Alcantarillas, un cuento sobre fútbol y putrefacción

No hay que mirar atrás, no se puede. Bernardo no creía que así se evitaran los malos recuerdos, pero sí al menos que se presentaran como imágenes completas, reduciéndolos a breves destellos de deslumbrante oscuridad, deslumbrante como todo lo que no soportamos mirar. También los buenos le dolían, sobre todo los buenos, bellas postales de arena hirviendo de las que huir en busca de un mar de olvido y rutina. Tenía cincuenta y nueve años, veinticinco de vida y treinta y cuatro de espera.

Dolorosas postales como aquella de su Buenos Aires natal, donde había sino un idealista e ilusionado estudiante de ingeniería; o la de la primera vez que vio a Enriqueta en la biblioteca de la facultad, ya entonces se dijo que no podía haber mayor felicidad que el mirar por el resto de sus días a aquellos enormes ojos azules. Y no iba a haberla…

Enriqueta y Bernardo se miraban cada noche en silencio durante horas, vestidos con trajes y pelucas de época, sus rostros empalidecidos por el maquillaje; de telón teatral un marco formado por palos de escoba cubiertos de terciopelo rojo y sentados en un banco cualquiera de algún paseo concurrido de la ciudad europea de turno, se convertían en reyes, aristócratas, poetas, amantes o bohemios ganapanes de versos con aroma a absenta. De fondo no cualquier música, pero sí cualquier ópera; desde que veinte años antes, en la cocina del piso de Recoleta que había sido su tumba en vida durante más de una década, Enriqueta volvió a sonreír al escuchar una ópera en televisión. O al menos a hacer el gesto, que tras doce años de tristeza venía a ser lo mismo.

Al salir aquella noche de la pensión de la calle Apuntadores de Palma en la que llevaban dos semanas alojados y empujando el carrito con su escenario portátil, la oscuridad con la que la ciudad les recibió devolvió a Bernardo a uno de aquellos malditos destellos. Los golpes de los militares en la puerta, tan educados y cívicos, incluso tuvieron el detalle de tocar el timbre cinco segundos antes de tirarla abajo y leerles rápidamente unos cargos con los que les acusaban de estar en el lado equivocado de la historia. Provoca pavor y alivio que ni los verdugos puedan prescindir del corsé de la legitimidad. Volvió a recordar los golpes, las torturas y los interrogatorios interminables. Y los vítores y celebraciones: era 1978 y en el vecino monumental de Ríver Argentina ganaba un mundial mientras perdía el alma a escasas diez manzanas.

Pero los peores dolores no fueron físicos, sino la incertidumbre de no saber que había sido de su familia, de Enriqueta y Guillermo, quien por aquel entonces era un buda regordete de un año y los mismos enormes ojos azules de su madre. Escupiendo sangre, Bernardo logró susurrar:

—Mi mujer, mi hijo…¿qué ha sido de ellos?

—¡El rojo boludo pregunta qué ha sido!—le preguntó uno de los militares a su compañero mientras clavaba la pesada suela de sus botas militares en el estómago de Bernardo.

—Ha sido gol de Kempes…—contestó entre risas el otro.

Pasó el tiempo, las heridas sanaron, algunas lesiones se curaron y las que no lo hicieron del todo se convirtieron en simples condicionantes, como la cojera de Bernardo o la incapacidad de tener hijos de Enriqueta, reventada por dentro a golpes y violaciones. Por doloroso que fuera, todo era llevadero comparado al recuerdo de Guillermo. Liberada meses antes, fue ella la primera en averiguar que se lo habían llevado para siempre. Al volver a casa Bernardo no tuvo ni que preguntar: una mirada y el silencio de ella bastaron; la misma y el mismo con los que Enriqueta llevaba viviendo treinta y cuatro años.

No hay que mirar atrás ni para soñar, se decía una vez más Bernardo, siempre se sueña hacia adelante; soñar con la esperanza por la que siempre dejaba un teléfono de contacto y la forma de encontrarles a la poca familia que les quedaba en Argentina; soñar con que un apuesto hombre de treinta y cinco años y enormes ojos azules se les acercara por la espalda, les cogiera del brazo y contándoles que aún estaba vivo les recordara que ellos también lo estaban. Les agarraría del codo, como ahora lo hacía una mano fuerte…

—Guillermo…

Vio una manga de color marrón. De haber girado ligeramente el cuello hubiera visto una tez blanquecina cubierta de sombra bajo un hábito de fraile. Pero ya sabemos que Bernardo nunca miraba atrás.

Y así fue como la ciudad se convirtió en su escenario. El uno frente a otro, como siempre, por fin sin interrupciones y sin ni siquiera pestañear en un delicioso duermevela en el que pasearon por las calles del casco antiguo de Palma en compañía de aquel fraile que que a ratos tenía los ojos azules de Guillermo, a ratos marrones, a veces tenía las alas de un ángel y casi siempre el gesto atormentado del diablo; Bernardo pensó que habían llegado al cielo, porque sólo en el cielo se puede pasear eternamente por una ciudad en primavera en compañía de los que uno quiere, otra vez una familia. O tal vez hubieran descubierto como volver atrás en el tiempo, a aquel verano del 78 en el que la vida se convirtió en una simple espera. Ahora veía incluso las gradas y el césped del campo de fútbol, como en aquellos sueños que tenía en los descansos que le concedían sus torturadores.

“Se puede perder el alma mientras se gana un mundial…”

Sebastián Montaner abrió el sobre dirigido al “director del periódico Las Últimas Horas y a su fotógrafo estrella…” En la primera página, una hoja impresa con el mensaje: “para que aprenda a hacer fotografías de sucesos.” En las imágenes siguientes, una estampa que se había hecho muy popular en las últimas semanas en el centro de Palma: la de dos viejecitos que parecían recién salidos de una ópera posando en diferentes partes de la ciudad; tan popular que en algunas de las fotografías, junto a los protagonistas, aparecían insignes políticos. En una, sonriente y con el ayuntamiento de fondo, aparecía el alcalde, quien en dos semanas se enfrentaba a una difícil reelección con la seguridad ciudadana como una de las principales bazas de su partido (la leyenda de la fotografía era “tres seguros cadáveres”); en otra, el honorabilísimo presidente de la comunidad autónoma, inmerso por aquel entonces en un escándalo de corrupción, posaba sonriente inclinado con un par de monedas sobre el bote de donativos de los dos viejecitos (la leyenda: “¿las deja o se las lleva?”) Estaban todos: el conseller de turismo, la presidenta del consell insular…

—Donde haya una buena foto siempre habrá un político…—pensó Montaner.

El alcalde, avergonzado, confesó al ser entrevistado que tras hacerse la foto llamó a un empleado municipal para pedirle que revisara las alcantarillas de aquella zona ya que algo olía a podrido…

Comparadas las imágenes en sucesión, el deterioro de los cuerpos era aparente; por separado el maquillaje lo tapaba. En las últimas se podían incluso apreciar grietas en la piel. El álbum concluía con una fotografía estilo post mórtem y otra de los dos cadáveres abandonados en un almacén, como si fueran objetos del atrezzo de una ópera. Tras examinar esta última detenidamente, una bandera de color rojo y negro y una sombra verde en el haz de luz que entraba por un ventanuco hizo que Montaner sospechara sobre cual podía ser el escenario de tan macabra escena.

Llamó a Pereira. Tras dos tonos, el fotógrafo contestó con sorna:

—Calle Ruiz de Alda, mañana llena de noticias en la jefatura de la policía nacional. Dos DNIs perdidos y una reclamación por no haber salido favorecido en la foto de carnet…¡La jungla de asfalto nunca duerme! Y estoy a punto de ventilarme un plato de frito mallorquín…

La simple mención de comida obligó a Montaner a contener una arcada.

—Hay que tener estómago…

—Creo que éste sólo lleva hígado y vísceras, pero como madrileño que soy no pretendo ser un entendido en el tema.

Mejor no describir las sustancias viscosas con las que Montaner regó la mesa de su despacho.

—Te mando a una de las peores escenas de tu carrera—dijo recomponiéndose a duras penas—. En el antiguo estadio Luis Sitjar: allí encontrarás los cadáveres de los dos viejecitos que se pasean por el centro vestidos como si estuvieran en una ópera. Cuando me confirmes que los has encontrado llamaré a la policía. Incluso cumpliendo con nuestra obligación como ciudadanos tendrás al menos diez minutos a solas…

Pereira sonrió. Había dudado de que su director fuera a ser capaz de interpretar las pistas en la foto y el efecto no hubiera sido el mismo de haber tenido que ir a la redacción del periódico a hacer de investigador adjunto. Aliviado y feliz caminó los trescientos metros que le separaban del estadio Luis Sitjar, entró por una ventana que rompió con un palo que había dejado preparado—y no por la trampilla que había usado en todas las demás ocasiones—, y ya pisando los hierbajos donde en otro tiempo había estado el césped de tantas glorias futbolísticas, viendo por primera vez a la luz del día a aquel derrotado monstruo de cemento y hierro oxidado que hasta el momento sólo se le había presentado en sombras, recordó sus comienzos como fotógrafo de sucesos y deportivo en el ABC; las ilusiones de aquellos tiempos en los que se sentía uno más de aquella hermandad de celebridades de la capital junto a las que dilapidó dinero, salud y una familia antes de darse cuenta de que, justa o injustamente, los que salen en la fotos ganan mil veces más que los que las hacen. Momentos de ilusiones…Pero mejor no mirar atrás. Y más cuando lo que venía era mucho mejor: se estaba convirtiendo en una estrella. Incluso le pareció oír los vítores apagados y somnolientos de un estadio que se desperezaba para su gloria. Ya tenía preparado el reportaje, así que mientras esperaba a la policía dio una eufórica vuelta de honor al campo. Horas más tarde, el periódico Las Últimas Horas batiría todos sus récords de tirada con un especial compuesto por las fotos del anónimo asesino en serie y las de Pereira en la escena del crimen. Sus múltiples apariciones en canales nacionales en los días siguientes le confirmaron que lo que había estado celebrando en el abandonado estadio mallorquinista fue otro ascenso a primera división: a la de los fotógrafos. O puede que incluso un mundial. Recordó los susurros agonizantes de Bernardo:

“Se puede perder el alma mientras se gana el mundial…”

Un Tal Poe

Tenía razón el gran Edgar Allan Poe cuando decía aquello de que la coincidencia es una fuerza poderosa y que hacemos mal en subestimarla. En la vida de nuestro protagonista, a quien sus amigos llamaban Benito y los papeles apellidaban como Lee, ocurrieron una serie de eventos que, si bien no desconozco que serían calificados de increíbles por la gran mayoría—por esa que sólo cree en lo que ve o lo que toca—no extrañarían un ápice al genio americano, quien hubiera visto en la historia que me dispongo a narrar tan solo una confirmación más de que fuerzas invisibles controlan nuestras vidas.

Y es que la razón no sólo es un instrumento inservible a la hora de solventar quimeras imposibles como el universo o la procedencia del hombre, sino también, y casi en igual medida, cuando lo que queremos explicar es este mundo y las fuerzas que moldean la existencia física, esa que, día tras día, y para no reconocer la cruda realidad, la que nos dice que no tenemos control sobre nada, nos queremos convencer de que dependen de cosas tales como el trabajo, la bondad, o la justicia. Vivimos en un mar, estimado lector, pero el mar no somos nosotros, por no ser, ni siquiera somos una ola; tenemos velas, pero las velas no somos nosotros, por no poder, ni siquiera somos capaces de dirigirlas; temblamos con los vientos, pero los vientos no somos nosotros, por no soplar, ni siquiera somos una brisa. ¿Somos un barco? Quizás, pero un cuyo viejo fuselaje, gastado y oxidado tras lo años, nos vemos obligados a dejar en este mundo; amarrado en este puerto llamado vida que sólo nos parece puerto en la muerte, pues siempre se comportó como un mar. Un mar de olas imposibles e invisibles: como la coincidencia.

Cada mañana, a las siete en punto, Benito Lee desayunaba en Atac, una cafetería adosada a la tienda de libros Aispel, en Washington D.C. Cada tarde, alrededor de las ocho, minuto arriba o abajo dependiendo de lo concurrido que estuviera el metro, al salir de su trabajo en el Banco Mundial, organización digna y inútil donde las haya (lo inútil suele tener una cierta dignidad, lo cual no significa que todo lo que tenga dignidad sea inútil), Benito se pasaba por Aispel y compraba algún estúpido e insípido (lo insípido suele ser estúpido, lo cual no implica, por desgracia, que lo estúpido sea siempre insípido) tratado de economía, cuyo precio, siguiendo instrucciones explícitas de Adam Smith en May You Give the Right Price en el capítulo titulado The Boston Law, variaba en consonancia a lo cerca que el economista en cuestión estuviera de Boston (sede de Harvard y MIT.) Menos aquella tarde.

Aquella tarde, recién quitada la corbata y el traje, y luciendo aquel impresentable abrigo negro y amarillo; que tan cómodo le hacía sentir y que además, siempre en su opinión, le daba un aspecto tan original; nuestro amigo Benito se había acercado a Aispel, para cumplir con el ritual de comprar el dichoso tratado de economía. Ya estaba dispuesto a comprar aquel Teoría Política Económica para Seres Racionales y Económicos (el cual en un principio le había creado ciertas dudas, pues pese a estar escrito en California y no venir de Stanford, tenía el increíble precio de 35$, pero que en la contraportada tenía un montón de palabras que Benito no había oído en su vida, así que finalmente decidió que “sería un error de dimensiones históricas no comprarlo”) cuando, ya de camino al mostrador, de repente, sin previo aviso (como tantas veces sucede en esta vida de sufrimientos) vio a la camarera que con tanta amabilidad y celo profesional le servía su desayuno en Atac por las mañanas.

“¿Qué hará en la tienda de libros?” se preguntó extrañado. Y con razón, pues, en tres años que llevaba frecuentando aquel lugar, era la primer vez “que la veía en territorio comanche”, (Benito se rió de su ocurrencia). Entonces vio que la camarera se dirigía a la caja registradora, donde un simpático dependiente “afroamericano, en palabra compuesta, negro, en una sencilla (que ocurrente estaba aquella mañana)”, le dijo entre sonrisas que había supuesto bien y que, efectivamente, tenía cambio de cien dolares.

Entonces la camarera, visiblemente satisfecha con su destacable adquisición de un billete de cincuenta dolares y cinco de diez, volvió a territorio Sioux (Benito sonrió de nuevo) y, al verle, y reconociéndole como a su fiel cliente de la mañana, le saludo con un efusivo:

Good Evening.

Otra cosa extraña: en tres años era la primera vez que Benito la oía decir “Good Evening.

Y tan efusivo fue el saludo, que derribó un pequeño tomo de una de las bien surtidas estanterías; si bien ella no se dio cuenta y, tan contenta, continuó caminando en dirección al restaurante. Mientras tanto, Benito se acercó a deshacer el entuerto y poner el libro en su sitio, “no vaya a ser que alguien se tropiece, se descalabre, le ponga un juicio a la camarera y la condenen a veinte años de cárcel sin posibilidad de perdón.” Y es que Benito, comprensiblemente, no estaba dispuesto a pasar dos décadas sin aquellas dulces manos sirviéndole su desayuno. No, de eso nada.

Mientras se acercaba, y fruto de esa natural curiosidad que tan lejos le había llevado en la vida, se fijó en el título de aquel libro, el cual, solitario, seguía yaciendo sobre la roja moqueta de Aispel. “Poe de Bolsillo,” leyó.

“¿Poe? ¿El director de cine?” se preguntó haciendo gala de su total ignorancia literaria; lógica, por otra parte, si tenemos en cuenta que Benito había cursado la carrera de Económicas en una de las universidades más importantes del país. Fue sólo al acercarse y leer en la contraportada que el New York Times decía que “aquel clásico era más entretenido que la mayoría de best-sellers modernos,” cuando se enteró de que Poe no era un director de cine, sino un escritor, lo cual le extrañó sobremanera, pues él juraría haber oído más de una vez lo de “película de Edgar Allan Poe.”

Como ya hemos mencionado y pese a haberse educado en una institución de élite, Benito era un joven curioso, razón por la cual decidió echarle una ojeada a “aquel tal Poe.” Y así fue como se olvidó de aquel ridículamente caro libro de economía de la costa Oeste, que “por-no-ser-no-era-ni-siquiera-de-Stanford,” y comenzó a echarle una ojeada al libraco del presunto director de cine. Y cual sería su sorpresa al darse cuenta de que aquel libro estaba lleno de cosas interesantes, tales como aquella maravillosa introducción en la que el editor describía algunas inconfesables intimidades de “aquel tal Poe.”

“Irresponsable borracho, plagiador, de personalidad obsesiva…” comenzó Benito a leer con gran interés, “¿su mujer se murió de la ruptura de una cuerda vocal…? Eso sólo le puede pasar a un mentecato.” Sí, aquella era una muy interesante biografía, una que le hacía sentir un placer especial, pues ridiculizaba a aquellos artistas a los que tanto odiaba, a aquellos cuya supervivencia Benito, como buen economista, explicaba diciendo: “la sociedad les paga por pensar, porque son unos vagos, y no saben hacer otra cosa…Son una carga necesaria; algo así como una obra benéfica, una caridad…”

Tanto le interesó aquella relación de las intimidades del escritor americano que, en lo que representaba una clara afrenta a sus principios más arraigados, se decidió a comprar, por primera vez desde que en su primer año de carrera le obligaron a leer extractos de “¡un libro de Hardy y dos de Dickens para aquella maldita clase de literatura!”; una novela que no fuera de Grisham “¡ese gran ídolo!”. “Poe, Poe…, cuantas deliciosas sonrisas a costa de los malditos intelectuales me esperan esta noche!”

En profundo estado de excitación, Benito corrió hacia su casa. No tenía hambre: un café y un plato precongelado le bastarían. Sí, ciertamente aquel plato de pollo y arroz era realmente intragable, “pero que puñetas, la comida es para alimentarse, no para, tal y como afirman todos esos libertinos europeos del sur, disfrutar de ella…., vagos todos! Ya es que también esos son una carga necesaria…que si no…” Benito terminó de cenar, ahora el hambre ya no le despertaría en mitad de la noche, y, con un placer que nunca creyó que un libro pudiera proporcionar, empezó a volar con la vista entre las letras de aquella jugosa introducción. Era el momento de la cronología.

1826: 14 de Febrero. Poe entra en la Universidad de Virginia, Charlottesville. Diciembre 15, el semestre termina y Benito Allan (el padrastro de Poe) le saca de la universidad.

Al leer estas frases, un especial placer le recorrió por todo el cuerpo. “Así que el tal Poe ni siquiera había terminado una carrera…¡Qué una carrera, ni siquiera un año!”

Aquello le reafirmó en su teoría de que nadie debiera poder publicar antes de terminar un doctorado. Él, por cierto, había terminado dos: uno en Económicas y otro en Estudios Financieros Sociológicos Empresario-Mercantiles. Valga decir que era del segundo del que estaba más orgulloso. Fijarse bien.

Pero la diversión no acababa ahí; no ni mucho menos, todo lo contrario, pues la vida de aquel pobre desgraciado, “del tal Poe,” no acababa más que de comenzar. “Y una vida que comienza mal, no puede sino acabar peor:”

“Pese a que Poe ingresó en la Army en 1831 (algo que Benito respetaba: “el ejercito de los Estados Unidos ayuda a mantener la paz en el mundo, ergo la estabilidad económica”) en 1831, y tras una decente carrera militar, Poe vuelve a las andadas. Deja West Point, “¿y para qué? Para escribir poemas…¡Ja!”

Aquello no pudo sino sonrojar a Benito, a quien le habían bastado menos de veinte y cinco años de la vida “del tal Poe,” para darse cuenta de que aquel pobre desgraciado no estaba bien de la cabeza. Pero poco le duró la alegría, pues no de alegría, sino de euforia, debía ser calificado su siguiente estado. Una euforia provocada por la indignación (para algunos el poder indignarse es la mayor de sus alegrías) de que Poe: “..se hubiera casado con una chica, ¡que una chica una niña!, una niña de catorce años…¡Que horror!”

Y a partir de aquel momento, tal y como no extrañará a ningún lector mínimamente familiarizado con la biografía de E.A.P., para Benito Benito todo fueron risas, sonrisas y brindis, los cuales Poe se debió ir, uno a uno, bebiendo de un trago, pues un 3 de Octubre de 1849, le encontraron en Baltimore “rather the worse for wear…”, es decir, hecho una piltrafa humana.

“Vaya humillación…”

Al día siguiente, a las cinco de la tarde, Poe fallecía.

Con lágrimas en los ojos, y no precisamente de tristeza, Benito cerró el libro y se preparó para irse a la cama. Con una alegría que no sentía desde su ascenso, medio año atrás, a la categoría de Economista asociado, se lavó los dientes, bebió un enorme vaso de agua “no me vaya a deshidratar durante la noche” y se metió en la cama dispuesto a, dulcemente, conciliar el sueño. Cerró los ojos y pensó en Judy, la bonita rubia de buena familia con la que se casaría en verano; y con la que había estado saliendo desde que, ambos por aquel entonces en su primer año de carrera, coincidiera con ella en la universidad de Jorgeciudad. Ni siquiera así, Benito logró conciliar el sueño…¡y es que aquel había sido, ciertamente, un día lleno de emociones! Aquella maravillosa biografía, lejos de adormilarle tal y como hacían los libros de su amada Economía (“¡deberé replantearme eso de que el objeto de los libros sea adormilar, reduciendo así el insomnio y los gastos de la población en medicinas…!”) le había desvelado totalmente. No, no iba a poder dormir. ¿Qué hacer? Benito estaba desesperado.

Entonces, vio sobre la mesita de noche el libro “del tal Poe,” aquel que tanto placer le había producido con su introducción, y tomó una decisión que, si bien no extrañará al lector en vista de los hechos, una horas antes le hubiera parecido imposible. Iba a leer “a” Poe. Antes, Benito había leído “de”; “de” Emerson, “de” Jefferson, incluso “de” Hemingway; pero nunca “a;” ¿para qué, si veinte páginas de ‘de’ nos explican lo que no averiguaríamos leyendo veinte volumenes de ‘a’?” Pues sí, pese a haber estudiado en universidades de élite, Benito iba a leer directamente a un autor. Sin cortes, sin comentarios de por medio por parte de algún excelente académico, cuya loable intención sería mejorar el original: cara a cara con el escritor:

Página 1: William Wilson…

Página 3: The Man of the Crowd…

Y así fueron pasando las páginas, primero con una sonrisa, “la cantidad de tonterías que podía imaginar aquel hombre”, después con interés, y finalmente con un incontrolable terror. The House of the Usher…, The Murders of Rue Morgue… y, por último, los poemas. ¿Cuánto tiempo hacía que no leía un poema? Exactamente seis años. Lo recordaba perfectamente, había sido en el libro de introducción a la economía del gran Samuelson:

Debo estar diciendo esto con un suspiro

Que en alguna parte envejece y hace envejecer,

Dos caminos divergieron en un bosque y yo,

Yo tomé el menos caminado,

Y eso ha representado toda la diferencia.

(El Camino no Tomado—Robert Frost)

Aquel siempre había sido su poema favorito: “¡son muy pocos los que toman un camino diferente y el economista no tiene porque preocuparse excesivamente de ellos, sino de la gran mayoría que toma el camino principal!”

Hace muchos, muchos años

en un reino junto al mar,

vivía una doncella, a quien tal tal vez conozcáis,

cuyo nombre era Annabel Lee…

y vivía esta doncella sin otro pensamiento

que amarme y ser amada por mí.

Y aquel a quien sus amigos llamaban Benito y los papeles apellidaban Lee, siguió leyendo y leyendo…

Y cuan dulce y cuan sonoro,

— din dan, din dan —,

es el coro,

— din dan, din dan —,

de la campana de oro,

que en su lengua musical

celebrando está el misterio de la noche nupcial…

Y con las campanas llegó la mañana…cinco campanas, seis campanas…Las seis y media: hora de prepararse para ir a trabajar. El sol iluminaba ahora un mundo en el que, por un día, Benito caminaría, no con su habitual seguridad, sino con el cansancio propio de quien no ha dormido ni siquiera un minuto. Claro que en aquel momento, su imaginación activa tras todas aquellas historias, se sentía más despierto que nunca. Su mente era ahora un motor acelerado. La ducha no emanaba agua, sino rayos carmín que parecían querer cortar sus secos ojos; y la máquina de afeitar, con sus brillantes hojas, era un amenazante instrumento del más allá, que buscaba una yugular con la que seccionar su vida. Cuando a duras penas logró hacerse el nudo de la corbata, evitando tras una dura pugna que ésta le estrangulara, salió de su apartamento en dirección a Atac donde, como ya hemos dicho, acostumbraba a desayunarse.

Good Morning—dijo la amable voz de la camarera, la misma que, de manera inconsciente, con su efusivo Good Evening y su codo fuera de control, había comenzado todo aquello.

—Tan buenos como un mundo con tanta luz pueda ser…—contestó Benito.

—Usted lo ha dicho—dijo ella con la sonrisa de quien, si bien es consciente de que el cliente acaba de decir un soberana estupidez, no quiere quedarse sin su propina.—¿Lo mismo de siempre?

—No, nada de fruta. Quiero cabeza de cabrito.

—Me temo que no tenemos cabeza de cabrito. Will a turkey sandwich do? De verdad que el bocadillo de Pavo es excelente…

—Bueno será.

—¿Café?

—¡Sangre de cordero!

—Como no, ahora mismo le traigo la carta de vinos.

Cinco minutos más tarde, nuestro amigo degustaba su bocadillo de Pavo, al cual acompañó de un asqueroso vino de Virginia, que la camarera consideraba, desde su modesto entender, que era lo que más se acercaba a la demandada sangre de cordero. Mientras tanto, y siguiendo con su costumbre de leer mientras desayunaba, Benito abrió un libro, que, tal y como podrá suponer el lector, aquella mañana no era trataba de economía. Y es que de camino a Atac, Benito había pasado por Aispel: “es el momento de pasar a palabras mayores…la recopilación de ayer era demasiado simple, lo básico, lo que cualquier niño de instituto habrá leído…”

Había comprando otro pequeño libro, también de Poe, el cual constaba de escritos acerca de los más diversos temas. Y pasando páginas, más bien devorándolas, llegó a:

Sobre la Intuición

Que la imaginación no ha sido injustamente considerada como suprema entre las facultades mentales, es debido a la intensa conciencia, por parte del hombre imaginativo, de que la facultad en cuestión lleva a su alma a menudo a vislumbrar cosas eternas y sobrenaturales—hasta el borde mismo de los grandes secretos.

Aquel pasaje le impresionó como nada que hubiera leído anteriormente. Imaginación. ¿Qué era aquella palabra? De repente Benito sintió que había descubierto la verdad, una verdad oculta hasta aquel momento, oculta en su mente, en aquella mente que tan bien discurría para otras cosas. Imaginación. Sí, aquella iba a ser su arma, el arma con la que conseguiría cosas con las que otros no osaban ni siquiera a soñar. Así que Benito comenzó a mirar a su alrededor en busca de algo con lo que probar su recién adquirida capacidad. Intuición, imaginación…todo aquello, unido a la fortaleza adquirida tras años de estricta disciplina mental, le harían invencible. Entonces buscó señales, indicios, algo que el despistado asesino hubiera olvidado en el lugar de los hechos. Hasta que se dio cuenta de que aquello no era el excitante París del siglo XIX, sino el burocrático Washington D.C. del siglo XX, y, con resignación, pensó que hubiera sido bonito vivir en otro tiempo.

Y ya se estaba imaginando entre la niebla londinense en los tiempos de Jack el Destripador, o volando entre las callejuelas de París en busca de primates asesinos, cuando un gesto de la camarera le hizo volver a la realidad. Había sido un guiño, si bien Benito no sabría decir si consciente o inconsciente. No; tenía que haber sido consciente, pues tras tres años de verla diariamente se habría dado cuenta de si tenía algún tic. Benito siguió observando, mientras con el mayor de los disimulos escrutaba cada uno de los movimientos faciales de la sesentona camarera. Otra vez. Sí, lo había visto claramente, no había duda, el guiño de nuevo.

La mente de Benito comenzó a analizar, a girar, a subir y bajar, a rodar, otra vez era un motor, el motor del más potente de los deportivos, giraba y giraba, intuición, análisis, imaginación, no aceptar las limitaciones de nuestra mente…hay que llegar a una conclusión, lógica, percepción…hay que encontrar esa conclusión…Y llegó. Sólo cabían dos posibilidades. Y eran las siguientes.

La primera, la más probable, es que la camarera fuera una asesina. ¿En serie? No, en serie no, pues de ser así Benito se hubiera dado cuenta mucho antes de aquel tic nervioso. La camarera acababa de asesinar, tal vez a su marido, a quien seguramente tendría metido en el ataúd que guardaba en el garaje de su casa, y desde entonces, y de manera inconsciente, habría desarrollado aquel tic nervioso, el mismo que le acababa de delatar en frente de Benito, quien, alegre, se felicitaba de estar cerca de resolver un misterio que nadie llegaba siquiera a adivinar y que, de no ser por él y su supermente, hubiera permanecido sin resolver por años, quizás por décadas, hasta que alguien encontrara el esqueleto del pobre marido, aquel al que todos sus compañeros de oficina habrían dado por desaparecido años atrás, con sus secas manos pegadas a la tapa del ataúd, arañado por dentro, pues no sería de extrañar que el marido de la camarera sufriera de catalepsia y que la mujer en realidad no le hubiera matado, sino tan solo encerrado durante uno de sus frecuentes ataques. Y por eso ahora la perversa camarera, la misma que mañana tras mañana le servía el plato de fruta con su cínica sonrisa, sufría de aquel tic nervioso sólo perceptible para alguien de la inteligencia de Benito.

Claro que aquella no era la única posibilidad. Había otra, la cual, en vista de que en los tres años que Benito había conocido a la camarera ésta nunca había intentado envenenarle, no podía ser descartada. La camarera podía no ser la culpable. Todo lo contrario, quizás era la inocente víctima del tirano de su marido, quien probablemente le pegara cada noche, amenazándola con encerrarle en un ataúd en uno de los frecuentes ataques de catalepsia que sufría la camarera (seguro que la catalepsia tenía algo que ver en todo aquello) si ella osaba a abandonarle y escaparse con el aviador italiano. Y quizás los maltratos del marido habían aumentado en frecuencia e intensidad en los últimos días, razón por la cual la camarera, con su casi imperceptible guiño, le estaba pidiendo ayuda a Benito. Sólo había una cosa que no encajaba en toda aquella hipótesis y era el porque la camarera pedía auxilio de una manera tan débil, la cual sólo podía ser percibida por una mente tan potente como la de Benito. No, ni siquiera la de Benito, sino “la del nuevo Benito.” También ante esta eventualidad surgían dos explicaciones.

La primera, que la camarera llevaba meses pidiendo auxilio pero que él, como era normal pues todavía no se había convertido en “el nuevo Benito,” no se había dado cuenta hasta que la casualidad, la coincidencia “como diría Edgar,” quiso que aquel libro mágico despertara su hasta entonces dormida imaginación, la cual, unida a su increíble inteligencia, le había permitido apercibirse de la desesperación de la camarera. ¿La segunda? La segunda era tan increíble que daba escalofríos sólo planteársela. Estaba llamado para una misión; la camarera le había elegido como su salvador, ya que tras tres años de relación cordial había descubierto su intelecto superior y decidido, con la excusa de pedir cambio de cien dolares, derribar el libro de Poe, para que éste despertara su imaginación y al día siguiente su amigo y salvador Benito Lee se decidiera a seguirla.

Benito miró la hora. Eran las nueve de la mañana. Entre pensamientos e imaginaciones se le habían ido dos horas y ya llegaba una hora tarde al trabajo. Si bien, tal y como suele suceder en aquellos que nunca han ni siquiera tropezado, nuestro amigo, tomándose a la ligera aquel escándalo de llegar una hora tarde al trabajo sin haber avisado con dos semanas de antelación, decidió no sólo tropezar sino caer del todo, caer de verdad. Decidió que aquel día no iría a trabajar. Porque, por primera vez en su vida, sentía que su existencia tenía un sentido, que era un alma dirigida en pos de una gran misión, y que, o bien la resolución de un crimen, o bien una vida humana, dependían del éxito de la misma. Además, ¿y si el marido estaba todavía vivo? ¿Y si, en su catalepsia, podía todavía respirar gracias al despiste de su esposa, quien en una increíble torpeza habría dejado el ataúd abierto? Aquel día, Benito dejaría de ser simplemente útil y, en el conjunto de la creación, se convertiría en significativo. Porque aquel día iba a salvar la vida de una persona. Fuera la del marido o la de la camarera, no podía dar la espalda a todo aquello. Esperaría. Con el disimulo y destreza dignos de un Phillip Marlowe, un Sam Spader, o un Sherlock Holmes cualquiera, Benito se dirigió a la camarera.

—Señorita—dijo él con tono de total normalidad, cómo si no supiera que aquella sesentona tenía un marido que, o bien era cataléptico, o bien era un tirano—Un poco más de café.

—¿Quiere usted café?—dijo ella, haciéndole notar a Benito que aquella mañana no había tomado su habitual AM MUG (1.50$ por todo el café que uno quiera) sino aquel maravilloso vino de Virginia, que él, en un extraño estado de excitación, había calificado como sangre de cordero.

—Sí, café, por favor—dijo continuando con su tono calmado y educado, como cada día, para que la camarera, en caso de ser la asesina, no se diera cuenta de que Benito sospechaba algo.

Instantes más tarde, la camarera estaba junto a él con una taza y una jarra de café en la mano.

—Gracias—dijo él una vez estuvo servido.

—De nada.

—Señorita—dijo él con disimulo, como si aquello fuera lo más normal que uno pudiera preguntar—estará usted cansada…¿no?

—Sí, claro—contestó ella en un tono que no denotaba la menor extrañeza—Muy cansada.

—Claro, lleva usted ya muchas horas trabajando hoy.

—Muchas…—afirmó ella.

—Desde las..

—Seis.

—¡Desde las seis! ¡Santo Dios, pero si son casi las once!

—Las once ya…¡cómo pasa el tiempo!—dijo ella, para continuar, con una seductora voz—Menos mal que sólo me quedan dos horas para terminar…Además de que tengo la tarde libre.

—¡La tarde libre! Vaya suerte…

—¿Y usted? ¿No va hoy a trabajar?

—¡No! ¡No voy a trabajar!—gritó Benito y, dándose cuenta de lo extraño de su reacción, continuó con más calma—No, hoy no voy a trabajar, he decidido cogerme el día libre. Ventajas de ser un reputado economista.

—Desde luego. ¿Y qué va a hacer usted durante el resto del día?

—La verdad, todavía no lo he decidido. De momento disfrutar de no tener ninguna obligación. ¿Y usted?

—Descansar, descansar en mi casa de campo.

—¿En su casa de campo?—dijo Benito con sorpresa, dándose en cuenta en seguida de que aquella pregunta había sido ridícula, pues no rompía ninguna regla de la lógica el que una camarera de un restaurante, ni siquiera de uno que estuviera adosado a una tienda de libros, viviera en el campo. Y dando una muestra espectacular de su erudición, añadió:

—Cicerón decía que el campo relaja los nervios—y que relajado se quedó Benito después de soltar aquello.

—¡Ah! ¡Qué bien! Pues tenía razón. A mí me basta con sentarme en la terraza de mi casa para relajarme de los nervios de la semana.

—Se sentara usted junto a su marido…—dijo Benito, llegando con exquisito tacto al punto que había estado esperando abordar desde el principio de la conversación.

—No estoy casada.

“¡Es la asesina! Pobre diablo cataléptico…” pensó en seguida Benito. Había mentido, el anillo la había delatado, ya no cabía duda de que encubría algo.

—Lo estuve…—dijo ella al ver como, tras su afirmación anterior, Benito se había quedado mirando fijamente al voluminoso anillo que llevaba en el dedo—…pero mi marido murió.

“Maldita sea, ya es demasiado tarde.”

—¿Murió?

—Sí, en la guerra. De eso hace ya muchos años, cuarenta ya. Mi John era un buen hombre, por eso nunca me quité el anillo.

“Miente, miente…,” era todo lo que pasaba en aquel momento por la cabeza de Benito, quien, haciendo un esfuerzo por que ella no lo notara, continuó tranquilamente con la conversación.

—¿Y no se casó usted más?

—Sí, una vez más. Pero prefiero no hablar de ese matrimonio…Lo único que importa es que ya se acabó el sufrimiento…

“Es la víctima, me lo está diciendo con los ojos…” pensaba el acelerado motor que Benito tenía por mente, “ella sufre, sufre noche a noche, cuando el asqueroso marido le amenaza, entre golpes, con encerrarla en el ataúd durante uno de los frecuentes ataques de catalepsia que la pobre camarera sufre. Pero sabe que el sufrimiento ha terminado: en mí ve al salvador que le aliviará sus penas. Yo te salvaré…”

—…ahora—continuaba ella—vivo feliz en mi pequeña casa de campo en Virginia.

—En Virginia…—dijo Benito con el tono de quien espera más información.

—En Virginia, más concretamente en Lastday Hills, número 28.

—Lastday Hills número 28.

—28.—repitió ella para, con una mirada que Benito interpretó como de desesperación y que el narrador calificaría más bien como de seducción, continuar:—Si algún día pasa por allí…Aunque, claro, un hombre tan ocupado como usted.

—Claro muy ocupado. Pero nunca se sabe, quizás un día de éstos mi trabajo me lleve hasta Virginia y, una vez allá, ¿por qué no ir a Laspray Hills.?..

—Lastday.

—Lastday—se había equivocado adrede para ver si la camarera estaba verdaderamente interesada en que fuera—Lastday Hills…para hacer una visita a mi buena amiga…amiga…

—Nancy.

—A mi amiga Nancy.—le extendió la mano—Yo soy Benito.

—Pues a ver si es verdad que me visita…siempre y cuando, claro está, que su trabajo le lleve hasta Virginia…no me gustaría que tuviera usted que desviarse por mí…

—En todo caso, sería un placer.

—¡Nancy!—se oyó tronar la voz del intendente—¿Es qué no ves que aquel cliente está esperando su cuenta? ¡Vale ya de tanta charla!

Nancy miró fijamente a Benito y, con voz de gata en celo, dijo:

—Bueno, mucho gusto. Y ya sabe donde tiene una casa cuando su trabajo le lleve hasta Virginia.

—No lo olvidaré—dijo Benito, quien ya estaba decidido a ir aquella misma tarde a resolver el misterio.

Y, efectivamente, dos horas más tarde, a la una, y no sin antes despedirse con una picarona sonrisa de su “cliente favorito,” Nancy salió del restaurante dispuesta a disfrutar, como cada Miércoles, de su tarde libre. Benito la miró, también sonriente, y se dijo que esperaría media hora “para no levantar sospechas.” Presentía que, de momento, era mejor que nadie la relacionara con Nancy, pues no sabía si quizás, en caso de que la pobre Nancy fuera la víctima, y traicionado por los nervios, se vería obligado a darle a su marido una lección. ¿Y si tenía que matarle? ¿Y si el marido se reía en su cara y le amenazaba diciéndole “intenta denunciarme y verás”? Además, no había que descartar que Nancy lo hubiera intentado ya en infinidad de ocasiones, pero que el jefe de policía, que a buen seguro sería un ex-compañero de clase del marido de Nancy, se negara a escucharla por falta de pruebas. En tal caso lo mataría (al marido). Sin dudar un momento: la justicia debe siempre estar por encima de la ley. Lo mataría y entonces él y Nancy lo pondrían en el ataúd (que en casa de aquellos dos pájaros había un ataud era algo de lo que no cabía la menor duda) y Benito se llevaría el ataúd a casa. Y nadie sospecharía de él, pues nadie le relacionaría con Nancy más allá, claro está, “de ser un cliente de Atac.” Por eso debía esperar, no fuera que al salir tras de Nancy, o poco tiempo después de ella, alguno de los fastidiosos testigos, que no pueden faltar camuflados en cada rincón con sus miradas de rata y sombreros de hongo, le fuera a identificar, “como aquel hombre que me llamó la atención, porque salió detrás de la señorita…” Era necesario esperar. Y mejor que media, una hora entera.

Finalmente fueron dos. A las tres, y ya sintiéndose libre de todo riesgo, Benito decidió encaminarse a Lastday Hills. ¿Cómo iría? En su excitación se había olvidado de que no tenía coche. ¿Alquilar uno? No, sólo un idiota alquilaría un coche antes de cometer un crimen, dejando constancia de que “aquel día, aquel mismo en el que, por primera vez en tres años, no había ido a trabajar,” tuvo necesidad de un medio de locomoción. Así que nada de alquileres. Cogería un taxi, el cual le llevaría al pueblo más cercano (que tras mirar un mapa descubrió que era Viena, Virginia) y de allí iría caminando, lo cual no era ningún problema, porque tan solo dos kilómetros escasos separaban Viena de Lastday Hills.

Así que a las cinco, en una fría tarde de Febrero, el justiciero Benito comenzaba a recorrer el camino entre Viena y Lastday Hills. Empezaba a anochecer, ya caía un negro velo sobre las casitas de madera que, solitarias, dominaban en un campo blanco por la nieve. En una de ellas una camioneta vieja y oxidada; en otra un tractor que, triste, esperaba a que le volvieran a necesitar: esperaba al deshielo, al campesino, a la cosecha…Una canasta de baloncesto le miraba desde una casa vecina, se balanceaba con el viento…cric, cric…cric…cric…decía su estructura de metal, la misma por la que no habría pasado ninguna pelota desde los meses de verano. Una casa pequeña con luces, con un camino bien delimitado que llevaba hacia ella, y que atestiguaba que los que la moraban iban a trabajar cada día a la ciudad. En aquel pequeño utilitario verde. Veintisiete, Lastday Hills. Ya se había hecho de noche. Ahora era todo oscuro. “Veintiocho, es curioso,” pensó Benito, “como mi edad.” Número ventiocho, seguir el camino, decía un viejo letrero.

Benito enfiló aquel sendero que penetraba entre los árboles. El viento soplaba, hacía frío, y no veía el momento de llegar a la casa de Nancy. Ya no le importaba si era víctima o asesina; en la cabeza de Benito ya no había lugar para otra cosa que el ansia de calentarse junto a una chimenea.

¿Qué había pasado? ¿Qué estaba haciendo allá? De no ser por el frío y por los dos kilómetros que le separaban del pueblo más cercano, quizás hubiera vuelto atrás. Pero ya no, hacía demasiado frío, ahora había que seguir, además ya casi había llegado…seguir pese al miedo, sí miedo, porque miedo da todo aquello que no entendemos, aquellas situaciones en las que las circunstancias parecen elegirnos a nosotros y no nosotros a las circunstancias. ¿Qué maldita secuencia le había llevado hasta aquel Lastday Hills número 28? ¿Qué hacía un economista, uno que siempre había sido buen estudiante y buen hijo; uno que algún día sería un buen marido, de Judy; uno cuyo único pecado había sido desayunar diariamente en una tienda de libros, por mucho que aquella tienda de libros estuviera adosada a un restaurante; que hacía en medio de un campo blanco que ahora era negro, helado, solitario, oscuro…qué hacía? No lo sabía y ahora tenía miedo. Porque ahora pensaba, porque ahora se sentía débil y exhausto tras una noche en vela. Miedo. ¿Y si le mataban? Nancy o el marido, no importaba…¿Y si ya nunca más era un buen hijo; y si ya nunca más era un buen economista; y si ya nunca más desayunaba en un restaurante con tienda de libros? ¿Y si ya nunca más se convertía en un buen marido? ¿En un buen padre…? Había que volver atrás, debía escapar…pero hacía demasiado frío. Ya había llegado demasiado lejos. Miró hacia adelante y vio un coche, el coche de Nancy…En la casa las luces estaban encendidas. La sonrisa de Nancy volvió a su mente; “será un placer,” le decía.

Entonces Benito comenzó a reír, y se rió como hacía tiempo que no lo hacía; ¿qué clase de locura era aquella que le había impedido darse cuenta de la realidad? Nancy, la fea, vieja y sesentona Nancy de cada día, aquella que pese a su edad se seguía tiñendo el pelo de rubio, como una Marilyn cualquiera, la misma que había perdido a su John en la guerra, esa que había tenido un marido fruto de un matrimonio que “por suerte” ya acabó, le había invitado a su casa, a él, a Benito, un atractivo e inteligente joven de veintiocho años, cuya carne era como quizás la de Nancy fuera en su día: dura y joven. Como ya nunca más sería. Benito se rió de sí mismo.

“Y yo que imaginaba misterios…Es curioso como la literatura puede dominar nuestra mente…¡Hasta llegué a creer que Nancy había tirado a propósito el libro de Poe! ¡Y todo lo que quiere es hacerme el amor! Simple, aburrido y maravilloso mundo…” se dijo finalmente, con ese alivió propio de los que son conscientes de que acaban de perder una emoción, pero, a cambio, ganado una vida.

No, no había porque ponerse nervioso; Nancy era una mujer agradable y, por mucho que sus intenciones fueran diferentes, seguro que disfrutaría de una tarde de entretenida conversación. Además, ¿quién le decía que aquello no era todo lo que ella quería? En este mundo hay mucha soledad y quizás esta sería la primera tarde libre en mucho tiempo que Nancy no pasara sola. Para comunicarse, para escaparse de sí misma por unas horas…no, no había porque dudarlo: le había invitado a pasar una tarde conversando al lado de una buena estufa y una taza de té caliente. No había ni marido, ni crimen, ni había tirado el libro a propósito, No, tampoco había pensado en irse a la cama con él (algo que a Benito, sólo de imaginarlo, le provocó nauseas.) Lo único que había habido es una increíble sucesión de casualidades y su mente, siempre activa, unida a su normalmente aletargada imaginación, había sido la presa perfecta para el demonio de la literatura; aquel que, como él ya sabía y ahora comprendía, había vuelto locos a tantos. Bueno, por lo menos, pese a todo, había hecho una amiga, una que en condiciones normales nunca hubiera pasado de ser la sonrisa-interesada-en-busca-de-propina de las mañanas. Y eso le alegraba, pues le hacía darse cuenta de que tras la gente, tras todos esos que creemos que nos sonríen porque esperan aprovecharse de nosotros, con los que nos relacionamos porque no nos queda más remedio y que a su vez se relacionan con nosotros porque tampoco ellos pueden elegir, hay personas, gente sola que, como Nancy, buscan a alguien con quien hablar, alguien que vaya a su casa, a esa casa que está tan lejos de la ciudad y que nadie visita, a tomar una taza de té. De té caliente. Bendito Poe, que le había ayudado a descubrir todo aquello.

Llegó a la casa. En su interior, entre la oscuridad, sólo se veían unas extrañas luces que se movían, que cambiaban, que se apagaban de repente y se volvían a encender. Aquello alarmó momentáneamente a Benito, como también lo hicieron las muchas voces que, como truenos entre el silencio del campo, retronaban en sus oídos. Era el televisor. Aliviado, se rió de su estupidez, echándole de nuevo la culpa a Poe y maravillándose, una vez más, de lo que la literatura puede hacer en el cerebro humano. Unas cuantas páginas le habían convertido en un ser asustadizo y fácilmente perturbable. Sonrió. Sin darse cuenta se había convertido, por un segundo, en un Usher, por un segundo todo le había dado miedo. Claro que, por suerte, aquello era sólo pasajero y tras diez buenas horas de sueño volvería a ser el mismo Benito de siempre. Y mañana compraría un libro de MIT. Llamó a Nancy. Nadie contestó, así que probó de nuevo.

—Nancy, soy yo, Benito, su cliente de las mañanas…

Ahora sí que oyó la voz de Nancy, quien, con voz afónica, que Benito atribuyó a que debía de haberla despertado, le contestó alegre:

—¡Benito! ¡Cómo me alegro de que haya venido usted! ¡Que alegría!—la voz dejó de oírse por un momento—Pero pase, pase, se debe usted estar muriendo de frío. La puerta del garaje está abierta, yo bajo ahora mismo. Espere que le encienda la luz…

En la planta baja se encendió una luz. Alegre, pues por fin iba a escapar del frío, Benito se acercó a la puerta, que, tal y como le había dicho Nancy, no estaba cerrada con llave. Mientras la abría, oyó la voz de Nancy, acompañada de unos pasos que bajaban, y golpeando una escalera que, por el ruido, debía ser de madera.

—Que bien, que bien, como me alegro, como me alegro…—decía la voz de Nancy—Mire que yo ya tenía un presentimiento…Nada más irme del restaurante, cuando me ha sonreído, me he dicho “seguro que este joven tan simpático no miente cuando dice que te va a hacer una visita Nancy…” ¡Y ya ve que no me equivocaba! Tengo té y galletas.”

Benito entró en el garaje. Había muy poca luz y, en un principio, no pudo distinguir ninguno de los objetos que lo abarrotaban. Se abrió otra puerta, la de la escalera, iluminando de repente la estancia. Benito vio aparecer la figura de Nancy:

—Hola…—dijo antes de quedarse repentinamente callado.

Estaba desnuda, totalmente desnuda, asquerosamente desnuda. Sus pechos, secos desde hace años, décadas, caían de manera horrorosa sobre su arrugada barriga. Era lo más horrible que había visto en su vida. No pudo soportarlo y enseguida apartó la vista, yendo ésta a chocar con los demás objetos de la habitación: una lavadora, una nevera vieja, un cortador de césped…

Mientras tanto, ella le decía:

—¿Por qué no me miras? ¿Es qué crees que puedes elegir? Lo quieras o no tus manos van a tocar mi cuerpo y las mías el tuyo…

Sonó un fuerte golpe; era la puerta del garaje, la cual Nancy, apretando un botón que estaba junto a la escalera, acababa de cerrar. Benito miró hacia atrás, a la puerta cerrada, y sin comprender todo aquello, asustado, volvió a mirarla a ella. Sólo por un instante, porque de nuevo no pudo soportarlo y ahora volvía a mirar a su alrededor: un viejo horno, una bicicleta oxidada, un oso de peluche que en otro tiempo debió ser negro pero que ahora, envejecido por el polvo, había crecido canas…

—¿Es qué crees que el que se cayera ayer el libro fue una casualidad? ¿Qué mis guiños lo fueron? Sabía que no tenía más que excitar tu imaginación y que caerías en mis manos, tal y como tantos han caído antes que tú. Sois todos iguales, toda vuestra vida sin utilizar la imaginación y al final no sabéis defenderos de ella. Un libro…una noche ha bastado…

Una estantería (llena de libros de misterio), un viejo equipo de música, un sillón de orejas roto…

—¿Creías que había un misterio? Te lo pude ver en la cara esta mañana, nada más entrar en el restaurante.

Vajilla, tenedores, cuchillos, un cuadro, una lámpara sin bombilla…¡un ataúd!

Impresionado ante aquel hallazgo, Benito averiguó algo que nunca hubiera podido imaginar: que era propenso a tener ataques de catalepsia. Mal momento para darse cuenta…

En Cuba


Hace ya unos meses que me mudé a Cuba. El mar, la arena blanca…ciertamente hay mil razones para vivir en Cuba. Por las mañanas me gusta coger el saxofón e irme al paseo marítimo de La Habana y allí me paso horas y horas, días y días, tocando, y miro a las chicas pasar y pienso, de verdad que lo pienso, que es una pena que no todos se vengan a Cuba. Y es que ya lo decía mi abuelo, a quien “le gustaba por la mañana, con el café bebido, pasearse por la Habana, con un cigarro encendido.” A él, antes de ser el anciano que recuerdo y que conocí en los primeros quince años de mi vida, también le gustaba vivir en Cuba. O eso al menos me dicen. Me lo dicen los demás de mi familia, todos esos a los que nos les gusta vivir en Cuba. Como mi padre, que trabaja para evitar que la gente venga a Cuba.

Si pudiera cambiarme por alguien me cambiaría por Charlie Parker. Pero yo no me moriría drogado en Nueva York, porque yo hubiera cogido mi arte y no me lo hubiera llevado a París, ni tampoco a California…no, yo me hubiera ido lejos, muy lejos, lejos de Harlem, lejos muy lejos, donde nadie me pudiera venir a buscar. Y desde allí, desde Cuba, desde lejos, muy lejos, es desde donde les hubiera regalado mis dedos de ángel, mis pulmones de superhombre. Y hubiera vivido más de treinta y cinco años. En Cuba.

Pero yo no soy Charlie Parker, entre otras cosas porque me llamo Harry Hernández Jr., y no nací en Kansas City, sino en Washington D.C., donde mi padre es miembro del Congreso de Estados Unidos. Él me prohibió terminantemente que viniera a Cuba, me dijo que hay que esperar a que se muera “noséquien,” (el mismo que echó a mi abuelo), para que así, con “noséquien” muerto, ya podamos entrar en la isla y comprarlo todo a precio de saldo. No, eso no me lo dice mi padre, porque mi padre siempre habla de otras cosas, como la democracia, los derechos humanos y cosas por el estilo. A mi no me importa llamar a las cosas por su nombre porque, desde que vivo en Cuba, he desarrollado ideas propias, que sin embargo prefiero no manifestar, ya que cuando lo hago me sacan de Cuba, me devuelven al mundo de mi padre y de todos los que son como mi padre. De todos los que están fuera de Cuba.

—¡Harry Hernández!

Aquella voz me sacó de Cuba por unos minutos.

—Sí, profesor—contesté tímidamente, en tono casi inaudible, aún algo confuso tras tan inesperado y traumático regreso.

—¿Está Harry Hernández en clase?

—Sí, profesor, estoy aquí…—repetí, esta vez en voz más alta, lo cual es corroborado por el hecho de que esta vez me oyó.

—Ah, señor Hernández, perdone, no le había oído…Por favor, pase por mi oficina después de clase.

—¿Después de esta clase?

Ante aquella pregunta algunos de mis compañeros se rieron. Me extrañó, pues yo no era consciente de haber dicho nada gracioso…aunque quizás sí lo había dicho…no, no lo había dicho, tal y como se encargó de confirmarme el señor profesor. No es lo mismo, aunque a veces parezca igual: había dicho una tontería.

—¡Claro que después de esta clase! ¿De cuál sino?

No lo sabía. En realidad no sabía nada, tan sólo que tenía que ir a ver al profesor tras aquella clase y que, pues acababa de comenzar, quedaban más de cincuenta minutos para su final. Más de cincuenta minutos para irme a Cuba.

Desde mi silla, recostado ligeramente sobre el pupitre, y con cara de haber trabajado muy duro durante el día, me dije que me merecía un descanso. Era el momento de tomarse una copa.

“Pascual. ¡un HH!”

La taberna de Pascual, ¡quien no conoce la taberna de Pascual! Aquí se beben los mejores cocktails de Cuba. Le pedí un HH, mi bebida favorita y bautizada en mi honor. El HH esta compuesto de ron y de muchas otras cosas que Pascual sabe que me gustan.

“Hola muchacho,” me dijo Pascual.

“Amigo Pascual, ¿cómo estamos esta noche?”

“Muy bien…¿Cómo van esas composiciones de jazz? He oído que te estás haciendo muy famoso en tu país…”

“Cierto…”

Seguí ésta afirmación de un comentario increíblemente ingenioso, del que ahora la verdad es que no me acuerdo muy bien, pero que a buen seguro el escritor de alguna de mis biografías se encargó de apuntar.

“¿No crees que ya va siendo hora de que regreses?”

“¡Nunca! Con lo que me costó escapar. Ahora estoy en Cuba, ¡en Cuba!”

“¿Sabes que dice la ley del mar…?”

“Que todo hombre debiera vivir rodeado de muchos litros de agua, de playa y de sol, porque sólo así la vida es soportable.”

—Señor Hernández, ¿sería mucho pedir que me contestara hoy?

—Perdón…

—Le he preguntado por la ley del mar…

—Que todo hombre debería vivir rodeado de muchos litros de agua, de playa y de sol, porque sólo así la vida es soportable.

—¿Se está usted riendo de mí?

—No…¿por qué? Yo no me río…—y viendo que era el único que no lo hacía, pues el resto de mis compañeros se estaban desternillando—…son ellos los que se ríen.

—Se ríen de la estupidez que acaba de decir.

—Lo siento señor profesor, pero esa es la única ley del mar que se me ocurre…

—Yo no quiero que se le ocurra la ley del mar, quiero que la sepa. ¿Y sabe usted cómo la puede saber la próxima vez?

—No.

—Estudiando, señor Hernández. Hablaré con usted después de clase…Y no hace falta que me pregunte “si después de esta clase.”

Desde luego, es cierto eso de que los profesores están para aclarar las dudas, pues el señor Smith, doctor en Derecho Internacional y profesor de dicha materia en la universidad de Jorgeciudad, me había resuelto la mía antes incluso de poderla formular. Después de “esta” clase. Eso me daba veinte minutos más para irme a Cuba.

“¿Quieres que os toque algo, Pascual?”

“¿Llevas contigo el saxofón?”

“Siempre, siempre…Es como una parte de mí. No, más que eso, mucho más…Pues no es una parte cualquiera, sino la que me deja ser quien soy, la que me da una identidad. Y si Dios no me dio el saxofón al nacer, de la misma forma que me dio un brazo o una oreja, es porque Dios nunca nos pone en el cuerpo aquello que nos convierte en quien somos, sino que nos lo escribe en el alma, para que así podamos encontrarlo. Y yo encontré a mi saxofón…Míralo, aquí está.”

“Pues toca mi hijito, toca…”

No les puedo describir en palabras como sonaba aquello, porque si las palabras por lo general no alcanzan a describir los sonidos, mucho menos las melodías de Cuba. No, no hay manera de describir como toqué Just Friends, o como…Imagínenme, alto, esbelto, con mi cabello negro como el carbón engrasado hacía atrás y un pequeño pequeño bigote que ensalzaba mis masculinas facciones. Mis carrillos se hinchaban cada vez que me disponía a regalarle un trozo de alma al aire—un trozo de aire al alma–el cual volaba y tras por el camino juguetear con las mesas y sillas de la taberna, incluso con las botellas, entraba acariciando los agradecidos oídos de Pascual y de sus clientes. Un HH se tomó por el camino mi trozo de aire. Just Friends. Ese es el único tipo de arte que merece que nos esforcemos, el que comunica, el que dice lo que no sabemos decir de otra manera. Just Friends.

—¡Señor Hernández! ¿Sería mucho pedir que dejara usted de cantar?

—¿Perdón?

—Ya sé que probablemente su intención sea la de alegrarnos un poco el día y hacer este aula un poco más agradable…pero aún así, le agradecería que dejara de cantar.

—No estaba cantando.

—¿Cómo?

—No estaba cantando.

—¿Se atreve usted a llamarme mentiroso?

—No le he llamado mentiroso…

—Usted ha dicho…

—…que no estaba cantando.

—Señor Hernández, todos le hemos oído. Usted cantaba.

—¿De verdad? Vaya, que extraño, yo hubiera jurado que estaba tocando el saxofón.

—Señor Hernández, se está usted pasando…

—Perdón, de verdad que lo siento. De verdad que no era mi intención cantar. Creamé, yo quería tocar el saxofón.

El profesor miró al cielo y en él buscó la paciencia para no mandarme a cierto lugar, el cual, dicho sea de paso, no está en Cuba. Creo que incluso intentó comprenderme…¿pero cómo iba a hacerlo si él nunca ha estado en Cuba? Claro que ese era su problema, no el mío. Y es que en realidad yo no tenía ningún problema, o al menos no de momento, no en los próximos diez minutos, en Cuba.

Y cual sería mi sorpresa cuando me vi que Pascual, ese Pascual que llevaba más de dos años sirviéndome copas con su agradable sonrisa, sabía tocar los timbales. Le miré con cara de extrañeza, “¿tú Pascual?” Él me sonrió una vez más. Cambié de pieza, ahora era Mangue Mangue. Vaya pareja, aquello, amigos, ha sido una de las cosas más grandes que ha visto el jazz en su historia. Pascual-y-Harry-Hernández-en-la-taberna-de-Pascual-tocando-Mangue-Mangue, que gran momento, y se perdió, como se pierde todo aquello en lo que el hombre, por suerte, fracasa en su increíble manía de conservar, de guardar, de grabar y de revivir…Bien, yo he revivido miles de veces a Monk y a Parker en Birdland, a Davis y a Coltrane, a Coltrane y a Monk…, pero sólo yo, yo y Pascual, junto a unas decenas de clientes, de amigos, vivimos aquel momento. Y es tan bonito vivir, tanto que, de repente, revivir parece morir; por mucho que uno pueda revivir genialidad y sin embargo sólo vivir humanidad. Sí, vivir siempre será más bonito. Claro que sólo viven los que aprenden a revivir, sólo son humanos los que aprenden a apreciar a los genios. Y he dicho apreciar, no idolatrar; a revivir su arte, no a utilizarlo de adorno, porque el arte no es un sombrero, o una nueva permanente, el arte no está para adornar a las personas sino para crearlas. Sin arte no habría hombres, sin mujeres no habría arte; sin arte el mundo pertenecería a todos aquellos que viven fuera de Cuba. Sí, sería suyo…O quizás ya lo sea. A todos esos que jamás han aprendido a revivir y que por eso no saben vivir, a todos esos que, porque siempre hablan de futuro y nunca miran al pasado, nunca sabrán crear presente. Ellos sueñan el pasado, para que parezca como hubieran querido que fuera, y miran, examinan, marcan y escrutan el futuro. En Cuba, por el contrario, lo que soñamos es el futuro, pues hemos aprendido a revivir el pasado—incluso a examinarlo, marcarlo y escrutarlo—para así vivir, aunque sea sólo por unos segundos, el presente. Y en mi presente, en ese que ahora es pasado y que para ustedes revivo desde ese futuro que ahora es mi presente, vivía, sí, vivía de verdad…Con Pascual y Mangue Mangue. No, ya no me quejaré nunca más por no haber nacido años antes y haber vivido todos esos momentos que no he podido sino revivir, ya no me quejaré porque, de haber nacido entonces, nunca hubiera vivido aquel momento en la taberna de Pascual. Y de no haberlo vivido nunca hubiera existido y el existir era la única manera en la que podía llegar hasta ustedes, porque nadie lo grabó y por tanto es imposible revivirlo. Sólo vivirlo. Vivirlo en Cuba. Bienvenidos a Cuba. Y hablando de vida, mi amiga está otra vez entre el público. No importa donde o cuando toque, que mi amiga estará allí. En la taberna de Pascual o en el Tropicana, donde toco cada medianoche, basta que suenen un par de notas y una luz, dos luces, las de sus ojos, aparecen como dos lunas en un cielo de estrellas. Y ya sé que ella está otra vez conmigo.

—Señor Hernández, ya sabe que quiero verle en mi oficina.

—Si, sí, claro…

Vaya hombre, ya la he hecho. No sé porque, pero las autoridades políticas de la isla no me dejan en paz. Creo que sospechan que soy hijo de su gran enemigo Harry Hernández Sr., el senador por el estado de Florida que tanto ha hecho por evitar que la gente venga a Cuba. Y no importa las veces que les diga que no es cierto, que les mienta y les asegure que, en realidad, soy hijo del propietario de un restaurante cubano de Miami: “¡de Kendall!” Meses llevó intentando convencerles y siguen sin creerme. Al menos una vez por semana me interrogan, entran dondequiera que yo y mi saxofón nos encontremos y me gritan: “¡a la oficina!” Y sé que eso significa que siguen creyendo que soy un espía. ¿Yo un espía? Vaya tontería. Una y otra vez me sacan de mi sueño de jazz para recordarme que Cuba es algo más, algo más de lo que prefiero no hablar. Algo muy feo. Al principio me escoltaban, no se fiaban de que verdaderamente fuera a presentarme en las oficinas gubernamentales, pero tras un tiempo y tras comprobar que nunca intentaba escaparme tras una de sus notificaciones sino que, por el contrario, me presentaba puntualmente allá donde ellos me indicaran, dejaron que fuera yo solo. Me decían la hora y el lugar. Y a esa hora y en ese lugar yo me presentaba.

Entre pasillos llenos de gente me abrí paso. La gente estaba callada y todos parecían tener prisa por llegar a algún lugar. También yo, pues me dí cuenta de que también yo estaba callado y también tenía prisa por llegar a algún lugar. Que diferente parecía todo, que diferente al resto de la isla, que diferente a dos minutos atrás cuando me encontraba tocando Mangue Mangue con Pascual ante la tierna mirada de mi amor secreto. ¡Cómo se pierden los momentos y cómo nos perdemos nosotros con ellos! De repente todo cambia y ya no reconocemos a la persona que entonces vivía en nuestro cuerpo. En la taberna de Pascual podrían haberme hecho cualquier cosa, cualquiera, que no me hubiera importado, porque en mi cuerpo vivía un ser que tocaba jazz y al que todo le daba igual. Ahora ya nada daba igual. Ahora estaba angustiado, no por que me fueran a quitar lo que más me importaba, la música, pues nadie podía hacerlo, sino por el mero hecho de que fueran a intentarlo. ¿Por qué? Aquel miembro del gobierno lo iba a intentar…¿qué le había hecho yo? ¿Sólo tocar el saxofón y tener el nombre equivocado?

—Señor Hernández, debo confesarle que estoy muy preocupado por usted…No, no me interrumpa…—me dijo él—Sabe que me une una gran amistad con su padre, que estudiamos juntos en la universidad y que yo mismo le recomendé a usted para que fuera admitido en Jorgeciudad. Pero usted era entonces tan diferente. Le recuerdo como a un muchacho ambicioso, callado, trabajador…consciente de lo que cuesta el triunfo y dispuesto a conseguirlo. Sólo dos años han pasado y me cuesta reconocerle, señor Hernández. No estudia, no presenta a tiempo los deberes y su presencia en clase no es más que eso: presencia. Ya sé que estas edades son difíciles, que la incertidumbre ante el futuro, unida a las muchas cosas que siempre pasan en la vida de un joven, pueden hacer que perdamos el rumbo…He de reconocerle que, además, yo le entiendo de manera especial, pues yo también fui un joven inquieto, preocupado por muchas cosas que nada tenían que ver con mis estudios. También yo fui rebelde. Recuerdo que una vez incluso me olvide de entregar un ensayo…¡Así de inmerso estaba en las manifestaciones contra la guerra del Vietnam!

—Siempre los malditos americanos, le entiendo…

—¿Perdón?

—Le decía que siempre los malditos americanos, metiéndose donde nadie les llama.

—Bueno, señor Hernández, lo que acaba de decir no tiene nada que ver con lo que estábamos hablando…—el miembro del gobierno pausó por un momento—si bien no puedo sino pedirle una explicación…

—Es lo que pienso. Aunque no me lo tome en cuenta, no lo digo para agradarle, porque la verdad es que no me importa lo más mínimo donde se metan los americanos mientras no se metan en mi vida.

—No le entiendo…¿acaso no quiere usted a su país? ¿Y por qué me dice eso de agradarme? Yo quiero a mi país…De acuerdo que toda gran nación comete errores pero…

—¿Lo dice por lo de los rusos?

—Sí, también por eso, como parte implicada nos corresponde una parte de la culpa pero…

—No se excuse, entiendo que los negocios son lo primero.

—Es cierto que la guerra fría fue un negocio…pero no creerá usted que eso fue todo…que no había algo más, una ideología, una causa…

—Ni lo sé ni me importa. Además, ya le he dicho que no les condeno por ello.

—¡Pero usted no puede hablar así! La verdad, no sé que pensaría su padre en caso de oírle…

—¿Mi padre el dueño del restaurante cubano?

—¿Así le llama? ¡Ja! Más respeto debiera mostrar por él…su padre ha sido un hombre que ha trabajado muy duro.

—Desde luego que sí. Se pasa el día friendo arroz y tostones. Desde la seis de la mañana a las diez de la noche.

—Su padre ha hecho mucho por su país y debiera agradecérselo.

—Mire amigo mío…Le he dicho mil veces que mi padre, el Harry Hernández Sr. que aparece en mi pasaporte, no es el hombre que usted cree. Mi padre es el dueño de un restaurante cubano, no el senador que tantas perrerías les ha hecho en los últimos años a sus compatriotas. Mi padre no tiene nada que ver con ese Harry Hernández que está intentando matar de hambre a la gente de su propia tierra para así poder comprar más barato cuando se muera el señor de la barba. No, no, nada de eso. Ya se lo he dicho, mi padre es el dueño de un restaurante cubano.

—Habla usted como un comunista…

—Pues no lo soy. Ni socialista, ni fascista, derechista o falangista, nihilista, malabarista, o callista. Eso sí, le reconozco que un poco cuentista…La verdad, me da todo igual, eso es lo que han conseguido toda le gente como mi padre, todos esos que son como mí país, proclamando unos objetivos pero escondiendo sus verdaderas razones para conseguirlos. En el mundo hay democracia, hay libertad, hay comprensión entre las razas, o eso dicen al menos, y sin embargo nunca ha habido un sociedad cuyos miembros fueran tan insoportablemente cínicos y discriminatorios. Una sociedad de amor que odia por dentro. Claro que a mí todo eso no me importa. Sólo les pido que no me contagien.

—¿Y qué hace al respecto? ¿Qué hace para solucionar todos esos grandes males? Además de quejarse, claro está…

—Vine a Cuba, ¿no es eso suficiente?

—¿Se está usted riendo de mí?

—¿Por qué iba a hacerlo? Lo único que quiero que le quede claro es que no me importa su maldito gobierno, ni su señor de barba, porque mi padre es el dueño de un restaurante cubano y, en comparación con lo que he dejado atrás, su maldito señor de la barba…Mire, le voy a ser sincero, su señor de barba ojalá se muera pronto, pero he de reconocerle que al menos es alguien que ha vivido acorde a algo. Le seré más sincero aún, su señor de la barba es un cerdo, un idiota, un vano al que le han sobrado muchos años de vida, pero que ha tenido la suerte de que gente como mi padre le hayan hecho aparecer como el bueno de la película. Sí, son gente como mi padre los que han hecho feos los ideales bonitos, los que a base de instaurar democracias por conveniencias han hecho que hasta la democracia dé asco. Esos y los terroristas que, con la tranquilidad de los que se saben jugando con ventaja, hablan con armas en tiempos de paz. Eso de querer conquistar ideales con las armas, o incluso poder, hubiera estado muy bien cuando el enemigo estaba armado, cuando uno mataba y se exponía a que a cambio le matasen. Pero ahora no…ahora es de cobardes. Tambien ellos han hecho que la democracia me dé asco…Y es que los hay que por no merecer no merecen ni voz. O todos esos que hacen lo correcto, dicen lo correcto, pero cuya alma no vale nada, todos esos que no llamarán maricones a los homosexuales, ni negros a los “afronosequé,” pero que si de ellos dependiera los meterían a todos en una gran hoguera. Sí, también ellos…

—Señor Hernández, me temo que no entiendo de que está usted hablando…

—¿Quiere un ejemplo? Le voy a contar el de un amigo mio. Es un buen chico, de una importante y respetable familia católica. Él también vota y él también dice que la libertad es importante. Su familia controla un país cuyo nombre no viene al caso. Tiene bancos, escuelas, poder en el gobierno…Un día su familia decide que no es suficiente con hacerse ricos a base de explotar a los pobres y que, siendo los negocios tan fáciles, porque no hacer algo más. Le piden un prestamo al gobierno, el cual el gobierno les concede pues ellos lo controlan, y al día siguiente deciden llevarse ese dinero y mucho mas a su banco de Miami. Así de fácil. Llevarse el banco, ¿quién dijo que los negocios eran difíciles! “Tú me das dinero y yo me lo quedo.” Quinientos millones de dolares. Que bien. Y después esos serán los que dicen que no vuelven a su país porque la situación es complicada, o los que compraran poder dándole dinero a grupos como el que lucha contra su señor de la barba. La verdad, como ya le he dicho, entre todos están haciendo que hasta le tenga simpatía. Y no debiera.

—Mire señor Hernández, no sé porque me dice eso ‘de mi señor de barba…’ y si es una ironía refiriéndose al presidente de nuestra universidad, he de decirle que no le veo la gracia.

—No ha sido mi intención faltarle al respeto.

—Entendido. Mire, no voy a decirle que el mundo sea justo, y a mí tampoco me gusta que pasen esas cosas de las que usted me está hablando. Pero déjemonos de grandes causas, las cuales no vamos a poder resolver de todas formas, y concentrémonos en las que sí podemos hacer algo por mejorar. Como la suya. Es usted quien me preocupa. Está bien, olvidémonos de su padre, cuya mención veo que prefiere usted evitar, y también de la amistad que me une a él…

—Le debe gustar el arroz con tostones…

—Sí, supongo que sí. Bueno, olvidémonos ahora del senador…mejor dicho, del propietario del restaurante cubano…

—Me parece justo, pues, como quizás ya sepa usted, el propietario del restaurante cubano se olvida de las personas en cuanto dejan de serle útiles.

—Nunca se ha olvidado de mí.

—Señal de que usted le es útil todavía.

—Me parece, señor Hernández, que juzga usted muy a la ligera una amistad que se remonta ya a más de treinta años. Conozco bien a su padre…

—Sí, supongo que mejor que yo.

—Yo no he dicho tanto.

—El que lo dice soy yo. Efectivamente, le conoce usted mejor que yo, mucho mejor que yo…al propietario del restaurante cubano…No me cabe la menor duda. Eso demuestra que yo tengo razón. Supongo que a mí nunca me ha necesitado.

—Me horroriza oírle hablar así de alguien que siempre se ha desvivido por usted.

—Usted lo ha dicho: se ha desvivido. Una pena que nunca se le ocurriera vivir por mí.

—Es usted injusto.

—No lo niego. Pero usted también lo es. Si bien la diferencia es que usted me obliga a ser víctima de sus injusticias, mientras que yo no le obligo a ser víctima de las mías. No olvide, señor de la oficina de emigración, que es usted quien me ha llamado.

—Veo que esta conversación no nos lleva a ninguna parte. Mira Harry, voy a serte sincero, corres riesgo de ser expulsado de la universidad. Todos tus profesores se quejan de ti, dicen que te tomas a broma las clases, y si te he llamado es con la esperanza de que entraras en razón…A ninguno de nosotros, incluido al presidente de la universidad, le gusta la idea de expulsar al hijo de uno de los senadores más importantes del congreso de los Estados Unidos…

—¡Pero si ya le he dicho que mi padre es el dueño de un restaurante cubano en Miami!

—¡Basta ya de tonterías! Mira Harry, te conozco desde que ibas en pañales, y te voy a avisar por última vez. A la próxima te vas de aquí. Punto. Y no será conmigo con quien trates la próxima vez sino con…

—¡Con el señor de la barba!

—No creo que a nuestro presidente le gustara esa broma tuya acerca de su barba.

—¿Broma? ¿Acaso la barba es postiza? ¿No verdad? Entonces, no entiendo porque se iba a ofender.

—Veo que no sirve de nada. Bien, allá tú, Harry. Sólo te aviso de que no sigas contando conque te vaya a salvar el ser hijo de quien eres hijo. Todo tiene un límite y tu padre sabe que hemos hecho todo lo posible por devolverte al camino adecuado…Que no podemos permitir que te saltes las reglas constantemente…

—Mire señor de inmigración…

—¡Decano Smith, si no te importa!

—Mire señor de Inmigración, Decano Smith. Aunque a veces pueda parecerle lo contrario, yo no he venido a este lugar a saltarme las normas. No, de verdad que no. He venido a Cuba a aprender y a vivir: a educarme. Y si una persona que intenta educarse choca contra las normas, eso significa que las normas no son las adecuadas. Ya sé que están ustedes muy orgullosos de su talentoso grupo de estudiantes, que muchos de ellos algún día serán, al igual que mi padre, dueños de restaurantes cubanos. Pero eso no tiene nada que ver con educación. Mi padre, pese a sus dos carreras, su máster y doctorado, tiene menos educación que un campesino…Educación es madurar como persona y gracias a ello progresar en la sociedad, y no, tal y como ustedes parecen promover, progresar en la sociedad escondiendo que en realidad no se ha madurado. Sus estudiantes son niños al llegar y niños al irse, siendo la única diferencia que, tras cuatro años, saben esconder a los ojos de los demás sus infantiles debilidades. Y recitar a Whitman a la vez. Y es que nadie dijo que uno deba dejar de ser niño para triunfar…Pero la educación no es eso, debido, entre otras cosas, a que la educación nada tiene que ver con el triunfo. Querido señor de Inmigración, amigo Decano Smith, Decano, vaya un nombre bonito…con mis cientos de defectos, con mis mil errores, creo que yo estoy dándole el verdadero valor a esta isla, el valor que se merece, y no aquel que le dan la mayoría de sus demás habitantes y que sólo piensan en llenar sus curriculums. ¿Las normas no están hechas para mí sino para ellos? Entonces chocaré contra las normas y, si es necesario, y con todo el dolor del mundo, aceptaré mi expulsión de la isla…Pero nunca me iré. Tengo derecho a estar aquí y será su estupidez la que me robe ese derecho. Si algo soy es terco, ¿qué le voy a hacer?

—Señor Hernández, todos sabemos de su poca disposición al trabajo…

—No, de eso no sabe usted nada.

—Su padre me lo ha comentado más de una vez…

—Mi padre cree que todo lo que no sea hacer arroz con tostones no es trabajo.

—¡Abandono! Veo que hablar con usted no lleva a nada. Buenos días, señor Hernández, espero que recapacite.

—¡Recapacitar! Sí, claro que recapacitaré…Por desgracia es parte de mi naturaleza. Pero no espere ningún resultado positivo; la futilidad de todos mis actos también es parte de mi naturaleza. Buenos días, señor Decano Smith.

Esta fue la deliciosa e instructiva charla que tuve con el jefe de la oficina de emigración, el muy honorable Don Decano Smith. Ni que decir tiene que ésta me causó un gran efecto; tanto que, en los siguientes veinte segundos, me fue imposible pensar en nada más. ¿Veinte? ¿Qué digo veinte? Quizás fueran incluso treinta. Sí, treinta segundos me costó sobreponerme a la influencia del señor Smith, a su elocuencia, a su intensa mirada, a la majestuosa manera en la que se restregaba la mano por la nariz. Sí, todo era poder en Don Decano. Todo era fuerza.

Si algo influyó en que me pudiera librar del recuerdo de aquellas palabras, del poder de aquella mirada, fue el que poco después me volvía a encontrar en el exterior; al amparo del cielo, acariciado por el sol y en un precioso día de primavera. No, en el cielo no había ojos de Decanos, ni siquiera dueños de restaurantes cubanos. Hablando de tostones, al comprar el periódico, el cual curiosamente era el Washington Frost, lo cual, supongo que demostraba que no era cierto eso de que el señor de la barba vetara la entrada de noticias del extranjero, me sorprendió ver a mi padre, a mi querido padre, en la portada del mismo y anunciando, como no podía ser de otra forma, que los tostones en la isla debían ser, y sin falta, cada vez más escasos.

“Hay que Endurecer el Embargo.” rezaba el titular.

Y la verdad es que poco tenía de extraña aquella manía de mi padre de racionar los tostones pues, como saltaba a la vista, éstos le eran cada día más necesarios si quería impedir que su expansivo cuerpo, especialmente en la zona abdominal, muriera por falta de cuidados. No había que jugar. Era necesario que todos los tostones se quedaran en casa, pues de lo contrario el estómago de mi padre podía morir por desnutrición. ¿Qué era aquella locura de mandar ayuda a los cubanos? No, había que ponerse duros, pues su líder parecía gozar de buena salud y si su líder gozaba de buena salud era señal de que todos los cubanos también gozaban de ella, así que no había razón para temer que la gente se muriera de hambre. Uno no tenía más que mirar al señor de la barba, con sus pelos tiesos y mofletes rechonchos, con su perfecta silueta de deportista; ¿no es un líder el estandarte de su pueblo?; ¿cómo temer por el pueblo viendo la perfecta salud del señor de la barba? Además, incluso de ser cierto aquello de que la población estaba pasando por ciertos apuros económicos, siempre había la opción de que las mujeres se ganaran la vida acostándose con los turistas y siempre habría viejas ricas que viajaran a la isla para premiar con sus encantos, líquidos encantos los suyos, a los guapos cubanos. Sí, la economía florecía en la isla, así que para qué preocuparse. Lo importante era evitar que los tostones siguieran alejándose del estómago de mi padre.

Además, como rezan las “Coplas (mientras se espera) a la Muerte del señor de la Barba:” Una Copla en verso,

si se morían

que se muriesen,

si no tenían dinero

que no lo tuviesen,

pues algún día,

o al menos eso parece,

el señor de la barba se moriría,

ojalá se muriese,

y con sus tostones mi padre podría…

Y otra en prosa,

“…cantando canciones de democracia y conciliación, comprar terrenos y casas, incluso playas y gente. Y sería como pagar con tostones, como si el dinero fuera de mentira; un monopoly gigante, con mar y con personas, un mar sucio y lleno de bronceador y unas personas que llevan décadas vendiendo su alma al diablo. Y sus cuerpos a los turistas. Así que no hay porque preocuparse por ellos, que les haremos un favor al comprarles a precio de saldo y enseñarles a destrozar el idioma en esa deliciosa forma que llevamos décadas perfeccionando en Miami.”

Hablando de mi padre, aquella mañana me tocaba reunirme con su expansiva anatomía. Al verle, temí que estuviera pasando por algún problema de salud, pues su estómago había disminuido de manera notable. Asustado, nervioso, creyendo que mi progenitor se estaba deshinchando y que algún día se iría volando como si fuera un balón de playa, le pregunté cual era la razón de aquel penoso estado en el que se presentaba ante mí, a lo cual él contestó, no sin antes hacer el inciso de que era yo quien me presentaba ante él y no viceversa, que la razón no era que hubiera pisado un clavo sino, tal y como yo me había imaginado, que llevaba casi dos semanas sin comer.

—¿Tan mal va el negocio?—le pregunté, no pudiendo evitar un cierto tono de compasión.

—¿Negocio?

—Así que ya no tienes dinero ni siquiera para comer…

—Estoy en una clínica.

Vaya, aquello era peor de lo esperado, mi padre en una clínica; el otrora robusto Harry Hernández Sr. cuidado como si fuera un viejecito. Y lo peor es que en esa clínica le cobraban, me informaba en estos momentos mi padre, por no darle de comer. Yo le sugerí que quizás fuera mejor que se gastase el dinero en comida, y no en una clínica donde le curaran de su inanición no dándole de comer, a lo que él, de manera sorprendente, me contestó “que no le había la menor gracia mi broma.” Esto me confirmó que soy el peor de los payasos, pues nunca soy consciente de mis bromas y al parecer no tienen la menor gracia. Aunque esto último quizás no sea del todo exacto, porque, la verdad, la gente suele reírse de mí a menudo. Pero no mi padre, porque mi padre es mi padre, mi padre me quiere, mi padre me paga los estudios, mi padre no se conforma conque su hijo sea un pobre desgraciado, mi padre es mi padre…Por mucho que tantas veces hubiera deseado no serlo.

—Me acaba de llamar el decano Smith.

—¡Ah! Mi amigo Decano Smith.

—El mismo.

—¿Y qué tal ha pasado la hora que llevo sin saber de él?

—Disgustado por tu actitud.

—Vaya, lo siento.

—¿Lo sientes?—dijo mi padre indignado—¿Y no se te podría haber ocurrido decirlo frente a él? Me ha dicho que estuviste insultante, que te reíste de todo y de todos, incluso del señor presidente. Con prepotencia e impertinencia, como si fueras el único que sabe lo que está haciendo. ¡Como si los demás fueran todos tontos! ¡Y ahora me dices que lo sientes! Ahora, en frente mío, eres un corderito…

—Lo siento…

—¡Ves, otra vez!

—No creo que haya nada de positivo en alegrarse de haber producido un disgusto a otro ser humano, ni siquiera en uno tan insignificante como mi amigo Decano. Vaya…me ha rimado. ¡Si es que soy todo un poeta!

—¡Calla! ¿Insignificante? Si estás en Jorgeciudad es gracias a él. Él fue quien, en parte por la amistad que nos une, en parte porque en aquel entonces eras un chico aplicado y estudioso, abogó por ti frente al comité de admisiones. Él te recomendó, ¿y que haces tú en vez de agradecérselo? Le pones en ridículo frente a sus colegas, le dices a la cara un montón de ridiculeces y, por si esto fuera poco, vienes a uno de sus mejores amigos, quien además es tu padre, sí tu padre, y le dices que el decano Smith es un hombre insignificante…

—Tanto como tú, si eso te sirve de consuelo.

—¿Será posible tanta impertinencia? ¿Y tú mocoso? ¿No eres tú insignificante?

—No para mí.

—¿Y para los demás? Todos se ríen de ti.

—No me importa. Lo que me importará es el día que yo sienta que soy insignificante que será el mismo en el que me olvide de reírme de mí mismo de vez en cuando. Ese es vuestro problema, que os tomáis demasiado en serio, eso es lo que os hace insignificantes, si no a los ojos de los demás, sí a los vuestros. Y tú te sientes insignificante, por eso te pasas la vida trabajando, para no tener tiempo de acordarte de que lo eres. Por eso no pierdes oportunidad de fastidiar a los demás, para que nadie se olvide de quien eres, el gran Harry Hernández Sr….¡oh! Para que nadie tenga las fuerzas de mirar dentro de ti y se dé cuenta de que estás sucio, sucio como un niño pequeño que todavía no ha aprendido a limpiarse. Un niño pequeño, eso es lo que eres.

—Esto es el final. No estoy dispuesto a tolerar más insultos. Algún día te darás cuenta de lo injusto que has sido conmigo.

—¿Te refieres a que quizás yo seré algún día como tú? ¿A qué quizás yo también sea un sesentañero casado con una veinteañera? Es posible, si bien lo dudo, pues no creo que tenga jamás el dinero suficiente para comprar un juguete tan caro. Es curioso que dentro de cuarenta años tenga que pagar tanto por algo que ahora tengo gratis. ¿Eso es la inflación que os tiene a todos tan preocupados, verdad? Pero bueno, en el caso, nada extraño pues al fin y al cabo soy tu hijo, de que a tu edad yo acabe siendo tan vano y asqueroso como tú, no te olvides de que yo nunca le he ido diciendo a la gente como vivir, que nunca he pretendido ser un cúmulo de virtudes. Tú, en cambio, te has pasado la vida predicando, criticando, queriendo bajar a la gente a tu altura, ya que tu no podías subirte a la de ellos. Yo no, porque yo no creo que haya alturas, sino gente buena y gente mala, gente tonta y gente lista, gente mediocre y gente con talento, pero todos a la misma altura, lo cual me evita la molestia de tenerles que subir o bajar. Yo les miro, eso me basta, y me río de ellos, un poco, al igual que me río de mí mismo a veces; les admiró de vez en cuando, a muy pocos, como de vez en cuando admiro algo de mí mismo. Eso me basta. Y les dejo vivir y te dejo vivir a ti, con tus ridiculeces y complejos, mientras no tengas la desfachatez de querer darme lecciones, porque, la verdad, no tengo nada que aprender de alguien que, como tú, ha dado tantas razones para ser querido fuera de la familia como odiado dentro de la misma. Si bien, pese a todo, te seguimos queriendo. Pese a tus mentiras y a tus gritos…Pese a todo. Pero no quieras que además te sonría, o que te reconozca que eres superior, porque, si bien no te niego que hay mucha gente superior a mí, tú no eres uno de ellos. Que no se te olvide.

—No me amenaces…

—No te amenazo, te informo. No me admira nada de lo que puedas comprar con tu dinero, ni siquiera tu preciosa esposa. O bueno, ahora que lo pienso, ella sí. Ya me la dejarás un día…

—¡Calla! ¡Tú madre! ¡Tú madre es la que ha hecho que me odiaras!

—En eso tienes razón. El amor es lo que nos enseña a odiar la maldad. Si no llega a ser por lo mucho que ella me ha querido, es posible que nunca me hubiera dado cuenta de lo mucho que te odio.

—Soy tu padre.

—Y yo tu hijo, y ya ves de que me ha servido.

—¿Acaso te ha faltado algo?

—No, pero tú me has sobrado.

—Estoy harto de que me insultes. Debo pedirte que, por favor, salgas de mi oficina.

—Como no.

—Aquí tienes el cheque del mes. En lo sucesivo, por favor, no te molestes en venir. Te ingresaré el dinero directamente en tu cuenta. Tengo mis obligaciones y no te preocupes que seguiré cumpliéndolas.

—Cuando quieras dejar de cumplirlas ya sabes que no tienes más que decirlo. Ya me buscaré la vida.

—Me siento obligado moralmente.

—Yo diría que legalmente.

—Eso también, pero yo he dicho moralmente.

—Te repito que sabré salir adelante.

—¡Adelante! ¡Tú adelante! ¡Tú, a quien van a expulsar de la universidad si un milagro no lo remedia! ¿Y qué vas a hacer, trabajar limpiando baños?

—Es una opción. Pero no, no me siento especialmente dotado para tan higiénica misión. Quiero tocar el saxofón…¡Mira otra rima! Y triple…aunque con on la verdad es que no tiene mucho mérito.

—El saxofón…Te morirás de hambre.

—Pues me moriré de hambre, pero tocando el saxofón.

—El cuerpo no se alimenta de notas musicales.

—Pero quizás el alma sí. Por eso la tuya está tan flaca.

—Adiós Harry.

—Adiós padre.

Otra vez en la calle. Tal y como era tradición una vez al mes, salí exaltado de la lujosa oficina de mi padre. Y aquello iba en serio, no era como lo de las conversaciones con mi amigo Decano. Aquello duraba más de treinta segundos. Durante horas no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi padre, nuestras discusiones, y lo peor es que, al final, no podía evitar el arrepentirme por haber sido tan duro con él. Siempre deseaba no haber dicho tal o cual cosa, mil veces me decía que él en realidad no era malo, sino que no había aprendido a ser bueno; que no era que no me quisiera, sino que no había aprendido a mostrar su amor por mí. Así era como, irremisiblemente, acaba sintiéndome culpable y me reprochaba, si tan bueno me creía, no saber ser más permisivo con las debilidades de los demás. Pero después me decía que uno no debe ser permisivo con los que quiere, porque la permisividad es la mayoría de las veces indiferencia. La vida sería mucho más bonita si uno pudiera amar sin querer corregir, pero también la vida sería más bonita si los perros cantaran ópera en vez de ladrar, y sin embargo ladran, ya lo creo que ladran…

Ya en el metro, regresando a mi casa, sentí un alivio porque aquella sería la última vez que tendría que soportar a mi padre. No quería verle más, nunca más, no quería volver a sentirme una mala persona como me sentía en aquellos momentos…cogí el saxofón…y los ojos de la chica me decían, pestañeo a pestañeo, que yo, Harry Hernández, era al que ella quería; sí yo, al que sus compañeros de clase consideraban un ridículo y anecdótico personaje y del que se reían por compasión, pues desprecio era de lo que me creían merecedor; sí yo, yo, el mismo que, de no haber sido el hijo del propietario de un restaurante cubano, haría tiempo que hubiera dejado de ser una carga en Jorgeciudad; yo, yo, ese “yo” que tanto había buscado pero nunca había encontrado. Hasta que la encontré a ella. Yo. Yo era la persona más maravillosa del universo, el hombre más irresistible de cuantos había visto en su corta existencia, corta en el pasado pero larga en el futuro, pues le quedaba un siglo de amor por darme, un siglo de amor por recibir. Yo. Y sus ojos verdes se mezclaban con mis notas y sus labios rojos de carmín eran como una flor, una flor que se abre en primavera y que al buscar el cielo pinta con sus pétalos figuras en el aire, mensajes imaginarios que como nubes flotaban destino a un beso, destino a mi corazón, el cual, en un latido, absorbería todo el aire y todas las nubes y con ellos sus labios y sus mensajes y su amor y su primavera. Yo. Y sus finas piernas ahora levantaban su precioso cuerpo y sus brazos eran dos figuras perfectas formadas por diez ramificaciones de porcelana y que aplaudían con tal entusiasmo que parecía que fueran a romperse.

“Bravo, bravo…,” cantaba su voz.

Pascual vino a felicitarme y fue entonces cuando le pedí que me presentara a aquella preciosa muchacha…

“Próxima estación Dupont Circle…,” tronó una voz en la taberna de Pascual, como si proviniese de algún ser omnipotente, omnipresente, la voz de Dios. Y lo era, pues era la voz de mi inspiración, la que me decía que era el momento de crear algo que quedara por los siglos de los siglos. Así que mire a los ojos de la chica, cogí el micrófono y, con voz de eternidad, intentando convertir en mágico aquel momento, dije:

—Esta canción va dedicada a los ojos más bonitos que hayan iluminado en verde este mundo. Es una improvisación que llevo toda mi vida preparando y que se titula “Dupont Circle Sketches.”

Mientras tocaba, numerosas voces comenzaron a sonar en mi mente. Era como un gran rugido, que un momento más tarde se veía acompañado por el ruido de una tarjeta que entra y sale, por el de una escalera mecánica que sube junto a una que baja, por el de un coche que se va junto a uno que viene. “¿Tienes un poco de cambio?”… “gracias hermano,” una llave, una puerta, “¡ploff!” El ruido de una mochila que cae al suelo, al cual sucede el de un equipo de música que abre su alma, que pide comida, comida que viene en forma de disco compacto, una comida que aquel día tenía forma de Miles Davis.

“Siéntate, princesa de ojos verdes…¿Qué quieres beber?”

“Música…”

“Yo también…”

Y juntos, mezclando nuestros alientos y nuestros cuerpos, nos bebimos aquella copa de música, lo más parecido que jamás haya existido a la música del cielo. Si mi Dupont C. S. había sido la música de la tierra, porque en la tierra estaba mi princesa, los esbozos flamencos de Davis eran un trozo de cielo, un trozo que no nos conmueve, que no nos llama a la acción, sólo a ponernos bajo el cielo y a dejar que el cielo nos proteja, que el cielo nos mire. Es una música de arriba, una ante la que hay que cerrar los ojos. Un poco de oscuridad es siempre la puerta de la luz, la puerta del cielo.

“Riiiiiiiinnnggg…,” era el timbre de su alma, de la mía.

“Diga…”

“Hola cariño, ¿cómo estás?”

“Bien, muy bien.”

“¿Qué tal el día?”

“Bonito, muy bonito.”

“¿Qué has hecho hoy?”

“Mirar tus ojos verdes.”

“¿Te encuentras bien?”

“Tan bien como se pueda encontrar uno en este mundo.”

“Te noto raro.”

“Porque soy feliz.”

“Harry, ¿qué te pasa?”

“Que soy feliz.”

“¿Qué te has tomado?”

“Tu cuerpo.”

“¿Estás solo?”

“Sí, porque tú eres parte de mí.”

“Tú padre me ha llamado para decirme que habéis discutido.”

“Sí, mamá, es cierto, pero estoy bien, de verdad, pero ahora no puedo hablar, tengo un concierto esta tarde…”

“Será un examen.”

“¿Les llaman así a los conciertos en los que no te aplauden?”

“Supongo que sí cariño.”

“Pues tengo un examen.”

“Buena suerte.”

“Gracias mamá.”

De repente estaba en una obra en el Gran Teatro de la Habana. Se abrió el telón y tras él apareció un rótulo que me indicaba que la obra se titulaba Derecho Internacional y la primera escena “Ley del mar.” Y entre las olas, asomándose tras un pico de agua, había un lancha motora. Quizás pudiera salvarme de morir ahogado. Un toque de saxofón fue todo lo que hizo falta para que Pascual, que era quien tripulaba la motora, se diera cuenta de que era su amigo Harry quien remaba sobre aquellos trozos de madera unidos por cuerdas.

“¿Vas de regreso a tu país?” gritó Pascual.

“Sí.”

“No llegarás…Hoy la mar está brava.”

“La mar siempre está brava. Es una de las pocas cosas en este mundo que nunca es cobarde.”

“Quédate…”

“Debo volver.”

“¿Por qué? ¿Acaso no eres feliz entre nosotros?”

“Sí, soy muy feliz, pero tengo obligaciones que cumplir.”

“¿Cuáles?”

“Triunfar.”

“¿Es eso una obligación?”

“Sí.”

“¿Y quién te obliga?”

“Gente que me quiere. Y triunfar es mi única manera de demostrar que yo también les quiero a ellos.”

“Pero nunca llegarás. Tu balsa es mala y el mar también.”

“Al menos lo intentaré.”

Entonces, a lo lejos, vi un avión que sobrevolaba el mar a baja altura. Pascual lo vio también y me dijo:

“Ellos te salvarán, sólo debes seguir una milla más. No te pueden rescatar en aguas cubanas, pero una milla más y ya estarás en aguas internacionales. Una milla más…”

“¿No me puedes llevar tú hasta allá?”

“Alguien podría verme y lo perdería todo. Mi casa, mi taberna, mi licencia de pesca, puede que incluso mi vida. Debo irme Harry, mucha suerte. Una milla más y estarás a salvo. Nadie te puede ayudar, estas solo Harry y esta es tu milla.”

Una milla. Comencé a remar con todas mis fuerzas, debía conseguirlo, debía esforzarme por amor a todos los que habían confiado en mí. Una milla. Desde el avión debieron verme; aún sin acercarse a mí, corrían peligro de ser derribados, comenzaron a hacer piruetas en el aire. Me saludaban, me bienvenían a mi país, el que un día dejé en avión y al que ahora volvía en balsa. Y mientras tanto yo remaba, remaba de espaldas al horizonte, sin querer mirar al futuro, rezando porque el mar no me robara mis sueños. Una milla más tarde, el hidroavión amerizó. En su interior vi aparecer una cara sonriente:

“Bienvenido a los Estados Unidos. ¿Eres cubano?”

“No, americano.”

“¿Y por qué vienes remando? ¿Por qué no cogiste un avión?”

“El siguiente avión era mañana y yo tengo prisa.”

“¿Prisa?”

“Sí, tengo un examen esta tarde.”

“Entonces no hay tiempo que perder. René…;” dijo mi sonriente amigo dirigiéndose al piloto; “a toda marcha, que nuestro amigo tiene que llegar a un examen.”

“A toda marcha.” confirmó René.

Y a toda marcha llegué, pues tan solo unos minutos más tarde ya me encontraba en el segundo capítulo, algo acerca de fronteras y embajadas, el cual me llevó exactamente cuarenta minutos, y el tercero y el cuarto…Cuatro horas más tarde ya estaba listo para el examen. Me levanté del pupitre y me dirigí al baño, viendo en el espejo el reflejo de un barbudo cuyo aspecto era totalmente inadmisible en un examen.

Con total diligencia, y mientras la plancha se calentaba, me afeité y duché. Diez minutos más tarde, me encontraba sacándole las arrugas a una camisa blanca, sobre la cual, poco después, anudaría una discreta y apropiada corbata azul oscuro. Me puse un traje del mismo color el cual, afortunadamente, había tenido el buen juicio de llevar a la tintorería tras la última vez que me lo puse. Meses había hibernado en mi armario, sin una arruga, perfecto, esperando al momento en el que lo necesitara, y ahora estaba preparado para nuestra gran misión. Me miré al espejo y vi la mirada del tigre; no, no había dolor, ni dolor ni nada más importante en este mundo que aquel examen, aquel del que dependía mi vida, mi futuro…¡Mi hombría! Y, como no, mi expulsión de Jorgeciudad. Todo. Para animarme decidí poner un poco de música, si bien, un momento antes de hacerlo, cambié de opinión, diciéndome que la música podría devolverme a Cuba. Pero fui valiente y mientras pensaba “no hay enemigo invencible” puse al duque. Y efectivamente no lo había, pues un instante más tarde me daba cuenta de que estaba salvado, de que era otra vez yo y, como tantas veces en otros tiempos, sólo me importaba el examen. Ni siquiera Ellington quien, por cierto, desde fuera de Cuba me parecía lento y aburrido.

Con paso de ganador, mirando al horizonte y no al suelo como había sido mi costumbre en los últimos meses, planeando ese futuro que tantas veces había intentado soñar, me dirigí a la parada del autobús, el cual me llevaría desde Dupont a Jorgeciudad. Una vez en él, continué repasando las notas de clase, sin dejar que las estúpidas conversaciones de los demás pasajeros me entretuvieran. Tenía una misión y no estaba dispuesto a fracasar. Era mi última oportunidad, no habría más; sólo una buena nota y una disculpa con el profesor me podían salvar de la expulsión. Nervioso repasé el capítulo acerca de las embajadas, tan nervioso que la montaña de apuntes comenzó a desmoronarse y, cual lava de volcán, a extenderse por el sucio suelo del autobús.

Todos se reían, si bien a la vez que me ayudaban a recogerlos. Ya tenía casi todas las hojas, cuando una bonita voz me dijo:

—Toma, no te vayas a olvidar de éstas.

Levanté la mirada y frente a mí encontré a una bonita muchacha, cuyos rizos caían sobre una de las más francas sonrisas que jamás haya visto. Sus ojos eran marrones y su nariz como una fresa sobre un pastel de nata. De nata, como mi última frase. Pero es que de nata son las palabras que nos salen cuando nos referimos a la gente de la que nos enamoramos. Y de nata deben ser, por mucho que la mayoría de las veces suenen a pastel.

—¿Tienes examen?—me dijo ella.

—¿Cómo lo sabes?—contesté sorprendido.

Con una mirada a mis apuntes, a la cual acompañó de una sonrisa, me demostró lo tonta que había sido mi pregunta.

—Sí…—dije con timidez.

—¿Difícil?

—Un poco…

—Bueno…—dijo ella mientras miraba a través de la ventana—Esta es mi parada. Buena suerte en el examen.

—Gracias.

A través de la ventana lateral le vi pisar la calle y a través de la trasera le vi alejarse de mí. Que bonita era, tanto que no podía imaginarme el resto de mi vida sin ella. “¿Cómo sobrevivir?” me pregunté. “¿Como acostumbrarse a la oscuridad una vez hemos visto tanta luz?” Me senté de nuevo en mi asiento y me dije que iba a necesitar de Cuba para sobrevivir a aquello. Al menos por unos minutos, hasta llegar a la universidad. Cerré los ojos e intenté imaginarme con el saxofón, en la taberna de Pascual, tocando en frente de mi recién conocida princesa. Pero en la taberna no había nadie, la taberna estaba apagada.

“Pascual,” grité “¿Por qué está todo vacío esta noche?”

“Porque se ha ido la luz en la isla.”

“Pero hasta ahora siempre había habido luz.”

“Ya no, ahora la luz está fuera.”

Al oír aquellas palabras me faltó tiempo para apretar el botón de solicitar parada. A toda prisa bajé y comencé a correr en dirección adonde había visto a mi princesa por última vez. Corrí, empujé, tenía que ir más deprisa, tenía que encontrarla. Al pasar junto a una papelera tiré los apuntes y los libros…”debo correr, debo encontrarla…”

Por fin llegué, aquella era la parada en la que la muchacha se había bajado. Busqué por todo, bares, restaurantes, tiendas de libros…con mi vista escruté todas las ventanas y terrazas de los edificios. No estaba. Había apagado la luz de Cuba. Triste me senté en un banco y me puse a llorar como un chiquillo. La había perdido; ¡como había podido ser tan tonto!

Cerré los ojos. Un momento más tarde una mano me tocaba en el hombro. Era ella. Cogí el saxofón, empecé a tocar, y la luz volvió a la taberna de Pascual, la luz volvió a Cuba. Por un instante, mezclado entre una nota y una sonrisa, me acordé del examen, y la indiferencia que este recuerdo me produjo me dijo que yo tenía razón, porque yo, si bien es cierto que quizás malviviendo, al menos viviría. Junto a ella, en Cuba.

Artículos 2008-2009: Demonia Histérica Colectiva

 

 

La historia no necesita humanizar lo que demoniza. Tal vez porque su utilidad sea tan obvia que no necesite cualidades redentoras; como sí las necesita, por ejemplo, la literatura, que tiene en la humanización de sus demonios la cualidad que justifica su a menudo torpe existencia práctica. Muchos se han preguntado para qué sirve la literatura y han vaticinado mil veces su muerte (en la lápida suele poner “el final de la novela”), mientras que nadie, de momento, se ha preguntado para qué sirve la historia. Y desde esa fortaleza conceptual la historia no tiene porqué comprender, aunque es de agradecer cuando lo hace, sino sólo contar y explicar. Una novela en los que los buenos fueran divinamente buenos y los malos satánicamente malos sería inmediatamente rebajada a la categoría de simple entretenimiento, mientras que, por el contrario, los historiadores pueden no sólo tomar partido, lo cual es inevitable al enfrentarse a un papel en blanco, sino ni siquiera tomarse demasiadas molestias a la hora de explicar las motivaciones de los antagonistas de su personaje estudiado. Ésto no es necesariamente negativo (el análisis histórico es tan minucioso que parece imposible que el estudiado no acabe pareciendo sobrehumano), pero el proceso de deshumanización de la historia y especialmente el de los hechos históricos más negativos de la misma conduce habitualmente a una manipulación e utilización que llamaría peligrosa sino fuera porque los realmente peligrosos son los seres humanos que la manipulan y utilizan. Así que completando la celebérrima frase de Santayana de que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla” podríamos añadir “y los que la conocen de forma dogmática a instrumentalizarla.”

     El caso del nazismo y de la segunda guerra mundial es paradigmático. En primer lugar habría que preguntarse si es necesario demonizar, con la justificación de no repetir un proceso similar, a un movimiento que asesinó a millones de personas y convirtió a decenas de millones más en seres vociferantes, gregarios e insensibles al dolor ajeno. Dicha demonización tiene como efecto secundario que a menudo se obvie que el pueblo judío ha sido expulsado de otros lugares (más que por odio racial como atajo de sociedades en crisis a sus riquezas) con procesos similares. Desde los progromos de la Rusia zarista, pasando por la Inquisición española, hay muchas vergüenzas nacionales que el nazismo está ayudando a esconder en la memoria colectiva.

     Se puede argumentar que lo terrible del exterminio nazi fue la deshumanización mediante la cual se llevó a cabo el mismo. La Inquisición, por el contrario, prestaba gran atención al individuo; minuciosa, incluso clínica, especialmente a sus órganos no vitales en un intento de lograr esa confesión que los avances legales habían hecho necesaria antes de la ejecución de un reo. En el nazismo, por el contrario, la imagen que nos viene a la mente no es una de febril religiosidad, sino la de un frío y eficiente matadero. Puede que subconscientemente perdonemos a los inquisidores por locos del mismo modo que condenamos a los nazis por su horrorosa apariencia de cordura. Pero si lo que nos espanta es la forma casi industrial en la que millones de personas murieron en pocos años, ¿qué decir de cómo murieron cientos de miles de japoneses en Hiroshima y Nagasaki en dos días? Y sin embargo, esos asesinatos no viven, parafraseando la famosa frase sobre Pearl Harbour, en la infamia, sino que se suele argumentar que salvaron millones de vidas. En este caso la deshumanización de la muerte no parece ser un problema.

     Pasemos a ejemplos específicos. ¿Cuántas veces ha sido manipulado el apaciguamiento a Hitler por parte de Chamberlain y las potencias aliadas en relación a otras contiendas? Cuando Bush (W.) fue criticado por invadir Irak de forma ilegal, muchos recordaron entonces la política del apaciguamiento y las similitudes con la segunda guerra mundial, argumentando que la ONU estaba actúando como Chamberlain al acordar la paz de Munich en 1938, en la que permitió a Hitler la anexión de los Sudetes, una región de mayoría alemana de Checoslovaquia que se había rebelado, con el apoyo del régimen nazi, contra el gobierno checoslovaco. No se podía apaciguar o negociar con Sadam Hussein, se dijo, del mismo modo que no se podía negociar con Hitler.

     Desde la perspectiva de 2006, ciertamente, el nombre de Hitler y el concepto del apaciguamiento no parecen ir muy bien en la misma frase. Fue una política errónea y rectificada rápidamente. Y fue el propio Chamberlain, por cierto, y no Churchil, como suelen decir algunos ávidos lectores de biografías guerreras, quien cambió de política y declaró la guerra a Alemania cuando ésta se anexionó Checoslovaquia y Polonia. Errónea no tanto por el hecho de que los aliados intentaran apaciguar a Hitler (si alguien necesitaba ser apaciguado ese era Hitler), como por el hecho de que lo hicieran a base de violar el derecho internacional cediendo un territorio de otro estado soberano. Como el policía que tiene bajo su custodia a un violador y le intenta apaciguar y tranquilizar con un par de palmadas y fumando un cigarrillo juntos, el problema comienza cuando incluso sin palmaditas y cigarrillos y llamándole cerdo violador le deja libre. Así que no es el apaciguamiento, sino los métodos utilizados para el mismo los que debieran pasar a la historia como un error político; siendo la relevancia del ejemplo histórico nula en relación a la disensión de gran parte de nuestras sociedades sobre si el mejor modo de acabar con un tirano es destruir a las sociedades que ya han sufrido su mal gobierno.

    Otro ejemplo constantemente utilizado, ahora para deslegitimar a la democracia, es que Hitler fue elegido en las urnas. “¿Chavez? ¿Bush? ¿Aznar? ¿Zapatero? La democracia no siempre tiene razón: Hitler también fue elegido en las urnas.” Hitler fue, efectivamente, elegido en la urnas; elegido para muchas cosas, pero para ninguna de las que hizo. Fue elegido como líder de un partido minoritario y de manera legítima y hábil utilizó ese poder para ganar la mayor influencia posible y en una sociedad fragmentada formar una alianza que bajo la pretensión de tenerle bajo control le hizo presidente del gobierno. Si ésta lógica, aunque habitual, ya es curiosa en otras sociedades (es cierto que los compromisos del poder suelen moderar a los más radicales, si bien a algunos simplemente les abre el apetito), en el caso de la republica de Weimar era especialmente peligroso ya que el canciller tenía poderes especiales para casos de extrema gravedad. Lo que sucedió a partir de aquel momento es el comienzo de la historia de guerras y exterminios de la que llevamos hablando sesenta años. Y en toda esa historia Hitler no sólo no fue refrendado por las urnas en un proceso democrático, sino que su primera acción, un mes antes de ser nombrado canciller, fue utilizar la mencionada cláusula para obtener un poder dictatorial tras el sospechoso incendio del Reichstach. Así que el ejemplo tantas veces utilizado se queda en más bien poco, debiendo más bien ser utilizado cada vez que un gobernante aprovecha el poder obtenido para explotar el sistema y obtener un poder ilegítimo (el gerrymandering de la democracia estadounidense, la delimitación de distritos para maximizar los votos, viene a la memoria) o para criticar aquellos defectos estructurales de un estado que permiten este tipo de abusos.

     La demonización de una figura histórica, ni siquiera la demonización de sus actos, no sólo no lleva a su condena, sino que habitualmente suele ser la otra cara de la impunidad: lo que unos demonizan otros defenderán glorificando. ¿Resultado? Idelizaciones por ambos bandos y pasividad y olvido en el centro. Hagamos un poco de análisis de texto, ¿es acaso la frase “el demonio con cuernos Franco mató a Pablito sin un juicio justo” un ápice más grave que la de que “el dictador Franco mató a Pablito sin un juicio justo”? La manipulación de la historia seguramente lleva a algo mucho peor que su repetición: al estancamiento y a su putrefacción. Y lleva a otro de los grandes principios de la impunidad: al establecimiento de una jerarquía de villanos a través de la cual justificar un mal menor mostrando uno mayor o, en el colmo, cuando se argumenta que un mal menor ha prevenido uno mayor. En una sociedad con garantías legales un mal menor nunca evita, sino que más bien es el camino, hacia uno mayor. Y si la sociedad no proporciona dichas garantías ya no estamos hablando de males menores, sino simplemente del superlativo, único y mayor, de que no las proporcione.

   El horroroso ejemplo del nazismo (por la influencia de las religiones monoteístas en nuestras sociedades parece que no estemos preparados para tener más de un gran Satanás a la vez), ha ayudado a eludir en muchos países el cuestionarse porqué, a la vez que explicando los contextos históricos del momento, no dejamos de contar la historia desde la glorificación de grandes genocidas (grandes militares desde la perspectiva de la época pero necesariamente genocidas desde la nuestra) como nuestro admirado Hernán Cortés. Si seguimos glorificando a los héroes guerreros, escribiendo la historia y las leyendas colectivas de nuestras sociedades en base a ellos, ¿cómo evitar que las guerras se repitan? Si la imaginación colectiva sigue siendo guerrera, ¿cómo no van a serlo los millones de imaginaciones privadas que forman esa imaginación colectiva? Hagamos esfuerzos por explicar los valores de otras épocas, los mismos que debiéramos hacer por explicar como surgieron aberraciones históricas no sólo como el nazismo, sino también como el fascismo, el falangismo o ese campo de concentración de Guantánamo con el que el mal gobernante George W. Bush ha humillado a la democracia más antigua del mundo. O cuánta gente y porqué murió en la conquista española de América o en la conquista occidental de Oriente Medio y Africa perpetuando gobiernos dictatoriales a los que poder manipular y sobornar para asegurar el control de sus recursos naturales. Los hechos son tan tristes y dramáticos que, la verdad, dice más bien poco de nuestros sistemas educativos y del tipo de capacidades análiticas que fomentan que para comprender casos como éstos tengamos que crear héroes y villanos. Especialmente teniendo en cuenta que si la demonización es una llamada a la defensa, el análisis lo es al juicio histórico y legal.

 

 

 

 

 

Foto: http://history1900s.about.com (Hitler and Archbishop Cesare Orsenigo)