Tortuga panza arriba, el ataque de Trump a la democracia

Tradicionalmente, los políticos han atacado las defectos de sus contrincantes; cuando se busca destacar las fortalezas propias, tiene todo el sentido dejar al descubierto las debilidades del rival.  Sin embargo, en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2004, siguiendo los consejos de su asesor Karl Rove, W. Bush atacó la gran fortaleza de su rival John Kerry: su distinguido expediente militar.  Teniendo en cuenta que W. Bush había utilizado las conexiones de su familia para no ir a Vietnam y pasar su supuesto servicio militar en una base de aviones de Texas y que Kerry recibió numerosas condecoraciones por su servicio, no parecía una gran idea sacar precisamente este tema.  Finalmente, la idea resultó tan efectiva como perversa debido a que el objetivo era desacreditar, relativizar y presentar a Kerry como un aprovechado que instrumentalizó y embelleció su historial, sembrando así dudas sobre la brillantez del mismo y presentando visiones alternativas a la oficial.  O dicho de otra manera, para desactivar la verdad con mentiras.

La táctica fue novedosa en lo político, si bien la utilizamos constantemente en nuestras relaciones personales.  No atacamos las debilidades ajenas pues raramente nos molestan; hasta simpatizamos y compadecemos al que las sufre “es buena persona pero a veces tiene mal carácter”; “es inconstante, pero un genio en lo suyo a poco que se aplica”. Lo que atacamos son las virtudes.  Como Bush a Kerry, que se creerá el vecino por tener un coche mejor que el nuestro o ese cargo tan fantástico que nuestro jefe ha logrado con su ilimitada capacidad de hacer la pelota a los de arriba. Atacamos lo que nos parece bueno por mucho que digamos que atacamos lo malo, legitimando esta incongruencia con visiones alternativas que a nuestros ojos conviertan la mentira en una verdad en la que creer. 

Decía Umberto Eco que “Casablanca no es una película, sino muchas, una antología…en la que están todos los arquetipos”; de forma similar se podría decir que Trump es una antología de villanos de película. Incluso aquellas características más propias de un bufón que nos han hecho reír por no llorar durante cuatro años, le hacen aún más fuerte a juzgar por su indestructibilidad.  Anderson Cooper de la CNN dijo en el primer día de la no aceptación golpista de Trump que era una tortuga obesa panza arriba luchando frenética al sol sin darse cuenta de que su presidencia había terminado. Desde ese día en las pesadillas ya no aparecen asesinos con cuchillos, sino tortugas obesas al sol.

Trump ha atacado las instituciones americanas, ha explorado las debilidades de la división como un villano de película de carcajada estruendosa y ha deslegitimado una a una las instituciones atacando las fortalezas de la democracia estadounidense; la separación de poderes, la descentralización, los equilibrios de poder entre las diferentes instituciones, el sistema de primarias de los partidos que posibilita la llegada de nuevas voces a la política al no depender del aparato de los partidos y, por el camino, al aparato del partido republicano que no ha querido verse desplazado en las primarias por esas nuevas voces fieles a Trump. Su perversa maestría en la división es tal que sólo puede deberse al método que se origina tras décadas de ejercer su talento innato para la manipulación; es un Miles Davis con la longevidad y cuidado de Abdul Jabbar.

El bien prevalecerá, nos decimos.  El mundo contra un narcisista, sus feligreses y una parte de los 70 millones de votantes del partido republicano; que precisamente se irá reduciendo según se vaya escenificando el esperpento negacionista de la derrota.  Queremos creer que tras miles de ciclos de noticias calificadas como Fake News, sigue existiendo una verdad superior, la que sentimos cuando el derrotado acepta su derrota y no intenta deslegitimar la victoria del rival, cuando nos inspira para mirar adelante y no hacia atrás a todas las injusticias imaginarias en las que ejercerá su victimismo.

No debemos dejar que nos embauque, ¿pero cómo evitarlo? Hemos aprendido a odiarle, pero no a ignorarle; las estrellas de televisión como él temen mucho más al olvido que al odio. Pensamos que esa verdad prevalecerá por sí sola, pero nos olvidamos de que tal vez no tenga tanto valor para otros y que una verdad desactivada y relativizada deja de serlo; primero deja de ser respetada, luego se convierte en una opinión a tener en cuenta y finalmente se convierte en un intento de Biden de justificar un robo electoral. 

Nuestro esfuerzo argumentando contra la mentira le va prestando validez al ponerla al otro lado de un intercambio de ideas.  Que algo pueda ser argumentado no lo convierte en cierto salvo para aquellos con ganas de creer, pero hay millones de seguidores de Trump que buscan precisamente eso: razones para creer en su líder.  Razones que encontrarán en un bombardeo de datos contradictorios, sacados de contexto e imágenes alteradas para aparentar fraude, así que en un par de semanas ya estarán indignados con el viejo verde Biden que ha querido robar una elección proclamándose vencedor antes de que se agoten todas las posibilidades legales.  Y así es como se vence usando una fortaleza, en este caso la de la victoria democrática garantizada por las instituciones, desactivándola y poniéndola en duda hasta que con el tiempo, dentro del fango ideológico, deje de brillar.

Hemos celebrado la victoria de Biden y a base de comportarnos como personas optimistas nos hemos querido convencer de que lo somos.   No pierdan su optimismo pero si en un día soleado ven una tortuga obesa, sobre todo si está panza arriba, les aconsejo que cambien de acera. Vayan con cuidado cuando alguien quiera explotar sus debilidades, pero, sobre todo, cuando alguien intente desactivar e instrumentalizar sus fortalezas.

El mapa mental de la corrupción (I): la conspiración Zu Gutemberg

Nada más oír el nombre de Karl Theodor Zu Gutemberg (recuerden estas siglas KTZG: ya me ocuparé de que signifiquen algo) pensé que se trataba de un personaje de novela; el político más prometedor de su generación, un Kennedy a la alemana, lo cual viene a ser como una paella a la inglesa; con la bella e idealista Stephanie, activista contra abusos infantiles y tataranieta de Otto Von Bismarck, en el papel de Jackie; y con un nombre que en estos etéreos tiempos cibernéticos homenajea el olor de la tinta y que es el que un autor no alemán le pondría a un personaje de esta nacionalidad; “el profesor Zu Gutemberg, famoso científico, desapareció a las seis de la mañana…” Siempre supuse que había algo raro. Ahora por fin tengo la confirmación: Zu Gutemberg es una creación literaria. En las próximas líneas les descubriré que no es la única entre nuestros líderes electos.

Tal vez esperen que este artículo trate sobre la diferencia entre los baremos éticos a los que sometemos a nuestros políticos en comparación a Alemania; no están solos, yo también lo esperaba. Hasta descubrir la gran trama que estoy a punto de denunciar, pretendía apuntar a que mientras en España nuestros representantes inauguran aeropuertos sin permisos ni aviones o fraccionan la concesión de las sillas para un evento Papal para así evitar el concurso público (el concepto de “un culo, una silla, un contrato” es primo hermano del democrático por excelencia de “un ciudadano, un voto” y demuestra, de paso, la candidez de otros insignes corruptos que fingieron concursos para designar arquitectos a dedo cuando podrían haberse evitado las molestias fraccionando las obras en ladrillos), mientras el entonces ministro de defensa alemán fue obligado a dimitir por haber plagiado su tesis doctoral. No importó que se tratara del político más popular de Alemania—como corresponde a quien, por el mismo precio, llena las páginas de crónica política y social—, ni que la canciller Merkel le mostrara su apoyo incondicional: la opinión pública alemana decidió que la trampa merecía un castigo. La gravedad del mismo, que su retirada sea temporal o definitiva, ya dependerá de las cualidades del dimisionario y de la capacidad de perdón de la sociedad alemana, pero el simple hecho de que por dignidad un político dimita o sea obligado a dimitir es admirable desde la perspectiva española, donde los políticos se sienten inocentes mientras no se demuestre penalmente lo contrario y donde son necesarios la policía, jueces, condenas y una afilada espátula para despegarlos de sus cargos y escaños.

¿Cómo reaccionaríamos a un caso como el de Zu Gutemberg? La diferencia ofende pues, para empezar, nuestros políticos jamás se verán en la tesitura de plagiar tesis de doctorados que no parecen tener mucho interés en realizar; los que los estudian, suelen ser percibidos por la opinión pública como quijotescos idealistas de partidos sin vocación de gobierno y no serán votados por mucho que suenen como el mismísimo Churchill redivivo.

“Habla muy bien, grandes pensamientos, pero gobernar es otra cosa…”

Efectivamente, está siendo otra cosa.

Así que ya ven hacia donde iba encaminado este artículo: a la aburrida y repetitiva tarea de constatar, una vez más, lo arraigada que está la corrupción en nuestra sociedad y mentalidad. Y ya iba a poner el punto final cuando caí en la cuenta de que no podemos ser tan idiotas y que tiene que haber otra explicación: tanto Zu Gutemberg como los políticos corruptos a los que en los próximos meses premiaremos con mayorías absolutas son creaciones de la Conspiración Zu Gutemberg (KonspiraTion Zu Gutemberg en alemán) cuyo objetivo es deslegitimar, por comparación, a nuestras democracias (no sé si Berlusconi también es creación de la conspiración o ha surgido por generación espontánea), permitiendo así a Alemania lograr un ascendente moral que les permita imponer su criterio en la Unión Europea en camino a la dominación mundial; perdón por la estereotipación facilona, pero no esperarían que una misión con un nombre de tal nivel tuviera como objeto la dominación de su comunidad de vecinos…

Casi nos engañan. Afortunadamente, se van a encontrar con una valiente sociedad española dispuesta a demostrar que no hemos perdido la la dignidad y el espíritu cívico hasta el punto, no ya de no castigar, sino de recompensar a nuestros corruptos. Nos quejamos de la falta de ética de los partidos presentando a políticos imputados, pero deberíamos estarles agradecidos por permitir que, independientemente de responsabilidades penales que aún están por dilucidar, nos permitan ejercer nuestro poder como informada ciudadanía: el de no votarles.

Foto editada por DFV a partir de las siguientes fotografías: Foto 1Foto 2Foto 3

Wikileaks y la Libertad de Información, ¿un Peligro Claro y Presente?

 

 

No es extraño que la repercusión del trabajo de años se concentre en un corto espacio de tiempo; en el caso de Wikileaks, cuatro años de trabajo eficiente han eclosionado en ocho meses para recordar. Ocho meses: desde que en Abril de 2010 la página publicó un vídeo que mostraba la masacre de un grupo de civiles iraquíes perpetrada desde un helicóptero de Estados Unidos, contradiciendo la versión oficial del gobierno de este país.  No era la primera vez que el gobierno estadounidense sufría las filtraciones de Wikileaks; por filtrarse, incluso se había llegado a filtrar un documento de 32 páginas que trataba sobre como acabar con la plataforma (la conclusión no era sorprendente: atacar la confidencialidad de las fuentes para disuadir a futuras fuentes), pero algo cambió con aquel vídeo: Wikileaks ya no estaba acusando al gobierno americano de no contar toda la verdad, sino de mentir abiertamente.

La centrifugadora comenzó a girar a toda velocidad; la presunta fuente de las filtraciones, un soldado de nombre Bradley Manning, fue arrestado en Mayo de 2010 (aparentemente por indiscreciones propias) y está encarcelado en una base de Kuwait a la espera de juicio; también propias, si bien de naturaleza sexual, han sido las indiscreciones que han llevado a Julian Assange, fundador y cara visible de Wikileaks, a enfrentarse a una extradición a Suecia contra la que lucha desde una cárcel de Londres; todo ésto unido a la estrategia de ahogar económicamente a la plataforma por medio de la cancelación de sus cuentas, bajo la acusación de que ha incurrido en actividades ilegales, sirviéndose de los operadores que canalizan las donaciones en las que se sustenta. ¿Qué escapa a este círculo perverso? El hecho incontestable de que Wikileaks ya se había convertido en el proyecto periodístico de la década antes de que Assange se convirtiera en la persona del año.

Conviene recordar que Wikileaks no es un canal de noticias, sino una fuente; o más concretamente un intermediario tecnológico protector entre la fuente original y los periódicos con los que contactará para que cubran la noticia. Esta forma de operar tiene el beneficio añadido de aportar escrutinio y legitimidad a los documentos que filtra, lo cual no sucedería si Wikileaks se responsabilizara en solitario de la veracidad de los mismos. Así que en el Cable Gate tiene cinco cómplices (El País, Le Monde, Der Spiegel, The Guardian y The New York Times) a los que el gobierno de Estados Unidos, siendo coherente con su enfermiza lógica, debiera poner en la misma categoría que a Wikileaks y acusarlos de practicar actos ilegales, instando a PayPal, Mastercard, Visa y demás operadores financieros a cancelar las cuentas de dichos medios de comunicación y de sus organizaciones matriz.

Por más que queramos creer en las buenas intenciones de la administración Obama, lo cierto es que un mínimo escrutinio nos lleva a que los mencionados actos ilegales no son más que el eufemismo utilizado por gobiernos corruptos de todas latitudes y épocas para definir aquella información que no pueden controlar. Ya lo intentó la administración Nixon cuando, en 1971, en plena guerra del Vietnam, quiso prohibir la publicación de extractos de los Papeles del Pentágono, un informe de 47 volúmenes clasificado de Alto Secreto sobre la intervención americana en Vietnam. Por entonces el veredicto de los tribunales fue claro: “el gobierno porta una pesada carga (de la prueba) a la hora de justificar cualquier intento de censura”. Pesada carga que nos lleva a la fórmula “de un peligro claro y presente” expresada por el juez Wendell Holmes en 1919 en el caso de Schenk contra Estados Unidos y que limitaba la libertad de expresión e información solamente en “caso de que las palabras utilizadas…crearan un peligro claro y presente que…acarreara los sustanciales males que el congreso tiene el derecho a prevenir, (siendo) una cuestión de proximidad y grado.”

¿Cual es el peligro claro y presente que suponen las filtraciones de Wikileaks? Ya va siendo hora de que la administración Obama se haga responsable de la pesada carga de la prueba que, como ya hemos visto, le confiere la jurisprudencia estadounidense; hasta entonces, será su gobierno, y no la organización dirigida por Assange, el que estará incumpliendo las leyes de la república a la que representa.

Créditos Fotográficos: Imagen editada por DFV utilizando las siguientes fotografías originales, Foto 1Foto 2

Artículos 2008-2009: Los Dioses Laicos

   
          Ahora que nos hemos aburrido de odiar a la administración Bush y que, mitad por resignación ante lo inevitable mitad por costumbre, comenzamos a sentirnos capaces de sobrevivir a sus ocho años de gobierno (que el mundo lo haga ya es otra cosa), es un buen momento para analizar si Bush es la causa o sólo la consecuencia de un proceso mucho más complejo de polarización y mercantilización de las ideologías políticas y sociales. Decir que Bush usurpó el poder o que ha llevado a EE.UU. por el camino equivocado, como si fuera un simple pastor, sería ignorar que por encima de matices matemáticos y triquiñuelas, voto arriba voto abajo, había numerosos indicios (indicios detectables a posteiori: no represento a un gabinete de videncia), que avisaban de que alguien como W. Bush podía ganar o al menos acercarse a un puñado de votos de la presidencia. Y ésto, teniendo en cuenta las capacidades del político en cuestión, es ya de por sí preocupante. Como preocupante es que muchos de los elementos que le llevaron al poder sigan hoy presentes en nuestras sociedades.
          Comenzar diciendo que con independencia de su fuerza política, W. Bush y su administración ya no son ideológicamente relevantes: son pocos los que defienden su derecho a alterar todo los principios de la sociedad americana incluso, seamos bienintencionados, en aras de su salvación. Las leyes no dicen nada de resultados o salvaciones, sino de procesos según los cuales hay una representatividad de cada individuo para participar de la salvación, hundimiento, prosperidad o miseria de su sociedad. En occidente, al contrario que en el imperio romano, no existe la figura de un dictador que pueda ser elegido por el senado para poner orden en un tema concreto: dictador, que no tirano, era el que en un momento de dificultad tomaba el mando para imponer un criterio. Independientemente de sus intenciones, W. Bush es casi universalmente considerado como una amenaza para los valores de la sociedad occidental.
          ¿Es Europa tan diferente a Estados Unidos? Comencemos recordando aquellos tiempos en los que nos reíamos de los programas de testimonios del estilo del de Jerry Springer o del show de Cristina: que tiempos aquellos en los que sólo los americanos contaban sus miserias en televisión. Años más tarde, no sólo las contamos igual que ellos, sino que hemos añadido numerosos factores que en otro tiempo considerábamos con superioridad como exclusivos de una no del todo saludable cultura estadounidense. Desde nuestra atalaya de la dieta mediterránea, despreciábamos la dependencia del coche como medio de locomoción para desplazarse al puesto de trabajo o incluso para hacer hasta las compras más básicas en esos centros comerciales que son un calco el uno de otro. ¡Hasta ponemos pitidos en televisión cuando alguien pronuncia una palabra malsonante! No es mi intención analizar las bonanzas o miserias de un modo de vida u otro, simplemente reflejar que elementos que considerábamos ajenos se han hecho propios de una manera rápida y no siempre perceptible.
          Sigamos con la prensa, cuyo papel ha cambiado de presunta informadora imparcial (que podríamos definir como el intento subjetivo, el ser humano no puede evitar ser subjetivo, de informar de forma veraz) a ser tratado, cada vez con menos disimulo, como producto. ¿La diferencia? Como producto ya no tiene que aspirar al respeto, sino simplemente a la adhesión. Un medio de comunicación se respeta, mientras que un producto se compra. Como producto, tal y como vemos en la publicidad actual, lo importante ya no es gustar al mayor número de personas posible sino, en un mundo cada vez más competitivo, gustar al grupo de personas que te comprarán. Que ésto signifique ofender a los que no pretendían comprar tu producto es irrelevante. En otro tiempo se retiraban anuncios tras la queja de una organización representativa de una condición, sensibilidad, enfermedad o sexo, y se interpretaba la queja de una de estas organizaciones como mala publicidad que necesariamente tenía que dañar las ventas. En la actualidad estas quejas no sólo son toleradas sino en ocasiones incluso buscadas para darle notoriedad al producto y, teniendo en cuenta que definimos nuestras simpatías en relación a nuestras antipatías, los amores en relación a nuestros odios, para fomentar las adhesiones antes mencionadas criticando o ridiculizando a un grupo antagonístico o antipático al de los compradores potenciales de un producto. Por utilizar un ejemplo claro, un desodorante masculino se puede publicitar menospreciando a las mujeres. Ésto no significa que el hombre que lo compra siempre menosprecie a las mujeres, sino sólo que puede llamarle la atención o hacerle gracia verlo en el contexto de un anuncio, en cuyo caso, y siguiendo con el ejemplo, las quejas de los grupos feministas no harán sino reafirmar la simpatía del comprador potencial del producto. ¿Habrá muchos hombres que dejarán de comprarlo por las mismas razones? Efectivamente, pero cuanto más competitivo sea el mercado más se preferirá la adhesión de unos pocos a la simpatía o respeto de muchos, ya que la adhesión, a diferencia de la simple simpatía o respeto, es la que crea consumidores. Éste tipo de elementos no son totalmente novedosos, pero en los últimos tiempos se utilizan de manera más clara.
          Y los medios de comunicación, que hasta ahora no podían participar de este tipo de tendencias al haber un valor que no tenían porqué poseer pero al que no podían dejar de proclamar que aspiraban, la imparcialidad, han entrado de lleno en esta era de mercados y consumidores potenciales. A un medio de comunicación ya no le basta con saber cuanta gente simpatiza con él o lo respeta por motivo de esa imparcialidad que se clamaba que era la receta del éxito, sino cuanta lo hará hasta el punto de comprar un periódico o libro o escuchar un programa de radio. Según éstos parametros sería un error renunciar a un oyente por no ofender a otro que de escucharte poco pasará a no escucharte nunca: un error renunciar a crear lealtades por odio y amarillismo. Los códigos éticos están siendo abandonados como anacronismos que sólo deben ser respetados mientras sean compatibles con el rendimiento empresarial, limitándose a ser sustituidos por el que cada vez más consideramos el único código infranqueable: la ley.
          No estoy seguro en que un mundo en el que la moralidad sea confundida con la legalidad sea uno mucho peor que uno en el que ambos conceptos sean separados, pero en todo caso seguro que es uno menos variado y muy diferente a aquel en el que nos hemos acostumbrado a creer que vivíamos. Hace algunos años oíamos a un político balear decir que un partido político tenía que pedir perdón tras declarar un tribunal que un espionaje era “inmoral pero no delictivo”. Sin entrar a valorar lo acertado de la sentencia, parece curioso que el que comete una inmoralidad no tenga que pedir perdón si ésta no es a la vez sancionada por la ley y que sea la víctima de la inmoralidad la que tiene que pedir perdón si los tribunales no sentencian que también ha sido víctima de una ilegalidad. Si la verdad moral y legal se confunden y esclavizamos a aquella con las muy necesarias cadenas de ésta, acabaremos creando una sociedad de víctimas, verdugos y jueces. De nuevo, una sociedad mucho menos rica, diversa y respetuosa con la libertad individual.
          Recordemos ahora por un momento esa América gobernada por el partido demócrata en la que comentaristas conservadores como Rush Limbaugh o Pat Buchanan fueron muy importantes en la victoria de Bush sobre un Al Gore que se llevó las bofetadas destinadas a Clinton. Limbaugh no hizo caer a Gore por sus insultos a Clinton por el tema Lewinsky, sino que simplemente detectó que decenas de millones de personas querían oír aquello. A Limbaugh nunca le importó—hablo en pasado pues, tal y como suele suceder, con la llegada al poder de los que podríamos llamar los suyos su influencia ha decrecido: siempre es más importante un comentarista a la contra que a favor, por eso, radiofónicamente, la derrota del PP marcó el fin de la era Gabilondo y el comienzo de la era Losantos—, no le importó, decía, ofender a los homosexuales, demócratas o afroamericanos, pues esos ataques le hacían ganar el favor y la fidelidad de sus oyentes. O utilizar el fantasma americano, el comunismo, del mismo modo que en España se agita el fantasma de los nacionalismos o, desde el otro lado del espectro político, del fascismo. Podríamos definir como fantasma todo aquel elemento que se utiliza repetitivamente para unir a un grupo frente a una amenaza imaginaria. En este sentido, los austeros y anticonsumistas Binladenes y talibanes (al estilo de aquellos Zidanes y Pavones de Florentino) son una nueva versión de los austeros y anticonsumistas comunistas de toda la vida.
          Si estuviéramos hablando de un desodorante o de un coche no dudaríamos de que los objetivos económicos justifican ofender a grupos de no consumidores potenciales en aras de captar consumidores potenciales, pero en el caso de la información, de la intelectualidad en general, ¿es legítimo? ¿Deberíamos renunciar a tratar la intelectualidad y la información con parámetros similares a la venta de cualquier producto? ¿Lo hacemos ya? ¿Consentiríamos que un periódico se anunciara diciendo: “compre el Parcial el periódico que le hará sentir bien leer”? Incluso en una sociedad obsesionada con la salud y con la división de esa salud en miles de categorías controlables, ningún medio de comunicación podría publicitarse diciendo, incluso si fuera cierto, “que científicos de la universidad de X State han afirmado que la exposición a cultura e información que refuerce nuestras ideas es buena para la salud.” Aún no estamos preparados para que el médico añada a la manzana al día el escuchar como hablan bien de los que ya nos caen bien y mal de los ya nos caen mal. Todavía no lo aceptamos, pero parece que vamos en camino de hacerlo. Y entonces una civilización occidental basada en la duda se convertirá definitivamente a la filosofía de la reafirmación. La tranquilidad, la fe en las propias creencias, la pertenencia a un grupo de personas elegidas para conocer la verdad; las religiones nos muestran todo ésto como algo sistemáticamente buscado por la humanidad, así que no es descabellado pensar que son consecuencia del instinto de preservación. Y sin embargo son las grandes palabras, libertad, independencia, veracidad, las que seguimos utilizando a todos los niveles intelectuales. El presidente de una compañía de coches ha de ser eficiente, sin embargo, el de un periódico, ha de ser veraz e independiente. Estamos acostumbrados a poner la intelectualidad en un nivel diferente al resto de productos del mercado. Y la experiencia americana y del mundo bajo la administración W. Bush nos dice que con razón.
          Existe la creencia que dos masas de población parciales empujando en dirección contraria tienden a equilibrarse y que inclinará de su lado la balanza aquella que cuente con mayor número de individuos. ¿Triunfo democrático? Puede que no: la suma de individuos parciales no es necesariamente la ecuación de la democracia, sino que en muchas ocasiones lo será de la pasividad. Y es que tras unos espumosos y energizantes primeros momentos en los que los seres humanos bienvenimos el haber encontrado una causa en la que creer u otra a la que odiar, llegara ese otro tan diferente en el que, cuando el hombre o grupo elegido no cumpla con la misión encomendada, aquellos le justificarán y éstos, de camino a olvidarse de la política, le insultarán. De modo que las aparentemente activistas masas pronto se dividirán entre los que se encogen de hombros diciendo “si lo ha hecho así será por algo: creemos en él” y los que simplemente dicen “yo no le vote y la política ya no me interesa: haga lo que haga no creo en él”. Y ese forofismo que sin ser positivo es algo más inócuo en temas individuales o deportivos, se convierte en increíblemente destructivo cuando los temas son comunes. Homofobia, nacionalismos, antinacionalismo, sexismo, anticlericalismo: todo será utilizado para crear adhesiones por reafirmación y por odio. Y lo más curioso es que éstos líderes de opinión no harán sino darnos los productos que a través de nuestras decisiones como consumidores les hemos pedido que nos den.
          El caso de Estados Unidos nos demuestra que el forofismo desemboca en una inhibición de la ciudadanía, la semilla de un enorme árbol de impunidad. ¿Escuchas? ¿Espionaje bancario? ¿Cárceles clandestinas y un campo de concentración cuyas actividades, a diferencia de los alemanes en tiempos nazis, ni siquiera son clandestinas y por tanto no nos proporcionan la coartada del desconocimiento? Lo increíble no es que Bush no haya sido destituido, sino que ni siquiera se haya visto obligado a mentir y negar las acusaciones para continuar en el cargo. Además de los hechos, es preocupante la impunidad y tranquilidad con la que los ha perpetrado. Estamos acostumbrados a la adhesión incondicional a dioses y textos sagrados, pero los dioses son eternos y los textos están grabados en la psicología colectiva a través de la inviolabilidad de los textos y de sus múltiples interpretaciones. Pero si ya es cuestionable una adhesión incondicional a lo que no va a cambiar, ¿qué decir de la adhesión incondicional a lo humano y volátil? Creer en una religión es elegir creer en algo, mientras que hacerlo en un líder humano de modo incondicional es firmar un poder para creer en todo aquello que el líder quiera que creamos. Precisamente por eso las religiones se basan en el peso de la tradición: el hecho de que vayamos a creer ciegamente necesita de nuestro convencimiento de que aquello en lo que vamos a creer ciegamente no va a cambiar. Pero en el caso de los dioses laicos, ¿cómo esperar que no cambien si la sociedad está precisamente basada en el cambio y en la adaptación a las nuevas circunstancias del mercado?
 
 
 
Foto: Aleijadinho, Los Doce Profetas, foto de Hans Mann,