los ojos y pensó en Judy, la bonita rubia de buena familia con la que se casaría en verano; y con la que había estado saliendo desde que, ambos por aquel entonces en su primer año de carrera, coincidiera con ella en la universidad de Jorgeciudad. Ni siquiera así, Benito logró conciliar el sueño…¡y es que aquel había sido, ciertamente, un día lleno de emociones! Aquella maravillosa biografía, lejos de adormilarle tal y como hacían los libros de su amada Economía (“¡deberé replantearme eso de que el objeto de los libros sea adormilar, reduciendo así el insomnio y los gastos de la población en medicinas…!”) le había desvelado totalmente. No, no iba a poder dormir. ¿Qué hacer? Benito estaba desesperado.

Entonces, vio sobre la mesita de noche el libro “del tal Poe,” aquel que tanto placer le había producido con su introducción, y tomó una decisión que, si bien no extrañará al lector en vista de los hechos, una horas antes le hubiera parecido imposible. Iba a leer “a” Poe. Antes, Benito había leído “de”; “de” Emerson, “de” Jefferson, incluso “de” Hemingway; pero nunca “a;” ¿para qué, si veinte páginas de ‘de’ nos explican lo que no averiguaríamos leyendo veinte volumenes de ‘a’?” Pues sí, pese a haber estudiado en universidades de élite, Benito iba a leer directamente a un autor. Sin cortes, sin comentarios de por medio por parte de algún excelente académico, cuya loable intención sería mejorar el original: cara a cara con el escritor:

Página 1: William Wilson…

Página 3: The Man of the Crowd…

Y así fueron pasando las páginas, primero con una sonrisa, “la cantidad de tonterías que podía imaginar aquel hombre”, después con interés, y finalmente con un incontrolable terror. The House of the Usher…, The Murders of Rue Morgue… y, por último, los poemas. ¿Cuánto tiempo hacía que no leía un poema? Exactamente seis años. Lo recordaba perfectamente, había sido en el libro de introducción a la economía del gran Samuelson:

Debo estar diciendo esto con un suspiro

Que en alguna parte envejece y hace envejecer,

Dos caminos divergieron en un bosque y yo,

Yo tomé el menos caminado,

Y eso ha representado toda la diferencia.

(El Camino no Tomado—Robert Frost)

Aquel siempre había sido su poema favorito: “¡son muy pocos los que toman un camino diferente y el economista no tiene porque preocuparse excesivamente de ellos, sino de la gran mayoría que toma el camino principal!”

Hace muchos, muchos años

en un reino junto al mar,

vivía una doncella, a quien tal tal vez conozcáis,

cuyo nombre era Annabel Lee…

y vivía esta doncella sin otro pensamiento

que amarme y ser amada por mí.

Y aquel a quien sus amigos llamaban Benito y los papeles apellidaban Lee, siguió leyendo y leyendo…

Y cuan dulce y cuan sonoro,

— din dan, din dan —,

es el coro,

— din dan, din dan —,

de la campana de oro,

que en su lengua musical

celebrando está el misterio de la noche nupcial…

Y con las campanas llegó la mañana…cinco campanas, seis campanas…Las seis y media: hora de prepararse para ir a trabajar. El sol iluminaba ahora un mundo en el que, por un día, Benito caminaría, no con su habitual seguridad, sino con el cansancio propio de quien no ha dormido ni siquiera un minuto. Claro que en aquel momento, su imaginación activa tras todas aquellas historias, se sentía más despierto que nunca. Su mente era ahora un motor acelerado. La ducha no emanaba agua, sino rayos carmín que parecían querer cortar sus secos ojos; y la máquina de afeitar, con sus brillantes hojas, era un amenazante instrumento del más allá, que buscaba una yugular con la que seccionar su vida. Cuando a duras penas logró hacerse el nudo de la corbata, evitando tras una dura pugna que ésta le estrangulara, salió de su apartamento en dirección a Atac donde, como ya hemos dicho, acostumbraba a desayunarse.

Good Morning—dijo la amable voz de la camarera, la misma que, de manera inconsciente, con su efusivo Good Evening y su codo fuera de control, había comenzado todo aquello.

—Tan buenos como un mundo con tanta luz pueda ser…—contestó Benito.

—Usted lo ha dicho—dijo ella con la sonrisa de quien, si bien es consciente de que el cliente acaba de decir un soberana estupidez, no quiere quedarse sin su propina.—¿Lo mismo de siempre?

—No, nada de fruta. Quiero cabeza de cabrito.

—Me temo que no tenemos cabeza de cabrito. Will a turkey sandwich do? De verdad que el bocadillo de Pavo es excelente…

—Bueno será.

—¿Café?

—¡Sangre de cordero!

—Como no, ahora mismo le traigo la carta de vinos.

Cinco minutos más tarde, nuestro amigo degustaba su bocadillo de Pavo, al cual acompañó de un asqueroso vino de Virginia, que la camarera consideraba, desde su modesto entender, que era lo que más se acercaba a la demandada sangre de cordero. Mientras tanto, y siguiendo con su costumbre de leer mientras desayunaba, Benito abrió un libro, que, tal y como podrá suponer el lector, aquella mañana no era trataba de economía. Y es que de camino a Atac, Benito había pasado por Aispel: “es el momento de pasar a palabras mayores…la recopilación de ayer era demasiado simple, lo básico, lo que cualquier niño de instituto habrá leído…”

Había comprando otro pequeño libro, también de Poe, el cual constaba de escritos acerca de los más diversos temas. Y pasando páginas, más bien devorándolas, llegó a:

Sobre la Intuición

Que la imaginación no ha sido injustamente considerada como suprema entre las facultades mentales, es debido a la intensa conciencia, por parte del hombre imaginativo, de que la facultad en cuestión lleva a su alma a menudo a vislumbrar cosas eternas y sobrenaturales—hasta el borde mismo de los grandes secretos.

Aquel pasaje le impresionó como nada que hubiera leído anteriormente. Imaginación. ¿Qué era aquella palabra? De repente Benito sintió que había descubierto la verdad, una verdad oculta hasta aquel momento, oculta en su mente, en aquella mente que tan bien discurría para otras cosas. Imaginación. Sí, aquella iba a ser su arma, el arma con la que conseguiría cosas con las que otros no osaban ni siquiera a soñar. Así que Benito comenzó a mirar a su alrededor en busca de algo con lo que probar su recién adquirida capacidad. Intuición, imaginación…todo aquello, unido a la fortaleza adquirida tras años de estricta disciplina mental, le harían invencible. Entonces buscó señales, indicios, algo que el despistado asesino hubiera olvidado en el lugar de los hechos. Hasta que se dio cuenta de que aquello no era el excitante París del siglo XIX, sino el burocrático Washington D.C. del siglo XX, y, con resignación, pensó que hubiera sido bonito vivir en otro tiempo.

Y ya se estaba imaginando entre la niebla londinense en los tiempos de Jack el Destripador, o volando entre las callejuelas de París en busca de primates asesinos, cuando un gesto de la camarera le hizo volver a la realidad. Había sido un guiño, si bien Benito no sabría decir si consciente o inconsciente. No; tenía que haber sido consciente, pues tras tres años de verla diariamente se habría dado cuenta de si tenía algún tic. Benito siguió observando, mientras con el mayor de los disimulos escrutaba cada uno de los movimientos faciales de la sesentona camarera. Otra vez. Sí, lo había visto claramente, no había duda, el guiño de nuevo.

La mente de Benito comenzó a analizar, a girar, a subir y bajar, a rodar, otra vez era un motor, el motor del más potente de los deportivos, giraba y giraba, intuición, análisis, imaginación, no aceptar las limitaciones de nuestra mente…hay que llegar a una conclusión, lógica, percepción…hay que encontrar esa conclusión…Y llegó. Sólo cabían dos posibilidades. Y eran las siguientes.

La primera, la más probable, es que la camarera fuera una asesina. ¿En serie? No, en serie no, pues de ser así Benito se hubiera dado cuenta mucho antes de aquel tic nervioso. La camarera acababa de asesinar, tal vez a su marido, a quien seguramente tendría metido en el ataúd que guardaba en el garaje de su casa, y desde entonces, y de manera inconsciente, habría desarrollado aquel tic nervioso, el mismo que le acababa de delatar en frente de Benito, quien, alegre, se felicitaba de estar cerca de resolver un misterio que nadie llegaba siquiera a adivinar y que, de no ser por él y su supermente, hubiera permanecido sin resolver por años, quizás por décadas, hasta que alguien encontrara el esqueleto del pobre marido, aquel al que todos sus compañeros de oficina habrían dado por desaparecido años atrás, con sus secas manos pegadas a la tapa del ataúd, arañado por dentro, pues no sería de extrañar que el marido de la camarera sufriera de catalepsia y que la mujer en realidad no le hubiera matado, sino tan solo encerrado durante uno de sus frecuentes ataques. Y por eso ahora la perversa camarera, la misma que mañana tras mañana le servía el plato de fruta con su cínica sonrisa, sufría de aquel tic nervioso sólo perceptible para alguien de la inteligencia de Benito.

Claro que aquella no era la única posibilidad. Había otra, la cual, en vista de que en los tres años que Benito había conocido a la camarera ésta nunca había intentado envenenarle, no podía ser descartada. La camarera podía no ser la culpable. Todo lo contrario, quizás era la inocente víctima del tirano de su marido, quien probablemente le pegara cada noche, amenazándola con encerrarle en un ataúd en uno de los frecuentes ataques de catalepsia que sufría la camarera (seguro que la catalepsia tenía algo que ver en todo aquello) si ella osaba a abandonarle y escaparse con el aviador italiano. Y quizás los maltratos del marido habían aumentado en frecuencia e intensidad en los últimos días, razón por la cual la camarera, con su casi imperceptible guiño, le estaba pidiendo ayuda a Benito. Sólo había una cosa que no encajaba en toda aquella hipótesis y era el porque la camarera pedía auxilio de una manera tan débil, la cual sólo podía ser percibida por una mente tan potente como la de Benito. No, ni siquiera la de Benito, sino “la del nuevo Benito.” También ante esta eventualidad surgían dos explicaciones.

La primera, que la camarera llevaba meses pidiendo auxilio pero que él, como era normal pues todavía no se había convertido en “el nuevo Benito,” no se había dado cuenta hasta que la casualidad, la coincidencia “como diría Edgar,” quiso que aquel libro mágico despertara su hasta entonces dormida imaginación, la cual, unida a su increíble inteligencia, le había permitido apercibirse de la desesperación de la camarera. ¿La segunda? La segunda era tan increíble que daba escalofríos sólo planteársela. Estaba llamado para una misión; la camarera le había elegido como su salvador, ya que tras tres años de relación cordial había descubierto su intelecto superior y decidido, con la excusa de pedir cambio de cien dolares, derribar el libro de Poe, para que éste despertara su imaginación y al día siguiente su amigo y salvador Benito Lee se decidiera a seguirla.

Benito miró la hora. Eran las nueve de la mañana. Entre pensamientos e imaginaciones se le habían ido dos horas y ya llegaba una hora tarde al trabajo. Si bien, tal y como suele suceder en aquellos que nunca han ni siquiera tropezado, nuestro amigo, tomándose a la ligera aquel escándalo de llegar una hora tarde al trabajo sin haber avisado con dos semanas de antelación, decidió no sólo tropezar sino caer del todo, caer de verdad. Decidió que aquel día no iría a trabajar. Porque, por primera vez en su vida, sentía que su existencia tenía un sentido, que era un alma dirigida en pos de una gran misión, y que, o bien la resolución de un crimen, o bien una vida humana, dependían del éxito de la misma. Además, ¿y si el marido estaba todavía vivo? ¿Y si, en su catalepsia, podía todavía respirar gracias al despiste de su esposa, quien en una increíble torpeza habría dejado el ataúd abierto? Aquel día, Benito dejaría de ser simplemente útil y, en el conjunto de la creación, se convertiría en significativo. Porque aquel día iba a salvar la vida de una persona. Fuera la del marido o la de la camarera, no podía dar la espalda a todo aquello. Esperaría. Con el disimulo y destreza dignos de un Phillip Marlowe, un Sam Spader, o un Sherlock Holmes cualquiera, Benito se dirigió a la camarera.

—Señorita—dijo él con tono de total normalidad, cómo si no supiera que aquella sesentona tenía un marido que, o bien era cataléptico, o bien era un tirano—Un poco más de café.

—¿Quiere usted café?—dijo ella, haciéndole notar a Benito que aquella mañana no había tomado su habitual AM MUG (1.50$ por todo el café que uno quiera) sino aquel maravilloso vino de Virginia, que él, en un extraño estado de excitación, había calificado como sangre de cordero.

—Sí, café, por favor—dijo continuando con su tono calmado y educado, como cada día, para que la camarera, en caso de ser la asesina, no se diera cuenta de que Benito sospechaba algo.

Instantes más tarde, la camarera estaba junto a él con una taza y una jarra de café en la mano.

—Gracias—dijo él una vez estuvo servido.

—De nada.

—Señorita—dijo él con disimulo, como si aquello fuera lo más normal que uno pudiera preguntar—estará usted cansada…¿no?

—Sí, claro—contestó ella en un tono que no denotaba la menor extrañeza—Muy cansada.

—Claro, lleva usted ya muchas horas trabajando hoy.

—Muchas…—afirmó ella.

—Desde las..

—Seis.

—¡Desde las seis! ¡Santo Dios, pero si son casi las once!

—Las once ya…¡cómo pasa el tiempo!—dijo ella, para continuar, con una seductora voz—Menos mal que sólo me quedan dos horas para terminar…Además de que tengo la tarde libre.

—¡La tarde libre! Vaya suerte…

—¿Y usted? ¿No va hoy a trabajar?

—¡No! ¡No voy a trabajar!—gritó Benito y, dándose cuenta de lo extraño de su reacción, continuó con más calma—No, hoy no voy a trabajar, he decidido cogerme el día libre. Ventajas de ser un reputado economista.

—Desde luego. ¿Y qué va a hacer usted durante el resto del día?

—La verdad, todavía no lo he decidido. De momento disfrutar de no tener ninguna obligación. ¿Y usted?

—Descansar, descansar en mi casa de campo.

—¿En su casa de campo?—dijo Benito con sorpresa, dándose en cuenta en seguida de que aquella pregunta había sido ridícula, pues no rompía ninguna regla de la lógica el que una camarera de un restaurante, ni siquiera de uno que estuviera adosado a una tienda de libros, viviera en el campo. Y dando una muestra espectacular de su erudición, añadió:

—Cicerón decía que el campo relaja los nervios—y que relajado se quedó Benito después de soltar aquello.

—¡Ah! ¡Qué bien! Pues tenía razón. A mí me basta con sentarme en la terraza de mi casa para relajarme de los nervios de la semana.

—Se sentara usted junto a su marido…—dijo Benito, llegando con exquisito tacto al punto que había estado esperando abordar desde el principio de la conversación.

—No estoy casada.

“¡Es la asesina! Pobre diablo cataléptico…” pensó en seguida Benito. Había mentido, el anillo la había delatado, ya no cabía duda de que encubría algo.

—Lo estuve…—dijo ella al ver como, tras su afirmación anterior, Benito se había quedado mirando fijamente al voluminoso anillo que llevaba en el dedo—…pero mi marido murió.

“Maldita sea, ya es demasiado tarde.”

—¿Murió?

—Sí, en la guerra. De eso hace ya muchos años, cuarenta ya. Mi John era un buen hombre, por eso nunca me quité el anillo.

“Miente, miente…,” era todo lo que pasaba en aquel momento por la cabeza de Benito, quien, haciendo un esfuerzo por que ella no lo notara, continuó tranquilamente con la conversación.

—¿Y no se casó usted más?

—Sí, una vez más. Pero prefiero no hablar de ese matrimonio…Lo único que importa es que ya se acabó el sufrimiento…

“Es la víctima, me lo está diciendo con los ojos…” pensaba el acelerado motor que Benito tenía por mente, “ella sufre, sufre noche a noche, cuando el asqueroso marido le amenaza, entre golpes, con encerrarla en el ataúd durante uno de los frecuentes ataques de catalepsia que la pobre camarera sufre. Pero sabe que el sufrimiento ha terminado: en mí ve al salvador que le aliviará sus penas. Yo te salvaré…”

—…ahora—continuaba ella—vivo feliz en mi pequeña casa de campo en Virginia.

—En Virginia…—dijo Benito con el tono de quien espera más información.

—En Virginia, más concretamente en Lastday Hills, número 28.

—Lastday Hills número 28.

—28.—repitió ella para, con una mirada que Benito interpretó como de desesperación y que el narrador calificaría más bien como de seducción, continuar:—Si algún día pasa por allí…Aunque, claro, un hombre tan ocupado como usted.

—Claro muy ocupado. Pero nunca se sabe, quizás un día de éstos mi trabajo me lleve hasta Virginia y, una vez allá, ¿por qué no ir a Laspray Hills.?..

—Lastday.

—Lastday—se había equivocado adrede para ver si la camarera estaba verdaderamente interesada en que fuera—Lastday Hills…para hacer una visita a mi buena amiga…amiga…

—Nancy.

—A mi amiga Nancy.—le extendió la mano—Yo soy Benito.

—Pues a ver si es verdad que me visita…siempre y cuando, claro está, que su trabajo le lleve hasta Virginia…no me gustaría que tuviera usted que desviarse por mí…

—En todo caso, sería un placer.

—¡Nancy!—se oyó tronar la voz del intendente—¿Es qué no ves que aquel cliente está esperando su cuenta? ¡Vale ya de tanta charla!

Nancy miró fijamente a Benito y, con voz de gata en celo, dijo:

—Bueno, mucho gusto. Y ya sabe donde tiene una casa cuando su trabajo le lleve hasta Virginia.

—No lo olvidaré—dijo Benito, quien ya estaba decidido a ir aquella misma tarde a resolver el misterio.

Y, efectivamente, dos horas más tarde, a la una, y no sin antes despedirse con una picarona sonrisa de su “cliente favorito,” Nancy salió del restaurante dispuesta a disfrutar, como cada Miércoles, de su tarde libre. Benito la miró, también sonriente, y se dijo que esperaría media hora “para no levantar sospechas.” Presentía que, de momento, era mejor que nadie la relacionara con Nancy, pues no sabía si quizás, en caso de que la pobre Nancy fuera la víctima, y traicionado por los nervios, se vería obligado a darle a su marido una lección. ¿Y si tenía que matarle? ¿Y si el marido se reía en su cara y le amenazaba diciéndole “intenta denunciarme y verás”? Además, no había que descartar que Nancy lo hubiera intentado ya en infinidad de ocasiones, pero que el jefe de policía, que a buen seguro sería un ex-compañero de clase del marido de Nancy, se negara a escucharla por falta de pruebas. En tal caso lo mataría (al marido). Sin dudar un momento: la justicia debe siempre estar por encima de la ley. Lo mataría y entonces él y Nancy lo pondrían en el ataúd (que en casa de aquellos dos pájaros había un ataud era algo de lo que no cabía la menor duda) y Benito se llevaría el ataúd a casa. Y nadie sospecharía de él, pues nadie le relacionaría con Nancy más allá, claro está, “de ser un cliente de Atac.” Por eso debía esperar, no fuera que al salir tras de Nancy, o poco tiempo después de ella, alguno de los fastidiosos testigos, que no pueden faltar camuflados en cada rincón con sus miradas de rata y sombreros de hongo, le fuera a identificar, “como aquel hombre que me llamó la atención, porque salió detrás de la señorita…” Era necesario esperar. Y mejor que media, una hora entera.

Finalmente fueron dos. A las tres, y ya sintiéndose libre de todo riesgo, Benito decidió encaminarse a Lastday Hills. ¿Cómo iría? En su excitación se había olvidado de que no tenía coche. ¿Alquilar uno? No, sólo un idiota alquilaría un coche antes de cometer un crimen, dejando constancia de que “aquel día, aquel mismo en el que, por primera vez en tres años, no había ido a trabajar,” tuvo necesidad de un medio de locomoción. Así que nada de alquileres. Cogería un taxi, el cual le llevaría al pueblo más cercano (que tras mirar un mapa descubrió que era Viena, Virginia) y de allí iría caminando, lo cual no era ningún problema, porque tan solo dos kilómetros escasos separaban Viena de Lastday Hills.

Así que a las cinco, en una fría tarde de Febrero, el justiciero Benito comenzaba a recorrer el camino entre Viena y Lastday Hills. Empezaba a anochecer, ya caía un negro velo sobre las casitas de madera que, solitarias, dominaban en un campo blanco por la nieve. En una de ellas una camioneta vieja y oxidada; en otra un tractor que, triste, esperaba a que le volvieran a necesitar: esperaba al deshielo, al campesino, a la cosecha…Una canasta de baloncesto le miraba desde una casa vecina, se balanceaba con el viento…cric, cric…cric…cric…decía su estructura de metal, la misma por la que no habría pasado ninguna pelota desde los meses de verano. Una casa pequeña con luces, con un camino bien delimitado que llevaba hacia ella, y que atestiguaba que los que la moraban iban a trabajar cada día a la ciudad. En aquel pequeño utilitario verde. Veintisiete, Lastday Hills. Ya se había hecho de noche. Ahora era todo oscuro. “Veintiocho, es curioso,” pensó Benito, “como mi edad.” Número ventiocho, seguir el camino, decía un viejo letrero.

Benito enfiló aquel sendero que penetraba entre los árboles. El viento soplaba, hacía frío, y no veía el momento de llegar a la casa de Nancy. Ya no le importaba si era víctima o asesina; en la cabeza de Benito ya no había lugar para otra cosa que el ansia de calentarse junto a una chimenea.

¿Qué había pasado? ¿Qué estaba haciendo allá? De no ser por el frío y por los dos kilómetros que le separaban del pueblo más cercano, quizás hubiera vuelto atrás. Pero ya no, hacía demasiado frío, ahora había que seguir, además ya casi había llegado…seguir pese al miedo, sí miedo, porque miedo da todo aquello que no entendemos, aquellas situaciones en las que las circunstancias parecen elegirnos a nosotros y no nosotros a las circunstancias. ¿Qué maldita secuencia le había llevado hasta aquel Lastday Hills número 28? ¿Qué hacía un economista, uno que siempre había sido buen estudiante y buen hijo; uno que algún día sería un buen marido, de Judy; uno cuyo único pecado había sido desayunar diariamente en una tienda de libros, por mucho que aquella tienda de libros estuviera adosada a un restaurante; que hacía en medio de un campo blanco que ahora era negro, helado, solitario, oscuro…qué hacía? No lo sabía y ahora tenía miedo. Porque ahora pensaba, porque ahora se sentía débil y exhausto tras una noche en vela. Miedo. ¿Y si le mataban? Nancy o el marido, no importaba…¿Y si ya nunca más era un buen hijo; y si ya nunca más era un buen economista; y si ya nunca más desayunaba en un restaurante con tienda de libros? ¿Y si ya nunca más se convertía en un buen marido? ¿En un buen padre…? Había que volver atrás, debía escapar…pero hacía demasiado frío. Ya había llegado demasiado lejos. Miró hacia adelante y vio un coche, el coche de Nancy…En la casa las luces estaban encendidas. La sonrisa de Nancy volvió a su mente; “será un placer,” le decía.

Entonces Benito comenzó a reír, y se rió como hacía tiempo que no lo hacía; ¿qué clase de locura era aquella que le había impedido darse cuenta de la realidad? Nancy, la fea, vieja y sesentona Nancy de cada día, aquella que pese a su edad se seguía tiñendo el pelo de rubio, como una Marilyn cualquiera, la misma que había perdido a su John en la guerra, esa que había tenido un marido fruto de un matrimonio que “por suerte” ya acabó, le había invitado a su casa, a él, a Benito, un atractivo e inteligente joven de veintiocho años, cuya carne era como quizás la de Nancy fuera en su día: dura y joven. Como ya nunca más sería. Benito se rió de sí mismo.

“Y yo que imaginaba misterios…Es curioso como la literatura puede dominar nuestra mente…¡Hasta llegué a creer que Nancy había tirado a propósito el libro de Poe! ¡Y todo lo que quiere es hacerme el amor! Simple, aburrido y maravilloso mundo…” se dijo finalmente, con ese alivió propio de los que son conscientes de que acaban de perder una emoción, pero, a cambio, ganado una vida.

No, no había porque ponerse nervioso; Nancy era una mujer agradable y, por mucho que sus intenciones fueran diferentes, seguro que disfrutaría de una tarde de entretenida conversación. Además, ¿quién le decía que aquello no era todo lo que ella quería? En este mundo hay mucha soledad y quizás esta sería la primera tarde libre en mucho tiempo que Nancy no pasara sola. Para comunicarse, para escaparse de sí misma por unas horas…no, no había porque dudarlo: le había invitado a pasar una tarde conversando al lado de una buena estufa y una taza de té caliente. No había ni marido, ni crimen, ni había tirado el libro a propósito, No, tampoco había pensado en irse a la cama con él (algo que a Benito, sólo de imaginarlo, le provocó nauseas.) Lo único que había habido es una increíble sucesión de casualidades y su mente, siempre activa, unida a su normalmente aletargada imaginación, había sido la presa perfecta para el demonio de la literatura; aquel que, como él ya sabía y ahora comprendía, había vuelto locos a tantos. Bueno, por lo menos, pese a todo, había hecho una amiga, una que en condiciones normales nunca hubiera pasado de ser la sonrisa-interesada-en-busca-de-propina de las mañanas. Y eso le alegraba, pues le hacía darse cuenta de que tras la gente, tras todos esos que creemos que nos sonríen porque esperan aprovecharse de nosotros, con los que nos relacionamos porque no nos queda más remedio y que a su vez se relacionan con nosotros porque tampoco ellos pueden elegir, hay personas, gente sola que, como Nancy, buscan a alguien con quien hablar, alguien que vaya a su casa, a esa casa que está tan lejos de la ciudad y que nadie visita, a tomar una taza de té. De té caliente. Bendito Poe, que le había ayudado a descubrir todo aquello.

Llegó a la casa. En su interior, entre la oscuridad, sólo se veían unas extrañas luces que se movían, que cambiaban, que se apagaban de repente y se volvían a encender. Aquello alarmó momentáneamente a Benito, como también lo hicieron las muchas voces que, como truenos entre el silencio del campo, retronaban en sus oídos. Era el televisor. Aliviado, se rió de su estupidez, echándole de nuevo la culpa a Poe y maravillándose, una vez más, de lo que la literatura puede hacer en el cerebro humano. Unas cuantas páginas le habían convertido en un ser asustadizo y fácilmente perturbable. Sonrió. Sin darse cuenta se había convertido, por un segundo, en un Usher, por un segundo todo le había dado miedo. Claro que, por suerte, aquello era sólo pasajero y tras diez buenas horas de sueño volvería a ser el mismo Benito de siempre. Y mañana compraría un libro de MIT. Llamó a Nancy. Nadie contestó, así que probó de nuevo.

—Nancy, soy yo, Benito, su cliente de las mañanas…

Ahora sí que oyó la voz de Nancy, quien, con voz afónica, que Benito atribuyó a que debía de haberla despertado, le contestó alegre:

—¡Benito! ¡Cómo me alegro de que haya venido usted! ¡Que alegría!—la voz dejó de oírse por un momento—Pero pase, pase, se debe usted estar muriendo de frío. La puerta del garaje está abierta, yo bajo ahora mismo. Espere que le encienda la luz…

En la planta baja se encendió una luz. Alegre, pues por fin iba a escapar del frío, Benito se acercó a la puerta, que, tal y como le había dicho Nancy, no estaba cerrada con llave. Mientras la abría, oyó la voz de Nancy, acompañada de unos pasos que bajaban, y golpeando una escalera que, por el ruido, debía ser de madera.

—Que bien, que bien, como me alegro, como me alegro…—decía la voz de Nancy—Mire que yo ya tenía un presentimiento…Nada más irme del restaurante, cuando me ha sonreído, me he dicho “seguro que este joven tan simpático no miente cuando dice que te va a hacer una visita Nancy…” ¡Y ya ve que no me equivocaba! Tengo té y galletas.”

Benito entró en el garaje. Había muy poca luz y, en un principio, no pudo distinguir ninguno de los objetos que lo abarrotaban. Se abrió otra puerta, la de la escalera, iluminando de repente la estancia. Benito vio aparecer la figura de Nancy:

—Hola…—dijo antes de quedarse repentinamente callado.

Estaba desnuda, totalmente desnuda, asquerosamente desnuda. Sus pechos, secos desde hace años, décadas, caían de manera horrorosa sobre su arrugada barriga. Era lo más horrible que había visto en su vida. No pudo soportarlo y enseguida apartó la vista, yendo ésta a chocar con los demás objetos de la habitación: una lavadora, una nevera vieja, un cortador de césped…

Mientras tanto, ella le decía:

—¿Por qué no me miras? ¿Es qué crees que puedes elegir? Lo quieras o no tus manos van a tocar mi cuerpo y las mías el tuyo…

Sonó un fuerte golpe; era la puerta del garaje, la cual Nancy, apretando un botón que estaba junto a la escalera, acababa de cerrar. Benito miró hacia atrás, a la puerta cerrada, y sin comprender todo aquello, asustado, volvió a mirarla a ella. Sólo por un instante, porque de nuevo no pudo soportarlo y ahora volvía a mirar a su alrededor: un viejo horno, una bicicleta oxidada, un oso de peluche que en otro tiempo debió ser negro pero que ahora, envejecido por el polvo, había crecido canas…

—¿Es qué crees que el que se cayera ayer el libro fue una casualidad? ¿Qué mis guiños lo fueron? Sabía que no tenía más que excitar tu imaginación y que caerías en mis manos, tal y como tantos han caído antes que tú. Sois todos iguales, toda vuestra vida sin utilizar la imaginación y al final no sabéis defenderos de ella. Un libro…una noche ha bastado…

Una estantería (llena de libros de misterio), un viejo equipo de música, un sillón de orejas roto…

—¿Creías que había un misterio? Te lo pude ver en la cara esta mañana, nada más entrar en el restaurante.

Vajilla, tenedores, cuchillos, un cuadro, una lámpara sin bombilla…¡un ataúd!

Impresionado ante aquel hallazgo, Benito averiguó algo que nunca hubiera podido imaginar: que era propenso a tener ataques de catalepsia. Mal momento para darse cuenta…

En Cuba


Hace ya unos meses que me mudé a Cuba. El mar, la arena blanca…ciertamente hay mil razones para vivir en Cuba. Por las mañanas me gusta coger el saxofón e irme al paseo marítimo de La Habana y allí me paso horas y horas, días y días, tocando, y miro a las chicas pasar y pienso, de verdad que lo pienso, que es una pena que no todos se vengan a Cuba. Y es que ya lo decía mi abuelo, a quien “le gustaba por la mañana, con el café bebido, pasearse por la Habana, con un cigarro encendido.” A él, antes de ser el anciano que recuerdo y que conocí en los primeros quince años de mi vida, también le gustaba vivir en Cuba. O eso al menos me dicen. Me lo dicen los demás de mi familia, todos esos a los que nos les gusta vivir en Cuba. Como mi padre, que trabaja para evitar que la gente venga a Cuba.

Si pudiera cambiarme por alguien me cambiaría por Charlie Parker. Pero yo no me moriría drogado en Nueva York, porque yo hubiera cogido mi arte y no me lo hubiera llevado a París, ni tampoco a California…no, yo me hubiera ido lejos, muy lejos, lejos de Harlem, lejos muy lejos, donde nadie me pudiera venir a buscar. Y desde allí, desde Cuba, desde lejos, muy lejos, es desde donde les hubiera regalado mis dedos de ángel, mis pulmones de superhombre. Y hubiera vivido más de treinta y cinco años. En Cuba.

Pero yo no soy Charlie Parker, entre otras cosas porque me llamo Harry Hernández Jr., y no nací en Kansas City, sino en Washington D.C., donde mi padre es miembro del Congreso de Estados Unidos. Él me prohibió terminantemente que viniera a Cuba, me dijo que hay que esperar a que se muera “noséquien,” (el mismo que echó a mi abuelo), para que así, con “noséquien” muerto, ya podamos entrar en la isla y comprarlo todo a precio de saldo. No, eso no me lo dice mi padre, porque mi padre siempre habla de otras cosas, como la democracia, los derechos humanos y cosas por el estilo. A mi no me importa llamar a las cosas por su nombre porque, desde que vivo en Cuba, he desarrollado ideas propias, que sin embargo prefiero no manifestar, ya que cuando lo hago me sacan de Cuba, me devuelven al mundo de mi padre y de todos los que son como mi padre. De todos los que están fuera de Cuba.

—¡Harry Hernández!

Aquella voz me sacó de Cuba por unos minutos.

—Sí, profesor—contesté tímidamente, en tono casi inaudible, aún algo confuso tras tan inesperado y traumático regreso.

—¿Está Harry Hernández en clase?

—Sí, profesor, estoy aquí…—repetí, esta vez en voz más alta, lo cual es corroborado por el hecho de que esta vez me oyó.

—Ah, señor Hernández, perdone, no le había oído…Por favor, pase por mi oficina después de clase.

—¿Después de esta clase?

Ante aquella pregunta algunos de mis compañeros se rieron. Me extrañó, pues yo no era consciente de haber dicho nada gracioso…aunque quizás sí lo había dicho…no, no lo había dicho, tal y como se encargó de confirmarme el señor profesor. No es lo mismo, aunque a veces parezca igual: había dicho una tontería.

—¡Claro que después de esta clase! ¿De cuál sino?

No lo sabía. En realidad no sabía nada, tan sólo que tenía que ir a ver al profesor tras aquella clase y que, pues acababa de comenzar, quedaban más de cincuenta minutos para su final. Más de cincuenta minutos para irme a Cuba.

Desde mi silla, recostado ligeramente sobre el pupitre, y con cara de haber trabajado muy duro durante el día, me dije que me merecía un descanso. Era el momento de tomarse una copa.

“Pascual. ¡un HH!”

La taberna de Pascual, ¡quien no conoce la taberna de Pascual! Aquí se beben los mejores cocktails de Cuba. Le pedí un HH, mi bebida favorita y bautizada en mi honor. El HH esta compuesto de ron y de muchas otras cosas que Pascual sabe que me gustan.

“Hola muchacho,” me dijo Pascual.

“Amigo Pascual, ¿cómo estamos esta noche?”

“Muy bien…¿Cómo van esas composiciones de jazz? He oído que te estás haciendo muy famoso en tu país…”

“Cierto…”

Seguí ésta afirmación de un comentario increíblemente ingenioso, del que ahora la verdad es que no me acuerdo muy bien, pero que a buen seguro el escritor de alguna de mis biografías se encargó de apuntar.

“¿No crees que ya va siendo hora de que regreses?”

“¡Nunca! Con lo que me costó escapar. Ahora estoy en Cuba, ¡en Cuba!”

“¿Sabes que dice la ley del mar…?”

“Que todo hombre debiera vivir rodeado de muchos litros de agua, de playa y de sol, porque sólo así la vida es soportable.”

—Señor Hernández, ¿sería mucho pedir que me contestara hoy?

—Perdón…

—Le he preguntado por la ley del mar…

—Que todo hombre debería vivir rodeado de muchos litros de agua, de playa y de sol, porque sólo así la vida es soportable.

—¿Se está usted riendo de mí?

—No…¿por qué? Yo no me río…—y viendo que era el único que no lo hacía, pues el resto de mis compañeros se estaban desternillando—…son ellos los que se ríen.

—Se ríen de la estupidez que acaba de decir.

—Lo siento señor profesor, pero esa es la única ley del mar que se me ocurre…

—Yo no quiero que se le ocurra la ley del mar, quiero que la sepa. ¿Y sabe usted cómo la puede saber la próxima vez?

—No.

—Estudiando, señor Hernández. Hablaré con usted después de clase…Y no hace falta que me pregunte “si después de esta clase.”

Desde luego, es cierto eso de que los profesores están para aclarar las dudas, pues el señor Smith, doctor en Derecho Internacional y profesor de dicha materia en la universidad de Jorgeciudad, me había resuelto la mía antes incluso de poderla formular. Después de “esta” clase. Eso me daba veinte minutos más para irme a Cuba.

“¿Quieres que os toque algo, Pascual?”

“¿Llevas contigo el saxofón?”

“Siempre, siempre…Es como una parte de mí. No, más que eso, mucho más…Pues no es una parte cualquiera, sino la que me deja ser quien soy, la que me da una identidad. Y si Dios no me dio el saxofón al nacer, de la misma forma que me dio un brazo o una oreja, es porque Dios nunca nos pone en el cuerpo aquello que nos convierte en quien somos, sino que nos lo escribe en el alma, para que así podamos encontrarlo. Y yo encontré a mi saxofón…Míralo, aquí está.”

“Pues toca mi hijito, toca…”

No les puedo describir en palabras como sonaba aquello, porque si las palabras por lo general no alcanzan a describir los sonidos, mucho menos las melodías de Cuba. No, no hay manera de describir como toqué Just Friends, o como…Imagínenme, alto, esbelto, con mi cabello negro como el carbón engrasado hacía atrás y un pequeño pequeño bigote que ensalzaba mis masculinas facciones. Mis carrillos se hinchaban cada vez que me disponía a regalarle un trozo de alma al aire—un trozo de aire al alma–el cual volaba y tras por el camino juguetear con las mesas y sillas de la taberna, incluso con las botellas, entraba acariciando los agradecidos oídos de Pascual y de sus clientes. Un HH se tomó por el camino mi trozo de aire. Just Friends. Ese es el único tipo de arte que merece que nos esforcemos, el que comunica, el que dice lo que no sabemos decir de otra manera. Just Friends.

—¡Señor Hernández! ¿Sería mucho pedir que dejara usted de cantar?

—¿Perdón?

—Ya sé que probablemente su intención sea la de alegrarnos un poco el día y hacer este aula un poco más agradable…pero aún así, le agradecería que dejara de cantar.

—No estaba cantando.

—¿Cómo?

—No estaba cantando.

—¿Se atreve usted a llamarme mentiroso?

—No le he llamado mentiroso…

—Usted ha dicho…

—…que no estaba cantando.

—Señor Hernández, todos le hemos oído. Usted cantaba.

—¿De verdad? Vaya, que extraño, yo hubiera jurado que estaba tocando el saxofón.

—Señor Hernández, se está usted pasando…

—Perdón, de verdad que lo siento. De verdad que no era mi intención cantar. Creamé, yo quería tocar el saxofón.

El profesor miró al cielo y en él buscó la paciencia para no mandarme a cierto lugar, el cual, dicho sea de paso, no está en Cuba. Creo que incluso intentó comprenderme…¿pero cómo iba a hacerlo si él nunca ha estado en Cuba? Claro que ese era su problema, no el mío. Y es que en realidad yo no tenía ningún problema, o al menos no de momento, no en los próximos diez minutos, en Cuba.

Y cual sería mi sorpresa cuando me vi que Pascual, ese Pascual que llevaba más de dos años sirviéndome copas con su agradable sonrisa, sabía tocar los timbales. Le miré con cara de extrañeza, “¿tú Pascual?” Él me sonrió una vez más. Cambié de pieza, ahora era Mangue Mangue. Vaya pareja, aquello, amigos, ha sido una de las cosas más grandes que ha visto el jazz en su historia. Pascual-y-Harry-Hernández-en-la-taberna-de-Pascual-tocando-Mangue-Mangue, que gran momento, y se perdió, como se pierde todo aquello en lo que el hombre, por suerte, fracasa en su increíble manía de conservar, de guardar, de grabar y de revivir…Bien, yo he revivido miles de veces a Monk y a Parker en Birdland, a Davis y a Coltrane, a Coltrane y a Monk…, pero sólo yo, yo y Pascual, junto a unas decenas de clientes, de amigos, vivimos aquel momento. Y es tan bonito vivir, tanto que, de repente, revivir parece morir; por mucho que uno pueda revivir genialidad y sin embargo sólo vivir humanidad. Sí, vivir siempre será más bonito. Claro que sólo viven los que aprenden a revivir, sólo son humanos los que aprenden a apreciar a los genios. Y he dicho apreciar, no idolatrar; a revivir su arte, no a utilizarlo de adorno, porque el arte no es un sombrero, o una nueva permanente, el arte no está para adornar a las personas sino para crearlas. Sin arte no habría hombres, sin mujeres no habría arte; sin arte el mundo pertenecería a todos aquellos que viven fuera de Cuba. Sí, sería suyo…O quizás ya lo sea. A todos esos que jamás han aprendido a revivir y que por eso no saben vivir, a todos esos que, porque siempre hablan de futuro y nunca miran al pasado, nunca sabrán crear presente. Ellos sueñan el pasado, para que parezca como hubieran querido que fuera, y miran, examinan, marcan y escrutan el futuro. En Cuba, por el contrario, lo que soñamos es el futuro, pues hemos aprendido a revivir el pasado—incluso a examinarlo, marcarlo y escrutarlo—para así vivir, aunque sea sólo por unos segundos, el presente. Y en mi presente, en ese que ahora es pasado y que para ustedes revivo desde ese futuro que ahora es mi presente, vivía, sí, vivía de verdad…Con Pascual y Mangue Mangue. No, ya no me quejaré nunca más por no haber nacido años antes y haber vivido todos esos momentos que no he podido sino revivir, ya no me quejaré porque, de haber nacido entonces, nunca hubiera vivido aquel momento en la taberna de Pascual. Y de no haberlo vivido nunca hubiera existido y el existir era la única manera en la que podía llegar hasta ustedes, porque nadie lo grabó y por tanto es imposible revivirlo. Sólo vivirlo. Vivirlo en Cuba. Bienvenidos a Cuba. Y hablando de vida, mi amiga está otra vez entre el público. No importa donde o cuando toque, que mi amiga estará allí. En la taberna de Pascual o en el Tropicana, donde toco cada medianoche, basta que suenen un par de notas y una luz, dos luces, las de sus ojos, aparecen como dos lunas en un cielo de estrellas. Y ya sé que ella está otra vez conmigo.

—Señor Hernández, ya sabe que quiero verle en mi oficina.

—Si, sí, claro…

Vaya hombre, ya la he hecho. No sé porque, pero las autoridades políticas de la isla no me dejan en paz. Creo que sospechan que soy hijo de su gran enemigo Harry Hernández Sr., el senador por el estado de Florida que tanto ha hecho por evitar que la gente venga a Cuba. Y no importa las veces que les diga que no es cierto, que les mienta y les asegure que, en realidad, soy hijo del propietario de un restaurante cubano de Miami: “¡de Kendall!” Meses llevó intentando convencerles y siguen sin creerme. Al menos una vez por semana me interrogan, entran dondequiera que yo y mi saxofón nos encontremos y me gritan: “¡a la oficina!” Y sé que eso significa que siguen creyendo que soy un espía. ¿Yo un espía? Vaya tontería. Una y otra vez me sacan de mi sueño de jazz para recordarme que Cuba es algo más, algo más de lo que prefiero no hablar. Algo muy feo. Al principio me escoltaban, no se fiaban de que verdaderamente fuera a presentarme en las oficinas gubernamentales, pero tras un tiempo y tras comprobar que nunca intentaba escaparme tras una de sus notificaciones sino que, por el contrario, me presentaba puntualmente allá donde ellos me indicaran, dejaron que fuera yo solo. Me decían la hora y el lugar. Y a esa hora y en ese lugar yo me presentaba.

Entre pasillos llenos de gente me abrí paso. La gente estaba callada y todos parecían tener prisa por llegar a algún lugar. También yo, pues me dí cuenta de que también yo estaba callado y también tenía prisa por llegar a algún lugar. Que diferente parecía todo, que diferente al resto de la isla, que diferente a dos minutos atrás cuando me encontraba tocando Mangue Mangue con Pascual ante la tierna mirada de mi amor secreto. ¡Cómo se pierden los momentos y cómo nos perdemos nosotros con ellos! De repente todo cambia y ya no reconocemos a la persona que entonces vivía en nuestro cuerpo. En la taberna de Pascual podrían haberme hecho cualquier cosa, cualquiera, que no me hubiera importado, porque en mi cuerpo vivía un ser que tocaba jazz y al que todo le daba igual. Ahora ya nada daba igual. Ahora estaba angustiado, no por que me fueran a quitar lo que más me importaba, la música, pues nadie podía hacerlo, sino por el mero hecho de que fueran a intentarlo. ¿Por qué? Aquel miembro del gobierno lo iba a intentar…¿qué le había hecho yo? ¿Sólo tocar el saxofón y tener el nombre equivocado?

—Señor Hernández, debo confesarle que estoy muy preocupado por usted…No, no me interrumpa…—me dijo él—Sabe que me une una gran amistad con su padre, que estudiamos juntos en la universidad y que yo mismo le recomendé a usted para que fuera admitido en Jorgeciudad. Pero usted era entonces tan diferente. Le recuerdo como a un muchacho ambicioso, callado, trabajador…consciente de lo que cuesta el triunfo y dispuesto a conseguirlo. Sólo dos años han pasado y me cuesta reconocerle, señor Hernández. No estudia, no presenta a tiempo los deberes y su presencia en clase no es más que eso: presencia. Ya sé que estas edades son difíciles, que la incertidumbre ante el futuro, unida a las muchas cosas que siempre pasan en la vida de un joven, pueden hacer que perdamos el rumbo…He de reconocerle que, además, yo le entiendo de manera especial, pues yo también fui un joven inquieto, preocupado por muchas cosas que nada tenían que ver con mis estudios. También yo fui rebelde. Recuerdo que una vez incluso me olvide de entregar un ensayo…¡Así de inmerso estaba en las manifestaciones contra la guerra del Vietnam!

—Siempre los malditos americanos, le entiendo…

—¿Perdón?

—Le decía que siempre los malditos americanos, metiéndose donde nadie les llama.

—Bueno, señor Hernández, lo que acaba de decir no tiene nada que ver con lo que estábamos hablando…—el miembro del gobierno pausó por un momento—si bien no puedo sino pedirle una explicación…

—Es lo que pienso. Aunque no me lo tome en cuenta, no lo digo para agradarle, porque la verdad es que no me importa lo más mínimo donde se metan los americanos mientras no se metan en mi vida.

—No le entiendo…¿acaso no quiere usted a su país? ¿Y por qué me dice eso de agradarme? Yo quiero a mi país…De acuerdo que toda gran nación comete errores pero…

—¿Lo dice por lo de los rusos?

—Sí, también por eso, como parte implicada nos corresponde una parte de la culpa pero…

—No se excuse, entiendo que los negocios son lo primero.

—Es cierto que la guerra fría fue un negocio…pero no creerá usted que eso fue todo…que no había algo más, una ideología, una causa…

—Ni lo sé ni me importa. Además, ya le he dicho que no les condeno por ello.

—¡Pero usted no puede hablar así! La verdad, no sé que pensaría su padre en caso de oírle…

—¿Mi padre el dueño del restaurante cubano?

—¿Así le llama? ¡Ja! Más respeto debiera mostrar por él…su padre ha sido un hombre que ha trabajado muy duro.

—Desde luego que sí. Se pasa el día friendo arroz y tostones. Desde la seis de la mañana a las diez de la noche.

—Su padre ha hecho mucho por su país y debiera agradecérselo.

—Mire amigo mío…Le he dicho mil veces que mi padre, el Harry Hernández Sr. que aparece en mi pasaporte, no es el hombre que usted cree. Mi padre es el dueño de un restaurante cubano, no el senador que tantas perrerías les ha hecho en los últimos años a sus compatriotas. Mi padre no tiene nada que ver con ese Harry Hernández que está intentando matar de hambre a la gente de su propia tierra para así poder comprar más barato cuando se muera el señor de la barba. No, no, nada de eso. Ya se lo he dicho, mi padre es el dueño de un restaurante cubano.

—Habla usted como un comunista…

—Pues no lo soy. Ni socialista, ni fascista, derechista o falangista, nihilista, malabarista, o callista. Eso sí, le reconozco que un poco cuentista…La verdad, me da todo igual, eso es lo que han conseguido toda le gente como mi padre, todos esos que son como mí país, proclamando unos objetivos pero escondiendo sus verdaderas razones para conseguirlos. En el mundo hay democracia, hay libertad, hay comprensión entre las razas, o eso dicen al menos, y sin embargo nunca ha habido un sociedad cuyos miembros fueran tan insoportablemente cínicos y discriminatorios. Una sociedad de amor que odia por dentro. Claro que a mí todo eso no me importa. Sólo les pido que no me contagien.

—¿Y qué hace al respecto? ¿Qué hace para solucionar todos esos grandes males? Además de quejarse, claro está…

—Vine a Cuba, ¿no es eso suficiente?

—¿Se está usted riendo de mí?

—¿Por qué iba a hacerlo? Lo único que quiero que le quede claro es que no me importa su maldito gobierno, ni su señor de barba, porque mi padre es el dueño de un restaurante cubano y, en comparación con lo que he dejado atrás, su maldito señor de la barba…Mire, le voy a ser sincero, su señor de barba ojalá se muera pronto, pero he de reconocerle que al menos es alguien que ha vivido acorde a algo. Le seré más sincero aún, su señor de la barba es un cerdo, un idiota, un vano al que le han sobrado muchos años de vida, pero que ha tenido la suerte de que gente como mi padre le hayan hecho aparecer como el bueno de la película. Sí, son gente como mi padre los que han hecho feos los ideales bonitos, los que a base de instaurar democracias por conveniencias han hecho que hasta la democracia dé asco. Esos y los terroristas que, con la tranquilidad de los que se saben jugando con ventaja, hablan con armas en tiempos de paz. Eso de querer conquistar ideales con las armas, o incluso poder, hubiera estado muy bien cuando el enemigo estaba armado, cuando uno mataba y se exponía a que a cambio le matasen. Pero ahora no…ahora es de cobardes. Tambien ellos han hecho que la democracia me dé asco…Y es que los hay que por no merecer no merecen ni voz. O todos esos que hacen lo correcto, dicen lo correcto, pero cuya alma no vale nada, todos esos que no llamarán maricones a los homosexuales, ni negros a los “afronosequé,” pero que si de ellos dependiera los meterían a todos en una gran hoguera. Sí, también ellos…

—Señor Hernández, me temo que no entiendo de que está usted hablando…

—¿Quiere un ejemplo? Le voy a contar el de un amigo mio. Es un buen chico, de una importante y respetable familia católica. Él también vota y él también dice que la libertad es importante. Su familia controla un país cuyo nombre no viene al caso. Tiene bancos, escuelas, poder en el gobierno…Un día su familia decide que no es suficiente con hacerse ricos a base de explotar a los pobres y que, siendo los negocios tan fáciles, porque no hacer algo más. Le piden un prestamo al gobierno, el cual el gobierno les concede pues ellos lo controlan, y al día siguiente deciden llevarse ese dinero y mucho mas a su banco de Miami. Así de fácil. Llevarse el banco, ¿quién dijo que los negocios eran difíciles! “Tú me das dinero y yo me lo quedo.” Quinientos millones de dolares. Que bien. Y después esos serán los que dicen que no vuelven a su país porque la situación es complicada, o los que compraran poder dándole dinero a grupos como el que lucha contra su señor de la barba. La verdad, como ya le he dicho, entre todos están haciendo que hasta le tenga simpatía. Y no debiera.

—Mire señor Hernández, no sé porque me dice eso ‘de mi señor de barba…’ y si es una ironía refiriéndose al presidente de nuestra universidad, he de decirle que no le veo la gracia.

—No ha sido mi intención faltarle al respeto.

—Entendido. Mire, no voy a decirle que el mundo sea justo, y a mí tampoco me gusta que pasen esas cosas de las que usted me está hablando. Pero déjemonos de grandes causas, las cuales no vamos a poder resolver de todas formas, y concentrémonos en las que sí podemos hacer algo por mejorar. Como la suya. Es usted quien me preocupa. Está bien, olvidémonos de su padre, cuya mención veo que prefiere usted evitar, y también de la amistad que me une a él…

—Le debe gustar el arroz con tostones…

—Sí, supongo que sí. Bueno, olvidémonos ahora del senador…mejor dicho, del propietario del restaurante cubano…

—Me parece justo, pues, como quizás ya sepa usted, el propietario del restaurante cubano se olvida de las personas en cuanto dejan de serle útiles.

—Nunca se ha olvidado de mí.

—Señal de que usted le es útil todavía.

—Me parece, señor Hernández, que juzga usted muy a la ligera una amistad que se remonta ya a más de treinta años. Conozco bien a su padre…

—Sí, supongo que mejor que yo.

—Yo no he dicho tanto.

—El que lo dice soy yo. Efectivamente, le conoce usted mejor que yo, mucho mejor que yo…al propietario del restaurante cubano…No me cabe la menor duda. Eso demuestra que yo tengo razón. Supongo que a mí nunca me ha necesitado.

—Me horroriza oírle hablar así de alguien que siempre se ha desvivido por usted.

—Usted lo ha dicho: se ha desvivido. Una pena que nunca se le ocurriera vivir por mí.

—Es usted injusto.

—No lo niego. Pero usted también lo es. Si bien la diferencia es que usted me obliga a ser víctima de sus injusticias, mientras que yo no le obligo a ser víctima de las mías. No olvide, señor de la oficina de emigración, que es usted quien me ha llamado.

—Veo que esta conversación no nos lleva a ninguna parte. Mira Harry, voy a serte sincero, corres riesgo de ser expulsado de la universidad. Todos tus profesores se quejan de ti, dicen que te tomas a broma las clases, y si te he llamado es con la esperanza de que entraras en razón…A ninguno de nosotros, incluido al presidente de la universidad, le gusta la idea de expulsar al hijo de uno de los senadores más importantes del congreso de los Estados Unidos…

—¡Pero si ya le he dicho que mi padre es el dueño de un restaurante cubano en Miami!

—¡Basta ya de tonterías! Mira Harry, te conozco desde que ibas en pañales, y te voy a avisar por última vez. A la próxima te vas de aquí. Punto. Y no será conmigo con quien trates la próxima vez sino con…

—¡Con el señor de la barba!

—No creo que a nuestro presidente le gustara esa broma tuya acerca de su barba.

—¿Broma? ¿Acaso la barba es postiza? ¿No verdad? Entonces, no entiendo porque se iba a ofender.

—Veo que no sirve de nada. Bien, allá tú, Harry. Sólo te aviso de que no sigas contando conque te vaya a salvar el ser hijo de quien eres hijo. Todo tiene un límite y tu padre sabe que hemos hecho todo lo posible por devolverte al camino adecuado…Que no podemos permitir que te saltes las reglas constantemente…

—Mire señor de inmigración…

—¡Decano Smith, si no te importa!

—Mire señor de Inmigración, Decano Smith. Aunque a veces pueda parecerle lo contrario, yo no he venido a este lugar a saltarme las normas. No, de verdad que no. He venido a Cuba a aprender y a vivir: a educarme. Y si una persona que intenta educarse choca contra las normas, eso significa que las normas no son las adecuadas. Ya sé que están ustedes muy orgullosos de su talentoso grupo de estudiantes, que muchos de ellos algún día serán, al igual que mi padre, dueños de restaurantes cubanos. Pero eso no tiene nada que ver con educación. Mi padre, pese a sus dos carreras, su máster y doctorado, tiene menos educación que un campesino…Educación es madurar como persona y gracias a ello progresar en la sociedad, y no, tal y como ustedes parecen promover, progresar en la sociedad escondiendo que en realidad no se ha madurado. Sus estudiantes son niños al llegar y niños al irse, siendo la única diferencia que, tras cuatro años, saben esconder a los ojos de los demás sus infantiles debilidades. Y recitar a Whitman a la vez. Y es que nadie dijo que uno deba dejar de ser niño para triunfar…Pero la educación no es eso, debido, entre otras cosas, a que la educación nada tiene que ver con el triunfo. Querido señor de Inmigración, amigo Decano Smith, Decano, vaya un nombre bonito…con mis cientos de defectos, con mis mil errores, creo que yo estoy dándole el verdadero valor a esta isla, el valor que se merece, y no aquel que le dan la mayoría de sus demás habitantes y que sólo piensan en llenar sus curriculums. ¿Las normas no están hechas para mí sino para ellos? Entonces chocaré contra las normas y, si es necesario, y con todo el dolor del mundo, aceptaré mi expulsión de la isla…Pero nunca me iré. Tengo derecho a estar aquí y será su estupidez la que me robe ese derecho. Si algo soy es terco, ¿qué le voy a hacer?

—Señor Hernández, todos sabemos de su poca disposición al trabajo…

—No, de eso no sabe usted nada.

—Su padre me lo ha comentado más de una vez…

—Mi padre cree que todo lo que no sea hacer arroz con tostones no es trabajo.

—¡Abandono! Veo que hablar con usted no lleva a nada. Buenos días, señor Hernández, espero que recapacite.

—¡Recapacitar! Sí, claro que recapacitaré…Por desgracia es parte de mi naturaleza. Pero no espere ningún resultado positivo; la futilidad de todos mis actos también es parte de mi naturaleza. Buenos días, señor Decano Smith.

Esta fue la deliciosa e instructiva charla que tuve con el jefe de la oficina de emigración, el muy honorable Don Decano Smith. Ni que decir tiene que ésta me causó un gran efecto; tanto que, en los siguientes veinte segundos, me fue imposible pensar en nada más. ¿Veinte? ¿Qué digo veinte? Quizás fueran incluso treinta. Sí, treinta segundos me costó sobreponerme a la influencia del señor Smith, a su elocuencia, a su intensa mirada, a la majestuosa manera en la que se restregaba la mano por la nariz. Sí, todo era poder en Don Decano. Todo era fuerza.

Si algo influyó en que me pudiera librar del recuerdo de aquellas palabras, del poder de aquella mirada, fue el que poco después me volvía a encontrar en el exterior; al amparo del cielo, acariciado por el sol y en un precioso día de primavera. No, en el cielo no había ojos de Decanos, ni siquiera dueños de restaurantes cubanos. Hablando de tostones, al comprar el periódico, el cual curiosamente era el Washington Frost, lo cual, supongo que demostraba que no era cierto eso de que el señor de la barba vetara la entrada de noticias del extranjero, me sorprendió ver a mi padre, a mi querido padre, en la portada del mismo y anunciando, como no podía ser de otra forma, que los tostones en la isla debían ser, y sin falta, cada vez más escasos.

“Hay que Endurecer el Embargo.” rezaba el titular.

Y la verdad es que poco tenía de extraña aquella manía de mi padre de racionar los tostones pues, como saltaba a la vista, éstos le eran cada día más necesarios si quería impedir que su expansivo cuerpo, especialmente en la zona abdominal, muriera por falta de cuidados. No había que jugar. Era necesario que todos los tostones se quedaran en casa, pues de lo contrario el estómago de mi padre podía morir por desnutrición. ¿Qué era aquella locura de mandar ayuda a los cubanos? No, había que ponerse duros, pues su líder parecía gozar de buena salud y si su líder gozaba de buena salud era señal de que todos los cubanos también gozaban de ella, así que no había razón para temer que la gente se muriera de hambre. Uno no tenía más que mirar al señor de la barba, con sus pelos tiesos y mofletes rechonchos, con su perfecta silueta de deportista; ¿no es un líder el estandarte de su pueblo?; ¿cómo temer por el pueblo viendo la perfecta salud del señor de la barba? Además, incluso de ser cierto aquello de que la población estaba pasando por ciertos apuros económicos, siempre había la opción de que las mujeres se ganaran la vida acostándose con los turistas y siempre habría viejas ricas que viajaran a la isla para premiar con sus encantos, líquidos encantos los suyos, a los guapos cubanos. Sí, la economía florecía en la isla, así que para qué preocuparse. Lo importante era evitar que los tostones siguieran alejándose del estómago de mi padre.

Además, como rezan las “Coplas (mientras se espera) a la Muerte del señor de la Barba:” Una Copla en verso,

si se morían

que se muriesen,

si no tenían dinero

que no lo tuviesen,

pues algún día,

o al menos eso parece,

el señor de la barba se moriría,

ojalá se muriese,

y con sus tostones mi padre podría…

Y otra en prosa,

“…cantando canciones de democracia y conciliación, comprar terrenos y casas, incluso playas y gente. Y sería como pagar con tostones, como si el dinero fuera de mentira; un monopoly gigante, con mar y con personas, un mar sucio y lleno de bronceador y unas personas que llevan décadas vendiendo su alma al diablo. Y sus cuerpos a los turistas. Así que no hay porque preocuparse por ellos, que les haremos un favor al comprarles a precio de saldo y enseñarles a destrozar el idioma en esa deliciosa forma que llevamos décadas perfeccionando en Miami.”

Hablando de mi padre, aquella mañana me tocaba reunirme con su expansiva anatomía. Al verle, temí que estuviera pasando por algún problema de salud, pues su estómago había disminuido de manera notable. Asustado, nervioso, creyendo que mi progenitor se estaba deshinchando y que algún día se iría volando como si fuera un balón de playa, le pregunté cual era la razón de aquel penoso estado en el que se presentaba ante mí, a lo cual él contestó, no sin antes hacer el inciso de que era yo quien me presentaba ante él y no viceversa, que la razón no era que hubiera pisado un clavo sino, tal y como yo me había imaginado, que llevaba casi dos semanas sin comer.

—¿Tan mal va el negocio?—le pregunté, no pudiendo evitar un cierto tono de compasión.

—¿Negocio?

—Así que ya no tienes dinero ni siquiera para comer…

—Estoy en una clínica.

Vaya, aquello era peor de lo esperado, mi padre en una clínica; el otrora robusto Harry Hernández Sr. cuidado como si fuera un viejecito. Y lo peor es que en esa clínica le cobraban, me informaba en estos momentos mi padre, por no darle de comer. Yo le sugerí que quizás fuera mejor que se gastase el dinero en comida, y no en una clínica donde le curaran de su inanición no dándole de comer, a lo que él, de manera sorprendente, me contestó “que no le había la menor gracia mi broma.” Esto me confirmó que soy el peor de los payasos, pues nunca soy consciente de mis bromas y al parecer no tienen la menor gracia. Aunque esto último quizás no sea del todo exacto, porque, la verdad, la gente suele reírse de mí a menudo. Pero no mi padre, porque mi padre es mi padre, mi padre me quiere, mi padre me paga los estudios, mi padre no se conforma conque su hijo sea un pobre desgraciado, mi padre es mi padre…Por mucho que tantas veces hubiera deseado no serlo.

—Me acaba de llamar el decano Smith.

—¡Ah! Mi amigo Decano Smith.

—El mismo.

—¿Y qué tal ha pasado la hora que llevo sin saber de él?

—Disgustado por tu actitud.

—Vaya, lo siento.

—¿Lo sientes?—dijo mi padre indignado—¿Y no se te podría haber ocurrido decirlo frente a él? Me ha dicho que estuviste insultante, que te reíste de todo y de todos, incluso del señor presidente. Con prepotencia e impertinencia, como si fueras el único que sabe lo que está haciendo. ¡Como si los demás fueran todos tontos! ¡Y ahora me dices que lo sientes! Ahora, en frente mío, eres un corderito…

—Lo siento…

—¡Ves, otra vez!

—No creo que haya nada de positivo en alegrarse de haber producido un disgusto a otro ser humano, ni siquiera en uno tan insignificante como mi amigo Decano. Vaya…me ha rimado. ¡Si es que soy todo un poeta!

—¡Calla! ¿Insignificante? Si estás en Jorgeciudad es gracias a él. Él fue quien, en parte por la amistad que nos une, en parte porque en aquel entonces eras un chico aplicado y estudioso, abogó por ti frente al comité de admisiones. Él te recomendó, ¿y que haces tú en vez de agradecérselo? Le pones en ridículo frente a sus colegas, le dices a la cara un montón de ridiculeces y, por si esto fuera poco, vienes a uno de sus mejores amigos, quien además es tu padre, sí tu padre, y le dices que el decano Smith es un hombre insignificante…

—Tanto como tú, si eso te sirve de consuelo.

—¿Será posible tanta impertinencia? ¿Y tú mocoso? ¿No eres tú insignificante?

—No para mí.

—¿Y para los demás? Todos se ríen de ti.

—No me importa. Lo que me importará es el día que yo sienta que soy insignificante que será el mismo en el que me olvide de reírme de mí mismo de vez en cuando. Ese es vuestro problema, que os tomáis demasiado en serio, eso es lo que os hace insignificantes, si no a los ojos de los demás, sí a los vuestros. Y tú te sientes insignificante, por eso te pasas la vida trabajando, para no tener tiempo de acordarte de que lo eres. Por eso no pierdes oportunidad de fastidiar a los demás, para que nadie se olvide de quien eres, el gran Harry Hernández Sr….¡oh! Para que nadie tenga las fuerzas de mirar dentro de ti y se dé cuenta de que estás sucio, sucio como un niño pequeño que todavía no ha aprendido a limpiarse. Un niño pequeño, eso es lo que eres.

—Esto es el final. No estoy dispuesto a tolerar más insultos. Algún día te darás cuenta de lo injusto que has sido conmigo.

—¿Te refieres a que quizás yo seré algún día como tú? ¿A qué quizás yo también sea un sesentañero casado con una veinteañera? Es posible, si bien lo dudo, pues no creo que tenga jamás el dinero suficiente para comprar un juguete tan caro. Es curioso que dentro de cuarenta años tenga que pagar tanto por algo que ahora tengo gratis. ¿Eso es la inflación que os tiene a todos tan preocupados, verdad? Pero bueno, en el caso, nada extraño pues al fin y al cabo soy tu hijo, de que a tu edad yo acabe siendo tan vano y asqueroso como tú, no te olvides de que yo nunca le he ido diciendo a la gente como vivir, que nunca he pretendido ser un cúmulo de virtudes. Tú, en cambio, te has pasado la vida predicando, criticando, queriendo bajar a la gente a tu altura, ya que tu no podías subirte a la de ellos. Yo no, porque yo no creo que haya alturas, sino gente buena y gente mala, gente tonta y gente lista, gente mediocre y gente con talento, pero todos a la misma altura, lo cual me evita la molestia de tenerles que subir o bajar. Yo les miro, eso me basta, y me río de ellos, un poco, al igual que me río de mí mismo a veces; les admiró de vez en cuando, a muy pocos, como de vez en cuando admiro algo de mí mismo. Eso me basta. Y les dejo vivir y te dejo vivir a ti, con tus ridiculeces y complejos, mientras no tengas la desfachatez de querer darme lecciones, porque, la verdad, no tengo nada que aprender de alguien que, como tú, ha dado tantas razones para ser querido fuera de la familia como odiado dentro de la misma. Si bien, pese a todo, te seguimos queriendo. Pese a tus mentiras y a tus gritos…Pese a todo. Pero no quieras que además te sonría, o que te reconozca que eres superior, porque, si bien no te niego que hay mucha gente superior a mí, tú no eres uno de ellos. Que no se te olvide.

—No me amenaces…

—No te amenazo, te informo. No me admira nada de lo que puedas comprar con tu dinero, ni siquiera tu preciosa esposa. O bueno, ahora que lo pienso, ella sí. Ya me la dejarás un día…

—¡Calla! ¡Tú madre! ¡Tú madre es la que ha hecho que me odiaras!

—En eso tienes razón. El amor es lo que nos enseña a odiar la maldad. Si no llega a ser por lo mucho que ella me ha querido, es posible que nunca me hubiera dado cuenta de lo mucho que te odio.

—Soy tu padre.

—Y yo tu hijo, y ya ves de que me ha servido.

—¿Acaso te ha faltado algo?

—No, pero tú me has sobrado.

—Estoy harto de que me insultes. Debo pedirte que, por favor, salgas de mi oficina.

—Como no.

—Aquí tienes el cheque del mes. En lo sucesivo, por favor, no te molestes en venir. Te ingresaré el dinero directamente en tu cuenta. Tengo mis obligaciones y no te preocupes que seguiré cumpliéndolas.

—Cuando quieras dejar de cumplirlas ya sabes que no tienes más que decirlo. Ya me buscaré la vida.

—Me siento obligado moralmente.

—Yo diría que legalmente.

—Eso también, pero yo he dicho moralmente.

—Te repito que sabré salir adelante.

—¡Adelante! ¡Tú adelante! ¡Tú, a quien van a expulsar de la universidad si un milagro no lo remedia! ¿Y qué vas a hacer, trabajar limpiando baños?

—Es una opción. Pero no, no me siento especialmente dotado para tan higiénica misión. Quiero tocar el saxofón…¡Mira otra rima! Y triple…aunque con on la verdad es que no tiene mucho mérito.

—El saxofón…Te morirás de hambre.

—Pues me moriré de hambre, pero tocando el saxofón.

—El cuerpo no se alimenta de notas musicales.

—Pero quizás el alma sí. Por eso la tuya está tan flaca.

—Adiós Harry.

—Adiós padre.

Otra vez en la calle. Tal y como era tradición una vez al mes, salí exaltado de la lujosa oficina de mi padre. Y aquello iba en serio, no era como lo de las conversaciones con mi amigo Decano. Aquello duraba más de treinta segundos. Durante horas no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi padre, nuestras discusiones, y lo peor es que, al final, no podía evitar el arrepentirme por haber sido tan duro con él. Siempre deseaba no haber dicho tal o cual cosa, mil veces me decía que él en realidad no era malo, sino que no había aprendido a ser bueno; que no era que no me quisiera, sino que no había aprendido a mostrar su amor por mí. Así era como, irremisiblemente, acaba sintiéndome culpable y me reprochaba, si tan bueno me creía, no saber ser más permisivo con las debilidades de los demás. Pero después me decía que uno no debe ser permisivo con los que quiere, porque la permisividad es la mayoría de las veces indiferencia. La vida sería mucho más bonita si uno pudiera amar sin querer corregir, pero también la vida sería más bonita si los perros cantaran ópera en vez de ladrar, y sin embargo ladran, ya lo creo que ladran…

Ya en el metro, regresando a mi casa, sentí un alivio porque aquella sería la última vez que tendría que soportar a mi padre. No quería verle más, nunca más, no quería volver a sentirme una mala persona como me sentía en aquellos momentos…cogí el saxofón…y los ojos de la chica me decían, pestañeo a pestañeo, que yo, Harry Hernández, era al que ella quería; sí yo, al que sus compañeros de clase consideraban un ridículo y anecdótico personaje y del que se reían por compasión, pues desprecio era de lo que me creían merecedor; sí yo, yo, el mismo que, de no haber sido el hijo del propietario de un restaurante cubano, haría tiempo que hubiera dejado de ser una carga en Jorgeciudad; yo, yo, ese “yo” que tanto había buscado pero nunca había encontrado. Hasta que la encontré a ella. Yo. Yo era la persona más maravillosa del universo, el hombre más irresistible de cuantos había visto en su corta existencia, corta en el pasado pero larga en el futuro, pues le quedaba un siglo de amor por darme, un siglo de amor por recibir. Yo. Y sus ojos verdes se mezclaban con mis notas y sus labios rojos de carmín eran como una flor, una flor que se abre en primavera y que al buscar el cielo pinta con sus pétalos figuras en el aire, mensajes imaginarios que como nubes flotaban destino a un beso, destino a mi corazón, el cual, en un latido, absorbería todo el aire y todas las nubes y con ellos sus labios y sus mensajes y su amor y su primavera. Yo. Y sus finas piernas ahora levantaban su precioso cuerpo y sus brazos eran dos figuras perfectas formadas por diez ramificaciones de porcelana y que aplaudían con tal entusiasmo que parecía que fueran a romperse.

“Bravo, bravo…,” cantaba su voz.

Pascual vino a felicitarme y fue entonces cuando le pedí que me presentara a aquella preciosa muchacha…

“Próxima estación Dupont Circle…,” tronó una voz en la taberna de Pascual, como si proviniese de algún ser omnipotente, omnipresente, la voz de Dios. Y lo era, pues era la voz de mi inspiración, la que me decía que era el momento de crear algo que quedara por los siglos de los siglos. Así que mire a los ojos de la chica, cogí el micrófono y, con voz de eternidad, intentando convertir en mágico aquel momento, dije:

—Esta canción va dedicada a los ojos más bonitos que hayan iluminado en verde este mundo. Es una improvisación que llevo toda mi vida preparando y que se titula “Dupont Circle Sketches.”

Mientras tocaba, numerosas voces comenzaron a sonar en mi mente. Era como un gran rugido, que un momento más tarde se veía acompañado por el ruido de una tarjeta que entra y sale, por el de una escalera mecánica que sube junto a una que baja, por el de un coche que se va junto a uno que viene. “¿Tienes un poco de cambio?”… “gracias hermano,” una llave, una puerta, “¡ploff!” El ruido de una mochila que cae al suelo, al cual sucede el de un equipo de música que abre su alma, que pide comida, comida que viene en forma de disco compacto, una comida que aquel día tenía forma de Miles Davis.

“Siéntate, princesa de ojos verdes…¿Qué quieres beber?”

“Música…”

“Yo también…”

Y juntos, mezclando nuestros alientos y nuestros cuerpos, nos bebimos aquella copa de música, lo más parecido que jamás haya existido a la música del cielo. Si mi Dupont C. S. había sido la música de la tierra, porque en la tierra estaba mi princesa, los esbozos flamencos de Davis eran un trozo de cielo, un trozo que no nos conmueve, que no nos llama a la acción, sólo a ponernos bajo el cielo y a dejar que el cielo nos proteja, que el cielo nos mire. Es una música de arriba, una ante la que hay que cerrar los ojos. Un poco de oscuridad es siempre la puerta de la luz, la puerta del cielo.

“Riiiiiiiinnnggg…,” era el timbre de su alma, de la mía.

“Diga…”

“Hola cariño, ¿cómo estás?”

“Bien, muy bien.”

“¿Qué tal el día?”

“Bonito, muy bonito.”

“¿Qué has hecho hoy?”

“Mirar tus ojos verdes.”

“¿Te encuentras bien?”

“Tan bien como se pueda encontrar uno en este mundo.”

“Te noto raro.”

“Porque soy feliz.”

“Harry, ¿qué te pasa?”

“Que soy feliz.”

“¿Qué te has tomado?”

“Tu cuerpo.”

“¿Estás solo?”

“Sí, porque tú eres parte de mí.”

“Tú padre me ha llamado para decirme que habéis discutido.”

“Sí, mamá, es cierto, pero estoy bien, de verdad, pero ahora no puedo hablar, tengo un concierto esta tarde…”

“Será un examen.”

“¿Les llaman así a los conciertos en los que no te aplauden?”

“Supongo que sí cariño.”

“Pues tengo un examen.”

“Buena suerte.”

“Gracias mamá.”

De repente estaba en una obra en el Gran Teatro de la Habana. Se abrió el telón y tras él apareció un rótulo que me indicaba que la obra se titulaba Derecho Internacional y la primera escena “Ley del mar.” Y entre las olas, asomándose tras un pico de agua, había un lancha motora. Quizás pudiera salvarme de morir ahogado. Un toque de saxofón fue todo lo que hizo falta para que Pascual, que era quien tripulaba la motora, se diera cuenta de que era su amigo Harry quien remaba sobre aquellos trozos de madera unidos por cuerdas.

“¿Vas de regreso a tu país?” gritó Pascual.

“Sí.”

“No llegarás…Hoy la mar está brava.”

“La mar siempre está brava. Es una de las pocas cosas en este mundo que nunca es cobarde.”

“Quédate…”

“Debo volver.”

“¿Por qué? ¿Acaso no eres feliz entre nosotros?”

“Sí, soy muy feliz, pero tengo obligaciones que cumplir.”

“¿Cuáles?”

“Triunfar.”

“¿Es eso una obligación?”

“Sí.”

“¿Y quién te obliga?”

“Gente que me quiere. Y triunfar es mi única manera de demostrar que yo también les quiero a ellos.”

“Pero nunca llegarás. Tu balsa es mala y el mar también.”

“Al menos lo intentaré.”

Entonces, a lo lejos, vi un avión que sobrevolaba el mar a baja altura. Pascual lo vio también y me dijo:

“Ellos te salvarán, sólo debes seguir una milla más. No te pueden rescatar en aguas cubanas, pero una milla más y ya estarás en aguas internacionales. Una milla más…”

“¿No me puedes llevar tú hasta allá?”

“Alguien podría verme y lo perdería todo. Mi casa, mi taberna, mi licencia de pesca, puede que incluso mi vida. Debo irme Harry, mucha suerte. Una milla más y estarás a salvo. Nadie te puede ayudar, estas solo Harry y esta es tu milla.”

Una milla. Comencé a remar con todas mis fuerzas, debía conseguirlo, debía esforzarme por amor a todos los que habían confiado en mí. Una milla. Desde el avión debieron verme; aún sin acercarse a mí, corrían peligro de ser derribados, comenzaron a hacer piruetas en el aire. Me saludaban, me bienvenían a mi país, el que un día dejé en avión y al que ahora volvía en balsa. Y mientras tanto yo remaba, remaba de espaldas al horizonte, sin querer mirar al futuro, rezando porque el mar no me robara mis sueños. Una milla más tarde, el hidroavión amerizó. En su interior vi aparecer una cara sonriente:

“Bienvenido a los Estados Unidos. ¿Eres cubano?”

“No, americano.”

“¿Y por qué vienes remando? ¿Por qué no cogiste un avión?”

“El siguiente avión era mañana y yo tengo prisa.”

“¿Prisa?”

“Sí, tengo un examen esta tarde.”

“Entonces no hay tiempo que perder. René…;” dijo mi sonriente amigo dirigiéndose al piloto; “a toda marcha, que nuestro amigo tiene que llegar a un examen.”

“A toda marcha.” confirmó René.

Y a toda marcha llegué, pues tan solo unos minutos más tarde ya me encontraba en el segundo capítulo, algo acerca de fronteras y embajadas, el cual me llevó exactamente cuarenta minutos, y el tercero y el cuarto…Cuatro horas más tarde ya estaba listo para el examen. Me levanté del pupitre y me dirigí al baño, viendo en el espejo el reflejo de un barbudo cuyo aspecto era totalmente inadmisible en un examen.

Con total diligencia, y mientras la plancha se calentaba, me afeité y duché. Diez minutos más tarde, me encontraba sacándole las arrugas a una camisa blanca, sobre la cual, poco después, anudaría una discreta y apropiada corbata azul oscuro. Me puse un traje del mismo color el cual, afortunadamente, había tenido el buen juicio de llevar a la tintorería tras la última vez que me lo puse. Meses había hibernado en mi armario, sin una arruga, perfecto, esperando al momento en el que lo necesitara, y ahora estaba preparado para nuestra gran misión. Me miré al espejo y vi la mirada del tigre; no, no había dolor, ni dolor ni nada más importante en este mundo que aquel examen, aquel del que dependía mi vida, mi futuro…¡Mi hombría! Y, como no, mi expulsión de Jorgeciudad. Todo. Para animarme decidí poner un poco de música, si bien, un momento antes de hacerlo, cambié de opinión, diciéndome que la música podría devolverme a Cuba. Pero fui valiente y mientras pensaba “no hay enemigo invencible” puse al duque. Y efectivamente no lo había, pues un instante más tarde me daba cuenta de que estaba salvado, de que era otra vez yo y, como tantas veces en otros tiempos, sólo me importaba el examen. Ni siquiera Ellington quien, por cierto, desde fuera de Cuba me parecía lento y aburrido.

Con paso de ganador, mirando al horizonte y no al suelo como había sido mi costumbre en los últimos meses, planeando ese futuro que tantas veces había intentado soñar, me dirigí a la parada del autobús, el cual me llevaría desde Dupont a Jorgeciudad. Una vez en él, continué repasando las notas de clase, sin dejar que las estúpidas conversaciones de los demás pasajeros me entretuvieran. Tenía una misión y no estaba dispuesto a fracasar. Era mi última oportunidad, no habría más; sólo una buena nota y una disculpa con el profesor me podían salvar de la expulsión. Nervioso repasé el capítulo acerca de las embajadas, tan nervioso que la montaña de apuntes comenzó a desmoronarse y, cual lava de volcán, a extenderse por el sucio suelo del autobús.

Todos se reían, si bien a la vez que me ayudaban a recogerlos. Ya tenía casi todas las hojas, cuando una bonita voz me dijo:

—Toma, no te vayas a olvidar de éstas.

Levanté la mirada y frente a mí encontré a una bonita muchacha, cuyos rizos caían sobre una de las más francas sonrisas que jamás haya visto. Sus ojos eran marrones y su nariz como una fresa sobre un pastel de nata. De nata, como mi última frase. Pero es que de nata son las palabras que nos salen cuando nos referimos a la gente de la que nos enamoramos. Y de nata deben ser, por mucho que la mayoría de las veces suenen a pastel.

—¿Tienes examen?—me dijo ella.

—¿Cómo lo sabes?—contesté sorprendido.

Con una mirada a mis apuntes, a la cual acompañó de una sonrisa, me demostró lo tonta que había sido mi pregunta.

—Sí…—dije con timidez.

—¿Difícil?

—Un poco…

—Bueno…—dijo ella mientras miraba a través de la ventana—Esta es mi parada. Buena suerte en el examen.

—Gracias.

A través de la ventana lateral le vi pisar la calle y a través de la trasera le vi alejarse de mí. Que bonita era, tanto que no podía imaginarme el resto de mi vida sin ella. “¿Cómo sobrevivir?” me pregunté. “¿Como acostumbrarse a la oscuridad una vez hemos visto tanta luz?” Me senté de nuevo en mi asiento y me dije que iba a necesitar de Cuba para sobrevivir a aquello. Al menos por unos minutos, hasta llegar a la universidad. Cerré los ojos e intenté imaginarme con el saxofón, en la taberna de Pascual, tocando en frente de mi recién conocida princesa. Pero en la taberna no había nadie, la taberna estaba apagada.

“Pascual,” grité “¿Por qué está todo vacío esta noche?”

“Porque se ha ido la luz en la isla.”

“Pero hasta ahora siempre había habido luz.”

“Ya no, ahora la luz está fuera.”

Al oír aquellas palabras me faltó tiempo para apretar el botón de solicitar parada. A toda prisa bajé y comencé a correr en dirección adonde había visto a mi princesa por última vez. Corrí, empujé, tenía que ir más deprisa, tenía que encontrarla. Al pasar junto a una papelera tiré los apuntes y los libros…”debo correr, debo encontrarla…”

Por fin llegué, aquella era la parada en la que la muchacha se había bajado. Busqué por todo, bares, restaurantes, tiendas de libros…con mi vista escruté todas las ventanas y terrazas de los edificios. No estaba. Había apagado la luz de Cuba. Triste me senté en un banco y me puse a llorar como un chiquillo. La había perdido; ¡como había podido ser tan tonto!

Cerré los ojos. Un momento más tarde una mano me tocaba en el hombro. Era ella. Cogí el saxofón, empecé a tocar, y la luz volvió a la taberna de Pascual, la luz volvió a Cuba. Por un instante, mezclado entre una nota y una sonrisa, me acordé del examen, y la indiferencia que este recuerdo me produjo me dijo que yo tenía razón, porque yo, si bien es cierto que quizás malviviendo, al menos viviría. Junto a ella, en Cuba.

Aprender a Ganar en el Conflicto entre Israel y Palestina

En la novela clásica de Heinrich von Kleist Michael Kohlhaas, su protagonista, un tratante de caballos, buen ciudadano y escrupuloso cumplidor de las leyes, inicia una batalla legal contra el aristócrata Wenzel von Tronka, pues considera que sus derechos han sido vulnerados al serle confiscados dos caballos que había dejado como fianza. En un caso similar, E.L. Doctorow nos cuenta en su novela Ragtime la historia de Coalhouse Walker, un joven músico afroamericano de comportamiento impecable, cuyo coche es destrozado en un acto racista por un grupo de voluntarios del cuerpo de bomberos. Tanto Kohlhaas como Coalhouse (la referencia de Doctorow a Kleist es obvia), se ven defraudados por sistemas legales que benefician al poderoso e inician rebeliones en las que, además de perder sus posesiones materiales y posición social, acabarán ocasionando perjuicios a inocentes. El objeto de sus causas era tan pequeño como dos caballos y la restitución de un coche a su estado previo o tan grande como hacer prevalecer la justicia. Examinando la postura del ofensor, ambas historias coinciden en que éstos sobrestiman la importancia que los ofendidos van a dar a los bienes materiales, relativizan la importancia de la ofensa y menosprecian la innata necesidad de justicia del individuo. Israel lleva décadas cometiendo el mismo error.

Y es que en las relaciones internacionales, donde son pueblos y no individuos los que dirimen sus causas, las conclusiones son parecidas y en toda salida negociada el más fuerte tiene la responsabilidad de dar al más débil un compromiso que éste pueda interpretar como justo. Una justicia, por supuesto, adaptada a las circunstancias del momento y al equilibrio de fuerzas, pero la debilidad de la otra parte jamás debiera llevar al poderoso a buscar un último e injusto beneficio. La ecuación de debilidad e injusticia, lejos de llevar a esa desesperación en la que cualquier acuerdo es bueno, suele dar como resultado rebeliones y resistencias, así que los poderosos debieran recordar que los débiles no sólo tienen poco, sino también poco que perder. Varios imperios hubieran durado unos cuantos siglos más de no haber olvidado este concepto tan sencillo.

Israel no se ha limitado a querer imponer su victoria y utilizar su mayor fortaleza para estructurar la región a su conveniencia, sino que ha querido presentarla como la victoria del orden sobre el terrorismo. Este razonamiento obvia que cualquier reivindicación violenta por parte de un pueblo sin estado y por tanto sin ejército como el palestino necesariamente tendrá que ser definida como terrorismo. Y ha querido imponer su visión, no al estilo de los imperios, como una legitimación de la victoria, sino como un elemento de la negociación previa a la victoria. Parafraseando la famosa frase de Unamuno, podríamos decir que los imperios vencen y después convencen (o más bien se convencen mediante el revisionismo histórico de la bondad de su victoria), mientras que Israel ha querido vencer a base de convencer.

Un ansia de legitimidad perfectamente comprensible. La historia reciente del pueblo hebreo, víctima de la masacre más importante de la historia de la humanidad, hacía difícil un cambio tan rápido de víctima a verdugo. Pero la legitimidad de Israel ha estado demasiadas veces fundamentada en la barbarie de Hitler y los campos de concentración alemanes y no en lo sucedido en Palestina. Un ansia de legitimidad que es una nueva afrenta para un pueblo palestino acostumbrado a perder en el enfrentamiento directo militar, pero que a menudo ha considerado indigno llegar a acuerdos con Israel en negociaciones viciadas por la gran diferencia de fortaleza entre ambas partes.

Siguiendo con el tema de las negociaciones, comentar que, lejos del mundo empresarial, se educa a los jóvenes de todo el mundo en la admiración de los mártires nacionales que tomaron decisiones dignas en contra de la conveniencia material aparente. Nadie les acusa de ser lunáticos incapaces de evaluar su posición exacta en el mercado, mientras que, por el contrario, a los que llegan a acuerdos con los vencedores, lejos de ser realistas que han calibrado adecuadamente sus sinergias y fortalezas, los tachamos de colaboracionistas. En el ilógico mundo de las causas nacionales, la negociación sólo es vista como una virtud cuando es entre iguales: de lo contrario será considerada una capitulación. Y la principal victoria del pueblo palestino en décadas de conflicto (siempre desde su perspectiva) es la de no haber capitulado. Se podría trivializar esta resistencia diciendo que es fruto de la manipulación por parte de sus clases dirigentes, o incluso que otras naciones musulmanas han encontrado en Palestina un símbolo con el que excusar sus patéticos ejercicios de gobierno doméstico, pero sería erróneo llevar estos razonamientos hasta el extremo de negar totalmente el ansia de justicia que ha alimentando la resistencia palestina.

Así que Israel tiene dos tratamientos para el enfermo: ganar o saber ganar. De momento está aplicando el primero con la precisión de un cirujano. Ganar implica llevar a los palestinos a un estado de agotamiento y desmoralización y dividir primero a su población, eligiendo el bando de Fatah y permitiendo una relativa normalidad en Cisjordania, mientras asfixia con todo tipo de embargos económicos a la franja de Gaza gobernada por Hamas; para posteriormente dividir a su liderazgo, hundiendo a un Mahmut Abbas, líder de Fatah, al que encumbró como único interlocutor posible, pero al que ha impedido sistemáticamente mostrar beneficios concretos propiciados por la negociación.

Porque Israel es consciente de que ningún líder palestino va a poder defender ante su población el crecimiento de los asentamientos judíos en Cisjordania, por mucho que se etiquete con esa ecologista denominación de “crecimiento orgánico” (crecimiento de baja intensidad en el que sólo se llevarían a cabo los proyectos para los que ya se han concedido licencias) y que, por encima de viciadas lógicas legalistas, otra vez von Tronka y sus artimañas, parece difícil rebatir que sólo la paralización es compatible con un futuro intercambio de tierras en el que muchos de estos asentamientos deberán ser derribados. Lo cierto es que, con un tipo de crecimiento o con otro, los asentamientos en Cisjordania siguen creciendo cuando teóricamente llevan años siendo desmantelados, de modo que en esta última ronda de contactos los palestinos condicionaron la negociación a que se paralizaran. Ésto provocó que un indignado Netanyahu, con rueda de prensa incluida junto a la secretaria de estado Clinton, acusara a los líderes palestinos de falta de colaboración.

Israel no está engañando a la comunidad internacional, sino sólo a sí misma, cuando pretende mantener una autoridad moral en un conflicto en el que desde hace tiempo sólo tiene la que le confiere un poder militar infinitamente superior al de su contrincante. O cuando intenta convencerse de que está actuando de manera diferente a los imperios coloniales que tan importantes fueron en su formación. Desde la Francia antisemita del caso Dreyfus, en la que un indignado Theodor Herzl comenzó a formular las doctrinas del sionismo político moderno; pasando por la Gran Bretaña que dio legitimidad a dicho movimiento con la declaración Balfour en 1917 y siguiendo por unos Estados Unidos que obligaron a una emigración judía masiva a Palestina cuando en 1924 hicieron más estrictas sus propias normas migratorias con el National Origins Quota y el Inmigration Act; los cuales se mostraron como especialmente crueles al impedir, ante la pasividad de la clase política americana, la entrada de cientos de miles de judíos que huían de la Alemania nazi; desde su formación, Israel ha sido testigo de como los grandes poderes formulaban altos ideales a la vez que miraban única y exclusivamente por su conveniencia.

Así que condenar a Israel es condenar a todos los vencedores de guerras que, sin excepción, han utilizado el derecho internacional que regula las acciones bélicas para minimizar sus propios daños teniendo al débil encorsetado por unas normas que el fuerte raramente ha cumplido. Israel no está haciendo nada más que seguir la lógica de una historia en la que el pueblo judío ha estado demasiadas veces en el bando de los perdedores. Pero lo que Israel no puede pretender es que el pueblo palestino le allane la victoria con una rendición en la que deshonren a sus muertos. ¿Los muertos de Israel? Ahí está una de las claves del conflicto. Los ganadores tienen cientos de formas de honrar a sus muertos, así que hay que buscar la forma de que los palestinos tengan el espejismo de la victoria y puedan honrar a sus muertos y mártires en plazas, puentes, calles y fiestas nacionales. Para que puedan honrarles en una capital que incluya Jerusalén Este. De no ser así, Israel debiera comprender que la razón moral, la legitimidad, estará del lado de los palestinos, quienes pasarán a formar parte de la larga lista de pueblos derrotados en constante luto espiritual por sus holocaustos y diásporas.

No va a ser fácil que Israel se decida por una de las dos estrategias: a menudo parece como si fuera una sociedad dividida entre los que quieren ganar y los que tratan de saber ganar. Y curiosamente los primeros casi siempre tienen el poder político, representados por el Likud de Netanyahu o el Kadima de los gobiernos de Sharon y Olmert y por sus habituales aliados religiosos, mientras que los segundos, parte de una sociedad más laica, progresista y urbana, tienen una ascendencia intelectual más importante que sus últimamente pobres resultados electorales. Parece como si el brazo y la mente del estado de Israel fueran por caminos distintos: dos direcciones que ni el luto por el asesinato del primer ministro Rabin en 1995 pudo reconciliar. Por el contrario, el partido de Rabin, el laborista, en otro tiempo gran dominador de la vida política israelí, inició entonces un descenso que sólo un año después propiciaría la primera victoria de Benjamin Netanyahu frente a Simon Peres. En la actualidad, el laborismo, liderado por el actual ministro de defensa y ex primer ministro Ehud Barak, transita sin demasiada influencia por la coalición gubernamental, lo cual no debiera extrañarnos teniendo en cuenta que sólo es la cuarta fuerza del Knesset con 13 escaños.

Para aquellos que pidan equidistancia al valorar el conflicto, pedir disculpas por no poder aportarla en un proceso en el que hay una de las partes que tiene el poder de ofrecer y la otra sólo el de aceptar o, en su defecto, de resistir. Las posturas no parecen tan lejanas, o al menos no lo parecieron cuando el anterior primer ministro israelí Ehud Olmert pareció ofrecer el 94% del territorio de Cisjordania y compensar el 6% restante con tierras actualmente en territorio israelí, además de un paso entre Cisjordania y Gaza y una soberanía internacional sobre los símbolos religiosos de Jerusalén, ciudad que pasaría a ser compartida como capital de ambos estados: de Israel la parte oeste y la este del nuevo estado palestino. Poco después de estas supuestas ofertas Netanyahu volvió a ganar las elecciones, formando una coalición con objetivos y sensibilidades diferentes al anterior gobierno, produciéndose un retorno a anteriores épocas de evasivas y recriminaciones entre ambos liderazgos. Desgraciadamente, en algo también habitual, las soluciones que podrían haberles acercado, esas fantásticas ofertas de las que habló Abba Eban (ministro de asuntos exteriores de Israel entre 1966 y 1974) cuando dijo aquello de que “los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad” suelen ser rumoreadas ofertas potenciales en tiempo pasado, mientras que las diferencias que les separan siempre son problemas reales en tiempo presente.

El futuro no parece mucho mejor. Para aquellos que esperaban que Obama arreglara el conflicto a base de discursos y momentos históricos, decir que el presidente americano sólo podrá ser, en el mejor de los casos, un juez del conflicto. Así que de momento parece inteligente su postura de no exponerse a perder su legitimidad moral mientras no cambien las circunstancias, delegando en una Hillary Clinton que está sirviendo de contrapeso a su claro posicionamiento durante la campaña electoral americana en favor de una paz justa y la creación de dos estados. Una legitimidad moral con la que tendrá que evitar que Israel se comporte con la prepotencia de un von Tronka cualquiera. Para que la paz sea duradera, habrá que bajar de las alturas de la especulación al detalle, poniendo en la balanza, por un lado, los coches o caballos que fueron injustamente destrozados o confiscados, y en la otra el trabajo del pueblo hebreo en un estado que, siguiendo la lógica de otros tiempos en los que la justicia de los países era la de las armas, confirmaron con victorias bélicas. Es decir, no la justicia en abstracto, sino la justicia de aquí y ahora. La justicia de los que saben ganar y de los que, aunque hace tiempo que saben que han perdido, aspiran al menos a una derrota digna.


Historia de una Causa Simbólica: la Aprobación de la Proposición 8 en California

Uno de los procesos más interesantes de las pasadas elecciones de Estados Unidos fue el papel jugado por la comunidad afroamericana en la aprobación de la proposición 8, nombre de la petición popular de enmienda constitucional que limita la definición de matrimonio a la unión entre dos personas de distinto sexo. La sorpresa no fue tanto el alto porcentaje de afroamericanos que votaron a favor (de acuerdo a unas encuestas a pie de urna de la CNN aproximadamente un 70%), sino que ésta comunidad votara a la vez en un 95% por un partido, el demócrata, que en California hizo campaña en contra de dicha proposición. En comparación, el 79% de demócratas de raza blanca votaron por la derrota de dicha proposición.

Además de la asociación con Barack Obama y su partido, el recuerdo del movimiento de los derechos civiles parecía asegurar la derrota de la proposición: no parecía lógico que en las elecciones en las que simbólicamente se podía culminar dicho movimiento, con la victoria del primer candidato afroamericano, pudiera a la vez a aprobarse la supresión de unos derechos ya obtenidos por otra minoría. Efectivamente, parecía extraño que los mismos votantes fueran a propiciar tan histórica victoria y derrota.

Aunque no tiene nada de extraño que una minoría contribuya a la discriminación de otra—compiten por los mismos recursos y espacios sociales—, éste factor no es aplicable en la discriminación de la minoría homosexual, que es transversal en lo económico. De modo que la discriminación fue puramente ideológica y no está reñida, pese a lo que pueda parecer a primera vista, con el movimiento de las libertades civiles, el cual, con todos sus elementos socialmente revolucionarios, siempre estuvo arraigado en la religión.

Algunas causas de este arraigo son claras. Las minorías suelen verse obligadas a mostrar su respeto por las tradiciones para reclamar el cambio: las peticiones de cambio en contra del sistema están reservadas para aquellos que son parte de la clase mayoritaria o incluso de una élite intelectual. Del reverendo Martin Luther King al reverendo Jesse Jackson, los líderes de la comunidad negra han sido líderes religiosos y, si bien revolucionarios en lo social, más proclives a un orden moral conservador.

En un país diferente a Estados Unidos, Luther King podría haber sido un líder marxista, pero en el contexto de la Guerra Fría y el consabido miedo de la mayoría blanca al enemigo comunista, el líder negro sólo podía ser tradicional; un tradicionalismo que ha marcado de manera definitiva a la comunidad negra posterior, la cual ha encontrado su libertad individual en la religión, no sólo desde un punto de vista personal, sino también porque ha sido el camino para que su libertad social fuera tolerada. En Estados Unidos históricamente no ha bastado con ser un buen ciudadano para proponer cambios políticos, sino que además ha habido que ser un buen súbdito, no pudiéndose en la mente de a mayoría ser lo primero sin ser lo segundo. Durante la campaña presidencial el propio Obama tuvo que recordar habitualmente su religiosidad (con los conocidos problemas con su famoso reverendo Jeremiah Wright y sus controvertidas opiniones), e incluso sonar a predicador; lo cual, curiosamente, constituyó uno de los grandes atractivos del candidato al aunar el tono del líder político y el del religioso.  Aún así fue acusado de radical y socialista. Si un reconocido pragmático como Obama fue acusado de ser un peligroso ideólogo en 2008, ¿cómo no comprender que el movimiento de los derechos civiles sólo pudiera venir de la parcela religiosa y no del laico marxismo ideológicamente predominante en otras latitudes?  El mayo del 68 afroamericano sólo podía tener lugar en una iglesia. El blanco, mientras tanto, sucedió en las universidades con la oposición a la guerra del Vietnam.

Afortunadamente, a largo plazo lo que se dilucidó en Noviembre de 2008 fue una causa simbólica, para unos la primera victoria en la reconquista de la sociedad por parte de la moral tradicional y para otros el último hurra de los tradicionalistas en su camino a la periferia ideológica.  Y es que parece difícil que el Tribunal Supremo de Estados Unidos no acabe declarando la inconstitucionalidad de la Proposición 8, si es que antes no ha sido revocada en otra elección a través de una nueva enmienda.  El principio parece sencillo: las sociedades evolucionan cuando las minorías ganan derechos, no cuando los pierden.   A corto plazo la causa tiene poco de simbólico; la enmienda fue válida al día siguiente de las elecciones, momento desde el cual en California está prohibido expedir licencias matrimoniales a parejas del mismo sexo.

Así que de momento nos quedaremos con el dato de que a finales del año 2008, más de siete millones (alrededor del 52% del electorado) de los habitantes del estado de California, uno de los más progresistas de EEUU y una de las regiones más prósperas del planeta, votaron a favor de la privación de los derechos de una minoría.  Así que nada más, ni nada menos, que una derrota simbólica…

Artículos 2008-2009: La Postbushonía o la Ciencia de un Sócrates a su pesar

 

 

Si creía, estimado lector, que nunca iba a oír las palabras Bush y ciencia en la misma frase, (especialmente si ésta a la vez no contenía destrucción o cualquiera de sus sinónimos), ese más-difícil-todavía del circo de las palabras está a punto de ocurrir. Ahí va: los efectos de la administración Bush nos obligan y son la oportunidad perfecta para crear una nueva ciencia. Y he dicho ciencia: nada de conceptos pequeños como disciplina o escuela de pensamiento. O nombres prestados del tipo estudios de “Ciencias para…” o “Estudios de…”; o uno de esos neos, paras o pans de los que el mundo está lleno.

   Por la importancia de su misión, bien merece que en la génesis de nuestra ciencia hagamos un esfuerzo en terminológía y encontremos un nombre rotundo: la Postbushonía. ¡Postbushonía! Bueno, no será será perfecto, pero si los comienzos lo fueran entonces ya no serían comienzos, sino comienzo y final, lo cual nos crearía una nueva gama de problemas que, francamente, no me atrevería a intentar resolver en este artículo. El nombre de Postbusnonía suena lo suficientemente enfermizo, algo así como una pulmonía postBush. Las ciencias, aunque su objeto sea enfermizo, tienen la misión de curar, avanzar, progresar…; de modo que que al final la única virtud de mi nombre no es tal, sino más bien otro defecto, ya que refleja mucho la enfermedad y poco la curación.

   La nueva ciencia, para empezar, tendrá dos facetas diferenciadas: reconstrucción y viejas vergüenzas al descubierto; arreglar lo estropeado en estos ocho años y entrar por fin en esos temas que de no ser por la involuntaria colaboración de la administración Bush hubiéramos podido seguir ignorando durante unas cuantas décadas más.

   Comencemos por la primera función, sin duda la más aparente, pero no necesariamente, como veremos más adelante, la más extensa. La reconstrucción será la del humanismo europeo, incluyendo los progresos aportados al mismo por la república americana desde su creación a finales del siglo XVIII. Paso primero: construcción por destrucción, adición por sustracción; es decir, hacer desaparecer, a ser posible con pompa y circunstancia, insultos a la inteligencia y decencia colectiva como Guantánamo, las torturas legales (que esta contradicción en términos se haya convertido en aceptada ya debiera mostrarnos lo equivocado de nuestro camino); la subcontratación de torturas a países con menos escrúpulos legales (como si con prácticas de este tipo a EE.UU. demostrara tener muchos), o esos interrogatorios creativos, tales como la privación de sueño del interrogado, cuya denominación, como aquella contabilidad creativa de Enron que llevo a la ruina a miles de pequeños accionistas, utiliza las palabras para esconder la realidad. Exactamente la función contraria a la que, por definición, debieran tener las palabras. ¿Definición de quién? ¡De todos aquellos que al lavarse las manos no lo hacen con una cuchilla a la que han decidido llamar jabón y que no se afeitan con una pastilla perfumada de formas romas a la que han llamado cuchilla! Las palabras se pueden usar para desinformar, pero sólo sirven para informar. Así que dejemos de llamar a las torturas interrogatorios creativos…

   Resultado del análisis preliminar: la reconstrucción del mundo anterior a Bush va a ser una ingente obra de esa misma ingeniería política de la que los neocons y Bush decían huir y que terminaron practicando con la pasión del converso.

   El segundo elemento de la Postbushonía, tal vez el más importante, es la gran cantidad de vergüenzas que la administración Bush ha dejado al descubierto. El gobierno de W. Bush ha sido a la sociedad internacional lo que el huracán Katrina fue a la administración Bush: las infraestructuras eran insuficientes antes del huracán y lo eran antes de Bush; él no creó las vergüenzas de la sociedad internacional, simplemente las ha dejado al descubierto, y será culpa de todos si dejamos que una rama de olivo del estilo de Obama o la simple desaparición de W. vuelvan a taparlas. Así que, lo que son las cosas, Bush es un Socrates a su pesar, un apuntador de verdades. Como Socrates, Bush ha puesto las bases para que sus interlocutores encuentren la verdad. De hecho ha ido más lejos y con su incompetencia las ha puesto también para que no sigamos perdiéndola.

   La verdad es que sólo con juegos de palabras podremos juzgar de forma positiva a esta catástrofe natural; esta plaga bíblica que sospecho que el antiguo testamento hubiera tenido el buen gusto de hacer durar siete años y que la democracia, siempre generosa, ha hecho durar uno más. No es sólo el tiempo perdido: teniendo en cuenta el que cada uno de nosotros pierde en concursos, culebrones y eventos deportivos varios, éste parece ser lo de menos. Los seres humanos a los que se ha dejado de alimentar; el progreso en todos los continentes que se ha dejado de llevar a cabo; con ser todo ésto importante, las abstracciones del bien no realizado palidecen al ser comparadas con la desestabilización quirúrgica de regiones enteras y de todo lo que es digno en nuestro ordenamiento jurídico internacional. El bien no hecho entra dentro del negociado de la torpeza, pero desgraciadamente Bush ha sido mucho más y mucho menos que un mal presidente.

   Su presidencia, en combinación con el proceso de laicidad vivido por la práctica totalidad de las democracias en las últimas décadas, ha hecho que las guerras ya no sean cuitas divinas, sino simples empresas mercantiles. Este es una avance nada despreciable. No está claro que sea más fácil luchar contra la economía que contra Dios (o cuando Dios era la excusa para la economía/poder), pero facilita el proceso de comprensión de las guerras, aunque sea de comprensión de porqué no somos capaces de evitar las guerras. Si los grandes comerciantes de la guerra pudieran hablar con una sola voz (teniendo en cuenta la atrocidad de la empresa parece difícil que estos intereses no sean controlados por una reducida oligarquía comercial guerrera; si bien, a su vez, teniendo en cuenta la persistencia de la humanidad en la actividad guerrera, parece difícil que ésta no se deba a una intención guerrera colectiva); como iba diciendo, si los belicistas pudieran hablar por una sola voz, seguramente se sentirían más seguros defendiendo la causa de Dios que la del dinero. En nuestra sociedad, Dios simboliza lo inexplicable y pasional (si bien viene a cubrir algo tan poco inexplicable como que necesitemos un escape ocasional de nuestro mundo de razones, algo así como una borrachera ideológica ocasional), de modo que cuando nos preguntamos porqué ha comenzado una guerra o disputa, siempre sera más fácil justificarla con palabras a las que el desgaste de la historia haya convertido en meras abstracciones, tales como Dios, nación, historia, o libertad. Por eso es tan importante que sigamos hablando de seguridad y economía, ya que al hacerlo entramos en el concepto de lo analizable. ¿Realmente vivimos en un mundo más seguro? ¿Se beneficia económicamente la comunidad humana de las guerras? Ya podemos imaginarnos los perjuicios de perder una guerra, ¿pero resulta rentable ganarla? Al fin y al cabo el 100% de la guerra es subvención estatal, ¿y los beneficios? ¡Y los hay que se quejan de que el cine sea subvencionado! Es curioso comprobar como algunos de los mayores críticos de las subvenciones culturales participan luego con tanto fervor de la más subvencionada de las representaciones artísticas…

   La vida será más triste para algunos al descubrir que no hay dioses o naciones por los que morir (o tal vez sería más correcto decir por los que puedan morir otros: como tantas veces el concepto cristiano del martirio ajeno), pero el asco que sentiremos al interpretar la guerra como un asunto perfectamente humano y comprensible durará sólo hasta que nos pongamos a resolver la ecuación guerrera. Tal vez el gran logro del siglo XXI, el de la relatividad moral tantas veces criticada, sea convertir la guerra en algo pequeño y resoluble como todo lo humano.

   Al resolver la ecuación descubriremos dos cosas: primero, que la guerra es muy rentable para unos pocos, pero para la comunidad es el más ruinoso de los negocios. Peor aún: se corresponde exactamente con la definición de negocio ruinoso. Y, segundo, que aunque fuera negocio debe, como el capitalismo, atenerse a unas reglas. En un simulador de una sociedad sin reglas, ésta siempre acabará en dictadura; un capitalismo salvaje y sin reglas acaba necesariamente en monopolio, peces comiéndose a otros, los peces cada vez más pequeños y el hegemón cada vez más grande, hasta que sólo queda un rey o dictador atemorizando al resto. Una dictadura no es más que un mercado libre sin reglas. Quien primero acceda a los recursos de la sociedad, primero podrá instrumentalizarlos y someter al resto.

   ¿Libertad? ¿Capitalismo? Afortunadamente nuestras sociedad están llenas de regulaciones. Regulamos, por ejemplo, que el ansia de provecho no justifique la ausencia de servicios sociales; lo hacemos por planificación a largo plazo: del mismo modo que desde el punto de vista de la sociedad no hay peor inversión que la guerra (definición de destrucción de recursos) no hay mejor inversión que la educación (creación de oportunidades, no necesariamente monetarias, para el individuo). Si la guerra fuera provechosa, sería un negocio indigno, ¡pero es que ni siquiera es negocio! Y encima está penosamente organizado. Si realmente la industria guerrera tuviera que competir en el libre mercado, para empezar, los efectos nocivos de dicha industria justificarían impuestos e indemnizaciones millonarias. Así que desdramaticemos la guerra; el drama que ha supuesto para la humanidad la administración Bush debiera permitirnos ese grado de sano cinismo: la Postbushonía nos ayudará a que ninguna disciplina se quede fuera del frío análisis. No hablemos de luchar contra las guerras por humanidad o decencia, sino que hagámoslo como se lucha contra el tabaco. ¿Ha habido publicidad engañosa? ¿Se ha hecho atractiva para los menores con dibujos animados y películas de John Wayne o Bruce Willis? ¡Abogados a trabajar! Las guerras ya no tienen que desaparecer, sino que ser resueltas. A falta se santos, buenos serán matemáticos.

   Hace ocho años, imbuídos de nuestra grandilocuencia civilizacional, hubiera sido imposible resolver o ni siquiera crear la ecuación de la guerra; justificábamos nuestra inactividad argumentando que las herramientas (tales como el derecho internacional o las organizaciones internacionales) ya habían sido creadas y que era sólo cuestión de lograr un mejor funcionamiento. Necesitamos una nueva salud internacional y no son ejércitos los que nos la traeran, sino abogados, juristas, filósofos, matemáticos, economistas: realmente cualquiera que no vaya disfrazado de soldado. Resolver la ecuación de la guerra con leyes, teorías e impuestos…; todas esas imperfectas herramientas humanas que harán que cinco minutos después de crearlas ya las estemos criticando desde nuestras burguesas existencias, pero que al menos impedirán que sintamos ganas de vomitar al preguntarnos ¿qué tal es la sociedad en la que nos ha tocado vivir? Así que tal vez estemos más cerca del final de las guerras de lo que lo hemos estado en nuestra accidentada historia como especie. Bush ha logrado lo que ni cien partidos verdes lograrían: la victoria del pacifismo. Ahora queda lo más difícil para toda ideología, que es recolectar el premio. Y hacerlo antes de que los que la han apoyado (la causa) lo hagan suyo (el premio).

   Este es, señor presidente W., su legado. Que gran logro: ya ve que he conseguido otorgarle un papel brillante en la historia. ¿Habrá entonces causa o tema que se me resista? Gracias, gracias, realmente los aplausos son merecidos…Así que creo que éste es, señor presidente, un buen momento para irse, no espere los meses que aún le quedan, simplemente deje las llaves sobre el pupitre del despacho oval, y ovalesé a donde nunca más volvamos a saber de usted. Sólo así le dejaremos tranquilo y podrá evitar que le sometamos a los númerosos juicios internacionales que, como representante de su equipo, se ha ganado a pulso…

   Bueno, de esto y otras cosas por el estilo, se ocupara la ciencia de la Postbushonía, la ciencia de ese Sócrates a su pesar…

 

 

 

 

 

Foto: http://www.spanisharts.com (J.L. David, La Muerte de Sócrates,1787)

Artículos 2008-2009: Demonia Histérica Colectiva

 

 

La historia no necesita humanizar lo que demoniza. Tal vez porque su utilidad sea tan obvia que no necesite cualidades redentoras; como sí las necesita, por ejemplo, la literatura, que tiene en la humanización de sus demonios la cualidad que justifica su a menudo torpe existencia práctica. Muchos se han preguntado para qué sirve la literatura y han vaticinado mil veces su muerte (en la lápida suele poner “el final de la novela”), mientras que nadie, de momento, se ha preguntado para qué sirve la historia. Y desde esa fortaleza conceptual la historia no tiene porqué comprender, aunque es de agradecer cuando lo hace, sino sólo contar y explicar. Una novela en los que los buenos fueran divinamente buenos y los malos satánicamente malos sería inmediatamente rebajada a la categoría de simple entretenimiento, mientras que, por el contrario, los historiadores pueden no sólo tomar partido, lo cual es inevitable al enfrentarse a un papel en blanco, sino ni siquiera tomarse demasiadas molestias a la hora de explicar las motivaciones de los antagonistas de su personaje estudiado. Ésto no es necesariamente negativo (el análisis histórico es tan minucioso que parece imposible que el estudiado no acabe pareciendo sobrehumano), pero el proceso de deshumanización de la historia y especialmente el de los hechos históricos más negativos de la misma conduce habitualmente a una manipulación e utilización que llamaría peligrosa sino fuera porque los realmente peligrosos son los seres humanos que la manipulan y utilizan. Así que completando la celebérrima frase de Santayana de que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla” podríamos añadir “y los que la conocen de forma dogmática a instrumentalizarla.”

     El caso del nazismo y de la segunda guerra mundial es paradigmático. En primer lugar habría que preguntarse si es necesario demonizar, con la justificación de no repetir un proceso similar, a un movimiento que asesinó a millones de personas y convirtió a decenas de millones más en seres vociferantes, gregarios e insensibles al dolor ajeno. Dicha demonización tiene como efecto secundario que a menudo se obvie que el pueblo judío ha sido expulsado de otros lugares (más que por odio racial como atajo de sociedades en crisis a sus riquezas) con procesos similares. Desde los progromos de la Rusia zarista, pasando por la Inquisición española, hay muchas vergüenzas nacionales que el nazismo está ayudando a esconder en la memoria colectiva.

     Se puede argumentar que lo terrible del exterminio nazi fue la deshumanización mediante la cual se llevó a cabo el mismo. La Inquisición, por el contrario, prestaba gran atención al individuo; minuciosa, incluso clínica, especialmente a sus órganos no vitales en un intento de lograr esa confesión que los avances legales habían hecho necesaria antes de la ejecución de un reo. En el nazismo, por el contrario, la imagen que nos viene a la mente no es una de febril religiosidad, sino la de un frío y eficiente matadero. Puede que subconscientemente perdonemos a los inquisidores por locos del mismo modo que condenamos a los nazis por su horrorosa apariencia de cordura. Pero si lo que nos espanta es la forma casi industrial en la que millones de personas murieron en pocos años, ¿qué decir de cómo murieron cientos de miles de japoneses en Hiroshima y Nagasaki en dos días? Y sin embargo, esos asesinatos no viven, parafraseando la famosa frase sobre Pearl Harbour, en la infamia, sino que se suele argumentar que salvaron millones de vidas. En este caso la deshumanización de la muerte no parece ser un problema.

     Pasemos a ejemplos específicos. ¿Cuántas veces ha sido manipulado el apaciguamiento a Hitler por parte de Chamberlain y las potencias aliadas en relación a otras contiendas? Cuando Bush (W.) fue criticado por invadir Irak de forma ilegal, muchos recordaron entonces la política del apaciguamiento y las similitudes con la segunda guerra mundial, argumentando que la ONU estaba actúando como Chamberlain al acordar la paz de Munich en 1938, en la que permitió a Hitler la anexión de los Sudetes, una región de mayoría alemana de Checoslovaquia que se había rebelado, con el apoyo del régimen nazi, contra el gobierno checoslovaco. No se podía apaciguar o negociar con Sadam Hussein, se dijo, del mismo modo que no se podía negociar con Hitler.

     Desde la perspectiva de 2006, ciertamente, el nombre de Hitler y el concepto del apaciguamiento no parecen ir muy bien en la misma frase. Fue una política errónea y rectificada rápidamente. Y fue el propio Chamberlain, por cierto, y no Churchil, como suelen decir algunos ávidos lectores de biografías guerreras, quien cambió de política y declaró la guerra a Alemania cuando ésta se anexionó Checoslovaquia y Polonia. Errónea no tanto por el hecho de que los aliados intentaran apaciguar a Hitler (si alguien necesitaba ser apaciguado ese era Hitler), como por el hecho de que lo hicieran a base de violar el derecho internacional cediendo un territorio de otro estado soberano. Como el policía que tiene bajo su custodia a un violador y le intenta apaciguar y tranquilizar con un par de palmadas y fumando un cigarrillo juntos, el problema comienza cuando incluso sin palmaditas y cigarrillos y llamándole cerdo violador le deja libre. Así que no es el apaciguamiento, sino los métodos utilizados para el mismo los que debieran pasar a la historia como un error político; siendo la relevancia del ejemplo histórico nula en relación a la disensión de gran parte de nuestras sociedades sobre si el mejor modo de acabar con un tirano es destruir a las sociedades que ya han sufrido su mal gobierno.

    Otro ejemplo constantemente utilizado, ahora para deslegitimar a la democracia, es que Hitler fue elegido en las urnas. “¿Chavez? ¿Bush? ¿Aznar? ¿Zapatero? La democracia no siempre tiene razón: Hitler también fue elegido en las urnas.” Hitler fue, efectivamente, elegido en la urnas; elegido para muchas cosas, pero para ninguna de las que hizo. Fue elegido como líder de un partido minoritario y de manera legítima y hábil utilizó ese poder para ganar la mayor influencia posible y en una sociedad fragmentada formar una alianza que bajo la pretensión de tenerle bajo control le hizo presidente del gobierno. Si ésta lógica, aunque habitual, ya es curiosa en otras sociedades (es cierto que los compromisos del poder suelen moderar a los más radicales, si bien a algunos simplemente les abre el apetito), en el caso de la republica de Weimar era especialmente peligroso ya que el canciller tenía poderes especiales para casos de extrema gravedad. Lo que sucedió a partir de aquel momento es el comienzo de la historia de guerras y exterminios de la que llevamos hablando sesenta años. Y en toda esa historia Hitler no sólo no fue refrendado por las urnas en un proceso democrático, sino que su primera acción, un mes antes de ser nombrado canciller, fue utilizar la mencionada cláusula para obtener un poder dictatorial tras el sospechoso incendio del Reichstach. Así que el ejemplo tantas veces utilizado se queda en más bien poco, debiendo más bien ser utilizado cada vez que un gobernante aprovecha el poder obtenido para explotar el sistema y obtener un poder ilegítimo (el gerrymandering de la democracia estadounidense, la delimitación de distritos para maximizar los votos, viene a la memoria) o para criticar aquellos defectos estructurales de un estado que permiten este tipo de abusos.

     La demonización de una figura histórica, ni siquiera la demonización de sus actos, no sólo no lleva a su condena, sino que habitualmente suele ser la otra cara de la impunidad: lo que unos demonizan otros defenderán glorificando. ¿Resultado? Idelizaciones por ambos bandos y pasividad y olvido en el centro. Hagamos un poco de análisis de texto, ¿es acaso la frase “el demonio con cuernos Franco mató a Pablito sin un juicio justo” un ápice más grave que la de que “el dictador Franco mató a Pablito sin un juicio justo”? La manipulación de la historia seguramente lleva a algo mucho peor que su repetición: al estancamiento y a su putrefacción. Y lleva a otro de los grandes principios de la impunidad: al establecimiento de una jerarquía de villanos a través de la cual justificar un mal menor mostrando uno mayor o, en el colmo, cuando se argumenta que un mal menor ha prevenido uno mayor. En una sociedad con garantías legales un mal menor nunca evita, sino que más bien es el camino, hacia uno mayor. Y si la sociedad no proporciona dichas garantías ya no estamos hablando de males menores, sino simplemente del superlativo, único y mayor, de que no las proporcione.

   El horroroso ejemplo del nazismo (por la influencia de las religiones monoteístas en nuestras sociedades parece que no estemos preparados para tener más de un gran Satanás a la vez), ha ayudado a eludir en muchos países el cuestionarse porqué, a la vez que explicando los contextos históricos del momento, no dejamos de contar la historia desde la glorificación de grandes genocidas (grandes militares desde la perspectiva de la época pero necesariamente genocidas desde la nuestra) como nuestro admirado Hernán Cortés. Si seguimos glorificando a los héroes guerreros, escribiendo la historia y las leyendas colectivas de nuestras sociedades en base a ellos, ¿cómo evitar que las guerras se repitan? Si la imaginación colectiva sigue siendo guerrera, ¿cómo no van a serlo los millones de imaginaciones privadas que forman esa imaginación colectiva? Hagamos esfuerzos por explicar los valores de otras épocas, los mismos que debiéramos hacer por explicar como surgieron aberraciones históricas no sólo como el nazismo, sino también como el fascismo, el falangismo o ese campo de concentración de Guantánamo con el que el mal gobernante George W. Bush ha humillado a la democracia más antigua del mundo. O cuánta gente y porqué murió en la conquista española de América o en la conquista occidental de Oriente Medio y Africa perpetuando gobiernos dictatoriales a los que poder manipular y sobornar para asegurar el control de sus recursos naturales. Los hechos son tan tristes y dramáticos que, la verdad, dice más bien poco de nuestros sistemas educativos y del tipo de capacidades análiticas que fomentan que para comprender casos como éstos tengamos que crear héroes y villanos. Especialmente teniendo en cuenta que si la demonización es una llamada a la defensa, el análisis lo es al juicio histórico y legal.

 

 

 

 

 

Foto: http://history1900s.about.com (Hitler and Archbishop Cesare Orsenigo)