Alcantarillas, un cuento sobre fútbol y putrefacción

No hay que mirar atrás, no se puede. Bernardo no creía que así se evitaran los malos recuerdos, pero sí al menos que se presentaran como imágenes completas, reduciéndolos a breves destellos de deslumbrante oscuridad, deslumbrante como todo lo que no soportamos mirar. También los buenos le dolían, sobre todo los buenos, bellas postales de arena hirviendo de las que huir en busca de un mar de olvido y rutina. Tenía cincuenta y nueve años, veinticinco de vida y treinta y cuatro de espera.

Dolorosas postales como aquella de su Buenos Aires natal, donde había sino un idealista e ilusionado estudiante de ingeniería; o la de la primera vez que vio a Enriqueta en la biblioteca de la facultad, ya entonces se dijo que no podía haber mayor felicidad que el mirar por el resto de sus días a aquellos enormes ojos azules. Y no iba a haberla…

Enriqueta y Bernardo se miraban cada noche en silencio durante horas, vestidos con trajes y pelucas de época, sus rostros empalidecidos por el maquillaje; de telón teatral un marco formado por palos de escoba cubiertos de terciopelo rojo y sentados en un banco cualquiera de algún paseo concurrido de la ciudad europea de turno, se convertían en reyes, aristócratas, poetas, amantes o bohemios ganapanes de versos con aroma a absenta. De fondo no cualquier música, pero sí cualquier ópera; desde que veinte años antes, en la cocina del piso de Recoleta que había sido su tumba en vida durante más de una década, Enriqueta volvió a sonreír al escuchar una ópera en televisión. O al menos a hacer el gesto, que tras doce años de tristeza venía a ser lo mismo.

Al salir aquella noche de la pensión de la calle Apuntadores de Palma en la que llevaban dos semanas alojados y empujando el carrito con su escenario portátil, la oscuridad con la que la ciudad les recibió devolvió a Bernardo a uno de aquellos malditos destellos. Los golpes de los militares en la puerta, tan educados y cívicos, incluso tuvieron el detalle de tocar el timbre cinco segundos antes de tirarla abajo y leerles rápidamente unos cargos con los que les acusaban de estar en el lado equivocado de la historia. Provoca pavor y alivio que ni los verdugos puedan prescindir del corsé de la legitimidad. Volvió a recordar los golpes, las torturas y los interrogatorios interminables. Y los vítores y celebraciones: era 1978 y en el vecino monumental de Ríver Argentina ganaba un mundial mientras perdía el alma a escasas diez manzanas.

Pero los peores dolores no fueron físicos, sino la incertidumbre de no saber que había sido de su familia, de Enriqueta y Guillermo, quien por aquel entonces era un buda regordete de un año y los mismos enormes ojos azules de su madre. Escupiendo sangre, Bernardo logró susurrar:

—Mi mujer, mi hijo…¿qué ha sido de ellos?

—¡El rojo boludo pregunta qué ha sido!—le preguntó uno de los militares a su compañero mientras clavaba la pesada suela de sus botas militares en el estómago de Bernardo.

—Ha sido gol de Kempes…—contestó entre risas el otro.

Pasó el tiempo, las heridas sanaron, algunas lesiones se curaron y las que no lo hicieron del todo se convirtieron en simples condicionantes, como la cojera de Bernardo o la incapacidad de tener hijos de Enriqueta, reventada por dentro a golpes y violaciones. Por doloroso que fuera, todo era llevadero comparado al recuerdo de Guillermo. Liberada meses antes, fue ella la primera en averiguar que se lo habían llevado para siempre. Al volver a casa Bernardo no tuvo ni que preguntar: una mirada y el silencio de ella bastaron; la misma y el mismo con los que Enriqueta llevaba viviendo treinta y cuatro años.

No hay que mirar atrás ni para soñar, se decía una vez más Bernardo, siempre se sueña hacia adelante; soñar con la esperanza por la que siempre dejaba un teléfono de contacto y la forma de encontrarles a la poca familia que les quedaba en Argentina; soñar con que un apuesto hombre de treinta y cinco años y enormes ojos azules se les acercara por la espalda, les cogiera del brazo y contándoles que aún estaba vivo les recordara que ellos también lo estaban. Les agarraría del codo, como ahora lo hacía una mano fuerte…

—Guillermo…

Vio una manga de color marrón. De haber girado ligeramente el cuello hubiera visto una tez blanquecina cubierta de sombra bajo un hábito de fraile. Pero ya sabemos que Bernardo nunca miraba atrás.

Y así fue como la ciudad se convirtió en su escenario. El uno frente a otro, como siempre, por fin sin interrupciones y sin ni siquiera pestañear en un delicioso duermevela en el que pasearon por las calles del casco antiguo de Palma en compañía de aquel fraile que que a ratos tenía los ojos azules de Guillermo, a ratos marrones, a veces tenía las alas de un ángel y casi siempre el gesto atormentado del diablo; Bernardo pensó que habían llegado al cielo, porque sólo en el cielo se puede pasear eternamente por una ciudad en primavera en compañía de los que uno quiere, otra vez una familia. O tal vez hubieran descubierto como volver atrás en el tiempo, a aquel verano del 78 en el que la vida se convirtió en una simple espera. Ahora veía incluso las gradas y el césped del campo de fútbol, como en aquellos sueños que tenía en los descansos que le concedían sus torturadores.

“Se puede perder el alma mientras se gana un mundial…”

Sebastián Montaner abrió el sobre dirigido al “director del periódico Las Últimas Horas y a su fotógrafo estrella…” En la primera página, una hoja impresa con el mensaje: “para que aprenda a hacer fotografías de sucesos.” En las imágenes siguientes, una estampa que se había hecho muy popular en las últimas semanas en el centro de Palma: la de dos viejecitos que parecían recién salidos de una ópera posando en diferentes partes de la ciudad; tan popular que en algunas de las fotografías, junto a los protagonistas, aparecían insignes políticos. En una, sonriente y con el ayuntamiento de fondo, aparecía el alcalde, quien en dos semanas se enfrentaba a una difícil reelección con la seguridad ciudadana como una de las principales bazas de su partido (la leyenda de la fotografía era “tres seguros cadáveres”); en otra, el honorabilísimo presidente de la comunidad autónoma, inmerso por aquel entonces en un escándalo de corrupción, posaba sonriente inclinado con un par de monedas sobre el bote de donativos de los dos viejecitos (la leyenda: “¿las deja o se las lleva?”) Estaban todos: el conseller de turismo, la presidenta del consell insular…

—Donde haya una buena foto siempre habrá un político…—pensó Montaner.

El alcalde, avergonzado, confesó al ser entrevistado que tras hacerse la foto llamó a un empleado municipal para pedirle que revisara las alcantarillas de aquella zona ya que algo olía a podrido…

Comparadas las imágenes en sucesión, el deterioro de los cuerpos era aparente; por separado el maquillaje lo tapaba. En las últimas se podían incluso apreciar grietas en la piel. El álbum concluía con una fotografía estilo post mórtem y otra de los dos cadáveres abandonados en un almacén, como si fueran objetos del atrezzo de una ópera. Tras examinar esta última detenidamente, una bandera de color rojo y negro y una sombra verde en el haz de luz que entraba por un ventanuco hizo que Montaner sospechara sobre cual podía ser el escenario de tan macabra escena.

Llamó a Pereira. Tras dos tonos, el fotógrafo contestó con sorna:

—Calle Ruiz de Alda, mañana llena de noticias en la jefatura de la policía nacional. Dos DNIs perdidos y una reclamación por no haber salido favorecido en la foto de carnet…¡La jungla de asfalto nunca duerme! Y estoy a punto de ventilarme un plato de frito mallorquín…

La simple mención de comida obligó a Montaner a contener una arcada.

—Hay que tener estómago…

—Creo que éste sólo lleva hígado y vísceras, pero como madrileño que soy no pretendo ser un entendido en el tema.

Mejor no describir las sustancias viscosas con las que Montaner regó la mesa de su despacho.

—Te mando a una de las peores escenas de tu carrera—dijo recomponiéndose a duras penas—. En el antiguo estadio Luis Sitjar: allí encontrarás los cadáveres de los dos viejecitos que se pasean por el centro vestidos como si estuvieran en una ópera. Cuando me confirmes que los has encontrado llamaré a la policía. Incluso cumpliendo con nuestra obligación como ciudadanos tendrás al menos diez minutos a solas…

Pereira sonrió. Había dudado de que su director fuera a ser capaz de interpretar las pistas en la foto y el efecto no hubiera sido el mismo de haber tenido que ir a la redacción del periódico a hacer de investigador adjunto. Aliviado y feliz caminó los trescientos metros que le separaban del estadio Luis Sitjar, entró por una ventana que rompió con un palo que había dejado preparado—y no por la trampilla que había usado en todas las demás ocasiones—, y ya pisando los hierbajos donde en otro tiempo había estado el césped de tantas glorias futbolísticas, viendo por primera vez a la luz del día a aquel derrotado monstruo de cemento y hierro oxidado que hasta el momento sólo se le había presentado en sombras, recordó sus comienzos como fotógrafo de sucesos y deportivo en el ABC; las ilusiones de aquellos tiempos en los que se sentía uno más de aquella hermandad de celebridades de la capital junto a las que dilapidó dinero, salud y una familia antes de darse cuenta de que, justa o injustamente, los que salen en la fotos ganan mil veces más que los que las hacen. Momentos de ilusiones…Pero mejor no mirar atrás. Y más cuando lo que venía era mucho mejor: se estaba convirtiendo en una estrella. Incluso le pareció oír los vítores apagados y somnolientos de un estadio que se desperezaba para su gloria. Ya tenía preparado el reportaje, así que mientras esperaba a la policía dio una eufórica vuelta de honor al campo. Horas más tarde, el periódico Las Últimas Horas batiría todos sus récords de tirada con un especial compuesto por las fotos del anónimo asesino en serie y las de Pereira en la escena del crimen. Sus múltiples apariciones en canales nacionales en los días siguientes le confirmaron que lo que había estado celebrando en el abandonado estadio mallorquinista fue otro ascenso a primera división: a la de los fotógrafos. O puede que incluso un mundial. Recordó los susurros agonizantes de Bernardo:

“Se puede perder el alma mientras se gana el mundial…”