Artículos 2008-2009: Turistas del Pensamiento Sexual

¡Defendamos la familia! Podría ser el título de la cuarta parte de El Padrino, pero es uno de los muchos lemas por el estilo que surgieron a raíz de la legalización (o más bien el cese de la discriminación) del matrimonio entre homosexuales. Defenderla, por ejemplo, de aquellos que utilizaban erróneamente la palabra matrimonio, ignorando (argumentaban nuestros queridos tradicionalistas) que ésta sólo define la unión entre un hombre y una mujer.  Así que ya saben: antes de utilizar la palabra esclavo deben asegurarse de la procedencia eslava del sujeto en cuestión; cuando un niño emplee la palabra chulada le preguntaremos cuándo entró en contacto con proxenetas y no consideraremos al ochenta y cinco por ciento de la población española como católica, pues la raíz de la palabra católico no dice que para serlo baste con ser inscrito como tal tras una ceremonia que ni siquiera es necesario recordar. Bienvenidos, queridos turistas, al apasionante mundo de las palabras invariables.

Escuchando a los que «¡defienden la familia!», cabe preguntarse si los homosexuales tendrán familia. No habiéndose demostrado que hayan surgido de una tomatera, deben de haber nacido en familias tradicionales, así que, siguiendo la lógica de los que dicen que es una desviación, habrá que abolir las familias tradicionales. Si se nos contesta que es el individuo quien elige sus vicios o qué es un castigo de Dios, queda entonces desmontado el principal argumento en contra de la adopción homosexual y según el cual las familias homosexuales serán viveros de más homosexuales. ¿O es qué Dios va a castigar con más saña a las parejas homosexuales? ¿Sí? ¿De verdad? Si piensan así no me extraña que vayan tan enfadados por la vida…

Se puede bautizar este debate de muchas maneras novedosas, pero bajo las mismas subyace uno que ni es nuevo ni es debate: el cambio de las costumbres sociales. Del animal de hábitos descrito por Aristóteles, al control que según Kant es la principal aspiración de todo ser humano, es comprensible que recibamos con resistencia todo cambio que haga cambiar esos hábitos y nos aboque a una espiral de novedades en la que nos parezca perder el control de la conocida rutina. Comprensible, que no admirable o ni siquiera aceptable.

El debate de las formas sociales obvia que, a la larga, las formas tienen poca importancia. A primera vista parecen decir mucho sobre lo que observamos; como turistas que, tras haber visitado los principales monumentos del país, ya dicen que han visto «lo que hay que ver». Y desde su perspectiva turística probablemente lo hayan hecho. Pero aún es el momento en el que el parlamento de un país consulte con su turista más aplicado a la hora de aprobar leyes. Para las cosas importantes; desde el arte, a la ciencia, pasando por las costumbres sociales y las leyes que las regulan; hace falta mucho más que una visión turística que esa visión turística de la sexualidad que suelen dar los sectores tradicionales.

Y es que sugerir que la condición sexual de una persona marca sus sentimientos y capacidades es darle una importancia excesiva a la sexualidad; conclusión sorprendente, por cierto, en sectores pudorosos a la hora de hablar de la misma. ¿Acaso todos nuestros actos están condicionados por pensamientos sexuales? ¿O hay que añadirle al razonamiento connotaciones homófobas sugiriendo que los homosexuales tienen dichos pensamientos más presentes que los heterosexuales?  Presentes cuando lleven al niño al colegio, cuando le preparen el bocadillo o vayan a reunirse con sus profesores; cuando hagan todas esas cosas que definen ser padre o madre y que, al menos en apariencia, no tienen nada que ver con quien decide uno acostarse.

El turismo del pensamiento es muy frecuente. En muchas ocasiones es casi inofensivo: una perpetua comprensión de todo es imposible y haría que no tuviéramos gustos; como quien critica al cantante de moda porque música es lo que hacía Pink Floyd o el que hizo lo propio con Pink Floyd porque para música la de Miles Davis y así hasta que un señor se metió con el de la cueva de al lado por ese ruido insoportable que hacía al cantar y dar golpes de piedra contra la pared. El gusto está basado en una cierta discriminación y si supiéramos del cantante de moda todo lo que sabe, por ejemplo, una chica de quince años, como sus canciones conectan con su pensamiento, con sus problemas, éxitos y fracasos, quizás lográramos escuchar determinadas canciones sin temer daños neurológicos irreversibles. Éste es, por ejemplo, un caso de pensamiento discriminatorio: criticamos lo que no entendemos. Nuestros gustos están irremediablemente basados en este tipo de discriminaciones.

Pero este pensamiento turístico jamás debe llegar al ámbito de los derechos: no es aceptable que la discriminación sea una cuestión de gusto.  Influenciados por la ficción y sus historias extremas tendemos a pensar que la discriminación es despedir a Tom Hanks de su trabajo por tener SIDA o darle latigazos a Kunta Kinte.  Pero hay racismos y homofobias menos obvios, del estilo de «yo no soy racista, pero ésto se está llenando de moros,» o «no tengo nada contra los homosexuales, ¿pero tienen que besarse en la calle?»

Si se quedara en eso, en comentarios negativos, éstos tendrían la misma importancia aquellas arengas racistas de Luis Aragonés en un entrenamiento; es decir, más bien poca, pues se dieron en un ámbito, el deporte, en el que un jugador de raza negra tiene las mismas posibilidades de triunfar y el mismo sueldo que uno de raza blanca.  Además de que las palabras del entonces seleccionador español de fútbol fueron sacadas de contexto: ¿cuántas veces habrá gritado «defendemos como maricones»? ¿Es por eso homófobo? ¿O misógino por gritar «corremos como nenas»? Como buenos turistas del pensamiento le damos mucha importancia a la forma—, “¡qué no haya pelos en el baño del hotel!”—pero poca al contenido.  Los hubo que se escandalizaron con el caso Aragonés, pero que dicen sin pestañear que están en contra de los matrimonios o adopciones homosexuales.

¿A favor de discriminar a un ser humano y privarle de sus derechos constitucionales?  Todos somos discriminados a diario. Yo, por ejemplo, quisiera ser profesor de japonés, pero, independientemente de mis derechos constitucionales, se me impide cumplir este sueño por el pequeño detalle de que no sé una palabra del mencionado idioma.  ¿Acaso no somos todos iguales? ¿Entonces por qué se me priva de mi derecho a enseñar japonés? Por no hablar de mi derecho a estar en la final del mundial. Sólo he jugado a fútbol entre amigos, así que más a mi favor: ¡reclamo mi cuota de gloria futbolística!  Nuestras sociedades del mérito están basadas en discriminar a unas personas en relación a otras de acuerdo con sus habilidades, así que la pregunta no es si alguien es o no discriminado, sino las razones que han justificado dicha discriminación. En el caso de mi intención de enseñar japonés la lógica es clara: por la supervivencia del idioma japonés es conveniente que los profesores que lo enseñen sepan alguna que otra palabra. Y en el caso del mundial pocos pagarían por verme jugar. Al menos pocos aficionados al fútbol.

De modo que llegamos al verdadero tema. ¿Hay razones para discriminar a parejas de homosexuales a la hora de casarse o adoptar? Algunos estudios sugieren que los niños que se educan con una pareja homosexual no sólo no tienen ningún problema adicional, sino que incluso tienen los beneficios añadidos de ser más tolerantes y haber difuminado los límites tradicionales de los sexos a la hora de hacer las labores domésticas. Ésto no significa, por supuesto, que las parejas homosexuales sean mejores, sino simplemente que tienen ciertas peculiaridades que, en el ambiente adecuado, pueden ser ventajas para el niño. Del mismo modo que los hijos de diplomáticos van a tener más facilidad para los idiomas. Y si los diplomáticos u homosexuales son pianistas, también para la música. Y si a los diplomáticos, homosexuales, o diplomáticos homosexuales (el ejemplo se está complicando) les gusta la petanca, probablemente, también para tan venerable deporte de riesgo. O todo lo contrario: tan común como aprender por imitación es hacerlo por oposición.  Así que en este aspecto no serán diferentes a cualquier otra familia. Éste artículo no pretende ser una loa a ningún tipo de familia, sino simplemente aclarar que la discriminación de una persona o colectivo debe estar basada en fundamentos muy sólidos. Para privar a una persona de su libertad física, por ejemplo, no basta con decir con qué no nos cae bien o que no nos gustan sus hábitos, sino que tiene que haber incumplido una ley y dicho incumplimiento debe ser probado en un proceso legal.  ¿Qué razones hay para discriminar a un individuo en base a sus orientaciones sexuales?

Hasta hace no tanto la homosexualidad se criticó (y se sigue criticando en medio mundo) con razonamientos (o mejor sería decir sinrazonamientos) del tipo»porque siempre ha sido así» o «es lo natural.» Siempre ha habido guerras y eso no significa que fueran buenas y en cuanto a la naturalidad de la procreación como consecuencia del sexo, ¿no tendrá nada que ver con que una parte muy importante del poder militar de un estado, reino o condado, era el tamaño de su población? El crecimiento demográfico ha sido relacionado en muchos momentos de la historia con poder y prosperidad, lo cual, en vista de nuestro mundo superpoblado, tal vez haya dejado de ser el caso. El personaje de Dios del Antiguo Testamento ya no les diría a los hombres que fueran fértiles y poblaran el mundo. No es cuestión de defender un modelo de vida sobre otro, sino de entender que lo natural es lo que nos hemos acostumbrado a que sea natural y que, a menudo, es lo que como especie nos ha convenido que fuera natural. En la actualidad, por ejemplo, el sexo tiene una cantidad de connotaciones que no ha tenido en el pasado. ¿Acaso esto lo hace menos natural? ¿Las fantasías no son naturales? ¿La mente no es parte de la naturaleza? No hace falta explicar que lo que era natural para un campesino de le Edad Media, tras un día entero cultivando la tierra para sobrevivir, tiene poco o nada que ver con lo que pueda parecerle natural a una sociedad algo más ociosa como la nuestra.

Últimamente el debate ha variado ligeramente y el ataque a la homosexualidad ha derivado en defensa de la infancia. Es decir, los derechos del menor priman sobre los del ciudadano. Les reconozco que puedo ser convencido de que un hijo de homosexuales, en el año 2008, tenga ciertas desventajas con respecto a los hijos de parejas convencionales. Problemas, por cierto, menores que los que hubieran tenido hace dos, cinco o diez años. Y que decir de 1955, mal año donde los haya para tener padres o madres (o padres y madres) del mismo sexo. Se ha hablado de la crueldad de los niños como si ésta no fuera un reflejo de la de sus mayores. ¿Recuerdan aquellos niños gitanos y magrebíes a los que los padres de sus compañeros quisieron impedir que compartieran aula con sus hijos? ¿Es eso beneficioso para el menor? Poniéndome mi disfraz de Freud les diré, por ejemplo, que el que todo un colegio se movilice contra tu familia podría generar cierta desconfianza por parte del menor en la decisión de las mayorías y, por tanto, en la democracia.

«La mayoría quería sacarnos del colegio…; ¿la mayoría siempre tiene razón?»

Afortunadamente, la mayoría era otra y los tribunales intervinieron. ¿Pero acaso se recomendó entonces a gitanos y magrebíes que no tuvieran hijos pues, en cuanto a su escolarización, partirían con desventajas? O aquellos tiempos, no tan lejanos, en el que los niños miraban de manera extraña a sus compañeros cuyos padres estaban divorciados. Parte de la educación de un niño es explicarle que algunas personas, víctimas de la ignorancia, cometerán actos por los que, lejos de sentirse agredidos, tienen que sentir compasión. ¿Desde cuándo la víctima de una discriminación tiene que pagar por los efectos nocivos de esta discriminación siendo víctima de una nueva discriminación? ¿Qué hubiera pasado si hace doscientos años se hubiera hecho un estudio de inteligencia de las personas de raza negra? Posiblemente se hubiera llegado a la conclusión de que su inteligencia era menor que las de las personas de raza blanca. En primer lugar, los blancos habían definido el concepto de inteligencia (libros, estudios, cultura, etc.), e, independientemente de definiciones, los blancos llevaban cuatrocientos años de ventaja.  Así que había muchas más posibilidades de que el próximo Shakespeare fuera blanco que negro. ¿Era un razonamiento válido para decidir que los negros no debían tener acceso a la educación?  Sabemos que hubo quien lo defendió y sabemos, por supuesto, que no tuvo razón y por qué no la tuvo.  Y años después sabemos que algunas de las grandes figuras del arte y pensamiento del último siglo americano han sido afroamericanos.

Así que para sustentar una discriminación hay dos puntos a probar. En primer lugar, que un niño que crezca en un hogar homosexual va a tener desventajas tangibles. En segundo, que éstas desventajas, de existir, no provienen de pasadas discriminaciones. La lógica de éste último punto es que una vez cesen las discriminaciones también lo harán los efectos negativos para el niño. Sin probar estos dos puntos cualquier medida caerá en la infinita crueldad de penalizar a la víctima por el simple hecho de ser víctima.

Analicemos ahora algunos de los argumentos esgrimidos en contra del estilo de vida homosexual. Se ha hablado de la menor estabilidad de las parejas homosexuales, olvidando que se han comparado a matrimonios heterosexuales y que el matrimonio es un factor de estabilidad y un paso previo a otros factores de estabilidad, como la compra de una vivienda o la educación de unos hijos. ¿Qué es la estabilidad? En los últimos tiempos ha bajado el número de parejas que seguían casados por presiones sociales o impedimentos legales; desde el punto de vista de los hijos, ¿les hace eso parte de un núcleo familiar menos estable? ¿Cómo se mide la estabilidad? ¿Sólo por el número de años que una pareja, que quizás no se soporta, vive bajo el mismo techo? ¿O es más bien un valor espiritual? ¿Dos miembros de carácter inestable que no se divorcian forman una familia más estable que dos miembros de carácter estable que lo hacen?  Aún aceptando la estabilidad como un valor positivo, hay mucho que debatir sobre como definirla y el que una pareja homosexual permanezca menos tiempo unida—entre otras cosas porque sólo recientemente ha accedido a factores de estabilidad como el matrimonio o la adopción—, sigue sin justificar ningún tipo de discriminación.

También se ha comentado que alterar la familia tradicional lleva a todo tipo de aberraciones. Por ejemplo, a familias de seis cónyuges. «O quince, ¿por qué no?», preguntan algunos convencidos defensores de la moral tradicional. A lo que les contestaría: «sí, ¿por qué no?»  Pero en todo caso la conveniencia o no de familias de seis o quince cónyuges es otro debate y quererlo mezclar con éste demuestra las limitaciones del argumento con el que se justifica la discriminación que nos ocupa en éste artículo. Y es que la exageración de la posición contraria, al estilo de que no hay que investigar con células madre porque sería abrir la puerta a experimentos genéticos, es uno de los más viejos instrumentos argumentativos. ¿O qué decir de los que dicen que aceptar todas las tendencias sexuales es abrir la puerta a qué un pederasta diga que su tendencia sexual son los niños de 10 años? Si yo digo que mis tendencias sexuales incluyen comerme mujeres de dieciocho años, ¿acaso no violo la ley porque seré heterosexual y respetaré la mayoría de edad? Para eso están las leyes. Las leyes no hablan de lo que es bueno o malo en términos absolutos, sino de lo que una sociedad ha acordado como bueno o malo. Hasta ahora habíamos acordado como buena la heterosexualidad y mala la homosexualidad. Ya no es el caso y otros temas son precisamente eso: otros temas.

Otro de los perjuicios apuntados es que en una familia de miembros homosexuales no habrá un padre y una madre. ¿Pero qué es un padre y qué una madre? No hablamos de progenitores, si lo hiciéramos las parejas heterosexuales tampoco podrían adoptar, sino de figuras paternas y maternas. Los tradicionalistas dicen que las madres están más capacitadas para cuidar de sus hijos y los padres para lograr el sustento económico. La segunda parte ya ha sido rebatida por la emancipación de la mujer, así que pasemos a la primera: ¿no serán las mujeres mejores madres porque sus expectativas han estado circunscritas al papel de madre? Incluso cuando trabajaban era siempre y cuando no interfiriera con lo que se llamaban sus verdaderas obligaciones. En la actualidad las parejas jóvenes comparten las labores domésticas y, cada vez más, el cuidado de los niños. En cuanto a quien ha llevado el niño donde durante nueve meses no hace falta ser escritor de libros de ciencia ficción para imaginarse una sociedad en la que la mujer le diga a su hombre:

«Yo ya he hecho mi parte durante nueve meses, ahora te toca a ti…»

O una más cercana en la que, analizando las obligaciones profesionales y los momentos personales de los dos cónyuges, la pareja decida quien de los dos toma la baja por maternidad o paternidad. Así que repito la pregunta: ¿qué es un padre y qué una madre?

Para terminar, decirles que no sé, ni falta que hace, si el mundo que viene me gusta.  Como he dicho antes, somos individuos nostálgicos y bastante desconfiados al valorar el porvenir: lo antiguo es cultura, lo de nuestro tiempo calidad y generación tras generación repetimos la idea de que las nuevas generaciones ya no viven según los «verdaderos valores». Pero el gusto no tiene nada que ver en todo ésto y si lo tiene, si hemos reducido el debate sobre la discriminación de las minorías a lo que nos gusta o no, permitan que les informe, amigos de la moral tradicional, de que están privando a seres humanos de sus derechos por una cuestión de gusto y de que las leyes tienen como objetivo principal evitar que nuestras sociedades sean regidas por valores estéticos. Si lo que me dicen es que no les gustan las parejas homosexuales o la idea de que adopten niños, me encogeré de hombros y, con una condescendencia que no les hace bien ni a ustedes ni a mí, me reafirmaré en la idea—estética y de gusto, así que le tengo cierto cariño: la nostalgia, el hábito y la necesidad de controlar el mundo de las que hablaba antes—, de que el mundo está lleno de imbéciles. Y lo está. Y si no lo está no pasa nada, pues no propongo privar de derechos a los que me parecen imbéciles. Privar de derechos, eso es lo que se argumentó hace no tanto tiempo y por eso encogerse de hombros no fue suficiente. Ni lo fue ni lo es. No es necesario que eliminemos los prejuicios nostálgicos de nuestra identidad, pero es inadmisible que no los erradiquemos de nuestras leyes.

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Artículos 2008-2009: El Caso Turco y el Folclore Civilizacional

Una cierta legitimidad moral es necesaria para cualquier fuerza política emergente, razón por la cual todos los imperios han conquistado en nombre de la civilización y el progreso. No ha existido, afortunadamente, el imperio que haya conquistado en nombre de la crueldad y la sangre de inocentes; ni tampoco, desgraciadamente, el que lo haya hecho bombardeando libros o amenazando a sus enemigos con partituras de música enrolladas. Con ésto no quiero decir que la legitimidad moral siempre sea el embrión de un imperio o una hipócrita excusa para la dominación, sino simplemente que hay un punto en la carrera imperial en el que la civilización se convierte en una simple cantinela para conseguir unos fines.

Es difícil decir con exactitud cuando Estados Unidos pasó este punto clave. Entró en las dos guerras mundiales de manera reticente y frente a la oposición de gran parte de su población—por aquel entonces, curiosamente, los idealistas eran los que abogaban por la necesidad de intervenir y los pragmáticos los que apuntaban a la conveniencia de no inmiscuirse en los asuntos ajenos—, y aunque se benefició económicamente de ambas, éstos beneficios parecen más una consecuencia que una motivación. Tal vez fue sólo durante la segunda guerra mundial, con sus vergonzosos bombardeos nucleares y la posterior e inquisitorial lucha contra el comunismo, cuando los fines comenzaron abiertamente a justificar los medios, iniciándose una etapa de intervencionismo que ha tenido en Vietnam uno de sus episodios principales y en la sangrienta postguerra de Iraq, esperemos, su epílogo.

El progreso de la Unión Europea también ha estado basado en una aparente legitimidad moral. De momento sus miembros han visto a la UE como un factor de potenciación más que de supresión y algunos de sus pilares clave, como la libertad de movimiento del trabajador o unas normas de entrada claras y justas que no hacen distinción entre candidatos (dentro, de momento, de unos límites geográficos), han contribuido a esta sensación. El momento de la cantinela civilizacional aún parece lejano, si bien algunas de las reacciones surgidas a raíz de la futura entrada de Turquía en la UE (en el caso, claro está, de que Europa cumpla sus compromisos), debieran hacer que nos preguntemos si no nos estaremos acercando a ese peligroso punto en el que el fin comienza a justificar los medios.

Es triste contemplar que, como una rémora del subconsciente de la peor Europa; de la que mandó a Hitler y Napoléon a través de las estepas rusas o de la que esperaba relamiéndose la ruptura del imperio otomano; nuestra laica, libertaria y relajada Europa (o así hemos querido vernos); esa que en las últimas décadas ha tratado de postularse como fuerza global de cambio en el orden internacional frente a la que se mostraba (de nuevo tratamos de percepciones) como religiosa, intervencionista y agresiva América; ha sacado esa vena santurrona y folclórica que los propios estados intentaron suprimir en su relación con la UE. La laica europa ha sido más una unión de objetivos que de folclores: por eso ha funcionado. Pero por lo que parece el folclore siempre contraataca.

En el debate turco nos encontramos entre dos posiciones históricamente muy europeas. Por un lado, la obvia, la de los que quisieran que Turquía no formara parte de la unión en defensa de una supuesta identidad cristiana. A lo que cabría añadir: si nada ha unido y relacionado a las naciones europeas tanto como sus guerras, ¿debiéramos declarar como patrimonio europeo los lugares en los que nos hemos matado en los últimos doce siglos y matarnos de vez en cuando para no olvidarnos de quién somos y de dónde venimos ? Nada ha unido y separado tanto a los europeos como, por este orden y cuando no han ido juntas, las guerras y las religiones de estado; de modo que si es exactitud lo que buscamos en nuestra definición indentitaria debiéramos añadir belica a cristiana y ya de paso hacer notar que nuestro respeto por la vida individual ha sido tan grande en la teoría como inexistente en la práctica, como demuestran los millones de vidas sesgadas en las variopintas contiendas europeas. ¿Es ésta una verdad incómoda? Al contrario, es simplemente falsa. Por primera vez en la historia europea la vida es cara, como demuestra que ninguno de sus estados tenga el derecho a quitarla. Con independencia de lo que el continente europeo fuera en el pasado, la Unión Europea no es ni bélica ni cristiana.

En el polo opuesto del debate, están aquellos que, fieles a la mejor tradición colonizadora europea, argumentan que Turquía debiera entrar en la UE para salvarla del radicalismo islámico. Según este razonamiento la conveniencia de Europa es sólo indirecta y en la medida que se evitará la desestabilización o radicalización de un importante vecino: conviene alejar Oriente y Asia del Bósforo y poner una pared de laicismo y razón que proteja a Europa. Oyendo ciertas declaraciones parece como si, de no entrar en Europa, Turquía fuera a mudarse a otra región; teniendo en cuenta que sin pertecenecer a la Unión Europea ha sido capaz de evitar el radicalismo islámico, ¿qué razones hay para pensar que no pueda seguir evitándolo en el futuro? Así que no asumamos que Oriente cambiará a Turquía; de no entrar en la UE, la laica Turquía tal vez pueda ser el líder regional que ayude a Oriente a seguir evolucionando. Así que no estamos debatiendo una cuestión apocalíptica, sino de intereses.

Nada más lejos de mi intención que idealizar la actual sociedad turca. No es libre, desde luego, una sociedad en la que no se puede debatir sobre el genocidio armenio o en la que no se puede cuestionar la figura de Ataturk o las bonanzas del Kemalismo. Dicho ésto, y especialmente tras las recientes aventuras occidentales de ingeniería social en Oriente Medio, tal vez debiéramos aprender que todo terreno ganado por una sociedad para la democracia es una ganancia y no, como cuando juzgamos otras democracias (al analizar las nuestras siempre somos más benévolos), cada elemento carente un factor de descalificación. La denuncia y la resignación ante las violaciones de los derechos humanos jamás pueden ser parte de la misma ecuación, pero sería conveniente que dejáramos de utilizar las denuncias con fines ulteriores. Hay una gran diferencia entre denunciar que Turquía no respeta los derechos humanos y recordar que ninguna democracia que no lo haga entrará en la Unión Europea, a decir que Turquía no respeta los derechos humanos, pues no respetar los derechos humanos forma parte de la identidad musulmana y ya se sabe que el Islam, desde sus comienzos, etc. etc.

En cuando a la europeidad de Turquía, decir que la antigua Constantinopla, capital durante diez siglos del imperio romano oriental, no pertenece históricamente a Europa es, incluso en un debate tan abstracto y futil como éste, simplemente indefendible. Para quien date la no europeidad de Turquía desde los tiempos otomanos, añadir que muchos antiguos territorios del imperio otomano; todo el mar adriático, desde Eslovenia a Croacia, han entrado con la mayor de las normalidades culturales en la Unión Europea. O que decir del deporte: si el deporte es política para populistas recalificaciones urbanísticas tal vez debiera serlo también para la europeidad de un territorio. Y Turquía, como Israel, juega competiciones europeas. Culturalmente Israel podría ser parte de la UE, otra cosa es que quiera serlo, y lo mismo puede ser dicho de Turquía. No hace falta buscar declaraciones de antiguos presidentes británicos sobre Turquía, tal y como hizo el primer ministro turco Erdogan, para aceptar una europeidad que es muy difícil rebatir.

Claro que todo ésto es dar vueltas al verdadero tema: la religión. Los ciudadanos turcos, que no un estado donde la defensa del laicismo ha llevado incluso a levantamientos por parte del ejército, profesan individualmente una religión diferente a la mayoría de ciudadanos europeos. ¿Supone el Islam un obstáculo insalvable para la vertebración del pensamiento individual democrático? ¿Acaso lo supuso el cristianismo cuando, tras siglos de obstrucción, por fin se separó del estado? Ni siquiera lo supuso en su vertiente católica, en la que hace sólo unas décadas seguía controlando (desde Portugal a Italia pasando por España y América Latina) los resortes de poder del estado. Es una pena que nos olvidemos de que en Europa sufrimos problemas casi idénticos a los del mundo islámico mientras no se separaron la iglesia y estado. No son las religiones, sino los estados, los que deben y pueden garantizar los derechos humanos. ¿Dejaríamos en manos de la jerarquía católica los derechos de los ciudadanos homosexuales o la prevención de la violencia sexista?

Nadie criticará, ni siquiera Turquía, a la UE por establecer unas normas de entrada firmes y justas. Lo que no es permisible para un estado candidato no lo es para otro, pero la demostración de que el verdadero tema no es la apertura de sus puertos en el norte de Chipre o los derechos humanos, es que nuestros líderes políticos no han hablado de como solucionar tan preocupante situación, sino de cuestiones civilizacionales, de que porcentaje de la población está a favor de la entrada de Turquía (se dice que un 20%, lo cual, según las mágicas reglas de la estadística, no significa que el 80% esté en contra) y de lo que piensan el señor Sarkozy, la señora Merkel o el señor Ciudadano D.A. Pie. ¿Y los puertos de Chipre? ¿Y los derechos humanos? Todo lo demás ya debiera de estar superado. La cuestión ya no es si Turquía debiera entrar, sino si cumple con las condiciones de convergencia estipuladas.

Una vez aceptado que la entrada de Turquía en la UE no debiera adquirir tintes apocalípticos, ni a favor ni en contra, sino de intereses, señalemos algunos de los más obvios. El interés de Turquía es claro: entrar en un mercado libre y de garantía de derechos humanos de cerca de una treintena de países y quinientos millones de personas. ¿Y el de Europa? Oyendo a los democristianos uno se pregunta como los mismos que luego se manifiestan indefectiblemente a favor del mercaco libre se escudan en una ambigua cuestión religiosa a la hora de razonar el porqué impedir la entrada de un mercado de más de setenta millones de personas y con una media de edad 20 años más joven que la europea. Los conservadores europeos suelen referirse a sí mismos como liberales económicos: no estaría de más que fueran un poco más consistentes a la hora de demostrarlo.

En cuanto a la presunta diferencia cultural, sugerir que la diferencia, con la aceptación de unas reglas comunes económicas y de derechos humanos, es una ventaja más que un inconveniente. El progreso humano (y especialmente el del individualista occidente) siempre ha estado basado en la diferencia. La diferencia estimula, rompe rutinas, y hace salir del acomodamiento tanto a nivel personal como social. Y todo estos presuntos beneficios potenciales se están arriesgado, no por lo decidido democráticamente tras una exposición de argumentos, sino por una vaga idea de lo que quiere o piensa la población sobre un debate que aún no hemos tenido. No ha habido explicación ni argumentación, sino simple superchería social. ¿Cuándo la Europa de la razón se ha convertido en la Europa de las encuestas de opinión?

El caso turco pone, como el reciente referéndum en Irlanda, pone de manifiesto uno de los grandes problemas de la Europa del futuro: la representatividad. La unanimidad y el consenso está bien en una comunidad de vecinos en la que los intereses de la mayoría nunca pueden superponerse a los intereses de cada uno de los miembros. Pero en una comunidad mayor el consenso puede significar que una pequeña parte de la comunidad tenga secuestrada a la mayoría. Con todos los respetos para los votantes de los líderes antes mencionados, no parece justo que lo que diga una parte de un país importante marque el futuro de toda la Unión.

Creo que éstos son los temas sobre los que deberíamos hablar; no tanto sobre si debe haber más miembros (¿por qué no si se cumplen las normas de convergencia?), sino de cómo hacer Europa una mejor institución y como conseguir, sin invadir las competencias de los estados, que haya una mayor representatividad. Es posible que a Europa sólo le hayan entrado las dudas cuando ha comenzado a preguntarse que era. Unas dudas no sólo legítimas sino incluso necesarias, pues éstas suelen diferenciar al progreso de la huída hacia adelante. Pero una vez hemos reflexionado, ¿qué tal si siguiéramos adelante con la mejor organización internacional creada por el hombre en toda su errática y beligerante historia? Cierto que el listón no estaba muy alto (y la peste Bushónica lo ha seguido bajándolo), pero aún así los logros de la UE en las últimas décadas son innegables. Así que enfrentémonos de una vez a la pregunta a la que toda comunidad tiene que enfrentarse tarde o temprano: ¿qué hacer cuándo no estamos todos de acuerdo? Va ser un proceso difícil con o sin Turquía. Ojalá sea con. Y ojalá dejemos las cantinelas civilizacionales para el lugar del que nunca debieron salir: los libros de historia de la propaganda.

Foto: Hagia Sophia, http://www.byzantines.net/

 

Artículos 2008-2009: La Postbushonía o la Ciencia de un Sócrates a su pesar

 

 

Si creía, estimado lector, que nunca iba a oír las palabras Bush y ciencia en la misma frase, (especialmente si ésta a la vez no contenía destrucción o cualquiera de sus sinónimos), ese más-difícil-todavía del circo de las palabras está a punto de ocurrir. Ahí va: los efectos de la administración Bush nos obligan y son la oportunidad perfecta para crear una nueva ciencia. Y he dicho ciencia: nada de conceptos pequeños como disciplina o escuela de pensamiento. O nombres prestados del tipo estudios de «Ciencias para…» o «Estudios de…»; o uno de esos neos, paras o pans de los que el mundo está lleno.

   Por la importancia de su misión, bien merece que en la génesis de nuestra ciencia hagamos un esfuerzo en terminológía y encontremos un nombre rotundo: la Postbushonía. ¡Postbushonía! Bueno, no será será perfecto, pero si los comienzos lo fueran entonces ya no serían comienzos, sino comienzo y final, lo cual nos crearía una nueva gama de problemas que, francamente, no me atrevería a intentar resolver en este artículo. El nombre de Postbusnonía suena lo suficientemente enfermizo, algo así como una pulmonía postBush. Las ciencias, aunque su objeto sea enfermizo, tienen la misión de curar, avanzar, progresar…; de modo que que al final la única virtud de mi nombre no es tal, sino más bien otro defecto, ya que refleja mucho la enfermedad y poco la curación.

   La nueva ciencia, para empezar, tendrá dos facetas diferenciadas: reconstrucción y viejas vergüenzas al descubierto; arreglar lo estropeado en estos ocho años y entrar por fin en esos temas que de no ser por la involuntaria colaboración de la administración Bush hubiéramos podido seguir ignorando durante unas cuantas décadas más.

   Comencemos por la primera función, sin duda la más aparente, pero no necesariamente, como veremos más adelante, la más extensa. La reconstrucción será la del humanismo europeo, incluyendo los progresos aportados al mismo por la república americana desde su creación a finales del siglo XVIII. Paso primero: construcción por destrucción, adición por sustracción; es decir, hacer desaparecer, a ser posible con pompa y circunstancia, insultos a la inteligencia y decencia colectiva como Guantánamo, las torturas legales (que esta contradicción en términos se haya convertido en aceptada ya debiera mostrarnos lo equivocado de nuestro camino); la subcontratación de torturas a países con menos escrúpulos legales (como si con prácticas de este tipo a EE.UU. demostrara tener muchos), o esos interrogatorios creativos, tales como la privación de sueño del interrogado, cuya denominación, como aquella contabilidad creativa de Enron que llevo a la ruina a miles de pequeños accionistas, utiliza las palabras para esconder la realidad. Exactamente la función contraria a la que, por definición, debieran tener las palabras. ¿Definición de quién? ¡De todos aquellos que al lavarse las manos no lo hacen con una cuchilla a la que han decidido llamar jabón y que no se afeitan con una pastilla perfumada de formas romas a la que han llamado cuchilla! Las palabras se pueden usar para desinformar, pero sólo sirven para informar. Así que dejemos de llamar a las torturas interrogatorios creativos…

   Resultado del análisis preliminar: la reconstrucción del mundo anterior a Bush va a ser una ingente obra de esa misma ingeniería política de la que los neocons y Bush decían huir y que terminaron practicando con la pasión del converso.

   El segundo elemento de la Postbushonía, tal vez el más importante, es la gran cantidad de vergüenzas que la administración Bush ha dejado al descubierto. El gobierno de W. Bush ha sido a la sociedad internacional lo que el huracán Katrina fue a la administración Bush: las infraestructuras eran insuficientes antes del huracán y lo eran antes de Bush; él no creó las vergüenzas de la sociedad internacional, simplemente las ha dejado al descubierto, y será culpa de todos si dejamos que una rama de olivo del estilo de Obama o la simple desaparición de W. vuelvan a taparlas. Así que, lo que son las cosas, Bush es un Socrates a su pesar, un apuntador de verdades. Como Socrates, Bush ha puesto las bases para que sus interlocutores encuentren la verdad. De hecho ha ido más lejos y con su incompetencia las ha puesto también para que no sigamos perdiéndola.

   La verdad es que sólo con juegos de palabras podremos juzgar de forma positiva a esta catástrofe natural; esta plaga bíblica que sospecho que el antiguo testamento hubiera tenido el buen gusto de hacer durar siete años y que la democracia, siempre generosa, ha hecho durar uno más. No es sólo el tiempo perdido: teniendo en cuenta el que cada uno de nosotros pierde en concursos, culebrones y eventos deportivos varios, éste parece ser lo de menos. Los seres humanos a los que se ha dejado de alimentar; el progreso en todos los continentes que se ha dejado de llevar a cabo; con ser todo ésto importante, las abstracciones del bien no realizado palidecen al ser comparadas con la desestabilización quirúrgica de regiones enteras y de todo lo que es digno en nuestro ordenamiento jurídico internacional. El bien no hecho entra dentro del negociado de la torpeza, pero desgraciadamente Bush ha sido mucho más y mucho menos que un mal presidente.

   Su presidencia, en combinación con el proceso de laicidad vivido por la práctica totalidad de las democracias en las últimas décadas, ha hecho que las guerras ya no sean cuitas divinas, sino simples empresas mercantiles. Este es una avance nada despreciable. No está claro que sea más fácil luchar contra la economía que contra Dios (o cuando Dios era la excusa para la economía/poder), pero facilita el proceso de comprensión de las guerras, aunque sea de comprensión de porqué no somos capaces de evitar las guerras. Si los grandes comerciantes de la guerra pudieran hablar con una sola voz (teniendo en cuenta la atrocidad de la empresa parece difícil que estos intereses no sean controlados por una reducida oligarquía comercial guerrera; si bien, a su vez, teniendo en cuenta la persistencia de la humanidad en la actividad guerrera, parece difícil que ésta no se deba a una intención guerrera colectiva); como iba diciendo, si los belicistas pudieran hablar por una sola voz, seguramente se sentirían más seguros defendiendo la causa de Dios que la del dinero. En nuestra sociedad, Dios simboliza lo inexplicable y pasional (si bien viene a cubrir algo tan poco inexplicable como que necesitemos un escape ocasional de nuestro mundo de razones, algo así como una borrachera ideológica ocasional), de modo que cuando nos preguntamos porqué ha comenzado una guerra o disputa, siempre sera más fácil justificarla con palabras a las que el desgaste de la historia haya convertido en meras abstracciones, tales como Dios, nación, historia, o libertad. Por eso es tan importante que sigamos hablando de seguridad y economía, ya que al hacerlo entramos en el concepto de lo analizable. ¿Realmente vivimos en un mundo más seguro? ¿Se beneficia económicamente la comunidad humana de las guerras? Ya podemos imaginarnos los perjuicios de perder una guerra, ¿pero resulta rentable ganarla? Al fin y al cabo el 100% de la guerra es subvención estatal, ¿y los beneficios? ¡Y los hay que se quejan de que el cine sea subvencionado! Es curioso comprobar como algunos de los mayores críticos de las subvenciones culturales participan luego con tanto fervor de la más subvencionada de las representaciones artísticas…

   La vida será más triste para algunos al descubrir que no hay dioses o naciones por los que morir (o tal vez sería más correcto decir por los que puedan morir otros: como tantas veces el concepto cristiano del martirio ajeno), pero el asco que sentiremos al interpretar la guerra como un asunto perfectamente humano y comprensible durará sólo hasta que nos pongamos a resolver la ecuación guerrera. Tal vez el gran logro del siglo XXI, el de la relatividad moral tantas veces criticada, sea convertir la guerra en algo pequeño y resoluble como todo lo humano.

   Al resolver la ecuación descubriremos dos cosas: primero, que la guerra es muy rentable para unos pocos, pero para la comunidad es el más ruinoso de los negocios. Peor aún: se corresponde exactamente con la definición de negocio ruinoso. Y, segundo, que aunque fuera negocio debe, como el capitalismo, atenerse a unas reglas. En un simulador de una sociedad sin reglas, ésta siempre acabará en dictadura; un capitalismo salvaje y sin reglas acaba necesariamente en monopolio, peces comiéndose a otros, los peces cada vez más pequeños y el hegemón cada vez más grande, hasta que sólo queda un rey o dictador atemorizando al resto. Una dictadura no es más que un mercado libre sin reglas. Quien primero acceda a los recursos de la sociedad, primero podrá instrumentalizarlos y someter al resto.

   ¿Libertad? ¿Capitalismo? Afortunadamente nuestras sociedad están llenas de regulaciones. Regulamos, por ejemplo, que el ansia de provecho no justifique la ausencia de servicios sociales; lo hacemos por planificación a largo plazo: del mismo modo que desde el punto de vista de la sociedad no hay peor inversión que la guerra (definición de destrucción de recursos) no hay mejor inversión que la educación (creación de oportunidades, no necesariamente monetarias, para el individuo). Si la guerra fuera provechosa, sería un negocio indigno, ¡pero es que ni siquiera es negocio! Y encima está penosamente organizado. Si realmente la industria guerrera tuviera que competir en el libre mercado, para empezar, los efectos nocivos de dicha industria justificarían impuestos e indemnizaciones millonarias. Así que desdramaticemos la guerra; el drama que ha supuesto para la humanidad la administración Bush debiera permitirnos ese grado de sano cinismo: la Postbushonía nos ayudará a que ninguna disciplina se quede fuera del frío análisis. No hablemos de luchar contra las guerras por humanidad o decencia, sino que hagámoslo como se lucha contra el tabaco. ¿Ha habido publicidad engañosa? ¿Se ha hecho atractiva para los menores con dibujos animados y películas de John Wayne o Bruce Willis? ¡Abogados a trabajar! Las guerras ya no tienen que desaparecer, sino que ser resueltas. A falta se santos, buenos serán matemáticos.

   Hace ocho años, imbuídos de nuestra grandilocuencia civilizacional, hubiera sido imposible resolver o ni siquiera crear la ecuación de la guerra; justificábamos nuestra inactividad argumentando que las herramientas (tales como el derecho internacional o las organizaciones internacionales) ya habían sido creadas y que era sólo cuestión de lograr un mejor funcionamiento. Necesitamos una nueva salud internacional y no son ejércitos los que nos la traeran, sino abogados, juristas, filósofos, matemáticos, economistas: realmente cualquiera que no vaya disfrazado de soldado. Resolver la ecuación de la guerra con leyes, teorías e impuestos…; todas esas imperfectas herramientas humanas que harán que cinco minutos después de crearlas ya las estemos criticando desde nuestras burguesas existencias, pero que al menos impedirán que sintamos ganas de vomitar al preguntarnos ¿qué tal es la sociedad en la que nos ha tocado vivir? Así que tal vez estemos más cerca del final de las guerras de lo que lo hemos estado en nuestra accidentada historia como especie. Bush ha logrado lo que ni cien partidos verdes lograrían: la victoria del pacifismo. Ahora queda lo más difícil para toda ideología, que es recolectar el premio. Y hacerlo antes de que los que la han apoyado (la causa) lo hagan suyo (el premio).

   Este es, señor presidente W., su legado. Que gran logro: ya ve que he conseguido otorgarle un papel brillante en la historia. ¿Habrá entonces causa o tema que se me resista? Gracias, gracias, realmente los aplausos son merecidos…Así que creo que éste es, señor presidente, un buen momento para irse, no espere los meses que aún le quedan, simplemente deje las llaves sobre el pupitre del despacho oval, y ovalesé a donde nunca más volvamos a saber de usted. Sólo así le dejaremos tranquilo y podrá evitar que le sometamos a los númerosos juicios internacionales que, como representante de su equipo, se ha ganado a pulso…

   Bueno, de esto y otras cosas por el estilo, se ocupara la ciencia de la Postbushonía, la ciencia de ese Sócrates a su pesar…

 

 

 

 

 

Foto: http://www.spanisharts.com (J.L. David, La Muerte de Sócrates,1787)

Artículos 2008-2009: Demonia Histérica Colectiva

 

 

La historia no necesita humanizar lo que demoniza. Tal vez porque su utilidad sea tan obvia que no necesite cualidades redentoras; como sí las necesita, por ejemplo, la literatura, que tiene en la humanización de sus demonios la cualidad que justifica su a menudo torpe existencia práctica. Muchos se han preguntado para qué sirve la literatura y han vaticinado mil veces su muerte (en la lápida suele poner «el final de la novela»), mientras que nadie, de momento, se ha preguntado para qué sirve la historia. Y desde esa fortaleza conceptual la historia no tiene porqué comprender, aunque es de agradecer cuando lo hace, sino sólo contar y explicar. Una novela en los que los buenos fueran divinamente buenos y los malos satánicamente malos sería inmediatamente rebajada a la categoría de simple entretenimiento, mientras que, por el contrario, los historiadores pueden no sólo tomar partido, lo cual es inevitable al enfrentarse a un papel en blanco, sino ni siquiera tomarse demasiadas molestias a la hora de explicar las motivaciones de los antagonistas de su personaje estudiado. Ésto no es necesariamente negativo (el análisis histórico es tan minucioso que parece imposible que el estudiado no acabe pareciendo sobrehumano), pero el proceso de deshumanización de la historia y especialmente el de los hechos históricos más negativos de la misma conduce habitualmente a una manipulación e utilización que llamaría peligrosa sino fuera porque los realmente peligrosos son los seres humanos que la manipulan y utilizan. Así que completando la celebérrima frase de Santayana de que «los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla» podríamos añadir «y los que la conocen de forma dogmática a instrumentalizarla.»

     El caso del nazismo y de la segunda guerra mundial es paradigmático. En primer lugar habría que preguntarse si es necesario demonizar, con la justificación de no repetir un proceso similar, a un movimiento que asesinó a millones de personas y convirtió a decenas de millones más en seres vociferantes, gregarios e insensibles al dolor ajeno. Dicha demonización tiene como efecto secundario que a menudo se obvie que el pueblo judío ha sido expulsado de otros lugares (más que por odio racial como atajo de sociedades en crisis a sus riquezas) con procesos similares. Desde los progromos de la Rusia zarista, pasando por la Inquisición española, hay muchas vergüenzas nacionales que el nazismo está ayudando a esconder en la memoria colectiva.

     Se puede argumentar que lo terrible del exterminio nazi fue la deshumanización mediante la cual se llevó a cabo el mismo. La Inquisición, por el contrario, prestaba gran atención al individuo; minuciosa, incluso clínica, especialmente a sus órganos no vitales en un intento de lograr esa confesión que los avances legales habían hecho necesaria antes de la ejecución de un reo. En el nazismo, por el contrario, la imagen que nos viene a la mente no es una de febril religiosidad, sino la de un frío y eficiente matadero. Puede que subconscientemente perdonemos a los inquisidores por locos del mismo modo que condenamos a los nazis por su horrorosa apariencia de cordura. Pero si lo que nos espanta es la forma casi industrial en la que millones de personas murieron en pocos años, ¿qué decir de cómo murieron cientos de miles de japoneses en Hiroshima y Nagasaki en dos días? Y sin embargo, esos asesinatos no viven, parafraseando la famosa frase sobre Pearl Harbour, en la infamia, sino que se suele argumentar que salvaron millones de vidas. En este caso la deshumanización de la muerte no parece ser un problema.

     Pasemos a ejemplos específicos. ¿Cuántas veces ha sido manipulado el apaciguamiento a Hitler por parte de Chamberlain y las potencias aliadas en relación a otras contiendas? Cuando Bush (W.) fue criticado por invadir Irak de forma ilegal, muchos recordaron entonces la política del apaciguamiento y las similitudes con la segunda guerra mundial, argumentando que la ONU estaba actúando como Chamberlain al acordar la paz de Munich en 1938, en la que permitió a Hitler la anexión de los Sudetes, una región de mayoría alemana de Checoslovaquia que se había rebelado, con el apoyo del régimen nazi, contra el gobierno checoslovaco. No se podía apaciguar o negociar con Sadam Hussein, se dijo, del mismo modo que no se podía negociar con Hitler.

     Desde la perspectiva de 2006, ciertamente, el nombre de Hitler y el concepto del apaciguamiento no parecen ir muy bien en la misma frase. Fue una política errónea y rectificada rápidamente. Y fue el propio Chamberlain, por cierto, y no Churchil, como suelen decir algunos ávidos lectores de biografías guerreras, quien cambió de política y declaró la guerra a Alemania cuando ésta se anexionó Checoslovaquia y Polonia. Errónea no tanto por el hecho de que los aliados intentaran apaciguar a Hitler (si alguien necesitaba ser apaciguado ese era Hitler), como por el hecho de que lo hicieran a base de violar el derecho internacional cediendo un territorio de otro estado soberano. Como el policía que tiene bajo su custodia a un violador y le intenta apaciguar y tranquilizar con un par de palmadas y fumando un cigarrillo juntos, el problema comienza cuando incluso sin palmaditas y cigarrillos y llamándole cerdo violador le deja libre. Así que no es el apaciguamiento, sino los métodos utilizados para el mismo los que debieran pasar a la historia como un error político; siendo la relevancia del ejemplo histórico nula en relación a la disensión de gran parte de nuestras sociedades sobre si el mejor modo de acabar con un tirano es destruir a las sociedades que ya han sufrido su mal gobierno.

    Otro ejemplo constantemente utilizado, ahora para deslegitimar a la democracia, es que Hitler fue elegido en las urnas. «¿Chavez? ¿Bush? ¿Aznar? ¿Zapatero? La democracia no siempre tiene razón: Hitler también fue elegido en las urnas.» Hitler fue, efectivamente, elegido en la urnas; elegido para muchas cosas, pero para ninguna de las que hizo. Fue elegido como líder de un partido minoritario y de manera legítima y hábil utilizó ese poder para ganar la mayor influencia posible y en una sociedad fragmentada formar una alianza que bajo la pretensión de tenerle bajo control le hizo presidente del gobierno. Si ésta lógica, aunque habitual, ya es curiosa en otras sociedades (es cierto que los compromisos del poder suelen moderar a los más radicales, si bien a algunos simplemente les abre el apetito), en el caso de la republica de Weimar era especialmente peligroso ya que el canciller tenía poderes especiales para casos de extrema gravedad. Lo que sucedió a partir de aquel momento es el comienzo de la historia de guerras y exterminios de la que llevamos hablando sesenta años. Y en toda esa historia Hitler no sólo no fue refrendado por las urnas en un proceso democrático, sino que su primera acción, un mes antes de ser nombrado canciller, fue utilizar la mencionada cláusula para obtener un poder dictatorial tras el sospechoso incendio del Reichstach. Así que el ejemplo tantas veces utilizado se queda en más bien poco, debiendo más bien ser utilizado cada vez que un gobernante aprovecha el poder obtenido para explotar el sistema y obtener un poder ilegítimo (el gerrymandering de la democracia estadounidense, la delimitación de distritos para maximizar los votos, viene a la memoria) o para criticar aquellos defectos estructurales de un estado que permiten este tipo de abusos.

     La demonización de una figura histórica, ni siquiera la demonización de sus actos, no sólo no lleva a su condena, sino que habitualmente suele ser la otra cara de la impunidad: lo que unos demonizan otros defenderán glorificando. ¿Resultado? Idelizaciones por ambos bandos y pasividad y olvido en el centro. Hagamos un poco de análisis de texto, ¿es acaso la frase «el demonio con cuernos Franco mató a Pablito sin un juicio justo» un ápice más grave que la de que «el dictador Franco mató a Pablito sin un juicio justo»? La manipulación de la historia seguramente lleva a algo mucho peor que su repetición: al estancamiento y a su putrefacción. Y lleva a otro de los grandes principios de la impunidad: al establecimiento de una jerarquía de villanos a través de la cual justificar un mal menor mostrando uno mayor o, en el colmo, cuando se argumenta que un mal menor ha prevenido uno mayor. En una sociedad con garantías legales un mal menor nunca evita, sino que más bien es el camino, hacia uno mayor. Y si la sociedad no proporciona dichas garantías ya no estamos hablando de males menores, sino simplemente del superlativo, único y mayor, de que no las proporcione.

   El horroroso ejemplo del nazismo (por la influencia de las religiones monoteístas en nuestras sociedades parece que no estemos preparados para tener más de un gran Satanás a la vez), ha ayudado a eludir en muchos países el cuestionarse porqué, a la vez que explicando los contextos históricos del momento, no dejamos de contar la historia desde la glorificación de grandes genocidas (grandes militares desde la perspectiva de la época pero necesariamente genocidas desde la nuestra) como nuestro admirado Hernán Cortés. Si seguimos glorificando a los héroes guerreros, escribiendo la historia y las leyendas colectivas de nuestras sociedades en base a ellos, ¿cómo evitar que las guerras se repitan? Si la imaginación colectiva sigue siendo guerrera, ¿cómo no van a serlo los millones de imaginaciones privadas que forman esa imaginación colectiva? Hagamos esfuerzos por explicar los valores de otras épocas, los mismos que debiéramos hacer por explicar como surgieron aberraciones históricas no sólo como el nazismo, sino también como el fascismo, el falangismo o ese campo de concentración de Guantánamo con el que el mal gobernante George W. Bush ha humillado a la democracia más antigua del mundo. O cuánta gente y porqué murió en la conquista española de América o en la conquista occidental de Oriente Medio y Africa perpetuando gobiernos dictatoriales a los que poder manipular y sobornar para asegurar el control de sus recursos naturales. Los hechos son tan tristes y dramáticos que, la verdad, dice más bien poco de nuestros sistemas educativos y del tipo de capacidades análiticas que fomentan que para comprender casos como éstos tengamos que crear héroes y villanos. Especialmente teniendo en cuenta que si la demonización es una llamada a la defensa, el análisis lo es al juicio histórico y legal.

 

 

 

 

 

Foto: http://history1900s.about.com (Hitler and Archbishop Cesare Orsenigo)

Artículos 2008-2009: Nociones para Naciones

Decir que el concepto de nación-estado está inmerso en un proceso de cambio sería sugerir que este proceso en algún momento se ha detenido. Las comunidades legales, a las que tentativamente llamaré estados, y sentimentales, a las que no menos tentativamente llamaré naciones, están en constante evolución; si bien es innegable que en las últimas décadas este cambio ha sido más aparente (seguramente porque ha sido la culminación de otros muchos cambios anteriores) gracias a la influencia de uniones militares y políticas, creando la curiosa situación de que una gran cantidad de personas sienta como su comunidad una diferente de la que les defiende militarmente. Ésta es, por tanto, una gran oportunidad de crear comunidades con signos indentitarios desvinculados de símbolos militares.

      Una unión militar a nivel europeo parece ser inevitable como realidad práctica, pero ya existe como realidad defensiva. Si nos preguntamos de dónde proviene nuestra sensación de seguridad con respecto a amenazas exteriores la mayoría de nosotros contestaremos que de alianzas militares tipo OTAN o de principios y políticas tipo ONU o Unión Europea. Así que nuestra nacionalidad ya no es la que garantiza nuestra seguridad y en el caso de muchos ciudadanos europeos su nacionalidad ni siquiera tiene ejército propio. Dicho sea ésto sin ningún tipo de animadversión hacia los ejércitos; no hay que olvidar que en los albores de la guerra de Irak fueron estamentos militares a ambos lados del Atlántico quienes intentaron atemperar la retórica belicista, haciendo buena esa sensación que muchos teníamos sobre que nuestros ejércitos estaban para evitar guerras y no para lucharlas. Algo falla, desde luego, cuando los políticos de carrera o comentario tienen que calmar a los militares; pero algo falla también (y se ha visto que fallaba y mucho) cuando los militares tienen que tranquilizar a los políticos.

     En las nuevas regiones-nación que podrían surgir en el estado europeo—como estado la UE debiera aspirar a una multinacionalidad sentimental —, la nacionalidad militar parece poco importante en comparación a la realidad del estado que emite monedas, defiende las fronteras, emite los documentos y garantiza derechos. La Unión Europea es un futuro estado que podría lograr que la multinacionalidad se pareciera a la anacionalidad en referencia al estado-nación tradicional y belicoso y que de esa anacionalidad surjan nuevas naciones, patrias sentimentales que en muchas ocasiones podrían coincidir con fronteras administrativas, pero cuyo origen no tendrá ninguna connotación guerrera. Es destacable que los ejércitos hallan sido irrelevantes en la actual definición de seguridad, la cual, por primera vez en la historia, no encuentra sus orígenes en ninguna gloriosa victoria o dolorosa derrota militar. Y digo definición, que no consecución: los ejércitos han tenido su importancia pero ésta no ha sido de ningún modo ideológica.

     ¿Cuál es esa definición de seguridad? Mientras a algunos parece producirles una sensación de seguridad que se detenga sin juicio durante años a sospechosos de terrorismo, a otros nos parece sencillamente aterrador. Aterrador humanitariamente (mirando por el prójimo) y aterrador humanamente (mirando por nosotros mismos: hay cosas tan humanas pero no más humanas que el egoísmo). El día que un sospechoso de terrorismo puede ser detenido sin garantías judiciales todos podemos ser detenidos. ¿Basta que con no ser sospechoso de terrorismo? ¿Y cómo se consigue eso? ¿No estudiando árabe? ¿No aprendiendo a llevar un avión? ¿No viajando? ¿No teniendo opiniones diferentes a las de aquellos que se consideran legitimados a detener a los sospechosos de terrorismo sin garantías judiciales? ¿O no llevando un abrigo y corriendo en una estación de metro en verano, como aquel ciudadano brasileño, Charles de Menezes, en el metro de Londres?

     Hay muchas cosas que la Unión Europea ha hecho por nuestra seguridad sin necesidad de guerras, como crear el contexto económico que nos ha permitido quedarnos en nuestros países o, de así elegirlo, emigrar legalmente a cualquier estado de la Unión. Los africanos que han llegado a Europa ante la incomprensión de gran parte de nuestras poblaciones no vivían estilos de vida muy seguros. Seguridad es evitar atentados terroristas, pero también es seguridad no condenar a una parte de tu población a jugarse la vida a través de mares, desiertos y ríos.

     Y seguridad es, por supuesto, que la movilidad del capital sea equiparada a la del trabajador. No es necesario irse a regiones recónditas, no democráticas o bajo la influencia de ideologías y religiones demonizadas en occidente para encontrar ejemplos de lo contrario. El TLC (Tratado de Libre Comercio Norteamericano) aumentó la movilidad del capital entre los cristianos y capitalistas Estados Unidos y el católico y capitalista México, pero no la del trabajador. ¿Resultado? De momento (y subiendo) once millones de inmigrantes ilegales. Así que a la hora de valorar nuestras adhesiones y nacionalismos no estaría mal que recordáramos que de haberse parecido el modelo europeo al TLC, las multinacionales alemanas o francesas podrían haber invertido, por ejemplo, en España o Polonia y seríamos los españoles y polacos, como los mexicanos en norteamérica o los africanos en las costas españolas, los que tendríamos que jugarnos la vida escapando de la miseria.

     Dicho ésto, ¿debiéramos seguir fundamentando nuestro patriotismo en los lejanos genocidios de Hernán Cortés en las pantanosas tierras de Tenochtitlán? Tal vez ésto parezca una exageración (es lo que pretende ser), pero no parece muy coherente que mientras nos hartamos de condenar a sangrientos dictadores y exigir respeto a los derechos humanos, nuestros símbolos nacionales sigan siendo los de siempre. Así que no está de más que las nuevas naciones, nacionalidades, realidades nacionales, reinos dentro de reinos y demás definiciones en las que en España nos hemos convertido en una auténtica potencia mundial, estén vertebradas alrededor de realidades geográficas, idiomáticas e históricas, pero no alrededor de victorias militares y ejércitos. No deben cambiar los derechos garantizados por los estados, pero que cambien esas patrias sentimentales llamadas naciones y que vuelvan a cambiar si es necesario y que el estado tenga las herramientas para acomodar unos cambios que tendrán tanta o tan poca importancia como todas aquellas cosas cuya valoración depende del individuo. Las naciones son sentimientos; los estados, por el contrario, tienen la obligación de proporcionar unos derechos inalienables, de modo que un cambio de nación dentro de un estado o idea de estado, es decir, dentro de unos derechos, debiera ser absolutamente irrelevante.

     Cuando la adhesión individual que cada uno de nosotros pueda sentir por la nación e historia de España se eleva a categoría de religión, tal vez debiéramos preguntarnos porqué sentir un especial afecto por un estado, el español, que en más de quinientos años de historia no ha sido capaz, no ya de garantizar, sino ni siquiera de mostrar como una opción viable y estable la democracia; la historia de España ha sido una de dictaduras y absolutismo y el único periodo verdaderamente democrático ha llegado cuando en muchos sentidos nuestro estado es la Unión Europea, sin cuya influencia regional la democracia actual jamás hubiera cuajado. Si un año antes de la formación del primer gobierno plenamente democrático (el del PSOE: en este contexto interpretaríamos a la UCD como un resultado de la transición más que de la propia democracia) ya hubo un golpe de estado, ¿qué hubiera sucedido de haber estado España en latinoamérica y no en una región-estado de democracias consolidadas? Se suele apuntar a la alternancia entre partidos elegidos democráticamente como signo de la consolidación de una democracia, ¿hubiéramos aguantado los quince años que aún quedaban para dicha alternancia? Que cada uno conteste como quiera y que, al hacerlo, comprenda que hay muchas contestaciones y, por lo tanto, adhesiones nacionales posibles.

     España es una palabra, un nombre geográfico que no debiera tener connotaciones positivas o negativas, y tan ofensiva es la sacralización de la idea de España como la utilización de dicho nombre como símbolo de las barbaries cometidas por los habitantes de parte de la península ibérica. No fue la señora España, viuda de Portugal y prima de Francia, la que formó el régimen de Franco, sino personas nacidas en toda su geografía. Catalanes y vascos hicieron mucho más que colaborar con el régimen, mucho más que someterse como quien se somete a una fuerza invasora; catalanes y vascos (y hablo de estas dos por ser las dos nacionalidades más marcadas junto con la española) dieron forma al régimen y lo impulsaron como lo hicieron personas de todas partes de la geografía española. En quinientos años da tiempo a ser verdugo y víctima muchas veces. Tan ridículo es postrarse ante palabras como lapidarlas y los conceptos Madrid y España son sólo eso: palabras.

     El nacionalismo catalán o vasco debiera poder cambiar todo lo que sea capaz de cambiar democráticamente siempre y cuando no se alteren los derechos individuales; valga la redundancia, pues un cambio en el que se alteran los derechos individuales ya no es democrático. Y algunos dirán, ¡pero es que los están alterando! Entonces la pregunta es porqué se le da tanta importancia a lo que se quiere cambiar o dejar de cambiar y tan poca a que lo que se cambie se haga respetando no sólo las normas electorales sino también los mencionados derechos. Seamos sinceros, ¿de verdad estamos hablando de derechos y libertades? El debate de las selecciones deportivas catalana y vasca, por ejemplo, tiene muy poco de derechos individuales. ¿Acaso es un derecho fundamental del invididuo español tener una selección de fútbol unida? ¿También lo era, tal y como decía la ley, tener un país sin divorcio? Tal vez estaría bien que primero definiéramos de que estamos hablando, si de derechos o de pasiones, hablemos de como dilucidar dichas cuestiones y de encontrar el mecanismo para que los votos reflejen lo que queremos ser como sociedad. No será un debate cómodo y el mecanismo puede no ser fácil de encontrar, pero al menos tengamos claro cual es el debate. Y si es un problema de libertades y derechos, ¿qué hacen los defensores de la idea española como garante de unos derechos fundamentales hablando de selecciones de fútbol?

     El debate del nacionalismo no es, como algunos argumentan, un debate trasnochado, ¿desde cuándo las forma en la que los individuos forman sus comunidades no es uno de los temas principales? Es un debate importante y al que todos debiéramos contribuir para que en las futuras construcciones de naciones la vertebración de las mismas sea aparte de mitos militaristas. Ya que no parecemos tener muy claro como vivir en un mundo sin guerras, eliminemoslas al menos de nuestros mitos nacionales; si no podemos curar la enfermedad, introduzcámoslas al menos en nuestra imaginación colectiva como tal y no como una medicina. No hay guerras positivas, las hay para unos intereses, pero a nivel de absoluto la guerras es un desperdicio de recursos limitados pero reemplazables, los materiales, e infinitos e irremplazables como la vida humana. En nuestros derechos está el derecho a la vida y el derecho a que los inocentes no sean castigados por los desvaríos de sus gobernantes. Cada vez que cae en una bomba, no importa la intención u objetivos que se persiga al tirarla, cae sobre millones de vidas y sobre nuestros derechos y reglamentos. Unos derechos y reglamentos que, por encima de historias nacionales, debieran ser nuestro único estado. Tras separar religión y estado, ahora occidente debe separar nación y estado; separar todo lo emocional y subjetivo de esa racionalidad y objetividad a la que nuestras leyes debieran aspirar.

Foto: Barcelona, Litografía de J. M. Mateu, Biblioteca Digital Hispánica: www.bne.es/BDH/index.htm

Artículos 2008-2009: Obama y McCain en el Año previo al Bushileum (20-E-09)

 

 

Habrán sido ocho largos años. Tan largos que llegaremos incluso a preguntarnos si realmente lo fueron tanto o si fuimos víctimas de un histrionismo conspiranoico que nos impidió mirar a las cosas con un poco de paciencia. Y es que incluso quien ha privado a media humanidad (su país incluído) de derechos, tendrá derecho al inmenso beneficio de la nostalgia. Cuando el 20 de Enero de 2009 el más incompetente de los presidentes (seamos piadosos y démosle el beneficio de la no-duda sobre su incompetencia: en caso contrario nos veríamos obligados a preguntarnos si es algo peor), pase el testigo a un nuevo gobernante; ese día, el del Bushileum, pensaremos en W. Bush como se piensa en los exámenes del colegio. No hay ningún club tan poco selectivo como el de nuestras nostalgias: para tener nostalgia de la infelicidad basta algo tan sencillo como que sea pasada. Y afortunadamente W. Bush y todo lo que representa está a punto de convertirse en pasado: 20-E-2009, ¡Bushileum!

     Hagamos balance: el actual presidente de Estados Unidos ha deslegitimado todas y cada una de las organizaciones internacionales. El espíritu de Bretton Woods (conferencia de la que salieron las principales organizaciones monetarias occidentales) llevaba décadas agonizando, así que es difícil saber si la actuación de la administración Bush ha sido un acto de piedad o de crueldad: un asesinato o un degüello. Incluso la ONU tuvo que resucitar para que Bush pudiera matarla; resucitó cuando algunas naciones actuaron con dignidad antes de la guerra; una dignidad que hizo aún más sangrante la indignidad de que sus voces no fueran escuchadas. O lo que es peor: que fueran escuchadas e ignoradas. Con la perspectiva del tiempo, produce rubor recordar algunas de las tretas utilizadas para deslegitimar a una unión de naciones que representa a más cinco mil millones de personas. Recordar, por ejemplo, aquella que trataba sobre la corrupción de su secretario general; como si ésta, incluso de ser cierta, tuviera la menor relevancia a la hora de ignorar a la organización. Algunos insignes comentaristas debieran sentir vergüenza, no ya de haberse equivocado, sino del entusiasmo con el que jugaron su siniestro papel.

      En vista del desastre posterior, ¿logró la ONU una victoria moral? En cualquier caso tan moral como inútil. Si la ONU fuera un poeta, la posteridad la recordaría como la gran ganadora de la contienda de Iraq, pero para una organización política las victorias morales son derrotas. De modo que en el futuro deberá ser reformada, bien para reforzarla y así evitar nuevos secuestros, bien para debilitarla y evitar, quitándole poder para ser instrumentalizada, que su secuestro sea el de toda la comunidad internacional.

     ¿Cómo explicar el fracaso de W. Bush? Ante todo, el candidato elegido no tenía la menor cualificación. Recordemos que su gran virtud, aquella que repitió machaconamente durante la campaña del 2000, fue la de devolver la integridad al despacho oval; una definición que en aquella época venía a significar que no tendría aventuras sexuales con becarias. El pecado original no fue el fraude de las elecciones del 2000, sino que alguien como W. Bush se acercara a la presidencia. Que ganara a un buen candidato como Gore o que revalidara ante uno malo como Kerry no es tan importante como el que su partido le eligiera, sin la menor cualificación, sobre un excelente candidato como el senador por Arizona John McCain. Se suele hacer política ficción sobre cómo hubiera sido el mundo si Gore hubiera sido presidente, ¿y si McCain hubiera sido el candidato por el partido republicano? El hecho de que McCain sea el candidato republicano para las próximas elecciones demuestra que los que merecen segundas oportunidades (el mundo la merece tanto como McCain) habitualmente las reciben.

     El que McCain haya sido elegido como candidato del partido republicano nos ahorrará terribles y retrogrados debates religiosos o mentiras interesadas para no ofender al votante ultraconservador. Una carrera electoral entre Obama y McCain, especialmente si logran mantener una cierta cordialidad dentro de la competetividad lógica de unas elecciones, será un espectáculo que nos reconciliará con la idea de que la política es algo más que un analísis de tendencias, encuestas o decir lo que la gente quiere oír.

     Éstos dos candidatos en particular representan las dos cualidades positivas a las que se debiera recurrir en tiempos difíciles; el dorado medio de las dos reacciones extremas típicas de los momentos de crisis, que son la huída hacia adelante («cambiemos los que somos») y el retorno a la tradición («volvamos a lo que realmente somos»). La mayoría de revoluciones socialistas son ejemplo de lo primero y la mayoría de revoluciones en el mundo islámico de lo segundo. Obama y McCain pueden ser, aunque diferentes, buenas medicinas para el enfermo. El primero significaría un cambio esperanzador; por no haber sido, por ejemplo, parte de la dividida generación de la guerra del Vietnam; mientras que McCain, veterano de dicha guerra, supondría, por su independiente trayectoria como senador, esa recuperación de valores positivos previa a todo gran cambio. Como sociedad, Obama significaría la mirada hacia adelante antes de dar el paso en la misma dirección, mientras que McCain sería la mirada hacia atrás (o más bien hacia adentro, a la esencia del país) antes de dicho paso. Frente a la huída y tradición antes mencionada, Obama y McCain representan, respectivamente, evolución e identidad.

     ¿Quién cambiaría más cosas como presidente? Puede que el viejo McCain acabara siendo más revolucionario (por las connotaciones negativas de la palabra revolución digamos más bien evolucionario) que el joven Obama. Pero del mismo modo que el gran pecado original de la sociedad estadounidense fue que Bush se acercara a la Casa Blanca, también será la gran absolución que éstos dos candidatos hayan hecho lo propio. Tras preguntarnos durante ocho años «¿qué esperar de un presidente tan terrible?»; la pregunta será durante unos meses, «¿que no esperar de dos candidatos tan distintos pero a la vez tan competentes?» Dos buenos puntos de partida. Su presidencia, por supuesto, dependerá de otras cosas, pero esta carrera presidencial es el premio a la esperanza en el caso de Obama y al servicio a la nación en el de McCain.. El mérito (no carente de esperanza) de McCain frente a la esperanza (no carente de mérito) de Obama. Mérito y esperanza: dos de los valores que mejor definen a la sociedad estadounidense (una forma de juzgar a las sociedades es por como se ven a sí mismas) y que han estado especialmente ausentes en la presidencia del presidente George Walker Bush.

 

 

 

 

     Foto: El Senador Jefferson Colapsa, www.americanrhetoric.com

Artículos 2008-2009: Los Dioses Laicos

   
          Ahora que nos hemos aburrido de odiar a la administración Bush y que, mitad por resignación ante lo inevitable mitad por costumbre, comenzamos a sentirnos capaces de sobrevivir a sus ocho años de gobierno (que el mundo lo haga ya es otra cosa), es un buen momento para analizar si Bush es la causa o sólo la consecuencia de un proceso mucho más complejo de polarización y mercantilización de las ideologías políticas y sociales. Decir que Bush usurpó el poder o que ha llevado a EE.UU. por el camino equivocado, como si fuera un simple pastor, sería ignorar que por encima de matices matemáticos y triquiñuelas, voto arriba voto abajo, había numerosos indicios (indicios detectables a posteiori: no represento a un gabinete de videncia), que avisaban de que alguien como W. Bush podía ganar o al menos acercarse a un puñado de votos de la presidencia. Y ésto, teniendo en cuenta las capacidades del político en cuestión, es ya de por sí preocupante. Como preocupante es que muchos de los elementos que le llevaron al poder sigan hoy presentes en nuestras sociedades.
          Comenzar diciendo que con independencia de su fuerza política, W. Bush y su administración ya no son ideológicamente relevantes: son pocos los que defienden su derecho a alterar todo los principios de la sociedad americana incluso, seamos bienintencionados, en aras de su salvación. Las leyes no dicen nada de resultados o salvaciones, sino de procesos según los cuales hay una representatividad de cada individuo para participar de la salvación, hundimiento, prosperidad o miseria de su sociedad. En occidente, al contrario que en el imperio romano, no existe la figura de un dictador que pueda ser elegido por el senado para poner orden en un tema concreto: dictador, que no tirano, era el que en un momento de dificultad tomaba el mando para imponer un criterio. Independientemente de sus intenciones, W. Bush es casi universalmente considerado como una amenaza para los valores de la sociedad occidental.
          ¿Es Europa tan diferente a Estados Unidos? Comencemos recordando aquellos tiempos en los que nos reíamos de los programas de testimonios del estilo del de Jerry Springer o del show de Cristina: que tiempos aquellos en los que sólo los americanos contaban sus miserias en televisión. Años más tarde, no sólo las contamos igual que ellos, sino que hemos añadido numerosos factores que en otro tiempo considerábamos con superioridad como exclusivos de una no del todo saludable cultura estadounidense. Desde nuestra atalaya de la dieta mediterránea, despreciábamos la dependencia del coche como medio de locomoción para desplazarse al puesto de trabajo o incluso para hacer hasta las compras más básicas en esos centros comerciales que son un calco el uno de otro. ¡Hasta ponemos pitidos en televisión cuando alguien pronuncia una palabra malsonante! No es mi intención analizar las bonanzas o miserias de un modo de vida u otro, simplemente reflejar que elementos que considerábamos ajenos se han hecho propios de una manera rápida y no siempre perceptible.
          Sigamos con la prensa, cuyo papel ha cambiado de presunta informadora imparcial (que podríamos definir como el intento subjetivo, el ser humano no puede evitar ser subjetivo, de informar de forma veraz) a ser tratado, cada vez con menos disimulo, como producto. ¿La diferencia? Como producto ya no tiene que aspirar al respeto, sino simplemente a la adhesión. Un medio de comunicación se respeta, mientras que un producto se compra. Como producto, tal y como vemos en la publicidad actual, lo importante ya no es gustar al mayor número de personas posible sino, en un mundo cada vez más competitivo, gustar al grupo de personas que te comprarán. Que ésto signifique ofender a los que no pretendían comprar tu producto es irrelevante. En otro tiempo se retiraban anuncios tras la queja de una organización representativa de una condición, sensibilidad, enfermedad o sexo, y se interpretaba la queja de una de estas organizaciones como mala publicidad que necesariamente tenía que dañar las ventas. En la actualidad estas quejas no sólo son toleradas sino en ocasiones incluso buscadas para darle notoriedad al producto y, teniendo en cuenta que definimos nuestras simpatías en relación a nuestras antipatías, los amores en relación a nuestros odios, para fomentar las adhesiones antes mencionadas criticando o ridiculizando a un grupo antagonístico o antipático al de los compradores potenciales de un producto. Por utilizar un ejemplo claro, un desodorante masculino se puede publicitar menospreciando a las mujeres. Ésto no significa que el hombre que lo compra siempre menosprecie a las mujeres, sino sólo que puede llamarle la atención o hacerle gracia verlo en el contexto de un anuncio, en cuyo caso, y siguiendo con el ejemplo, las quejas de los grupos feministas no harán sino reafirmar la simpatía del comprador potencial del producto. ¿Habrá muchos hombres que dejarán de comprarlo por las mismas razones? Efectivamente, pero cuanto más competitivo sea el mercado más se preferirá la adhesión de unos pocos a la simpatía o respeto de muchos, ya que la adhesión, a diferencia de la simple simpatía o respeto, es la que crea consumidores. Éste tipo de elementos no son totalmente novedosos, pero en los últimos tiempos se utilizan de manera más clara.
          Y los medios de comunicación, que hasta ahora no podían participar de este tipo de tendencias al haber un valor que no tenían porqué poseer pero al que no podían dejar de proclamar que aspiraban, la imparcialidad, han entrado de lleno en esta era de mercados y consumidores potenciales. A un medio de comunicación ya no le basta con saber cuanta gente simpatiza con él o lo respeta por motivo de esa imparcialidad que se clamaba que era la receta del éxito, sino cuanta lo hará hasta el punto de comprar un periódico o libro o escuchar un programa de radio. Según éstos parametros sería un error renunciar a un oyente por no ofender a otro que de escucharte poco pasará a no escucharte nunca: un error renunciar a crear lealtades por odio y amarillismo. Los códigos éticos están siendo abandonados como anacronismos que sólo deben ser respetados mientras sean compatibles con el rendimiento empresarial, limitándose a ser sustituidos por el que cada vez más consideramos el único código infranqueable: la ley.
          No estoy seguro en que un mundo en el que la moralidad sea confundida con la legalidad sea uno mucho peor que uno en el que ambos conceptos sean separados, pero en todo caso seguro que es uno menos variado y muy diferente a aquel en el que nos hemos acostumbrado a creer que vivíamos. Hace algunos años oíamos a un político balear decir que un partido político tenía que pedir perdón tras declarar un tribunal que un espionaje era «inmoral pero no delictivo». Sin entrar a valorar lo acertado de la sentencia, parece curioso que el que comete una inmoralidad no tenga que pedir perdón si ésta no es a la vez sancionada por la ley y que sea la víctima de la inmoralidad la que tiene que pedir perdón si los tribunales no sentencian que también ha sido víctima de una ilegalidad. Si la verdad moral y legal se confunden y esclavizamos a aquella con las muy necesarias cadenas de ésta, acabaremos creando una sociedad de víctimas, verdugos y jueces. De nuevo, una sociedad mucho menos rica, diversa y respetuosa con la libertad individual.
          Recordemos ahora por un momento esa América gobernada por el partido demócrata en la que comentaristas conservadores como Rush Limbaugh o Pat Buchanan fueron muy importantes en la victoria de Bush sobre un Al Gore que se llevó las bofetadas destinadas a Clinton. Limbaugh no hizo caer a Gore por sus insultos a Clinton por el tema Lewinsky, sino que simplemente detectó que decenas de millones de personas querían oír aquello. A Limbaugh nunca le importó—hablo en pasado pues, tal y como suele suceder, con la llegada al poder de los que podríamos llamar los suyos su influencia ha decrecido: siempre es más importante un comentarista a la contra que a favor, por eso, radiofónicamente, la derrota del PP marcó el fin de la era Gabilondo y el comienzo de la era Losantos—, no le importó, decía, ofender a los homosexuales, demócratas o afroamericanos, pues esos ataques le hacían ganar el favor y la fidelidad de sus oyentes. O utilizar el fantasma americano, el comunismo, del mismo modo que en España se agita el fantasma de los nacionalismos o, desde el otro lado del espectro político, del fascismo. Podríamos definir como fantasma todo aquel elemento que se utiliza repetitivamente para unir a un grupo frente a una amenaza imaginaria. En este sentido, los austeros y anticonsumistas Binladenes y talibanes (al estilo de aquellos Zidanes y Pavones de Florentino) son una nueva versión de los austeros y anticonsumistas comunistas de toda la vida.
          Si estuviéramos hablando de un desodorante o de un coche no dudaríamos de que los objetivos económicos justifican ofender a grupos de no consumidores potenciales en aras de captar consumidores potenciales, pero en el caso de la información, de la intelectualidad en general, ¿es legítimo? ¿Deberíamos renunciar a tratar la intelectualidad y la información con parámetros similares a la venta de cualquier producto? ¿Lo hacemos ya? ¿Consentiríamos que un periódico se anunciara diciendo: «compre el Parcial el periódico que le hará sentir bien leer»? Incluso en una sociedad obsesionada con la salud y con la división de esa salud en miles de categorías controlables, ningún medio de comunicación podría publicitarse diciendo, incluso si fuera cierto, «que científicos de la universidad de X State han afirmado que la exposición a cultura e información que refuerce nuestras ideas es buena para la salud.» Aún no estamos preparados para que el médico añada a la manzana al día el escuchar como hablan bien de los que ya nos caen bien y mal de los ya nos caen mal. Todavía no lo aceptamos, pero parece que vamos en camino de hacerlo. Y entonces una civilización occidental basada en la duda se convertirá definitivamente a la filosofía de la reafirmación. La tranquilidad, la fe en las propias creencias, la pertenencia a un grupo de personas elegidas para conocer la verdad; las religiones nos muestran todo ésto como algo sistemáticamente buscado por la humanidad, así que no es descabellado pensar que son consecuencia del instinto de preservación. Y sin embargo son las grandes palabras, libertad, independencia, veracidad, las que seguimos utilizando a todos los niveles intelectuales. El presidente de una compañía de coches ha de ser eficiente, sin embargo, el de un periódico, ha de ser veraz e independiente. Estamos acostumbrados a poner la intelectualidad en un nivel diferente al resto de productos del mercado. Y la experiencia americana y del mundo bajo la administración W. Bush nos dice que con razón.
          Existe la creencia que dos masas de población parciales empujando en dirección contraria tienden a equilibrarse y que inclinará de su lado la balanza aquella que cuente con mayor número de individuos. ¿Triunfo democrático? Puede que no: la suma de individuos parciales no es necesariamente la ecuación de la democracia, sino que en muchas ocasiones lo será de la pasividad. Y es que tras unos espumosos y energizantes primeros momentos en los que los seres humanos bienvenimos el haber encontrado una causa en la que creer u otra a la que odiar, llegara ese otro tan diferente en el que, cuando el hombre o grupo elegido no cumpla con la misión encomendada, aquellos le justificarán y éstos, de camino a olvidarse de la política, le insultarán. De modo que las aparentemente activistas masas pronto se dividirán entre los que se encogen de hombros diciendo «si lo ha hecho así será por algo: creemos en él» y los que simplemente dicen «yo no le vote y la política ya no me interesa: haga lo que haga no creo en él». Y ese forofismo que sin ser positivo es algo más inócuo en temas individuales o deportivos, se convierte en increíblemente destructivo cuando los temas son comunes. Homofobia, nacionalismos, antinacionalismo, sexismo, anticlericalismo: todo será utilizado para crear adhesiones por reafirmación y por odio. Y lo más curioso es que éstos líderes de opinión no harán sino darnos los productos que a través de nuestras decisiones como consumidores les hemos pedido que nos den.
          El caso de Estados Unidos nos demuestra que el forofismo desemboca en una inhibición de la ciudadanía, la semilla de un enorme árbol de impunidad. ¿Escuchas? ¿Espionaje bancario? ¿Cárceles clandestinas y un campo de concentración cuyas actividades, a diferencia de los alemanes en tiempos nazis, ni siquiera son clandestinas y por tanto no nos proporcionan la coartada del desconocimiento? Lo increíble no es que Bush no haya sido destituido, sino que ni siquiera se haya visto obligado a mentir y negar las acusaciones para continuar en el cargo. Además de los hechos, es preocupante la impunidad y tranquilidad con la que los ha perpetrado. Estamos acostumbrados a la adhesión incondicional a dioses y textos sagrados, pero los dioses son eternos y los textos están grabados en la psicología colectiva a través de la inviolabilidad de los textos y de sus múltiples interpretaciones. Pero si ya es cuestionable una adhesión incondicional a lo que no va a cambiar, ¿qué decir de la adhesión incondicional a lo humano y volátil? Creer en una religión es elegir creer en algo, mientras que hacerlo en un líder humano de modo incondicional es firmar un poder para creer en todo aquello que el líder quiera que creamos. Precisamente por eso las religiones se basan en el peso de la tradición: el hecho de que vayamos a creer ciegamente necesita de nuestro convencimiento de que aquello en lo que vamos a creer ciegamente no va a cambiar. Pero en el caso de los dioses laicos, ¿cómo esperar que no cambien si la sociedad está precisamente basada en el cambio y en la adaptación a las nuevas circunstancias del mercado?
 
 
 
Foto: Aleijadinho, Los Doce Profetas, foto de Hans Mann,

Artículos 2008-2009: Cuando las Llaves se Convierten en Cadenas

 


 

1.-El Conocimiento de la Historia para Justificar su Repetición

Probablemente una de las frases más citadas del siglo pasado sea aquella de Jorge Santayana de que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla. En la misma línea, hasta hace unos meses este artículo hubiera tratado sobre los peligros de la ignorancia histórica de la administración Bush y como estaba obligando a la sociedad internacional a repetir una historia que no había olvidado precisamente porque no quería repetirla. Pocos temas han sido más analizados en las últimas décadas que el colonialismo y el círculo vicioso según el cual las sociedades que lo sufren son condenadas, en primer lugar, a la imposición por la fuerza de civilizaciones ajenas y, en segundo, a un retroceso a formas de vida arcaicas que tienen como única virtud la de ser diferentes a las del invasor. Un caso claro sería Irán, liberado de un Shah corrupto, laico y prooccidental, por la teocracia represiva y antioccidental de Jomeini. De modo que la conclusión era clara: Bush repite la historia porque no la conoce.
Últimamente comprobamos que la lectura no es tan fácil. Para empezar, ya no estamos seguros de si organismos internacionales como Naciones Unidas, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional son las herramientas de emancipación nacional que llevan más de medio siglo prometiendo ser o instrumentos de dominación blanda. La guerra de Irak ha hecho estallar definitivamente la nube rosa a través de la que occidente se miraba y que, indefectiblemente, y especialmente tras el final de la guerra fría, le hacía aparecer como el liberador; volviendo a un escenario similar al que creíamos haber concluido con la primera guerra mundial. Hasta entonces las guerras no eran algo a evitar, sino simplemente a legitimar. De manera similar, se ha hablado mucho más de las razones para ir a la guerra de Irak que de cómo podría haberse evitado.
¿Cómo explicar este cambio de tendencia? Decir que los atentados en Nueva York y Washington cambiaron la forma de pensar de los estadounidenses sería un análisis simplista, especialmente teniendo en cuenta que los atentados de Madrid cambiaron la forma de pensar de los españoles en la dirección opuesta. Lo que sí es indudable es que los ataques del once de septiembre dieron un impulso a los sectores más conservadores de la sociedad estadounidense, aquellos que, pasados los momentos de duelo, pudieron decir que «ya lo habían avisado». ¿Pero qué es lo que habían avisado?
Habían avisado de tantas cosas que es difícil saber si acabaron acertando en algo. Hablaron, por ejemplo, de la pérdida de valores de una republica americana cuya situación, curiosamente, compararon con el asedio sufrido por el imperio romano durante las invasiones bárbaras. Un caso típico es el de Pat Buchanan, quien pese a titular uno de sus libros Una República, no un Imperio
, no se cansó de criticar la inmigración ilegal estableciendo paralelismos entre la debilitación del imperio romano y la república americana debido a la asimilación de nuevas gentes venidas del norte en el caso de aquel y del sur en el de ésta. Muchos aficionados a la historia ficción mencionaron como la caída del imperio romano había sido propiciada por la entrada de los bárbaros en los ejércitos imperiales y de como la entrada de hispanos en el ejército de EE.UU. debilitaría la posición de éste con respecto a su mayor enemigo potencial. Sorprendentemente, los Buchanan, O’Reilly o Limbaugh pasaron por alto el paralelismo más evidente: un día el cargo de emperador se hace hereditario y deja de acceder al mismo la persona mejor preparada. El meritocrático sueño americano se ha salvado de momento con Obama y McCain, pero no conviene olvidar que tras la reelección del hijo de presidente y nieto de senador George W. Bush, se habló seriamente de la posibilidad de que le reemplazara su hermano Jeb como candidato del partido republicano, enfrentándose en una hipotética carrera electoral a la esposa de presidente Hillary Clinton.
Otro paralelismo que se establecía era el de la presunta debilidad moral de las nuevas generaciones. Esas generaciones a las que en Estados Unidos se llamó naive (ingenuas) y a las que en España un líder político (Rajoy) se refirió como las del «buen rollito.» Tras la tensión generacional–o excusada en la tensión generacional–hay un ataque frontal contra el ecologismo, el pacifismo y la tolerancia cultural, patrimonios que no son propios de ninguna generación en particular sino de la humanidad en general. ¿Cómo de importantes son estos valores? Tanto que son la ruptura con la historia de la que hablaba Santayana. Un nuevo comienzo en el que los grandes novelistas ya no hablan de las glorias de los generales o dónde los grandes científicos de la época no son aquellos que contribuyen a construir el cañón o la catapulta más potente. Es decir, el siglo de Einstein y no el de Oppenheimer; el de Catch-22 y no el de Guerra y Paz.
En los últimos meses nos estamos haciendo las preguntas equivocadas. La pregunta no es si los sectores más salvajemente retrógrados de nuestras sociedades tienen razón, porque la tienen, sino más bien, ¿qué ha sido de aquel mundo en el que ya no la tendrían y qué entre todos creíamos estar construyendo; un mundo que supondría una ruptura con esa historia que no queríamos repetir y cuyo tema principal ha sido la lucha por el poder de pueblos, naciones y civilizaciones?
Ese ha sido el mayor y más sorprendente triunfo de los neoconservadores americanos. Mucho más allá de la guerra de Irak, a la que habría que llamar preguerra en vista de su posguerra; más allá incluso de la posguerra que ha convertido una región de la importancia de Oriente Medio en el río revuelto que todo pescador grande y monopolista desearía. Su victoria va mucho más allá, llegando incluso al debate intelectual y convirtiendo la rica y diversa sociedad internacional que se intentaba crear en una monotemática y digna de cualquier película (disculpen el eufemismo) del gobernador de California. Ya no hablamos de pobreza y un mejor reparto de los recursos naturales; ya no hay manifestaciones en nuestras ciudades en las reuniones del G-8 o en Davos (¿quién instigaba aquellos altercados que las deslegitimaban y que se presentaban como la regla cuando sólo eran la excepción?); y el antiguo foro de Porto Alegre, por encima de cifras de asistencia, vive instalado en la periferia del pensamiento, convertido en folclórico cuando hace unos años aspiraba a crear cultura. El folclore necesita ser bonito para existir, mientras que la cultura es simplemente necesaria. Ya no necesitamos un mundo mejor: nos basta con pensar que sería bonito. Curiosamente, una cultura y su folclore suelen representar valores opuestos; basta mirar a las tradiciones regionales que son el folclore de nuestra cultura global y tecnológica para comprender que no tiene nada de contradictorio que una cultura cada vez más injusta tolere y promueva un folclore cada vez más utópico.
Se puede sentir nostalgia de lo que uno no ha vivido y yo la siento del artículo que hubiera escrito hace unos años. La preguerra recién terminada, en él me hubiera quejado de que el mundo había caído en manos de unos perfectos inútiles y que la desestabilización de la región y la creación del perfecto caldo de cultivo para Bin Laden y sus secuaces era algo que cualquiera podía prever. Ahora hemos averiguado que hay muchos «cualquiera» trabajando en el Pentágono y que, por lo tanto, ellos también lo sabían. Y no sólo lo sabían, sino que probablemente lo buscaron y que la situación que tenemos hoy en día, lejos de ser fruto de la ignorancia, la improvisación y el desprecio a toda idea de ilustración y civilización; lejos de ser la obra de esa América profunda que tantas veces hemos oído que ha hecho ganar dos elecciones a W. Bush; esa América que se sobrevuela y que une las dos costas y focos de civilización estadounidenses, es más bien fruto de una América estratosférica, una clase poderosísima que parece dispuesta a desestabilizar regiones enteras en aras, no seamos desconfiados, de la seguridad; o, seámoslo, de una explotación de recursos naturales de otros países con menores regulaciones medioambientales y con gobiernos fácilmente corruptibles. Para aquellos que digan que los costes de las guerras son más altos que los beneficios a obtener con dichos recursos naturales, recordar que los beneficios, o gran parte de los mismos, se reparten entre unos pocos, mientras que las guerras las pagan todos los contribuyentes.
Así que bienvenidos al mundo en el que se habla de bloques, civilizaciones, ejes, alianzas y de regiones que son barrios o patios y en el que éste lenguaje no parece un insulto a la inteligencia. En un mundo de miserias, penas, enfermedades, neuras, depresiones y miedos y en el que la vida de cada individuo es infinitamente más rica que la vida política de cualquier estado, nuestros héroes del Pentágono y vecindarios adyacentes de Washington DC han logrado que etiquetas como oriente, árabes, musulmanes, palestinos, terroristas e islamistas tengan vigencia y se utilicen indistintamente. Un mundo regido por un macabro guión titulado repetición de la historia.
Sería fácil decir que los neoconservadores han usurpado este poder de convencernos de que la historia está para repetirse. Llegaron al poder de forma inmerecida y probablemente lo conservaron con ciertas triquiñuelas electrónicas, pero decir que han destrozado la idea de aquel mundo sería obviar que aquel mundo no debía de gozar de muy buena salud si les permitió que se acercaran al poder y que, una vez en él, lo hayan utilizado con tanta efectividad. La aspiración a un mundo más justo también es, desde luego, una repetición de la historia, pero también lo es que el ser humano piensa, siente y vive para evitar que la historia se repita.

  2: La Utilización de la Ideología como Instrumento de Dominación Imperial

Se suele decir que el poder corrompe. ¿Cuántos casos conocemos de personas que acaban convertidos en todo lo contrario a lo que defendían en sus idealistas comienzos? Algo similar sucede con los estados: los morales observadores de ayer se convierten en dominadores de hoy camino al imperio de mañana. Una y otra vez comprobamos como los imperios políticos, habitualmente definidos como firmes instrumentos de dominación, están cimentados en algo tan etéreo como la ideología. Tanto en el caso del país que se convierte en potencia como en el de la persona que pasa a mirar la pirámide social desde arriba, es difícil saber si estamos ante un caso de corrupción de ideales o simplemente de haber apreciado en los mismos la más útil de las herramientas.
La historia está llena de ejemplos de liberadores que de forma casi inmediata se convirten en opresores. Mientras Estados Unidos ayudaba a Cuba a liberarse del yugo del imperio español, ya le estaba tomando las medidas para colocarle el propio. Algo similar le sucedió a Córcega, territorio francés desde que Francia intercedió en favor de los corsos en su insurrección contra la república de Génova. Lo que se presentó como una liberación acabó siendo una cesión, de Génova a Francia en 1768. Así que los nacidos en 1769, entre ellos un tal Napoleón Bonaparte, ya fueron ciudadanos franceses. O como aquellos indígenas de las tierras que hoy conocemos como Méjico, quienes vieron en la llegada de los españoles la oportunidad de independizarse del imperio Azteca, contribuyendo con cientos de miles de hombres a la victoria de Hernán Cortés y los suyos. Tan bravo esfuerzo les valió que su emperador dejara de llamarse Moctezuma y pasara a llamarse Carlos.
La transición de moral observador a dominador se puede explicar, en primer lugar, por la costumbre de seres humanos y pueblos de considerar a todo enemigo de sus enemigos su amigo. Llega un momento en el que la palabra libertad pierde su significado y se limita a significar libertad del dominador del momento, siendo el odio por éste tan fuerte que supera incluso el amor a la propia libertad. A falta de poderse quitar el collar bueno será un cambio; a veces en contra de toda racionalidad pues puede que se esté quitando el de un imperio agotado y decadente para ponerse el de un poder al alza. Éste, por supuesto, se habrá presentado como el idealista observador, un seductor que habla de libertad e ideas, mientras que el otro se asemeja al aburrido marido que sólo habla de impuestos, poder y nombramientos de ministros. Y así es como el país pujante que hasta el momento se encontraba en la periferia del poder y sin verdadero poder decisorio acaba convirtiendo su debilidad en su mayor fortaleza. La periferia es hegemonía cuando se trata de juzgar: puede ser presentada como independencia y neutralidad; o como adhesión a unos valores e ideales que nada tienen que ver con los imperialistas del poder de turno.
Todos los imperios han pasado por esta fase inicial. Defensores de la moral y la legalidad han tenido en la ideología, la civilización y el raciocinio la más potente de las armas frente a sus enemigos. Unos enemigos que quizás tengan un grado de civilización similar en algunas esferas de su sociedad, pero que, llevados por las ansias de expansión, se habrán dejado influir por sus sectores más militaristas. Las armas, que tantas guerras ganan para los imperios, nunca ganan ni la primera ni la última. La primera la han ganado con las ideas y la última la perderán víctimas de las ideas del imperio que viene.
Una vez llegado al poder el que antes ensalzaba la libertad ahora hará todo lo posible por suprimirla. El cristianismo, por ejemplo, fue un firme defensor de la educación laica y de mantener la religión en una esfera estrictamente personal mientras la religión oficial del imperio romano fue el paganismo. Por las noticias que nos llegan en los últimos diecisiete siglos parecen haber variado ligeramente su posición. Así que parece que lo difícil no es defender la libertad, sino defenderla cuando se tiene el poder de decir quien es libre y de qué.
El imperio actual—cada imperio tiene sus códigos de dominación y no es éste el lugar para estudiar los del norteamericano—también nació con grandes dosis de la imprescindible legitimidad moral. Sin necesidad de tener una historia virginal, al fin y al cabo estamos ante una nación que ya había vivido episodios como la esclavitud o la política intervencionista del Gran Garrote de Theodore Roosevelt, Estados Unidos se presentó en el gran escenario de la Primera Guerra Mundial con el aura de idealista observador que, como el Hans Canstorp de la Montaña Mágica de Thomas Mann, duda todo lo humanamente posible antes de involucrarse en la locura del gran mundo que hasta ese momento miraba desde la distancia. Si el héroe de Mann tardó siete, hasta tres años le costó al idealista Woodrow Wilson (de nuevo la aparición del idealismo en los albores del imperio) convencer a sus conciudadanos de que Estados Unidos no podía quedarse al margen de la contienda. Un idealismo que no se limitó a la guerra y se hizo también patente en el tratado de Versalles que puso fin a la misma, al que Wilson llegó con aquellos ambiciosos catorce puntos de los que Clemenceau, el primer ministro francés, comentó: «Dios nos dio los diez mandamientos y no los cumplimos. Ahora Wilson nos da los catorce puntos…¡ya veremos!»  La desilusionada Europa le decía al idealista recién llegado que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.
Menos de un siglo más tarde los papeles se han invertido. ¿Es eso mucho tiempo en la esperanza de vida de un imperio? Teniendo en cuenta lo que han durado otros imperios parece más bien poco. La sabiduría popular ha creado equivalencias entre lo que vive un perro y una persona, así que probemos de hacer lo mismo para obtener la edad de un imperio. Si un ser humano vive una media ochenta años, entonces un imperio vivirá los quinientos sesenta que resultan de multiplicar ochenta por el parámetro perruno-humano-imperial (PHI=7). En vista de lo que han vivido los imperios anteriores no parece del todo desencaminado, aunque todo este juego de números no tiene otro propósito que señalar que, en términos imperiales, Estados Unidos no es más que un adolescente. Parece sorprendente que el país que hace sólo catorce años PHI acudía a limpiar los cadáveres físicos y políticos del jardín de la vieja Europa y que ha hecho del antibelicismo un arte, sea el mismo al que ahora acusamos de inventarse guerras.
Como con un amor que se termina, una de las primeras preguntas que nos hacemos una vez recuperada una cierta capacidad de análisis es: ¿cómo no nos dimos cuenta antes de que se estaba terminando? Sospechábamos que nos era infiel con nuestro mejor amigo, lo cual resultó en que dejáramos a nuestro amigo pero no a ella, y en la cama nos llamaba Henrik, lo cual atribuimos a su gran afición al cine sueco. ¿Suena exagerado? Comparenlo con una autoridad moral que ha cambiado gobiernos democráticos, apoyado a dictaduras y que ha sido el único país de la historia que ha utilizado bombas nucleares en contra de poblaciones civiles. El trauma creado por el nazismo evitó que nos preguntáramos seriamente por aquella curiosa ecuación según la cual las doscientas mil muertes (y cientos de miles de afectados por la radiación) de Hiroshima y Nagasaki ayudaron, en la lógica de los aliados, a evitar muertes. ¿Cómo rebatir entonces los razonamientos de Bush sobre la guerra preventiva si la lógica occidental ha dado por bueno que en un sólo día murieran doscientas mil personas para evitar muertes! Algo estaba fallando en el mejor representante de nuestra civilización y, en consecuencia, algo ha seguido fallando en nuestra civilización.
Les confesaré que aún me queda una última venda imperial que hace que me muestre reticente a hablar en pasado de la legitimidad moral americana. Esa venda es su gran capacidad de autocrítica. Muchos han dicho que Michael Moore, Joseph Stiglitz, Susan Sontag o Edward Said, atacan los valores americanos cuando los simbolizan mucho mejor que Bush y los millones de campesinos con camioneta, rifle y motosierra que, según nos cuentan, le han elegido dos veces. Estados Unidos es el país de la segregación, la esclavitud y el Ku Klux Klan; pero también la sociedad en el que el arresto de una mujer negra, que una mañana de 1955 renunció a ceder su asiento a un pasajero blanco en un autobús, inició un ciclo de boicoteos y manifestaciones que desembocarían en el movimiento de los derechos civiles; sin duda uno de los hitos de la historia de la humanidad, no sólo por su importancia en la sociedad américana sino por la influencia que acabaría teniendo en los más diversos temas—desde la emancipación de la mujer al final del apartheid sudáfricano—, y mostrando el camino a seguir a otras sociedades, las europeas incluídas, en lo que a integración racial se refiere.
Así que la pregunta no es si la sociedad estadounidense ha tenido alguna vez legitimidad moral, sino si le quedan energías para salir del socavón en el que les ha metido la administración Bush. O en el que se habían metido y del que la administración Bush es sólo su ejemplo más claro. De la respuesta depende el futuro de la hegemonía américana, así que algo de decencia y moralidad deben de quedarnos a los seres humanos si, además de una cantidad ingente de armas, necesitamos una dosis de verdad para ser convencidos.



Foto:  Toma de Posesión de Benhamin Harrison, 4 de Marzo 1889, The Library of Congress, American Memory, http://memory.loc.gov/ammem/browse/index.html