El mapa mental de la corrupción (II): el martillo y el moho

La victoria de Berlusconi el 28 de Marzo de 1994 provocó éste primer porro...(Abril, película de Nanni Moretti)

La indignación con la vida política nunca puede estar exenta de esperanza; de perderla se convierte en un ejercicio de charlatanismo de barra de bar, una actividad tan buena para la salud como estéril en la mejora de las circunstancias criticadas. Seamos positivos, en España al menos tenemos corruptos; opción siempre preferible a aquella otra en la que la corrupción está institucionalizada y lo corrupto es el sistema y no sus miembros. Y es que se puede llegar a ser tan corrupto que ya ni siquiera haga falta serlo, siendo la principal diferencia entre ladrones y corruptos que éstos tratarán de legalizar lo ilegítimo alterando o adaptando las leyes que incumplen.

La corrupción no es falta de moralidad, sino algo mucho más peligroso: es la creación de una moralidad a la medida del corrupto y cuanto más sutil sea su proceder más peligroso será su efecto; paradógicamente, personajes como Berlusconi son más destructivos a corto que en el más ideológico largo plazo y lo más probable es que su influencia acabe en cuanto este simpático personaje y siniestro gobernante desaparezca de la vida pública italiana. Si la corrupción es un cáncer, Berlusconi es uno que saluda y manda besos al médico que se afana por detectarlo. Otros casos menos obvios y menos asociados a un individuo son más peligrosos pues afectan a la vida pública, no con el estruendo del martillo multimillonario y multimedia del dictamagnate italiano, sino con la silenciosa destrucción de una filtración de agua.

Así que, siempre prestos a inventar revolucionarias siglas que no sirvan para casi nada, proponemos el test de detección temprana del corrupto (TDTC). La aplicación es de lo más sencilla: se reconocerá al corrupto antes de que comience el enmohecimiento en que se pasará cantidades ingentes de tiempo tratando de convencer al electorado de que todos los demás también lo son o serían (corruptos) a poco de que tuvieran sus posibilidades y circunstancias; no pudiendo convencer de su honestidad, tratará de convencer de la deshonestidad de las demás alternativas; no pudiendo diferenciarse apelando a la superioridad moral, se igualará a la baja predicando la inferioridad común. Animo a utilizar el TDTC para desconfiar de cualquier candidato o partido que ampare su corrupción en la supuesta falta de moralidad de la política en su conjunto y a llamar al orden a cualquier contertulio o colega de barra que incluya entre sus argumentos el dichoso “todos los políticos son iguales.” De nuevo, la indignación sin esperanza es tan inútil como la vida sin esperanza y decir que todos los políticos son iguales es el camino más corto para que al final lo sean.

Equiparar, tal y como hizo la derecha balear hace cuatro años, las obras supuestamente ilegales realizadas por un ecologista en la pocilga de su finca agrícola con los cientos de millones de euros (cuantifiquemos eso en colegios, universidades, hospitales etc.) malversados por una trama corrupta, es como acusar al que nos ha gorreado una copa (hoy va de tabernas) de ser capaz de vaciarnos la cuenta bancaria y quemarnos la casa a poco que se lo permitamos; o al maleducado que no cede su asiento a una viejecita de ser un Hitler en potencia a la espera de que le demos los controles de una cámara de gas. Y aunque lo fuera, una cosa es que saquemos conclusiones al respecto y otra que el propio Hitler utilice esta corrupción hipotética en su defensa y haga campaña pidiendo el voto en base a la misma.

No pidamos a los partidos que limpien sus listas de imputados, pero sí que nos aseguren que han hecho las investigaciones internas pertinentes para asegurarse de la inocencia de los candidatos que presentan y que, en caso de producirse condenas penales subsiguientes, los máximos responsables expliquen las razones por las que sus conclusiones fueron diferentes a las de la justicia y dimitan a poco que se intuya negligencia. De lo contrario, están mandando el mensaje de que la corrupción está en el partido y no en el candidato y que la pieza culpable es defendida pues se ha limitado a llevar a cabo la tramposa misión encargada por el conjunto.

Así que castiguemos la corrupción con nuestro voto…, nosotros que aún la tenemos.

El mapa mental de la corrupción (I): la conspiración Zu Gutemberg

Nada más oír el nombre de Karl Theodor Zu Gutemberg (recuerden estas siglas KTZG: ya me ocuparé de que signifiquen algo) pensé que se trataba de un personaje de novela; el político más prometedor de su generación, un Kennedy a la alemana, lo cual viene a ser como una paella a la inglesa; con la bella e idealista Stephanie, activista contra abusos infantiles y tataranieta de Otto Von Bismarck, en el papel de Jackie; y con un nombre que en estos etéreos tiempos cibernéticos homenajea el olor de la tinta y que es el que un autor no alemán le pondría a un personaje de esta nacionalidad; “el profesor Zu Gutemberg, famoso científico, desapareció a las seis de la mañana…” Siempre supuse que había algo raro. Ahora por fin tengo la confirmación: Zu Gutemberg es una creación literaria. En las próximas líneas les descubriré que no es la única entre nuestros líderes electos.

Tal vez esperen que este artículo trate sobre la diferencia entre los baremos éticos a los que sometemos a nuestros políticos en comparación a Alemania; no están solos, yo también lo esperaba. Hasta descubrir la gran trama que estoy a punto de denunciar, pretendía apuntar a que mientras en España nuestros representantes inauguran aeropuertos sin permisos ni aviones o fraccionan la concesión de las sillas para un evento Papal para así evitar el concurso público (el concepto de “un culo, una silla, un contrato” es primo hermano del democrático por excelencia de “un ciudadano, un voto” y demuestra, de paso, la candidez de otros insignes corruptos que fingieron concursos para designar arquitectos a dedo cuando podrían haberse evitado las molestias fraccionando las obras en ladrillos), mientras el entonces ministro de defensa alemán fue obligado a dimitir por haber plagiado su tesis doctoral. No importó que se tratara del político más popular de Alemania—como corresponde a quien, por el mismo precio, llena las páginas de crónica política y social—, ni que la canciller Merkel le mostrara su apoyo incondicional: la opinión pública alemana decidió que la trampa merecía un castigo. La gravedad del mismo, que su retirada sea temporal o definitiva, ya dependerá de las cualidades del dimisionario y de la capacidad de perdón de la sociedad alemana, pero el simple hecho de que por dignidad un político dimita o sea obligado a dimitir es admirable desde la perspectiva española, donde los políticos se sienten inocentes mientras no se demuestre penalmente lo contrario y donde son necesarios la policía, jueces, condenas y una afilada espátula para despegarlos de sus cargos y escaños.

¿Cómo reaccionaríamos a un caso como el de Zu Gutemberg? La diferencia ofende pues, para empezar, nuestros políticos jamás se verán en la tesitura de plagiar tesis de doctorados que no parecen tener mucho interés en realizar; los que los estudian, suelen ser percibidos por la opinión pública como quijotescos idealistas de partidos sin vocación de gobierno y no serán votados por mucho que suenen como el mismísimo Churchill redivivo.

“Habla muy bien, grandes pensamientos, pero gobernar es otra cosa…”

Efectivamente, está siendo otra cosa.

Así que ya ven hacia donde iba encaminado este artículo: a la aburrida y repetitiva tarea de constatar, una vez más, lo arraigada que está la corrupción en nuestra sociedad y mentalidad. Y ya iba a poner el punto final cuando caí en la cuenta de que no podemos ser tan idiotas y que tiene que haber otra explicación: tanto Zu Gutemberg como los políticos corruptos a los que en los próximos meses premiaremos con mayorías absolutas son creaciones de la Conspiración Zu Gutemberg (KonspiraTion Zu Gutemberg en alemán) cuyo objetivo es deslegitimar, por comparación, a nuestras democracias (no sé si Berlusconi también es creación de la conspiración o ha surgido por generación espontánea), permitiendo así a Alemania lograr un ascendente moral que les permita imponer su criterio en la Unión Europea en camino a la dominación mundial; perdón por la estereotipación facilona, pero no esperarían que una misión con un nombre de tal nivel tuviera como objeto la dominación de su comunidad de vecinos…

Casi nos engañan. Afortunadamente, se van a encontrar con una valiente sociedad española dispuesta a demostrar que no hemos perdido la la dignidad y el espíritu cívico hasta el punto, no ya de no castigar, sino de recompensar a nuestros corruptos. Nos quejamos de la falta de ética de los partidos presentando a políticos imputados, pero deberíamos estarles agradecidos por permitir que, independientemente de responsabilidades penales que aún están por dilucidar, nos permitan ejercer nuestro poder como informada ciudadanía: el de no votarles.

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Internet Arábiga (I): El camino a la plaza

No conozco a nadie que apoye la opresión del pueblo saharaui por parte del estado de Marruecos o la tímida contestación del gobierno español al respecto; me refiero a apoyar, no a justificar, que del deporte olímpico de la justificación con pértiga los ejemplos son infinitos; tal vez frecuente bares y cafeterías progres donde se fomenta elbuenismoa juzgar por las hipercalóricas ensaladillas rusas y la mugre bajo la barra no parece el caso—, pero tampoco conozco a nadie que crea que los mercados financieros sean un ejemplo de justicia que, con las lógicas limitaciones de cualquier organización humana, cumplan su cometido, el cual debiera ser poner el capital de los ahorradores en contacto con las necesidades de financiación de los emprendedores, fomentando así una innovación que, si nos fiamos de las corrientes filosóficas predominantes desde finales del siglo XVIII, contribuirá a la mejora de las condiciones de vida de la sociedad en su conjunto.

Si las autoridades han informado de que la sociedad está para servir a los mercados y no viceversa, agradecería que alguien fuera tan amable de comunicármelo con un cese y desista y, desde la indignación y el cabreo, tal vez me anime a cesar de desistir. Aún no he oído a nadie defender como justas las prebendas (del género latrocínico de la autoprebenda, pues son disfrutadas por los mismos que las conceden) aprobadas por los consejos de administración de unos bancos y cajas españoles que tras ser rescatados con dinero público han atacado a las partes más débiles de nuestra sociedad con leyes enrevesadas e inmorales según las cuales perder una casa que se lleva años pagando no es suficiente penalización y además hay que ser responsable de la depreciación de la misma.

Éstos son algunos ejemplos de casos en los que todos parecemos estar de acuerdo; casos de blanco o negro, del fuerte encarnizándose con el débil ante la pasividad del parlamento—el tema de las hipotecas y la dación en pago pasó por las acomodaticias narices de sus señorías, quienes no consideraron pertinente intervenir—; millones de mensajes intercambiados por correo electrónico, Facebook y Twitter sobre temas de claridad palmaria, todo ello regado con locuaces intoxicaciones de fin de semana. Y todos de acuerdo. Y de acuerdo en que todo parece ir en la dirección opuesta a nuestras convicciones.

Siguiente paso: ¿cuándo vamos a la plaza? Porque según lo visto en Túnez y Egipto conocer el camino a la plaza del pueblo o ciudad es una parte importante de lograr cambiar la sociedad en la dirección ansiada. Vaya, por lo que parece otra cuestión en la que también estamos de acuerdo es en que no vamos a hacer nada al respecto. Como aquellos libros de Elige tu Propia Aventura de nuestra ochentera infancia que tan bien nos prepararon para los amodorrantes e interactivos tiempos modernos, aquí también podemos “Elegir nuestra Propia Excusa”. Del clásico “de todas formas no sirve de nada”, a una cualquiera de las elaboradas fábulas contemporáneas en las que quedará claramente ilustrado que el corrupto e inmoral siempre gana, llegando a la gloriosa frase, esa que nada más pronunciarla debiéramos arrodillarnos avergonzados ante unos dioses de la filosofía que debieran existir sólo sea para que podamos pedirles perdón en casos como éste: “no es tan sencillo”. Minutos después, nuestro Mayo del 68 portátil concluirá con un “hay cosas que no entendemos” directo a ese pequeño corazón revolucionario que todos llevamos dentro.

De modo que empezamos queriendo hacer algo, continuamos autoconvenciéndonos de que no podemos hacer nada, luego nos mortificamos pensando que tal vez no quisiéramos hacer nada de todos modos, para luego exculparnos pensando que no había nada que hacer y que hay muchos intereses en juego y, de nuevo la culpa, de los que tal vez participemos; todo ello sazonado con la salsa de la duda, que es la de pensar al momento siguiente lo contrario que en el momento anterior, convirtiendo el justo e ilustrado proceso de recabar información de fuentes diversas en la forma de cancelar uno a uno y con quirúrgica precisión nuestros pensamientos, acabando de nuevo en el punto de partida unos días más viejos, una decepción más cínicos y un arranque en falso más pasivos.

Así que no se dejen convencer: el camino a la plaza no está bien señalizado…

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Wikileaks y la Libertad de Información, ¿un Peligro Claro y Presente?

 

 

No es extraño que la repercusión del trabajo de años se concentre en un corto espacio de tiempo; en el caso de Wikileaks, cuatro años de trabajo eficiente han eclosionado en ocho meses para recordar. Ocho meses: desde que en Abril de 2010 la página publicó un vídeo que mostraba la masacre de un grupo de civiles iraquíes perpetrada desde un helicóptero de Estados Unidos, contradiciendo la versión oficial del gobierno de este país.  No era la primera vez que el gobierno estadounidense sufría las filtraciones de Wikileaks; por filtrarse, incluso se había llegado a filtrar un documento de 32 páginas que trataba sobre como acabar con la plataforma (la conclusión no era sorprendente: atacar la confidencialidad de las fuentes para disuadir a futuras fuentes), pero algo cambió con aquel vídeo: Wikileaks ya no estaba acusando al gobierno americano de no contar toda la verdad, sino de mentir abiertamente.

La centrifugadora comenzó a girar a toda velocidad; la presunta fuente de las filtraciones, un soldado de nombre Bradley Manning, fue arrestado en Mayo de 2010 (aparentemente por indiscreciones propias) y está encarcelado en una base de Kuwait a la espera de juicio; también propias, si bien de naturaleza sexual, han sido las indiscreciones que han llevado a Julian Assange, fundador y cara visible de Wikileaks, a enfrentarse a una extradición a Suecia contra la que lucha desde una cárcel de Londres; todo ésto unido a la estrategia de ahogar económicamente a la plataforma por medio de la cancelación de sus cuentas, bajo la acusación de que ha incurrido en actividades ilegales, sirviéndose de los operadores que canalizan las donaciones en las que se sustenta. ¿Qué escapa a este círculo perverso? El hecho incontestable de que Wikileaks ya se había convertido en el proyecto periodístico de la década antes de que Assange se convirtiera en la persona del año.

Conviene recordar que Wikileaks no es un canal de noticias, sino una fuente; o más concretamente un intermediario tecnológico protector entre la fuente original y los periódicos con los que contactará para que cubran la noticia. Esta forma de operar tiene el beneficio añadido de aportar escrutinio y legitimidad a los documentos que filtra, lo cual no sucedería si Wikileaks se responsabilizara en solitario de la veracidad de los mismos. Así que en el Cable Gate tiene cinco cómplices (El País, Le Monde, Der Spiegel, The Guardian y The New York Times) a los que el gobierno de Estados Unidos, siendo coherente con su enfermiza lógica, debiera poner en la misma categoría que a Wikileaks y acusarlos de practicar actos ilegales, instando a PayPal, Mastercard, Visa y demás operadores financieros a cancelar las cuentas de dichos medios de comunicación y de sus organizaciones matriz.

Por más que queramos creer en las buenas intenciones de la administración Obama, lo cierto es que un mínimo escrutinio nos lleva a que los mencionados actos ilegales no son más que el eufemismo utilizado por gobiernos corruptos de todas latitudes y épocas para definir aquella información que no pueden controlar. Ya lo intentó la administración Nixon cuando, en 1971, en plena guerra del Vietnam, quiso prohibir la publicación de extractos de los Papeles del Pentágono, un informe de 47 volúmenes clasificado de Alto Secreto sobre la intervención americana en Vietnam. Por entonces el veredicto de los tribunales fue claro: “el gobierno porta una pesada carga (de la prueba) a la hora de justificar cualquier intento de censura”. Pesada carga que nos lleva a la fórmula “de un peligro claro y presente” expresada por el juez Wendell Holmes en 1919 en el caso de Schenk contra Estados Unidos y que limitaba la libertad de expresión e información solamente en “caso de que las palabras utilizadas…crearan un peligro claro y presente que…acarreara los sustanciales males que el congreso tiene el derecho a prevenir, (siendo) una cuestión de proximidad y grado.”

¿Cual es el peligro claro y presente que suponen las filtraciones de Wikileaks? Ya va siendo hora de que la administración Obama se haga responsable de la pesada carga de la prueba que, como ya hemos visto, le confiere la jurisprudencia estadounidense; hasta entonces, será su gobierno, y no la organización dirigida por Assange, el que estará incumpliendo las leyes de la república a la que representa.

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Obama vs. Wikileaks, o Cuando el Emperador Atacó a su Reflejo.

En su carrera presidencial, el candidato Obama se preparó para enfrentarse a múltiples enemigos que tras un rápido análisis se descubren como el mismo: la ignorancia ajena y la utilización que de la misma hicieran sus rivales políticos. Por el camino exorcizó a múltiples fantasmas, como ese padre de conflictiva biografía cuya herencia racial africana exploró en un exitoso libro que fue su primer paso, antes incluso de convertirse en político en activo, hacia la presidencia; o ese otro ruidosamente vivo (estar muertos es la gentileza, que no la obligación, de los fantasmas) llamado Jeremiah Wright, extravagante pastor evangélico que fue mentor del joven Barack en esos momentos de dudas religiosas (sin los cuales un candidato a la presidencia estadounidense nunca estará completo) y a cuyo video pronunciando proclamas antiamericanas el candidato Obama sobrevivió pronunciando un histórico discurso sobre la tolerancia y la convivencia racial. Así que el presidente Obama llegó al cargo curtido en mil batallas y protegido por un halo de invulnerabilidad, confirmando una vez más que ser invulnerable a los enemigos suele ser una forma bastante efectiva de convertirse en peligrosamente vulnerable para uno mismo; como un cáncer que se vuelve contra el organismo o aquel Calígula de Camús que golpea su reflejo, el cuadragésimo cuarto presidente de la república americana estaba preparado para luchar contra todas las ignorancias menos contra la propia, la cual, a falta de actos que desdigan sus palabras, ha mostrado en cantidades industriales en la reacción de la administración a la que representa al fenómeno Wikileaks.

La llegada de Wikileaks ha sido a la prensa lo que la de Obama fue a la política; el poder del talentoso outsider con la preparación del insider; el viejo sueño de cambiar el sistema desde dentro (sueño deglutidor de almas por excelencia ya que el sistema tiene poderosos sistemas de defensa: el principal cambiar a todo aquel que intente cambiarlo); la utilización del propio sistema no tanto para alterar sus elementos, sino para darle la vuelta como a un calcetín para cambiar sus prioridades. Wikileaks, como el candidato Obama, ha sido relevante por lo novedoso de su propuesta—una plataforma periodística sin esclavitudes nacionales y por tanto gubernamentales y que usa la internacionalidad (pudiendo ser según les convenga multinacionales o apátridas) para protegerse jurídicamente y hacer imposible el rastreo informático de sus fuentes— y, como el candidato Obama, ha mostrado un profundo conocimiento de los medios de comunicación y de como movilizarlos, como demuestra ese periodo de embargo que aplica a sus filtraciones para fomentar la competición entre los medios tradicionales, a los que no pretende sustituir sino complementar. Como explicó su fundador Julian Assange:

Uno pensaría que cuanto más grande e importante es el documento, mayores posibilidades tiene de que sea cubierto, pero esto no es cierto de ningún modo. Es cuestión de oferta y demanda. Oferta nula significa alta demanda. Pero en el momento en el que publicamos el material, la oferta se dispara hasta el infinito, así que el valor aparente se convierte en cero.

Así que Wikileaks da prioridad a unos pocos medios de comunicación—preferentemente a aquellos que propiciaron la filtración o, en el caso de los polémicos 77000 documentos sobre el ejército estadounidense, elegidos estratégicamente (Der Spiegel, The Guardian y The New York Times)—, dándoles la exclusiva por un corto un periodo de tiempo para así permitirles desarrollar la noticia. ¿El objetivo? Los periódicos no tendrán más remedio que cubrir la noticia si no quieren acabar cubriendo la indignación de sus lectores y las consecuencias periodísticas de renunciar a una noticia importante sobre la que tenían la exclusiva.

¿Cual fue la reacción de la administración Obama a esta exhibición de ingenio y valentía— conviene recordar que los cinco miembros permanentes de Wikileaks viven en el anonimato y Assange, fundador y cara de la organización, podría más bien ser calificado como fugitivo en jefe? No sólo la habitual de cargar contra el mensajero, sino también contra su derecho a ejercer la sacrosanta misión de la mensajería informativa (eufemismo a prensa libre: a veces uno se pierde haciendo frases). Resulta alarmante que la mayor esperanza política de la historia haya cuestionado el derecho de la sociedad a conocer eventos que podrían ser constitutivos de crímenes contra la humanidad, los cuales, refresquemos la tabla de multiplicar de los Tribunales de Nuremberg, ni prescriben ni pueden ser encubiertos según razonamientos de obediencia debida.

Esperamos ansiosos a que la administración Obama clarifique cual, en su parecer, debe ser el papel de la prensa. En cuanto a las presuntas amenazas que la filtración ha supuesto para la seguridad de los soldados estadounidenses, Wikileaks ha aclarado que los documentos pertenecen a operaciones ya concluidas. Un papel responsable e inmaculado que les honra, si bien innecesario; ¿desde cuándo el papel de la prensa es el de defender intereses estratégicos dejando de denunciar lo moralmente reprobable? Curioso papel de florero que, con nuestra connivencia, los gobiernos han reservado a los que según ellos no sólo tienen la misión de informar, sino también de velar por los intereses gubernamentales. Tiempos de floreros empotrados, como aquellos profesionales que durante la guerra de Iraq debían, como parte del ejército, obedecer las órdenes de jefes operativos si querían tener acceso a la información; tiempos de presidentes que llaman a directores de periódicos para decirles no ya aquello de lo que pueden o no informar (sólo faltaría: los voceros de gobiernos no nos conciernen en este artículo), sino cómo o cuando pueden informar sobre un determinado tema. Sirva como ejemplo The Washington Post, periódico que recientemente ha publicado un exhaustivo y crítico informe sobre la lucha antiterrorista estadounidense, mientras, a la vez, durante dos años ha renunciado a hacer público el video de un ataque desde un helicóptero a la población civil iraquí y que probaba como falsa la versión oficial sobre la matanza. Un vídeo que, por supuesto, Wikileaks publicó. Así que la cuestión no es de que lado ideológico está un determinado medio, sino si recibe órdenes o pautas de aquellos de cuyo lado está: ideologías e intereses económicos aparte, un periodista (o cualquiera que pretenda hacer un análisis honesto de la realidad) nunca puede estar de lado de quien le censura.

En un giro fascinante, algunos de los documentos filtrados por Wikileaks tenían que ver con la propia plataforma, entrando en detalles sobre el peligro que ésta suponía (recordemos que Wikileaks se nutre principalmente de filtraciones desde el interior de las organizaciones que denuncia) y de las diferentes formas en las que podía ser desactivada. La conclusión no es sorprendente: estando su fortaleza en el anonimato de sus fuentes basta con amenazarlo para hacer lo propio con el proyecto. No habiendo oficinas que cerrar o subvenciones que denegar, el eslabón más débil de Wikileaks es la protección de sus fuentes. Y lo es tanto que la plataforma no ha errado en esta misión, siendo su informante estrella cazado por indiscreciones propias. O eso parece, pues la intervención en todo este tema de un hacker conocido por su búsqueda de notoriedad convierte la operación en bastante sospechosa. A falta de otras versiones y tratando de evitar la poco saludable aunque a veces necesaria conspiranoia (por hoy nos conformaremos con la desconfianza crónica) esperaremos pacientemente a que el gobierno americano desclasifique, en cumplimiento de la legislación estadounidense, los documentos de esta operación:

¡Este ha sido un avance de la programación del canal Wikileaks Classic Gubernamental…, no dejen de sintonizar el Wikileaks Moderno No-Gubernamental por si esta información llegara alguna que otra década antes!

En las últimas semanas, importantes plataformas de derechos humanos han retirado (quiero pensar que sin presiones políticas) su apoyo a Wikileaks. La razón: les acusan de no eliminar nombres de informantes y colaboradores antes de publicar los documentos. Crítica legítima, si bien falta algo: apoyo al proyecto. ¿La operatividad de Wikileaks puede ser mejorada? ¡Vaya novedad! Al fin y al cabo y pese a su habilidad para hacer perder el paso al gobierno americano, estamos hablando de una organización que cuenta con cinco voluntarios permanentes y que se nutre de la colaboración desinteresada de 800 profesionales de diversos sectores. La respuesta de Assange al respecto ha sido firme: que los que critican aporten personal para corregir lo que condenan y que no tiene tiempo que perder con aquellos que no hacen nada y se limitan a cubrirse las espaldas.

O lo que es lo mismo: que un florero humano, civil o no-gubernamental no deja de ser un florero. Y es que conviene que recordemos que los errores achacados a Wikileaks parten de premisas cuestionables, tales como que los estados pueden reservarse información.  Argumentan que por nuestra seguridad, ¿pero acaso someten este concepto a votación? ¿Queremos seguir manteniendo un secretismo que alimenta juegos de guerra que provocan cientos de miles de muertes cada año? ¿Es democrático que una parte mayoritaria del presupuesto mundial sustente las guerras sobre las que sólo decide una minoría? El final de la información clasificada aún no es el debate, pero gracias a Wikileaks no está tan lejos que acabe siéndolo.

El apoyo social a Wikileaks ha sido errático y no mayoritario, mientras que sus enemigos en Estados Unidos no son precisamente pequeños: desde el ejecutivo (críticas gubernamentales) al legislativo (¿necesidad de leyes que regulen/censuren intenet) pasando por el judicial (castigos bíblicos en espera para Assange y sus infieles) e incluso ese cuarto poder de la prensa que ha mostrado una peligrosa tendencia a ese oficialismo del que sus grupos de comunicación llevan años nutriéndose. Por no adentrarnos en ese mundo bizarro en el que una demanda contra Assange fue presentada y archivada en Suecia en un plazo de veinticuatro horas, alimentando todo tipo de teorías de la conspiración (aquí aporto la mía: Assange está presentando acusaciones ridículas contra sí mismo para así blindarse contra otras más difícilmente desmontables de las que el gobierno americano pudiera acusarle en el futuro); así que disfrutemos de ver a los próceres del mundo nerviosos por unos instantes y hagamos todo lo posible por pegar algún que otro martillazo en la pica puesta por Wikileaks (en el corazón o en la uña del meñique, ¿qué importa?) porque sólo así avanzan las sociedades, con amenazas y cambios que parecen muy grandes y que luego tal vez sólo sean modestos, pero que desencadenan cambios que permanecen cuando hace tiempo que el proyecto originario pasó al olvido. El anuncio de quince mil nuevos documentos y el apoyo del Partido Pirata de Suecia en el marco de la avanzada legislación sueca en materia de libertad de información, demuestra que el momento en el que los miembros de Wikileaks cedan a las presiones, sean clausurados o comprados aún no es inminente. Con independencia de que en los próximos tiempos veamos a Assange y los suyos vendiendo su sueño o abandonándolo, de momento toca estarles agradecidos por haberlo creado.

Sobre crisis presentes y prósperos pasados (I)

 

El pasado siempre fue mejor. O al menos lo parece, lo cual, a falta de que lo sea, no es mal sucedáneo. Y es que mientras el presente nos abruma con su agotador juego de acción y reacción, el pasado se muestra como una maleable alfombra de salón bajo la que ocultar las vergüenzas y dejar asomar una versión embellecida de los orgullos que mostraremos ufanos entre canapé y canapé. En el caso de la sociedad occidental los orgullos que asoman bajo la alfombra de su pasado son numerosos: convivencia pacífica entre naciones históricamente enfrentadas, innovación tecnológica, crecimiento económico, compromiso con la promoción de la democracia y los derechos humanos, el nacimiento de una conciencia ecológica…La lista sería larga y en absoluto falsa, lo cual no significa que sea verdadera: hay muchas visiones no falsas de la misma realidad que sólo al sumarlas nos van acercando a la verdad. No es cuestión de ir desmontando esquemas de autocomplaciente propaganda occidental que no creo que existan–las sociedades en su conjunto son demasiado chapuceras para ejecutar grandes mentiras, como demuestra que dichas mentiras sólo triunfen cuando van acompañadas de brutales regímenes de represión–, sino de simplemente cuestionarnos si estamos en lo correcto al adjetivar al presente con la palabra crisis y al contraponerlo a un anhelado pasado de prosperidad.

La primera pregunta es obvia: ¿estamos en crisis? Lo automático de la contestación afirmativa demuestra hasta que punto estamos dejando la recuperación en manos de los mismos actores que contribuyeron a la supuesta caída. Y digo supuesta porque tal vez fuera la pasada y no la presente la sociedad que estaba en crisis: el que los datos apunten a lo contrario sólo demuestra que éstos se crearon como reflejo de las prioridades de aquella sociedad. Déjenme elegir la forma de medir el éxito y estará leyendo las tuertas frases del próximo ganador de Wimbledon. No importa que no tenga ni idea de jugar al tenis, tampoco numerosas dictaduras la han tenido de practicar la democracia y sin embargo han utilizado lógicas democráticas para evitarse la incomodidad de aplicar la fuerza directamente sobre los ciudadanos para así poder hacerlo de forma indirecta sobre unas instituciones que controlaban gracias a leyes caprichosas. Diferencias morales aparte, el exitoso propone un proceso similar e intenta afianzar las mediciones y baremos que corroboran dicho éxito.

Y es lógico que así sea. Como lo es que cuestionemos la validez de estas mediciones cuando se han mostrado torpes a la hora de crear una sociedad justa y estable. ¿Significa ésto que opino que vivimos en una sociedad injusta y cíclica? No necesariamente. Las sociedades y las ideas que las rigen son un juego de tendencias más que de esencias: no somos nada más que aquello que estamos en camino a ser. Y para saber que estamos en camino a ser debemos volver al tema de las prioridades que elegimos para juzgarnos como sociedad. ¿Elegimos baremos que apuntan al desequilibrio en la distribución de la riqueza, índices de alfabetización o la ineficaz explotación de los recursos planetarios o seguimos primando índices de acumulación de capital como los oráculos bursátiles?

Como verán no hemos abandonado la terminología económica. La dicotomía entre moralidad y economía es simplemente falsa; por el contrario, la explotación de los recursos planetarios se ve irremisiblemente condenada a la ineficiencia cuando tiene por objeto beneficiar a unos pocos. Sin importar que nos estemos refiriendo a un pequeño ayuntamiento o a un gran continente, la corrupción siempre se define como la utilización de los recursos de muchos en beneficio de unos pocos. Así que aún primando la iniciativa personal con un juego de motivaciones capitalistas, el objetivo de cualquier sistema económico que pretenda ser eficiente deberá ser el beneficio de la comunidad en su conjunto. Un beneficio por el que debemos velar a través de los gobiernos que elegimos, los cuales serán fundamentalmente diferentes dependiendo de las prioridades que manifestemos como individuos y, por extensión, como sociedad. Así que la palabra crisis, con sus connotaciones de retorno al estado de no-crisis de hace unos años, tal vez no sea la más adecuada. A no ser, claro está, que queramos echarnos de nuevo en los brazos de los gobernantes e instituciones que desproveyeron al capitalismo de las regulaciones que son la esencia de su buen funcionamiento; unos gobiernos e instituciones que ahora piden responsabilidad a unos actores financieros cuya moralidad dependerá única y exclusivamente de las leyes que regulen los mercados en los que actúan. El señor Soros o cualquiera de los siempre demonizados especuladores financieros no piden nuestro voto; sí lo hacen, por el contrario, los gobiernos que deben legislar para que los mercados financieros no pongan en peligro la filosofía del estado de bienestar de un continente entero. No tendremos mejores mercados hasta que no tengamos mejores gobiernos y no tendremos mejores gobiernos hasta que no tengamos mejores ciudadanos. Y el consumismo desaforado y la monetarización de la ética social propia de aquel anhelado pasado de prosperidad no parece el camino más adecuado hacia todas estas mejoras.

 

Aprender a Ganar en el Conflicto entre Israel y Palestina

En la novela clásica de Heinrich von Kleist Michael Kohlhaas, su protagonista, un tratante de caballos, buen ciudadano y escrupuloso cumplidor de las leyes, inicia una batalla legal contra el aristócrata Wenzel von Tronka, pues considera que sus derechos han sido vulnerados al serle confiscados dos caballos que había dejado como fianza. En un caso similar, E.L. Doctorow nos cuenta en su novela Ragtime la historia de Coalhouse Walker, un joven músico afroamericano de comportamiento impecable, cuyo coche es destrozado en un acto racista por un grupo de voluntarios del cuerpo de bomberos. Tanto Kohlhaas como Coalhouse (la referencia de Doctorow a Kleist es obvia), se ven defraudados por sistemas legales que benefician al poderoso e inician rebeliones en las que, además de perder sus posesiones materiales y posición social, acabarán ocasionando perjuicios a inocentes. El objeto de sus causas era tan pequeño como dos caballos y la restitución de un coche a su estado previo o tan grande como hacer prevalecer la justicia. Examinando la postura del ofensor, ambas historias coinciden en que éstos sobrestiman la importancia que los ofendidos van a dar a los bienes materiales, relativizan la importancia de la ofensa y menosprecian la innata necesidad de justicia del individuo. Israel lleva décadas cometiendo el mismo error.

Y es que en las relaciones internacionales, donde son pueblos y no individuos los que dirimen sus causas, las conclusiones son parecidas y en toda salida negociada el más fuerte tiene la responsabilidad de dar al más débil un compromiso que éste pueda interpretar como justo. Una justicia, por supuesto, adaptada a las circunstancias del momento y al equilibrio de fuerzas, pero la debilidad de la otra parte jamás debiera llevar al poderoso a buscar un último e injusto beneficio. La ecuación de debilidad e injusticia, lejos de llevar a esa desesperación en la que cualquier acuerdo es bueno, suele dar como resultado rebeliones y resistencias, así que los poderosos debieran recordar que los débiles no sólo tienen poco, sino también poco que perder. Varios imperios hubieran durado unos cuantos siglos más de no haber olvidado este concepto tan sencillo.

Israel no se ha limitado a querer imponer su victoria y utilizar su mayor fortaleza para estructurar la región a su conveniencia, sino que ha querido presentarla como la victoria del orden sobre el terrorismo. Este razonamiento obvia que cualquier reivindicación violenta por parte de un pueblo sin estado y por tanto sin ejército como el palestino necesariamente tendrá que ser definida como terrorismo. Y ha querido imponer su visión, no al estilo de los imperios, como una legitimación de la victoria, sino como un elemento de la negociación previa a la victoria. Parafraseando la famosa frase de Unamuno, podríamos decir que los imperios vencen y después convencen (o más bien se convencen mediante el revisionismo histórico de la bondad de su victoria), mientras que Israel ha querido vencer a base de convencer.

Un ansia de legitimidad perfectamente comprensible. La historia reciente del pueblo hebreo, víctima de la masacre más importante de la historia de la humanidad, hacía difícil un cambio tan rápido de víctima a verdugo. Pero la legitimidad de Israel ha estado demasiadas veces fundamentada en la barbarie de Hitler y los campos de concentración alemanes y no en lo sucedido en Palestina. Un ansia de legitimidad que es una nueva afrenta para un pueblo palestino acostumbrado a perder en el enfrentamiento directo militar, pero que a menudo ha considerado indigno llegar a acuerdos con Israel en negociaciones viciadas por la gran diferencia de fortaleza entre ambas partes.

Siguiendo con el tema de las negociaciones, comentar que, lejos del mundo empresarial, se educa a los jóvenes de todo el mundo en la admiración de los mártires nacionales que tomaron decisiones dignas en contra de la conveniencia material aparente. Nadie les acusa de ser lunáticos incapaces de evaluar su posición exacta en el mercado, mientras que, por el contrario, a los que llegan a acuerdos con los vencedores, lejos de ser realistas que han calibrado adecuadamente sus sinergias y fortalezas, los tachamos de colaboracionistas. En el ilógico mundo de las causas nacionales, la negociación sólo es vista como una virtud cuando es entre iguales: de lo contrario será considerada una capitulación. Y la principal victoria del pueblo palestino en décadas de conflicto (siempre desde su perspectiva) es la de no haber capitulado. Se podría trivializar esta resistencia diciendo que es fruto de la manipulación por parte de sus clases dirigentes, o incluso que otras naciones musulmanas han encontrado en Palestina un símbolo con el que excusar sus patéticos ejercicios de gobierno doméstico, pero sería erróneo llevar estos razonamientos hasta el extremo de negar totalmente el ansia de justicia que ha alimentando la resistencia palestina.

Así que Israel tiene dos tratamientos para el enfermo: ganar o saber ganar. De momento está aplicando el primero con la precisión de un cirujano. Ganar implica llevar a los palestinos a un estado de agotamiento y desmoralización y dividir primero a su población, eligiendo el bando de Fatah y permitiendo una relativa normalidad en Cisjordania, mientras asfixia con todo tipo de embargos económicos a la franja de Gaza gobernada por Hamas; para posteriormente dividir a su liderazgo, hundiendo a un Mahmut Abbas, líder de Fatah, al que encumbró como único interlocutor posible, pero al que ha impedido sistemáticamente mostrar beneficios concretos propiciados por la negociación.

Porque Israel es consciente de que ningún líder palestino va a poder defender ante su población el crecimiento de los asentamientos judíos en Cisjordania, por mucho que se etiquete con esa ecologista denominación de “crecimiento orgánico” (crecimiento de baja intensidad en el que sólo se llevarían a cabo los proyectos para los que ya se han concedido licencias) y que, por encima de viciadas lógicas legalistas, otra vez von Tronka y sus artimañas, parece difícil rebatir que sólo la paralización es compatible con un futuro intercambio de tierras en el que muchos de estos asentamientos deberán ser derribados. Lo cierto es que, con un tipo de crecimiento o con otro, los asentamientos en Cisjordania siguen creciendo cuando teóricamente llevan años siendo desmantelados, de modo que en esta última ronda de contactos los palestinos condicionaron la negociación a que se paralizaran. Ésto provocó que un indignado Netanyahu, con rueda de prensa incluida junto a la secretaria de estado Clinton, acusara a los líderes palestinos de falta de colaboración.

Israel no está engañando a la comunidad internacional, sino sólo a sí misma, cuando pretende mantener una autoridad moral en un conflicto en el que desde hace tiempo sólo tiene la que le confiere un poder militar infinitamente superior al de su contrincante. O cuando intenta convencerse de que está actuando de manera diferente a los imperios coloniales que tan importantes fueron en su formación. Desde la Francia antisemita del caso Dreyfus, en la que un indignado Theodor Herzl comenzó a formular las doctrinas del sionismo político moderno; pasando por la Gran Bretaña que dio legitimidad a dicho movimiento con la declaración Balfour en 1917 y siguiendo por unos Estados Unidos que obligaron a una emigración judía masiva a Palestina cuando en 1924 hicieron más estrictas sus propias normas migratorias con el National Origins Quota y el Inmigration Act; los cuales se mostraron como especialmente crueles al impedir, ante la pasividad de la clase política americana, la entrada de cientos de miles de judíos que huían de la Alemania nazi; desde su formación, Israel ha sido testigo de como los grandes poderes formulaban altos ideales a la vez que miraban única y exclusivamente por su conveniencia.

Así que condenar a Israel es condenar a todos los vencedores de guerras que, sin excepción, han utilizado el derecho internacional que regula las acciones bélicas para minimizar sus propios daños teniendo al débil encorsetado por unas normas que el fuerte raramente ha cumplido. Israel no está haciendo nada más que seguir la lógica de una historia en la que el pueblo judío ha estado demasiadas veces en el bando de los perdedores. Pero lo que Israel no puede pretender es que el pueblo palestino le allane la victoria con una rendición en la que deshonren a sus muertos. ¿Los muertos de Israel? Ahí está una de las claves del conflicto. Los ganadores tienen cientos de formas de honrar a sus muertos, así que hay que buscar la forma de que los palestinos tengan el espejismo de la victoria y puedan honrar a sus muertos y mártires en plazas, puentes, calles y fiestas nacionales. Para que puedan honrarles en una capital que incluya Jerusalén Este. De no ser así, Israel debiera comprender que la razón moral, la legitimidad, estará del lado de los palestinos, quienes pasarán a formar parte de la larga lista de pueblos derrotados en constante luto espiritual por sus holocaustos y diásporas.

No va a ser fácil que Israel se decida por una de las dos estrategias: a menudo parece como si fuera una sociedad dividida entre los que quieren ganar y los que tratan de saber ganar. Y curiosamente los primeros casi siempre tienen el poder político, representados por el Likud de Netanyahu o el Kadima de los gobiernos de Sharon y Olmert y por sus habituales aliados religiosos, mientras que los segundos, parte de una sociedad más laica, progresista y urbana, tienen una ascendencia intelectual más importante que sus últimamente pobres resultados electorales. Parece como si el brazo y la mente del estado de Israel fueran por caminos distintos: dos direcciones que ni el luto por el asesinato del primer ministro Rabin en 1995 pudo reconciliar. Por el contrario, el partido de Rabin, el laborista, en otro tiempo gran dominador de la vida política israelí, inició entonces un descenso que sólo un año después propiciaría la primera victoria de Benjamin Netanyahu frente a Simon Peres. En la actualidad, el laborismo, liderado por el actual ministro de defensa y ex primer ministro Ehud Barak, transita sin demasiada influencia por la coalición gubernamental, lo cual no debiera extrañarnos teniendo en cuenta que sólo es la cuarta fuerza del Knesset con 13 escaños.

Para aquellos que pidan equidistancia al valorar el conflicto, pedir disculpas por no poder aportarla en un proceso en el que hay una de las partes que tiene el poder de ofrecer y la otra sólo el de aceptar o, en su defecto, de resistir. Las posturas no parecen tan lejanas, o al menos no lo parecieron cuando el anterior primer ministro israelí Ehud Olmert pareció ofrecer el 94% del territorio de Cisjordania y compensar el 6% restante con tierras actualmente en territorio israelí, además de un paso entre Cisjordania y Gaza y una soberanía internacional sobre los símbolos religiosos de Jerusalén, ciudad que pasaría a ser compartida como capital de ambos estados: de Israel la parte oeste y la este del nuevo estado palestino. Poco después de estas supuestas ofertas Netanyahu volvió a ganar las elecciones, formando una coalición con objetivos y sensibilidades diferentes al anterior gobierno, produciéndose un retorno a anteriores épocas de evasivas y recriminaciones entre ambos liderazgos. Desgraciadamente, en algo también habitual, las soluciones que podrían haberles acercado, esas fantásticas ofertas de las que habló Abba Eban (ministro de asuntos exteriores de Israel entre 1966 y 1974) cuando dijo aquello de que “los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad” suelen ser rumoreadas ofertas potenciales en tiempo pasado, mientras que las diferencias que les separan siempre son problemas reales en tiempo presente.

El futuro no parece mucho mejor. Para aquellos que esperaban que Obama arreglara el conflicto a base de discursos y momentos históricos, decir que el presidente americano sólo podrá ser, en el mejor de los casos, un juez del conflicto. Así que de momento parece inteligente su postura de no exponerse a perder su legitimidad moral mientras no cambien las circunstancias, delegando en una Hillary Clinton que está sirviendo de contrapeso a su claro posicionamiento durante la campaña electoral americana en favor de una paz justa y la creación de dos estados. Una legitimidad moral con la que tendrá que evitar que Israel se comporte con la prepotencia de un von Tronka cualquiera. Para que la paz sea duradera, habrá que bajar de las alturas de la especulación al detalle, poniendo en la balanza, por un lado, los coches o caballos que fueron injustamente destrozados o confiscados, y en la otra el trabajo del pueblo hebreo en un estado que, siguiendo la lógica de otros tiempos en los que la justicia de los países era la de las armas, confirmaron con victorias bélicas. Es decir, no la justicia en abstracto, sino la justicia de aquí y ahora. La justicia de los que saben ganar y de los que, aunque hace tiempo que saben que han perdido, aspiran al menos a una derrota digna.