El mapa mental de la corrupción (II): el martillo y el moho

La victoria de Berlusconi el 28 de Marzo de 1994 provocó éste primer porro...(Abril, película de Nanni Moretti)

La indignación con la vida política nunca puede estar exenta de esperanza; de perderla se convierte en un ejercicio de charlatanismo de barra de bar, una actividad tan buena para la salud como estéril en la mejora de las circunstancias criticadas. Seamos positivos, en España al menos tenemos corruptos; opción siempre preferible a aquella otra en la que la corrupción está institucionalizada y lo corrupto es el sistema y no sus miembros. Y es que se puede llegar a ser tan corrupto que ya ni siquiera haga falta serlo, siendo la principal diferencia entre ladrones y corruptos que éstos tratarán de legalizar lo ilegítimo alterando o adaptando las leyes que incumplen.

La corrupción no es falta de moralidad, sino algo mucho más peligroso: es la creación de una moralidad a la medida del corrupto y cuanto más sutil sea su proceder más peligroso será su efecto; paradógicamente, personajes como Berlusconi son más destructivos a corto que en el más ideológico largo plazo y lo más probable es que su influencia acabe en cuanto este simpático personaje y siniestro gobernante desaparezca de la vida pública italiana. Si la corrupción es un cáncer, Berlusconi es uno que saluda y manda besos al médico que se afana por detectarlo. Otros casos menos obvios y menos asociados a un individuo son más peligrosos pues afectan a la vida pública, no con el estruendo del martillo multimillonario y multimedia del dictamagnate italiano, sino con la silenciosa destrucción de una filtración de agua.

Así que, siempre prestos a inventar revolucionarias siglas que no sirvan para casi nada, proponemos el test de detección temprana del corrupto (TDTC). La aplicación es de lo más sencilla: se reconocerá al corrupto antes de que comience el enmohecimiento en que se pasará cantidades ingentes de tiempo tratando de convencer al electorado de que todos los demás también lo son o serían (corruptos) a poco de que tuvieran sus posibilidades y circunstancias; no pudiendo convencer de su honestidad, tratará de convencer de la deshonestidad de las demás alternativas; no pudiendo diferenciarse apelando a la superioridad moral, se igualará a la baja predicando la inferioridad común. Animo a utilizar el TDTC para desconfiar de cualquier candidato o partido que ampare su corrupción en la supuesta falta de moralidad de la política en su conjunto y a llamar al orden a cualquier contertulio o colega de barra que incluya entre sus argumentos el dichoso “todos los políticos son iguales.” De nuevo, la indignación sin esperanza es tan inútil como la vida sin esperanza y decir que todos los políticos son iguales es el camino más corto para que al final lo sean.

Equiparar, tal y como hizo la derecha balear hace cuatro años, las obras supuestamente ilegales realizadas por un ecologista en la pocilga de su finca agrícola con los cientos de millones de euros (cuantifiquemos eso en colegios, universidades, hospitales etc.) malversados por una trama corrupta, es como acusar al que nos ha gorreado una copa (hoy va de tabernas) de ser capaz de vaciarnos la cuenta bancaria y quemarnos la casa a poco que se lo permitamos; o al maleducado que no cede su asiento a una viejecita de ser un Hitler en potencia a la espera de que le demos los controles de una cámara de gas. Y aunque lo fuera, una cosa es que saquemos conclusiones al respecto y otra que el propio Hitler utilice esta corrupción hipotética en su defensa y haga campaña pidiendo el voto en base a la misma.

No pidamos a los partidos que limpien sus listas de imputados, pero sí que nos aseguren que han hecho las investigaciones internas pertinentes para asegurarse de la inocencia de los candidatos que presentan y que, en caso de producirse condenas penales subsiguientes, los máximos responsables expliquen las razones por las que sus conclusiones fueron diferentes a las de la justicia y dimitan a poco que se intuya negligencia. De lo contrario, están mandando el mensaje de que la corrupción está en el partido y no en el candidato y que la pieza culpable es defendida pues se ha limitado a llevar a cabo la tramposa misión encargada por el conjunto.

Así que castiguemos la corrupción con nuestro voto…, nosotros que aún la tenemos.

El mapa mental de la corrupción (I): la conspiración Zu Gutemberg

Nada más oír el nombre de Karl Theodor Zu Gutemberg (recuerden estas siglas KTZG: ya me ocuparé de que signifiquen algo) pensé que se trataba de un personaje de novela; el político más prometedor de su generación, un Kennedy a la alemana, lo cual viene a ser como una paella a la inglesa; con la bella e idealista Stephanie, activista contra abusos infantiles y tataranieta de Otto Von Bismarck, en el papel de Jackie; y con un nombre que en estos etéreos tiempos cibernéticos homenajea el olor de la tinta y que es el que un autor no alemán le pondría a un personaje de esta nacionalidad; “el profesor Zu Gutemberg, famoso científico, desapareció a las seis de la mañana…” Siempre supuse que había algo raro. Ahora por fin tengo la confirmación: Zu Gutemberg es una creación literaria. En las próximas líneas les descubriré que no es la única entre nuestros líderes electos.

Tal vez esperen que este artículo trate sobre la diferencia entre los baremos éticos a los que sometemos a nuestros políticos en comparación a Alemania; no están solos, yo también lo esperaba. Hasta descubrir la gran trama que estoy a punto de denunciar, pretendía apuntar a que mientras en España nuestros representantes inauguran aeropuertos sin permisos ni aviones o fraccionan la concesión de las sillas para un evento Papal para así evitar el concurso público (el concepto de “un culo, una silla, un contrato” es primo hermano del democrático por excelencia de “un ciudadano, un voto” y demuestra, de paso, la candidez de otros insignes corruptos que fingieron concursos para designar arquitectos a dedo cuando podrían haberse evitado las molestias fraccionando las obras en ladrillos), mientras el entonces ministro de defensa alemán fue obligado a dimitir por haber plagiado su tesis doctoral. No importó que se tratara del político más popular de Alemania—como corresponde a quien, por el mismo precio, llena las páginas de crónica política y social—, ni que la canciller Merkel le mostrara su apoyo incondicional: la opinión pública alemana decidió que la trampa merecía un castigo. La gravedad del mismo, que su retirada sea temporal o definitiva, ya dependerá de las cualidades del dimisionario y de la capacidad de perdón de la sociedad alemana, pero el simple hecho de que por dignidad un político dimita o sea obligado a dimitir es admirable desde la perspectiva española, donde los políticos se sienten inocentes mientras no se demuestre penalmente lo contrario y donde son necesarios la policía, jueces, condenas y una afilada espátula para despegarlos de sus cargos y escaños.

¿Cómo reaccionaríamos a un caso como el de Zu Gutemberg? La diferencia ofende pues, para empezar, nuestros políticos jamás se verán en la tesitura de plagiar tesis de doctorados que no parecen tener mucho interés en realizar; los que los estudian, suelen ser percibidos por la opinión pública como quijotescos idealistas de partidos sin vocación de gobierno y no serán votados por mucho que suenen como el mismísimo Churchill redivivo.

“Habla muy bien, grandes pensamientos, pero gobernar es otra cosa…”

Efectivamente, está siendo otra cosa.

Así que ya ven hacia donde iba encaminado este artículo: a la aburrida y repetitiva tarea de constatar, una vez más, lo arraigada que está la corrupción en nuestra sociedad y mentalidad. Y ya iba a poner el punto final cuando caí en la cuenta de que no podemos ser tan idiotas y que tiene que haber otra explicación: tanto Zu Gutemberg como los políticos corruptos a los que en los próximos meses premiaremos con mayorías absolutas son creaciones de la Conspiración Zu Gutemberg (KonspiraTion Zu Gutemberg en alemán) cuyo objetivo es deslegitimar, por comparación, a nuestras democracias (no sé si Berlusconi también es creación de la conspiración o ha surgido por generación espontánea), permitiendo así a Alemania lograr un ascendente moral que les permita imponer su criterio en la Unión Europea en camino a la dominación mundial; perdón por la estereotipación facilona, pero no esperarían que una misión con un nombre de tal nivel tuviera como objeto la dominación de su comunidad de vecinos…

Casi nos engañan. Afortunadamente, se van a encontrar con una valiente sociedad española dispuesta a demostrar que no hemos perdido la la dignidad y el espíritu cívico hasta el punto, no ya de no castigar, sino de recompensar a nuestros corruptos. Nos quejamos de la falta de ética de los partidos presentando a políticos imputados, pero deberíamos estarles agradecidos por permitir que, independientemente de responsabilidades penales que aún están por dilucidar, nos permitan ejercer nuestro poder como informada ciudadanía: el de no votarles.

Foto editada por DFV a partir de las siguientes fotografías: Foto 1Foto 2Foto 3

Internet Arábiga (II): sobre exploraciones y explotaciones

De camino a la plaza me he encontrado a una joven que volvía de allí. Tenía el pelo deliciosamente enmarañado de la juventud; lo que en una persona veinte años mayor hubiera evocado desaliño, en ella, miope prodigio que aún no llegaría a los veinticinco, comunicaba rebeldía. La eterna veneración de la juventud; la vida adulta suele parecer un curso acelerado de envejecimiento en cuerpo y alma, sobre todo en alma, envejecemos mucho más por dentro que por fuera, de modo que llega a parecernos que venerar lo que aún no ha comenzado su proceso de corrupción es como volver atrás en el tiempo y volver a creer. No es parecer jóvenes lo que nos atrae, sino volver a creer como cuando lo éramos.

Le he preguntado por la manifestación.

—¿La verdad?—me ha dicho ella con una media sonrisa burlona.

—O la mentira que mejor la describa.

Me miró como a un cómplice; no tanto porque pensara que, no habiendo llegado a los cuarenta, fuera estar de su lado, sino porque tenía tanta fe en sus ideas que le parecía imposible que alguien no fuera a estarlo. Cuarenta, ochenta, pensaría ella, que importa, la cuestión es explicar bien las cosas….

Importa y mucho. Importa tanto que alguien mayor que yo hubiera estado más cerca de ella; al final nos parecemos al principio, los viejos se parecen a los niños, y al principio del final nos parecemos al final del principio, por eso las empresas que quieren acabar con la independencia de sus trabajadores siempre irán contra los profesionales que, acercándose al final de sus carreras, están en lo más alto de su prestigio.

—Soy licenciada en filosofía y llevaba dos años trabajando con contratos temporales hasta que un día me dijeron que ya ni eso…Y ahora me dicen que añore esos tiempos, que todo era maravilloso entonces, que por lo menos entonces, pese a mis pecados, alguien me daba un trabajo…¿Mis pecados? El peor. Pensar que uno puede hacer una carrera de la cultura, que la vida y la educación no es una folclórica preparación para el momento en el que dejemos de jugar a pensar y nos dediquemos a inversiones varias.

—Decir eso sería ir contra siglos de civilización.

—Por eso no lo dicen. De momento. Por pudor, que no por convicción…Para que algo tenga valor hay que pagar por ello, ¿quién quiere pagar por teologías, filosofías o filologías? Cometí un error de cálculo y prioridades. Mala suerte. Pero no nos preocupemos, no todo está perdido, la cultura y el arte aún existen y están en los negocios. Los genios ya no exploran ideas, ahora las explotan…¿Hay algo más siniestro que ese concepto? ¡Explotar una idea! La palabra explotación solía tener connotaciones negativas, ahora ya no…Ahora no aspiramos a nada más que a explotar y ser explotados.

Hace una década me hubiera quedado embobado pensando que había encontrado con quien vivir de nuevo y resucitar una vez más a tiempos en los que malvivir buscando excusas no fuera suficiente; tiempos en los que me pareciera que la sociedad me pedía algo más que participar de sus excusas colectivas para la injusticia; tiempos en los que esperaba más porque hacía más y, mereciendo más, me parecía que era víctima de la injusticia; al contrario que ahora, cuando merezco menos y vivo atenazado pensando que participo de esas mismas injusticias; esperar más y creer que merecemos más es la forma, independientemente de que seamos codiciosos magnates o desprendidos visionarios, de creer que estamos del lado de las víctimas, mientras que esperar menos y creer que merecemos menos es sentirnos constantemente en compañía de verdugos. La fe y la culpa no es la herramienta de las religiones, sino su esencia. De eso me hablaba ahora la joven:

—La jerga económica ha contagiado nuestra forma de hablar y de vivir como en otro tiempo la contagió la religiosa. Del mismo modo que en otro tiempo el arte tenía que pasar por el filtro de la religión, ahora tiene que pasar por el del mercado. Es ridículo, nos rebajamos al permitir que el intercambio de sensibilidades e ideales esté regido por el mismo medio con el que intercambiamos naranjas y peras…Y lo increíble es que los que apostaban por el mercado como la solución a todos los males han perdido estrepitosamente, pero sus ideas estaban tan arraigadas en cada uno de nosotros que han logrado arrastrarnos en su derrota y, al caer al suelo, ellos estaban más preparados para soportar el golpe. ¿Resultado? Que mientras nosotros nos contamos los dientes ellos han vuelto a levantar el chiringuito y a ofrecernos una dosis doble de los remedios que nos han llevado a la enfermedad…

—Y volveremos a enfermar…

—¡Ni hablar! Ya me he contado los dientes. Ni siquiera sé si los tengo todos, ¿pero qué importa? Los que tengo son para morder. Superado el trauma de la caída me he acordado que tengo memoria y que, teniéndola, me acuerdo de quién ha hecho qué y de quién no lo volverá a hacer mientras pueda evitarlo…

En aquel momento quise decirle a la joven que no perdiera el tiempo, que con aquellas ideas estaba atacando al orden social que tenemos desde tiempos inmemoriales y que nos ha convertido en perfectos inmemoriados; que la política es el arte de los posibles y que las reivindicaciones no tienen mucho que hacer en una sociedad que ha sido programada para ridiculizar la protesta. Debiera haberle dicho que no se equivoque, que la exaltación de la crítica es como el virus que se inocula es pequeñas dosis para inmunizarnos; que el que nos alaben constantemente las bondades de una masa crítica es la mejor demostración de que es la peor de las amenazas. Pero soy un tarado; tarado como todo aquel que tiene en la cabeza ideas sin la menor relevancia y que ocupan el precioso espacio que debieran ocupar otras más productivas.

¿Qué pasaría si todo el mundo pensara como ella? Era mi obligación como manso adulto sugerirle que aceptara el orden establecido pues, para bien o para mal, es en el que sabemos funcionar, contarle que, unas cuantas revoluciones más tarde, tal vez no pidamos nada más que algo a lo que atenernos y que la codicia y el egoísmo cumplen esa función de constancia y previsibilidad . Pero ya les he contado que soy un tarado; así que, en vez de pedirle que aplicara el dictatorial “algo a que atenerse”, se me ocurrió decirle:

—Le preguntaron a Yossarian qué pasaría si todos pensaran como él.

—¿Y él qué contestó?

—Que, entonces, él sería un maldito loco de pensar de manera diferente…