Obama vs. Wikileaks, o Cuando el Emperador Atacó a su Reflejo.

En su carrera presidencial, el candidato Obama se preparó para enfrentarse a múltiples enemigos que tras un rápido análisis se descubren como el mismo: la ignorancia ajena y la utilización que de la misma hicieran sus rivales políticos. Por el camino exorcizó a múltiples fantasmas, como ese padre de conflictiva biografía cuya herencia racial africana exploró en un exitoso libro que fue su primer paso, antes incluso de convertirse en político en activo, hacia la presidencia; o ese otro ruidosamente vivo (estar muertos es la gentileza, que no la obligación, de los fantasmas) llamado Jeremiah Wright, extravagante pastor evangélico que fue mentor del joven Barack en esos momentos de dudas religiosas (sin los cuales un candidato a la presidencia estadounidense nunca estará completo) y a cuyo video pronunciando proclamas antiamericanas el candidato Obama sobrevivió pronunciando un histórico discurso sobre la tolerancia y la convivencia racial. Así que el presidente Obama llegó al cargo curtido en mil batallas y protegido por un halo de invulnerabilidad, confirmando una vez más que ser invulnerable a los enemigos suele ser una forma bastante efectiva de convertirse en peligrosamente vulnerable para uno mismo; como un cáncer que se vuelve contra el organismo o aquel Calígula de Camús que golpea su reflejo, el cuadragésimo cuarto presidente de la república americana estaba preparado para luchar contra todas las ignorancias menos contra la propia, la cual, a falta de actos que desdigan sus palabras, ha mostrado en cantidades industriales en la reacción de la administración a la que representa al fenómeno Wikileaks.

La llegada de Wikileaks ha sido a la prensa lo que la de Obama fue a la política; el poder del talentoso outsider con la preparación del insider; el viejo sueño de cambiar el sistema desde dentro (sueño deglutidor de almas por excelencia ya que el sistema tiene poderosos sistemas de defensa: el principal cambiar a todo aquel que intente cambiarlo); la utilización del propio sistema no tanto para alterar sus elementos, sino para darle la vuelta como a un calcetín para cambiar sus prioridades. Wikileaks, como el candidato Obama, ha sido relevante por lo novedoso de su propuesta—una plataforma periodística sin esclavitudes nacionales y por tanto gubernamentales y que usa la internacionalidad (pudiendo ser según les convenga multinacionales o apátridas) para protegerse jurídicamente y hacer imposible el rastreo informático de sus fuentes— y, como el candidato Obama, ha mostrado un profundo conocimiento de los medios de comunicación y de como movilizarlos, como demuestra ese periodo de embargo que aplica a sus filtraciones para fomentar la competición entre los medios tradicionales, a los que no pretende sustituir sino complementar. Como explicó su fundador Julian Assange:

Uno pensaría que cuanto más grande e importante es el documento, mayores posibilidades tiene de que sea cubierto, pero esto no es cierto de ningún modo. Es cuestión de oferta y demanda. Oferta nula significa alta demanda. Pero en el momento en el que publicamos el material, la oferta se dispara hasta el infinito, así que el valor aparente se convierte en cero.

Así que Wikileaks da prioridad a unos pocos medios de comunicación—preferentemente a aquellos que propiciaron la filtración o, en el caso de los polémicos 77000 documentos sobre el ejército estadounidense, elegidos estratégicamente (Der Spiegel, The Guardian y The New York Times)—, dándoles la exclusiva por un corto un periodo de tiempo para así permitirles desarrollar la noticia. ¿El objetivo? Los periódicos no tendrán más remedio que cubrir la noticia si no quieren acabar cubriendo la indignación de sus lectores y las consecuencias periodísticas de renunciar a una noticia importante sobre la que tenían la exclusiva.

¿Cual fue la reacción de la administración Obama a esta exhibición de ingenio y valentía— conviene recordar que los cinco miembros permanentes de Wikileaks viven en el anonimato y Assange, fundador y cara de la organización, podría más bien ser calificado como fugitivo en jefe? No sólo la habitual de cargar contra el mensajero, sino también contra su derecho a ejercer la sacrosanta misión de la mensajería informativa (eufemismo a prensa libre: a veces uno se pierde haciendo frases). Resulta alarmante que la mayor esperanza política de la historia haya cuestionado el derecho de la sociedad a conocer eventos que podrían ser constitutivos de crímenes contra la humanidad, los cuales, refresquemos la tabla de multiplicar de los Tribunales de Nuremberg, ni prescriben ni pueden ser encubiertos según razonamientos de obediencia debida.

Esperamos ansiosos a que la administración Obama clarifique cual, en su parecer, debe ser el papel de la prensa. En cuanto a las presuntas amenazas que la filtración ha supuesto para la seguridad de los soldados estadounidenses, Wikileaks ha aclarado que los documentos pertenecen a operaciones ya concluidas. Un papel responsable e inmaculado que les honra, si bien innecesario; ¿desde cuándo el papel de la prensa es el de defender intereses estratégicos dejando de denunciar lo moralmente reprobable? Curioso papel de florero que, con nuestra connivencia, los gobiernos han reservado a los que según ellos no sólo tienen la misión de informar, sino también de velar por los intereses gubernamentales. Tiempos de floreros empotrados, como aquellos profesionales que durante la guerra de Iraq debían, como parte del ejército, obedecer las órdenes de jefes operativos si querían tener acceso a la información; tiempos de presidentes que llaman a directores de periódicos para decirles no ya aquello de lo que pueden o no informar (sólo faltaría: los voceros de gobiernos no nos conciernen en este artículo), sino cómo o cuando pueden informar sobre un determinado tema. Sirva como ejemplo The Washington Post, periódico que recientemente ha publicado un exhaustivo y crítico informe sobre la lucha antiterrorista estadounidense, mientras, a la vez, durante dos años ha renunciado a hacer público el video de un ataque desde un helicóptero a la población civil iraquí y que probaba como falsa la versión oficial sobre la matanza. Un vídeo que, por supuesto, Wikileaks publicó. Así que la cuestión no es de que lado ideológico está un determinado medio, sino si recibe órdenes o pautas de aquellos de cuyo lado está: ideologías e intereses económicos aparte, un periodista (o cualquiera que pretenda hacer un análisis honesto de la realidad) nunca puede estar de lado de quien le censura.

En un giro fascinante, algunos de los documentos filtrados por Wikileaks tenían que ver con la propia plataforma, entrando en detalles sobre el peligro que ésta suponía (recordemos que Wikileaks se nutre principalmente de filtraciones desde el interior de las organizaciones que denuncia) y de las diferentes formas en las que podía ser desactivada. La conclusión no es sorprendente: estando su fortaleza en el anonimato de sus fuentes basta con amenazarlo para hacer lo propio con el proyecto. No habiendo oficinas que cerrar o subvenciones que denegar, el eslabón más débil de Wikileaks es la protección de sus fuentes. Y lo es tanto que la plataforma no ha errado en esta misión, siendo su informante estrella cazado por indiscreciones propias. O eso parece, pues la intervención en todo este tema de un hacker conocido por su búsqueda de notoriedad convierte la operación en bastante sospechosa. A falta de otras versiones y tratando de evitar la poco saludable aunque a veces necesaria conspiranoia (por hoy nos conformaremos con la desconfianza crónica) esperaremos pacientemente a que el gobierno americano desclasifique, en cumplimiento de la legislación estadounidense, los documentos de esta operación:

¡Este ha sido un avance de la programación del canal Wikileaks Classic Gubernamental…, no dejen de sintonizar el Wikileaks Moderno No-Gubernamental por si esta información llegara alguna que otra década antes!

En las últimas semanas, importantes plataformas de derechos humanos han retirado (quiero pensar que sin presiones políticas) su apoyo a Wikileaks. La razón: les acusan de no eliminar nombres de informantes y colaboradores antes de publicar los documentos. Crítica legítima, si bien falta algo: apoyo al proyecto. ¿La operatividad de Wikileaks puede ser mejorada? ¡Vaya novedad! Al fin y al cabo y pese a su habilidad para hacer perder el paso al gobierno americano, estamos hablando de una organización que cuenta con cinco voluntarios permanentes y que se nutre de la colaboración desinteresada de 800 profesionales de diversos sectores. La respuesta de Assange al respecto ha sido firme: que los que critican aporten personal para corregir lo que condenan y que no tiene tiempo que perder con aquellos que no hacen nada y se limitan a cubrirse las espaldas.

O lo que es lo mismo: que un florero humano, civil o no-gubernamental no deja de ser un florero. Y es que conviene que recordemos que los errores achacados a Wikileaks parten de premisas cuestionables, tales como que los estados pueden reservarse información.  Argumentan que por nuestra seguridad, ¿pero acaso someten este concepto a votación? ¿Queremos seguir manteniendo un secretismo que alimenta juegos de guerra que provocan cientos de miles de muertes cada año? ¿Es democrático que una parte mayoritaria del presupuesto mundial sustente las guerras sobre las que sólo decide una minoría? El final de la información clasificada aún no es el debate, pero gracias a Wikileaks no está tan lejos que acabe siéndolo.

El apoyo social a Wikileaks ha sido errático y no mayoritario, mientras que sus enemigos en Estados Unidos no son precisamente pequeños: desde el ejecutivo (críticas gubernamentales) al legislativo (¿necesidad de leyes que regulen/censuren intenet) pasando por el judicial (castigos bíblicos en espera para Assange y sus infieles) e incluso ese cuarto poder de la prensa que ha mostrado una peligrosa tendencia a ese oficialismo del que sus grupos de comunicación llevan años nutriéndose. Por no adentrarnos en ese mundo bizarro en el que una demanda contra Assange fue presentada y archivada en Suecia en un plazo de veinticuatro horas, alimentando todo tipo de teorías de la conspiración (aquí aporto la mía: Assange está presentando acusaciones ridículas contra sí mismo para así blindarse contra otras más difícilmente desmontables de las que el gobierno americano pudiera acusarle en el futuro); así que disfrutemos de ver a los próceres del mundo nerviosos por unos instantes y hagamos todo lo posible por pegar algún que otro martillazo en la pica puesta por Wikileaks (en el corazón o en la uña del meñique, ¿qué importa?) porque sólo así avanzan las sociedades, con amenazas y cambios que parecen muy grandes y que luego tal vez sólo sean modestos, pero que desencadenan cambios que permanecen cuando hace tiempo que el proyecto originario pasó al olvido. El anuncio de quince mil nuevos documentos y el apoyo del Partido Pirata de Suecia en el marco de la avanzada legislación sueca en materia de libertad de información, demuestra que el momento en el que los miembros de Wikileaks cedan a las presiones, sean clausurados o comprados aún no es inminente. Con independencia de que en los próximos tiempos veamos a Assange y los suyos vendiendo su sueño o abandonándolo, de momento toca estarles agradecidos por haberlo creado.

Aprender a Ganar en el Conflicto entre Israel y Palestina

En la novela clásica de Heinrich von Kleist Michael Kohlhaas, su protagonista, un tratante de caballos, buen ciudadano y escrupuloso cumplidor de las leyes, inicia una batalla legal contra el aristócrata Wenzel von Tronka, pues considera que sus derechos han sido vulnerados al serle confiscados dos caballos que había dejado como fianza. En un caso similar, E.L. Doctorow nos cuenta en su novela Ragtime la historia de Coalhouse Walker, un joven músico afroamericano de comportamiento impecable, cuyo coche es destrozado en un acto racista por un grupo de voluntarios del cuerpo de bomberos. Tanto Kohlhaas como Coalhouse (la referencia de Doctorow a Kleist es obvia), se ven defraudados por sistemas legales que benefician al poderoso e inician rebeliones en las que, además de perder sus posesiones materiales y posición social, acabarán ocasionando perjuicios a inocentes. El objeto de sus causas era tan pequeño como dos caballos y la restitución de un coche a su estado previo o tan grande como hacer prevalecer la justicia. Examinando la postura del ofensor, ambas historias coinciden en que éstos sobrestiman la importancia que los ofendidos van a dar a los bienes materiales, relativizan la importancia de la ofensa y menosprecian la innata necesidad de justicia del individuo. Israel lleva décadas cometiendo el mismo error.

Y es que en las relaciones internacionales, donde son pueblos y no individuos los que dirimen sus causas, las conclusiones son parecidas y en toda salida negociada el más fuerte tiene la responsabilidad de dar al más débil un compromiso que éste pueda interpretar como justo. Una justicia, por supuesto, adaptada a las circunstancias del momento y al equilibrio de fuerzas, pero la debilidad de la otra parte jamás debiera llevar al poderoso a buscar un último e injusto beneficio. La ecuación de debilidad e injusticia, lejos de llevar a esa desesperación en la que cualquier acuerdo es bueno, suele dar como resultado rebeliones y resistencias, así que los poderosos debieran recordar que los débiles no sólo tienen poco, sino también poco que perder. Varios imperios hubieran durado unos cuantos siglos más de no haber olvidado este concepto tan sencillo.

Israel no se ha limitado a querer imponer su victoria y utilizar su mayor fortaleza para estructurar la región a su conveniencia, sino que ha querido presentarla como la victoria del orden sobre el terrorismo. Este razonamiento obvia que cualquier reivindicación violenta por parte de un pueblo sin estado y por tanto sin ejército como el palestino necesariamente tendrá que ser definida como terrorismo. Y ha querido imponer su visión, no al estilo de los imperios, como una legitimación de la victoria, sino como un elemento de la negociación previa a la victoria. Parafraseando la famosa frase de Unamuno, podríamos decir que los imperios vencen y después convencen (o más bien se convencen mediante el revisionismo histórico de la bondad de su victoria), mientras que Israel ha querido vencer a base de convencer.

Un ansia de legitimidad perfectamente comprensible. La historia reciente del pueblo hebreo, víctima de la masacre más importante de la historia de la humanidad, hacía difícil un cambio tan rápido de víctima a verdugo. Pero la legitimidad de Israel ha estado demasiadas veces fundamentada en la barbarie de Hitler y los campos de concentración alemanes y no en lo sucedido en Palestina. Un ansia de legitimidad que es una nueva afrenta para un pueblo palestino acostumbrado a perder en el enfrentamiento directo militar, pero que a menudo ha considerado indigno llegar a acuerdos con Israel en negociaciones viciadas por la gran diferencia de fortaleza entre ambas partes.

Siguiendo con el tema de las negociaciones, comentar que, lejos del mundo empresarial, se educa a los jóvenes de todo el mundo en la admiración de los mártires nacionales que tomaron decisiones dignas en contra de la conveniencia material aparente. Nadie les acusa de ser lunáticos incapaces de evaluar su posición exacta en el mercado, mientras que, por el contrario, a los que llegan a acuerdos con los vencedores, lejos de ser realistas que han calibrado adecuadamente sus sinergias y fortalezas, los tachamos de colaboracionistas. En el ilógico mundo de las causas nacionales, la negociación sólo es vista como una virtud cuando es entre iguales: de lo contrario será considerada una capitulación. Y la principal victoria del pueblo palestino en décadas de conflicto (siempre desde su perspectiva) es la de no haber capitulado. Se podría trivializar esta resistencia diciendo que es fruto de la manipulación por parte de sus clases dirigentes, o incluso que otras naciones musulmanas han encontrado en Palestina un símbolo con el que excusar sus patéticos ejercicios de gobierno doméstico, pero sería erróneo llevar estos razonamientos hasta el extremo de negar totalmente el ansia de justicia que ha alimentando la resistencia palestina.

Así que Israel tiene dos tratamientos para el enfermo: ganar o saber ganar. De momento está aplicando el primero con la precisión de un cirujano. Ganar implica llevar a los palestinos a un estado de agotamiento y desmoralización y dividir primero a su población, eligiendo el bando de Fatah y permitiendo una relativa normalidad en Cisjordania, mientras asfixia con todo tipo de embargos económicos a la franja de Gaza gobernada por Hamas; para posteriormente dividir a su liderazgo, hundiendo a un Mahmut Abbas, líder de Fatah, al que encumbró como único interlocutor posible, pero al que ha impedido sistemáticamente mostrar beneficios concretos propiciados por la negociación.

Porque Israel es consciente de que ningún líder palestino va a poder defender ante su población el crecimiento de los asentamientos judíos en Cisjordania, por mucho que se etiquete con esa ecologista denominación de “crecimiento orgánico” (crecimiento de baja intensidad en el que sólo se llevarían a cabo los proyectos para los que ya se han concedido licencias) y que, por encima de viciadas lógicas legalistas, otra vez von Tronka y sus artimañas, parece difícil rebatir que sólo la paralización es compatible con un futuro intercambio de tierras en el que muchos de estos asentamientos deberán ser derribados. Lo cierto es que, con un tipo de crecimiento o con otro, los asentamientos en Cisjordania siguen creciendo cuando teóricamente llevan años siendo desmantelados, de modo que en esta última ronda de contactos los palestinos condicionaron la negociación a que se paralizaran. Ésto provocó que un indignado Netanyahu, con rueda de prensa incluida junto a la secretaria de estado Clinton, acusara a los líderes palestinos de falta de colaboración.

Israel no está engañando a la comunidad internacional, sino sólo a sí misma, cuando pretende mantener una autoridad moral en un conflicto en el que desde hace tiempo sólo tiene la que le confiere un poder militar infinitamente superior al de su contrincante. O cuando intenta convencerse de que está actuando de manera diferente a los imperios coloniales que tan importantes fueron en su formación. Desde la Francia antisemita del caso Dreyfus, en la que un indignado Theodor Herzl comenzó a formular las doctrinas del sionismo político moderno; pasando por la Gran Bretaña que dio legitimidad a dicho movimiento con la declaración Balfour en 1917 y siguiendo por unos Estados Unidos que obligaron a una emigración judía masiva a Palestina cuando en 1924 hicieron más estrictas sus propias normas migratorias con el National Origins Quota y el Inmigration Act; los cuales se mostraron como especialmente crueles al impedir, ante la pasividad de la clase política americana, la entrada de cientos de miles de judíos que huían de la Alemania nazi; desde su formación, Israel ha sido testigo de como los grandes poderes formulaban altos ideales a la vez que miraban única y exclusivamente por su conveniencia.

Así que condenar a Israel es condenar a todos los vencedores de guerras que, sin excepción, han utilizado el derecho internacional que regula las acciones bélicas para minimizar sus propios daños teniendo al débil encorsetado por unas normas que el fuerte raramente ha cumplido. Israel no está haciendo nada más que seguir la lógica de una historia en la que el pueblo judío ha estado demasiadas veces en el bando de los perdedores. Pero lo que Israel no puede pretender es que el pueblo palestino le allane la victoria con una rendición en la que deshonren a sus muertos. ¿Los muertos de Israel? Ahí está una de las claves del conflicto. Los ganadores tienen cientos de formas de honrar a sus muertos, así que hay que buscar la forma de que los palestinos tengan el espejismo de la victoria y puedan honrar a sus muertos y mártires en plazas, puentes, calles y fiestas nacionales. Para que puedan honrarles en una capital que incluya Jerusalén Este. De no ser así, Israel debiera comprender que la razón moral, la legitimidad, estará del lado de los palestinos, quienes pasarán a formar parte de la larga lista de pueblos derrotados en constante luto espiritual por sus holocaustos y diásporas.

No va a ser fácil que Israel se decida por una de las dos estrategias: a menudo parece como si fuera una sociedad dividida entre los que quieren ganar y los que tratan de saber ganar. Y curiosamente los primeros casi siempre tienen el poder político, representados por el Likud de Netanyahu o el Kadima de los gobiernos de Sharon y Olmert y por sus habituales aliados religiosos, mientras que los segundos, parte de una sociedad más laica, progresista y urbana, tienen una ascendencia intelectual más importante que sus últimamente pobres resultados electorales. Parece como si el brazo y la mente del estado de Israel fueran por caminos distintos: dos direcciones que ni el luto por el asesinato del primer ministro Rabin en 1995 pudo reconciliar. Por el contrario, el partido de Rabin, el laborista, en otro tiempo gran dominador de la vida política israelí, inició entonces un descenso que sólo un año después propiciaría la primera victoria de Benjamin Netanyahu frente a Simon Peres. En la actualidad, el laborismo, liderado por el actual ministro de defensa y ex primer ministro Ehud Barak, transita sin demasiada influencia por la coalición gubernamental, lo cual no debiera extrañarnos teniendo en cuenta que sólo es la cuarta fuerza del Knesset con 13 escaños.

Para aquellos que pidan equidistancia al valorar el conflicto, pedir disculpas por no poder aportarla en un proceso en el que hay una de las partes que tiene el poder de ofrecer y la otra sólo el de aceptar o, en su defecto, de resistir. Las posturas no parecen tan lejanas, o al menos no lo parecieron cuando el anterior primer ministro israelí Ehud Olmert pareció ofrecer el 94% del territorio de Cisjordania y compensar el 6% restante con tierras actualmente en territorio israelí, además de un paso entre Cisjordania y Gaza y una soberanía internacional sobre los símbolos religiosos de Jerusalén, ciudad que pasaría a ser compartida como capital de ambos estados: de Israel la parte oeste y la este del nuevo estado palestino. Poco después de estas supuestas ofertas Netanyahu volvió a ganar las elecciones, formando una coalición con objetivos y sensibilidades diferentes al anterior gobierno, produciéndose un retorno a anteriores épocas de evasivas y recriminaciones entre ambos liderazgos. Desgraciadamente, en algo también habitual, las soluciones que podrían haberles acercado, esas fantásticas ofertas de las que habló Abba Eban (ministro de asuntos exteriores de Israel entre 1966 y 1974) cuando dijo aquello de que “los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad” suelen ser rumoreadas ofertas potenciales en tiempo pasado, mientras que las diferencias que les separan siempre son problemas reales en tiempo presente.

El futuro no parece mucho mejor. Para aquellos que esperaban que Obama arreglara el conflicto a base de discursos y momentos históricos, decir que el presidente americano sólo podrá ser, en el mejor de los casos, un juez del conflicto. Así que de momento parece inteligente su postura de no exponerse a perder su legitimidad moral mientras no cambien las circunstancias, delegando en una Hillary Clinton que está sirviendo de contrapeso a su claro posicionamiento durante la campaña electoral americana en favor de una paz justa y la creación de dos estados. Una legitimidad moral con la que tendrá que evitar que Israel se comporte con la prepotencia de un von Tronka cualquiera. Para que la paz sea duradera, habrá que bajar de las alturas de la especulación al detalle, poniendo en la balanza, por un lado, los coches o caballos que fueron injustamente destrozados o confiscados, y en la otra el trabajo del pueblo hebreo en un estado que, siguiendo la lógica de otros tiempos en los que la justicia de los países era la de las armas, confirmaron con victorias bélicas. Es decir, no la justicia en abstracto, sino la justicia de aquí y ahora. La justicia de los que saben ganar y de los que, aunque hace tiempo que saben que han perdido, aspiran al menos a una derrota digna.


Historia de una Causa Simbólica: la Aprobación de la Proposición 8 en California

Uno de los procesos más interesantes de las pasadas elecciones de Estados Unidos fue el papel jugado por la comunidad afroamericana en la aprobación de la proposición 8, nombre de la petición popular de enmienda constitucional que limita la definición de matrimonio a la unión entre dos personas de distinto sexo. La sorpresa no fue tanto el alto porcentaje de afroamericanos que votaron a favor (de acuerdo a unas encuestas a pie de urna de la CNN aproximadamente un 70%), sino que ésta comunidad votara a la vez en un 95% por un partido, el demócrata, que en California hizo campaña en contra de dicha proposición. En comparación, el 79% de demócratas de raza blanca votaron por la derrota de dicha proposición.

Además de la asociación con Barack Obama y su partido, el recuerdo del movimiento de los derechos civiles parecía asegurar la derrota de la proposición: no parecía lógico que en las elecciones en las que simbólicamente se podía culminar dicho movimiento, con la victoria del primer candidato afroamericano, pudiera a la vez a aprobarse la supresión de unos derechos ya obtenidos por otra minoría. Efectivamente, parecía extraño que los mismos votantes fueran a propiciar tan histórica victoria y derrota.

Aunque no tiene nada de extraño que una minoría contribuya a la discriminación de otra—compiten por los mismos recursos y espacios sociales—, éste factor no es aplicable en la discriminación de la minoría homosexual, que es transversal en lo económico. De modo que la discriminación fue puramente ideológica y no está reñida, pese a lo que pueda parecer a primera vista, con el movimiento de las libertades civiles, el cual, con todos sus elementos socialmente revolucionarios, siempre estuvo arraigado en la religión.

Algunas causas de este arraigo son claras. Las minorías suelen verse obligadas a mostrar su respeto por las tradiciones para reclamar el cambio: las peticiones de cambio en contra del sistema están reservadas para aquellos que son parte de la clase mayoritaria o incluso de una élite intelectual. Del reverendo Martin Luther King al reverendo Jesse Jackson, los líderes de la comunidad negra han sido líderes religiosos y, si bien revolucionarios en lo social, más proclives a un orden moral conservador.

En un país diferente a Estados Unidos, Luther King podría haber sido un líder marxista, pero en el contexto de la Guerra Fría y el consabido miedo de la mayoría blanca al enemigo comunista, el líder negro sólo podía ser tradicional; un tradicionalismo que ha marcado de manera definitiva a la comunidad negra posterior, la cual ha encontrado su libertad individual en la religión, no sólo desde un punto de vista personal, sino también porque ha sido el camino para que su libertad social fuera tolerada. En Estados Unidos históricamente no ha bastado con ser un buen ciudadano para proponer cambios políticos, sino que además ha habido que ser un buen súbdito, no pudiéndose en la mente de a mayoría ser lo primero sin ser lo segundo. Durante la campaña presidencial el propio Obama tuvo que recordar habitualmente su religiosidad (con los conocidos problemas con su famoso reverendo Jeremiah Wright y sus controvertidas opiniones), e incluso sonar a predicador; lo cual, curiosamente, constituyó uno de los grandes atractivos del candidato al aunar el tono del líder político y el del religioso.  Aún así fue acusado de radical y socialista. Si un reconocido pragmático como Obama fue acusado de ser un peligroso ideólogo en 2008, ¿cómo no comprender que el movimiento de los derechos civiles sólo pudiera venir de la parcela religiosa y no del laico marxismo ideológicamente predominante en otras latitudes?  El mayo del 68 afroamericano sólo podía tener lugar en una iglesia. El blanco, mientras tanto, sucedió en las universidades con la oposición a la guerra del Vietnam.

Afortunadamente, a largo plazo lo que se dilucidó en Noviembre de 2008 fue una causa simbólica, para unos la primera victoria en la reconquista de la sociedad por parte de la moral tradicional y para otros el último hurra de los tradicionalistas en su camino a la periferia ideológica.  Y es que parece difícil que el Tribunal Supremo de Estados Unidos no acabe declarando la inconstitucionalidad de la Proposición 8, si es que antes no ha sido revocada en otra elección a través de una nueva enmienda.  El principio parece sencillo: las sociedades evolucionan cuando las minorías ganan derechos, no cuando los pierden.   A corto plazo la causa tiene poco de simbólico; la enmienda fue válida al día siguiente de las elecciones, momento desde el cual en California está prohibido expedir licencias matrimoniales a parejas del mismo sexo.

Así que de momento nos quedaremos con el dato de que a finales del año 2008, más de siete millones (alrededor del 52% del electorado) de los habitantes del estado de California, uno de los más progresistas de EEUU y una de las regiones más prósperas del planeta, votaron a favor de la privación de los derechos de una minoría.  Así que nada más, ni nada menos, que una derrota simbólica…

Artículos 2008-2009: Obama y McCain en el Año previo al Bushileum (20-E-09)

 

 

Habrán sido ocho largos años. Tan largos que llegaremos incluso a preguntarnos si realmente lo fueron tanto o si fuimos víctimas de un histrionismo conspiranoico que nos impidió mirar a las cosas con un poco de paciencia. Y es que incluso quien ha privado a media humanidad (su país incluído) de derechos, tendrá derecho al inmenso beneficio de la nostalgia. Cuando el 20 de Enero de 2009 el más incompetente de los presidentes (seamos piadosos y démosle el beneficio de la no-duda sobre su incompetencia: en caso contrario nos veríamos obligados a preguntarnos si es algo peor), pase el testigo a un nuevo gobernante; ese día, el del Bushileum, pensaremos en W. Bush como se piensa en los exámenes del colegio. No hay ningún club tan poco selectivo como el de nuestras nostalgias: para tener nostalgia de la infelicidad basta algo tan sencillo como que sea pasada. Y afortunadamente W. Bush y todo lo que representa está a punto de convertirse en pasado: 20-E-2009, ¡Bushileum!

     Hagamos balance: el actual presidente de Estados Unidos ha deslegitimado todas y cada una de las organizaciones internacionales. El espíritu de Bretton Woods (conferencia de la que salieron las principales organizaciones monetarias occidentales) llevaba décadas agonizando, así que es difícil saber si la actuación de la administración Bush ha sido un acto de piedad o de crueldad: un asesinato o un degüello. Incluso la ONU tuvo que resucitar para que Bush pudiera matarla; resucitó cuando algunas naciones actuaron con dignidad antes de la guerra; una dignidad que hizo aún más sangrante la indignidad de que sus voces no fueran escuchadas. O lo que es peor: que fueran escuchadas e ignoradas. Con la perspectiva del tiempo, produce rubor recordar algunas de las tretas utilizadas para deslegitimar a una unión de naciones que representa a más cinco mil millones de personas. Recordar, por ejemplo, aquella que trataba sobre la corrupción de su secretario general; como si ésta, incluso de ser cierta, tuviera la menor relevancia a la hora de ignorar a la organización. Algunos insignes comentaristas debieran sentir vergüenza, no ya de haberse equivocado, sino del entusiasmo con el que jugaron su siniestro papel.

      En vista del desastre posterior, ¿logró la ONU una victoria moral? En cualquier caso tan moral como inútil. Si la ONU fuera un poeta, la posteridad la recordaría como la gran ganadora de la contienda de Iraq, pero para una organización política las victorias morales son derrotas. De modo que en el futuro deberá ser reformada, bien para reforzarla y así evitar nuevos secuestros, bien para debilitarla y evitar, quitándole poder para ser instrumentalizada, que su secuestro sea el de toda la comunidad internacional.

     ¿Cómo explicar el fracaso de W. Bush? Ante todo, el candidato elegido no tenía la menor cualificación. Recordemos que su gran virtud, aquella que repitió machaconamente durante la campaña del 2000, fue la de devolver la integridad al despacho oval; una definición que en aquella época venía a significar que no tendría aventuras sexuales con becarias. El pecado original no fue el fraude de las elecciones del 2000, sino que alguien como W. Bush se acercara a la presidencia. Que ganara a un buen candidato como Gore o que revalidara ante uno malo como Kerry no es tan importante como el que su partido le eligiera, sin la menor cualificación, sobre un excelente candidato como el senador por Arizona John McCain. Se suele hacer política ficción sobre cómo hubiera sido el mundo si Gore hubiera sido presidente, ¿y si McCain hubiera sido el candidato por el partido republicano? El hecho de que McCain sea el candidato republicano para las próximas elecciones demuestra que los que merecen segundas oportunidades (el mundo la merece tanto como McCain) habitualmente las reciben.

     El que McCain haya sido elegido como candidato del partido republicano nos ahorrará terribles y retrogrados debates religiosos o mentiras interesadas para no ofender al votante ultraconservador. Una carrera electoral entre Obama y McCain, especialmente si logran mantener una cierta cordialidad dentro de la competetividad lógica de unas elecciones, será un espectáculo que nos reconciliará con la idea de que la política es algo más que un analísis de tendencias, encuestas o decir lo que la gente quiere oír.

     Éstos dos candidatos en particular representan las dos cualidades positivas a las que se debiera recurrir en tiempos difíciles; el dorado medio de las dos reacciones extremas típicas de los momentos de crisis, que son la huída hacia adelante (“cambiemos los que somos”) y el retorno a la tradición (“volvamos a lo que realmente somos”). La mayoría de revoluciones socialistas son ejemplo de lo primero y la mayoría de revoluciones en el mundo islámico de lo segundo. Obama y McCain pueden ser, aunque diferentes, buenas medicinas para el enfermo. El primero significaría un cambio esperanzador; por no haber sido, por ejemplo, parte de la dividida generación de la guerra del Vietnam; mientras que McCain, veterano de dicha guerra, supondría, por su independiente trayectoria como senador, esa recuperación de valores positivos previa a todo gran cambio. Como sociedad, Obama significaría la mirada hacia adelante antes de dar el paso en la misma dirección, mientras que McCain sería la mirada hacia atrás (o más bien hacia adentro, a la esencia del país) antes de dicho paso. Frente a la huída y tradición antes mencionada, Obama y McCain representan, respectivamente, evolución e identidad.

     ¿Quién cambiaría más cosas como presidente? Puede que el viejo McCain acabara siendo más revolucionario (por las connotaciones negativas de la palabra revolución digamos más bien evolucionario) que el joven Obama. Pero del mismo modo que el gran pecado original de la sociedad estadounidense fue que Bush se acercara a la Casa Blanca, también será la gran absolución que éstos dos candidatos hayan hecho lo propio. Tras preguntarnos durante ocho años “¿qué esperar de un presidente tan terrible?”; la pregunta será durante unos meses, “¿que no esperar de dos candidatos tan distintos pero a la vez tan competentes?” Dos buenos puntos de partida. Su presidencia, por supuesto, dependerá de otras cosas, pero esta carrera presidencial es el premio a la esperanza en el caso de Obama y al servicio a la nación en el de McCain.. El mérito (no carente de esperanza) de McCain frente a la esperanza (no carente de mérito) de Obama. Mérito y esperanza: dos de los valores que mejor definen a la sociedad estadounidense (una forma de juzgar a las sociedades es por como se ven a sí mismas) y que han estado especialmente ausentes en la presidencia del presidente George Walker Bush.

 

 

 

 

     Foto: El Senador Jefferson Colapsa, www.americanrhetoric.com