La medida de nuestra maldad

 

 

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La medida de la maldad de una sociedad está en las mezquindades que aprende a justificar. Es una esencia oscura, la concentración de sus mayores vergüenzas; donde ninguno de sus miembros llegaría individualmente lo hará la comunidad diluyendo las responsabilidades para que siendo todos culpables no lo sea ninguno. En la noche del seis de febrero, en la que murieron quince inmigrantes por causa de la acción directa de la Guardia Civil, ni el peor de nosotros hubiera negado la asistencia a quien se ahoga, mucho menos disparado al indefenso. Y sin embargo eso es precisamente lo hicimos con la ayuda de nuestras leyes y razones colectivas. Por separado hubiéramos salvado a quince personas, juntos contribuimos a sus muertes. Conviene que examinemos nuestra conformidad con que nuestra decisión colectiva sea tan diferente de la individual.

 

La historia de las maldades sociales reconocidas es breve. Llamamos maldad al momento que podemos separar de sus causas y consecuencias, a aquel que aunque sea el resultado de otros trataremos como uno aislado. A la locura. Pero la actuación constante y continuada de las sociedades impide este aislamiento, iniciando una infinita cadena de justificaciones. Sólo aislaremos las maldades que nos obliguen a reconocer y en una sociedad siempre habrá un justificador de guardia. ¿Hablaríamos de la locura de la burbuja inmobiliaria de haber logrado un aterrizaje suave? Incluso corrigiéndola, hubiéramos encontrado razones para construir sobre ella. Y grado a grado, negro sobre blanco camino al gris, llegaremos a la justificación. Y siendo parte de una cadena de eventos que complicaremos a nuestro antojo nos convenceremos de que es un mal inevitable e incomprensible; e inevitable e incomprensiblemente participaremos en la muerte de seres humanos cuando nuestros barcos no asisten a pateras y cayucos por miedo a las implicaciones legales; e inevitable e incomprensiblemente un guardia civil, cumpliendo órdenes de una cadena de mando que comienza en nuestro voto, disparará material antidisturbios a seres humanos al borde del ahogamiento en aguas gélidas. De nuevo, usted y yo no lo hubiéramos hecho, pero usted y yo lo ordenamos.

 

Debiéramos reflexionar sobre como hemos pasado de considerarnos una nación bienintencionada a convencernos (y pedir a nuestros gobernantes con nuestros votos que nos convenzan) de que ya no podemos permitirnos estas buenas intenciones. No atacar a seres humanos que están muriendo en nuestras costas es, aparentemente, muy caro; cumplir nuestras propias leyes de extranjería inicia, según nos cuentan, una cadena de eventos que nos lleva a la bancarrota. Otra divergencia entre lo personal y lo colectivo; en lo personal las buenas acciones suelen ser una buena y barata estrategia (si tratamos bien al prójimo hay más posibilidades de que el prójimo nos devuelva la gentileza) mientras que en lo colectivo nos hemos convencido de que es una irresponsabilidad. El lujo de las buenas intenciones que no nos podemos permitir, tétrico proyecto de vida el que nos proponen nuestros líderes. La adhesión a nueva alianza de civilizaciones para la que el gobierno al que elegimos con mayoría absoluta ya ha hecho los cambios legales pertinentes: la alianza de los incivilizados que no creen en la existencia de unos derechos universales independientes de la prosperidad económica. Una alianza a la que sólo nos avergonzaremos de pertenecer cuando veamos los países que nos acompañan; aquello que decía Grouxo Marx de no querer pertenecer a un club que nos acepte como socios se debe, principalmente, a que al mirar al resto de miembros del grupo veremos reflejados nuestros peores y no reconocidos defectos.

 

Que un guardia civil cumpla la ley atacando de manera tan grave cualquier conciencia elemental nos muestra el deterioro moral que nos ha acercado, mezquindad a mezquindad, recorte a recorte, hasta este momento de horroroso simbolismo; de la mano de un gobierno que prohibió la asistencia sanitaria a inmigrantes no declarados legales por el estado (ninguna persona es ilegal) en una irresponsable llamada a la xenofobia y a culpar a los más débiles de los recortes sanitarios. Una treta que fue superada gracias a una población madura que no se dejó embaucar y, sobre todo, a unos médicos valientes que se unieron en defensa de una moral superior a la del estado. Una moral que debe tener el que cura, pero de la que parecen poder prescindir aquellos a los que hemos armado para que nos protejan. Una carencia legitimada por la falta de reacción por parte de nuestros líderes políticos ante los abusos, contados pero significativos, por parte de las fuerzas del orden en los últimos años y por unas nuevas leyes de seguridad ciudadana destinadas a blindar la impunidad ante estos abusos.

 

Seis años de crisis económica nos han traído a este punto. Si nuestro espanto ante momentos tan bajos no lo remedia, ¿qué llegaremos a justificar en cinco, diez o quince más? No podemos escondernos. Ya no hay más sitio. No lo hay en la habitación en la que un inmigrante sin papeles murió de tuberculosis en Mallorca al no recibir la atención médica adecuada; no lo hay en la orilla en la que quince seres humanos murieron con la agresiva participación (perdón por el eufemismo) de nuestra sociedad; no lo hay en un estado cadavérico, no tanto por lo recortado, sino por la parcialidad de lo recortado pues demasiados sueldos públicos siguen como si tal cosa mientras la mayoría no tiene más remedio que resignarse a cualquier cosa. Nos han quitado el espacio. De la razón, conciencia, idealismo, protesta, voto e ingenio con la que sepamos recuperarlo dependerá el tipo de sociedad en el que vivamos. O malvivamos, en compañía de las maldades que hayamos aprendido a justificar.

 

 

 

Artículos 2008-2009: El Caso Turco y el Folclore Civilizacional

Una cierta legitimidad moral es necesaria para cualquier fuerza política emergente, razón por la cual todos los imperios han conquistado en nombre de la civilización y el progreso. No ha existido, afortunadamente, el imperio que haya conquistado en nombre de la crueldad y la sangre de inocentes; ni tampoco, desgraciadamente, el que lo haya hecho bombardeando libros o amenazando a sus enemigos con partituras de música enrolladas. Con ésto no quiero decir que la legitimidad moral siempre sea el embrión de un imperio o una hipócrita excusa para la dominación, sino simplemente que hay un punto en la carrera imperial en el que la civilización se convierte en una simple cantinela para conseguir unos fines.

Es difícil decir con exactitud cuando Estados Unidos pasó este punto clave. Entró en las dos guerras mundiales de manera reticente y frente a la oposición de gran parte de su población—por aquel entonces, curiosamente, los idealistas eran los que abogaban por la necesidad de intervenir y los pragmáticos los que apuntaban a la conveniencia de no inmiscuirse en los asuntos ajenos—, y aunque se benefició económicamente de ambas, éstos beneficios parecen más una consecuencia que una motivación. Tal vez fue sólo durante la segunda guerra mundial, con sus vergonzosos bombardeos nucleares y la posterior e inquisitorial lucha contra el comunismo, cuando los fines comenzaron abiertamente a justificar los medios, iniciándose una etapa de intervencionismo que ha tenido en Vietnam uno de sus episodios principales y en la sangrienta postguerra de Iraq, esperemos, su epílogo.

El progreso de la Unión Europea también ha estado basado en una aparente legitimidad moral. De momento sus miembros han visto a la UE como un factor de potenciación más que de supresión y algunos de sus pilares clave, como la libertad de movimiento del trabajador o unas normas de entrada claras y justas que no hacen distinción entre candidatos (dentro, de momento, de unos límites geográficos), han contribuido a esta sensación. El momento de la cantinela civilizacional aún parece lejano, si bien algunas de las reacciones surgidas a raíz de la futura entrada de Turquía en la UE (en el caso, claro está, de que Europa cumpla sus compromisos), debieran hacer que nos preguntemos si no nos estaremos acercando a ese peligroso punto en el que el fin comienza a justificar los medios.

Es triste contemplar que, como una rémora del subconsciente de la peor Europa; de la que mandó a Hitler y Napoléon a través de las estepas rusas o de la que esperaba relamiéndose la ruptura del imperio otomano; nuestra laica, libertaria y relajada Europa (o así hemos querido vernos); esa que en las últimas décadas ha tratado de postularse como fuerza global de cambio en el orden internacional frente a la que se mostraba (de nuevo tratamos de percepciones) como religiosa, intervencionista y agresiva América; ha sacado esa vena santurrona y folclórica que los propios estados intentaron suprimir en su relación con la UE. La laica europa ha sido más una unión de objetivos que de folclores: por eso ha funcionado. Pero por lo que parece el folclore siempre contraataca.

En el debate turco nos encontramos entre dos posiciones históricamente muy europeas. Por un lado, la obvia, la de los que quisieran que Turquía no formara parte de la unión en defensa de una supuesta identidad cristiana. A lo que cabría añadir: si nada ha unido y relacionado a las naciones europeas tanto como sus guerras, ¿debiéramos declarar como patrimonio europeo los lugares en los que nos hemos matado en los últimos doce siglos y matarnos de vez en cuando para no olvidarnos de quién somos y de dónde venimos ? Nada ha unido y separado tanto a los europeos como, por este orden y cuando no han ido juntas, las guerras y las religiones de estado; de modo que si es exactitud lo que buscamos en nuestra definición indentitaria debiéramos añadir belica a cristiana y ya de paso hacer notar que nuestro respeto por la vida individual ha sido tan grande en la teoría como inexistente en la práctica, como demuestran los millones de vidas sesgadas en las variopintas contiendas europeas. ¿Es ésta una verdad incómoda? Al contrario, es simplemente falsa. Por primera vez en la historia europea la vida es cara, como demuestra que ninguno de sus estados tenga el derecho a quitarla. Con independencia de lo que el continente europeo fuera en el pasado, la Unión Europea no es ni bélica ni cristiana.

En el polo opuesto del debate, están aquellos que, fieles a la mejor tradición colonizadora europea, argumentan que Turquía debiera entrar en la UE para salvarla del radicalismo islámico. Según este razonamiento la conveniencia de Europa es sólo indirecta y en la medida que se evitará la desestabilización o radicalización de un importante vecino: conviene alejar Oriente y Asia del Bósforo y poner una pared de laicismo y razón que proteja a Europa. Oyendo ciertas declaraciones parece como si, de no entrar en Europa, Turquía fuera a mudarse a otra región; teniendo en cuenta que sin pertecenecer a la Unión Europea ha sido capaz de evitar el radicalismo islámico, ¿qué razones hay para pensar que no pueda seguir evitándolo en el futuro? Así que no asumamos que Oriente cambiará a Turquía; de no entrar en la UE, la laica Turquía tal vez pueda ser el líder regional que ayude a Oriente a seguir evolucionando. Así que no estamos debatiendo una cuestión apocalíptica, sino de intereses.

Nada más lejos de mi intención que idealizar la actual sociedad turca. No es libre, desde luego, una sociedad en la que no se puede debatir sobre el genocidio armenio o en la que no se puede cuestionar la figura de Ataturk o las bonanzas del Kemalismo. Dicho ésto, y especialmente tras las recientes aventuras occidentales de ingeniería social en Oriente Medio, tal vez debiéramos aprender que todo terreno ganado por una sociedad para la democracia es una ganancia y no, como cuando juzgamos otras democracias (al analizar las nuestras siempre somos más benévolos), cada elemento carente un factor de descalificación. La denuncia y la resignación ante las violaciones de los derechos humanos jamás pueden ser parte de la misma ecuación, pero sería conveniente que dejáramos de utilizar las denuncias con fines ulteriores. Hay una gran diferencia entre denunciar que Turquía no respeta los derechos humanos y recordar que ninguna democracia que no lo haga entrará en la Unión Europea, a decir que Turquía no respeta los derechos humanos, pues no respetar los derechos humanos forma parte de la identidad musulmana y ya se sabe que el Islam, desde sus comienzos, etc. etc.

En cuando a la europeidad de Turquía, decir que la antigua Constantinopla, capital durante diez siglos del imperio romano oriental, no pertenece históricamente a Europa es, incluso en un debate tan abstracto y futil como éste, simplemente indefendible. Para quien date la no europeidad de Turquía desde los tiempos otomanos, añadir que muchos antiguos territorios del imperio otomano; todo el mar adriático, desde Eslovenia a Croacia, han entrado con la mayor de las normalidades culturales en la Unión Europea. O que decir del deporte: si el deporte es política para populistas recalificaciones urbanísticas tal vez debiera serlo también para la europeidad de un territorio. Y Turquía, como Israel, juega competiciones europeas. Culturalmente Israel podría ser parte de la UE, otra cosa es que quiera serlo, y lo mismo puede ser dicho de Turquía. No hace falta buscar declaraciones de antiguos presidentes británicos sobre Turquía, tal y como hizo el primer ministro turco Erdogan, para aceptar una europeidad que es muy difícil rebatir.

Claro que todo ésto es dar vueltas al verdadero tema: la religión. Los ciudadanos turcos, que no un estado donde la defensa del laicismo ha llevado incluso a levantamientos por parte del ejército, profesan individualmente una religión diferente a la mayoría de ciudadanos europeos. ¿Supone el Islam un obstáculo insalvable para la vertebración del pensamiento individual democrático? ¿Acaso lo supuso el cristianismo cuando, tras siglos de obstrucción, por fin se separó del estado? Ni siquiera lo supuso en su vertiente católica, en la que hace sólo unas décadas seguía controlando (desde Portugal a Italia pasando por España y América Latina) los resortes de poder del estado. Es una pena que nos olvidemos de que en Europa sufrimos problemas casi idénticos a los del mundo islámico mientras no se separaron la iglesia y estado. No son las religiones, sino los estados, los que deben y pueden garantizar los derechos humanos. ¿Dejaríamos en manos de la jerarquía católica los derechos de los ciudadanos homosexuales o la prevención de la violencia sexista?

Nadie criticará, ni siquiera Turquía, a la UE por establecer unas normas de entrada firmes y justas. Lo que no es permisible para un estado candidato no lo es para otro, pero la demostración de que el verdadero tema no es la apertura de sus puertos en el norte de Chipre o los derechos humanos, es que nuestros líderes políticos no han hablado de como solucionar tan preocupante situación, sino de cuestiones civilizacionales, de que porcentaje de la población está a favor de la entrada de Turquía (se dice que un 20%, lo cual, según las mágicas reglas de la estadística, no significa que el 80% esté en contra) y de lo que piensan el señor Sarkozy, la señora Merkel o el señor Ciudadano D.A. Pie. ¿Y los puertos de Chipre? ¿Y los derechos humanos? Todo lo demás ya debiera de estar superado. La cuestión ya no es si Turquía debiera entrar, sino si cumple con las condiciones de convergencia estipuladas.

Una vez aceptado que la entrada de Turquía en la UE no debiera adquirir tintes apocalípticos, ni a favor ni en contra, sino de intereses, señalemos algunos de los más obvios. El interés de Turquía es claro: entrar en un mercado libre y de garantía de derechos humanos de cerca de una treintena de países y quinientos millones de personas. ¿Y el de Europa? Oyendo a los democristianos uno se pregunta como los mismos que luego se manifiestan indefectiblemente a favor del mercaco libre se escudan en una ambigua cuestión religiosa a la hora de razonar el porqué impedir la entrada de un mercado de más de setenta millones de personas y con una media de edad 20 años más joven que la europea. Los conservadores europeos suelen referirse a sí mismos como liberales económicos: no estaría de más que fueran un poco más consistentes a la hora de demostrarlo.

En cuanto a la presunta diferencia cultural, sugerir que la diferencia, con la aceptación de unas reglas comunes económicas y de derechos humanos, es una ventaja más que un inconveniente. El progreso humano (y especialmente el del individualista occidente) siempre ha estado basado en la diferencia. La diferencia estimula, rompe rutinas, y hace salir del acomodamiento tanto a nivel personal como social. Y todo estos presuntos beneficios potenciales se están arriesgado, no por lo decidido democráticamente tras una exposición de argumentos, sino por una vaga idea de lo que quiere o piensa la población sobre un debate que aún no hemos tenido. No ha habido explicación ni argumentación, sino simple superchería social. ¿Cuándo la Europa de la razón se ha convertido en la Europa de las encuestas de opinión?

El caso turco pone, como el reciente referéndum en Irlanda, pone de manifiesto uno de los grandes problemas de la Europa del futuro: la representatividad. La unanimidad y el consenso está bien en una comunidad de vecinos en la que los intereses de la mayoría nunca pueden superponerse a los intereses de cada uno de los miembros. Pero en una comunidad mayor el consenso puede significar que una pequeña parte de la comunidad tenga secuestrada a la mayoría. Con todos los respetos para los votantes de los líderes antes mencionados, no parece justo que lo que diga una parte de un país importante marque el futuro de toda la Unión.

Creo que éstos son los temas sobre los que deberíamos hablar; no tanto sobre si debe haber más miembros (¿por qué no si se cumplen las normas de convergencia?), sino de cómo hacer Europa una mejor institución y como conseguir, sin invadir las competencias de los estados, que haya una mayor representatividad. Es posible que a Europa sólo le hayan entrado las dudas cuando ha comenzado a preguntarse que era. Unas dudas no sólo legítimas sino incluso necesarias, pues éstas suelen diferenciar al progreso de la huída hacia adelante. Pero una vez hemos reflexionado, ¿qué tal si siguiéramos adelante con la mejor organización internacional creada por el hombre en toda su errática y beligerante historia? Cierto que el listón no estaba muy alto (y la peste Bushónica lo ha seguido bajándolo), pero aún así los logros de la UE en las últimas décadas son innegables. Así que enfrentémonos de una vez a la pregunta a la que toda comunidad tiene que enfrentarse tarde o temprano: ¿qué hacer cuándo no estamos todos de acuerdo? Va ser un proceso difícil con o sin Turquía. Ojalá sea con. Y ojalá dejemos las cantinelas civilizacionales para el lugar del que nunca debieron salir: los libros de historia de la propaganda.

Foto: Hagia Sophia, http://www.byzantines.net/

 

Artículos 2008-2009: Obama y McCain en el Año previo al Bushileum (20-E-09)

 

 

Habrán sido ocho largos años. Tan largos que llegaremos incluso a preguntarnos si realmente lo fueron tanto o si fuimos víctimas de un histrionismo conspiranoico que nos impidió mirar a las cosas con un poco de paciencia. Y es que incluso quien ha privado a media humanidad (su país incluído) de derechos, tendrá derecho al inmenso beneficio de la nostalgia. Cuando el 20 de Enero de 2009 el más incompetente de los presidentes (seamos piadosos y démosle el beneficio de la no-duda sobre su incompetencia: en caso contrario nos veríamos obligados a preguntarnos si es algo peor), pase el testigo a un nuevo gobernante; ese día, el del Bushileum, pensaremos en W. Bush como se piensa en los exámenes del colegio. No hay ningún club tan poco selectivo como el de nuestras nostalgias: para tener nostalgia de la infelicidad basta algo tan sencillo como que sea pasada. Y afortunadamente W. Bush y todo lo que representa está a punto de convertirse en pasado: 20-E-2009, ¡Bushileum!

     Hagamos balance: el actual presidente de Estados Unidos ha deslegitimado todas y cada una de las organizaciones internacionales. El espíritu de Bretton Woods (conferencia de la que salieron las principales organizaciones monetarias occidentales) llevaba décadas agonizando, así que es difícil saber si la actuación de la administración Bush ha sido un acto de piedad o de crueldad: un asesinato o un degüello. Incluso la ONU tuvo que resucitar para que Bush pudiera matarla; resucitó cuando algunas naciones actuaron con dignidad antes de la guerra; una dignidad que hizo aún más sangrante la indignidad de que sus voces no fueran escuchadas. O lo que es peor: que fueran escuchadas e ignoradas. Con la perspectiva del tiempo, produce rubor recordar algunas de las tretas utilizadas para deslegitimar a una unión de naciones que representa a más cinco mil millones de personas. Recordar, por ejemplo, aquella que trataba sobre la corrupción de su secretario general; como si ésta, incluso de ser cierta, tuviera la menor relevancia a la hora de ignorar a la organización. Algunos insignes comentaristas debieran sentir vergüenza, no ya de haberse equivocado, sino del entusiasmo con el que jugaron su siniestro papel.

      En vista del desastre posterior, ¿logró la ONU una victoria moral? En cualquier caso tan moral como inútil. Si la ONU fuera un poeta, la posteridad la recordaría como la gran ganadora de la contienda de Iraq, pero para una organización política las victorias morales son derrotas. De modo que en el futuro deberá ser reformada, bien para reforzarla y así evitar nuevos secuestros, bien para debilitarla y evitar, quitándole poder para ser instrumentalizada, que su secuestro sea el de toda la comunidad internacional.

     ¿Cómo explicar el fracaso de W. Bush? Ante todo, el candidato elegido no tenía la menor cualificación. Recordemos que su gran virtud, aquella que repitió machaconamente durante la campaña del 2000, fue la de devolver la integridad al despacho oval; una definición que en aquella época venía a significar que no tendría aventuras sexuales con becarias. El pecado original no fue el fraude de las elecciones del 2000, sino que alguien como W. Bush se acercara a la presidencia. Que ganara a un buen candidato como Gore o que revalidara ante uno malo como Kerry no es tan importante como el que su partido le eligiera, sin la menor cualificación, sobre un excelente candidato como el senador por Arizona John McCain. Se suele hacer política ficción sobre cómo hubiera sido el mundo si Gore hubiera sido presidente, ¿y si McCain hubiera sido el candidato por el partido republicano? El hecho de que McCain sea el candidato republicano para las próximas elecciones demuestra que los que merecen segundas oportunidades (el mundo la merece tanto como McCain) habitualmente las reciben.

     El que McCain haya sido elegido como candidato del partido republicano nos ahorrará terribles y retrogrados debates religiosos o mentiras interesadas para no ofender al votante ultraconservador. Una carrera electoral entre Obama y McCain, especialmente si logran mantener una cierta cordialidad dentro de la competetividad lógica de unas elecciones, será un espectáculo que nos reconciliará con la idea de que la política es algo más que un analísis de tendencias, encuestas o decir lo que la gente quiere oír.

     Éstos dos candidatos en particular representan las dos cualidades positivas a las que se debiera recurrir en tiempos difíciles; el dorado medio de las dos reacciones extremas típicas de los momentos de crisis, que son la huída hacia adelante (“cambiemos los que somos”) y el retorno a la tradición (“volvamos a lo que realmente somos”). La mayoría de revoluciones socialistas son ejemplo de lo primero y la mayoría de revoluciones en el mundo islámico de lo segundo. Obama y McCain pueden ser, aunque diferentes, buenas medicinas para el enfermo. El primero significaría un cambio esperanzador; por no haber sido, por ejemplo, parte de la dividida generación de la guerra del Vietnam; mientras que McCain, veterano de dicha guerra, supondría, por su independiente trayectoria como senador, esa recuperación de valores positivos previa a todo gran cambio. Como sociedad, Obama significaría la mirada hacia adelante antes de dar el paso en la misma dirección, mientras que McCain sería la mirada hacia atrás (o más bien hacia adentro, a la esencia del país) antes de dicho paso. Frente a la huída y tradición antes mencionada, Obama y McCain representan, respectivamente, evolución e identidad.

     ¿Quién cambiaría más cosas como presidente? Puede que el viejo McCain acabara siendo más revolucionario (por las connotaciones negativas de la palabra revolución digamos más bien evolucionario) que el joven Obama. Pero del mismo modo que el gran pecado original de la sociedad estadounidense fue que Bush se acercara a la Casa Blanca, también será la gran absolución que éstos dos candidatos hayan hecho lo propio. Tras preguntarnos durante ocho años “¿qué esperar de un presidente tan terrible?”; la pregunta será durante unos meses, “¿que no esperar de dos candidatos tan distintos pero a la vez tan competentes?” Dos buenos puntos de partida. Su presidencia, por supuesto, dependerá de otras cosas, pero esta carrera presidencial es el premio a la esperanza en el caso de Obama y al servicio a la nación en el de McCain.. El mérito (no carente de esperanza) de McCain frente a la esperanza (no carente de mérito) de Obama. Mérito y esperanza: dos de los valores que mejor definen a la sociedad estadounidense (una forma de juzgar a las sociedades es por como se ven a sí mismas) y que han estado especialmente ausentes en la presidencia del presidente George Walker Bush.

 

 

 

 

     Foto: El Senador Jefferson Colapsa, www.americanrhetoric.com

Artículos 2008-2009: Cuando las Llaves se Convierten en Cadenas

 


 

1.-El Conocimiento de la Historia para Justificar su Repetición

Probablemente una de las frases más citadas del siglo pasado sea aquella de Jorge Santayana de que los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla. En la misma línea, hasta hace unos meses este artículo hubiera tratado sobre los peligros de la ignorancia histórica de la administración Bush y como estaba obligando a la sociedad internacional a repetir una historia que no había olvidado precisamente porque no quería repetirla. Pocos temas han sido más analizados en las últimas décadas que el colonialismo y el círculo vicioso según el cual las sociedades que lo sufren son condenadas, en primer lugar, a la imposición por la fuerza de civilizaciones ajenas y, en segundo, a un retroceso a formas de vida arcaicas que tienen como única virtud la de ser diferentes a las del invasor. Un caso claro sería Irán, liberado de un Shah corrupto, laico y prooccidental, por la teocracia represiva y antioccidental de Jomeini. De modo que la conclusión era clara: Bush repite la historia porque no la conoce.
Últimamente comprobamos que la lectura no es tan fácil. Para empezar, ya no estamos seguros de si organismos internacionales como Naciones Unidas, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional son las herramientas de emancipación nacional que llevan más de medio siglo prometiendo ser o instrumentos de dominación blanda. La guerra de Irak ha hecho estallar definitivamente la nube rosa a través de la que occidente se miraba y que, indefectiblemente, y especialmente tras el final de la guerra fría, le hacía aparecer como el liberador; volviendo a un escenario similar al que creíamos haber concluido con la primera guerra mundial. Hasta entonces las guerras no eran algo a evitar, sino simplemente a legitimar. De manera similar, se ha hablado mucho más de las razones para ir a la guerra de Irak que de cómo podría haberse evitado.
¿Cómo explicar este cambio de tendencia? Decir que los atentados en Nueva York y Washington cambiaron la forma de pensar de los estadounidenses sería un análisis simplista, especialmente teniendo en cuenta que los atentados de Madrid cambiaron la forma de pensar de los españoles en la dirección opuesta. Lo que sí es indudable es que los ataques del once de septiembre dieron un impulso a los sectores más conservadores de la sociedad estadounidense, aquellos que, pasados los momentos de duelo, pudieron decir que “ya lo habían avisado”. ¿Pero qué es lo que habían avisado?
Habían avisado de tantas cosas que es difícil saber si acabaron acertando en algo. Hablaron, por ejemplo, de la pérdida de valores de una republica americana cuya situación, curiosamente, compararon con el asedio sufrido por el imperio romano durante las invasiones bárbaras. Un caso típico es el de Pat Buchanan, quien pese a titular uno de sus libros Una República, no un Imperio
, no se cansó de criticar la inmigración ilegal estableciendo paralelismos entre la debilitación del imperio romano y la república americana debido a la asimilación de nuevas gentes venidas del norte en el caso de aquel y del sur en el de ésta. Muchos aficionados a la historia ficción mencionaron como la caída del imperio romano había sido propiciada por la entrada de los bárbaros en los ejércitos imperiales y de como la entrada de hispanos en el ejército de EE.UU. debilitaría la posición de éste con respecto a su mayor enemigo potencial. Sorprendentemente, los Buchanan, O’Reilly o Limbaugh pasaron por alto el paralelismo más evidente: un día el cargo de emperador se hace hereditario y deja de acceder al mismo la persona mejor preparada. El meritocrático sueño americano se ha salvado de momento con Obama y McCain, pero no conviene olvidar que tras la reelección del hijo de presidente y nieto de senador George W. Bush, se habló seriamente de la posibilidad de que le reemplazara su hermano Jeb como candidato del partido republicano, enfrentándose en una hipotética carrera electoral a la esposa de presidente Hillary Clinton.
Otro paralelismo que se establecía era el de la presunta debilidad moral de las nuevas generaciones. Esas generaciones a las que en Estados Unidos se llamó naive (ingenuas) y a las que en España un líder político (Rajoy) se refirió como las del “buen rollito.” Tras la tensión generacional–o excusada en la tensión generacional–hay un ataque frontal contra el ecologismo, el pacifismo y la tolerancia cultural, patrimonios que no son propios de ninguna generación en particular sino de la humanidad en general. ¿Cómo de importantes son estos valores? Tanto que son la ruptura con la historia de la que hablaba Santayana. Un nuevo comienzo en el que los grandes novelistas ya no hablan de las glorias de los generales o dónde los grandes científicos de la época no son aquellos que contribuyen a construir el cañón o la catapulta más potente. Es decir, el siglo de Einstein y no el de Oppenheimer; el de Catch-22 y no el de Guerra y Paz.
En los últimos meses nos estamos haciendo las preguntas equivocadas. La pregunta no es si los sectores más salvajemente retrógrados de nuestras sociedades tienen razón, porque la tienen, sino más bien, ¿qué ha sido de aquel mundo en el que ya no la tendrían y qué entre todos creíamos estar construyendo; un mundo que supondría una ruptura con esa historia que no queríamos repetir y cuyo tema principal ha sido la lucha por el poder de pueblos, naciones y civilizaciones?
Ese ha sido el mayor y más sorprendente triunfo de los neoconservadores americanos. Mucho más allá de la guerra de Irak, a la que habría que llamar preguerra en vista de su posguerra; más allá incluso de la posguerra que ha convertido una región de la importancia de Oriente Medio en el río revuelto que todo pescador grande y monopolista desearía. Su victoria va mucho más allá, llegando incluso al debate intelectual y convirtiendo la rica y diversa sociedad internacional que se intentaba crear en una monotemática y digna de cualquier película (disculpen el eufemismo) del gobernador de California. Ya no hablamos de pobreza y un mejor reparto de los recursos naturales; ya no hay manifestaciones en nuestras ciudades en las reuniones del G-8 o en Davos (¿quién instigaba aquellos altercados que las deslegitimaban y que se presentaban como la regla cuando sólo eran la excepción?); y el antiguo foro de Porto Alegre, por encima de cifras de asistencia, vive instalado en la periferia del pensamiento, convertido en folclórico cuando hace unos años aspiraba a crear cultura. El folclore necesita ser bonito para existir, mientras que la cultura es simplemente necesaria. Ya no necesitamos un mundo mejor: nos basta con pensar que sería bonito. Curiosamente, una cultura y su folclore suelen representar valores opuestos; basta mirar a las tradiciones regionales que son el folclore de nuestra cultura global y tecnológica para comprender que no tiene nada de contradictorio que una cultura cada vez más injusta tolere y promueva un folclore cada vez más utópico.
Se puede sentir nostalgia de lo que uno no ha vivido y yo la siento del artículo que hubiera escrito hace unos años. La preguerra recién terminada, en él me hubiera quejado de que el mundo había caído en manos de unos perfectos inútiles y que la desestabilización de la región y la creación del perfecto caldo de cultivo para Bin Laden y sus secuaces era algo que cualquiera podía prever. Ahora hemos averiguado que hay muchos “cualquiera” trabajando en el Pentágono y que, por lo tanto, ellos también lo sabían. Y no sólo lo sabían, sino que probablemente lo buscaron y que la situación que tenemos hoy en día, lejos de ser fruto de la ignorancia, la improvisación y el desprecio a toda idea de ilustración y civilización; lejos de ser la obra de esa América profunda que tantas veces hemos oído que ha hecho ganar dos elecciones a W. Bush; esa América que se sobrevuela y que une las dos costas y focos de civilización estadounidenses, es más bien fruto de una América estratosférica, una clase poderosísima que parece dispuesta a desestabilizar regiones enteras en aras, no seamos desconfiados, de la seguridad; o, seámoslo, de una explotación de recursos naturales de otros países con menores regulaciones medioambientales y con gobiernos fácilmente corruptibles. Para aquellos que digan que los costes de las guerras son más altos que los beneficios a obtener con dichos recursos naturales, recordar que los beneficios, o gran parte de los mismos, se reparten entre unos pocos, mientras que las guerras las pagan todos los contribuyentes.
Así que bienvenidos al mundo en el que se habla de bloques, civilizaciones, ejes, alianzas y de regiones que son barrios o patios y en el que éste lenguaje no parece un insulto a la inteligencia. En un mundo de miserias, penas, enfermedades, neuras, depresiones y miedos y en el que la vida de cada individuo es infinitamente más rica que la vida política de cualquier estado, nuestros héroes del Pentágono y vecindarios adyacentes de Washington DC han logrado que etiquetas como oriente, árabes, musulmanes, palestinos, terroristas e islamistas tengan vigencia y se utilicen indistintamente. Un mundo regido por un macabro guión titulado repetición de la historia.
Sería fácil decir que los neoconservadores han usurpado este poder de convencernos de que la historia está para repetirse. Llegaron al poder de forma inmerecida y probablemente lo conservaron con ciertas triquiñuelas electrónicas, pero decir que han destrozado la idea de aquel mundo sería obviar que aquel mundo no debía de gozar de muy buena salud si les permitió que se acercaran al poder y que, una vez en él, lo hayan utilizado con tanta efectividad. La aspiración a un mundo más justo también es, desde luego, una repetición de la historia, pero también lo es que el ser humano piensa, siente y vive para evitar que la historia se repita.

  2: La Utilización de la Ideología como Instrumento de Dominación Imperial

Se suele decir que el poder corrompe. ¿Cuántos casos conocemos de personas que acaban convertidos en todo lo contrario a lo que defendían en sus idealistas comienzos? Algo similar sucede con los estados: los morales observadores de ayer se convierten en dominadores de hoy camino al imperio de mañana. Una y otra vez comprobamos como los imperios políticos, habitualmente definidos como firmes instrumentos de dominación, están cimentados en algo tan etéreo como la ideología. Tanto en el caso del país que se convierte en potencia como en el de la persona que pasa a mirar la pirámide social desde arriba, es difícil saber si estamos ante un caso de corrupción de ideales o simplemente de haber apreciado en los mismos la más útil de las herramientas.
La historia está llena de ejemplos de liberadores que de forma casi inmediata se convirten en opresores. Mientras Estados Unidos ayudaba a Cuba a liberarse del yugo del imperio español, ya le estaba tomando las medidas para colocarle el propio. Algo similar le sucedió a Córcega, territorio francés desde que Francia intercedió en favor de los corsos en su insurrección contra la república de Génova. Lo que se presentó como una liberación acabó siendo una cesión, de Génova a Francia en 1768. Así que los nacidos en 1769, entre ellos un tal Napoleón Bonaparte, ya fueron ciudadanos franceses. O como aquellos indígenas de las tierras que hoy conocemos como Méjico, quienes vieron en la llegada de los españoles la oportunidad de independizarse del imperio Azteca, contribuyendo con cientos de miles de hombres a la victoria de Hernán Cortés y los suyos. Tan bravo esfuerzo les valió que su emperador dejara de llamarse Moctezuma y pasara a llamarse Carlos.
La transición de moral observador a dominador se puede explicar, en primer lugar, por la costumbre de seres humanos y pueblos de considerar a todo enemigo de sus enemigos su amigo. Llega un momento en el que la palabra libertad pierde su significado y se limita a significar libertad del dominador del momento, siendo el odio por éste tan fuerte que supera incluso el amor a la propia libertad. A falta de poderse quitar el collar bueno será un cambio; a veces en contra de toda racionalidad pues puede que se esté quitando el de un imperio agotado y decadente para ponerse el de un poder al alza. Éste, por supuesto, se habrá presentado como el idealista observador, un seductor que habla de libertad e ideas, mientras que el otro se asemeja al aburrido marido que sólo habla de impuestos, poder y nombramientos de ministros. Y así es como el país pujante que hasta el momento se encontraba en la periferia del poder y sin verdadero poder decisorio acaba convirtiendo su debilidad en su mayor fortaleza. La periferia es hegemonía cuando se trata de juzgar: puede ser presentada como independencia y neutralidad; o como adhesión a unos valores e ideales que nada tienen que ver con los imperialistas del poder de turno.
Todos los imperios han pasado por esta fase inicial. Defensores de la moral y la legalidad han tenido en la ideología, la civilización y el raciocinio la más potente de las armas frente a sus enemigos. Unos enemigos que quizás tengan un grado de civilización similar en algunas esferas de su sociedad, pero que, llevados por las ansias de expansión, se habrán dejado influir por sus sectores más militaristas. Las armas, que tantas guerras ganan para los imperios, nunca ganan ni la primera ni la última. La primera la han ganado con las ideas y la última la perderán víctimas de las ideas del imperio que viene.
Una vez llegado al poder el que antes ensalzaba la libertad ahora hará todo lo posible por suprimirla. El cristianismo, por ejemplo, fue un firme defensor de la educación laica y de mantener la religión en una esfera estrictamente personal mientras la religión oficial del imperio romano fue el paganismo. Por las noticias que nos llegan en los últimos diecisiete siglos parecen haber variado ligeramente su posición. Así que parece que lo difícil no es defender la libertad, sino defenderla cuando se tiene el poder de decir quien es libre y de qué.
El imperio actual—cada imperio tiene sus códigos de dominación y no es éste el lugar para estudiar los del norteamericano—también nació con grandes dosis de la imprescindible legitimidad moral. Sin necesidad de tener una historia virginal, al fin y al cabo estamos ante una nación que ya había vivido episodios como la esclavitud o la política intervencionista del Gran Garrote de Theodore Roosevelt, Estados Unidos se presentó en el gran escenario de la Primera Guerra Mundial con el aura de idealista observador que, como el Hans Canstorp de la Montaña Mágica de Thomas Mann, duda todo lo humanamente posible antes de involucrarse en la locura del gran mundo que hasta ese momento miraba desde la distancia. Si el héroe de Mann tardó siete, hasta tres años le costó al idealista Woodrow Wilson (de nuevo la aparición del idealismo en los albores del imperio) convencer a sus conciudadanos de que Estados Unidos no podía quedarse al margen de la contienda. Un idealismo que no se limitó a la guerra y se hizo también patente en el tratado de Versalles que puso fin a la misma, al que Wilson llegó con aquellos ambiciosos catorce puntos de los que Clemenceau, el primer ministro francés, comentó: “Dios nos dio los diez mandamientos y no los cumplimos. Ahora Wilson nos da los catorce puntos…¡ya veremos!”  La desilusionada Europa le decía al idealista recién llegado que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.
Menos de un siglo más tarde los papeles se han invertido. ¿Es eso mucho tiempo en la esperanza de vida de un imperio? Teniendo en cuenta lo que han durado otros imperios parece más bien poco. La sabiduría popular ha creado equivalencias entre lo que vive un perro y una persona, así que probemos de hacer lo mismo para obtener la edad de un imperio. Si un ser humano vive una media ochenta años, entonces un imperio vivirá los quinientos sesenta que resultan de multiplicar ochenta por el parámetro perruno-humano-imperial (PHI=7). En vista de lo que han vivido los imperios anteriores no parece del todo desencaminado, aunque todo este juego de números no tiene otro propósito que señalar que, en términos imperiales, Estados Unidos no es más que un adolescente. Parece sorprendente que el país que hace sólo catorce años PHI acudía a limpiar los cadáveres físicos y políticos del jardín de la vieja Europa y que ha hecho del antibelicismo un arte, sea el mismo al que ahora acusamos de inventarse guerras.
Como con un amor que se termina, una de las primeras preguntas que nos hacemos una vez recuperada una cierta capacidad de análisis es: ¿cómo no nos dimos cuenta antes de que se estaba terminando? Sospechábamos que nos era infiel con nuestro mejor amigo, lo cual resultó en que dejáramos a nuestro amigo pero no a ella, y en la cama nos llamaba Henrik, lo cual atribuimos a su gran afición al cine sueco. ¿Suena exagerado? Comparenlo con una autoridad moral que ha cambiado gobiernos democráticos, apoyado a dictaduras y que ha sido el único país de la historia que ha utilizado bombas nucleares en contra de poblaciones civiles. El trauma creado por el nazismo evitó que nos preguntáramos seriamente por aquella curiosa ecuación según la cual las doscientas mil muertes (y cientos de miles de afectados por la radiación) de Hiroshima y Nagasaki ayudaron, en la lógica de los aliados, a evitar muertes. ¿Cómo rebatir entonces los razonamientos de Bush sobre la guerra preventiva si la lógica occidental ha dado por bueno que en un sólo día murieran doscientas mil personas para evitar muertes! Algo estaba fallando en el mejor representante de nuestra civilización y, en consecuencia, algo ha seguido fallando en nuestra civilización.
Les confesaré que aún me queda una última venda imperial que hace que me muestre reticente a hablar en pasado de la legitimidad moral americana. Esa venda es su gran capacidad de autocrítica. Muchos han dicho que Michael Moore, Joseph Stiglitz, Susan Sontag o Edward Said, atacan los valores americanos cuando los simbolizan mucho mejor que Bush y los millones de campesinos con camioneta, rifle y motosierra que, según nos cuentan, le han elegido dos veces. Estados Unidos es el país de la segregación, la esclavitud y el Ku Klux Klan; pero también la sociedad en el que el arresto de una mujer negra, que una mañana de 1955 renunció a ceder su asiento a un pasajero blanco en un autobús, inició un ciclo de boicoteos y manifestaciones que desembocarían en el movimiento de los derechos civiles; sin duda uno de los hitos de la historia de la humanidad, no sólo por su importancia en la sociedad américana sino por la influencia que acabaría teniendo en los más diversos temas—desde la emancipación de la mujer al final del apartheid sudáfricano—, y mostrando el camino a seguir a otras sociedades, las europeas incluídas, en lo que a integración racial se refiere.
Así que la pregunta no es si la sociedad estadounidense ha tenido alguna vez legitimidad moral, sino si le quedan energías para salir del socavón en el que les ha metido la administración Bush. O en el que se habían metido y del que la administración Bush es sólo su ejemplo más claro. De la respuesta depende el futuro de la hegemonía américana, así que algo de decencia y moralidad deben de quedarnos a los seres humanos si, además de una cantidad ingente de armas, necesitamos una dosis de verdad para ser convencidos.



Foto:  Toma de Posesión de Benhamin Harrison, 4 de Marzo 1889, The Library of Congress, American Memory, http://memory.loc.gov/ammem/browse/index.html