Artículos 2008-2009: Nociones para Naciones

Decir que el concepto de nación-estado está inmerso en un proceso de cambio sería sugerir que este proceso en algún momento se ha detenido. Las comunidades legales, a las que tentativamente llamaré estados, y sentimentales, a las que no menos tentativamente llamaré naciones, están en constante evolución; si bien es innegable que en las últimas décadas este cambio ha sido más aparente (seguramente porque ha sido la culminación de otros muchos cambios anteriores) gracias a la influencia de uniones militares y políticas, creando la curiosa situación de que una gran cantidad de personas sienta como su comunidad una diferente de la que les defiende militarmente. Ésta es, por tanto, una gran oportunidad de crear comunidades con signos indentitarios desvinculados de símbolos militares.

      Una unión militar a nivel europeo parece ser inevitable como realidad práctica, pero ya existe como realidad defensiva. Si nos preguntamos de dónde proviene nuestra sensación de seguridad con respecto a amenazas exteriores la mayoría de nosotros contestaremos que de alianzas militares tipo OTAN o de principios y políticas tipo ONU o Unión Europea. Así que nuestra nacionalidad ya no es la que garantiza nuestra seguridad y en el caso de muchos ciudadanos europeos su nacionalidad ni siquiera tiene ejército propio. Dicho sea ésto sin ningún tipo de animadversión hacia los ejércitos; no hay que olvidar que en los albores de la guerra de Irak fueron estamentos militares a ambos lados del Atlántico quienes intentaron atemperar la retórica belicista, haciendo buena esa sensación que muchos teníamos sobre que nuestros ejércitos estaban para evitar guerras y no para lucharlas. Algo falla, desde luego, cuando los políticos de carrera o comentario tienen que calmar a los militares; pero algo falla también (y se ha visto que fallaba y mucho) cuando los militares tienen que tranquilizar a los políticos.

     En las nuevas regiones-nación que podrían surgir en el estado europeo—como estado la UE debiera aspirar a una multinacionalidad sentimental —, la nacionalidad militar parece poco importante en comparación a la realidad del estado que emite monedas, defiende las fronteras, emite los documentos y garantiza derechos. La Unión Europea es un futuro estado que podría lograr que la multinacionalidad se pareciera a la anacionalidad en referencia al estado-nación tradicional y belicoso y que de esa anacionalidad surjan nuevas naciones, patrias sentimentales que en muchas ocasiones podrían coincidir con fronteras administrativas, pero cuyo origen no tendrá ninguna connotación guerrera. Es destacable que los ejércitos hallan sido irrelevantes en la actual definición de seguridad, la cual, por primera vez en la historia, no encuentra sus orígenes en ninguna gloriosa victoria o dolorosa derrota militar. Y digo definición, que no consecución: los ejércitos han tenido su importancia pero ésta no ha sido de ningún modo ideológica.

     ¿Cuál es esa definición de seguridad? Mientras a algunos parece producirles una sensación de seguridad que se detenga sin juicio durante años a sospechosos de terrorismo, a otros nos parece sencillamente aterrador. Aterrador humanitariamente (mirando por el prójimo) y aterrador humanamente (mirando por nosotros mismos: hay cosas tan humanas pero no más humanas que el egoísmo). El día que un sospechoso de terrorismo puede ser detenido sin garantías judiciales todos podemos ser detenidos. ¿Basta que con no ser sospechoso de terrorismo? ¿Y cómo se consigue eso? ¿No estudiando árabe? ¿No aprendiendo a llevar un avión? ¿No viajando? ¿No teniendo opiniones diferentes a las de aquellos que se consideran legitimados a detener a los sospechosos de terrorismo sin garantías judiciales? ¿O no llevando un abrigo y corriendo en una estación de metro en verano, como aquel ciudadano brasileño, Charles de Menezes, en el metro de Londres?

     Hay muchas cosas que la Unión Europea ha hecho por nuestra seguridad sin necesidad de guerras, como crear el contexto económico que nos ha permitido quedarnos en nuestros países o, de así elegirlo, emigrar legalmente a cualquier estado de la Unión. Los africanos que han llegado a Europa ante la incomprensión de gran parte de nuestras poblaciones no vivían estilos de vida muy seguros. Seguridad es evitar atentados terroristas, pero también es seguridad no condenar a una parte de tu población a jugarse la vida a través de mares, desiertos y ríos.

     Y seguridad es, por supuesto, que la movilidad del capital sea equiparada a la del trabajador. No es necesario irse a regiones recónditas, no democráticas o bajo la influencia de ideologías y religiones demonizadas en occidente para encontrar ejemplos de lo contrario. El TLC (Tratado de Libre Comercio Norteamericano) aumentó la movilidad del capital entre los cristianos y capitalistas Estados Unidos y el católico y capitalista México, pero no la del trabajador. ¿Resultado? De momento (y subiendo) once millones de inmigrantes ilegales. Así que a la hora de valorar nuestras adhesiones y nacionalismos no estaría mal que recordáramos que de haberse parecido el modelo europeo al TLC, las multinacionales alemanas o francesas podrían haber invertido, por ejemplo, en España o Polonia y seríamos los españoles y polacos, como los mexicanos en norteamérica o los africanos en las costas españolas, los que tendríamos que jugarnos la vida escapando de la miseria.

     Dicho ésto, ¿debiéramos seguir fundamentando nuestro patriotismo en los lejanos genocidios de Hernán Cortés en las pantanosas tierras de Tenochtitlán? Tal vez ésto parezca una exageración (es lo que pretende ser), pero no parece muy coherente que mientras nos hartamos de condenar a sangrientos dictadores y exigir respeto a los derechos humanos, nuestros símbolos nacionales sigan siendo los de siempre. Así que no está de más que las nuevas naciones, nacionalidades, realidades nacionales, reinos dentro de reinos y demás definiciones en las que en España nos hemos convertido en una auténtica potencia mundial, estén vertebradas alrededor de realidades geográficas, idiomáticas e históricas, pero no alrededor de victorias militares y ejércitos. No deben cambiar los derechos garantizados por los estados, pero que cambien esas patrias sentimentales llamadas naciones y que vuelvan a cambiar si es necesario y que el estado tenga las herramientas para acomodar unos cambios que tendrán tanta o tan poca importancia como todas aquellas cosas cuya valoración depende del individuo. Las naciones son sentimientos; los estados, por el contrario, tienen la obligación de proporcionar unos derechos inalienables, de modo que un cambio de nación dentro de un estado o idea de estado, es decir, dentro de unos derechos, debiera ser absolutamente irrelevante.

     Cuando la adhesión individual que cada uno de nosotros pueda sentir por la nación e historia de España se eleva a categoría de religión, tal vez debiéramos preguntarnos porqué sentir un especial afecto por un estado, el español, que en más de quinientos años de historia no ha sido capaz, no ya de garantizar, sino ni siquiera de mostrar como una opción viable y estable la democracia; la historia de España ha sido una de dictaduras y absolutismo y el único periodo verdaderamente democrático ha llegado cuando en muchos sentidos nuestro estado es la Unión Europea, sin cuya influencia regional la democracia actual jamás hubiera cuajado. Si un año antes de la formación del primer gobierno plenamente democrático (el del PSOE: en este contexto interpretaríamos a la UCD como un resultado de la transición más que de la propia democracia) ya hubo un golpe de estado, ¿qué hubiera sucedido de haber estado España en latinoamérica y no en una región-estado de democracias consolidadas? Se suele apuntar a la alternancia entre partidos elegidos democráticamente como signo de la consolidación de una democracia, ¿hubiéramos aguantado los quince años que aún quedaban para dicha alternancia? Que cada uno conteste como quiera y que, al hacerlo, comprenda que hay muchas contestaciones y, por lo tanto, adhesiones nacionales posibles.

     España es una palabra, un nombre geográfico que no debiera tener connotaciones positivas o negativas, y tan ofensiva es la sacralización de la idea de España como la utilización de dicho nombre como símbolo de las barbaries cometidas por los habitantes de parte de la península ibérica. No fue la señora España, viuda de Portugal y prima de Francia, la que formó el régimen de Franco, sino personas nacidas en toda su geografía. Catalanes y vascos hicieron mucho más que colaborar con el régimen, mucho más que someterse como quien se somete a una fuerza invasora; catalanes y vascos (y hablo de estas dos por ser las dos nacionalidades más marcadas junto con la española) dieron forma al régimen y lo impulsaron como lo hicieron personas de todas partes de la geografía española. En quinientos años da tiempo a ser verdugo y víctima muchas veces. Tan ridículo es postrarse ante palabras como lapidarlas y los conceptos Madrid y España son sólo eso: palabras.

     El nacionalismo catalán o vasco debiera poder cambiar todo lo que sea capaz de cambiar democráticamente siempre y cuando no se alteren los derechos individuales; valga la redundancia, pues un cambio en el que se alteran los derechos individuales ya no es democrático. Y algunos dirán, ¡pero es que los están alterando! Entonces la pregunta es porqué se le da tanta importancia a lo que se quiere cambiar o dejar de cambiar y tan poca a que lo que se cambie se haga respetando no sólo las normas electorales sino también los mencionados derechos. Seamos sinceros, ¿de verdad estamos hablando de derechos y libertades? El debate de las selecciones deportivas catalana y vasca, por ejemplo, tiene muy poco de derechos individuales. ¿Acaso es un derecho fundamental del invididuo español tener una selección de fútbol unida? ¿También lo era, tal y como decía la ley, tener un país sin divorcio? Tal vez estaría bien que primero definiéramos de que estamos hablando, si de derechos o de pasiones, hablemos de como dilucidar dichas cuestiones y de encontrar el mecanismo para que los votos reflejen lo que queremos ser como sociedad. No será un debate cómodo y el mecanismo puede no ser fácil de encontrar, pero al menos tengamos claro cual es el debate. Y si es un problema de libertades y derechos, ¿qué hacen los defensores de la idea española como garante de unos derechos fundamentales hablando de selecciones de fútbol?

     El debate del nacionalismo no es, como algunos argumentan, un debate trasnochado, ¿desde cuándo las forma en la que los individuos forman sus comunidades no es uno de los temas principales? Es un debate importante y al que todos debiéramos contribuir para que en las futuras construcciones de naciones la vertebración de las mismas sea aparte de mitos militaristas. Ya que no parecemos tener muy claro como vivir en un mundo sin guerras, eliminemoslas al menos de nuestros mitos nacionales; si no podemos curar la enfermedad, introduzcámoslas al menos en nuestra imaginación colectiva como tal y no como una medicina. No hay guerras positivas, las hay para unos intereses, pero a nivel de absoluto la guerras es un desperdicio de recursos limitados pero reemplazables, los materiales, e infinitos e irremplazables como la vida humana. En nuestros derechos está el derecho a la vida y el derecho a que los inocentes no sean castigados por los desvaríos de sus gobernantes. Cada vez que cae en una bomba, no importa la intención u objetivos que se persiga al tirarla, cae sobre millones de vidas y sobre nuestros derechos y reglamentos. Unos derechos y reglamentos que, por encima de historias nacionales, debieran ser nuestro único estado. Tras separar religión y estado, ahora occidente debe separar nación y estado; separar todo lo emocional y subjetivo de esa racionalidad y objetividad a la que nuestras leyes debieran aspirar.

Foto: Barcelona, Litografía de J. M. Mateu, Biblioteca Digital Hispánica: www.bne.es/BDH/index.htm

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