Adiós al narcisista en jefe

Narciso gritón toxico

No es fácil librarse de la influencia de un narcisista al que estamos obligados a tratar; tan complicada y agotadora es la tarea que a la todopoderosa democracia estadounidense le han hecho falta unas elecciones ejemplarmente organizadas (pese a los intentos de Trump de desestabilizar el voto por correo); decenas de sentencias en contra del supuesto fraude electoral dictadas por jueces nombrados por ambos partidos; actitudes delictivas por parte de Trump, desde delitos financieros a intentos de extorsionar a funcionarios públicos para que no certificaran las elecciones; una actuación negligente y negacionista en la gestión de la pandemia; un impeachment en el quedó demostrado, por encima de la condena final a la que se negó su propio partido, que su gobierno había condicionado ayuda militar a Ucrania a la apertura de una investigación (o al menos su anuncio) contra el que ya se pronosticaba que iba a ser su rival político más duro: Joe Biden. Y aún no hemos llegado al gran acto final: cuando gritó fraude durante dos meses y envió a una turba enfurecida al Capitolio. Y aún así, algunos le han dado el beneficio de la duda.

La sensación es que muchas cosas podrían haber ido mal, que cualquier error del sistema podría haber propiciado su subversión por parte del narcisista en jefe. O tal vez sea al contrario: cuando se tiene razón algo suele ir bien. O al menos eso nos decimos para armarnos de valor y paciencia al enfrentarnos a este tipo de personajes tóxicos en nuestras vidas, pero ésto tal vez sea un consuelo más que una verdad empírica.

El mayor gobierno de la historia ha tenido serias dificultades para sobreponerse a una persona capaz de asustar a los senadores de su partidos con la amenaza de primarias en los que apoyaría a sus rivales y unas decenas de miles de seguidores violentos capaces de añadir la dimensión física a la intimidación política. Y al final la clave ha estado en una defensa tan simple en la teoría como complicada de lograr en el ambiente tóxico creado por Trump: unas elecciones justas y confiar en que, al ver la luz al final del túnel de la locura, los ciudadanos manifestaran claramente que existen los principios y que la verdad no es una opinión aunque sea opinable.

El gran peligro de un narcisista es su inevitabilidad, el no poder prescindir de ellos. Trump ha sido omnipresente e inevitable, cada ataque tenía en la otra cara de la moneda una defensa, convirtiendo su presidencia en un agotador baile de polarización. ¿Hay que ignorar a los personajes tóxicos? ¿Atacarles para replicar su toxicidad? ¿Estar prestos a una defensa para que su toxicidad no nos corroa? Tal vez la estrategia exitosa sea una combinación de todo lo anterior y de todo aquello que contribuya a la propia supervivencia que no sea a costa de nuestros principios.

Trump tenía la ventaja de su cargo, lo cual no le garantizaba la reelección o que las estructuras del estado obedecieran sus órdenes, pero sí, de nuevo, su inevitabilidad al poder influir en el orden de día de la sociedad moldeando el debate con sus opiniones, aprovechando esta prerogativa para reclamar durante cuatro años un espacio en la mente de cualquier seguidor de la política estadounidense, tanto admiradores como detractores; ha tenido un trocito de nuestras mentes en propiedad y no una parcela cualquiera, sino uno en pleno nucleo del cerebro al estilo de sus céntricas construcciones de Manhattan. Esa parte que debiera haber sido utilizada para prestar atención a cosas que hace cuatro años considerábamos importantes se ha convertido en una chabola en las afueras que visitar de vez en cuando para sobrevivir al trumpanal ruido.

Tienen razón quienes dicen que la suspensión de sus cuentas en redes sociales representa un peligroso precedente para la libertad de expresión; la libertad de expresión es un derecho fundamental que sólo debiera ser acotado cuando choque con otros derechos fundamentales y siempre a través de las leyes legisladas por los gobiernos que votamos y no por empresas privadas que no se someten a elecciones. Si bien ambién es cierto que el llamamiento a la rebelión tuvo un efecto directo en la violencia de las turbas del Capitolio y que una empresa privada, dependiendo de la interpretación, podría tener derecho a elegir a sus clientes, como, por ejemplo, en el caso de los pasteleros de convicciones religiosas que se negaron a cocinar pasteles de boda para parejas homosexuales, por poner un ejemplo que ofende a la parte contraria del espectro político. Hay mucho que debatir y denunciar, pero de momento, el silencio en redes de Trump ha sido como un tratamiento puntual, unas muletas con las que movernos aunque sea con grandes dificultades, una placentera siesta en una hamaca mecidos por la brisa tras cuatro años de ruido y rabia.

Y tras unas semanas llegará el olvido, tan necesario para sobrevivir y que permitirá atacar el daño que Trump ha hecho a la democracia con decisión, nuevas energías y justicia. Hay que estar alerta ante el riesgo de pensar que tampoco fue para tanto. Lo fue y, sobre todo, puede volver a serlo.

Quedan decenas de millones de seguidores de Trump, por mucho que la tendencia sea a la baja, dispuestos a servir de altavoz a sus mentiras, las cuales pueden reaparecer en cualquier momento de duda social y convencer a decenas de millones más para empezar otro ciclo perverso, uno que esta vez contará con la experiencia de estos cuatro años golpistas y que tal vez sepa maximizar lo que podría haber salido mal y minimizar que cuando se tiene razón algo tiene que salir bien. Las mentiras pueden reaparecer en cualquier momento y los narcisistas las defienden con una convicción que hace que parezcan nuevas. Y es posible que el próximo ataque no provenga de alguien tan poco sutil como Trump, sino…ya ven, no hace ni una semana que se fue y ya empezamos a humanizarlo. Hay que desmontar todas las mentiras posibles, porque, no tengan la menor duda, reaparecerán en el peor momento.

Tortuga panza arriba, el ataque de Trump a la democracia

Tradicionalmente, los políticos han atacado las defectos de sus contrincantes; cuando se busca destacar las fortalezas propias, tiene todo el sentido dejar al descubierto las debilidades del rival.  Sin embargo, en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2004, siguiendo los consejos de su asesor Karl Rove, W. Bush atacó la gran fortaleza de su rival John Kerry: su distinguido expediente militar.  Teniendo en cuenta que W. Bush había utilizado las conexiones de su familia para no ir a Vietnam y pasar su supuesto servicio militar en una base de aviones de Texas y que Kerry recibió numerosas condecoraciones por su servicio, no parecía una gran idea sacar precisamente este tema.  Finalmente, la idea resultó tan efectiva como perversa debido a que el objetivo era desacreditar, relativizar y presentar a Kerry como un aprovechado que instrumentalizó y embelleció su historial, sembrando así dudas sobre la brillantez del mismo y presentando visiones alternativas a la oficial.  O dicho de otra manera, para desactivar la verdad con mentiras.

La táctica fue novedosa en lo político, si bien la utilizamos constantemente en nuestras relaciones personales.  No atacamos las debilidades ajenas pues raramente nos molestan; hasta simpatizamos y compadecemos al que las sufre “es buena persona pero a veces tiene mal carácter”; “es inconstante, pero un genio en lo suyo a poco que se aplica”. Lo que atacamos son las virtudes.  Como Bush a Kerry, que se creerá el vecino por tener un coche mejor que el nuestro o ese cargo tan fantástico que nuestro jefe ha logrado con su ilimitada capacidad de hacer la pelota a los de arriba. Atacamos lo que nos parece bueno por mucho que digamos que atacamos lo malo, legitimando esta incongruencia con visiones alternativas que a nuestros ojos conviertan la mentira en una verdad en la que creer. 

Decía Umberto Eco que “Casablanca no es una película, sino muchas, una antología…en la que están todos los arquetipos”; de forma similar se podría decir que Trump es una antología de villanos de película. Incluso aquellas características más propias de un bufón que nos han hecho reír por no llorar durante cuatro años, le hacen aún más fuerte a juzgar por su indestructibilidad.  Anderson Cooper de la CNN dijo en el primer día de la no aceptación golpista de Trump que era una tortuga obesa panza arriba luchando frenética al sol sin darse cuenta de que su presidencia había terminado. Desde ese día en las pesadillas ya no aparecen asesinos con cuchillos, sino tortugas obesas al sol.

Trump ha atacado las instituciones americanas, ha explorado las debilidades de la división como un villano de película de carcajada estruendosa y ha deslegitimado una a una las instituciones atacando las fortalezas de la democracia estadounidense; la separación de poderes, la descentralización, los equilibrios de poder entre las diferentes instituciones, el sistema de primarias de los partidos que posibilita la llegada de nuevas voces a la política al no depender del aparato de los partidos y, por el camino, al aparato del partido republicano que no ha querido verse desplazado en las primarias por esas nuevas voces fieles a Trump. Su perversa maestría en la división es tal que sólo puede deberse al método que se origina tras décadas de ejercer su talento innato para la manipulación; es un Miles Davis con la longevidad y cuidado de Abdul Jabbar.

El bien prevalecerá, nos decimos.  El mundo contra un narcisista, sus feligreses y una parte de los 70 millones de votantes del partido republicano; que precisamente se irá reduciendo según se vaya escenificando el esperpento negacionista de la derrota.  Queremos creer que tras miles de ciclos de noticias calificadas como Fake News, sigue existiendo una verdad superior, la que sentimos cuando el derrotado acepta su derrota y no intenta deslegitimar la victoria del rival, cuando nos inspira para mirar adelante y no hacia atrás a todas las injusticias imaginarias en las que ejercerá su victimismo.

No debemos dejar que nos embauque, ¿pero cómo evitarlo? Hemos aprendido a odiarle, pero no a ignorarle; las estrellas de televisión como él temen mucho más al olvido que al odio. Pensamos que esa verdad prevalecerá por sí sola, pero nos olvidamos de que tal vez no tenga tanto valor para otros y que una verdad desactivada y relativizada deja de serlo; primero deja de ser respetada, luego se convierte en una opinión a tener en cuenta y finalmente se convierte en un intento de Biden de justificar un robo electoral. 

Nuestro esfuerzo argumentando contra la mentira le va prestando validez al ponerla al otro lado de un intercambio de ideas.  Que algo pueda ser argumentado no lo convierte en cierto salvo para aquellos con ganas de creer, pero hay millones de seguidores de Trump que buscan precisamente eso: razones para creer en su líder.  Razones que encontrarán en un bombardeo de datos contradictorios, sacados de contexto e imágenes alteradas para aparentar fraude, así que en un par de semanas ya estarán indignados con el viejo verde Biden que ha querido robar una elección proclamándose vencedor antes de que se agoten todas las posibilidades legales.  Y así es como se vence usando una fortaleza, en este caso la de la victoria democrática garantizada por las instituciones, desactivándola y poniéndola en duda hasta que con el tiempo, dentro del fango ideológico, deje de brillar.

Hemos celebrado la victoria de Biden y a base de comportarnos como personas optimistas nos hemos querido convencer de que lo somos.   No pierdan su optimismo pero si en un día soleado ven una tortuga obesa, sobre todo si está panza arriba, les aconsejo que cambien de acera. Vayan con cuidado cuando alguien quiera explotar sus debilidades, pero, sobre todo, cuando alguien intente desactivar e instrumentalizar sus fortalezas.

La medida de nuestra maldad

 

 

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La medida de la maldad de una sociedad está en las mezquindades que aprende a justificar. Es una esencia oscura, la concentración de sus mayores vergüenzas; donde ninguno de sus miembros llegaría individualmente lo hará la comunidad diluyendo las responsabilidades para que siendo todos culpables no lo sea ninguno. En la noche del seis de febrero, en la que murieron quince inmigrantes por causa de la acción directa de la Guardia Civil, ni el peor de nosotros hubiera negado la asistencia a quien se ahoga, mucho menos disparado al indefenso. Y sin embargo eso es precisamente lo hicimos con la ayuda de nuestras leyes y razones colectivas. Por separado hubiéramos salvado a quince personas, juntos contribuimos a sus muertes. Conviene que examinemos nuestra conformidad con que nuestra decisión colectiva sea tan diferente de la individual.

 

La historia de las maldades sociales reconocidas es breve. Llamamos maldad al momento que podemos separar de sus causas y consecuencias, a aquel que aunque sea el resultado de otros trataremos como uno aislado. A la locura. Pero la actuación constante y continuada de las sociedades impide este aislamiento, iniciando una infinita cadena de justificaciones. Sólo aislaremos las maldades que nos obliguen a reconocer y en una sociedad siempre habrá un justificador de guardia. ¿Hablaríamos de la locura de la burbuja inmobiliaria de haber logrado un aterrizaje suave? Incluso corrigiéndola, hubiéramos encontrado razones para construir sobre ella. Y grado a grado, negro sobre blanco camino al gris, llegaremos a la justificación. Y siendo parte de una cadena de eventos que complicaremos a nuestro antojo nos convenceremos de que es un mal inevitable e incomprensible; e inevitable e incomprensiblemente participaremos en la muerte de seres humanos cuando nuestros barcos no asisten a pateras y cayucos por miedo a las implicaciones legales; e inevitable e incomprensiblemente un guardia civil, cumpliendo órdenes de una cadena de mando que comienza en nuestro voto, disparará material antidisturbios a seres humanos al borde del ahogamiento en aguas gélidas. De nuevo, usted y yo no lo hubiéramos hecho, pero usted y yo lo ordenamos.

 

Debiéramos reflexionar sobre como hemos pasado de considerarnos una nación bienintencionada a convencernos (y pedir a nuestros gobernantes con nuestros votos que nos convenzan) de que ya no podemos permitirnos estas buenas intenciones. No atacar a seres humanos que están muriendo en nuestras costas es, aparentemente, muy caro; cumplir nuestras propias leyes de extranjería inicia, según nos cuentan, una cadena de eventos que nos lleva a la bancarrota. Otra divergencia entre lo personal y lo colectivo; en lo personal las buenas acciones suelen ser una buena y barata estrategia (si tratamos bien al prójimo hay más posibilidades de que el prójimo nos devuelva la gentileza) mientras que en lo colectivo nos hemos convencido de que es una irresponsabilidad. El lujo de las buenas intenciones que no nos podemos permitir, tétrico proyecto de vida el que nos proponen nuestros líderes. La adhesión a nueva alianza de civilizaciones para la que el gobierno al que elegimos con mayoría absoluta ya ha hecho los cambios legales pertinentes: la alianza de los incivilizados que no creen en la existencia de unos derechos universales independientes de la prosperidad económica. Una alianza a la que sólo nos avergonzaremos de pertenecer cuando veamos los países que nos acompañan; aquello que decía Grouxo Marx de no querer pertenecer a un club que nos acepte como socios se debe, principalmente, a que al mirar al resto de miembros del grupo veremos reflejados nuestros peores y no reconocidos defectos.

 

Que un guardia civil cumpla la ley atacando de manera tan grave cualquier conciencia elemental nos muestra el deterioro moral que nos ha acercado, mezquindad a mezquindad, recorte a recorte, hasta este momento de horroroso simbolismo; de la mano de un gobierno que prohibió la asistencia sanitaria a inmigrantes no declarados legales por el estado (ninguna persona es ilegal) en una irresponsable llamada a la xenofobia y a culpar a los más débiles de los recortes sanitarios. Una treta que fue superada gracias a una población madura que no se dejó embaucar y, sobre todo, a unos médicos valientes que se unieron en defensa de una moral superior a la del estado. Una moral que debe tener el que cura, pero de la que parecen poder prescindir aquellos a los que hemos armado para que nos protejan. Una carencia legitimada por la falta de reacción por parte de nuestros líderes políticos ante los abusos, contados pero significativos, por parte de las fuerzas del orden en los últimos años y por unas nuevas leyes de seguridad ciudadana destinadas a blindar la impunidad ante estos abusos.

 

Seis años de crisis económica nos han traído a este punto. Si nuestro espanto ante momentos tan bajos no lo remedia, ¿qué llegaremos a justificar en cinco, diez o quince más? No podemos escondernos. Ya no hay más sitio. No lo hay en la habitación en la que un inmigrante sin papeles murió de tuberculosis en Mallorca al no recibir la atención médica adecuada; no lo hay en la orilla en la que quince seres humanos murieron con la agresiva participación (perdón por el eufemismo) de nuestra sociedad; no lo hay en un estado cadavérico, no tanto por lo recortado, sino por la parcialidad de lo recortado pues demasiados sueldos públicos siguen como si tal cosa mientras la mayoría no tiene más remedio que resignarse a cualquier cosa. Nos han quitado el espacio. De la razón, conciencia, idealismo, protesta, voto e ingenio con la que sepamos recuperarlo dependerá el tipo de sociedad en el que vivamos. O malvivamos, en compañía de las maldades que hayamos aprendido a justificar.

 

 

 

El mapa mental de la corrupción (II): el martillo y el moho

La victoria de Berlusconi el 28 de Marzo de 1994 provocó éste primer porro...(Abril, película de Nanni Moretti)

La indignación con la vida política nunca puede estar exenta de esperanza; de perderla se convierte en un ejercicio de charlatanismo de barra de bar, una actividad tan buena para la salud como estéril en la mejora de las circunstancias criticadas. Seamos positivos, en España al menos tenemos corruptos; opción siempre preferible a aquella otra en la que la corrupción está institucionalizada y lo corrupto es el sistema y no sus miembros. Y es que se puede llegar a ser tan corrupto que ya ni siquiera haga falta serlo, siendo la principal diferencia entre ladrones y corruptos que éstos tratarán de legalizar lo ilegítimo alterando o adaptando las leyes que incumplen.

La corrupción no es falta de moralidad, sino algo mucho más peligroso: es la creación de una moralidad a la medida del corrupto y cuanto más sutil sea su proceder más peligroso será su efecto; paradógicamente, personajes como Berlusconi son más destructivos a corto que en el más ideológico largo plazo y lo más probable es que su influencia acabe en cuanto este simpático personaje y siniestro gobernante desaparezca de la vida pública italiana. Si la corrupción es un cáncer, Berlusconi es uno que saluda y manda besos al médico que se afana por detectarlo. Otros casos menos obvios y menos asociados a un individuo son más peligrosos pues afectan a la vida pública, no con el estruendo del martillo multimillonario y multimedia del dictamagnate italiano, sino con la silenciosa destrucción de una filtración de agua.

Así que, siempre prestos a inventar revolucionarias siglas que no sirvan para casi nada, proponemos el test de detección temprana del corrupto (TDTC). La aplicación es de lo más sencilla: se reconocerá al corrupto antes de que comience el enmohecimiento en que se pasará cantidades ingentes de tiempo tratando de convencer al electorado de que todos los demás también lo son o serían (corruptos) a poco de que tuvieran sus posibilidades y circunstancias; no pudiendo convencer de su honestidad, tratará de convencer de la deshonestidad de las demás alternativas; no pudiendo diferenciarse apelando a la superioridad moral, se igualará a la baja predicando la inferioridad común. Animo a utilizar el TDTC para desconfiar de cualquier candidato o partido que ampare su corrupción en la supuesta falta de moralidad de la política en su conjunto y a llamar al orden a cualquier contertulio o colega de barra que incluya entre sus argumentos el dichoso “todos los políticos son iguales.” De nuevo, la indignación sin esperanza es tan inútil como la vida sin esperanza y decir que todos los políticos son iguales es el camino más corto para que al final lo sean.

Equiparar, tal y como hizo la derecha balear hace cuatro años, las obras supuestamente ilegales realizadas por un ecologista en la pocilga de su finca agrícola con los cientos de millones de euros (cuantifiquemos eso en colegios, universidades, hospitales etc.) malversados por una trama corrupta, es como acusar al que nos ha gorreado una copa (hoy va de tabernas) de ser capaz de vaciarnos la cuenta bancaria y quemarnos la casa a poco que se lo permitamos; o al maleducado que no cede su asiento a una viejecita de ser un Hitler en potencia a la espera de que le demos los controles de una cámara de gas. Y aunque lo fuera, una cosa es que saquemos conclusiones al respecto y otra que el propio Hitler utilice esta corrupción hipotética en su defensa y haga campaña pidiendo el voto en base a la misma.

No pidamos a los partidos que limpien sus listas de imputados, pero sí que nos aseguren que han hecho las investigaciones internas pertinentes para asegurarse de la inocencia de los candidatos que presentan y que, en caso de producirse condenas penales subsiguientes, los máximos responsables expliquen las razones por las que sus conclusiones fueron diferentes a las de la justicia y dimitan a poco que se intuya negligencia. De lo contrario, están mandando el mensaje de que la corrupción está en el partido y no en el candidato y que la pieza culpable es defendida pues se ha limitado a llevar a cabo la tramposa misión encargada por el conjunto.

Así que castiguemos la corrupción con nuestro voto…, nosotros que aún la tenemos.

Internet Arábiga (I): El camino a la plaza

No conozco a nadie que apoye la opresión del pueblo saharaui por parte del estado de Marruecos o la tímida contestación del gobierno español al respecto; me refiero a apoyar, no a justificar, que del deporte olímpico de la justificación con pértiga los ejemplos son infinitos; tal vez frecuente bares y cafeterías progres donde se fomenta elbuenismoa juzgar por las hipercalóricas ensaladillas rusas y la mugre bajo la barra no parece el caso—, pero tampoco conozco a nadie que crea que los mercados financieros sean un ejemplo de justicia que, con las lógicas limitaciones de cualquier organización humana, cumplan su cometido, el cual debiera ser poner el capital de los ahorradores en contacto con las necesidades de financiación de los emprendedores, fomentando así una innovación que, si nos fiamos de las corrientes filosóficas predominantes desde finales del siglo XVIII, contribuirá a la mejora de las condiciones de vida de la sociedad en su conjunto.

Si las autoridades han informado de que la sociedad está para servir a los mercados y no viceversa, agradecería que alguien fuera tan amable de comunicármelo con un cese y desista y, desde la indignación y el cabreo, tal vez me anime a cesar de desistir. Aún no he oído a nadie defender como justas las prebendas (del género latrocínico de la autoprebenda, pues son disfrutadas por los mismos que las conceden) aprobadas por los consejos de administración de unos bancos y cajas españoles que tras ser rescatados con dinero público han atacado a las partes más débiles de nuestra sociedad con leyes enrevesadas e inmorales según las cuales perder una casa que se lleva años pagando no es suficiente penalización y además hay que ser responsable de la depreciación de la misma.

Éstos son algunos ejemplos de casos en los que todos parecemos estar de acuerdo; casos de blanco o negro, del fuerte encarnizándose con el débil ante la pasividad del parlamento—el tema de las hipotecas y la dación en pago pasó por las acomodaticias narices de sus señorías, quienes no consideraron pertinente intervenir—; millones de mensajes intercambiados por correo electrónico, Facebook y Twitter sobre temas de claridad palmaria, todo ello regado con locuaces intoxicaciones de fin de semana. Y todos de acuerdo. Y de acuerdo en que todo parece ir en la dirección opuesta a nuestras convicciones.

Siguiente paso: ¿cuándo vamos a la plaza? Porque según lo visto en Túnez y Egipto conocer el camino a la plaza del pueblo o ciudad es una parte importante de lograr cambiar la sociedad en la dirección ansiada. Vaya, por lo que parece otra cuestión en la que también estamos de acuerdo es en que no vamos a hacer nada al respecto. Como aquellos libros de Elige tu Propia Aventura de nuestra ochentera infancia que tan bien nos prepararon para los amodorrantes e interactivos tiempos modernos, aquí también podemos “Elegir nuestra Propia Excusa”. Del clásico “de todas formas no sirve de nada”, a una cualquiera de las elaboradas fábulas contemporáneas en las que quedará claramente ilustrado que el corrupto e inmoral siempre gana, llegando a la gloriosa frase, esa que nada más pronunciarla debiéramos arrodillarnos avergonzados ante unos dioses de la filosofía que debieran existir sólo sea para que podamos pedirles perdón en casos como éste: “no es tan sencillo”. Minutos después, nuestro Mayo del 68 portátil concluirá con un “hay cosas que no entendemos” directo a ese pequeño corazón revolucionario que todos llevamos dentro.

De modo que empezamos queriendo hacer algo, continuamos autoconvenciéndonos de que no podemos hacer nada, luego nos mortificamos pensando que tal vez no quisiéramos hacer nada de todos modos, para luego exculparnos pensando que no había nada que hacer y que hay muchos intereses en juego y, de nuevo la culpa, de los que tal vez participemos; todo ello sazonado con la salsa de la duda, que es la de pensar al momento siguiente lo contrario que en el momento anterior, convirtiendo el justo e ilustrado proceso de recabar información de fuentes diversas en la forma de cancelar uno a uno y con quirúrgica precisión nuestros pensamientos, acabando de nuevo en el punto de partida unos días más viejos, una decepción más cínicos y un arranque en falso más pasivos.

Así que no se dejen convencer: el camino a la plaza no está bien señalizado…

Créditos Fotográficos: Imagen editada por DFV utilizando las siguientes fotografías originales, Foto 1Foto 2