Tortuga panza arriba, el ataque de Trump a la democracia

Tradicionalmente, los políticos han atacado las defectos de sus contrincantes; cuando se busca destacar las fortalezas propias, tiene todo el sentido dejar al descubierto las debilidades del rival.  Sin embargo, en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2004, siguiendo los consejos de su asesor Karl Rove, W. Bush atacó la gran fortaleza de su rival John Kerry: su distinguido expediente militar.  Teniendo en cuenta que W. Bush había utilizado las conexiones de su familia para no ir a Vietnam y pasar su supuesto servicio militar en una base de aviones de Texas y que Kerry recibió numerosas condecoraciones por su servicio, no parecía una gran idea sacar precisamente este tema.  Finalmente, la idea resultó tan efectiva como perversa debido a que el objetivo era desacreditar, relativizar y presentar a Kerry como un aprovechado que instrumentalizó y embelleció su historial, sembrando así dudas sobre la brillantez del mismo y presentando visiones alternativas a la oficial.  O dicho de otra manera, para desactivar la verdad con mentiras.

La táctica fue novedosa en lo político, si bien la utilizamos constantemente en nuestras relaciones personales.  No atacamos las debilidades ajenas pues raramente nos molestan; hasta simpatizamos y compadecemos al que las sufre “es buena persona pero a veces tiene mal carácter”; “es inconstante, pero un genio en lo suyo a poco que se aplica”. Lo que atacamos son las virtudes.  Como Bush a Kerry, que se creerá el vecino por tener un coche mejor que el nuestro o ese cargo tan fantástico que nuestro jefe ha logrado con su ilimitada capacidad de hacer la pelota a los de arriba. Atacamos lo que nos parece bueno por mucho que digamos que atacamos lo malo, legitimando esta incongruencia con visiones alternativas que a nuestros ojos conviertan la mentira en una verdad en la que creer. 

Decía Umberto Eco que “Casablanca no es una película, sino muchas, una antología…en la que están todos los arquetipos”; de forma similar se podría decir que Trump es una antología de villanos de película. Incluso aquellas características más propias de un bufón que nos han hecho reír por no llorar durante cuatro años, le hacen aún más fuerte a juzgar por su indestructibilidad.  Anderson Cooper de la CNN dijo en el primer día de la no aceptación golpista de Trump que era una tortuga obesa panza arriba luchando frenética al sol sin darse cuenta de que su presidencia había terminado. Desde ese día en las pesadillas ya no aparecen asesinos con cuchillos, sino tortugas obesas al sol.

Trump ha atacado las instituciones americanas, ha explorado las debilidades de la división como un villano de película de carcajada estruendosa y ha deslegitimado una a una las instituciones atacando las fortalezas de la democracia estadounidense; la separación de poderes, la descentralización, los equilibrios de poder entre las diferentes instituciones, el sistema de primarias de los partidos que posibilita la llegada de nuevas voces a la política al no depender del aparato de los partidos y, por el camino, al aparato del partido republicano que no ha querido verse desplazado en las primarias por esas nuevas voces fieles a Trump. Su perversa maestría en la división es tal que sólo puede deberse al método que se origina tras décadas de ejercer su talento innato para la manipulación; es un Miles Davis con la longevidad y cuidado de Abdul Jabbar.

El bien prevalecerá, nos decimos.  El mundo contra un narcisista, sus feligreses y una parte de los 70 millones de votantes del partido republicano; que precisamente se irá reduciendo según se vaya escenificando el esperpento negacionista de la derrota.  Queremos creer que tras miles de ciclos de noticias calificadas como Fake News, sigue existiendo una verdad superior, la que sentimos cuando el derrotado acepta su derrota y no intenta deslegitimar la victoria del rival, cuando nos inspira para mirar adelante y no hacia atrás a todas las injusticias imaginarias en las que ejercerá su victimismo.

No debemos dejar que nos embauque, ¿pero cómo evitarlo? Hemos aprendido a odiarle, pero no a ignorarle; las estrellas de televisión como él temen mucho más al olvido que al odio. Pensamos que esa verdad prevalecerá por sí sola, pero nos olvidamos de que tal vez no tenga tanto valor para otros y que una verdad desactivada y relativizada deja de serlo; primero deja de ser respetada, luego se convierte en una opinión a tener en cuenta y finalmente se convierte en un intento de Biden de justificar un robo electoral. 

Nuestro esfuerzo argumentando contra la mentira le va prestando validez al ponerla al otro lado de un intercambio de ideas.  Que algo pueda ser argumentado no lo convierte en cierto salvo para aquellos con ganas de creer, pero hay millones de seguidores de Trump que buscan precisamente eso: razones para creer en su líder.  Razones que encontrarán en un bombardeo de datos contradictorios, sacados de contexto e imágenes alteradas para aparentar fraude, así que en un par de semanas ya estarán indignados con el viejo verde Biden que ha querido robar una elección proclamándose vencedor antes de que se agoten todas las posibilidades legales.  Y así es como se vence usando una fortaleza, en este caso la de la victoria democrática garantizada por las instituciones, desactivándola y poniéndola en duda hasta que con el tiempo, dentro del fango ideológico, deje de brillar.

Hemos celebrado la victoria de Biden y a base de comportarnos como personas optimistas nos hemos querido convencer de que lo somos.   No pierdan su optimismo pero si en un día soleado ven una tortuga obesa, sobre todo si está panza arriba, les aconsejo que cambien de acera. Vayan con cuidado cuando alguien quiera explotar sus debilidades, pero, sobre todo, cuando alguien intente desactivar e instrumentalizar sus fortalezas.

La medida de nuestra maldad

 

 

Imagen

 

La medida de la maldad de una sociedad está en las mezquindades que aprende a justificar. Es una esencia oscura, la concentración de sus mayores vergüenzas; donde ninguno de sus miembros llegaría individualmente lo hará la comunidad diluyendo las responsabilidades para que siendo todos culpables no lo sea ninguno. En la noche del seis de febrero, en la que murieron quince inmigrantes por causa de la acción directa de la Guardia Civil, ni el peor de nosotros hubiera negado la asistencia a quien se ahoga, mucho menos disparado al indefenso. Y sin embargo eso es precisamente lo hicimos con la ayuda de nuestras leyes y razones colectivas. Por separado hubiéramos salvado a quince personas, juntos contribuimos a sus muertes. Conviene que examinemos nuestra conformidad con que nuestra decisión colectiva sea tan diferente de la individual.

 

La historia de las maldades sociales reconocidas es breve. Llamamos maldad al momento que podemos separar de sus causas y consecuencias, a aquel que aunque sea el resultado de otros trataremos como uno aislado. A la locura. Pero la actuación constante y continuada de las sociedades impide este aislamiento, iniciando una infinita cadena de justificaciones. Sólo aislaremos las maldades que nos obliguen a reconocer y en una sociedad siempre habrá un justificador de guardia. ¿Hablaríamos de la locura de la burbuja inmobiliaria de haber logrado un aterrizaje suave? Incluso corrigiéndola, hubiéramos encontrado razones para construir sobre ella. Y grado a grado, negro sobre blanco camino al gris, llegaremos a la justificación. Y siendo parte de una cadena de eventos que complicaremos a nuestro antojo nos convenceremos de que es un mal inevitable e incomprensible; e inevitable e incomprensiblemente participaremos en la muerte de seres humanos cuando nuestros barcos no asisten a pateras y cayucos por miedo a las implicaciones legales; e inevitable e incomprensiblemente un guardia civil, cumpliendo órdenes de una cadena de mando que comienza en nuestro voto, disparará material antidisturbios a seres humanos al borde del ahogamiento en aguas gélidas. De nuevo, usted y yo no lo hubiéramos hecho, pero usted y yo lo ordenamos.

 

Debiéramos reflexionar sobre como hemos pasado de considerarnos una nación bienintencionada a convencernos (y pedir a nuestros gobernantes con nuestros votos que nos convenzan) de que ya no podemos permitirnos estas buenas intenciones. No atacar a seres humanos que están muriendo en nuestras costas es, aparentemente, muy caro; cumplir nuestras propias leyes de extranjería inicia, según nos cuentan, una cadena de eventos que nos lleva a la bancarrota. Otra divergencia entre lo personal y lo colectivo; en lo personal las buenas acciones suelen ser una buena y barata estrategia (si tratamos bien al prójimo hay más posibilidades de que el prójimo nos devuelva la gentileza) mientras que en lo colectivo nos hemos convencido de que es una irresponsabilidad. El lujo de las buenas intenciones que no nos podemos permitir, tétrico proyecto de vida el que nos proponen nuestros líderes. La adhesión a nueva alianza de civilizaciones para la que el gobierno al que elegimos con mayoría absoluta ya ha hecho los cambios legales pertinentes: la alianza de los incivilizados que no creen en la existencia de unos derechos universales independientes de la prosperidad económica. Una alianza a la que sólo nos avergonzaremos de pertenecer cuando veamos los países que nos acompañan; aquello que decía Grouxo Marx de no querer pertenecer a un club que nos acepte como socios se debe, principalmente, a que al mirar al resto de miembros del grupo veremos reflejados nuestros peores y no reconocidos defectos.

 

Que un guardia civil cumpla la ley atacando de manera tan grave cualquier conciencia elemental nos muestra el deterioro moral que nos ha acercado, mezquindad a mezquindad, recorte a recorte, hasta este momento de horroroso simbolismo; de la mano de un gobierno que prohibió la asistencia sanitaria a inmigrantes no declarados legales por el estado (ninguna persona es ilegal) en una irresponsable llamada a la xenofobia y a culpar a los más débiles de los recortes sanitarios. Una treta que fue superada gracias a una población madura que no se dejó embaucar y, sobre todo, a unos médicos valientes que se unieron en defensa de una moral superior a la del estado. Una moral que debe tener el que cura, pero de la que parecen poder prescindir aquellos a los que hemos armado para que nos protejan. Una carencia legitimada por la falta de reacción por parte de nuestros líderes políticos ante los abusos, contados pero significativos, por parte de las fuerzas del orden en los últimos años y por unas nuevas leyes de seguridad ciudadana destinadas a blindar la impunidad ante estos abusos.

 

Seis años de crisis económica nos han traído a este punto. Si nuestro espanto ante momentos tan bajos no lo remedia, ¿qué llegaremos a justificar en cinco, diez o quince más? No podemos escondernos. Ya no hay más sitio. No lo hay en la habitación en la que un inmigrante sin papeles murió de tuberculosis en Mallorca al no recibir la atención médica adecuada; no lo hay en la orilla en la que quince seres humanos murieron con la agresiva participación (perdón por el eufemismo) de nuestra sociedad; no lo hay en un estado cadavérico, no tanto por lo recortado, sino por la parcialidad de lo recortado pues demasiados sueldos públicos siguen como si tal cosa mientras la mayoría no tiene más remedio que resignarse a cualquier cosa. Nos han quitado el espacio. De la razón, conciencia, idealismo, protesta, voto e ingenio con la que sepamos recuperarlo dependerá el tipo de sociedad en el que vivamos. O malvivamos, en compañía de las maldades que hayamos aprendido a justificar.

 

 

 

Alcantarillas

No hay que mirar atrás, no se puede. Bernardo no creía que así se evitaran los malos recuerdos, pero sí al menos que se presentaran como imágenes completas, reduciéndolos a breves destellos de deslumbrante oscuridad, deslumbrante como todo lo que no soportamos mirar. También los buenos le dolían, sobre todo los buenos, bellas postales de arena hirviendo de las que huir en busca de un mar de olvido y rutina. Tenía cincuenta y nueve años, veinticinco de vida y treinta y cuatro de espera.

Dolorosas postales como aquella de su Buenos Aires natal, donde había sino un idealista e ilusionado estudiante de ingeniería; o la de la primera vez que vio a Enriqueta en la biblioteca de la facultad, ya entonces se dijo que no podía haber mayor felicidad que el mirar por el resto de sus días a aquellos enormes ojos azules. Y no iba a haberla…

Enriqueta y Bernardo se miraban cada noche en silencio durante horas, vestidos con trajes y pelucas de época, sus rostros empalidecidos por el maquillaje; de telón teatral un marco formado por palos de escoba cubiertos de terciopelo rojo y sentados en un banco cualquiera de algún paseo concurrido de la ciudad europea de turno, se convertían en reyes, aristócratas, poetas, amantes o bohemios ganapanes de versos con aroma a absenta. De fondo no cualquier música, pero sí cualquier ópera; desde que veinte años antes, en la cocina del piso de Recoleta que había sido su tumba en vida durante más de una década, Enriqueta volvió a sonreír al escuchar una ópera en televisión. O al menos a hacer el gesto, que tras doce años de tristeza venía a ser lo mismo.

Al salir aquella noche de la pensión de la calle Apuntadores de Palma en la que llevaban dos semanas alojados y empujando el carrito con su escenario portátil, la oscuridad con la que la ciudad les recibió devolvió a Bernardo a uno de aquellos malditos destellos. Los golpes de los militares en la puerta, tan educados y cívicos, incluso tuvieron el detalle de tocar el timbre cinco segundos antes de tirarla abajo y leerles rápidamente unos cargos con los que les acusaban de estar en el lado equivocado de la historia. Provoca pavor y alivio que ni los verdugos puedan prescindir del corsé de la legitimidad. Volvió a recordar los golpes, las torturas y los interrogatorios interminables. Y los vítores y celebraciones: era 1978 y en el vecino monumental de Ríver Argentina ganaba un mundial mientras perdía el alma a escasas diez manzanas.

Pero los peores dolores no fueron físicos, sino la incertidumbre de no saber que había sido de su familia, de Enriqueta y Guillermo, quien por aquel entonces era un buda regordete de un año y los mismos enormes ojos azules de su madre. Escupiendo sangre, Bernardo logró susurrar:

—Mi mujer, mi hijo…¿qué ha sido de ellos?

—¡El rojo boludo pregunta qué ha sido!—le preguntó uno de los militares a su compañero mientras clavaba la pesada suela de sus botas militares en el estómago de Bernardo.

—Ha sido gol de Kempes…—contestó entre risas el otro.

Pasó el tiempo, las heridas sanaron, algunas lesiones se curaron y las que no lo hicieron del todo se convirtieron en simples condicionantes, como la cojera de Bernardo o la incapacidad de tener hijos de Enriqueta, reventada por dentro a golpes y violaciones. Por doloroso que fuera, todo era llevadero comparado al recuerdo de Guillermo. Liberada meses antes, fue ella la primera en averiguar que se lo habían llevado para siempre. Al volver a casa Bernardo no tuvo ni que preguntar: una mirada y el silencio de ella bastaron; la misma y el mismo con los que Enriqueta llevaba viviendo treinta y cuatro años.

No hay que mirar atrás ni para soñar, se decía una vez más Bernardo, siempre se sueña hacia adelante; soñar con la esperanza por la que siempre dejaba un teléfono de contacto y la forma de encontrarles a la poca familia que les quedaba en Argentina; soñar con que un apuesto hombre de treinta y cinco años y enormes ojos azules se les acercara por la espalda, les cogiera del brazo y contándoles que aún estaba vivo les recordara que ellos también lo estaban. Les agarraría del codo, como ahora lo hacía una mano fuerte…

—Guillermo…

Vio una manga de color marrón. De haber girado ligeramente el cuello hubiera visto una tez blanquecina cubierta de sombra bajo un hábito de fraile. Pero ya sabemos que Bernardo nunca miraba atrás.

Y así fue como la ciudad se convirtió en su escenario. El uno frente a otro, como siempre, por fin sin interrupciones y sin ni siquiera pestañear en un delicioso duermevela en el que pasearon por las calles del casco antiguo de Palma en compañía de aquel fraile que que a ratos tenía los ojos azules de Guillermo, a ratos marrones, a veces tenía las alas de un ángel y casi siempre el gesto atormentado del diablo; Bernardo pensó que habían llegado al cielo, porque sólo en el cielo se puede pasear eternamente por una ciudad en primavera en compañía de los que uno quiere, otra vez una familia. O tal vez hubieran descubierto como volver atrás en el tiempo, a aquel verano del 78 en el que la vida se convirtió en una simple espera. Ahora veía incluso las gradas y el césped del campo de fútbol, como en aquellos sueños que tenía en los descansos que le concedían sus torturadores.

“Se puede perder el alma mientras se gana un mundial…”

Sebastián Montaner abrió el sobre dirigido al “director del periódico Las Últimas Horas y a su fotógrafo estrella…” En la primera página, una hoja impresa con el mensaje: “para que aprenda a hacer fotografías de sucesos.” En las imágenes siguientes, una estampa que se había hecho muy popular en las últimas semanas en el centro de Palma: la de dos viejecitos que parecían recién salidos de una ópera posando en diferentes partes de la ciudad; tan popular que en algunas de las fotografías, junto a los protagonistas, aparecían insignes políticos. En una, sonriente y con el ayuntamiento de fondo, aparecía el alcalde, quien en dos semanas se enfrentaba a una difícil reelección con la seguridad ciudadana como una de las principales bazas de su partido (la leyenda de la fotografía era “tres seguros cadáveres”); en otra, el honorabilísimo presidente de la comunidad autónoma, inmerso por aquel entonces en un escándalo de corrupción, posaba sonriente inclinado con un par de monedas sobre el bote de donativos de los dos viejecitos (la leyenda: “¿las deja o se las lleva?”) Estaban todos: el conseller de turismo, la presidenta del consell insular…

—Donde haya una buena foto siempre habrá un político…—pensó Montaner.

El alcalde, avergonzado, confesó al ser entrevistado que tras hacerse la foto llamó a un empleado municipal para pedirle que revisara las alcantarillas de aquella zona ya que algo olía a podrido…

Comparadas las imágenes en sucesión, el deterioro de los cuerpos era aparente; por separado el maquillaje lo tapaba. En las últimas se podían incluso apreciar grietas en la piel. El álbum concluía con una fotografía estilo post mórtem y otra de los dos cadáveres abandonados en un almacén, como si fueran objetos del atrezzo de una ópera. Tras examinar esta última detenidamente, una bandera de color rojo y negro y una sombra verde en el haz de luz que entraba por un ventanuco hizo que Montaner sospechara sobre cual podía ser el escenario de tan macabra escena.

Llamó a Pereira. Tras dos tonos, el fotógrafo contestó con sorna:

—Calle Ruiz de Alda, mañana llena de noticias en la jefatura de la policía nacional. Dos DNIs perdidos y una reclamación por no haber salido favorecido en la foto de carnet…¡La jungla de asfalto nunca duerme! Y estoy a punto de ventilarme un plato de frito mallorquín…

La simple mención de comida obligó a Montaner a contener una arcada.

—Hay que tener estómago…

—Creo que éste sólo lleva hígado y vísceras, pero como madrileño que soy no pretendo ser un entendido en el tema.

Mejor no describir las sustancias viscosas con las que Montaner regó la mesa de su despacho.

—Te mando a una de las peores escenas de tu carrera—dijo recomponiéndose a duras penas—. En el antiguo estadio Luis Sitjar: allí encontrarás los cadáveres de los dos viejecitos que se pasean por el centro vestidos como si estuvieran en una ópera. Cuando me confirmes que los has encontrado llamaré a la policía. Incluso cumpliendo con nuestra obligación como ciudadanos tendrás al menos diez minutos a solas…

Pereira sonrió. Había dudado de que su director fuera a ser capaz de interpretar las pistas en la foto y el efecto no hubiera sido el mismo de haber tenido que ir a la redacción del periódico a hacer de investigador adjunto. Aliviado y feliz caminó los trescientos metros que le separaban del estadio Luis Sitjar, entró por una ventana que rompió con un palo que había dejado preparado—y no por la trampilla que había usado en todas las demás ocasiones—, y ya pisando los hierbajos donde en otro tiempo había estado el césped de tantas glorias futbolísticas, viendo por primera vez a la luz del día a aquel derrotado monstruo de cemento y hierro oxidado que hasta el momento sólo se le había presentado en sombras, recordó sus comienzos como fotógrafo de sucesos y deportivo en el ABC; las ilusiones de aquellos tiempos en los que se sentía uno más de aquella hermandad de celebridades de la capital junto a las que dilapidó dinero, salud y una familia antes de darse cuenta de que, justa o injustamente, los que salen en la fotos ganan mil veces más que los que las hacen. Momentos de ilusiones…Pero mejor no mirar atrás. Y más cuando lo que venía era mucho mejor: se estaba convirtiendo en una estrella. Incluso le pareció oír los vítores apagados y somnolientos de un estadio que se desperezaba para su gloria. Ya tenía preparado el reportaje, así que mientras esperaba a la policía dio una eufórica vuelta de honor al campo. Horas más tarde, el periódico Las Últimas Horas batiría todos sus récords de tirada con un especial compuesto por las fotos del anónimo asesino en serie y las de Pereira en la escena del crimen. Sus múltiples apariciones en canales nacionales en los días siguientes le confirmaron que lo que había estado celebrando en el abandonado estadio mallorquinista fue otro ascenso a primera división: a la de los fotógrafos. O puede que incluso un mundial. Recordó los susurros agonizantes de Bernardo:

“Se puede perder el alma mientras se gana el mundial…”

El mapa mental de la corrupción (I): la conspiración Zu Gutemberg

Nada más oír el nombre de Karl Theodor Zu Gutemberg (recuerden estas siglas KTZG: ya me ocuparé de que signifiquen algo) pensé que se trataba de un personaje de novela; el político más prometedor de su generación, un Kennedy a la alemana, lo cual viene a ser como una paella a la inglesa; con la bella e idealista Stephanie, activista contra abusos infantiles y tataranieta de Otto Von Bismarck, en el papel de Jackie; y con un nombre que en estos etéreos tiempos cibernéticos homenajea el olor de la tinta y que es el que un autor no alemán le pondría a un personaje de esta nacionalidad; “el profesor Zu Gutemberg, famoso científico, desapareció a las seis de la mañana…” Siempre supuse que había algo raro. Ahora por fin tengo la confirmación: Zu Gutemberg es una creación literaria. En las próximas líneas les descubriré que no es la única entre nuestros líderes electos.

Tal vez esperen que este artículo trate sobre la diferencia entre los baremos éticos a los que sometemos a nuestros políticos en comparación a Alemania; no están solos, yo también lo esperaba. Hasta descubrir la gran trama que estoy a punto de denunciar, pretendía apuntar a que mientras en España nuestros representantes inauguran aeropuertos sin permisos ni aviones o fraccionan la concesión de las sillas para un evento Papal para así evitar el concurso público (el concepto de “un culo, una silla, un contrato” es primo hermano del democrático por excelencia de “un ciudadano, un voto” y demuestra, de paso, la candidez de otros insignes corruptos que fingieron concursos para designar arquitectos a dedo cuando podrían haberse evitado las molestias fraccionando las obras en ladrillos), mientras el entonces ministro de defensa alemán fue obligado a dimitir por haber plagiado su tesis doctoral. No importó que se tratara del político más popular de Alemania—como corresponde a quien, por el mismo precio, llena las páginas de crónica política y social—, ni que la canciller Merkel le mostrara su apoyo incondicional: la opinión pública alemana decidió que la trampa merecía un castigo. La gravedad del mismo, que su retirada sea temporal o definitiva, ya dependerá de las cualidades del dimisionario y de la capacidad de perdón de la sociedad alemana, pero el simple hecho de que por dignidad un político dimita o sea obligado a dimitir es admirable desde la perspectiva española, donde los políticos se sienten inocentes mientras no se demuestre penalmente lo contrario y donde son necesarios la policía, jueces, condenas y una afilada espátula para despegarlos de sus cargos y escaños.

¿Cómo reaccionaríamos a un caso como el de Zu Gutemberg? La diferencia ofende pues, para empezar, nuestros políticos jamás se verán en la tesitura de plagiar tesis de doctorados que no parecen tener mucho interés en realizar; los que los estudian, suelen ser percibidos por la opinión pública como quijotescos idealistas de partidos sin vocación de gobierno y no serán votados por mucho que suenen como el mismísimo Churchill redivivo.

“Habla muy bien, grandes pensamientos, pero gobernar es otra cosa…”

Efectivamente, está siendo otra cosa.

Así que ya ven hacia donde iba encaminado este artículo: a la aburrida y repetitiva tarea de constatar, una vez más, lo arraigada que está la corrupción en nuestra sociedad y mentalidad. Y ya iba a poner el punto final cuando caí en la cuenta de que no podemos ser tan idiotas y que tiene que haber otra explicación: tanto Zu Gutemberg como los políticos corruptos a los que en los próximos meses premiaremos con mayorías absolutas son creaciones de la Conspiración Zu Gutemberg (KonspiraTion Zu Gutemberg en alemán) cuyo objetivo es deslegitimar, por comparación, a nuestras democracias (no sé si Berlusconi también es creación de la conspiración o ha surgido por generación espontánea), permitiendo así a Alemania lograr un ascendente moral que les permita imponer su criterio en la Unión Europea en camino a la dominación mundial; perdón por la estereotipación facilona, pero no esperarían que una misión con un nombre de tal nivel tuviera como objeto la dominación de su comunidad de vecinos…

Casi nos engañan. Afortunadamente, se van a encontrar con una valiente sociedad española dispuesta a demostrar que no hemos perdido la la dignidad y el espíritu cívico hasta el punto, no ya de no castigar, sino de recompensar a nuestros corruptos. Nos quejamos de la falta de ética de los partidos presentando a políticos imputados, pero deberíamos estarles agradecidos por permitir que, independientemente de responsabilidades penales que aún están por dilucidar, nos permitan ejercer nuestro poder como informada ciudadanía: el de no votarles.

Foto editada por DFV a partir de las siguientes fotografías: Foto 1Foto 2Foto 3

Sobre crisis presentes y prósperos pasados (I)

 

El pasado siempre fue mejor. O al menos lo parece, lo cual, a falta de que lo sea, no es mal sucedáneo. Y es que mientras el presente nos abruma con su agotador juego de acción y reacción, el pasado se muestra como una maleable alfombra de salón bajo la que ocultar las vergüenzas y dejar asomar una versión embellecida de los orgullos que mostraremos ufanos entre canapé y canapé. En el caso de la sociedad occidental los orgullos que asoman bajo la alfombra de su pasado son numerosos: convivencia pacífica entre naciones históricamente enfrentadas, innovación tecnológica, crecimiento económico, compromiso con la promoción de la democracia y los derechos humanos, el nacimiento de una conciencia ecológica…La lista sería larga y en absoluto falsa, lo cual no significa que sea verdadera: hay muchas visiones no falsas de la misma realidad que sólo al sumarlas nos van acercando a la verdad. No es cuestión de ir desmontando esquemas de autocomplaciente propaganda occidental que no creo que existan–las sociedades en su conjunto son demasiado chapuceras para ejecutar grandes mentiras, como demuestra que dichas mentiras sólo triunfen cuando van acompañadas de brutales regímenes de represión–, sino de simplemente cuestionarnos si estamos en lo correcto al adjetivar al presente con la palabra crisis y al contraponerlo a un anhelado pasado de prosperidad.

La primera pregunta es obvia: ¿estamos en crisis? Lo automático de la contestación afirmativa demuestra hasta que punto estamos dejando la recuperación en manos de los mismos actores que contribuyeron a la supuesta caída. Y digo supuesta porque tal vez fuera la pasada y no la presente la sociedad que estaba en crisis: el que los datos apunten a lo contrario sólo demuestra que éstos se crearon como reflejo de las prioridades de aquella sociedad. Déjenme elegir la forma de medir el éxito y estará leyendo las tuertas frases del próximo ganador de Wimbledon. No importa que no tenga ni idea de jugar al tenis, tampoco numerosas dictaduras la han tenido de practicar la democracia y sin embargo han utilizado lógicas democráticas para evitarse la incomodidad de aplicar la fuerza directamente sobre los ciudadanos para así poder hacerlo de forma indirecta sobre unas instituciones que controlaban gracias a leyes caprichosas. Diferencias morales aparte, el exitoso propone un proceso similar e intenta afianzar las mediciones y baremos que corroboran dicho éxito.

Y es lógico que así sea. Como lo es que cuestionemos la validez de estas mediciones cuando se han mostrado torpes a la hora de crear una sociedad justa y estable. ¿Significa ésto que opino que vivimos en una sociedad injusta y cíclica? No necesariamente. Las sociedades y las ideas que las rigen son un juego de tendencias más que de esencias: no somos nada más que aquello que estamos en camino a ser. Y para saber que estamos en camino a ser debemos volver al tema de las prioridades que elegimos para juzgarnos como sociedad. ¿Elegimos baremos que apuntan al desequilibrio en la distribución de la riqueza, índices de alfabetización o la ineficaz explotación de los recursos planetarios o seguimos primando índices de acumulación de capital como los oráculos bursátiles?

Como verán no hemos abandonado la terminología económica. La dicotomía entre moralidad y economía es simplemente falsa; por el contrario, la explotación de los recursos planetarios se ve irremisiblemente condenada a la ineficiencia cuando tiene por objeto beneficiar a unos pocos. Sin importar que nos estemos refiriendo a un pequeño ayuntamiento o a un gran continente, la corrupción siempre se define como la utilización de los recursos de muchos en beneficio de unos pocos. Así que aún primando la iniciativa personal con un juego de motivaciones capitalistas, el objetivo de cualquier sistema económico que pretenda ser eficiente deberá ser el beneficio de la comunidad en su conjunto. Un beneficio por el que debemos velar a través de los gobiernos que elegimos, los cuales serán fundamentalmente diferentes dependiendo de las prioridades que manifestemos como individuos y, por extensión, como sociedad. Así que la palabra crisis, con sus connotaciones de retorno al estado de no-crisis de hace unos años, tal vez no sea la más adecuada. A no ser, claro está, que queramos echarnos de nuevo en los brazos de los gobernantes e instituciones que desproveyeron al capitalismo de las regulaciones que son la esencia de su buen funcionamiento; unos gobiernos e instituciones que ahora piden responsabilidad a unos actores financieros cuya moralidad dependerá única y exclusivamente de las leyes que regulen los mercados en los que actúan. El señor Soros o cualquiera de los siempre demonizados especuladores financieros no piden nuestro voto; sí lo hacen, por el contrario, los gobiernos que deben legislar para que los mercados financieros no pongan en peligro la filosofía del estado de bienestar de un continente entero. No tendremos mejores mercados hasta que no tengamos mejores gobiernos y no tendremos mejores gobiernos hasta que no tengamos mejores ciudadanos. Y el consumismo desaforado y la monetarización de la ética social propia de aquel anhelado pasado de prosperidad no parece el camino más adecuado hacia todas estas mejoras.

 

Aprender a Ganar en el Conflicto entre Israel y Palestina

En la novela clásica de Heinrich von Kleist Michael Kohlhaas, su protagonista, un tratante de caballos, buen ciudadano y escrupuloso cumplidor de las leyes, inicia una batalla legal contra el aristócrata Wenzel von Tronka, pues considera que sus derechos han sido vulnerados al serle confiscados dos caballos que había dejado como fianza. En un caso similar, E.L. Doctorow nos cuenta en su novela Ragtime la historia de Coalhouse Walker, un joven músico afroamericano de comportamiento impecable, cuyo coche es destrozado en un acto racista por un grupo de voluntarios del cuerpo de bomberos. Tanto Kohlhaas como Coalhouse (la referencia de Doctorow a Kleist es obvia), se ven defraudados por sistemas legales que benefician al poderoso e inician rebeliones en las que, además de perder sus posesiones materiales y posición social, acabarán ocasionando perjuicios a inocentes. El objeto de sus causas era tan pequeño como dos caballos y la restitución de un coche a su estado previo o tan grande como hacer prevalecer la justicia. Examinando la postura del ofensor, ambas historias coinciden en que éstos sobrestiman la importancia que los ofendidos van a dar a los bienes materiales, relativizan la importancia de la ofensa y menosprecian la innata necesidad de justicia del individuo. Israel lleva décadas cometiendo el mismo error.

Y es que en las relaciones internacionales, donde son pueblos y no individuos los que dirimen sus causas, las conclusiones son parecidas y en toda salida negociada el más fuerte tiene la responsabilidad de dar al más débil un compromiso que éste pueda interpretar como justo. Una justicia, por supuesto, adaptada a las circunstancias del momento y al equilibrio de fuerzas, pero la debilidad de la otra parte jamás debiera llevar al poderoso a buscar un último e injusto beneficio. La ecuación de debilidad e injusticia, lejos de llevar a esa desesperación en la que cualquier acuerdo es bueno, suele dar como resultado rebeliones y resistencias, así que los poderosos debieran recordar que los débiles no sólo tienen poco, sino también poco que perder. Varios imperios hubieran durado unos cuantos siglos más de no haber olvidado este concepto tan sencillo.

Israel no se ha limitado a querer imponer su victoria y utilizar su mayor fortaleza para estructurar la región a su conveniencia, sino que ha querido presentarla como la victoria del orden sobre el terrorismo. Este razonamiento obvia que cualquier reivindicación violenta por parte de un pueblo sin estado y por tanto sin ejército como el palestino necesariamente tendrá que ser definida como terrorismo. Y ha querido imponer su visión, no al estilo de los imperios, como una legitimación de la victoria, sino como un elemento de la negociación previa a la victoria. Parafraseando la famosa frase de Unamuno, podríamos decir que los imperios vencen y después convencen (o más bien se convencen mediante el revisionismo histórico de la bondad de su victoria), mientras que Israel ha querido vencer a base de convencer.

Un ansia de legitimidad perfectamente comprensible. La historia reciente del pueblo hebreo, víctima de la masacre más importante de la historia de la humanidad, hacía difícil un cambio tan rápido de víctima a verdugo. Pero la legitimidad de Israel ha estado demasiadas veces fundamentada en la barbarie de Hitler y los campos de concentración alemanes y no en lo sucedido en Palestina. Un ansia de legitimidad que es una nueva afrenta para un pueblo palestino acostumbrado a perder en el enfrentamiento directo militar, pero que a menudo ha considerado indigno llegar a acuerdos con Israel en negociaciones viciadas por la gran diferencia de fortaleza entre ambas partes.

Siguiendo con el tema de las negociaciones, comentar que, lejos del mundo empresarial, se educa a los jóvenes de todo el mundo en la admiración de los mártires nacionales que tomaron decisiones dignas en contra de la conveniencia material aparente. Nadie les acusa de ser lunáticos incapaces de evaluar su posición exacta en el mercado, mientras que, por el contrario, a los que llegan a acuerdos con los vencedores, lejos de ser realistas que han calibrado adecuadamente sus sinergias y fortalezas, los tachamos de colaboracionistas. En el ilógico mundo de las causas nacionales, la negociación sólo es vista como una virtud cuando es entre iguales: de lo contrario será considerada una capitulación. Y la principal victoria del pueblo palestino en décadas de conflicto (siempre desde su perspectiva) es la de no haber capitulado. Se podría trivializar esta resistencia diciendo que es fruto de la manipulación por parte de sus clases dirigentes, o incluso que otras naciones musulmanas han encontrado en Palestina un símbolo con el que excusar sus patéticos ejercicios de gobierno doméstico, pero sería erróneo llevar estos razonamientos hasta el extremo de negar totalmente el ansia de justicia que ha alimentando la resistencia palestina.

Así que Israel tiene dos tratamientos para el enfermo: ganar o saber ganar. De momento está aplicando el primero con la precisión de un cirujano. Ganar implica llevar a los palestinos a un estado de agotamiento y desmoralización y dividir primero a su población, eligiendo el bando de Fatah y permitiendo una relativa normalidad en Cisjordania, mientras asfixia con todo tipo de embargos económicos a la franja de Gaza gobernada por Hamas; para posteriormente dividir a su liderazgo, hundiendo a un Mahmut Abbas, líder de Fatah, al que encumbró como único interlocutor posible, pero al que ha impedido sistemáticamente mostrar beneficios concretos propiciados por la negociación.

Porque Israel es consciente de que ningún líder palestino va a poder defender ante su población el crecimiento de los asentamientos judíos en Cisjordania, por mucho que se etiquete con esa ecologista denominación de “crecimiento orgánico” (crecimiento de baja intensidad en el que sólo se llevarían a cabo los proyectos para los que ya se han concedido licencias) y que, por encima de viciadas lógicas legalistas, otra vez von Tronka y sus artimañas, parece difícil rebatir que sólo la paralización es compatible con un futuro intercambio de tierras en el que muchos de estos asentamientos deberán ser derribados. Lo cierto es que, con un tipo de crecimiento o con otro, los asentamientos en Cisjordania siguen creciendo cuando teóricamente llevan años siendo desmantelados, de modo que en esta última ronda de contactos los palestinos condicionaron la negociación a que se paralizaran. Ésto provocó que un indignado Netanyahu, con rueda de prensa incluida junto a la secretaria de estado Clinton, acusara a los líderes palestinos de falta de colaboración.

Israel no está engañando a la comunidad internacional, sino sólo a sí misma, cuando pretende mantener una autoridad moral en un conflicto en el que desde hace tiempo sólo tiene la que le confiere un poder militar infinitamente superior al de su contrincante. O cuando intenta convencerse de que está actuando de manera diferente a los imperios coloniales que tan importantes fueron en su formación. Desde la Francia antisemita del caso Dreyfus, en la que un indignado Theodor Herzl comenzó a formular las doctrinas del sionismo político moderno; pasando por la Gran Bretaña que dio legitimidad a dicho movimiento con la declaración Balfour en 1917 y siguiendo por unos Estados Unidos que obligaron a una emigración judía masiva a Palestina cuando en 1924 hicieron más estrictas sus propias normas migratorias con el National Origins Quota y el Inmigration Act; los cuales se mostraron como especialmente crueles al impedir, ante la pasividad de la clase política americana, la entrada de cientos de miles de judíos que huían de la Alemania nazi; desde su formación, Israel ha sido testigo de como los grandes poderes formulaban altos ideales a la vez que miraban única y exclusivamente por su conveniencia.

Así que condenar a Israel es condenar a todos los vencedores de guerras que, sin excepción, han utilizado el derecho internacional que regula las acciones bélicas para minimizar sus propios daños teniendo al débil encorsetado por unas normas que el fuerte raramente ha cumplido. Israel no está haciendo nada más que seguir la lógica de una historia en la que el pueblo judío ha estado demasiadas veces en el bando de los perdedores. Pero lo que Israel no puede pretender es que el pueblo palestino le allane la victoria con una rendición en la que deshonren a sus muertos. ¿Los muertos de Israel? Ahí está una de las claves del conflicto. Los ganadores tienen cientos de formas de honrar a sus muertos, así que hay que buscar la forma de que los palestinos tengan el espejismo de la victoria y puedan honrar a sus muertos y mártires en plazas, puentes, calles y fiestas nacionales. Para que puedan honrarles en una capital que incluya Jerusalén Este. De no ser así, Israel debiera comprender que la razón moral, la legitimidad, estará del lado de los palestinos, quienes pasarán a formar parte de la larga lista de pueblos derrotados en constante luto espiritual por sus holocaustos y diásporas.

No va a ser fácil que Israel se decida por una de las dos estrategias: a menudo parece como si fuera una sociedad dividida entre los que quieren ganar y los que tratan de saber ganar. Y curiosamente los primeros casi siempre tienen el poder político, representados por el Likud de Netanyahu o el Kadima de los gobiernos de Sharon y Olmert y por sus habituales aliados religiosos, mientras que los segundos, parte de una sociedad más laica, progresista y urbana, tienen una ascendencia intelectual más importante que sus últimamente pobres resultados electorales. Parece como si el brazo y la mente del estado de Israel fueran por caminos distintos: dos direcciones que ni el luto por el asesinato del primer ministro Rabin en 1995 pudo reconciliar. Por el contrario, el partido de Rabin, el laborista, en otro tiempo gran dominador de la vida política israelí, inició entonces un descenso que sólo un año después propiciaría la primera victoria de Benjamin Netanyahu frente a Simon Peres. En la actualidad, el laborismo, liderado por el actual ministro de defensa y ex primer ministro Ehud Barak, transita sin demasiada influencia por la coalición gubernamental, lo cual no debiera extrañarnos teniendo en cuenta que sólo es la cuarta fuerza del Knesset con 13 escaños.

Para aquellos que pidan equidistancia al valorar el conflicto, pedir disculpas por no poder aportarla en un proceso en el que hay una de las partes que tiene el poder de ofrecer y la otra sólo el de aceptar o, en su defecto, de resistir. Las posturas no parecen tan lejanas, o al menos no lo parecieron cuando el anterior primer ministro israelí Ehud Olmert pareció ofrecer el 94% del territorio de Cisjordania y compensar el 6% restante con tierras actualmente en territorio israelí, además de un paso entre Cisjordania y Gaza y una soberanía internacional sobre los símbolos religiosos de Jerusalén, ciudad que pasaría a ser compartida como capital de ambos estados: de Israel la parte oeste y la este del nuevo estado palestino. Poco después de estas supuestas ofertas Netanyahu volvió a ganar las elecciones, formando una coalición con objetivos y sensibilidades diferentes al anterior gobierno, produciéndose un retorno a anteriores épocas de evasivas y recriminaciones entre ambos liderazgos. Desgraciadamente, en algo también habitual, las soluciones que podrían haberles acercado, esas fantásticas ofertas de las que habló Abba Eban (ministro de asuntos exteriores de Israel entre 1966 y 1974) cuando dijo aquello de que “los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad” suelen ser rumoreadas ofertas potenciales en tiempo pasado, mientras que las diferencias que les separan siempre son problemas reales en tiempo presente.

El futuro no parece mucho mejor. Para aquellos que esperaban que Obama arreglara el conflicto a base de discursos y momentos históricos, decir que el presidente americano sólo podrá ser, en el mejor de los casos, un juez del conflicto. Así que de momento parece inteligente su postura de no exponerse a perder su legitimidad moral mientras no cambien las circunstancias, delegando en una Hillary Clinton que está sirviendo de contrapeso a su claro posicionamiento durante la campaña electoral americana en favor de una paz justa y la creación de dos estados. Una legitimidad moral con la que tendrá que evitar que Israel se comporte con la prepotencia de un von Tronka cualquiera. Para que la paz sea duradera, habrá que bajar de las alturas de la especulación al detalle, poniendo en la balanza, por un lado, los coches o caballos que fueron injustamente destrozados o confiscados, y en la otra el trabajo del pueblo hebreo en un estado que, siguiendo la lógica de otros tiempos en los que la justicia de los países era la de las armas, confirmaron con victorias bélicas. Es decir, no la justicia en abstracto, sino la justicia de aquí y ahora. La justicia de los que saben ganar y de los que, aunque hace tiempo que saben que han perdido, aspiran al menos a una derrota digna.


Artículos 2008-2009: El Caso Turco y el Folclore Civilizacional

Una cierta legitimidad moral es necesaria para cualquier fuerza política emergente, razón por la cual todos los imperios han conquistado en nombre de la civilización y el progreso. No ha existido, afortunadamente, el imperio que haya conquistado en nombre de la crueldad y la sangre de inocentes; ni tampoco, desgraciadamente, el que lo haya hecho bombardeando libros o amenazando a sus enemigos con partituras de música enrolladas. Con ésto no quiero decir que la legitimidad moral siempre sea el embrión de un imperio o una hipócrita excusa para la dominación, sino simplemente que hay un punto en la carrera imperial en el que la civilización se convierte en una simple cantinela para conseguir unos fines.

Es difícil decir con exactitud cuando Estados Unidos pasó este punto clave. Entró en las dos guerras mundiales de manera reticente y frente a la oposición de gran parte de su población—por aquel entonces, curiosamente, los idealistas eran los que abogaban por la necesidad de intervenir y los pragmáticos los que apuntaban a la conveniencia de no inmiscuirse en los asuntos ajenos—, y aunque se benefició económicamente de ambas, éstos beneficios parecen más una consecuencia que una motivación. Tal vez fue sólo durante la segunda guerra mundial, con sus vergonzosos bombardeos nucleares y la posterior e inquisitorial lucha contra el comunismo, cuando los fines comenzaron abiertamente a justificar los medios, iniciándose una etapa de intervencionismo que ha tenido en Vietnam uno de sus episodios principales y en la sangrienta postguerra de Iraq, esperemos, su epílogo.

El progreso de la Unión Europea también ha estado basado en una aparente legitimidad moral. De momento sus miembros han visto a la UE como un factor de potenciación más que de supresión y algunos de sus pilares clave, como la libertad de movimiento del trabajador o unas normas de entrada claras y justas que no hacen distinción entre candidatos (dentro, de momento, de unos límites geográficos), han contribuido a esta sensación. El momento de la cantinela civilizacional aún parece lejano, si bien algunas de las reacciones surgidas a raíz de la futura entrada de Turquía en la UE (en el caso, claro está, de que Europa cumpla sus compromisos), debieran hacer que nos preguntemos si no nos estaremos acercando a ese peligroso punto en el que el fin comienza a justificar los medios.

Es triste contemplar que, como una rémora del subconsciente de la peor Europa; de la que mandó a Hitler y Napoléon a través de las estepas rusas o de la que esperaba relamiéndose la ruptura del imperio otomano; nuestra laica, libertaria y relajada Europa (o así hemos querido vernos); esa que en las últimas décadas ha tratado de postularse como fuerza global de cambio en el orden internacional frente a la que se mostraba (de nuevo tratamos de percepciones) como religiosa, intervencionista y agresiva América; ha sacado esa vena santurrona y folclórica que los propios estados intentaron suprimir en su relación con la UE. La laica europa ha sido más una unión de objetivos que de folclores: por eso ha funcionado. Pero por lo que parece el folclore siempre contraataca.

En el debate turco nos encontramos entre dos posiciones históricamente muy europeas. Por un lado, la obvia, la de los que quisieran que Turquía no formara parte de la unión en defensa de una supuesta identidad cristiana. A lo que cabría añadir: si nada ha unido y relacionado a las naciones europeas tanto como sus guerras, ¿debiéramos declarar como patrimonio europeo los lugares en los que nos hemos matado en los últimos doce siglos y matarnos de vez en cuando para no olvidarnos de quién somos y de dónde venimos ? Nada ha unido y separado tanto a los europeos como, por este orden y cuando no han ido juntas, las guerras y las religiones de estado; de modo que si es exactitud lo que buscamos en nuestra definición indentitaria debiéramos añadir belica a cristiana y ya de paso hacer notar que nuestro respeto por la vida individual ha sido tan grande en la teoría como inexistente en la práctica, como demuestran los millones de vidas sesgadas en las variopintas contiendas europeas. ¿Es ésta una verdad incómoda? Al contrario, es simplemente falsa. Por primera vez en la historia europea la vida es cara, como demuestra que ninguno de sus estados tenga el derecho a quitarla. Con independencia de lo que el continente europeo fuera en el pasado, la Unión Europea no es ni bélica ni cristiana.

En el polo opuesto del debate, están aquellos que, fieles a la mejor tradición colonizadora europea, argumentan que Turquía debiera entrar en la UE para salvarla del radicalismo islámico. Según este razonamiento la conveniencia de Europa es sólo indirecta y en la medida que se evitará la desestabilización o radicalización de un importante vecino: conviene alejar Oriente y Asia del Bósforo y poner una pared de laicismo y razón que proteja a Europa. Oyendo ciertas declaraciones parece como si, de no entrar en Europa, Turquía fuera a mudarse a otra región; teniendo en cuenta que sin pertecenecer a la Unión Europea ha sido capaz de evitar el radicalismo islámico, ¿qué razones hay para pensar que no pueda seguir evitándolo en el futuro? Así que no asumamos que Oriente cambiará a Turquía; de no entrar en la UE, la laica Turquía tal vez pueda ser el líder regional que ayude a Oriente a seguir evolucionando. Así que no estamos debatiendo una cuestión apocalíptica, sino de intereses.

Nada más lejos de mi intención que idealizar la actual sociedad turca. No es libre, desde luego, una sociedad en la que no se puede debatir sobre el genocidio armenio o en la que no se puede cuestionar la figura de Ataturk o las bonanzas del Kemalismo. Dicho ésto, y especialmente tras las recientes aventuras occidentales de ingeniería social en Oriente Medio, tal vez debiéramos aprender que todo terreno ganado por una sociedad para la democracia es una ganancia y no, como cuando juzgamos otras democracias (al analizar las nuestras siempre somos más benévolos), cada elemento carente un factor de descalificación. La denuncia y la resignación ante las violaciones de los derechos humanos jamás pueden ser parte de la misma ecuación, pero sería conveniente que dejáramos de utilizar las denuncias con fines ulteriores. Hay una gran diferencia entre denunciar que Turquía no respeta los derechos humanos y recordar que ninguna democracia que no lo haga entrará en la Unión Europea, a decir que Turquía no respeta los derechos humanos, pues no respetar los derechos humanos forma parte de la identidad musulmana y ya se sabe que el Islam, desde sus comienzos, etc. etc.

En cuando a la europeidad de Turquía, decir que la antigua Constantinopla, capital durante diez siglos del imperio romano oriental, no pertenece históricamente a Europa es, incluso en un debate tan abstracto y futil como éste, simplemente indefendible. Para quien date la no europeidad de Turquía desde los tiempos otomanos, añadir que muchos antiguos territorios del imperio otomano; todo el mar adriático, desde Eslovenia a Croacia, han entrado con la mayor de las normalidades culturales en la Unión Europea. O que decir del deporte: si el deporte es política para populistas recalificaciones urbanísticas tal vez debiera serlo también para la europeidad de un territorio. Y Turquía, como Israel, juega competiciones europeas. Culturalmente Israel podría ser parte de la UE, otra cosa es que quiera serlo, y lo mismo puede ser dicho de Turquía. No hace falta buscar declaraciones de antiguos presidentes británicos sobre Turquía, tal y como hizo el primer ministro turco Erdogan, para aceptar una europeidad que es muy difícil rebatir.

Claro que todo ésto es dar vueltas al verdadero tema: la religión. Los ciudadanos turcos, que no un estado donde la defensa del laicismo ha llevado incluso a levantamientos por parte del ejército, profesan individualmente una religión diferente a la mayoría de ciudadanos europeos. ¿Supone el Islam un obstáculo insalvable para la vertebración del pensamiento individual democrático? ¿Acaso lo supuso el cristianismo cuando, tras siglos de obstrucción, por fin se separó del estado? Ni siquiera lo supuso en su vertiente católica, en la que hace sólo unas décadas seguía controlando (desde Portugal a Italia pasando por España y América Latina) los resortes de poder del estado. Es una pena que nos olvidemos de que en Europa sufrimos problemas casi idénticos a los del mundo islámico mientras no se separaron la iglesia y estado. No son las religiones, sino los estados, los que deben y pueden garantizar los derechos humanos. ¿Dejaríamos en manos de la jerarquía católica los derechos de los ciudadanos homosexuales o la prevención de la violencia sexista?

Nadie criticará, ni siquiera Turquía, a la UE por establecer unas normas de entrada firmes y justas. Lo que no es permisible para un estado candidato no lo es para otro, pero la demostración de que el verdadero tema no es la apertura de sus puertos en el norte de Chipre o los derechos humanos, es que nuestros líderes políticos no han hablado de como solucionar tan preocupante situación, sino de cuestiones civilizacionales, de que porcentaje de la población está a favor de la entrada de Turquía (se dice que un 20%, lo cual, según las mágicas reglas de la estadística, no significa que el 80% esté en contra) y de lo que piensan el señor Sarkozy, la señora Merkel o el señor Ciudadano D.A. Pie. ¿Y los puertos de Chipre? ¿Y los derechos humanos? Todo lo demás ya debiera de estar superado. La cuestión ya no es si Turquía debiera entrar, sino si cumple con las condiciones de convergencia estipuladas.

Una vez aceptado que la entrada de Turquía en la UE no debiera adquirir tintes apocalípticos, ni a favor ni en contra, sino de intereses, señalemos algunos de los más obvios. El interés de Turquía es claro: entrar en un mercado libre y de garantía de derechos humanos de cerca de una treintena de países y quinientos millones de personas. ¿Y el de Europa? Oyendo a los democristianos uno se pregunta como los mismos que luego se manifiestan indefectiblemente a favor del mercaco libre se escudan en una ambigua cuestión religiosa a la hora de razonar el porqué impedir la entrada de un mercado de más de setenta millones de personas y con una media de edad 20 años más joven que la europea. Los conservadores europeos suelen referirse a sí mismos como liberales económicos: no estaría de más que fueran un poco más consistentes a la hora de demostrarlo.

En cuanto a la presunta diferencia cultural, sugerir que la diferencia, con la aceptación de unas reglas comunes económicas y de derechos humanos, es una ventaja más que un inconveniente. El progreso humano (y especialmente el del individualista occidente) siempre ha estado basado en la diferencia. La diferencia estimula, rompe rutinas, y hace salir del acomodamiento tanto a nivel personal como social. Y todo estos presuntos beneficios potenciales se están arriesgado, no por lo decidido democráticamente tras una exposición de argumentos, sino por una vaga idea de lo que quiere o piensa la población sobre un debate que aún no hemos tenido. No ha habido explicación ni argumentación, sino simple superchería social. ¿Cuándo la Europa de la razón se ha convertido en la Europa de las encuestas de opinión?

El caso turco pone, como el reciente referéndum en Irlanda, pone de manifiesto uno de los grandes problemas de la Europa del futuro: la representatividad. La unanimidad y el consenso está bien en una comunidad de vecinos en la que los intereses de la mayoría nunca pueden superponerse a los intereses de cada uno de los miembros. Pero en una comunidad mayor el consenso puede significar que una pequeña parte de la comunidad tenga secuestrada a la mayoría. Con todos los respetos para los votantes de los líderes antes mencionados, no parece justo que lo que diga una parte de un país importante marque el futuro de toda la Unión.

Creo que éstos son los temas sobre los que deberíamos hablar; no tanto sobre si debe haber más miembros (¿por qué no si se cumplen las normas de convergencia?), sino de cómo hacer Europa una mejor institución y como conseguir, sin invadir las competencias de los estados, que haya una mayor representatividad. Es posible que a Europa sólo le hayan entrado las dudas cuando ha comenzado a preguntarse que era. Unas dudas no sólo legítimas sino incluso necesarias, pues éstas suelen diferenciar al progreso de la huída hacia adelante. Pero una vez hemos reflexionado, ¿qué tal si siguiéramos adelante con la mejor organización internacional creada por el hombre en toda su errática y beligerante historia? Cierto que el listón no estaba muy alto (y la peste Bushónica lo ha seguido bajándolo), pero aún así los logros de la UE en las últimas décadas son innegables. Así que enfrentémonos de una vez a la pregunta a la que toda comunidad tiene que enfrentarse tarde o temprano: ¿qué hacer cuándo no estamos todos de acuerdo? Va ser un proceso difícil con o sin Turquía. Ojalá sea con. Y ojalá dejemos las cantinelas civilizacionales para el lugar del que nunca debieron salir: los libros de historia de la propaganda.

Foto: Hagia Sophia, http://www.byzantines.net/

 

Artículos 2008-2009: La Postbushonía o la Ciencia de un Sócrates a su pesar

 

 

Si creía, estimado lector, que nunca iba a oír las palabras Bush y ciencia en la misma frase, (especialmente si ésta a la vez no contenía destrucción o cualquiera de sus sinónimos), ese más-difícil-todavía del circo de las palabras está a punto de ocurrir. Ahí va: los efectos de la administración Bush nos obligan y son la oportunidad perfecta para crear una nueva ciencia. Y he dicho ciencia: nada de conceptos pequeños como disciplina o escuela de pensamiento. O nombres prestados del tipo estudios de “Ciencias para…” o “Estudios de…”; o uno de esos neos, paras o pans de los que el mundo está lleno.

   Por la importancia de su misión, bien merece que en la génesis de nuestra ciencia hagamos un esfuerzo en terminológía y encontremos un nombre rotundo: la Postbushonía. ¡Postbushonía! Bueno, no será será perfecto, pero si los comienzos lo fueran entonces ya no serían comienzos, sino comienzo y final, lo cual nos crearía una nueva gama de problemas que, francamente, no me atrevería a intentar resolver en este artículo. El nombre de Postbusnonía suena lo suficientemente enfermizo, algo así como una pulmonía postBush. Las ciencias, aunque su objeto sea enfermizo, tienen la misión de curar, avanzar, progresar…; de modo que que al final la única virtud de mi nombre no es tal, sino más bien otro defecto, ya que refleja mucho la enfermedad y poco la curación.

   La nueva ciencia, para empezar, tendrá dos facetas diferenciadas: reconstrucción y viejas vergüenzas al descubierto; arreglar lo estropeado en estos ocho años y entrar por fin en esos temas que de no ser por la involuntaria colaboración de la administración Bush hubiéramos podido seguir ignorando durante unas cuantas décadas más.

   Comencemos por la primera función, sin duda la más aparente, pero no necesariamente, como veremos más adelante, la más extensa. La reconstrucción será la del humanismo europeo, incluyendo los progresos aportados al mismo por la república americana desde su creación a finales del siglo XVIII. Paso primero: construcción por destrucción, adición por sustracción; es decir, hacer desaparecer, a ser posible con pompa y circunstancia, insultos a la inteligencia y decencia colectiva como Guantánamo, las torturas legales (que esta contradicción en términos se haya convertido en aceptada ya debiera mostrarnos lo equivocado de nuestro camino); la subcontratación de torturas a países con menos escrúpulos legales (como si con prácticas de este tipo a EE.UU. demostrara tener muchos), o esos interrogatorios creativos, tales como la privación de sueño del interrogado, cuya denominación, como aquella contabilidad creativa de Enron que llevo a la ruina a miles de pequeños accionistas, utiliza las palabras para esconder la realidad. Exactamente la función contraria a la que, por definición, debieran tener las palabras. ¿Definición de quién? ¡De todos aquellos que al lavarse las manos no lo hacen con una cuchilla a la que han decidido llamar jabón y que no se afeitan con una pastilla perfumada de formas romas a la que han llamado cuchilla! Las palabras se pueden usar para desinformar, pero sólo sirven para informar. Así que dejemos de llamar a las torturas interrogatorios creativos…

   Resultado del análisis preliminar: la reconstrucción del mundo anterior a Bush va a ser una ingente obra de esa misma ingeniería política de la que los neocons y Bush decían huir y que terminaron practicando con la pasión del converso.

   El segundo elemento de la Postbushonía, tal vez el más importante, es la gran cantidad de vergüenzas que la administración Bush ha dejado al descubierto. El gobierno de W. Bush ha sido a la sociedad internacional lo que el huracán Katrina fue a la administración Bush: las infraestructuras eran insuficientes antes del huracán y lo eran antes de Bush; él no creó las vergüenzas de la sociedad internacional, simplemente las ha dejado al descubierto, y será culpa de todos si dejamos que una rama de olivo del estilo de Obama o la simple desaparición de W. vuelvan a taparlas. Así que, lo que son las cosas, Bush es un Socrates a su pesar, un apuntador de verdades. Como Socrates, Bush ha puesto las bases para que sus interlocutores encuentren la verdad. De hecho ha ido más lejos y con su incompetencia las ha puesto también para que no sigamos perdiéndola.

   La verdad es que sólo con juegos de palabras podremos juzgar de forma positiva a esta catástrofe natural; esta plaga bíblica que sospecho que el antiguo testamento hubiera tenido el buen gusto de hacer durar siete años y que la democracia, siempre generosa, ha hecho durar uno más. No es sólo el tiempo perdido: teniendo en cuenta el que cada uno de nosotros pierde en concursos, culebrones y eventos deportivos varios, éste parece ser lo de menos. Los seres humanos a los que se ha dejado de alimentar; el progreso en todos los continentes que se ha dejado de llevar a cabo; con ser todo ésto importante, las abstracciones del bien no realizado palidecen al ser comparadas con la desestabilización quirúrgica de regiones enteras y de todo lo que es digno en nuestro ordenamiento jurídico internacional. El bien no hecho entra dentro del negociado de la torpeza, pero desgraciadamente Bush ha sido mucho más y mucho menos que un mal presidente.

   Su presidencia, en combinación con el proceso de laicidad vivido por la práctica totalidad de las democracias en las últimas décadas, ha hecho que las guerras ya no sean cuitas divinas, sino simples empresas mercantiles. Este es una avance nada despreciable. No está claro que sea más fácil luchar contra la economía que contra Dios (o cuando Dios era la excusa para la economía/poder), pero facilita el proceso de comprensión de las guerras, aunque sea de comprensión de porqué no somos capaces de evitar las guerras. Si los grandes comerciantes de la guerra pudieran hablar con una sola voz (teniendo en cuenta la atrocidad de la empresa parece difícil que estos intereses no sean controlados por una reducida oligarquía comercial guerrera; si bien, a su vez, teniendo en cuenta la persistencia de la humanidad en la actividad guerrera, parece difícil que ésta no se deba a una intención guerrera colectiva); como iba diciendo, si los belicistas pudieran hablar por una sola voz, seguramente se sentirían más seguros defendiendo la causa de Dios que la del dinero. En nuestra sociedad, Dios simboliza lo inexplicable y pasional (si bien viene a cubrir algo tan poco inexplicable como que necesitemos un escape ocasional de nuestro mundo de razones, algo así como una borrachera ideológica ocasional), de modo que cuando nos preguntamos porqué ha comenzado una guerra o disputa, siempre sera más fácil justificarla con palabras a las que el desgaste de la historia haya convertido en meras abstracciones, tales como Dios, nación, historia, o libertad. Por eso es tan importante que sigamos hablando de seguridad y economía, ya que al hacerlo entramos en el concepto de lo analizable. ¿Realmente vivimos en un mundo más seguro? ¿Se beneficia económicamente la comunidad humana de las guerras? Ya podemos imaginarnos los perjuicios de perder una guerra, ¿pero resulta rentable ganarla? Al fin y al cabo el 100% de la guerra es subvención estatal, ¿y los beneficios? ¡Y los hay que se quejan de que el cine sea subvencionado! Es curioso comprobar como algunos de los mayores críticos de las subvenciones culturales participan luego con tanto fervor de la más subvencionada de las representaciones artísticas…

   La vida será más triste para algunos al descubrir que no hay dioses o naciones por los que morir (o tal vez sería más correcto decir por los que puedan morir otros: como tantas veces el concepto cristiano del martirio ajeno), pero el asco que sentiremos al interpretar la guerra como un asunto perfectamente humano y comprensible durará sólo hasta que nos pongamos a resolver la ecuación guerrera. Tal vez el gran logro del siglo XXI, el de la relatividad moral tantas veces criticada, sea convertir la guerra en algo pequeño y resoluble como todo lo humano.

   Al resolver la ecuación descubriremos dos cosas: primero, que la guerra es muy rentable para unos pocos, pero para la comunidad es el más ruinoso de los negocios. Peor aún: se corresponde exactamente con la definición de negocio ruinoso. Y, segundo, que aunque fuera negocio debe, como el capitalismo, atenerse a unas reglas. En un simulador de una sociedad sin reglas, ésta siempre acabará en dictadura; un capitalismo salvaje y sin reglas acaba necesariamente en monopolio, peces comiéndose a otros, los peces cada vez más pequeños y el hegemón cada vez más grande, hasta que sólo queda un rey o dictador atemorizando al resto. Una dictadura no es más que un mercado libre sin reglas. Quien primero acceda a los recursos de la sociedad, primero podrá instrumentalizarlos y someter al resto.

   ¿Libertad? ¿Capitalismo? Afortunadamente nuestras sociedad están llenas de regulaciones. Regulamos, por ejemplo, que el ansia de provecho no justifique la ausencia de servicios sociales; lo hacemos por planificación a largo plazo: del mismo modo que desde el punto de vista de la sociedad no hay peor inversión que la guerra (definición de destrucción de recursos) no hay mejor inversión que la educación (creación de oportunidades, no necesariamente monetarias, para el individuo). Si la guerra fuera provechosa, sería un negocio indigno, ¡pero es que ni siquiera es negocio! Y encima está penosamente organizado. Si realmente la industria guerrera tuviera que competir en el libre mercado, para empezar, los efectos nocivos de dicha industria justificarían impuestos e indemnizaciones millonarias. Así que desdramaticemos la guerra; el drama que ha supuesto para la humanidad la administración Bush debiera permitirnos ese grado de sano cinismo: la Postbushonía nos ayudará a que ninguna disciplina se quede fuera del frío análisis. No hablemos de luchar contra las guerras por humanidad o decencia, sino que hagámoslo como se lucha contra el tabaco. ¿Ha habido publicidad engañosa? ¿Se ha hecho atractiva para los menores con dibujos animados y películas de John Wayne o Bruce Willis? ¡Abogados a trabajar! Las guerras ya no tienen que desaparecer, sino que ser resueltas. A falta se santos, buenos serán matemáticos.

   Hace ocho años, imbuídos de nuestra grandilocuencia civilizacional, hubiera sido imposible resolver o ni siquiera crear la ecuación de la guerra; justificábamos nuestra inactividad argumentando que las herramientas (tales como el derecho internacional o las organizaciones internacionales) ya habían sido creadas y que era sólo cuestión de lograr un mejor funcionamiento. Necesitamos una nueva salud internacional y no son ejércitos los que nos la traeran, sino abogados, juristas, filósofos, matemáticos, economistas: realmente cualquiera que no vaya disfrazado de soldado. Resolver la ecuación de la guerra con leyes, teorías e impuestos…; todas esas imperfectas herramientas humanas que harán que cinco minutos después de crearlas ya las estemos criticando desde nuestras burguesas existencias, pero que al menos impedirán que sintamos ganas de vomitar al preguntarnos ¿qué tal es la sociedad en la que nos ha tocado vivir? Así que tal vez estemos más cerca del final de las guerras de lo que lo hemos estado en nuestra accidentada historia como especie. Bush ha logrado lo que ni cien partidos verdes lograrían: la victoria del pacifismo. Ahora queda lo más difícil para toda ideología, que es recolectar el premio. Y hacerlo antes de que los que la han apoyado (la causa) lo hagan suyo (el premio).

   Este es, señor presidente W., su legado. Que gran logro: ya ve que he conseguido otorgarle un papel brillante en la historia. ¿Habrá entonces causa o tema que se me resista? Gracias, gracias, realmente los aplausos son merecidos…Así que creo que éste es, señor presidente, un buen momento para irse, no espere los meses que aún le quedan, simplemente deje las llaves sobre el pupitre del despacho oval, y ovalesé a donde nunca más volvamos a saber de usted. Sólo así le dejaremos tranquilo y podrá evitar que le sometamos a los númerosos juicios internacionales que, como representante de su equipo, se ha ganado a pulso…

   Bueno, de esto y otras cosas por el estilo, se ocupara la ciencia de la Postbushonía, la ciencia de ese Sócrates a su pesar…

 

 

 

 

 

Foto: http://www.spanisharts.com (J.L. David, La Muerte de Sócrates,1787)

Artículos 2008-2009: Nociones para Naciones

Decir que el concepto de nación-estado está inmerso en un proceso de cambio sería sugerir que este proceso en algún momento se ha detenido. Las comunidades legales, a las que tentativamente llamaré estados, y sentimentales, a las que no menos tentativamente llamaré naciones, están en constante evolución; si bien es innegable que en las últimas décadas este cambio ha sido más aparente (seguramente porque ha sido la culminación de otros muchos cambios anteriores) gracias a la influencia de uniones militares y políticas, creando la curiosa situación de que una gran cantidad de personas sienta como su comunidad una diferente de la que les defiende militarmente. Ésta es, por tanto, una gran oportunidad de crear comunidades con signos indentitarios desvinculados de símbolos militares.

      Una unión militar a nivel europeo parece ser inevitable como realidad práctica, pero ya existe como realidad defensiva. Si nos preguntamos de dónde proviene nuestra sensación de seguridad con respecto a amenazas exteriores la mayoría de nosotros contestaremos que de alianzas militares tipo OTAN o de principios y políticas tipo ONU o Unión Europea. Así que nuestra nacionalidad ya no es la que garantiza nuestra seguridad y en el caso de muchos ciudadanos europeos su nacionalidad ni siquiera tiene ejército propio. Dicho sea ésto sin ningún tipo de animadversión hacia los ejércitos; no hay que olvidar que en los albores de la guerra de Irak fueron estamentos militares a ambos lados del Atlántico quienes intentaron atemperar la retórica belicista, haciendo buena esa sensación que muchos teníamos sobre que nuestros ejércitos estaban para evitar guerras y no para lucharlas. Algo falla, desde luego, cuando los políticos de carrera o comentario tienen que calmar a los militares; pero algo falla también (y se ha visto que fallaba y mucho) cuando los militares tienen que tranquilizar a los políticos.

     En las nuevas regiones-nación que podrían surgir en el estado europeo—como estado la UE debiera aspirar a una multinacionalidad sentimental —, la nacionalidad militar parece poco importante en comparación a la realidad del estado que emite monedas, defiende las fronteras, emite los documentos y garantiza derechos. La Unión Europea es un futuro estado que podría lograr que la multinacionalidad se pareciera a la anacionalidad en referencia al estado-nación tradicional y belicoso y que de esa anacionalidad surjan nuevas naciones, patrias sentimentales que en muchas ocasiones podrían coincidir con fronteras administrativas, pero cuyo origen no tendrá ninguna connotación guerrera. Es destacable que los ejércitos hallan sido irrelevantes en la actual definición de seguridad, la cual, por primera vez en la historia, no encuentra sus orígenes en ninguna gloriosa victoria o dolorosa derrota militar. Y digo definición, que no consecución: los ejércitos han tenido su importancia pero ésta no ha sido de ningún modo ideológica.

     ¿Cuál es esa definición de seguridad? Mientras a algunos parece producirles una sensación de seguridad que se detenga sin juicio durante años a sospechosos de terrorismo, a otros nos parece sencillamente aterrador. Aterrador humanitariamente (mirando por el prójimo) y aterrador humanamente (mirando por nosotros mismos: hay cosas tan humanas pero no más humanas que el egoísmo). El día que un sospechoso de terrorismo puede ser detenido sin garantías judiciales todos podemos ser detenidos. ¿Basta que con no ser sospechoso de terrorismo? ¿Y cómo se consigue eso? ¿No estudiando árabe? ¿No aprendiendo a llevar un avión? ¿No viajando? ¿No teniendo opiniones diferentes a las de aquellos que se consideran legitimados a detener a los sospechosos de terrorismo sin garantías judiciales? ¿O no llevando un abrigo y corriendo en una estación de metro en verano, como aquel ciudadano brasileño, Charles de Menezes, en el metro de Londres?

     Hay muchas cosas que la Unión Europea ha hecho por nuestra seguridad sin necesidad de guerras, como crear el contexto económico que nos ha permitido quedarnos en nuestros países o, de así elegirlo, emigrar legalmente a cualquier estado de la Unión. Los africanos que han llegado a Europa ante la incomprensión de gran parte de nuestras poblaciones no vivían estilos de vida muy seguros. Seguridad es evitar atentados terroristas, pero también es seguridad no condenar a una parte de tu población a jugarse la vida a través de mares, desiertos y ríos.

     Y seguridad es, por supuesto, que la movilidad del capital sea equiparada a la del trabajador. No es necesario irse a regiones recónditas, no democráticas o bajo la influencia de ideologías y religiones demonizadas en occidente para encontrar ejemplos de lo contrario. El TLC (Tratado de Libre Comercio Norteamericano) aumentó la movilidad del capital entre los cristianos y capitalistas Estados Unidos y el católico y capitalista México, pero no la del trabajador. ¿Resultado? De momento (y subiendo) once millones de inmigrantes ilegales. Así que a la hora de valorar nuestras adhesiones y nacionalismos no estaría mal que recordáramos que de haberse parecido el modelo europeo al TLC, las multinacionales alemanas o francesas podrían haber invertido, por ejemplo, en España o Polonia y seríamos los españoles y polacos, como los mexicanos en norteamérica o los africanos en las costas españolas, los que tendríamos que jugarnos la vida escapando de la miseria.

     Dicho ésto, ¿debiéramos seguir fundamentando nuestro patriotismo en los lejanos genocidios de Hernán Cortés en las pantanosas tierras de Tenochtitlán? Tal vez ésto parezca una exageración (es lo que pretende ser), pero no parece muy coherente que mientras nos hartamos de condenar a sangrientos dictadores y exigir respeto a los derechos humanos, nuestros símbolos nacionales sigan siendo los de siempre. Así que no está de más que las nuevas naciones, nacionalidades, realidades nacionales, reinos dentro de reinos y demás definiciones en las que en España nos hemos convertido en una auténtica potencia mundial, estén vertebradas alrededor de realidades geográficas, idiomáticas e históricas, pero no alrededor de victorias militares y ejércitos. No deben cambiar los derechos garantizados por los estados, pero que cambien esas patrias sentimentales llamadas naciones y que vuelvan a cambiar si es necesario y que el estado tenga las herramientas para acomodar unos cambios que tendrán tanta o tan poca importancia como todas aquellas cosas cuya valoración depende del individuo. Las naciones son sentimientos; los estados, por el contrario, tienen la obligación de proporcionar unos derechos inalienables, de modo que un cambio de nación dentro de un estado o idea de estado, es decir, dentro de unos derechos, debiera ser absolutamente irrelevante.

     Cuando la adhesión individual que cada uno de nosotros pueda sentir por la nación e historia de España se eleva a categoría de religión, tal vez debiéramos preguntarnos porqué sentir un especial afecto por un estado, el español, que en más de quinientos años de historia no ha sido capaz, no ya de garantizar, sino ni siquiera de mostrar como una opción viable y estable la democracia; la historia de España ha sido una de dictaduras y absolutismo y el único periodo verdaderamente democrático ha llegado cuando en muchos sentidos nuestro estado es la Unión Europea, sin cuya influencia regional la democracia actual jamás hubiera cuajado. Si un año antes de la formación del primer gobierno plenamente democrático (el del PSOE: en este contexto interpretaríamos a la UCD como un resultado de la transición más que de la propia democracia) ya hubo un golpe de estado, ¿qué hubiera sucedido de haber estado España en latinoamérica y no en una región-estado de democracias consolidadas? Se suele apuntar a la alternancia entre partidos elegidos democráticamente como signo de la consolidación de una democracia, ¿hubiéramos aguantado los quince años que aún quedaban para dicha alternancia? Que cada uno conteste como quiera y que, al hacerlo, comprenda que hay muchas contestaciones y, por lo tanto, adhesiones nacionales posibles.

     España es una palabra, un nombre geográfico que no debiera tener connotaciones positivas o negativas, y tan ofensiva es la sacralización de la idea de España como la utilización de dicho nombre como símbolo de las barbaries cometidas por los habitantes de parte de la península ibérica. No fue la señora España, viuda de Portugal y prima de Francia, la que formó el régimen de Franco, sino personas nacidas en toda su geografía. Catalanes y vascos hicieron mucho más que colaborar con el régimen, mucho más que someterse como quien se somete a una fuerza invasora; catalanes y vascos (y hablo de estas dos por ser las dos nacionalidades más marcadas junto con la española) dieron forma al régimen y lo impulsaron como lo hicieron personas de todas partes de la geografía española. En quinientos años da tiempo a ser verdugo y víctima muchas veces. Tan ridículo es postrarse ante palabras como lapidarlas y los conceptos Madrid y España son sólo eso: palabras.

     El nacionalismo catalán o vasco debiera poder cambiar todo lo que sea capaz de cambiar democráticamente siempre y cuando no se alteren los derechos individuales; valga la redundancia, pues un cambio en el que se alteran los derechos individuales ya no es democrático. Y algunos dirán, ¡pero es que los están alterando! Entonces la pregunta es porqué se le da tanta importancia a lo que se quiere cambiar o dejar de cambiar y tan poca a que lo que se cambie se haga respetando no sólo las normas electorales sino también los mencionados derechos. Seamos sinceros, ¿de verdad estamos hablando de derechos y libertades? El debate de las selecciones deportivas catalana y vasca, por ejemplo, tiene muy poco de derechos individuales. ¿Acaso es un derecho fundamental del invididuo español tener una selección de fútbol unida? ¿También lo era, tal y como decía la ley, tener un país sin divorcio? Tal vez estaría bien que primero definiéramos de que estamos hablando, si de derechos o de pasiones, hablemos de como dilucidar dichas cuestiones y de encontrar el mecanismo para que los votos reflejen lo que queremos ser como sociedad. No será un debate cómodo y el mecanismo puede no ser fácil de encontrar, pero al menos tengamos claro cual es el debate. Y si es un problema de libertades y derechos, ¿qué hacen los defensores de la idea española como garante de unos derechos fundamentales hablando de selecciones de fútbol?

     El debate del nacionalismo no es, como algunos argumentan, un debate trasnochado, ¿desde cuándo las forma en la que los individuos forman sus comunidades no es uno de los temas principales? Es un debate importante y al que todos debiéramos contribuir para que en las futuras construcciones de naciones la vertebración de las mismas sea aparte de mitos militaristas. Ya que no parecemos tener muy claro como vivir en un mundo sin guerras, eliminemoslas al menos de nuestros mitos nacionales; si no podemos curar la enfermedad, introduzcámoslas al menos en nuestra imaginación colectiva como tal y no como una medicina. No hay guerras positivas, las hay para unos intereses, pero a nivel de absoluto la guerras es un desperdicio de recursos limitados pero reemplazables, los materiales, e infinitos e irremplazables como la vida humana. En nuestros derechos está el derecho a la vida y el derecho a que los inocentes no sean castigados por los desvaríos de sus gobernantes. Cada vez que cae en una bomba, no importa la intención u objetivos que se persiga al tirarla, cae sobre millones de vidas y sobre nuestros derechos y reglamentos. Unos derechos y reglamentos que, por encima de historias nacionales, debieran ser nuestro único estado. Tras separar religión y estado, ahora occidente debe separar nación y estado; separar todo lo emocional y subjetivo de esa racionalidad y objetividad a la que nuestras leyes debieran aspirar.

Foto: Barcelona, Litografía de J. M. Mateu, Biblioteca Digital Hispánica: www.bne.es/BDH/index.htm

Artículos 2008-2009: Obama y McCain en el Año previo al Bushileum (20-E-09)

 

 

Habrán sido ocho largos años. Tan largos que llegaremos incluso a preguntarnos si realmente lo fueron tanto o si fuimos víctimas de un histrionismo conspiranoico que nos impidió mirar a las cosas con un poco de paciencia. Y es que incluso quien ha privado a media humanidad (su país incluído) de derechos, tendrá derecho al inmenso beneficio de la nostalgia. Cuando el 20 de Enero de 2009 el más incompetente de los presidentes (seamos piadosos y démosle el beneficio de la no-duda sobre su incompetencia: en caso contrario nos veríamos obligados a preguntarnos si es algo peor), pase el testigo a un nuevo gobernante; ese día, el del Bushileum, pensaremos en W. Bush como se piensa en los exámenes del colegio. No hay ningún club tan poco selectivo como el de nuestras nostalgias: para tener nostalgia de la infelicidad basta algo tan sencillo como que sea pasada. Y afortunadamente W. Bush y todo lo que representa está a punto de convertirse en pasado: 20-E-2009, ¡Bushileum!

     Hagamos balance: el actual presidente de Estados Unidos ha deslegitimado todas y cada una de las organizaciones internacionales. El espíritu de Bretton Woods (conferencia de la que salieron las principales organizaciones monetarias occidentales) llevaba décadas agonizando, así que es difícil saber si la actuación de la administración Bush ha sido un acto de piedad o de crueldad: un asesinato o un degüello. Incluso la ONU tuvo que resucitar para que Bush pudiera matarla; resucitó cuando algunas naciones actuaron con dignidad antes de la guerra; una dignidad que hizo aún más sangrante la indignidad de que sus voces no fueran escuchadas. O lo que es peor: que fueran escuchadas e ignoradas. Con la perspectiva del tiempo, produce rubor recordar algunas de las tretas utilizadas para deslegitimar a una unión de naciones que representa a más cinco mil millones de personas. Recordar, por ejemplo, aquella que trataba sobre la corrupción de su secretario general; como si ésta, incluso de ser cierta, tuviera la menor relevancia a la hora de ignorar a la organización. Algunos insignes comentaristas debieran sentir vergüenza, no ya de haberse equivocado, sino del entusiasmo con el que jugaron su siniestro papel.

      En vista del desastre posterior, ¿logró la ONU una victoria moral? En cualquier caso tan moral como inútil. Si la ONU fuera un poeta, la posteridad la recordaría como la gran ganadora de la contienda de Iraq, pero para una organización política las victorias morales son derrotas. De modo que en el futuro deberá ser reformada, bien para reforzarla y así evitar nuevos secuestros, bien para debilitarla y evitar, quitándole poder para ser instrumentalizada, que su secuestro sea el de toda la comunidad internacional.

     ¿Cómo explicar el fracaso de W. Bush? Ante todo, el candidato elegido no tenía la menor cualificación. Recordemos que su gran virtud, aquella que repitió machaconamente durante la campaña del 2000, fue la de devolver la integridad al despacho oval; una definición que en aquella época venía a significar que no tendría aventuras sexuales con becarias. El pecado original no fue el fraude de las elecciones del 2000, sino que alguien como W. Bush se acercara a la presidencia. Que ganara a un buen candidato como Gore o que revalidara ante uno malo como Kerry no es tan importante como el que su partido le eligiera, sin la menor cualificación, sobre un excelente candidato como el senador por Arizona John McCain. Se suele hacer política ficción sobre cómo hubiera sido el mundo si Gore hubiera sido presidente, ¿y si McCain hubiera sido el candidato por el partido republicano? El hecho de que McCain sea el candidato republicano para las próximas elecciones demuestra que los que merecen segundas oportunidades (el mundo la merece tanto como McCain) habitualmente las reciben.

     El que McCain haya sido elegido como candidato del partido republicano nos ahorrará terribles y retrogrados debates religiosos o mentiras interesadas para no ofender al votante ultraconservador. Una carrera electoral entre Obama y McCain, especialmente si logran mantener una cierta cordialidad dentro de la competetividad lógica de unas elecciones, será un espectáculo que nos reconciliará con la idea de que la política es algo más que un analísis de tendencias, encuestas o decir lo que la gente quiere oír.

     Éstos dos candidatos en particular representan las dos cualidades positivas a las que se debiera recurrir en tiempos difíciles; el dorado medio de las dos reacciones extremas típicas de los momentos de crisis, que son la huída hacia adelante (“cambiemos los que somos”) y el retorno a la tradición (“volvamos a lo que realmente somos”). La mayoría de revoluciones socialistas son ejemplo de lo primero y la mayoría de revoluciones en el mundo islámico de lo segundo. Obama y McCain pueden ser, aunque diferentes, buenas medicinas para el enfermo. El primero significaría un cambio esperanzador; por no haber sido, por ejemplo, parte de la dividida generación de la guerra del Vietnam; mientras que McCain, veterano de dicha guerra, supondría, por su independiente trayectoria como senador, esa recuperación de valores positivos previa a todo gran cambio. Como sociedad, Obama significaría la mirada hacia adelante antes de dar el paso en la misma dirección, mientras que McCain sería la mirada hacia atrás (o más bien hacia adentro, a la esencia del país) antes de dicho paso. Frente a la huída y tradición antes mencionada, Obama y McCain representan, respectivamente, evolución e identidad.

     ¿Quién cambiaría más cosas como presidente? Puede que el viejo McCain acabara siendo más revolucionario (por las connotaciones negativas de la palabra revolución digamos más bien evolucionario) que el joven Obama. Pero del mismo modo que el gran pecado original de la sociedad estadounidense fue que Bush se acercara a la Casa Blanca, también será la gran absolución que éstos dos candidatos hayan hecho lo propio. Tras preguntarnos durante ocho años “¿qué esperar de un presidente tan terrible?”; la pregunta será durante unos meses, “¿que no esperar de dos candidatos tan distintos pero a la vez tan competentes?” Dos buenos puntos de partida. Su presidencia, por supuesto, dependerá de otras cosas, pero esta carrera presidencial es el premio a la esperanza en el caso de Obama y al servicio a la nación en el de McCain.. El mérito (no carente de esperanza) de McCain frente a la esperanza (no carente de mérito) de Obama. Mérito y esperanza: dos de los valores que mejor definen a la sociedad estadounidense (una forma de juzgar a las sociedades es por como se ven a sí mismas) y que han estado especialmente ausentes en la presidencia del presidente George Walker Bush.

 

 

 

 

     Foto: El Senador Jefferson Colapsa, www.americanrhetoric.com