Historia de una Causa Simbólica: la Aprobación de la Proposición 8 en California

Uno de los procesos más interesantes de las pasadas elecciones de Estados Unidos fue el papel jugado por la comunidad afroamericana en la aprobación de la proposición 8, nombre de la petición popular de enmienda constitucional que limita la definición de matrimonio a la unión entre dos personas de distinto sexo. La sorpresa no fue tanto el alto porcentaje de afroamericanos que votaron a favor (de acuerdo a unas encuestas a pie de urna de la CNN aproximadamente un 70%), sino que ésta comunidad votara a la vez en un 95% por un partido, el demócrata, que en California hizo campaña en contra de dicha proposición. En comparación, el 79% de demócratas de raza blanca votaron por la derrota de dicha proposición.

Además de la asociación con Barack Obama y su partido, el recuerdo del movimiento de los derechos civiles parecía asegurar la derrota de la proposición: no parecía lógico que en las elecciones en las que simbólicamente se podía culminar dicho movimiento, con la victoria del primer candidato afroamericano, pudiera a la vez a aprobarse la supresión de unos derechos ya obtenidos por otra minoría. Efectivamente, parecía extraño que los mismos votantes fueran a propiciar tan histórica victoria y derrota.

Aunque no tiene nada de extraño que una minoría contribuya a la discriminación de otra—compiten por los mismos recursos y espacios sociales—, éste factor no es aplicable en la discriminación de la minoría homosexual, que es transversal en lo económico. De modo que la discriminación fue puramente ideológica y no está reñida, pese a lo que pueda parecer a primera vista, con el movimiento de las libertades civiles, el cual, con todos sus elementos socialmente revolucionarios, siempre estuvo arraigado en la religión.

Algunas causas de este arraigo son claras. Las minorías suelen verse obligadas a mostrar su respeto por las tradiciones para reclamar el cambio: las peticiones de cambio en contra del sistema están reservadas para aquellos que son parte de la clase mayoritaria o incluso de una élite intelectual. Del reverendo Martin Luther King al reverendo Jesse Jackson, los líderes de la comunidad negra han sido líderes religiosos y, si bien revolucionarios en lo social, más proclives a un orden moral conservador.

En un país diferente a Estados Unidos, Luther King podría haber sido un líder marxista, pero en el contexto de la Guerra Fría y el consabido miedo de la mayoría blanca al enemigo comunista, el líder negro sólo podía ser tradicional; un tradicionalismo que ha marcado de manera definitiva a la comunidad negra posterior, la cual ha encontrado su libertad individual en la religión, no sólo desde un punto de vista personal, sino también porque ha sido el camino para que su libertad social fuera tolerada. En Estados Unidos históricamente no ha bastado con ser un buen ciudadano para proponer cambios políticos, sino que además ha habido que ser un buen súbdito, no pudiéndose en la mente de a mayoría ser lo primero sin ser lo segundo. Durante la campaña presidencial el propio Obama tuvo que recordar habitualmente su religiosidad (con los conocidos problemas con su famoso reverendo Jeremiah Wright y sus controvertidas opiniones), e incluso sonar a predicador; lo cual, curiosamente, constituyó uno de los grandes atractivos del candidato al aunar el tono del líder político y el del religioso.  Aún así fue acusado de radical y socialista. Si un reconocido pragmático como Obama fue acusado de ser un peligroso ideólogo en 2008, ¿cómo no comprender que el movimiento de los derechos civiles sólo pudiera venir de la parcela religiosa y no del laico marxismo ideológicamente predominante en otras latitudes?  El mayo del 68 afroamericano sólo podía tener lugar en una iglesia. El blanco, mientras tanto, sucedió en las universidades con la oposición a la guerra del Vietnam.

Afortunadamente, a largo plazo lo que se dilucidó en Noviembre de 2008 fue una causa simbólica, para unos la primera victoria en la reconquista de la sociedad por parte de la moral tradicional y para otros el último hurra de los tradicionalistas en su camino a la periferia ideológica.  Y es que parece difícil que el Tribunal Supremo de Estados Unidos no acabe declarando la inconstitucionalidad de la Proposición 8, si es que antes no ha sido revocada en otra elección a través de una nueva enmienda.  El principio parece sencillo: las sociedades evolucionan cuando las minorías ganan derechos, no cuando los pierden.   A corto plazo la causa tiene poco de simbólico; la enmienda fue válida al día siguiente de las elecciones, momento desde el cual en California está prohibido expedir licencias matrimoniales a parejas del mismo sexo.

Así que de momento nos quedaremos con el dato de que a finales del año 2008, más de siete millones (alrededor del 52% del electorado) de los habitantes del estado de California, uno de los más progresistas de EEUU y una de las regiones más prósperas del planeta, votaron a favor de la privación de los derechos de una minoría.  Así que nada más, ni nada menos, que una derrota simbólica…

Artículos 2008-2009: El Caso Turco y el Folclore Civilizacional

Una cierta legitimidad moral es necesaria para cualquier fuerza política emergente, razón por la cual todos los imperios han conquistado en nombre de la civilización y el progreso. No ha existido, afortunadamente, el imperio que haya conquistado en nombre de la crueldad y la sangre de inocentes; ni tampoco, desgraciadamente, el que lo haya hecho bombardeando libros o amenazando a sus enemigos con partituras de música enrolladas. Con ésto no quiero decir que la legitimidad moral siempre sea el embrión de un imperio o una hipócrita excusa para la dominación, sino simplemente que hay un punto en la carrera imperial en el que la civilización se convierte en una simple cantinela para conseguir unos fines.

Es difícil decir con exactitud cuando Estados Unidos pasó este punto clave. Entró en las dos guerras mundiales de manera reticente y frente a la oposición de gran parte de su población—por aquel entonces, curiosamente, los idealistas eran los que abogaban por la necesidad de intervenir y los pragmáticos los que apuntaban a la conveniencia de no inmiscuirse en los asuntos ajenos—, y aunque se benefició económicamente de ambas, éstos beneficios parecen más una consecuencia que una motivación. Tal vez fue sólo durante la segunda guerra mundial, con sus vergonzosos bombardeos nucleares y la posterior e inquisitorial lucha contra el comunismo, cuando los fines comenzaron abiertamente a justificar los medios, iniciándose una etapa de intervencionismo que ha tenido en Vietnam uno de sus episodios principales y en la sangrienta postguerra de Iraq, esperemos, su epílogo.

El progreso de la Unión Europea también ha estado basado en una aparente legitimidad moral. De momento sus miembros han visto a la UE como un factor de potenciación más que de supresión y algunos de sus pilares clave, como la libertad de movimiento del trabajador o unas normas de entrada claras y justas que no hacen distinción entre candidatos (dentro, de momento, de unos límites geográficos), han contribuido a esta sensación. El momento de la cantinela civilizacional aún parece lejano, si bien algunas de las reacciones surgidas a raíz de la futura entrada de Turquía en la UE (en el caso, claro está, de que Europa cumpla sus compromisos), debieran hacer que nos preguntemos si no nos estaremos acercando a ese peligroso punto en el que el fin comienza a justificar los medios.

Es triste contemplar que, como una rémora del subconsciente de la peor Europa; de la que mandó a Hitler y Napoléon a través de las estepas rusas o de la que esperaba relamiéndose la ruptura del imperio otomano; nuestra laica, libertaria y relajada Europa (o así hemos querido vernos); esa que en las últimas décadas ha tratado de postularse como fuerza global de cambio en el orden internacional frente a la que se mostraba (de nuevo tratamos de percepciones) como religiosa, intervencionista y agresiva América; ha sacado esa vena santurrona y folclórica que los propios estados intentaron suprimir en su relación con la UE. La laica europa ha sido más una unión de objetivos que de folclores: por eso ha funcionado. Pero por lo que parece el folclore siempre contraataca.

En el debate turco nos encontramos entre dos posiciones históricamente muy europeas. Por un lado, la obvia, la de los que quisieran que Turquía no formara parte de la unión en defensa de una supuesta identidad cristiana. A lo que cabría añadir: si nada ha unido y relacionado a las naciones europeas tanto como sus guerras, ¿debiéramos declarar como patrimonio europeo los lugares en los que nos hemos matado en los últimos doce siglos y matarnos de vez en cuando para no olvidarnos de quién somos y de dónde venimos ? Nada ha unido y separado tanto a los europeos como, por este orden y cuando no han ido juntas, las guerras y las religiones de estado; de modo que si es exactitud lo que buscamos en nuestra definición indentitaria debiéramos añadir belica a cristiana y ya de paso hacer notar que nuestro respeto por la vida individual ha sido tan grande en la teoría como inexistente en la práctica, como demuestran los millones de vidas sesgadas en las variopintas contiendas europeas. ¿Es ésta una verdad incómoda? Al contrario, es simplemente falsa. Por primera vez en la historia europea la vida es cara, como demuestra que ninguno de sus estados tenga el derecho a quitarla. Con independencia de lo que el continente europeo fuera en el pasado, la Unión Europea no es ni bélica ni cristiana.

En el polo opuesto del debate, están aquellos que, fieles a la mejor tradición colonizadora europea, argumentan que Turquía debiera entrar en la UE para salvarla del radicalismo islámico. Según este razonamiento la conveniencia de Europa es sólo indirecta y en la medida que se evitará la desestabilización o radicalización de un importante vecino: conviene alejar Oriente y Asia del Bósforo y poner una pared de laicismo y razón que proteja a Europa. Oyendo ciertas declaraciones parece como si, de no entrar en Europa, Turquía fuera a mudarse a otra región; teniendo en cuenta que sin pertecenecer a la Unión Europea ha sido capaz de evitar el radicalismo islámico, ¿qué razones hay para pensar que no pueda seguir evitándolo en el futuro? Así que no asumamos que Oriente cambiará a Turquía; de no entrar en la UE, la laica Turquía tal vez pueda ser el líder regional que ayude a Oriente a seguir evolucionando. Así que no estamos debatiendo una cuestión apocalíptica, sino de intereses.

Nada más lejos de mi intención que idealizar la actual sociedad turca. No es libre, desde luego, una sociedad en la que no se puede debatir sobre el genocidio armenio o en la que no se puede cuestionar la figura de Ataturk o las bonanzas del Kemalismo. Dicho ésto, y especialmente tras las recientes aventuras occidentales de ingeniería social en Oriente Medio, tal vez debiéramos aprender que todo terreno ganado por una sociedad para la democracia es una ganancia y no, como cuando juzgamos otras democracias (al analizar las nuestras siempre somos más benévolos), cada elemento carente un factor de descalificación. La denuncia y la resignación ante las violaciones de los derechos humanos jamás pueden ser parte de la misma ecuación, pero sería conveniente que dejáramos de utilizar las denuncias con fines ulteriores. Hay una gran diferencia entre denunciar que Turquía no respeta los derechos humanos y recordar que ninguna democracia que no lo haga entrará en la Unión Europea, a decir que Turquía no respeta los derechos humanos, pues no respetar los derechos humanos forma parte de la identidad musulmana y ya se sabe que el Islam, desde sus comienzos, etc. etc.

En cuando a la europeidad de Turquía, decir que la antigua Constantinopla, capital durante diez siglos del imperio romano oriental, no pertenece históricamente a Europa es, incluso en un debate tan abstracto y futil como éste, simplemente indefendible. Para quien date la no europeidad de Turquía desde los tiempos otomanos, añadir que muchos antiguos territorios del imperio otomano; todo el mar adriático, desde Eslovenia a Croacia, han entrado con la mayor de las normalidades culturales en la Unión Europea. O que decir del deporte: si el deporte es política para populistas recalificaciones urbanísticas tal vez debiera serlo también para la europeidad de un territorio. Y Turquía, como Israel, juega competiciones europeas. Culturalmente Israel podría ser parte de la UE, otra cosa es que quiera serlo, y lo mismo puede ser dicho de Turquía. No hace falta buscar declaraciones de antiguos presidentes británicos sobre Turquía, tal y como hizo el primer ministro turco Erdogan, para aceptar una europeidad que es muy difícil rebatir.

Claro que todo ésto es dar vueltas al verdadero tema: la religión. Los ciudadanos turcos, que no un estado donde la defensa del laicismo ha llevado incluso a levantamientos por parte del ejército, profesan individualmente una religión diferente a la mayoría de ciudadanos europeos. ¿Supone el Islam un obstáculo insalvable para la vertebración del pensamiento individual democrático? ¿Acaso lo supuso el cristianismo cuando, tras siglos de obstrucción, por fin se separó del estado? Ni siquiera lo supuso en su vertiente católica, en la que hace sólo unas décadas seguía controlando (desde Portugal a Italia pasando por España y América Latina) los resortes de poder del estado. Es una pena que nos olvidemos de que en Europa sufrimos problemas casi idénticos a los del mundo islámico mientras no se separaron la iglesia y estado. No son las religiones, sino los estados, los que deben y pueden garantizar los derechos humanos. ¿Dejaríamos en manos de la jerarquía católica los derechos de los ciudadanos homosexuales o la prevención de la violencia sexista?

Nadie criticará, ni siquiera Turquía, a la UE por establecer unas normas de entrada firmes y justas. Lo que no es permisible para un estado candidato no lo es para otro, pero la demostración de que el verdadero tema no es la apertura de sus puertos en el norte de Chipre o los derechos humanos, es que nuestros líderes políticos no han hablado de como solucionar tan preocupante situación, sino de cuestiones civilizacionales, de que porcentaje de la población está a favor de la entrada de Turquía (se dice que un 20%, lo cual, según las mágicas reglas de la estadística, no significa que el 80% esté en contra) y de lo que piensan el señor Sarkozy, la señora Merkel o el señor Ciudadano D.A. Pie. ¿Y los puertos de Chipre? ¿Y los derechos humanos? Todo lo demás ya debiera de estar superado. La cuestión ya no es si Turquía debiera entrar, sino si cumple con las condiciones de convergencia estipuladas.

Una vez aceptado que la entrada de Turquía en la UE no debiera adquirir tintes apocalípticos, ni a favor ni en contra, sino de intereses, señalemos algunos de los más obvios. El interés de Turquía es claro: entrar en un mercado libre y de garantía de derechos humanos de cerca de una treintena de países y quinientos millones de personas. ¿Y el de Europa? Oyendo a los democristianos uno se pregunta como los mismos que luego se manifiestan indefectiblemente a favor del mercaco libre se escudan en una ambigua cuestión religiosa a la hora de razonar el porqué impedir la entrada de un mercado de más de setenta millones de personas y con una media de edad 20 años más joven que la europea. Los conservadores europeos suelen referirse a sí mismos como liberales económicos: no estaría de más que fueran un poco más consistentes a la hora de demostrarlo.

En cuanto a la presunta diferencia cultural, sugerir que la diferencia, con la aceptación de unas reglas comunes económicas y de derechos humanos, es una ventaja más que un inconveniente. El progreso humano (y especialmente el del individualista occidente) siempre ha estado basado en la diferencia. La diferencia estimula, rompe rutinas, y hace salir del acomodamiento tanto a nivel personal como social. Y todo estos presuntos beneficios potenciales se están arriesgado, no por lo decidido democráticamente tras una exposición de argumentos, sino por una vaga idea de lo que quiere o piensa la población sobre un debate que aún no hemos tenido. No ha habido explicación ni argumentación, sino simple superchería social. ¿Cuándo la Europa de la razón se ha convertido en la Europa de las encuestas de opinión?

El caso turco pone, como el reciente referéndum en Irlanda, pone de manifiesto uno de los grandes problemas de la Europa del futuro: la representatividad. La unanimidad y el consenso está bien en una comunidad de vecinos en la que los intereses de la mayoría nunca pueden superponerse a los intereses de cada uno de los miembros. Pero en una comunidad mayor el consenso puede significar que una pequeña parte de la comunidad tenga secuestrada a la mayoría. Con todos los respetos para los votantes de los líderes antes mencionados, no parece justo que lo que diga una parte de un país importante marque el futuro de toda la Unión.

Creo que éstos son los temas sobre los que deberíamos hablar; no tanto sobre si debe haber más miembros (¿por qué no si se cumplen las normas de convergencia?), sino de cómo hacer Europa una mejor institución y como conseguir, sin invadir las competencias de los estados, que haya una mayor representatividad. Es posible que a Europa sólo le hayan entrado las dudas cuando ha comenzado a preguntarse que era. Unas dudas no sólo legítimas sino incluso necesarias, pues éstas suelen diferenciar al progreso de la huída hacia adelante. Pero una vez hemos reflexionado, ¿qué tal si siguiéramos adelante con la mejor organización internacional creada por el hombre en toda su errática y beligerante historia? Cierto que el listón no estaba muy alto (y la peste Bushónica lo ha seguido bajándolo), pero aún así los logros de la UE en las últimas décadas son innegables. Así que enfrentémonos de una vez a la pregunta a la que toda comunidad tiene que enfrentarse tarde o temprano: ¿qué hacer cuándo no estamos todos de acuerdo? Va ser un proceso difícil con o sin Turquía. Ojalá sea con. Y ojalá dejemos las cantinelas civilizacionales para el lugar del que nunca debieron salir: los libros de historia de la propaganda.

Foto: Hagia Sophia, http://www.byzantines.net/

 

Artículos 2008-2009: Demonia Histérica Colectiva

 

 

La historia no necesita humanizar lo que demoniza. Tal vez porque su utilidad sea tan obvia que no necesite cualidades redentoras; como sí las necesita, por ejemplo, la literatura, que tiene en la humanización de sus demonios la cualidad que justifica su a menudo torpe existencia práctica. Muchos se han preguntado para qué sirve la literatura y han vaticinado mil veces su muerte (en la lápida suele poner «el final de la novela»), mientras que nadie, de momento, se ha preguntado para qué sirve la historia. Y desde esa fortaleza conceptual la historia no tiene porqué comprender, aunque es de agradecer cuando lo hace, sino sólo contar y explicar. Una novela en los que los buenos fueran divinamente buenos y los malos satánicamente malos sería inmediatamente rebajada a la categoría de simple entretenimiento, mientras que, por el contrario, los historiadores pueden no sólo tomar partido, lo cual es inevitable al enfrentarse a un papel en blanco, sino ni siquiera tomarse demasiadas molestias a la hora de explicar las motivaciones de los antagonistas de su personaje estudiado. Ésto no es necesariamente negativo (el análisis histórico es tan minucioso que parece imposible que el estudiado no acabe pareciendo sobrehumano), pero el proceso de deshumanización de la historia y especialmente el de los hechos históricos más negativos de la misma conduce habitualmente a una manipulación e utilización que llamaría peligrosa sino fuera porque los realmente peligrosos son los seres humanos que la manipulan y utilizan. Así que completando la celebérrima frase de Santayana de que «los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla» podríamos añadir «y los que la conocen de forma dogmática a instrumentalizarla.»

     El caso del nazismo y de la segunda guerra mundial es paradigmático. En primer lugar habría que preguntarse si es necesario demonizar, con la justificación de no repetir un proceso similar, a un movimiento que asesinó a millones de personas y convirtió a decenas de millones más en seres vociferantes, gregarios e insensibles al dolor ajeno. Dicha demonización tiene como efecto secundario que a menudo se obvie que el pueblo judío ha sido expulsado de otros lugares (más que por odio racial como atajo de sociedades en crisis a sus riquezas) con procesos similares. Desde los progromos de la Rusia zarista, pasando por la Inquisición española, hay muchas vergüenzas nacionales que el nazismo está ayudando a esconder en la memoria colectiva.

     Se puede argumentar que lo terrible del exterminio nazi fue la deshumanización mediante la cual se llevó a cabo el mismo. La Inquisición, por el contrario, prestaba gran atención al individuo; minuciosa, incluso clínica, especialmente a sus órganos no vitales en un intento de lograr esa confesión que los avances legales habían hecho necesaria antes de la ejecución de un reo. En el nazismo, por el contrario, la imagen que nos viene a la mente no es una de febril religiosidad, sino la de un frío y eficiente matadero. Puede que subconscientemente perdonemos a los inquisidores por locos del mismo modo que condenamos a los nazis por su horrorosa apariencia de cordura. Pero si lo que nos espanta es la forma casi industrial en la que millones de personas murieron en pocos años, ¿qué decir de cómo murieron cientos de miles de japoneses en Hiroshima y Nagasaki en dos días? Y sin embargo, esos asesinatos no viven, parafraseando la famosa frase sobre Pearl Harbour, en la infamia, sino que se suele argumentar que salvaron millones de vidas. En este caso la deshumanización de la muerte no parece ser un problema.

     Pasemos a ejemplos específicos. ¿Cuántas veces ha sido manipulado el apaciguamiento a Hitler por parte de Chamberlain y las potencias aliadas en relación a otras contiendas? Cuando Bush (W.) fue criticado por invadir Irak de forma ilegal, muchos recordaron entonces la política del apaciguamiento y las similitudes con la segunda guerra mundial, argumentando que la ONU estaba actúando como Chamberlain al acordar la paz de Munich en 1938, en la que permitió a Hitler la anexión de los Sudetes, una región de mayoría alemana de Checoslovaquia que se había rebelado, con el apoyo del régimen nazi, contra el gobierno checoslovaco. No se podía apaciguar o negociar con Sadam Hussein, se dijo, del mismo modo que no se podía negociar con Hitler.

     Desde la perspectiva de 2006, ciertamente, el nombre de Hitler y el concepto del apaciguamiento no parecen ir muy bien en la misma frase. Fue una política errónea y rectificada rápidamente. Y fue el propio Chamberlain, por cierto, y no Churchil, como suelen decir algunos ávidos lectores de biografías guerreras, quien cambió de política y declaró la guerra a Alemania cuando ésta se anexionó Checoslovaquia y Polonia. Errónea no tanto por el hecho de que los aliados intentaran apaciguar a Hitler (si alguien necesitaba ser apaciguado ese era Hitler), como por el hecho de que lo hicieran a base de violar el derecho internacional cediendo un territorio de otro estado soberano. Como el policía que tiene bajo su custodia a un violador y le intenta apaciguar y tranquilizar con un par de palmadas y fumando un cigarrillo juntos, el problema comienza cuando incluso sin palmaditas y cigarrillos y llamándole cerdo violador le deja libre. Así que no es el apaciguamiento, sino los métodos utilizados para el mismo los que debieran pasar a la historia como un error político; siendo la relevancia del ejemplo histórico nula en relación a la disensión de gran parte de nuestras sociedades sobre si el mejor modo de acabar con un tirano es destruir a las sociedades que ya han sufrido su mal gobierno.

    Otro ejemplo constantemente utilizado, ahora para deslegitimar a la democracia, es que Hitler fue elegido en las urnas. «¿Chavez? ¿Bush? ¿Aznar? ¿Zapatero? La democracia no siempre tiene razón: Hitler también fue elegido en las urnas.» Hitler fue, efectivamente, elegido en la urnas; elegido para muchas cosas, pero para ninguna de las que hizo. Fue elegido como líder de un partido minoritario y de manera legítima y hábil utilizó ese poder para ganar la mayor influencia posible y en una sociedad fragmentada formar una alianza que bajo la pretensión de tenerle bajo control le hizo presidente del gobierno. Si ésta lógica, aunque habitual, ya es curiosa en otras sociedades (es cierto que los compromisos del poder suelen moderar a los más radicales, si bien a algunos simplemente les abre el apetito), en el caso de la republica de Weimar era especialmente peligroso ya que el canciller tenía poderes especiales para casos de extrema gravedad. Lo que sucedió a partir de aquel momento es el comienzo de la historia de guerras y exterminios de la que llevamos hablando sesenta años. Y en toda esa historia Hitler no sólo no fue refrendado por las urnas en un proceso democrático, sino que su primera acción, un mes antes de ser nombrado canciller, fue utilizar la mencionada cláusula para obtener un poder dictatorial tras el sospechoso incendio del Reichstach. Así que el ejemplo tantas veces utilizado se queda en más bien poco, debiendo más bien ser utilizado cada vez que un gobernante aprovecha el poder obtenido para explotar el sistema y obtener un poder ilegítimo (el gerrymandering de la democracia estadounidense, la delimitación de distritos para maximizar los votos, viene a la memoria) o para criticar aquellos defectos estructurales de un estado que permiten este tipo de abusos.

     La demonización de una figura histórica, ni siquiera la demonización de sus actos, no sólo no lleva a su condena, sino que habitualmente suele ser la otra cara de la impunidad: lo que unos demonizan otros defenderán glorificando. ¿Resultado? Idelizaciones por ambos bandos y pasividad y olvido en el centro. Hagamos un poco de análisis de texto, ¿es acaso la frase «el demonio con cuernos Franco mató a Pablito sin un juicio justo» un ápice más grave que la de que «el dictador Franco mató a Pablito sin un juicio justo»? La manipulación de la historia seguramente lleva a algo mucho peor que su repetición: al estancamiento y a su putrefacción. Y lleva a otro de los grandes principios de la impunidad: al establecimiento de una jerarquía de villanos a través de la cual justificar un mal menor mostrando uno mayor o, en el colmo, cuando se argumenta que un mal menor ha prevenido uno mayor. En una sociedad con garantías legales un mal menor nunca evita, sino que más bien es el camino, hacia uno mayor. Y si la sociedad no proporciona dichas garantías ya no estamos hablando de males menores, sino simplemente del superlativo, único y mayor, de que no las proporcione.

   El horroroso ejemplo del nazismo (por la influencia de las religiones monoteístas en nuestras sociedades parece que no estemos preparados para tener más de un gran Satanás a la vez), ha ayudado a eludir en muchos países el cuestionarse porqué, a la vez que explicando los contextos históricos del momento, no dejamos de contar la historia desde la glorificación de grandes genocidas (grandes militares desde la perspectiva de la época pero necesariamente genocidas desde la nuestra) como nuestro admirado Hernán Cortés. Si seguimos glorificando a los héroes guerreros, escribiendo la historia y las leyendas colectivas de nuestras sociedades en base a ellos, ¿cómo evitar que las guerras se repitan? Si la imaginación colectiva sigue siendo guerrera, ¿cómo no van a serlo los millones de imaginaciones privadas que forman esa imaginación colectiva? Hagamos esfuerzos por explicar los valores de otras épocas, los mismos que debiéramos hacer por explicar como surgieron aberraciones históricas no sólo como el nazismo, sino también como el fascismo, el falangismo o ese campo de concentración de Guantánamo con el que el mal gobernante George W. Bush ha humillado a la democracia más antigua del mundo. O cuánta gente y porqué murió en la conquista española de América o en la conquista occidental de Oriente Medio y Africa perpetuando gobiernos dictatoriales a los que poder manipular y sobornar para asegurar el control de sus recursos naturales. Los hechos son tan tristes y dramáticos que, la verdad, dice más bien poco de nuestros sistemas educativos y del tipo de capacidades análiticas que fomentan que para comprender casos como éstos tengamos que crear héroes y villanos. Especialmente teniendo en cuenta que si la demonización es una llamada a la defensa, el análisis lo es al juicio histórico y legal.

 

 

 

 

 

Foto: http://history1900s.about.com (Hitler and Archbishop Cesare Orsenigo)

Artículos 2008-2009: Cuando las Llaves se Convierten en Cadenas

 


 

1.-El Conocimiento de la Historia para Justificar su Repetición

Probablemente una de las frases más citadas del siglo pasado sea aquella de Jorge Santayana de que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla. En la misma línea, hasta hace unos meses este artículo hubiera tratado sobre los peligros de la ignorancia histórica de la administración Bush y como estaba obligando a la sociedad internacional a repetir una historia que no había olvidado precisamente porque no quería repetirla. Pocos temas han sido más analizados en las últimas décadas que el colonialismo y el círculo vicioso según el cual las sociedades que lo sufren son condenadas, en primer lugar, a la imposición por la fuerza de civilizaciones ajenas y, en segundo, a un retroceso a formas de vida arcaicas que tienen como única virtud la de ser diferentes a las del invasor. Un caso claro sería Irán, liberado de un Shah corrupto, laico y prooccidental, por la teocracia represiva y antioccidental de Jomeini. De modo que la conclusión era clara: Bush repite la historia porque no la conoce.
Últimamente comprobamos que la lectura no es tan fácil. Para empezar, ya no estamos seguros de si organismos internacionales como Naciones Unidas, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional son las herramientas de emancipación nacional que llevan más de medio siglo prometiendo ser o instrumentos de dominación blanda. La guerra de Irak ha hecho estallar definitivamente la nube rosa a través de la que occidente se miraba y que, indefectiblemente, y especialmente tras el final de la guerra fría, le hacía aparecer como el liberador; volviendo a un escenario similar al que creíamos haber concluido con la primera guerra mundial. Hasta entonces las guerras no eran algo a evitar, sino simplemente a legitimar. De manera similar, se ha hablado mucho más de las razones para ir a la guerra de Irak que de cómo podría haberse evitado.
¿Cómo explicar este cambio de tendencia? Decir que los atentados en Nueva York y Washington cambiaron la forma de pensar de los estadounidenses sería un análisis simplista, especialmente teniendo en cuenta que los atentados de Madrid cambiaron la forma de pensar de los españoles en la dirección opuesta. Lo que sí es indudable es que los ataques del once de septiembre dieron un impulso a los sectores más conservadores de la sociedad estadounidense, aquellos que, pasados los momentos de duelo, pudieron decir que «ya lo habían avisado». ¿Pero qué es lo que habían avisado?
Habían avisado de tantas cosas que es difícil saber si acabaron acertando en algo. Hablaron, por ejemplo, de la pérdida de valores de una republica americana cuya situación, curiosamente, compararon con el asedio sufrido por el imperio romano durante las invasiones bárbaras. Un caso típico es el de Pat Buchanan, quien pese a titular uno de sus libros Una República, no un Imperio
, no se cansó de criticar la inmigración ilegal estableciendo paralelismos entre la debilitación del imperio romano y la república americana debido a la asimilación de nuevas gentes venidas del norte en el caso de aquel y del sur en el de ésta. Muchos aficionados a la historia ficción mencionaron como la caída del imperio romano había sido propiciada por la entrada de los bárbaros en los ejércitos imperiales y de como la entrada de hispanos en el ejército de EE.UU. debilitaría la posición de éste con respecto a su mayor enemigo potencial. Sorprendentemente, los Buchanan, O’Reilly o Limbaugh pasaron por alto el paralelismo más evidente: un día el cargo de emperador se hace hereditario y deja de acceder al mismo la persona mejor preparada. El meritocrático sueño americano se ha salvado de momento con Obama y McCain, pero no conviene olvidar que tras la reelección del hijo de presidente y nieto de senador George W. Bush, se habló seriamente de la posibilidad de que le reemplazara su hermano Jeb como candidato del partido republicano, enfrentándose en una hipotética carrera electoral a la esposa de presidente Hillary Clinton.
Otro paralelismo que se establecía era el de la presunta debilidad moral de las nuevas generaciones. Esas generaciones a las que en Estados Unidos se llamó naive (ingenuas) y a las que en España un líder político (Rajoy) se refirió como las del «buen rollito.» Tras la tensión generacional–o excusada en la tensión generacional–hay un ataque frontal contra el ecologismo, el pacifismo y la tolerancia cultural, patrimonios que no son propios de ninguna generación en particular sino de la humanidad en general. ¿Cómo de importantes son estos valores? Tanto que son la ruptura con la historia de la que hablaba Santayana. Un nuevo comienzo en el que los grandes novelistas ya no hablan de las glorias de los generales o dónde los grandes científicos de la época no son aquellos que contribuyen a construir el cañón o la catapulta más potente. Es decir, el siglo de Einstein y no el de Oppenheimer; el de Catch-22 y no el de Guerra y Paz.
En los últimos meses nos estamos haciendo las preguntas equivocadas. La pregunta no es si los sectores más salvajemente retrógrados de nuestras sociedades tienen razón, porque la tienen, sino más bien, ¿qué ha sido de aquel mundo en el que ya no la tendrían y qué entre todos creíamos estar construyendo; un mundo que supondría una ruptura con esa historia que no queríamos repetir y cuyo tema principal ha sido la lucha por el poder de pueblos, naciones y civilizaciones?
Ese ha sido el mayor y más sorprendente triunfo de los neoconservadores americanos. Mucho más allá de la guerra de Irak, a la que habría que llamar preguerra en vista de su posguerra; más allá incluso de la posguerra que ha convertido una región de la importancia de Oriente Medio en el río revuelto que todo pescador grande y monopolista desearía. Su victoria va mucho más allá, llegando incluso al debate intelectual y convirtiendo la rica y diversa sociedad internacional que se intentaba crear en una monotemática y digna de cualquier película (disculpen el eufemismo) del gobernador de California. Ya no hablamos de pobreza y un mejor reparto de los recursos naturales; ya no hay manifestaciones en nuestras ciudades en las reuniones del G-8 o en Davos (¿quién instigaba aquellos altercados que las deslegitimaban y que se presentaban como la regla cuando sólo eran la excepción?); y el antiguo foro de Porto Alegre, por encima de cifras de asistencia, vive instalado en la periferia del pensamiento, convertido en folclórico cuando hace unos años aspiraba a crear cultura. El folclore necesita ser bonito para existir, mientras que la cultura es simplemente necesaria. Ya no necesitamos un mundo mejor: nos basta con pensar que sería bonito. Curiosamente, una cultura y su folclore suelen representar valores opuestos; basta mirar a las tradiciones regionales que son el folclore de nuestra cultura global y tecnológica para comprender que no tiene nada de contradictorio que una cultura cada vez más injusta tolere y promueva un folclore cada vez más utópico.
Se puede sentir nostalgia de lo que uno no ha vivido y yo la siento del artículo que hubiera escrito hace unos años. La preguerra recién terminada, en él me hubiera quejado de que el mundo había caído en manos de unos perfectos inútiles y que la desestabilización de la región y la creación del perfecto caldo de cultivo para Bin Laden y sus secuaces era algo que cualquiera podía prever. Ahora hemos averiguado que hay muchos «cualquiera» trabajando en el Pentágono y que, por lo tanto, ellos también lo sabían. Y no sólo lo sabían, sino que probablemente lo buscaron y que la situación que tenemos hoy en día, lejos de ser fruto de la ignorancia, la improvisación y el desprecio a toda idea de ilustración y civilización; lejos de ser la obra de esa América profunda que tantas veces hemos oído que ha hecho ganar dos elecciones a W. Bush; esa América que se sobrevuela y que une las dos costas y focos de civilización estadounidenses, es más bien fruto de una América estratosférica, una clase poderosísima que parece dispuesta a desestabilizar regiones enteras en aras, no seamos desconfiados, de la seguridad; o, seámoslo, de una explotación de recursos naturales de otros países con menores regulaciones medioambientales y con gobiernos fácilmente corruptibles. Para aquellos que digan que los costes de las guerras son más altos que los beneficios a obtener con dichos recursos naturales, recordar que los beneficios, o gran parte de los mismos, se reparten entre unos pocos, mientras que las guerras las pagan todos los contribuyentes.
Así que bienvenidos al mundo en el que se habla de bloques, civilizaciones, ejes, alianzas y de regiones que son barrios o patios y en el que éste lenguaje no parece un insulto a la inteligencia. En un mundo de miserias, penas, enfermedades, neuras, depresiones y miedos y en el que la vida de cada individuo es infinitamente más rica que la vida política de cualquier estado, nuestros héroes del Pentágono y vecindarios adyacentes de Washington DC han logrado que etiquetas como oriente, árabes, musulmanes, palestinos, terroristas e islamistas tengan vigencia y se utilicen indistintamente. Un mundo regido por un macabro guión titulado repetición de la historia.
Sería fácil decir que los neoconservadores han usurpado este poder de convencernos de que la historia está para repetirse. Llegaron al poder de forma inmerecida y probablemente lo conservaron con ciertas triquiñuelas electrónicas, pero decir que han destrozado la idea de aquel mundo sería obviar que aquel mundo no debía de gozar de muy buena salud si les permitió que se acercaran al poder y que, una vez en él, lo hayan utilizado con tanta efectividad. La aspiración a un mundo más justo también es, desde luego, una repetición de la historia, pero también lo es que el ser humano piensa, siente y vive para evitar que la historia se repita.

  2: La Utilización de la Ideología como Instrumento de Dominación Imperial

Se suele decir que el poder corrompe. ¿Cuántos casos conocemos de personas que acaban convertidos en todo lo contrario a lo que defendían en sus idealistas comienzos? Algo similar sucede con los estados: los morales observadores de ayer se convierten en dominadores de hoy camino al imperio de mañana. Una y otra vez comprobamos como los imperios políticos, habitualmente definidos como firmes instrumentos de dominación, están cimentados en algo tan etéreo como la ideología. Tanto en el caso del país que se convierte en potencia como en el de la persona que pasa a mirar la pirámide social desde arriba, es difícil saber si estamos ante un caso de corrupción de ideales o simplemente de haber apreciado en los mismos la más útil de las herramientas.
La historia está llena de ejemplos de liberadores que de forma casi inmediata se convirten en opresores. Mientras Estados Unidos ayudaba a Cuba a liberarse del yugo del imperio español, ya le estaba tomando las medidas para colocarle el propio. Algo similar le sucedió a Córcega, territorio francés desde que Francia intercedió en favor de los corsos en su insurrección contra la república de Génova. Lo que se presentó como una liberación acabó siendo una cesión, de Génova a Francia en 1768. Así que los nacidos en 1769, entre ellos un tal Napoleón Bonaparte, ya fueron ciudadanos franceses. O como aquellos indígenas de las tierras que hoy conocemos como Méjico, quienes vieron en la llegada de los españoles la oportunidad de independizarse del imperio Azteca, contribuyendo con cientos de miles de hombres a la victoria de Hernán Cortés y los suyos. Tan bravo esfuerzo les valió que su emperador dejara de llamarse Moctezuma y pasara a llamarse Carlos.
La transición de moral observador a dominador se puede explicar, en primer lugar, por la costumbre de seres humanos y pueblos de considerar a todo enemigo de sus enemigos su amigo. Llega un momento en el que la palabra libertad pierde su significado y se limita a significar libertad del dominador del momento, siendo el odio por éste tan fuerte que supera incluso el amor a la propia libertad. A falta de poderse quitar el collar bueno será un cambio; a veces en contra de toda racionalidad pues puede que se esté quitando el de un imperio agotado y decadente para ponerse el de un poder al alza. Éste, por supuesto, se habrá presentado como el idealista observador, un seductor que habla de libertad e ideas, mientras que el otro se asemeja al aburrido marido que sólo habla de impuestos, poder y nombramientos de ministros. Y así es como el país pujante que hasta el momento se encontraba en la periferia del poder y sin verdadero poder decisorio acaba convirtiendo su debilidad en su mayor fortaleza. La periferia es hegemonía cuando se trata de juzgar: puede ser presentada como independencia y neutralidad; o como adhesión a unos valores e ideales que nada tienen que ver con los imperialistas del poder de turno.
Todos los imperios han pasado por esta fase inicial. Defensores de la moral y la legalidad han tenido en la ideología, la civilización y el raciocinio la más potente de las armas frente a sus enemigos. Unos enemigos que quizás tengan un grado de civilización similar en algunas esferas de su sociedad, pero que, llevados por las ansias de expansión, se habrán dejado influir por sus sectores más militaristas. Las armas, que tantas guerras ganan para los imperios, nunca ganan ni la primera ni la última. La primera la han ganado con las ideas y la última la perderán víctimas de las ideas del imperio que viene.
Una vez llegado al poder el que antes ensalzaba la libertad ahora hará todo lo posible por suprimirla. El cristianismo, por ejemplo, fue un firme defensor de la educación laica y de mantener la religión en una esfera estrictamente personal mientras la religión oficial del imperio romano fue el paganismo. Por las noticias que nos llegan en los últimos diecisiete siglos parecen haber variado ligeramente su posición. Así que parece que lo difícil no es defender la libertad, sino defenderla cuando se tiene el poder de decir quien es libre y de qué.
El imperio actual—cada imperio tiene sus códigos de dominación y no es éste el lugar para estudiar los del norteamericano—también nació con grandes dosis de la imprescindible legitimidad moral. Sin necesidad de tener una historia virginal, al fin y al cabo estamos ante una nación que ya había vivido episodios como la esclavitud o la política intervencionista del Gran Garrote de Theodore Roosevelt, Estados Unidos se presentó en el gran escenario de la Primera Guerra Mundial con el aura de idealista observador que, como el Hans Canstorp de la Montaña Mágica de Thomas Mann, duda todo lo humanamente posible antes de involucrarse en la locura del gran mundo que hasta ese momento miraba desde la distancia. Si el héroe de Mann tardó siete, hasta tres años le costó al idealista Woodrow Wilson (de nuevo la aparición del idealismo en los albores del imperio) convencer a sus conciudadanos de que Estados Unidos no podía quedarse al margen de la contienda. Un idealismo que no se limitó a la guerra y se hizo también patente en el tratado de Versalles que puso fin a la misma, al que Wilson llegó con aquellos ambiciosos catorce puntos de los que Clemenceau, el primer ministro francés, comentó: «Dios nos dio los diez mandamientos y no los cumplimos. Ahora Wilson nos da los catorce puntos…¡ya veremos!»  La desilusionada Europa le decía al idealista recién llegado que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.
Menos de un siglo más tarde los papeles se han invertido. ¿Es eso mucho tiempo en la esperanza de vida de un imperio? Teniendo en cuenta lo que han durado otros imperios parece más bien poco. La sabiduría popular ha creado equivalencias entre lo que vive un perro y una persona, así que probemos de hacer lo mismo para obtener la edad de un imperio. Si un ser humano vive una media ochenta años, entonces un imperio vivirá los quinientos sesenta que resultan de multiplicar ochenta por el parámetro perruno-humano-imperial (PHI=7). En vista de lo que han vivido los imperios anteriores no parece del todo desencaminado, aunque todo este juego de números no tiene otro propósito que señalar que, en términos imperiales, Estados Unidos no es más que un adolescente. Parece sorprendente que el país que hace sólo catorce años PHI acudía a limpiar los cadáveres físicos y políticos del jardín de la vieja Europa y que ha hecho del antibelicismo un arte, sea el mismo al que ahora acusamos de inventarse guerras.
Como con un amor que se termina, una de las primeras preguntas que nos hacemos una vez recuperada una cierta capacidad de análisis es: ¿cómo no nos dimos cuenta antes de que se estaba terminando? Sospechábamos que nos era infiel con nuestro mejor amigo, lo cual resultó en que dejáramos a nuestro amigo pero no a ella, y en la cama nos llamaba Henrik, lo cual atribuimos a su gran afición al cine sueco. ¿Suena exagerado? Comparenlo con una autoridad moral que ha cambiado gobiernos democráticos, apoyado a dictaduras y que ha sido el único país de la historia que ha utilizado bombas nucleares en contra de poblaciones civiles. El trauma creado por el nazismo evitó que nos preguntáramos seriamente por aquella curiosa ecuación según la cual las doscientas mil muertes (y cientos de miles de afectados por la radiación) de Hiroshima y Nagasaki ayudaron, en la lógica de los aliados, a evitar muertes. ¿Cómo rebatir entonces los razonamientos de Bush sobre la guerra preventiva si la lógica occidental ha dado por bueno que en un sólo día murieran doscientas mil personas para evitar muertes! Algo estaba fallando en el mejor representante de nuestra civilización y, en consecuencia, algo ha seguido fallando en nuestra civilización.
Les confesaré que aún me queda una última venda imperial que hace que me muestre reticente a hablar en pasado de la legitimidad moral americana. Esa venda es su gran capacidad de autocrítica. Muchos han dicho que Michael Moore, Joseph Stiglitz, Susan Sontag o Edward Said, atacan los valores americanos cuando los simbolizan mucho mejor que Bush y los millones de campesinos con camioneta, rifle y motosierra que, según nos cuentan, le han elegido dos veces. Estados Unidos es el país de la segregación, la esclavitud y el Ku Klux Klan; pero también la sociedad en el que el arresto de una mujer negra, que una mañana de 1955 renunció a ceder su asiento a un pasajero blanco en un autobús, inició un ciclo de boicoteos y manifestaciones que desembocarían en el movimiento de los derechos civiles; sin duda uno de los hitos de la historia de la humanidad, no sólo por su importancia en la sociedad américana sino por la influencia que acabaría teniendo en los más diversos temas—desde la emancipación de la mujer al final del apartheid sudáfricano—, y mostrando el camino a seguir a otras sociedades, las europeas incluídas, en lo que a integración racial se refiere.
Así que la pregunta no es si la sociedad estadounidense ha tenido alguna vez legitimidad moral, sino si le quedan energías para salir del socavón en el que les ha metido la administración Bush. O en el que se habían metido y del que la administración Bush es sólo su ejemplo más claro. De la respuesta depende el futuro de la hegemonía américana, así que algo de decencia y moralidad deben de quedarnos a los seres humanos si, además de una cantidad ingente de armas, necesitamos una dosis de verdad para ser convencidos.



Foto:  Toma de Posesión de Benhamin Harrison, 4 de Marzo 1889, The Library of Congress, American Memory, http://memory.loc.gov/ammem/browse/index.html