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Archive for the ‘Literatura’ Category

No hay que mirar atrás, no se puede. Bernardo no creía que así se evitaran los malos recuerdos, pero sí al menos que se presentaran como imágenes completas, reduciéndolos a breves destellos de deslumbrante oscuridad, deslumbrante como todo lo que no soportamos mirar. También los buenos le dolían, sobre todo los buenos, bellas postales de arena hirviendo de las que huir en busca de un mar de olvido y rutina. Tenía cincuenta y nueve años, veinticinco de vida y treinta y cuatro de espera.

Dolorosas postales como aquella de su Buenos Aires natal, donde había sino un idealista e ilusionado estudiante de ingeniería; o la de la primera vez que vio a Enriqueta en la biblioteca de la facultad, ya entonces se dijo que no podía haber mayor felicidad que el mirar por el resto de sus días a aquellos enormes ojos azules. Y no iba a haberla…

Enriqueta y Bernardo se miraban cada noche en silencio durante horas, vestidos con trajes y pelucas de época, sus rostros empalidecidos por el maquillaje; de telón teatral un marco formado por palos de escoba cubiertos de terciopelo rojo y sentados en un banco cualquiera de algún paseo concurrido de la ciudad europea de turno, se convertían en reyes, aristócratas, poetas, amantes o bohemios ganapanes de versos con aroma a absenta. De fondo no cualquier música, pero sí cualquier ópera; desde que veinte años antes, en la cocina del piso de Recoleta que había sido su tumba en vida durante más de una década, Enriqueta volvió a sonreír al escuchar una ópera en televisión. O al menos a hacer el gesto, que tras doce años de tristeza venía a ser lo mismo.

Al salir aquella noche de la pensión de la calle Apuntadores de Palma en la que llevaban dos semanas alojados y empujando el carrito con su escenario portátil, la oscuridad con la que la ciudad les recibió devolvió a Bernardo a uno de aquellos malditos destellos. Los golpes de los militares en la puerta, tan educados y cívicos, incluso tuvieron el detalle de tocar el timbre cinco segundos antes de tirarla abajo y leerles rápidamente unos cargos con los que les acusaban de estar en el lado equivocado de la historia. Provoca pavor y alivio que ni los verdugos puedan prescindir del corsé de la legitimidad. Volvió a recordar los golpes, las torturas y los interrogatorios interminables. Y los vítores y celebraciones: era 1978 y en el vecino monumental de Ríver Argentina ganaba un mundial mientras perdía el alma a escasas diez manzanas.

Pero los peores dolores no fueron físicos, sino la incertidumbre de no saber que había sido de su familia, de Enriqueta y Guillermo, quien por aquel entonces era un buda regordete de un año y los mismos enormes ojos azules de su madre. Escupiendo sangre, Bernardo logró susurrar:

—Mi mujer, mi hijo…¿qué ha sido de ellos?

—¡El rojo boludo pregunta qué ha sido!—le preguntó uno de los militares a su compañero mientras clavaba la pesada suela de sus botas militares en el estómago de Bernardo.

—Ha sido gol de Kempes…—contestó entre risas el otro.

Pasó el tiempo, las heridas sanaron, algunas lesiones se curaron y las que no lo hicieron del todo se convirtieron en simples condicionantes, como la cojera de Bernardo o la incapacidad de tener hijos de Enriqueta, reventada por dentro a golpes y violaciones. Por doloroso que fuera, todo era llevadero comparado al recuerdo de Guillermo. Liberada meses antes, fue ella la primera en averiguar que se lo habían llevado para siempre. Al volver a casa Bernardo no tuvo ni que preguntar: una mirada y el silencio de ella bastaron; la misma y el mismo con los que Enriqueta llevaba viviendo treinta y cuatro años.

No hay que mirar atrás ni para soñar, se decía una vez más Bernardo, siempre se sueña hacia adelante; soñar con la esperanza por la que siempre dejaba un teléfono de contacto y la forma de encontrarles a la poca familia que les quedaba en Argentina; soñar con que un apuesto hombre de treinta y cinco años y enormes ojos azules se les acercara por la espalda, les cogiera del brazo y contándoles que aún estaba vivo les recordara que ellos también lo estaban. Les agarraría del codo, como ahora lo hacía una mano fuerte…

—Guillermo…

Vio una manga de color marrón. De haber girado ligeramente el cuello hubiera visto una tez blanquecina cubierta de sombra bajo un hábito de fraile. Pero ya sabemos que Bernardo nunca miraba atrás.

Y así fue como la ciudad se convirtió en su escenario. El uno frente a otro, como siempre, por fin sin interrupciones y sin ni siquiera pestañear en un delicioso duermevela en el que pasearon por las calles del casco antiguo de Palma en compañía de aquel fraile que que a ratos tenía los ojos azules de Guillermo, a ratos marrones, a veces tenía las alas de un ángel y casi siempre el gesto atormentado del diablo; Bernardo pensó que habían llegado al cielo, porque sólo en el cielo se puede pasear eternamente por una ciudad en primavera en compañía de los que uno quiere, otra vez una familia. O tal vez hubieran descubierto como volver atrás en el tiempo, a aquel verano del 78 en el que la vida se convirtió en una simple espera. Ahora veía incluso las gradas y el césped del campo de fútbol, como en aquellos sueños que tenía en los descansos que le concedían sus torturadores.

“Se puede perder el alma mientras se gana un mundial…”

Sebastián Montaner abrió el sobre dirigido al “director del periódico Las Últimas Horas y a su fotógrafo estrella…” En la primera página, una hoja impresa con el mensaje: “para que aprenda a hacer fotografías de sucesos.” En las imágenes siguientes, una estampa que se había hecho muy popular en las últimas semanas en el centro de Palma: la de dos viejecitos que parecían recién salidos de una ópera posando en diferentes partes de la ciudad; tan popular que en algunas de las fotografías, junto a los protagonistas, aparecían insignes políticos. En una, sonriente y con el ayuntamiento de fondo, aparecía el alcalde, quien en dos semanas se enfrentaba a una difícil reelección con la seguridad ciudadana como una de las principales bazas de su partido (la leyenda de la fotografía era “tres seguros cadáveres”); en otra, el honorabilísimo presidente de la comunidad autónoma, inmerso por aquel entonces en un escándalo de corrupción, posaba sonriente inclinado con un par de monedas sobre el bote de donativos de los dos viejecitos (la leyenda: “¿las deja o se las lleva?”) Estaban todos: el conseller de turismo, la presidenta del consell insular…

—Donde haya una buena foto siempre habrá un político…—pensó Montaner.

El alcalde, avergonzado, confesó al ser entrevistado que tras hacerse la foto llamó a un empleado municipal para pedirle que revisara las alcantarillas de aquella zona ya que algo olía a podrido…

Comparadas las imágenes en sucesión, el deterioro de los cuerpos era aparente; por separado el maquillaje lo tapaba. En las últimas se podían incluso apreciar grietas en la piel. El álbum concluía con una fotografía estilo post mórtem y otra de los dos cadáveres abandonados en un almacén, como si fueran objetos del atrezzo de una ópera. Tras examinar esta última detenidamente, una bandera de color rojo y negro y una sombra verde en el haz de luz que entraba por un ventanuco hizo que Montaner sospechara sobre cual podía ser el escenario de tan macabra escena.

Llamó a Pereira. Tras dos tonos, el fotógrafo contestó con sorna:

—Calle Ruiz de Alda, mañana llena de noticias en la jefatura de la policía nacional. Dos DNIs perdidos y una reclamación por no haber salido favorecido en la foto de carnet…¡La jungla de asfalto nunca duerme! Y estoy a punto de ventilarme un plato de frito mallorquín…

La simple mención de comida obligó a Montaner a contener una arcada.

—Hay que tener estómago…

—Creo que éste sólo lleva hígado y vísceras, pero como madrileño que soy no pretendo ser un entendido en el tema.

Mejor no describir las sustancias viscosas con las que Montaner regó la mesa de su despacho.

—Te mando a una de las peores escenas de tu carrera—dijo recomponiéndose a duras penas—. En el antiguo estadio Luis Sitjar: allí encontrarás los cadáveres de los dos viejecitos que se pasean por el centro vestidos como si estuvieran en una ópera. Cuando me confirmes que los has encontrado llamaré a la policía. Incluso cumpliendo con nuestra obligación como ciudadanos tendrás al menos diez minutos a solas…

Pereira sonrió. Había dudado de que su director fuera a ser capaz de interpretar las pistas en la foto y el efecto no hubiera sido el mismo de haber tenido que ir a la redacción del periódico a hacer de investigador adjunto. Aliviado y feliz caminó los trescientos metros que le separaban del estadio Luis Sitjar, entró por una ventana que rompió con un palo que había dejado preparado—y no por la trampilla que había usado en todas las demás ocasiones—, y ya pisando los hierbajos donde en otro tiempo había estado el césped de tantas glorias futbolísticas, viendo por primera vez a la luz del día a aquel derrotado monstruo de cemento y hierro oxidado que hasta el momento sólo se le había presentado en sombras, recordó sus comienzos como fotógrafo de sucesos y deportivo en el ABC; las ilusiones de aquellos tiempos en los que se sentía uno más de aquella hermandad de celebridades de la capital junto a las que dilapidó dinero, salud y una familia antes de darse cuenta de que, justa o injustamente, los que salen en la fotos ganan mil veces más que los que las hacen. Momentos de ilusiones…Pero mejor no mirar atrás. Y más cuando lo que venía era mucho mejor: se estaba convirtiendo en una estrella. Incluso le pareció oír los vítores apagados y somnolientos de un estadio que se desperezaba para su gloria. Ya tenía preparado el reportaje, así que mientras esperaba a la policía dio una eufórica vuelta de honor al campo. Horas más tarde, el periódico Las Últimas Horas batiría todos sus récords de tirada con un especial compuesto por las fotos del anónimo asesino en serie y las de Pereira en la escena del crimen. Sus múltiples apariciones en canales nacionales en los días siguientes le confirmaron que lo que había estado celebrando en el abandonado estadio mallorquinista fue otro ascenso a primera división: a la de los fotógrafos. O puede que incluso un mundial. Recordó los susurros agonizantes de Bernardo:

“Se puede perder el alma mientras se gana el mundial…”

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La infancia del diablo

Le dije que sí. Y ese fue el comienzo de mi relación con Schoeller, el gran Gustav Schoeller. ¿Quién era Schoeller? Como cualquiera de nosotros, Schoeller era quien se había dado cuenta que era. Podría haberse dado cuenta de que era otra cosa; un filósofo, un jardinero, o la mascota de un equipo de baloncesto, pero no, Schoeller se dio cuenta de que era Schoeller y la verdad es que, pese a que ocasionalmente lo intentó, nunca hizo demasiados esfuerzos por dejar de serlo. De ésto estoy seguro. De lo que ya no lo estoy tanto es de cómo se dio cuenta, así que les voy a contar la historia que él me contó. La gente nunca miente al explicar quienes son, raramente ellos lo saben; cuando mienten es cuando se les pregunta como han llegado a serlo. Si me preguntan, yo creo que la historia que Schoeller me contó es cierta, además de que Schoeller era tan mentiroso que de vez en cuando, aunque sólo fuera para despistar, decía alguna verdad.

Gustavo Schoeller nació en el seno de la que en otro tiempo fue una de las más importantes familias aristocráticas de Europa. Si esto es cierto, si lo es que creció en el antiguo y famoso castillo de los Schoeller de Prusia, decídanlo ustedes. La verdad es que no tiene la menor importancia y creo que, incluso de no haber sido cierto, Schoeller era sincero cuando me decía que lo era. Fuera Dios quien le hizo noble o fuera la ecuación del tiempo y su imaginación, lo cierto es que Schoeller estaba convencido de que en su infancia había sido noble. Y si Schoeller lo creía, ¿quién soy yo para dudarlo?

Así que había nacido en el Castillo de lo Schoeller, cerca del pequeño pueblo de Grauer. Allí fue donde el pequeño Gustavo recibió su educación, lo cual le convirtió en el primero de la estirpe Schoeller en no ser educado en el castillo.

—Mi madre fue siempre muy liberal—me comentó Schoeller—lo cual tiene mucho sentido si se tiene en cuenta que mi padre siempre fue muy tradicional. Creo que mi madre quiso hacerme el opuesto a mi padre y así convertirme en un hombre perfecto…

Gustavo, de complexión más bien delgada, lo cual contrastaba con la extraordinaria robustez de la que disfrutó de adulto, era además bastante débil. Nunca practicaba deportes y más de una vez le fallaron las piernas al subir escaleras y acabó rodando escaleras abajo. La peor de las veces se dislocó un hombro, en otra se rompió un brazo. En otra ocasión, quedándose dormido en clase, se dio de bruces contra las perchas del aula y poco le faltó para romperse la nariz.

Muchos en el pueblo culpaban a sus padres, o sea a “los marqueses,” por aquella debilidad. Muy especialmente la señora Morales, madre de Rafita, compañero de clase de Gustavo:

—Salta a la vista que el niño está mal alimentado…—contaba un día la madre de Rafita en el puesto de carne de la señora Vonverí, en el mercado central de Grauer —¿A ver cuándo mi Rafita se ha caído por la escalera? Todo el día jugando y raspándose las rodillas y después tan campante…Claro, como está bien alimentado…Y no como el marquesito, que me dice la sirvienta del castillo que sólo come melocotón en almíbar. Y además es tan callado, la verdad no sé que le harán sus padres para que el niño haya salido así de tímido. A mí el marqués me da mala espina, creo que pega al marquesito. Y claro, el pobre no se atreve a decir ni una palabra, dice mi Rafita que nunca habla con ninguna de las chicas y que cuando le preguntan que quien le gusta siempre dice que ninguna. Mal camino lleva. No como mi Rafita, que está cada día más hermoso y sanote, y siempre contento, y siempre contando cosas, y con novias y…la verdad, así da gusto.

Y que razón tenía la señora pues su Rafita, a cuyo lado Gustavo tenía la dudosa suerte de sentarse en clase, era una máquina de decir estupideces. Unas estupideces que, como líder del grupo de los Qevrantaguesos—el fuerte de Rafita nunca fue la ortografía—solían tener como objetivo el ridiculizar a alguno de esos mártires que toda clase está obligada a tener.

Y es que en caso contrario no sería una clase, pues un clase es precisamente eso: un lugar donde un par de niños, los mismos que treinta años más tarde exagerarán sus sueldos en esas reuniones de antiguos alumnos que ni locos se perderían (¡en frente de quien sino podrían exagerar sus sueldos!), suelen utilizar a un par de decenas de seguidores, una categoría cuyo futuro es muy difícil de predecir, pues la mitad de los mismos suele conformarse con, ya que fueron mediocres de niños, “¿por qué no serlo de mayores?”; y la otra mitad secretamente envidia al líder y juran que algún día le devolverán las humillaciones y las órdenes a ese cabeza de chorlito que siempre convencía a todos para que le eligieran delegado de clase, y esos sólo van a las reuniones de antiguos alumnos cuando han terminado la carrera de abogado, de médico (habitualmente ginecólogos), o de algo que suene bien (y que a ser posible tenga la palabra Internacional en el título) tan bien que puedan ir de la mano de una novia muy guapa y entonces presumen de su buen gusto con las mujeres, de como conquistaron aquella joya etc. etc.; es decir, que aquellos que durante años callaron y rieron las gracias de Rafita son los que ahora le pasan factura al miserable oficinista de banco o vendedor de seguros Rafita, demostrándole que ellos no tendrían gracia de niños pero que los que estudian y tienen éxito son los que al final se llevan a las chicas guapas, algo con lo que Rafita estaría de acuerdo de tener, claro está, algo de espíritu reflexivo y de no estar tan ocupado convenciendo al doctor de que abra una cuenta en su banco y a la señora del doctor, a la joya, de que el mejor restaurante vegetariano de la ciudad está justo al lado de su oficina y de que él tiene montones de tiempo y además, ¿qué no haría él por la esposa de su mejor amigo? Nada, absolutamente nada, o sea que con un poco se suerte no se dejaría nada sin hacer y ese sería su consuelo para esa mediocridad de la que, por no tener ni tiempo ni espíritu reflexivo, Rafita nunca se dio cuenta. Eso es una clase y dicho está. Pasemos ahora a los mártires.

José Antonio era el mártir oficial. Y es que la verdad es que el pobre José Antonio tenía todos los atributos de un gran mártir infantil. Por un lado, sus orejas eran las más grandes y separadas de la clase, e incluso de los dos cursos superiores, lo cual le hacía blanco fácil para la imaginación de los niños, una imaginación que, dirigida por Rafita, tenía, para suerte de José Antonio, resultados más bien faltos de imaginación. Así que, por obra y gracia, sobre todo gracia, de Rafita y de su amigo Enrique, quien era su amigo porque era el que daba los trompazos más fuertes, la memoria de José Antonio estaría por siempre unida al viento y al elefante de la Disney. Además, José Antonio tenía una voz muy nasal, tan nasal que creo que la única vez que había dado a su nariz el don de la descongestión fue aquella en la que le pegaron un balonazo y en la que hasta el estómago vertió vía nasal sobre el campo de fútbol.

Gustavo era todo lo amigo de José Antonio que alguien a este lado de la galaxia Minalba al cuadrado pudiera ser. No digo que José Antonio tuviera una gran imaginación, por la misma razón que no diría que un árbol tiene una cabeza muy grande. Un árbol tiene copa, un hombre cabeza; un hombre tiene imaginación, José Antonio…

—¿Gustavo, tú crees que mi canario va a resucitar?

—No lo sé José Antonio. ¿Por qué lo preguntas? ¿Se ha muerto?

—No.

Gustavo, que no era un Quevrantaguesos, pero que lo que sí era es de este planeta, sabía que lo mejor que se podía hacer en casos como aquel era no interrumpir los razonamientos de su compañero. Se quedó callado. José Antonio también.

—¿Tienes tele?—dijo finalmente este último.

—Sí, aunque la verdad es que nunca la miro.

José Antonio le miró con extrañeza. Gustavo temió haber ofendido sus gustos, aunque lo cierto es que José Antonio no parecía del tipo de niños a quien pudiera interesar la televisión. Quizás alguna de esas series de gatos japoneses con forma de niño que hacen explotar estrellas y enamoran a chicas con ojos muy grandes y piernas de cerilla, pero quitando eso…

—Aunque a veces sí que la veo—añadió Gustavo—Pocas, pero a veces hay cosas interesantes…¿A ti te gusta la tele?

—No.

José Antonio vestía de esa forma que, o bien denota que su madre no le presta atención, o bien que viene de una familia sin dinero. Gustavo temió que fuera este último el caso y le preguntó:

—¿No tenéis televisor?

—Claro que tenemos…

José Antonio se quedó mirando fijamente a Gustavo, lo cual éste, pese a su corta experiencia, sólo dos evaluaciones sentándose junto a José Antonio, sabía que significaba que José Antonio iba a continuar hablando.

—¿Tú crees que Rafita va a resucitar?

Un momento antes Rafita, que se sentaba detrás de Gustavo y José Antonio, había colgado de la oreja derecha de éste una prenda interior que había encontrado en la bolsa de deporte de Rosa, la cual estaba colgada de las perchas junto a las que tanto José Antonio como Rafita estaban sentados.

—Señorita, señorita, el viento ha colgado algo de las orejas de José Antonio…—gritó Rafita.

Gustavo oyó aquello, seguido de muchas risas, como fondo de la voz de José Antonio, quien no había interrumpido su razonamiento:

0—¿Crees queRafita resucitaría en una persona diferente?

—No lo sé, José Antonio.

—¿Tú crees que resucitaría en una persona peor?

—¿Qué quieres decir?

—José Antonio, deja de hacer guarrerías…—dijo la señorita.

José Antonio la miró fijamente y Gustavo vio como, fruto tal vez de un reflejo o quizás de una habilidad natural, las orejas de José Antonio se movieron levemente hacia arriba, para un momento más tarde volver a bajar. Sólo él se dio cuenta, pues era el único que estaba lo suficientemente cerca como para darse cuenta. Mientras tanto, José Antonio miraba a la señorita, sin estar muy seguro, como era habitual en él, de lo que estaba pasando a su alrededor.

—José Antonio, quitate ahora mismo lo que tienes en las orejas.

Entonces Gustavo se dio cuenta de algo de lo que era sólo vagamente consciente: José Antonio era sabedor del tamaño desproporcionado de sus pabellones auditivos. Gran descubrimiento, si bien relativamente trivial cuando comparado al siguiente que aquel día le tenía reservado; José Antonio, en contra de lo que las vanas intentonas de Rafita pudieran hacer suponer, podía ser ofendido. De hecho la señorita le acababa de ofender. Entonces la miró con el mayor de los desprecios y en una muestra de pensamiento, no sólo terrícola, sino además adulto, dijo:

—Ya le gustaría a usted tener los senos tan grandes como mis orejas—lo cual no por cierto hay que dejar de reconocer como un golpe bajo.

—Fuera de clase—fue todo lo que la señorita pudo decir.

Como una novia caminando al son de la marcha nupcial, José Antonio caminaba con los llantos de la señorita Nieves de fondo. El velo, ya se lo pueden imaginar; como también el que Rosa, que hasta aquel instante no se dio cuenta de lo íntimamente que aquello estaba relacionado con ella, también comenzó a berrear al ver su prenda interior, “si al menos hubiera sido la de buena marca que su padre le había regalado por reyes,” (¿su padre!) colgada de la oreja derecha de José Antonio. Y claro, como Rosa lloraba, todas sus amigas lloraban, de tal forma que un momento más tarde aquello se parecía más a un funeral que a una clase de Ciencias Naturales.

Poco a poco, la cosa se fue calmando.

“Al fin y al cabo,” se consoló para sí la señorita, “a mi novio le gustan tal y como son.”

“Al fin y al cabo,” se decía Rosa, “podrían haber sido las rojas.”

Así que cinco minutos más tarde la señorita Nieves estaba dispuesta a continuar con la reproducción de los moluscos. Y no fue por falta de interés en tan apasionante tema que Gustavo descubrió su tercera lección del día; a saber, que sus puñetazos no le dolían a Rafita y que, sin embargo, el eco de los mismos, los de Rafita a él, sí que dolían. Por suerte le había dado en la frente y de momento no había sangre, aunque sí una rojez que aseguraba convertirse en una gran chichón.

—Fuera de clase los dos.—dijo la señorita.

—Sí, fuera de clase, eso es, vas a ver la de tortas que te voy a dar…

—No me das miedo—dijo Gustavo, sin decir una mentira pero sí una tontería, pues Rafita pensaba dos veces lo que él.

Y cuando ya salían la señorita agarró al peor estudiante de los dos, a Rafita, y le dijo que había cambiado de opinión y que en vez de sacarle de clase le iba a pedir la lección.

Fue el comienzo del descenso en popularidad de Rafita, una caída en picado que comenzó por aquel maldito e insospechado defecto de pronunciación, llamado ignorancia, que le hizo pronunciar “moluco.” Y tantas veces dijo moluco que aquel fue su apodo hasta el día en que, un par de meses más tarde, el futuro ginecólogo que nunca lo fue, viendo que su momento de liderar había llegado antes de los esperado, se lo cambió por el de “mameluco.” Y el pobre mameluco ya nunca vendió cédulas bancarias, pasándose el resto de su vida intentando demostrar que no era tonto. Y cuando se lo recordaban decía:

“No me avergüenzo de aquel desliz,” decía Rafita en una reunión de antiguos alumnos algunos años más tarde, “además, ese es mi lugar en la historia de esta institución. Yo moriré, pero siempre quedará el recuerdo del “mameluco.” Además, a que tantas risas, ¡a ver si vosotros habéis acabado la carrera de medicina como yo!”

Pero volvamos a aquel día.

—Ayer estaba en casa viendo la televisión…—le decía José Antonio a Gustavo una vez estuvieron en el patio, al mismo tiempo que Gustavo despejaba las orejas de José Antonio de objetos extraños.

—¡Qué bien! ¿Ponían algo bueno?

—Sí, muy bueno.

Entonces José Antonio se pasó diez minutos hablando, con un entusiasmo del que Gustavo nunca le hubiera creído capaz, de la vida de un señor que se había pasado treinta años pintando soldaditos:

—…franceses, ingleses, los guardianes de la caverna del nunca dirás, que son los que advierten a los que quieren entrar en ella de que…—y moviendo ambas manos y con una voz muy ronca— “estas son las reglas de la caverna del nunca dirás. Es un mundo oscuro, es cierto, pero lo es porque, mientras no propaguéis sonido alguno, pasaros nada puede…”—así lo contaba, aseguraba José Antonio, el señor que llevaba treintas años pintando soldaditos—…las paredes están llenas de plantas, pero incluso si os arañan, preocuparos no, que rasguños os harán no. Hay gusanos, sí, gusanos asquerosos al tacto, sí, pero que picaros pueden no y aunque pudieran, dañaros no. Sabed que asustaros no habéis y si os asustáis, sí, sabed que gritar debéis no, porque el grito haría perder la lengua, sí, porque hay una mata que puede soportarlo no, no…Y entonces oí “plaff.”

—¿Eso dijo el señor de la televisión?

—Oí “plaff” en la cocina.

—¿En qué cocina?

—Era mi abuelo.

—¿El de la televisión era tu abuelo?

—Mi abuelo acababa de morirse en la cocina—se quedó callado por un momento y, con mirada soñadora en sus ojos, continuó:

—¿Tú crees que si meto mi canario en un cazo con agua hirviendo podría resucitar y volver en forma de cuervo?

—Pues, la verdad…¿pero tu abuelo está muerto?

—Sí, ayer. Estaba yo en mi casa viendo la tele, ponían un programa de un master de las pinturas, era especialista en soldaditos, franceses, ingleses, y guardianes de las cavernas…

—Sí eso ya me lo has contado.

—Oí ¡pafff! No, plaff. Era mi abuelo. No, no mi abuelo, sino el suelo al ser golpeado por mi abuelo.

—¿Y qué hiciste? ¿No te asustaste?

—No sé. Llamé a mi madre a la oficina y me dijo que no me asustara, que enseguida iba para allá. Herví uno de sus huevos…

—¿Qué hiciste qué!

—Fue eso lo que me dio la idea, pero no quisiera que volviera en forma de cuervo y me sacara los ojos, o aún peor, en forma de loro, de loro con la voz de Rafita, y se estuviera todo el día en mi cuarto, porque yo me paso mucho tiempo del día en mi cuarto escuchando cantar a mi canario. Y lo que yo pensaba es que a lo mejor vuelve en forma de pintador de soldaditos y entonces le podré preguntar como acaba la historia de la caverna del nunca dirás, al fin y al cabo es muy barato comprar un canario, cuesta menos que una enciclopedia lo suficientemente completa que cuente la historia del nunca dirás…

Entonces Gustavo le dijo que seguro que acababa con algo así como que la chica gritaba y que, justo cuando la planta le iba a arrancar la lengua, el chico ponía la suya ya que, tal y como le escribió al salir, “lo único que le importaba en esta vida era poder seguir haciéndole poesías a su voz.” La chica, que estaba locamente enamorada del chico, pero que sufría una insuperable aversión por los mudos, le dejó entonces por el cantante de una banda de rock.

Gustavo había acertado en todo menos en el toque Volteriano con el que hizo acabar la historia.

—Vaya, que buen final…—dijo José Antonio—…hoy mismo mato al canario. ¿Cómo ha podido mi canario reencarnarse en ti sin estar muerto? Me alegra ver que las reencarnaciones son a mejor si no se mata al ser que tiene que reencarnarse. Mi canario se reencarna en ti si no le mato. Quizás Rafita se reencarne en Rosa si no mato a Rafita…

0Aprovechando un silencio Gustavo le preguntó:

—Lo que no he acabado de entender es lo del…—como niño pudoroso que era no se atrevió a continuar—…eso que herviste de tu abuelo. ¿Pero es verdad eso de que tu abuelo está muerto?

—He hervido sus huevos multitud de veces.

—¿Y no le molestaba?

—Sólo cuando los necesitaba para otras cosas. Un día me dijo que no los tocara porque tenían que estar intactos para la señorita Adelaida. A ella siempre le gustaron los huevos de mi abuelo…

El abuelo de José Antonio era criador de pollos, lo cual Gustavo comenzaba a adivinar en aquel momento. Tras un par de preguntas más el entuerto estaba aclarado. Entonces el amigo de Gustavo se calló repentinamente:

—Ahora lo entiendo. ¿cómo va un canario que está vivo a reencarnarse en un pintador de soldaditos que hable a través de mi mejor amigo?—aquello último emocionó enormemente a Gustavo—Si mato a mi canario puede que todavía se reencarne en un buitre y me saque los ojos y si mato a Rafita puede que se reencarne en mi abuelo y siga pegando a mi hermana. El que se ha reencarnado en el pintador de soldaditos y que habla a través de ti no es el canario sino mi abuelo. O sea que la gente sí que se reencarna a mejor. Si mi abuelo se reencarna en ti, ¿en que me reencarnaré yo? ¿Lo sabes Gustavo?

Gustavo permaneció callado, creyendo que aquellas serían como tantas y tantas preguntas que formaban parte de la forma de hablar de José Antonio y que consiguientemente él mismo se las contestaría un momento más tarde. Pero no debía ser así, pues ahora repetía la primera de las mismas:

—¿En qué me reencarnaré?

Los dos se miraron fijamente. En los ojos de José Antonio, Gustavo vio aquella mirada adulta que momentos antes le había visto en la clase. A los ochos años Gustavo se sabía un niño viejo; pero lo que tenía en frente era algo más, mucho más que un niño viejo, era un hombre, uno al que algo más que el tiempo había obligado a crecer. Ambos se seguían mirando fijamente.

—Dímelo, Gustavo…

Y repitió una vez más la pregunta.

Pocas preguntas le debieron contestar al niño que se las contestaba a sí mismo. Aquella no fue una excepción, pues lo más seguro es no fuera Gustavo quien la contestara:

—En un Dios.

Pero no fueron sus labios, los de José Antonio, sino los de Gustavo los que se movieron.

Doce horas más tarde, José Antonio moría en el hospital de las heridas. Habían ido a informar a su abuelo de la desgracia:

“Inexplicable, su profesora está llorando desconsolada, le expulsó de clase, de forma injusta según ella misma ha reconocido, pero, ¿cómo iba a suponer que…”

Pero aquella ensayada explicación dejó de tener importancia una vez la policía se encontró con la macabra escena que José Antonio había dejado tras de sí antes de salir aquella tarde de camino al colegio. Frente al televisor un papel lleno de garabatos y esbozos de soldaditos. En la cocina, dos cuerpos ensangrentados. Los médicos determinaron, tras examinar el cuerpo de la niña, que llevaba años manteniendo relaciones sexuales con un adulto. Sus ojos cerrados, había muerto de un corte limpio en el cuello. En el fogón, un cazo con agua y restos de tejidos humanos, los cuales provenían del cuerpo amputado del abuelo.

—Me habló de su madre—declaró más tarde Gustavo una vez estuvieron en el despacho del jefe de policía.

—¿Qué te dijo exactamente?

—Que ella le había dicho que no se preocupara, que en un momento iría para allá.

—Su madre murió hace cinco años, al nacer la niña. Desde entonces estaban al cuidado de su abuelo…—le informó el jefe de policía.

Mucho se habló en el pueblo de aquel suceso. Como no podía ser de otra forma, multitud de personas se pelearon por el papel de víctima. Que si sus hijos habían convivido diariamente con un asesino, que si ya habían visto que aquel niño no iba por buen camino…

—Era un niño tan, tan raro. Yo siempre le decía a Rafita que le invitara a sus fiestas. Pero no se relacionaba con los demás niños. Me acuerdo que en uno de los cumpleaños de Rafita, cumplía seis…

Entonces la señora Morales comenzó a hablar de los numerosos detalles que le hicieron preocuparse por aquel pobre niño, “no pude dormir aquella noche.” Lo cual denota el gran espíritu analítico de la señora Morales, más teniendo en cuenta que no cruzó ni una palabra con José Antonio; si bien, en honor a la verdad, hay que decir que alguna atención sí que le prestó, pues nada más acabar la fiesta le advirtió a su hijo de que no volviera a invitar a aquel niño “cuya amistad no le convenía.” Algo en lo que Rafita no estaba de acuerdo:

—Si lo traemos para reírnos de él. ¿Has visto que orejas más grandes? Y habla como un “cangrejoso…”

La señora Morales se enorgulleció una vez más de aquel hijo suyo que aprendía tantas y tan complicadas palabras cada día. De todas formas, José Antonio no volvió.

Toda la población fue al funeral por el niño y la niña, que fueron enterrados separados de su abuelo. Si bien se apuntó a la posibilidad de hacer tres funerales diferentes, o enterrar al niño, que al fin y al cabo era el único asesino y el que había armado todo el lío, junto al abuelo, al final un señor muy simpático de la televisión acabó convenciendo al pueblo de que la tragedia tendría más impacto si era una pareja de cuerpecitos los que juntos se mezclaban con la tierra. Y ya no hubo más discusiones, pues era la televisión la que pagaba los funerales. Finalmente se aceptó que José Antonio era tan víctima como su hermana, o al menos se aceptó durante los dos días en que el país entero estuvo pendiente de aquella pequeña localidad cercana al castillo de los marqueses de Schoeller.

—Sí, pobre chico, Dios sabe que rezo cada día por la salvación de su alma, era buen chico aunque, claro está…—era la señora Morales, quien con la tan común táctica de dar y quitar, de alabar para poder criticar más libremente, la cual aúna la mala intención del que critica y la cobardía del que ni siquiera se atreve a hacerlo abiertamente, intentaba darle un nuevo interés a aquel tema en un momento en el que parecía estar agotándose—…aún reconociendo que la violación de una niña es un pecado muy grave…¿no es Dios quién tiene que castigar estas cosas? Dos vidas con tanto por vivir. Sobre todo la niña, porque por mucho que yo quisiera al niño, lo cierto es que el pobre estaba un poco loquito. Además, el abuelo les había sacado adelante, les daba de comer…¿no merece eso ningún agradecimiento? Lo diré y repetiré mil veces, no hay ningún pecado que merezca la muerte, ¡que el castigo que tenga que venir ya vendrá! Pobre criaturita, violada por su abuelo casi desde que nació y asesinada por su hermano…Otra cosa que no entiendo, ¿por qué la tuvo que matar? Si la quería tanto como para matar al abuelo, ¿por qué matarla a ella? ¿Y por qué matarse él? Ningún juez le hubiera condenado, quizás le hubieran mandado a un hospital por algún tiempo, pero eso no le hubiera venido mal al pobre José Antonio…Y es que era un niñito tan triste, yo siempre le decía a Rafita que le hiciera caso y me consta que eran muy amigos. No como el “marquesito”, esa mosquita muerta que fue el último que habló con él y yo tengo en mucha estima a su padre—la señora Morales volvía a la carga—pero su madre, de esa presumida no puede salir nada bueno. Y que curioso que de todos los niños de la clase tuviera que ser el marquesito el último en hablar con el pobre José Antonio. No estoy sugiriendo nada, sólo que me parece muy extraño…y al día siguiente el marquesito ya no fue al colegio. Le han puesto un profesor particular…¡cómo si fuéramos nosotros quienes hubieran matado a los niños! Yo no estoy sugiriendo nada, pero si hay alguien que tenga la culpa, que no digo que nadie la tenga que quede claro, pero en el caso que alguien la tenga, ese alguien es el marquesito. Es un caprichoso, quiso pegar a Rafita porque Rafita no quiso continuar la broma cuando vio que iban a expulsar a su compañero de clase. Rafita me lo cuenta todo. Me dijo que el marquesito le convenció para que sacara de una bolsa de deporte las braguitas de una de las niñas y se las pusiera en la oreja a José Antonio. Entonces expulsaron al pobre José Antonio y cuando Rafita quiso decir que habían sido ellos dos quienes se las habían puesto, el marquesito, tan poca cosa como es pero asimismo bravucón, intentó pegar a mi hijo. Claro que mi Rafita es mucho más fuerte y le pegó un buen tortazo. No es que yo esté orgullosa de ello, de hecho le castigué dos días sin ver la tele por gastarle una broma pesada a un compañero y pegarle a otro. Una cosa es ser hombre y otra ser violento. Aunque hay que reconocer que el golpe era merecido. Claro que una es madre para ser comprensiva y al final le levanté el castigo, el pobre ya estaba suficientemente apenado con todo lo que había pasado. Me prometió que rezaría todas las noches de este año por su pobre amigo muerto y también por su pobre hermanita. Me gustaría saber lo que el marquesito le dijo cuando estaban los dos solos en la terraza…Bueno, que puñetas, ¿por qué no contarlo? Al fin y al cabo es verdad, ¿y qué hay de malo en contar la verdad? La verdad está para ser contada…Sólo os pido que no se lo digáis a nadie, pues os lo cuento sólo porque sé que sois de confianza. A mí me lo contó un señor que sabe mucho de este caso, el que más sabe…no puedo decir su nombre…por favor, no me preguntéis de quien se trata…—como si fuera necesario, pues sólo podía ser una persona, la misma que se llevaba meses rumoreando que era el amante de la señora Morales, un rumor que por cierto la señora Morales hacía grandes esfuerzos por no desmentir; o sea el jefe de policía.

Así que el pueblo no tardó mucho en saber lo que José Antonio había dicho a través de la boca Gustavo.

—Él me preguntó en que creía que se iba a reencarnar y yo, señor—le había contado al jefe de policía al día siguiente del accidente—le dije que en un Dios. No sé porque lo dije…

La gran mayoría del pueblo, que no entendían de sutilezas de personas hablando a través de otras, personalidades influyendo tanto en otras que les obligan a decir lo que por sí solos nunca hubieran dicho, llegó a la conclusión de que aquello lo había dicho Gustavo.

—Para dos palabras que dice ese que nunca quiere hablar…—decía la señora Morales.

El pobre José Antonio se había confesado antes de morir y, ¿cómo le pagaba el marquesito? Diciéndole que saltara. Hay muchos hijos que, odiando todo lo que ven en sus padres, se convierten en seres diametralmente opuestos. ¡Cuántos hijos de avaros serán extremadamente desprendidos con el dinero! Y no sólo porque lo tienen. ¡Cuantos niños habrán aprendido a ser respetuosos con el prójimo tras ver los abusos que se cometían en su hogares! Pero aquel, según la señora Morales, no era el caso de Gustavo. El pequeño había heredado todos y cada uno de los defectos de su madre.

Sus compañeros, de haber oído a sus progenitores decir una palabra buena acerca de Gustavo, les hubieran nombrado las innumerables ocasiones en las que Gustavo les había ayudado con los problemas de matemáticas; o de como siempre invitaba a merienda cuando uno de sus amigos le decía que se había olvidado el dinero en casa; ahora, claro está, contaban las mismas historias, pero de tal forma que sus padres pudieran decir: “¡siempre teniendo que demostrar que es el más listo!” “¡Cómo si los demás nos muriéramos de hambre!” “Los marqueses no pierden oportunidad de demostrar lo ricos que son…si al menos lo hubieran ganado…”

—Hoy he hablado con el “marquesito…”—le dijo Rafita a su madre tras llegar una de aquellas tarde del colegio. Le llamaba así desde que había visto que su madre, no sólo no le corregía, sino que parecía considerar que aquella era la única manera de referirse a Gustavo;“una manzana es una manzana, un balón es un balón, y el marquesito es el marquesito…,” se explicaba a sí mismo Rafita en uno de sus siempre profundos soliloquios mentales.

—Ya te dije que no me gusta que hables con él.

—Pero yo creía que me habías dicho que el marquesito y su familia eran los únicos del pueblo que están a nuestro nivel, que todos los demás son muy pobres…

—Y lo sigo diciendo. Pero ya te dije el otro día que después de lo que ha pasado es mejor que hables con él lo menos posible. Nunca se sabe que ideas tendrá en la mente ese pequeño diablo…¿No te acuerdas de lo que hablamos acerca de las malas influencias?—y ante la señal de negación de su hijo, quien en el momento en que su madre le habló de aquel tema a buen seguro tendría la mente ocupada desentrañando algún complicado enigma, como aquel que le tuvo preocupado durante dos días y que le hizo preguntarse si aquel cromo del portero de la selección, a cambio del cual le habían dado dos, uno del delantero centro y otro de un jugador extranjero del que nunca había oído hablar y cuyo nombre probablemente nunca sería capaz de pronunciar, tal vez no valiera más a juzgar por la rápido que su compañero de clase había aceptado el trato, además de que, claro está, los nacionales siempre…, como le iba diciendo, ante la negación de su hijo la señora Morales añadió—…ay Rafita, a veces eres tan despistado, claro, como todos los genios…

0—Por eso las malas notas—dijo Rafita apercibiéndose de que oportunidades como aquellas no se presentan todos los días.

—Sí, por eso, claro que sí cariño mío…—decía la señora Morales a la vez que enredaba afectuosamente sus dedos en los rubios rizos de Rafita—Pero tendrías que hacer un esfuerzo, porque si tú quisieras…Tus profesores siempre me lo dicen, “si se esforzara un poquito más, con su inteligencia…” Tienes que prometerme que lo intentarás. Ya sé que a veces es difícil, que los profesores no te motivan suficientemente. Todos los genios han tenido antes o después el mismo problema. Porque mira que tienes talento, basta ver las buenas notas que sacas en las clases que te gustan.

La señora Morales se refería a que Rafita había sacado dos sobresalientes en las dos únicas asignaturas que no había suspendido. La una deporte; una asignatura que el profesor de gimnasia, quien era también el entrenador del equipo de fútbol y de baloncesto (equipos ambos de los que Rafita era la gran estrella), llegó a calificar en la última reunión de padres como “la más importante en la formación de la identidad personal del individuo estudiante,” y añadía el buen señor Sorbo, que la verdad es que había leído lo justo, que su colega de filosofía, quien como todo filosofo creía que el resto de los mortales no creen que sus vidas son justificables hasta que ellos les dan una justificación, le había dicho que el deporte tenía una gran importancia para los antiguos griegos, lo cual no había sorprendido al buen señor Sorbo, pues, tal y como le confesó a su colega, “siempre había sido admirador de Nicos Galis, quien de haber medido un palmo más…” Ni que decir tiene que aquella misma noche el profesor de filosofía rebuscó entre sus notas de Plutarco y Herodoto alguna referencia a aquel prodigioso Galis y a aquellas misteriosas siglas de N.B.A. y viendo sus esfuerzos fracasar decidió pedir una beca, la cual le permitiría investigar aquel enigma en las nutridas bibliotecas de la capital. Una beca que, curiosamente, le fue concedida. Pero sigamos con los sobresalientes de Rafita. El otro sobresaliente lo tuvo en la clase de Teatro y era muy meritorio ya que, por ejemplo, Samuel y José Alberto sólo habían sacado un suficiente. Claro que Samuel y José Alberto solían pasarse aquella hora en el bar de la esquina bebiendo cervezas y fumando cigarrillos, pero eso era algo que Rafita se cuidaba muy mucho de no decirle a su madre, aunque sí que Samuel y José Alberto le ganaban de tres años (un número que curiosamente coincidía con las veces que habían repetido curso), preguntándole inocentemente si creía que las dotes interpretativas mejoran con la edad.

“Si este chico ya actúa mejor que chicos de dieciséis años…” pensaba la señora Morales, quien de haber sabido quienes eran Brando y Pelé probablemente hubiera llegado a la conclusión de que su hijo era una combinación de ambos. Y es que escuchando a Rafita describir aquella clase de Teatro (en la que lo único que solían hacer los alumnos era reírse del profesor, quien a su vez se reía de la escuela, “¡con la miseria que me pagan me voy a esforzar por enseñarles sensibilidad artística a estos energúmenos!”; una hilaridad recíproca, “con la miseria que le pagamos y nos tiene a los niños vigilados durante una hora…”), no era extraño que la señora Morales se reafirmara en su convicción de que tenía un genio en la familia.

—Un hombre del Renacimiento— le decía la señora Morales a la abuela del niño, utilizando esa etiqueta que tan comúnmente se suele aplicar a todos aquellos que hacen más de una cosa, olvidándose de que lo sorprendente de aquellos hombres no era la cantidad de cosas que hacían, sino que además las hacían bien. Hoy en día comer chicle y caminar, y no necesariamente a la vez, ya es suficiente para que a uno le califiquen de hombre del Renacimiento. Lo que no faltan, sin embargo, son vanidades del Renacimiento, que se demuestra en esa extraordinaria cualidad de ciertos individuos para sentirse genios en diferentes disciplinas en las cuales, en el mejor de los casos, son aficionados aventajados—la sensibilidad de un poeta y la fuerza de un león: ese es mi niño.

Pero volvamos a la historia.

Rafita le contó a su madre lo que aquella mañana había estado hablando con Gustavo. Había sido éste último quien se le había acercado, mientras Rafita estaba en el baño orinando. Aquel dato escandalizó a su madre, pues le confirmaba lo que tanto tiempo llevaba sospechando: que el marquesito era homosexual. Una desviación del carácter que no dejaba indiferente a la señora Morales, pues sabía que era una ante la que su hijo, en su calidad de genio, estaba particularmente indefenso.

Gustavo, demasiado tímido y pudoroso como para hablar con Rafita mientras éste orinaba, comenzó a lavarse las manos. Rafita le daba la espalda. Al terminar, Rafita le miró y salió corriendo, no por miedo, respeto o desprecio, sino porque era de esos niños que no aprenden a caminar en la infancia, pues se la pasan corriendo y saltando, y que sólo comienzan a hacerlo en la adolescencia, cuando las borracheras y las peleas de discoteca van gradualmente calmando sus impulsos, poniendo así en marcha un proceso que les acabará convirtiendo en seres capaces, no sólo de caminar, sino incluso de sentarse en una oficina ocho horas al día.

—¡Rafita!—gritó Gustavo.

Rafita frenó en seco y derrapó levemente, la curva a izquierdas que había que hacer para salir del baño era afortunadamente poco peraltada y se quedó mirando con cara de sorpresa a Gustavo, quien no sabiendo que decir, y tras un corto silencio añadió:

—No te has lavado las manos…

—Y tú te las has lavado sin haber meado. Estamos en paz.

Rafita salió corriendo de nuevo.

—¡Rafita!—gritó de nuevo Gustavo.

A través de las ventanas, ya en el pasillo, Gustavo le oyó contestar:

—¿Qué!

Gustavo se acercó a la puerta.

—Entra, por favor.

—¿Qué quieres de mí? A ver si voy a llamar a Pedro y Marco y te vamos a dar una paliza.

—Quiero hablar contigo.

—¿Para decirme que no me he lavado las manos? No me las necesito lavar para romperte la cara.

—Entra por favor, tengo que decirte un cosa.

Al oír esto la señora Morales comenzó a alarmarse. Un instante más tarde, Rafita le reconoció que había hecho caso al marquesito y había entrado.

—¿Cómo te has atrevido?—le dijo su madre—Te he dicho mil veces que ese chico es el diablo en persona. Es malo, malo de verdad, y lo único que quiere es perder a todos los que le rodean. Él mató a aquel muchacho, le metió todas esas ideas extrañas en la cabeza. ¿No me dijiste que hacía seis meses que se sentaba a su lado? Un segundo le basta al diablo para perder a una persona. No te acerques a él y no creas nada de lo que te diga.

Al oír aquello Rafita comenzó a llorar. Era un llanto desesperado y compulsivo. La señora Morales se alarmó inmediatamente, pues hacía años que no veía llorar a su hijo, quien ni siquiera cuando llegaba a casa con las rodillas ensangrentadas tras un partido de fútbol perdía la sonrisa. Lloraba cuando su equipo favorito perdía, y su madre lo sabía, pero era demasiado orgulloso como para hacerlo en frente de ella. Se iba a su cuarto y daba patadas a un viejo balón de plástico que al golpear en la pared hacía retumbar toda la casa. Tras unos minutos salía con los ojos enrojecidos y la cara llena de churretes negros, prueba de que momentos antes ríos de lágrimas saladas habían recorrido aquellas mejillas eternamente acaloradas, dejando tras de sí ese rastro de suciedad propio de los niños que se pasan el día sudando, arrastrándose por el suelo y restregándose la cara con esas manos con las que sólo momentos antes habrán tocado un sucio y polvoriento balón, entonces la señora Morales sabía que su hijo había llorado y disimulando preguntaba quien había ganado el partido, sabedora de que su hijo ya se había desahogado y que, a duras penas, lograría contestarle: “el otro equipo, pero no me importa.”

Pero ahora era diferente. En aquellos momentos Rafita estaba tan asustado que ni siquiera se atrevía a ir a llorar solo. La señora Morales se daba cuenta de que, por primera vez en más de diez años, su hijo le reclamaba la atención con su llanto.

—¿Qué te pasa pequeño mío?—le dijo mientras le abrazaba—Perdona si te he asustado. ¿Ha sido algo que te he dicho?

A duras penas, Rafita negaba con la cabeza. Intentaba hablar pero no podía, sus palabras cortadas por un cuerpo que, incapaz de respirar con normalidad debido a los nervios, intentaba comerse el aire a trocitos pequeños; un cuerpo que queriendo respirar el mundo de una vez se tenía que conformar con olerlo muchas veces, como un amante de las flores que una buena mañana se despierta con la nariz de un perro enano.

Poco a poco se fue calmando, su ritmo respiratorio acompasándose poco a poco al de las caricias de su madre, pero cuando pudo hablar se negó a hacerlo. Le aseguró a su madre que estaba bien y ya pudo ella rogarle que no quiso decirle la razón por la que había llorado de aquella forma insólita. El señor Morales intentó utilizar su autoridad para hacerle a hablar, llegando incluso a amenazarle con no permitir que jugara en el equipo del colegio. Rafita, por primera vez, les habló con cierta madurez, les dijo que había reaccionado de un manera extrema a una tontería y que por favor no le hablaran más de ello porque al hacerlo le avergonzaban. Sus padres se miraban asombrados, alegres y tristes a la vez, pues aquella noche se dieron cuenta de que en su casa habitaba un adulto más y un niño menos. La señora Morales, por supuesto, no dejó de felicitarse por la ganancia, pero tampoco de culpar a Gustavo por la pérdida. Y es posible que no le faltara razón, pues era efectivamente Gustavo quien, con sus palabras, había hecho aquel un día decisivo en la vida de Rafita. Pero fue su madre quien, con las suyas, le hizo comprender lo que aquella mañana había oído en el baño del colegio. Entonces le había parecido la broma “de un chulito que le quería asustar,” ahora, en cambio, se preguntaba si quizás aquel chulito sería algo más.

Rafita le dijo a su madre que aquella noche tenía un cumpleaños. La señora Morales, como no, insistió en acompañarle, a lo que Rafita le contestó que en aquella fiesta estaría una muchacha de la que estaba enamorado y que vaya efecto si le veía llegar de la mano de su madre. Y se lo dijo con tanto convencimiento, con tanta madurez, una cualidad a la que Rafita parecía estar tomándole el gusto, que su madre no tuvo más remedio que aceptar.

—Déjame al menos el número de teléfono.

—De acuerdo, pero sólo si me prometes no llamar…

—¿Para qué lo quiero entonces?

—Si me prometes no llamar…—repitió Rafita para hacerle ver a su madre que le había interrumpido—…a menos que sea tarde y no haya vuelto todavía.0

Y así quedó la cosa.

Rafita sabía que su madre llamaría, que de no llamar no sería su madre, y que de no ser su madre él no sería Rafita. Y él tenía planeado seguir siendo Rafita. Pese al miedo.

Otro nuevo concepto había entrado en la vida de Rafita y, aunque sólo lo comprendía a medias, no podía quitárselo de la cabeza: la locura. No, Gustavo no era más valiente que él, entre otras cosas porque a Rafita nunca se le había ocurrido que alguien pudiera ser más valiente que él. Rafita no sabía lo que era la valentía, pero sí que fuera lo que fuera él era el más valiente. Y aún en el caso poco probable de que hubiera alguien tan valiente como él, o incluso un poquito más valiente, ese alguien tendría el aspecto de un gran héroe, mediría dos metros y su cuerpo estaría incrustado en músculos. Y esa no era, desde luego, la descripción de Gustavo, a quien por aquel entonces Rafita sacaba casi un palmo de estatura y muchas guerras y rodillas raspadas en los recreos. Gustavo no era más valiente que él, de eso Rafita estaba absolutamente seguro. Pero de lo que Rafita no estaba absolutamente seguro es de que Gustavo no estuviera loco.

Y desde luego que no le faltaban razones para pensarlo. Aquella cita en la oscuridad de un cementerio y cuya hora Alejandro había excusado diciendo que era la única en que no tenía clase. Mentía, o al menos eso pensaba Rafita, pues Gustavo ya no tenía clase nunca ya que, de tenerla, iría al colegio, y la señorita había dicho que Gustavo ya no volvería al colegio. Y la razón de la misma, aquellas palabras que Rafita había intentado olvidar pero que ahora se veía obligado a recordar. Curiosamente aquellas palabras que tanta intranquilidad le produjeron por la mañana tenían ahora el efecto contrario. Aquellas palabras le daban un sentido a la cita e incluso el más macabro de los sentidos era mejor que pensar que Gustavo le había dado cita en un cementerio de noche sin razón alguna.

Llegó al cementerio. Gustavo le había citado en la segunda bifurcación del camino principal. Le había dicho que estaría a la altura del tercer árbol de la derecha, “si no me ves tú te veré yo.” Sólo debía acordarse de la segunda bifurcación. Al enfilar el camino principal se dio cuenta de que el miedo, en aquel momento fruto de la soledad del lugar, no estaba más que comenzando a subir en la escala del pavor, pues aquello que eliminaría el objeto actual de su miedo, la compañía de un ser humano, sería aún más terrorífico que la soledad. No, Gustavo no era más valiente que él, no podía serlo, si bien en estos momentos, demasiado asustado como para ser orgulloso, Rafita se reconocía tenerle tanto miedo como al mismísimo diablo. Por un momento le alivió oír una voz humana, por un momento había matado a la soledad; un momento que duró exactamente el tiempo que su mente tardó en darse cuenta de que aquella era la voz de Gustavo.

—Gracias por venir…—fueron las palabras con las que Gustavo le recibió.

—¿Acaso lo dudabas?—contestó Rafita con una seguridad tan fingida como compulsiva.

—No, no, claro que no—le contestó Gustavo en tono conciliador—Sabía que en realidad eras diferente de lo que pareces. Que en realidad no eres un niño, como todos los demás de la clase, y que aunque lo fueras hace unas semanas la muerte de José Antonio te habría hecho crecer. Y que entenderías que venir esta noche era, además de tu obligación moral, la única forma de salvar a un amigo del infierno.

—José Antonio no era mi amigo.

—No es a José Antonio a quien me refería, sino a mí.

—Tú tampoco lo eres…—dijo Rafita, arrepintiéndose al instante, pues, si bien no quería que Gustavo creyera que le tenía miedo, tampoco quería provocarle de manera innecesaria.

—Más te lo agradezco entonces—le contestó Gustavo—pues si no lo has hecho por amistad lo has hecho por deber. Y si difícil es hacer lo que vamos a hacer por un amigo, ¿cuánto más debe ser hacerlo por uno que no lo es?

Rafita quiso preguntarle a Gustavo que era exactamente lo que iban a hacer, pero finalmente no se atrevió, pues no quería que Gustavo pudiera pensar que no estaba dispuesto a hacer cualquier cosa y que su valentía tenía límites. Con el tiempo Rafita aprendería que la verdadera valentía siempre tiene límites, que la valentía sin límites es o bien locura o bien palabrería.

—¿Estás preparado?

—Sí.

Gustavo le miró con una sonrisa.

—No recuerdo haberte dicho lo que íbamos a hacer…

—Me has preguntado si estaba preparado. Bien, lo estoy. Para eso y mucho más.

—¿Mucho más?

—Mucho más.

Gustavo leía el miedo en los ojos de Rafita y prefirió no seguirle preguntando pues era consciente de que, desde su acorralamiento, Rafita podía contestar alguna inconveniencia. Así que cambió de tema y comenzó a hablarle de José Antonio, con quien, según Gustavo, tanto él como Rafita tenían una deuda.

—La mía más grande—decía Gustavo—lo reconozco, mucho más grande. Pero las cosas se igualan en cierta forma porque yo siempre quise su bien y tú su mal. Es cierto que yo le hice mal queriendo su bien, pero tú, queriendo su mal, no le hiciste tampoco bien. Te quiero contar una cosa, Rafita, pero me tienes que prometer que nunca se la contarás a nadie.

—Eso no te lo puedo prometer.

Gustavo estuvo a punto de utilizar su baza en aquel momento, si bien, más por jugar que por otra cosa, decidió esperar un poco más. De momento no era necesaria y Rafita prometería por simple curiosidad. El miedo sería necesario para hacerle cumplir la promesa.

—¿Por qué no?—le preguntó.

—Porque no quiero participar de tus maldades.

—Está bien, entonces no te la digo.

Y así quedó la cosa por unos segundos, hasta que Rafita, que poco a poco se había ido convenciendo de que aquel Gustavo, por mucho que le hubiera citado en un cementerio de noche, no era más que el niño débil que nunca se ensuciaba, el que nunca se raspaba las rodillas, el que ni con las dos manos le hubiera ganado un pulso utilizando Rafita sólo la mano derecha…¡o incluso la izquierda, quien sabe! Era Gustavo, el marquesito. Sólo el marquesito.

—Está bien dímelo.

—Prométeme que no se lo dirás a nadie.

—Te lo prometo.

—El abuelo de José Antonio nunca violó a su nieta. Él siempre quiso mucho a su pobre nieta tontita. Era José Antonio quien la violaba. Quizás hayas oído que era un adulto quien la violaba. La pobre niña sufrió de José Antonio cosas mucho peores que las que un adulto le hubiera hecho. José Antonio no lo hacía por placer sexual, sólo por maldad.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Lo que no quiero decir. Hay cosas que duelen tanto en palabras que preferimos no decirlas para así no vernos obligados a imaginar lo que deben de doler en la realidad. José Antonio era un animal y yo hacía mucho tiempo que lo sabía.

—¿Cómo lo sabías?—le preguntó Rafita más curioso que espantado.

Entonces Gustavo le contó que José Antonio le había invitado a una de sus sesiones, en la cual le explicaba a su hermana retrasada mental las razones por las que tenía que introducirse todos aquellos objetos, porque eso era lo que él quería, lo que quería el abuelo y porque estaba bien obedecer. “¿No es un prodigio? Un año lleva ya de entrenamiento…Ya verás cuando tenga quince, será de circo…” Y entonces José Antonio comenzó a preguntarle a Gustavo un montón de cosas acerca de los circos, unas preguntas que, por supuesto, él mismo comenzó a contestarse un segundo más tarde. En aquel momento Gustavo pensó en denunciarle a la policía, a los profesores, o por lo menos al abuelo. Pero no lo hizo. Sintió pena de José Antonio.

—¿Sabes como el diablo se convirtió en diablo?—le preguntó Gustavo a Rafita.

—No—le contestó Rafita.

—El diablo se convirtió en diablo porque un día sintió pena. Paseaba por el cielo, tenía fama de ser el más sensible de los ángeles y Dios le quería mucho. Como a todos los demás ángeles. O quizás un poco más, porque aquel ángel le daba muchas preocupaciones. Y la preocupación no es sólo una consecuencia del querer, sino que no son pocas las veces que también es una fuente de ese querer. La preocupación nos demuestra que nuestro querer está vivo, nos obliga a tomar una parte activa en el mismo, no permitiéndonos olvidarlo en aquellos momentos en los que nuestro desencanto y tristeza, o la bonanza y alegría, nos obliga o permite tener mala memoria. Y Dios se preocupaba mucho por aquel ángel, lo cual convertía a aquel ángel en algo así como una personificación de su amor por los demás ángeles. ¿Por qué se preocupaba Dios por él? En parte por aquella manía que el ángel tenía de volar montado en las nubes más bajas, en las más finas, en aquellas desde las que era más fácil ver a los hombres hacer el mal. Y el bien. Y como buen padre Dios se preocupaba, especialmente al principio, pues lo cierto es que con el tiempo llegó a la conclusión de que aquel ángel estaba seguro en aquellas nubes y que si algo le tenía que pasar ya le hubiera pasado. Así que Dios comenzó a admirar la fortaleza de aquel ángel, su valentía, y decidió que aprovecharía aquella feliz circunstancia para por fin darle a San Pedro el descanso que tan merecido se tenía. Y es que el trabajo de guardián de las llaves del paraíso es además de pesado bastante desagradable, pues nunca es bonito eso de mandar a gran parte de los peregrinos de camino a la soledad del infierno, soledad pues por aquel entonces todavía no había diablo. Así que Dios decidió que ya era hora de que San Pedro se sentara a su derecha, a la derecha del hijo, y de que uno de los ángeles le sustituyera en aquel engorroso trabajo.

“¿Pero está usted seguro señor?”, le dijo San Pedro, “La verdad es que no creo que ninguno de los ángeles esté lo suficientemente preparado. Todos son buenos chicos, pero a veces me pregunto si no lo serán demasiado, si su bondad no estará demasiado llena de inocencia. Me temo que no estén preparados para escuchar algunas de las cosas que se escuchan en la puerta del paraíso…”

“¿Qué opinas de él?” dijo Dios señalando a aquel ángel que tenía la costumbre de volar en las nubes más bajas y finas.

“Él menos que ninguno. Tampoco es mal muchacho, si bien es cierto que nunca falta a sus superiores de palabra, no lo es menos que constantemente lo hace con sus actos. Agustín me dijo que mil veces le ha advertido de que deje de volar en esas nubes, que él es un ángel y los ángeles deben volar en las nubes más altas, que su misión es ser parte de la belleza del mundo y que la belleza sólo se forma a base de ver belleza y que desde esa nube va a ver muchas cosas que no lo son…”

“¿Y qué dijo él?”

“Pidió perdón, pero ya lo ve, otra vez en la misma nube…”

Así fue como San Pedro opinó de quien Dios había pensado hacer su sucesor, pero sin saberlo confirmó a Dios en sus intenciones. Dios no hubiera tolerado falta de respeto, pero sí de obediencia, ya que en el cielo sólo había una autoridad absoluta y esa era la suya. Así que decidió tomar las palabras de Pedro como una razón más para seguir observando a aquel ángel.

Y lo que observó le pareció bien, pues en todos sus actos el ángel le demostró que se acabaría convirtiendo en el más imparcial de los jueces, que aquella nube era la mejor escuela en el conocimiento del bien y del mal de los hombres. Y Dios estaba cada vez más seguro de que nadie podría engañar a ángel tan experto en la puerta del paraíso. Así que volvió a llamar a Pedro.

“Pedro, tras tomar en consideración lo que me dijiste y sopesarlo junto con lo que he visto, he decidido darte el descanso que tan merecido te tienes y convertir al ángel que vuela tan bajo en el guardián de las puertas del paraíso.”

“Como no señor.”

“¿Algo más que me quieras decir al respecto?”

“Desde luego que no señor. Usted me pidió mi opinión y yo se la dí, ¿pero cómo atreverme a ir en contra de su voluntad, resultado del más justo de los juicios? Usted entiende lo que los demás no osamos ni siquiera a adivinar, ¿cómo mostrar mi desacuerdo con cualquiera de sus decretos? Sólo pedirle perdón por mi falta de comprensión, por esa estupidez que me llevó a dar una opinión negativa acerca de quien, ahora me doy cuenta, es merecedor de la más positiva. Pido perdón por mi ignorancia, la cual es tan grande que hasta ignoro lo grande es.”

“Pedro, Pedro,” dijo Dios con voz bondadosa y mirando con una sonrisa a su viejo amigo, “sabes que nada de lo que pudieras hacer podría enfadarme, que no tienes necesidad de pedir perdón, pues sé perfectamente que nunca harías nada que mereciera mi enfado o mi perdón. Y no me diste una opinión negativa, tan solo contestaste a mi pregunta. Ve en paz y descansa a la derecha del hijo, que bien merecido lo tienes…”

“Gracias señor.”

Y así fue como Dios convirtió a aquel ángel en el guardián de las llaves del paraíso. Pero los problemas no tardaron en llegar. Un par de semanas más tarde Dios, quien es omnipresente y lo ve todo pero que demuestra su confianza y su amor no mirando, se dio cuenta de que las puertas del cielo habían desaparecido. Miró y remiró, dándose cuenta de que lo único que le hacía verlas era una eternidad de costumbre, pero que lo cierto es que las puertas ya no estaban en la nube en donde San Pedro y otros muchos antes que él las habían cuidado desde el principio de los días. ¿Y dónde las encontró? En la nube del ángel.

“¿Por qué has cambiado las puertas de lugar?” preguntó Dios.

El ángel no supo que contestar y sólo dijo que lo había hecho sin mala intención.

“¿No se te ocurrió pensar que había una razón para que estuvieran dónde estaban?”

“No señor. Simplemente pensé en llevarlas a mi lugar favorito.”

Dios se mostró enfadado, si bien lo cierto es que no lo estaba.

“Yo puse las puertas donde estaban…¿acaso no lo sabías?”

“Sí señor.”

“¿Estás entonces dudando de mi autoridad al moverlas de lugar? ¿Tendré que darles la razón a todos aquellos que te acusaban de desobediencia?”

“Sí señor, deles la razón, pero no si le dicen que es la suya la autoridad que he desobedecido.”

“¿Acaso no la pones en duda al cambiar mi obra?”

“Su recriminación me hace ver que sí. Le pido perdón. Nunca me atrevería a querer justificar un error en frente suyo, ¿pero es su deseo que intente explicarlo?”

Dios sonrió y le dio permiso para hablar.

“Soy consciente de lo importante que es mi misión y pensé que el elegido sería uno cuya forma de ser usted aprobara totalmente. Mirando a mi antecesor, al bueno y de por todos admirado Pedro, mirando su humana perfección, no se me ocurrió pensar que pudiera poner en su lugar a alguien de cuya capacidad tuviera dudas. Así que pensé que usted quería que yo siguiera siendo el mismo, que en caso contrario me lo hubiera advertido, así que decidí integrar las puertas a mi vida y no mi vida a las puertas. Sólo ahora me doy cuenta de lo equivocado que estaba y de la mucha arrogancia que mi pecado demuestra.”

Dios aceptó aquella explicación y le dijo al ángel que había obrado bien, pero que devolviera las puertas a su lugar. Aquel suceso no hizo sino confirmarle lo acertado de su elección y ahora le repetía las palabras que poco antes le había dicho a San Pedro:

“Nada de lo que hagas puede enfadarme, ninguna de tus acciones demanda mi perdón, pues sé que nunca harías nada que fuera merecedor de mi enfado o mi perdón. Ve en paz y continúa con tu trabajo.”

Y así fue como Dios arregló aquella mudanza provisional de la puertas, la cual en un principio le pareció más graciosa que importante. Pero fue cuando examinó a las personas que el ángel había dejado entrar en aquellas semanas cuando se dio cuenta de la trascendencia del cambio. Y es que ciertas personas que no hubieran siquiera llegado a la puerta no sólo habían llegado, sino que incluso habían sido admitidas en el paraíso. Así que volvió a llamar al ángel. Y también a uno de los recién admitidos.

Una vez ambos estuvieron en su presencia, Dios miró a su derecha y le dijo a Pedro:

“Pedro, ¿podrías hacerme el favor de juzgar a nuestro nuevo ´inquilino´?” Dios gustaba de bromear utilizando el lenguaje humano.

“Como no señor.”

Y Pedro miro a aquel hombre y le preguntó:

“¿Cuál ha sido tu peor pecado?”

“Los celos.”

“¿Y la peor acción que cometiste fruto de tu peor pecado?”

“El asesinato.”

“¿Mataste?”

“Sí, señor.”

0“¿En defensa propia?”

“No, señor. O al menos no en defensa física…”

“¿Cuál es tu mayor virtud?”

“Mi capacidad de amar.”

“Y la mejor acción que cometiste fruto de tu mejor virtud?”

“El asesinato.”

“¿Pero cuántos asesinatos has cometido hijo mío?”

“Cuatro.”

“¿Cuatro?”

Dios le dijo a San Pedro que el juzgado había matado a su padre, madre, esposa y hermano antes de suicidarse.

San Pedro no contestó, limitándose a decir con la mirada que su decisión era obvia. Cualquiera de aquellas acciones por separado hubiera mandado al juzgado en dirección a la soledad del infierno. Y si no fuera porque soy consciente de que San Pedro era incapaz de dudar de la autoridad divina, o de reprocharle alguna de sus decisiones, diría que en su mirada se leía un “ya se lo había dicho” en referencia a la elección de su sucesor.

Entonces Dios le pidió al ángel que juzgara al juzgado. El ángel repitió entonces el juicio al que había sometido al juzgado unos días antes.

“Nos has dicho que tu peor pecado han sido los celos…¿celos de quién?”

“De mi hermano.”

“¿Por qué?”

“Porque tenía la más preciada de mis posesiones.”

“La más preciada de las posesiones es el amor de Dios.”

“Lo sé, pero entonces no lo sentía. Creía que Dios no me quería, pero ahora que he sido aceptado en el cielo me doy cuenta de lo mucho que me equivocaba. Ahora me doy cuenta de que mis acciones eran innecesarias e injustificables. Pero entonces no lo sabía. Nada justifica arriesgar el amor de un Dios que perdona a un pecador como yo. ”

“Pero matar a un hermano es uno de los peores pecados.”

“Le maté porque no tenía el valor ni para acusarle ni para perdonarle.”

“¿Acusar de qué?”

“De traición.”

“Por eso la mataste a ella.”

“Sí…no, no sólo por eso. En realidad la maté porque la amaba y no quería que tuviera que vivir sin mí y sin mi hermano, quienquiera que fuera el que ella amara en realidad.”

“¿Y a tú madre?”

“La muerte de lo que más quería en el mundo la hubiera matado de todas formas, así que decidí que no había razón para dejar que fuera el disgusto, y no mi a amor, la que la matara…”

“¿Y a tu padre? El parricidio es el peor pecado…”

“¿Qué clase de hijo separaría a un padre de toda su familia? No quise dejarle solo.”

“Y después te suicidaste.”

“Sí, así lo había decidido desde un principio.”

“Señor,” dijo entonces el ángel mirando a Dios, “no creo necesario seguir examinando al juzgado. Estoy seguro que mi respetado y venerado Pedro hubiera llegado a la conclusión, de examinar la vida del juzgado en su totalidad tal y como lo hice yo hace unos días, de que fue la suya una vida ejemplar. Aunque soy consciente de que su vida nada importa si consideramos su muerte y las acciones que le llevaron a la misma como los pecados condenatorios que a primera vista parecen. Tras examinarlos detenidamente llegué a la conclusión de que los cuatro asesinatos habían sido fruto del amor y no consideré justo condenarle por ellos a la horrorosa soledad del infierno. El de su hermano estuvo a punto de hacerme decidir por su condena, pero en el fondo del mismo también vi amor: el de no querer reprocharle nada a aquel a quien tanto quería. He de reconocer que entonces pensé en usted señor…”

“¿En mí?”

“No me gustaría que malinterpretara mis palabras…” y rectificó nada más haber dicho aquello, “¡qué tontería! Perdone señor, ¿cómo va alguien como usted a malinterpretar palabras? Señor, a la hora de juzgar al juzgado pensé en mi amor por usted y me pregunté como actuaría yo en caso de que algún día tuviera algo que reprocharle…”

“¿Y cuál es la contestación?”

“Que haría lo mismo que el juzgado. Le mataría y después me mataría yo.”

“¡Pero eso iría en contra de todas las leyes del universo!,” dijo Dios indignado, si bien menos indignado de lo que quería aparentar.

“Lo sé. ¿Pero cuánto me importarían las leyes de un universo que hubiera dejado de importarme? Así que consideré que el juzgado no podía ser acusado por un crimen que hasta el mismísimo guardián de la puerta podía imaginarse cometiendo. Esta no fue mi razón para dejarle entrar, pero decidí que tampoco lo fuera para impedírselo. Examiné su suicidio y llegué a la conclusión de que el juzgado podría haber considerado el no suicidarse como un acto de cobardía, utilizando el juicio de los hombres y su subsiguiente castigo como una excusa para posponer el juicio y castigo divinos. Yo le hubiera dicho que, siendo el juicio divino inevitable, siendo treinta años un instante en la eternidad, lo que debiera de haber hecho es enfrentarse a ambos, al de los hombres y al de Dios. Pero comprendo su decisión y la considero como una demostración de que ya no le importaba su vida, pero nunca como una negación de la existencia. Sin ser un mártir reconozco en él cualidades que, si bien a primera vista condenatorias, al mirarlas con más detenimiento no sólo son permisibles sino hasta justificables. ¿Cuántos mártires no han hecho nada por salvar su vida pues era por Dios por quien morían? Como Justiniano de Smyrna, quien le pidió a sus amigos algo más que resignación ante su muerte, les instó a que no interfirieran en su ejecución, pues era con usted y con su hijo con quien se iba a reunir. ¿Puedo entonces culpar al juzgado por querer correr a su encuentro? Claro que podría haber esperado a que usted le llamara y claro que podría haberse sometido al juicio de los hombres. Quizás fuera por cobardía, ¿pero se puede llamar cobarde al que huye de un juicio pequeño para enfrentarse a uno tan grande? Al único juicio que de verdad importa. ¿Y si no se consideraba culpable ante los hombres? Había roto leyes sociales, la sociedad tenía derecho a condenarle, ¿pero había roto alguna ley humana? Las pasiones y la razón individual son parte de las leyes humanas, pero no de las sociales. Él se condenó en nombre de una sociedad que no podía darle un juicio justo y se aplicó el peor de los castigos, la muerte, y sólo entonces vino a la puerta del paraíso a explicarse en frente del juez de las leyes humanas. Y yo le escuché y perdoné.

Dios interrumpió al ángel y dijo que ya había oído suficiente.

“Pedro, tras lo oído me veo obligado a pedirte que abandones tu lugar a mi derecha y a la del hijo…”

“Sí señor…”dijo Pedro en tono de arrepentimiento, “¿me permitirá que, no queriendo cambiar su decisión, le pida perdón de nuevo por mi falta de juicio? Pido perdón pues tras oír a mi sucesor y a mi Dios y única autoridad soy consciente de mi imperdonable error. ¿A dónde debo dirigirme? ¿A la gran soledad quizás?”

“No Pedro, no te has equivocado. Ni yo tampoco. No te equivocaste cuando me dijiste que el ángel no estaba preparado para ser el guardián de la puerta del paraíso, ni yo me equivoqué al darle el cargo. Es desobediente y me ha desobedecido de la misma forma que antes desobedeció a sus superiores…”

“Pido perdón,” dijo el ángel.

“Pero no interrumpiéndome,” dijo Dios con ira, si bien con menos de la que aparentaba.

“Me desobedeció cambiando las puertas de lugar, dejando llegar hasta ellas a peregrinos que ni siquiera debieran haberse acercado a ellas. Y me desobedeció permitiéndoles la entrada. Y yo te digo, ángel, que de la misma forma que tu creíste que el darte el cargo era aceptarte como eras y una razón para no cambiar, debiste de haber pensado que era una forma de indicarte que el que valoráramos tus cualidades no te eximía de ponerte a la altura de tu nuevo cargo. Que era una motivación para que siguieras progresando. Te equivocaste. Error, error….repite esta palabra unas cuantas veces,” le pidió Dios en tono severo al ángel.

“Error, error, error.”

“Continúa…”

“Error, error, error, error…”

“¿Comprendes lo que significa?”

“Que el desprecio de las leyes humanas nunca será perdonado.”

“Te equivocaste como se equivocó el asesino al que cometiste el error de aceptar. Y el error siempre debe ser castigado. Has dudado de mi autoridad como antes dudaste de la de tus superiores, si no con tus palabras, sí con tus actos,” concluyó Dios.

“Pero señor…”

“Nunca te dije que interpretaras mi silencio como una razón para hablar.” dijo Dios con firmeza, “mientras no te pida que hables estarás interrumpiéndome, sin importar que sea mi silencio o mis palabras lo que interrumpas.”

El ángel bajó la cabeza.

“Ahora bien, comprendo tu desobediencia, la sé bienintencionada y no la condeno…”

Dios miró entonces a Pedro y le dijo que ya podía retirarse.

“No me ha dicho a donde debo dirigirme…”

“A donde puedas dirigir al “juzgado” camino del infierno. Y con él a todos aquellos que hayan entrado en esta semana y consideres que deban de acompañarle.”

“Sí, señor,” dijo Pedro no pudiendo ocultar en su tono y mirada una profunda pena por el ángel.

Y una vez Dios y el ángel se quedaron a solas le dijo Dios:

“Les vas a acompañar.”

“¿A la soledad del infierno?”

“Contigo ya no será soledad, pero seguirá siendo infierno.”

“¿Puedo pedir perdón por mis errores?”

0“No has cometido ninguno. Pero eso no significa que puedas ser el guardián de las puertas del cielo. Has desobedecido mi autoridad como desobedeciste la de tus superiores, pero no te puedo culpar…”

“Pido perdón…” dijo Dios y continuó:

“Pido perdón por haber dejado solos a los hombres en el infierno, pido perdón por haber tardado una eternidad en darme cuenta de que era lo que les llevaba al infierno, en haber cometido la crueldad de abandonarles…”

Y Dios dijo que el mundo continuaría siendo un infierno, pero ya no un infierno solitario, y mandó a su hijo a reinar en los infiernos. Le mandó a acompañar y comprender a los hombres.

—Pero ahora me doy cuenta de que el ángel estaba equivocado—dijo Gustavo, una vez hubo terminado su narración.

Rafita le miraba en silencio.

—El universo tiene que ser un universo de castigos. Sin castigos el hombre pierde su libertad, pierde la de acertar y la de equivocarse. No castigar significa aceptar que no hay acción mejor que otra y que las elecciones del hombre no tienen ni el más mínimo significado. Sin castigos el hombre está atrapado en un universo de comprensión, en uno tan bello como insignificante. Y Dios atrapado con el hombre. Así que hoy he venido para demostrarle a mi padre y a mí mismo que puedo volver al cielo y convertirme en el guardián de las llaves. Hoy he comprendido que la comprensión no puede ser infinita. He venido a castigar. ¿Estás preparado?

Rafael no contestaba. El cuerpo le temblaba; o bien estaba tan asustado que no podía ni siquiera hablar, o bien aquel niño se no mentía cuando se declaraba valiente. Sí, quizás lo fuera, porque soportó los juegos diabólicos de Gustavo sin una queja, sin una duda, sin pensar ni por un momento en buscar una salida decorosa. Si un héroe es alguien que se acostumbra a serlo, si la valentía no es una mística cualidad del carácter sino una repetición, entonces Rafael era valiente. O al menos aquella noche lo había sido, si es que, claro está, no estaba demasiado asustado como para no serlo.

—¿Preparado?—repitió Gustavo.

Por fin le hizo la pregunta:

—¿Para qué?

Gustavo le miró con una mezcla de condescendencia e ironía propia de quien se siente inmensamente superior:

—Ya te lo he dicho, para ayudarnos a José Antonio y a mí.

—¿Me vas a castigar por haber colgado las bragas de Rosita en sus orejas? Pero lo hice sin querer…

Gustavo se rió y dijo:

—Vaya manera de arreglar el universo si al primero al que condenamos para imponer orden es a aquel cuyo único pecado ha sido colgar una bragas en las orejas de un asesino. No es a ti a quien voy a castigar, sino a José Antonio. Vamos a castigarle. Lo que le hizo a su hermana no estuvo bien y mucho menos lo que le hizo a su abuelo, quitándole la vida y el derecho a ser recordado de manera digna. Ni tampoco él tenía derecho a suicidarse. Debiera como mínimo haber esperado a arrepentirse, a aceptar que merecía ser castigado. Pero fue cobarde y debe ser castigado. Y yo, de quien Dios duda, a quien Dios llama su ángel favorito, el que está condenado a vivir lejos de arriba de las estrellas, lejos, tan lejos como debajo de la tierra, yo que tantas cosas he comprendido, yo que he aprendido a defender a los malos, a comprender a los peores, yo le condenaré, le castigaré, y así le demostraré a Dios que no debe mandarme lejos de él, a mí que tanto le quiero, y que prefiero renunciar a mi identidad de ángel favorito antes que a Él. Comprendo al errado, pero también comprendo que Dios es la fortaleza, que el amor a Dios erradica todas las debilidades y que el que es débil no ama a Dios.

De entre las matas, junto a la tumba de José Antonio, Gustavo sacó un paquete envuelto en tela y que por la dificultad con que lo movía debía pesar mucho. Sin vaciarlo completamente sacó del mismo dos palas de hierro.

—Empecemos…

—¿Qué vamos a hacer? No, yo no quiero hacerlo…—el ataque de histeria que llevaba casi una hora agazapado en el interior de Rafita comenzó a salir lentamente por su boca, como una gran ejercito, palabra a palabra, caballería e infantería, con estandartes que eran balbuceos y con trompetas que eran gritos contenidos—quiero irme de aquí, sí, me voy de aquí…no sé que vas a hacer, pero sí que yo no lo voy a hacer contigo…

—¿Qué crees que voy a hacer?—dijo Gustavo mientras agarraba a Rafael del brazo y le tomaba el pulso al terremoto que estaba teniendo lugar en su interior.

—Ya te he dicho que no lo sé.

—Quizás creas que quiero desenterrar a José Antonio y robar su cuerpo…

Rafael no dijo nada.

—Que quiero llevármelo a casa porque es mi amigo. O que quiero hacerle alguna crueldad, como cortarlo a trocitos y comérmelo. O tal vez que iba robar su cuerpo para castigar al pueblo, para que así tuvieran miedo de ese espíritu con cuyo cuerpo tan injustos habían sido y que sólo podía escaparse de la tierra en busca de venganza…

Rafita no hablaba.

—¿Pero no te acabo de decir que soy el ángel favorito de Dios? Todo lo que le haga será justo. No, no le voy a hacer ninguna de esas cosas. No tengo ningún odio por el pueblo, es más, voy a castigar lo que ellos, con su incompleta información acerca de lo sucedido, no tuvieron la oportunidad de castigar…¿Te deja eso más tranquilo?

—Supongo…—fue todo lo que Rafael pudo decir.

—No voy a hacer nada malo. Sólo voy a sacar el cuerpo de José Antonio, cortarlo en cuatro trozos y enterrar cada uno de ellos allá donde acaba la comarca. Un trozo en cada punto cardinal. Y en la tierra de su tumba pondré sal, para que así no crezca nada, y en la de su abuelo plantaré semillas de las más bellas plantas para que, ya que la razón de los hombres no ha sabido distinguir la verdad, al menos su vista se vea obligada a hacerlo. Y así, además, estaré alejando a José Antonio de su hermana, junto a quien no merece pasar el resto de la eternidad, tan cerca y no teniendo más que estirar levemente el brazo para hacerle una de esas acciones que no hacía por debilidad sino por maldad. Por maldad. Esa es la justicia. Y yo, siendo juez y ejecutor de la misma le demuestro a mi padre que no debe condenarme a estar lejos de arriba de las estrellas…Veo que ya estás más tranquilo.

Rafael había pasado ya el punto en el que las emociones todavía se manifiestan en el rostro; ni aún sacándole todas las muelas sin anestesia le hubieran cambiado aquella expresión, la cual era la expresión de la más dolorosa de las inexpresividades.

—Ya ves que no era para tanto—continuaba Gustavo—Venga, empecemos a cavar.

Rafael le obedeció y tras unos diez minutos de silencioso trabajo dejaron al descubierto, a unos cinco metros de profundidad, el ataúd de José Antonio. Un ataúd que había mudado su color blanco original, la señorita había explicado que el color de los ataúdes de los niños era blanco “como las alas de los angelitos,” a uno crema que hizo que aquella enorme caja le pareciera a Gustavo un gran tocino de cielo.

“Muy apropiado…¡qué es un cadáver sino un tocino de cielo!” pensó. Y estuvo a punto de compartir aquel pensamiento poético con Rafael, si bien, con buen criterio, decidió que aquel no fuera quizás el momento adecuado.

—Bajas tú…—dijo Gustavo.

Compulsivamente, como el acto reflejo de una pierna a la que golpean con un martillo en la rodilla, la cabeza de Rafael hizo varias veces el viaje de ida y vuelta entre la derecha y la izquierda, a la vez que su cuerpo daba un paso atrás.

—No, hombre no, si estaba de broma…Tú solo no podrías levantarlo. No te preocupes que yo bajo contigo. Además, no vamos a tener que levantarlo a peso, porque voy a hacer los cortes aquí abajo. Tu sólo tienes que mantener levantada la tapa del ataúd.

La cabeza de Rafael repitió el compulsivo ritual, si bien esta vez lo hizo sobre un cuerpo que no se movió y cuya única oportunidad de desaparecer hubiera sido derretirse. ¡Así de congelado parecía el cuerpo de Rafael! Quizás buscando dicho fin encontró el suficiente calor como para activar la boca y decir:

—Estás loco…¡Estás loco!

Gustavo le tapó la boca.

—No, Rafael, no lo estoy…—le dijo entre susurros—no hagas caso de mis bromas, yo estoy tan asustado como tú. Pero es mucho lo que me juego esta noche. Tengo que salvar mi alma, ni más ni menos que mi alma, tengo que evitar que me condenen para siempre al más horrible de los infiernos, un infierno en el que sufriré como nunca nadie haya podido sufrir, pues no me quedará ni siquiera la dignidad del que sufre, pues yo no sufriré sufriendo sino haciendo sufrir. Ya te he dicho que soy el ángel favorito de Dios. La diferencia entre el lugar más alto en el cielo y el lugar más bajo en el infierno es un acto de arrepentimiento, es el demostrar castigando que no voy a cometer el error de generaciones y generaciones de ángeles favoritos que nunca aprendieron a juzgar, a condenar, a ejecutar las condenas cuando éstas eran justas. Me juego mucho, mucho, y no me puede temblar la mano…Tengo que castigar a José Antonio. Y con este horrible acto estoy castigándome a mí mismo, castigándome a través de la memoria, pues esto es algo que nunca podré olvidar y que me perseguirá mientras viva, algo de lo que nunca me podré liberar pues es demasiado grave como para compartirlo. Es mi castigo por no haber sabido orientar a José Antonio cuando me necesitaba, pero es a la vez mi reconocimiento a que, de haberle ayudado, nunca hubiera llegado a esta situación crítica y por consiguiente nunca me hubiera visto obligado a comprender que soy el ángel favorito de Dios y cuanto se espera de mí. Yo le quise, le quiero…, tanto que no me atrevo ni siquiera a expresarlo en palabras, pero no puedo seguir perdonando, porque la comprensión no justifica el perdón, porque si hay algo que no podré soportar es tener que comprender porque ese Dios que tanto me quería me manda al infierno…Ayudamé Rafael, por lo que más quieras, te necesito, necesito tus brazos fuertes y, sobre todo, necesito tu silencio y tu comprensión. Por favor…Vamos.

Sin decir más bajaron. Gustavo llevaba en las manos unos enormes cuchillos de carnicero que acababa de sacar del paquete de tela. No creo que sea necesario entrar en detalles acerca de lo que sucedió en la siguiente hora, una hora en la que ambos se enfrentaron al más físico de los conceptos de la humanidad. Ambos niños llevaban toda la vida oyendo que la humanidad traiciona, que la humanidad miente y sufre, que quiere y ayuda, pero nunca hasta ese momento se habían planteado que la humanidad pudiera oler más allá de un desagradable olor de pies, o que pudiera tener la textura de un cordero cualquiera. La cabeza, el armario de la mente, la linterna del mundo, no estaba unida al tronco que la sustentaba y regaba de sangre y que le permitía dar nombre a las estrellas, historia a la vida, lógica al vacío, más de lo que lo están el tronco y la cabeza de un cordero. Se dieron cuenta de lo frágil de la existencia humana, no desde un punto de vida existencial, lo cual eran demasiado jóvenes para comprender, sino físico. Tan frágil como la de ese gato que tan feliz era unos segundos atrás y que ahora está pegado al asfalto, como si de un trozo de plastilina con pelos se tratase.

De dentro del saco de tela Gustavo sacó un saco vacío del mismo tamaño y en cuyo interior había cuatro enormes bolsas de plástico. Introdujo una parte del cuerpo de José Antonio en cada bolsa de plástico y las metió de nuevo en el saco. Gustavo dejó el otro saco de tela, en el que estaban las dos palas y los cuchillos, dentro del ataúd, el cual devolvieron a su guarida en la tierra a decididos palazos.

Los dos niños se quedaron mirándose por unos instantes, entre ellos aquel saco que les separaba físicamente pero que unía sus vidas para siempre. Entre ellos José Antonio. Finalmente, Gustavo dijo:

—No tienes porque venir si no quieres…Pero me gustaría mucho que me acompañaras…

Tras lo que acababa de hacer, liberarle de tenerle que acompañar a los cuatro puntos cardinales de la comarca era como perdonar la última semana a un preso que ya ha cumplido treinta años. Aunque, bien pensado, una semana puede ser muy larga y más cuando es la última. Pero el orgullo hará que el preso no acepte el perdón, como el orgullo fue lo que hizo que Rafael se decidiera a acompañar a Gustavo. Caminaron toda la noche.

Y mientras ellos caminaban, la policía les buscaba. La señora Morales no había tardado ni dos horas en llamar al teléfono que Rafita le había dejado, enterándose de que, si bien era cierto que había una fiesta de cumpleaños, Rafita no había ido a la misma. También la marquesa se preocupó por la ausencia de Gustavo. Así que la policía se encontró con dos denuncias de desapariciones referentes a dos niños de la misma edad, cuyos casos, lógicamente, enseguida relacionaron. La señora Morales reaccionó a las noticias de que su hijo muy probablemente estuviera con Gustavo de la misma forma en que Rafael había reaccionado en el cementerio. Ella también se sintió aliviada en un principio al pensar que su hijo no estaba solo. Y aliviada se sintió al hablar con el niño de la fiesta de cumpleaños, quien le dijo que no había invitado a Rafita pues estaba seguro de que no iría, así que la mentira de Rafita demostraba que no había ido a aquella cita forzado sino por voluntad propia. Pero tras pensarlo una segunda vez la peor de las angustias se apoderó de la señora Morales y la soledad de su pequeño le pareció un mal menor comparado con la compañía de aquel al que consideraba “el mismísimo diablo.”

Rafael avisó a Gustavo de que su madre ya habría llamado a la policía. Gustavo le contestó que, aunque realmente sería mejor que volviera a casa, tenía todo el derecho de continuar con él y que aquella buqueda por parte de los adultos no sería sino un obstáculo más de la misión, el cual, como todos los anteriores, también superarían.

Y es muy probable que sin Rafita Gustavo nunca hubiera superado dicho obstáculo pues fue Rafita quien más habilidad demostró en detectar y evitar a los que les buscaban, que eran prácticamente toda la ciudad. Él fue quien les oyó a kilómetros de distancia, quien encontró las matas más frondosas cuando se acercaron, logrando así cruzarse con algunas de las expediciones y pasar a territorios donde la búsqueda no era tan intensa pues ya habían sido inspeccionados. A las dos de la mañana habían terminado con el el norte y oeste; a las seis, cuando el gran número de gente hacía ya muy difícil el progresar incluso en un bosque tan frondoso como aquel, y tres horas más tarde que el sur, terminaron por fin en el este.

A las siete, tras una hora de risas, ahora que el recuerdo de la expedición estaba tan cercano que les permitía olvidar el objeto de la misma, los niños se dejaron encontrar. Les encontraron junto al gran lago, entre unos arbustos, en los cuales ya habían buscado antes, si bien según la señora Morales “sin el suficiente interés.” La cólera de la señora Morales, sin embargo, fue sustituida de manera provisional por su preocupación por la salud de su hijo. Al cabo de unos días, cuando su hijo decidió dejar de hacerse el enfermo, harto de estar en la cama y no teniendo pensamientos más que para el fútbol, entre otras cosas porque no se atrevía a pensar en otra cosa que en el fútbol, la señora Morales retomó el tema con el aroma casi imperceptible de la anécdota, aquello que la gente oye pero en realidad no escucha, como una especie de hilo musical que culpaba a los policías de “incompetencia” en la búsqueda de su hijo.

Los niños aparecieron llenos de barro y empapados, siendo la explicación, inventada por Gustavo, que Rafita había mentido a su madre pues habían acordado saldar con una pelea las cuentas que tenían pendientes. Y había vencido Rafita, pero con tan mala suerte que de uno de los golpes había tirado a Gustavo al lago. Rafita no había dudado en tirarse a su vez, y al salir ambos estaban muertos de frío y de miedo, pues sabían que su padres no verían con buenos ojos aquella travesura, la cual, llegando a casa empapados, ya no podrían esconder.

La señora Morales pensó que había visto a Rafita llegar en innumerables ocasiones de mucho peor guisa y se asombró de lo que ella creía que era la lógica de los niños, “que no son capaces de ocultar nada, que creen que los demás les van a ver con sus propios ojos, es decir, con el conocimiento de lo que ha sucedido en realidad.” Y nadie dudó de la explicación dada por Rafita y Gustavo, pues todos estaban demasiado ocupados en perdonar a los niños por aquella travesura de mentir a sus padres para irse a pelear. Así que a nadie se le ocurrió jamás pensar en que pudiera haber otra causa que explicara aquel suceso, pese a que “aquella vez en que la ciudad buscó una noche entera” fue recordada y comentada por mucho tiempo.

La gente cuestionó la integridad de unos padres que tenían tan atemorizados a sus hijos que éstos no se atrevían a presentarse mojados en casa—la señora Morales, incapaz de culpar a su hijo por aquel miedo inexplicable teniendo en cuenta el mucho cariño que le había dado, culpó a Gustavo de aquella extraña idea y llegó a insinuar, ya sabemos que las insinuaciones de la señora Morales eran mucho más fuertes que las afirmaciones de la mayoría de gente, que Gustavo había convencido a Rafita de que sus padres le castigarían si le veían llegar mojado y de que su madre se enfadaría si se enteraba de que se había reunido con él. Así que la señora Morales vio en aquel suceso la más clara demostración de dos cosas que hacía tiempo que sabía y que ya le hemos oído decir en esta historia; la primera, que su hijo era un héroe; la segunda, como no, que el marquesito era el diablo en persona.

Y no sólo los padres fueron cuestionados. También lo fueron, con la señora Morales a la cabeza tal y como hemos visto, los policías y bomberos, quien con su incompetencia permitieron que dos indefensos y asustados niños de doce años pasaran una noche entera en el bosque. También la escuela fue cuestionada, por promover unos principios en el que los niños aprendían a solucionar sus problemas a golpes, e incluso el gobierno de la provincia, pues un estudio posterior de las aguas del lago dio como resultado una polución “que por ley debía ser advertida y por conciencia solucionada,” como repitió en innumerables ocasiones la señora Morales. También los médicos fueron cuestionados, pues nadie en la ciudad comprendía que aquellos dos niños que habían estado tan cerca de la muerte hubieran sido dados de alta sin más, sin por lo menos tomar la precaución “de tenerles un par de días de observación,” tal y como dijo la señora Gómez, repitiendo las palabras de su hijo, quien ya estaba en el último curso de la carrera de medicina.

Como es habitual en las ciudades de provincia, se cuestionó todo lo cuestionable menos aquello que hubiera llevado a la verdad. Así que como suele ser tan común, pues cuestionamos lo aparente y lo aparente raras veces está de camino a la verdad, se cuestionó todo menos lo que debiera haber sido cuestionado. El señor Songrauet se olvidó de preguntarle al jardinero “si sabía que había sido de las palas de hierro que habían pertenecido a su padre…” Y tampoco el cocinero habló de los cuchillos de cocina, pues era mejor exagerar la cuenta de gastos un poco y comprar unos nuevos “que meter en la cabeza de los señores que en la cocina del castillo desaparecían cosas.”

Diez años más tarde, cuando fue momento de mover el cuerpo de José Antonio a la fosa común, el enterrador se dio cuenta de que el ataúd estaba lleno de instrumentos metálicos. Cogió el saco y sin ni siquiera abrirlo lo tiró a la fosa. Y es que Pepo ya no se extrañaba de nada, tantas eran las cosas que había visto en cuarenta años de malpagada profesión.

“Alguno al que

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De camino a la plaza me he encontrado a una joven que volvía de allí. Tenía el pelo deliciosamente enmarañado de la juventud; lo que en una persona veinte años mayor hubiera evocado desaliño, en ella, miope prodigio que aún no llegaría a los veinticinco, comunicaba rebeldía. La eterna veneración de la juventud; la vida adulta suele parecer un curso acelerado de envejecimiento en cuerpo y alma, sobre todo en alma, envejecemos mucho más por dentro que por fuera, de modo que llega a parecernos que venerar lo que aún no ha comenzado su proceso de corrupción es como volver atrás en el tiempo y volver a creer. No es parecer jóvenes lo que nos atrae, sino volver a creer como cuando lo éramos.

Le he preguntado por la manifestación.

—¿La verdad?—me ha dicho ella con una media sonrisa burlona.

—O la mentira que mejor la describa.

Me miró como a un cómplice; no tanto porque pensara que, no habiendo llegado a los cuarenta, fuera estar de su lado, sino porque tenía tanta fe en sus ideas que le parecía imposible que alguien no fuera a estarlo. Cuarenta, ochenta, pensaría ella, que importa, la cuestión es explicar bien las cosas….

Importa y mucho. Importa tanto que alguien mayor que yo hubiera estado más cerca de ella; al final nos parecemos al principio, los viejos se parecen a los niños, y al principio del final nos parecemos al final del principio, por eso las empresas que quieren acabar con la independencia de sus trabajadores siempre irán contra los profesionales que, acercándose al final de sus carreras, están en lo más alto de su prestigio.

—Soy licenciada en filosofía y llevaba dos años trabajando con contratos temporales hasta que un día me dijeron que ya ni eso…Y ahora me dicen que añore esos tiempos, que todo era maravilloso entonces, que por lo menos entonces, pese a mis pecados, alguien me daba un trabajo…¿Mis pecados? El peor. Pensar que uno puede hacer una carrera de la cultura, que la vida y la educación no es una folclórica preparación para el momento en el que dejemos de jugar a pensar y nos dediquemos a inversiones varias.

—Decir eso sería ir contra siglos de civilización.

—Por eso no lo dicen. De momento. Por pudor, que no por convicción…Para que algo tenga valor hay que pagar por ello, ¿quién quiere pagar por teologías, filosofías o filologías? Cometí un error de cálculo y prioridades. Mala suerte. Pero no nos preocupemos, no todo está perdido, la cultura y el arte aún existen y están en los negocios. Los genios ya no exploran ideas, ahora las explotan…¿Hay algo más siniestro que ese concepto? ¡Explotar una idea! La palabra explotación solía tener connotaciones negativas, ahora ya no…Ahora no aspiramos a nada más que a explotar y ser explotados.

Hace una década me hubiera quedado embobado pensando que había encontrado con quien vivir de nuevo y resucitar una vez más a tiempos en los que malvivir buscando excusas no fuera suficiente; tiempos en los que me pareciera que la sociedad me pedía algo más que participar de sus excusas colectivas para la injusticia; tiempos en los que esperaba más porque hacía más y, mereciendo más, me parecía que era víctima de la injusticia; al contrario que ahora, cuando merezco menos y vivo atenazado pensando que participo de esas mismas injusticias; esperar más y creer que merecemos más es la forma, independientemente de que seamos codiciosos magnates o desprendidos visionarios, de creer que estamos del lado de las víctimas, mientras que esperar menos y creer que merecemos menos es sentirnos constantemente en compañía de verdugos. La fe y la culpa no es la herramienta de las religiones, sino su esencia. De eso me hablaba ahora la joven:

—La jerga económica ha contagiado nuestra forma de hablar y de vivir como en otro tiempo la contagió la religiosa. Del mismo modo que en otro tiempo el arte tenía que pasar por el filtro de la religión, ahora tiene que pasar por el del mercado. Es ridículo, nos rebajamos al permitir que el intercambio de sensibilidades e ideales esté regido por el mismo medio con el que intercambiamos naranjas y peras…Y lo increíble es que los que apostaban por el mercado como la solución a todos los males han perdido estrepitosamente, pero sus ideas estaban tan arraigadas en cada uno de nosotros que han logrado arrastrarnos en su derrota y, al caer al suelo, ellos estaban más preparados para soportar el golpe. ¿Resultado? Que mientras nosotros nos contamos los dientes ellos han vuelto a levantar el chiringuito y a ofrecernos una dosis doble de los remedios que nos han llevado a la enfermedad…

—Y volveremos a enfermar…

—¡Ni hablar! Ya me he contado los dientes. Ni siquiera sé si los tengo todos, ¿pero qué importa? Los que tengo son para morder. Superado el trauma de la caída me he acordado que tengo memoria y que, teniéndola, me acuerdo de quién ha hecho qué y de quién no lo volverá a hacer mientras pueda evitarlo…

En aquel momento quise decirle a la joven que no perdiera el tiempo, que con aquellas ideas estaba atacando al orden social que tenemos desde tiempos inmemoriales y que nos ha convertido en perfectos inmemoriados; que la política es el arte de los posibles y que las reivindicaciones no tienen mucho que hacer en una sociedad que ha sido programada para ridiculizar la protesta. Debiera haberle dicho que no se equivoque, que la exaltación de la crítica es como el virus que se inocula es pequeñas dosis para inmunizarnos; que el que nos alaben constantemente las bondades de una masa crítica es la mejor demostración de que es la peor de las amenazas. Pero soy un tarado; tarado como todo aquel que tiene en la cabeza ideas sin la menor relevancia y que ocupan el precioso espacio que debieran ocupar otras más productivas.

¿Qué pasaría si todo el mundo pensara como ella? Era mi obligación como manso adulto sugerirle que aceptara el orden establecido pues, para bien o para mal, es en el que sabemos funcionar, contarle que, unas cuantas revoluciones más tarde, tal vez no pidamos nada más que algo a lo que atenernos y que la codicia y el egoísmo cumplen esa función de constancia y previsibilidad . Pero ya les he contado que soy un tarado; así que, en vez de pedirle que aplicara el dictatorial “algo a que atenerse”, se me ocurrió decirle:

—Le preguntaron a Yossarian qué pasaría si todos pensaran como él.

—¿Y él qué contestó?

—Que, entonces, él sería un maldito loco de pensar de manera diferente…

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“Eres la reina de la función, chica, sí, tú, la reina, con tus ojos del color del atardecer, con tus labios carnosos y sugerentes. Eres la reina, la reina sí. Con tu pelo rizado que cae en suaves y sedosos bucles, con tu preciosa nariz, vuelves locos a los hombres. La reina, sí. En otro tiempo fuiste la princesa y ahora eres la reina, la reina sí. Con tus piernas delgadas y perfectas, que clavan sus tacones en el suelo como columnas griegas…Eres la reina, la reina sí.”

Mirella decidió que el color rojo sería el que en mayor medida realzaría sus labios, esos labios que a tantos hombres habían premiado con sus besos. Con sumo cuidado dibujó una línea negra bajo sus párpados, la cual contrastaba deliciosamente con sus ojos castaños; y otra sobre ellos, las cejas, que, como había sido su costumbre durante los últimos treinta años, llevaba siempre depiladas. En su armario vio pasar los vestidos, decidiéndose finalmente por un juvenil, “como mi cuerpo,” y provocativo conjunto negro de pantalón y chaleco.

“Muchas niñas quedarían ridículas con estos agujeros y cadenas en el pantalón, y es que ya quisieran tener tu cuerpo, Mirella.”

Bajo el chaleco, se puso una camisa blanca de amplias mangas. Sin embargo, momentos más tarde dudaba acerca de si sería quizás la azul la más apropiada. Así que, por si acaso, decidió meter también la camisa azul en la maleta. Abrió el armario de los zapatos; decantándose, tras no pocas dudas, por esos de tacón tan alto y provocativas cintas, los cuales tan estilizadas hacían sus piernas. Por último, la chaqueta. Eligió la blanca con ribetes dorados, la cual se había comprado unos días antes en una tienda de ropa underground, como ella la llamaba.

Take me down, litle Susie
take me down
I know you think you are the queen of the underground…
…and I won´t forget to put roses on your grave.

Y mientras tarareaba a los Rolling Stones, Mirella se decía que sólo alguien como ella sabría combinar cosas así, “porque hay que tener estilo, y tú, princesa ahora reina, siempre lo has tenido.”

Ahora la gorra. Cogió la roja, y por el espacio que queda sobre la cinta de sujeción, dejó caer un mechón de su pelo rizado, dando a su aspecto un toque irresistiblemente juvenil. “Más que juvenil: personal.” Ya estaba lista para conquistar Nueva York; pero ahora debía darse prisa: el autobús salía en menos de media hora.

Ya estaba cerrando la puerta de su casa, cuando recordó que se olvidaba de la lectura, algo indispensable, pues no por nada son más de cuatro horas las que separan Washington de Nueva York. Tras una corta búsqueda encontró su libro de Francés Conversacional.

Mientras bajaba por la escalera, se lamentó de que la pierna le estuviera doliendo tanto aquel día. Como cada día en los últimos veinticinco años, maldijo a aquel marido que, siendo ella tan solo una veinteañera, la dejó, a palos, lisiada de por vida. “Pero era la reina, una reina coja, pero la reina de todas formas. De igual modo que antes había sido una princesa: coja.”

En el metro, de camino a la parada de autobús, se sintió asaltada por las miradas de decenas de desconocidos. Se la estaban comiendo con los ojos, lo podía sentir. La comían con los ojos y un momento más tarde la escupían. Y en el suelo, escupida y masticada, era donde ella sentía encontrarse. Escupida y masticada. Y todo por no haberse decidido por la camisa azul. “Me la cambiaré en el baño del autobús…” se dijo.

Pero no era cierto aquello de que todos la masticaran, mucho menos que la escupieran, pues había uno que la estaba saboreando. Retocándose su pelo rizado, cuidadosamente colocado para ocultar la calva, a la vez que preguntándose si se debía notar que el marrón tenía su procedencia en un tinte (y decidiendo de manera firme que la próxima vez se teñiría también la perilla), Augusto la miraba con una sonrisa, mientras se decía que, quizás, ella no se fijaría en un hombre sólo en el físico, ni tampoco en el triunfo, ni en el dinero, ni en aquello tan ridículo del carisma, ni siquiera en la inteligencia, que ella se fijaría en…: en él. Así que intentó colocarse lo mejor posible su voluminosa barriga, metiéndose una vez más la estrecha camiseta blanca por dentro de sus pantalones eternamente caídos. Y se abrochó la chaqueta de chándal, mientras pensaba que era una pena que ninguna de sus americanas le quedara ya bien, pues sin duda su aspecto debía ser ridículo vestido con un pantalón de traje y una chaqueta de deporte.

“Bueno, quizás, además de todo lo demás, a ella no le importe como se vista el hombre de sus sueños…Sí, seguro que nunca ha rechazado a nadie por llevar chaqueta de chándal y camiseta. Además, así tengo un aspecto más juvenil…Claro que, a los cincuenta y cuatro años, no sé si…”

—Nadie me va a decir lo que tengo que hacer—retonó una voz—nadie va a controlarme…Lo intentaron pero no pudieron…Lo intentó mi novio, lo intento mi padre, lo intentó mi madre…pero yo siempre fui diferente, yo siempre fui libre, y sigo siendo libre, libre, libre…

—Señorita—dijo otro de los pasajeros del metro—Está prohibido escupir aquí dentro. Además de que es de pésima educación.

Pero no para Katherine, quien llevaba más de cinco años escupiendo con una frecuencia de quince segundos. Es decir, cuatro veces al minuto; doscientas cuarenta por hora…

—¿También usted me quiere dar por detrás? ¿Quiere míster? Ande, no se prive…Sólo tiene que esperar y, cuando me baje, seguirme hasta un callejón oscuro…Allí me coge y zasss…—pausó por un momento para escupir—Muchos lo han hecho antes y supongo que muchos lo harán…A mí ya no me importa…Ni siquiera gritaré…Creo que hasta he empezado a cogerle el gusto…¿Qué me queda sino eso?

—Señorita, por favor, no le hable así a mi novio—dijo Cristina—Por favor, se lo ruego.

—¿Tu novio? Pues tu novio es un guarro…como todos los hombres…mienten…gritan…pegan…es todo lo que saben hacer…

—No diga eso, señorita—dijo él.—Es usted demasiado joven y guapa para hablar así…¿cuántos años tiene?

—Creo que veintiocho…aunque ya casi no me acuerdo—escupió una vez más—¿sabes una cosa? Sí tengo veintiocho, hace ya diez años.

—¿Diez años de qué?

—Desde que me nombraron reina del baile de graduación…yo era la más bonita de mi escuela…y no le exagero…todos los niños estaban locos por mí—escupió con odio—por mí…

—No se ponga usted triste—dijo el joven, de nombre Miguel.

—No, no se ponga usted triste—repitió Cristina.

—No me pongo triste…¿por qué iba a hacerlo?—y escupió de nuevo.

Diez minutos más tarde, nuestros cinco protagonistas llegaban a Union Station, la estación central de trenes y metros de Washington, desde la cual caminarían un par de manzanas hasta la parada de autobuses.

—Nueva York, dos—dijo Miguel, una vez se encontró frente al empleado de la línea de autobuses Pedro Bread.

—Uno a Nueva York—dijo Augusto.

—Un pour Neuve York—dijo Mirella, tras secretamente haber mirado su libro de Francés Conversacional antes de decirlo.

—Nueva York…—”está prohibido escupir;” el vendedor de billetes de P.B recriminó a Katherine.

Lentamente, todos los pasajeros fueron subiendo al autobús. Cristina y Miguel se sentaron atrás del todo, tal y como siempre le había gustado a ella y, entrelazando entre caricias sus manos, esperaban serios a que el autobús comenzara su marcha. Mientras tanto, Mirella se acercaba por el pasillo, disimulando lo mejor posible su cojera, y mirando con grandes ojos, una y diez veces, cada uno de los detalles de los asientos, y es que aquella expresión le daba un irresistible aire juvenil. Era su costumbre mirar muchas veces antes de realizar cualquier acción, así que antes de abrir el portamaletas buscó insistentemente el botón que lo abriera, como si no lo hubiera visto a la primera. “Era una niña curiosa ante el gran mundo,” se decía, y que bien le hacía sentir aquello. Finalmente, se sentó en la hilera situada en frente de Cristina y Miguel, comenzando segundos más tarde su búsqueda de la posición ideal en la que leer Conversational French. Un par de vueltas (provocadas por su dificultad en encontrar la manera de apoyar la cabeza en el respaldo y, a la vez, llevar la visera de la gorra hacia atrás) y comenzó, entre susurros, a practicar las frases de francés que convencerían a todo Nueva York de que antes, mucho antes, de haber nacido en Iowa, Mirella había sido ciudadana de París. Por eso se llamaba Mirella, desde antes, mucho antes, de llamarse Judy.

No sorprenderá a nadie el que Augusto se sentara en los asientos que estaban al otro lado del pasillo de donde se encontraba Mirella, como tampoco el que ensayara cientos de posiciones en las que abrocharse su chaqueta de deporte. También se devanó los sesos en busca de la forma más atractiva de ajustarse las gafas. Finalmente decidió que “seguro que a aquella mujer no le importaba la forma en la que el hombre de sus sueños llevara la chaqueta, ni tampoco a la altura a la que le quedaran las gafas, ni siquiera el que a éstas les faltara un trozo de la patilla derecha.”

“Nunca he oído que una mujer deje de enamorarse de un hombre porque le falte un trozo de una de las patillas…¡Ni siquiera la de la derecha!,” se dijo con una sonrisa Augusto, quien aquella mañana estaba del mejor humor en el que recordaba haber estado en mucho tiempo.

Finalmente, y para completar nuestro quinteto, Katherine se sentó en la primera fila del autobús. El conductor se quedó horrorizado cuando, nada más entrar, se encontró conque el suelo del autobús, que acababa de limpiar, se encontraba lleno de saliva, razón por la cual recriminó duramente a Katherine, a lo que ésta contestó con una retahíla de frases inconexas, que convencieron al conductor que, antes de hacerla razonar, más efectivo sería darle una bolsa de plástico en la que pudiera escupir sus salivazos.

—Escupe en la bolsa, Katherine…—le dijo el amable conductor, quien, antes de nada, le había preguntado su nombre.

—No.

—Si no me veré obligado a hacerte bajar, y entonces no podrás ir a Nueva York. Por favor, Katherine…

—Bien…—dijo Katherine, inaugurando un momento más tarde el regalo del señor conductor.

—Eso está mejor, gracias.

Contento por su éxito, el conductor se dispuso a comenzar el trayecto, no sin antes decir a través del micrófono, con impecable estilo y acento británico, pues no por nada había volado una vez con British Airways:

 

Señoras y señores, bienvenidos a Pedro Bread. Es mi misión llevarles de manera placentera hasta Nueva York, en un trayecto cuya duración estimada es de cuatro horas y media. Viajaremos a una velocidad media de cincuenta millas la hora, cumpliendo rigurosamente las restricciones de la ley. Además de nuestro video de presentación, tendremos el placer de ofrecerles una película, la cual espero sea de su agrado. La película de hoy es “Angustiano,” la cual, a modo de avance, déjenme decirles que trata de un tema muy de actualidad en nuestra sociedad: los traumas existenciales de un homosexual que un buen día descubre que en realidad no lo es. Así que decide demandar a sus padres, quienes llevaban treinta años mintiéndole. Sus amigos no le hablan. Todos los que un día fueron importantes para él le rechazan, haciéndole así pagar un alto precio por haber cometido el pecado de la sinceridad. Intenta disimular, pero no puede esconderse de sí mismo. Gracias y espero que disfruten ustedes el viaje.

 

 

Y mientras el video informaba a más de veinte pasajeros de que P.B. es una compañía familiar, como también de que es la que mayor crecimiento ha experimentado (tanto en número como en la calidad de sus autobuses) en los Estados Unidos, el autobús comenzó a rodar. Rumbo a Nueva York. Un minuto más tarde, Mirella decidía que era el momento de poner fin a sus problemas, así que cogió la bolsa de basura en la que había metido su ropa (siempre había creído que no hay maleta de mano más cómoda que una enorme bolsa de plástico); y, no sin antes escrutar el pasillo con su expresión de niña que no se quiere perder nada, se perdió por la pequeña puerta del toilette del autobús.

—Que mujer más rara—dijo Cristina.

—Sí—confirmó Miguel—¿has visto? No paraba de moverse.

—Y esos pantalones con agujeros y cadenas. Viste como una niña atrevida…Y encima esas gafas de sol azules y la gorra roja.

—Seguro que tiene un montón de complejos; ¿has visto como se movía por el autobús, mirándolo todo muchas veces, cómo si prestara atención a cada detalle? Parecía como si hasta para respirar tuviera que pensárselo dos veces. Pobrecilla, creo que está loca…¿Has visto que llevaba un libro de francés básico?

—Era un libro de inglés-francés con las frases indispensables—le corrigió Cristina— Quizás sea francesa…

—No lo creo, parece americana.

—¿En qué lo notas?

—No lo sé, pero lo parece. Su forma de vestir parece la de una americana que se viste como cree que lo hacen las niñas francesas.

—¿Le has notado la cojera?

—Sí, pobrecita.

—Su perfume huele a canela.

—Sí, y además es muy fuerte.

 

Mirella salió del baño, su camisa azul radiante bajo el chaleco. Era una mujer nueva y ahora ya nadie le escupiría tras comerla con los ojos. No lo harían porque ahora había acertado con la combinación. Miró muchas veces las filas de los asientos: quería estar segura de que se sentaba en el asiento adecuado. Finalmente lo encontró, buscando de nuevo repetidas veces el botón del portaequipajes, el cual apretó con destreza, introduciendo acto seguido la bolsa de basura en el compartimento. Cerró una vez, pero no era suficiente, había que asegurarse, así que abrió de nuevo y volvió cerrar. Con la palma de la mano tocó repetidas veces el portalón. Estaba cerrado y ahora ya se podía sentar tranquila. Su equipaje estaba seguro. Miró atrás, y sonrió como lo haría una niña al ver a aquella preciosa pareja. Él, con su pelo moreno peinado hacia atrás, no guapo pero si muy atractivo; ella, una auténtica belleza, con la melena negra que siempre le hubiera gustado tener a Mirella. Mirella pensó que parecían hispanos, una impresión que momentos más tarde vio confirmada cuando les oyó hablar en español. Hablaban con acentos diferentes, seguro que no eran del mismo país, él puede que fuera iberoamericano, quizás mejicano; ella, por su forma de hablar, quizás española. “Desde luego,” se dijo, “son una pareja muy elegante, una de esas que uno ya no espera encontrar entre la gente joven.”

Al verles Mirella se acordó de lo que deseó haber sido en otro tiempo y, como si de espejos se trataran, se vio reflejados en los ojos de Miguel y Cristina. Era una vieja, vieja y fea, una de la que nadie podía tener sino lástima. Era coja y acomplejada. La vida quizás hubiera sido soportable para Mirella de no existir gente como Miguel y Cristina; gente que no le dejaba olvidar lo que la suya debiera haber sido pero nunca fue. Ellos y muchos como ellos eran la forma de los sueños de Mirella, una forma que, inocentemente y sin la menor intención, no le permitían escapar de su realidad. Una expresión de tristeza apareció en la cara de Mirella, quien se quedó mirando por unos instantes a Cristina, mientras esta última, apercibiéndose de ello, le sonrió. De repente Mirella sintió una enorme vergüenza, había interpretado aquella sonrisa como una mofa, y, escondiendo su cara tras el respaldo del asiento, se sentó. Se dijo que “iba a dormir, que había que dormir, que era imprescindible dormir” y por unos minutos buscó una posición en la que conciliar el sueño. Apoyó el libro en la ventana y lo intentó utilizar como almohada; reclinó uno de los asientos y apoyó la cabeza en el dorso del asiento de al lado; se recostó en el asiento de delante apoyando la cabeza sobre sus brazos cruzados. No sirvió de nada. Estaba demasiado nerviosa, no podía olvidarse de quien era. Era Mirella, era Judy, aquella a la que aquel malnacido había molido a palos; la que quería ser una niña, la que, no pudiendo ser una más, se decidió a ser una princesa; la que, aceptando que también las princesas envejecen, se proclamó reina, una reina vestida como un domador de circo, o como un payaso, o quizás como una mezcla de ambos. Una lágrima se deslizó por su mejilla.

—No para de moverse—susurró Cristina al oído de Miguel, simulando que le besaba la mejilla.

—Pobrecita. Está enferma, seguro…

—Tiene que estarlo.

Mientras esta escena tenía lugar, Katherine y su saliva habían decidido hacer una excursión hasta el baño. Ya se acercaba al mismo, cuando Mirella, de manera impulsiva, y sin para mientes en Katherine, decidió que ya que no podía dormir, y que, ya que no podía olvidarse de que era Mirella, al menos intentaría mejorarse. Así que cogió el neceser (quería pintarse los labios), la camisa blanca y, como una exhalación, se metió en el baño. Ni siquiera vio a la indignada Katherine, a quien, sin embargo, se vio obligada a escuchar a través de la puerta.

—Habráse visto semejante puta…yo estaba primero…—gritaba Katherine—¡yo he querido mear primero…yo!—estaba tan irritada que se olvidó de su trato con el conductor, y escupió en el suelo—¡yo…yo…pero yo he tenido que venir desde adelante…y ella ya estaba detrás…se ha aprovechado de que yo he tenido que venir desde más lejos…! ¿Lo has visto, verdad?—dijo dirigiéndose a Miguel, quien le contestó:

—Sí, sí que lo he visto. Pero no creo que ella se haya dado cuenta.

—Nadie nunca se da cuenta y ya lo ves…te dan por detrás—escupió de nuevo—Y a ti puta, ¿te están dando por detrás? ¿A quién tienes ahí dentro?—comenzó a golpear la puerta con todas sus fuerzas—¿A quién tienes? ¿Te la están metiendo?

—Cálmese, señorita—intervino Augusto—Le puedo asegurar que la señora está sola en el baño, como también que, de haberse dado cuenta de que usted quería utilizarlo, le hubiera dejado pasar.

—¡Miente!—gritó Katherine escupiendo a Augusto—Miente…me ha visto…me ha visto…todos me ven…¿acaso no me ves tú?

—Sí—contestó Miguel, a la vez que se levantaba y le hacía un gesto a Augusto, con el que le indicaba que no se enfadara ante aquel salivazo—Te veo…Pero ya te lo ha dicho el señor…y ya te lo he dicho yo…que ella no te ha visto.

—Sí, sí que me ha visto—y empezó a golpear la puerta con todas sus fuerzas.

Mirella, sentada en la taza del inodoro, con la cabeza escondida entre las manos y con los ojos arrasados en lágrimas, lo había escuchado todo. ¿Cómo podía salir después de aquello? ¿Cómo mirar a los ojos de la elegante pareja? La bella joven, a buen seguro, se reiría de ella, y nadie, mucho menos aquella bestia que gritaba a través de la puerta, le creería cuando asegurara que no la había visto venir. Juraría que lo había hecho sin querer, pero nadie le creería, como nunca nadie le había creído. Él no le creyó cuando Mirella le aseguró que no le había sido infiel, ni con su mejor amigo, ni tampoco con todos los marineros de Nueva York; cuando Mirella le dijo que no era una puta, o alguien incapaz de amar, o de respetar, o de saber cual era el lugar del hombre y cual el de la mujer. Cuando le decía que le quería más que a su propia vida. No la creyó. Malnacido.

“Sólo tú te crees, Mirella,” se decía; “sólo tú que eres la reina, sólo tú que has sido princesa, sólo tú cuando te dices que eres la más bonita, sólo tú cuando piensas que al hombre bueno no le va a importar que estés coja. Sólo tú te crees. Que te van a aceptar como eres, con tu chaqueta de domador de circo, con tus labios de payaso, con tus gafas azules y tu ridícula gorra roja. Sólo tú te crees, Mirella. Nadie te creerá cuando digas que tú no quería pasar delante, que no la habías visto…Te gritarán, se reirán de ti, y tú sólo podrás sentarte…pero ni siquiera podrás dormir, porque no existe posición adecuada, posición adecuada para olvidar…No salgas Mirella, no salgas, quédate aquí dentro hasta Nueva York, espera a que todos bajen del autobús, y después bajas tú…Así no tendrás que enfrentarte a sus miradas acusadoras, ni a sus gritos…”

Y esto hizo Mirella, quien bajó en Nueva York la última y sin tener que enfrentarse a las miradas de Cristina, Miguel o Katherine. Bajó la última y lo hizo en brazos de…no, no lo hizo en brazos de Augusto, por mucho que él se hubiera ofrecido gustoso a ello, sino en brazos de tres hombres, de tres guapos jóvenes quienes, con el mayor de los cuidados, la bajaron por las escaleras del autobús. Dos eran rubios y con ojos azules, y especialmente uno de ellos, quien Mirella nunca supo que se llamaba John, podría haber pasado por actor de cine. El tercero era un chico negro y fuerte al que le gustaba ocupar sus ratos libres, aquellos en los que no portaba a bellas señoritas como Mirella, haciendo culturismo. Sus biceps eran del tamaño de un balón de baloncesto. O del tamaño del estómago de Augusto, quien, no sin ciertos celos, contemplaba la escena sin perder detalle.

Había sido una navaja de afeitar, la cual Mirella llevaba entre sus pinturas. Tras diez minutos de gritos y golpes en la puerta, (no todos procedentes de Katherine, pues Miguel no tardó en, preocupado, interesarse por si su desconocida compañera de viaje “se encontraba indispuesta”), un fino río de sangre asomó bajó la misma. Katherine fue la primera en verlo y empezó a escupir como una descosida, dándole así el aviso a los demás de que algo le daba más asco de lo habitual. Sin más tardar, Miguel intentó forzar la puerta. Le fue imposible, así que, a grandes pasos, se dirigió hasta el conductor y le informó de que algo horroroso había sucedido en el baño y de que por favor detuviese el autobús. Unos segundos más tarde, el autobús se encontraba detenido en la cuneta derecha de la autopista. El conductor cogió la llave del baño y se dirigió a la parte trasera del autobús; (la compañía Pedro Bread, desde que se vio obligada a indemnizar con más de dos millones de pesetas a una anciana que aseguraba que “nunca se repondría del susto de, durante seis minutos y medio, creer que iba a morir encerrada en el baño de un autobús,” obligaba a sus conductores, bajo penas que llegaban incluso hasta la suspensión, a comprobar que llevaban la llave antes de salir y que, en caso de que fuera necesaria, podrían disponer de ella con la mayor de las prestezas.)

Mientras avisaba a todos los pasajeros de que, por favor, se quedasen en sus asientos, el señor conductor introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Tras ella, la escena más horrorosa que Kurt, éste era su nombre, había visto jamás. Sentada en la taza del váter, una mujer de unos cincuenta años, desnuda y con una bolsa de basura por la cabeza, había perdido cada gota de vida a través de una de sus venas. Una pierna izquierda, deforme y más delgada que la derecha, fue lo primero que llamó la atención de Kurt. Una vista que de por sí no era desagradable, como tampoco lo era la de aquel cuerpo, cuyas bellas formas y tersa piel eran cuando menos destacables en una mujer ya entrada en años. No, lo que hizo vomitar a Kurt no fue Mirella, sino ese contenido (que ahora era continente pues rodeaba el cuerpo de Mirella) rojo y líquido, el cual la había mantenido durante cincuenta y tres años de miserias e infelicidades, ese contenido cuya situación, dentro o fuera, decidía si Mirella seguiría siendo infeliz. Y el contenido estaba fuera; como fuera estaba ahora también el perrito caliente con mostaza que horas atrás, y con tanto gusto, Kurt había engullido.

Debido a que Baltimore, única parada de Pedro Bread en su línea Washington-Nueva York, estaba a tan solo cinco minutos, Kurt decidió, una vez se hubo repuesto, continuar hasta dicha ciudad, y no hacer ir a la ambulancia hasta donde se encontraban en aquel momento. El cambio de autobús (el siguiente pasaría veinticinco minutos más tarde) sería más seguro para los pasajeros en la estación de Baltimore que en medio de una autopista interestatal. Así que, avisando de lo sucedido a través del radioteléfono a la estación de Pedro Bread, el autobús reemprendió la marcha.

Sólo una persona miró a Mirella, (o a lo que era Mirella antes de que el contenido pasara a ser continente) en aquellos cinco minutos: Katherine. Sentada junto a aquel cuerpo desnudo, Katherine susurraba y, por primera vez en más de cinco años, lo hacía sin escupir.

—Porque, princesa, porque…—decía en uno tono de voz casi inaudible—porque…¿sólo por qué yo te he gritado? Pero yo no te gritaba a ti…yo no te escupía a ti…yo escupía porque no me podía quitar aquel sabor de la boca…el sabor del primero…el sabor de mi padre…el sabor del campo…el sabor del silencio…de mi habitación oscura…yo no te escupía a ti…

Katherine pasó una de sus manos por el suelo del baño, quedándose ésta inmediatamente teñida por la vida roja de Mirella. La lamió, sabía dulce, tan dulce que un momento más tarde Katherine lamía el suelo, lamía a Mirella. Le prometió que nunca más iba a escupir, nunca, “porque en su boca ahora ya no estaba el sabor rancio de aquel padre, aquel que le obligaba a tantas cosas sucias; sino uno dulce, el dulce de una mujer con la que ella, Katherine, había sido muy injusta, ya que seguro que la pobre ni siquiera se había dado cuenta de que ella, Katherine, se dirigía al baño, de que si le había tomado la delantera era porque adelante estaba más lejos que atrás…no, seguro que no se había dado cuenta de que ella, Katherine, había comenzado a caminar antes…de que ella había sentido ganas de orinar antes…seguro que no, y ella, Katherine, había sido muy injusta con aquella señora que, desnuda, perfumaba ahora la estancia con su sangre.” Nunca volvería a escupir, repetía una y otra vez Katherine, cuya cara estaba ahora totalmente teñida por la sangre de Mirella.

Al llegar a Baltimore, los pasajeros bajaron sumidos en un silencio sepulcral: nadie se atrevía a pronunciar palabra. Cristina y Miguel cogieron el siguiente autobús a Nueva York, donde al día siguiente él comenzaría a trabajar para el importante banco JB Ballantines. Katherine, con la cara ensangrentada y susurrando palabras cariñosas dirigidas a Mirella, fue escoltada hasta un centro donde pudiera recibir ayuda psiquiátrica. No opuso la más mínima resistencia, como tampoco cuando, dos meses más tarde, y en virtud de lo declarado por el resto de los pasajeros acerca de su agresiva conducta y de la influencia que ésta quizás tuviera en la muerte de Mirella, un juez decidió que pasara los dos años siguientes en un sanatorio.

Para el final dejamos al último de nuestros protagonistas, aquel que hasta el momento no ha dicho sino unas pocas líneas en nuestra historia. Augusto, una vez se hubo asegurado de que ya no quedaba nadie en el autobús, y antes de que llegara la policía, recorrió los dos metros que separaban su asiento (donde estático e intentando contener las lágrimas había permanecido todo aquel tiempo) del baño. Allí vio a Mirella, desnuda y ensangrentada, y se dijo que ojos humanos no habían sido nunca testigos de visión más bella. Pese a la sangre. Augusto se quito la chaqueta del chándal y, con ternura, la puso sobre los hombros de Mirella. Cerró los ojos, quitando con sumo cuidado la bolsa de basura de su cabeza.

—Te estoy quitando el velo, querida mía, pero no quiero verte hasta que seas mi esposa.

A ciegas, y en lo que fue un enorme logro para sus gordas y habitualmente torpes manos, Augusto se quitó el anillo, que le había regalado su madre y tenía grabado su nombre en el anverso, de su dedo meñique (en otro tiempo había estado en el anular), poniéndolo un instante más tarde en el pulgar de Mirella.

—Y el anillo…Ya somos marido y mujer…¡Y un beso a la novia!

Augusto, todavía con los ojos cerrados, la besó. Al abrirlos, se encontró frente a la cara alegre de Mirella, quien, quizás presintiendo que lo más bonito de su vida iba a ser su muerte, había querido morir sonriendo.

Augusto se dijo que había sido su beso el que le había devuelto la alegría y quizás no le faltase razón al decirlo. Este narrador, por su parte, se inclina a pensar que la sonrisa de Mirella se debía al alivio que sentía por no tener que enfrentarse a las miradas de todos los que le esperaban tras la puerta. Aunque este narrador, como en tantas otras cosas de la vida, también en ésta reconoce su más absoluta ignorancia. Así que no seré yo quien le lleve la contraria a Augusto, el único que acompañó a nuestra reina en la ambulancia; el único que estuvo en su funeral; el único que, día tras día, lleva flores a su bonita tumba de Washington. Como a toda una reina del underground. Y su lápida reza:

Te conocí tarde, pero lo suficientemente pronto como para hacerte sonreír.

A Mirella, de su devoto esposo Augusto.

 

Foto Editada por DFV utilizando las siguientes fotografías originales: Foto 1Foto 2Foto 3

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Le vi de lejos. Ya me había acostumbrado a verle de lejos, a preguntarme si sería él. Tenía que serlo, se parecía demasiado. La misma sonrisa, la misma cara. Me contaron que se presentó a la fiesta de la muerte vestido de tubos, a través de los cuales los médicos intentaban devolverle un poco de esa vida de la que rebosaba sólo unas horas antes. Hasta las entrañas se había partido, ni una entera le quedaba, y su cuerpo era la caja de un vacío interno y eterno, un vacío infinito. Los médicos, con sus mangueras, seguían intentando llenar aquel mar que ahora era un desierto. Tras una brava lucha se dieron por vencidos y otra carnosa vía de tren fue la rúbrica de esa firma con letras de cicatriz con la que se declaraban autores de aquella obra macabra. Habían hecho todo lo posible.

Ahora, como siempre, no le quedaba ninguna de aquellas cicatrices. La vida se le seguía escapando a través de redondas cavidades, si bien unas muy diferentes a aquellos tubos de plástico. A través de la boca, con su voz siempre alegre, y a través de esos ojos con luz de sobra para regalar. Otra vez tenía dieciocho años y mi amigo, al menos de lejos, volvía a estar vivo. Pero todo cambiaba al acercarme. O era la boca la que se le alargaba, o los ojos los que se le rasgaban, o se le coloreaban, o crecía, o encogía. Le saludaba y si no me ignoraba me miraba con la sonrisa confundida del que no comprende o no recuerda a quien tan efusiva y afectuosamente le acaba de saludar.

—¿Nos conocemos?

—De lejos…—recuerdo que susurré una vez—Perdón.

Esta vez ni siquiera le saludé, como ya he dicho, ya me había acostumbrado a aquellos encuentros a distancia. Ya no era ni siquiera la curiosidad, sino más bien la rutina, lo que me impulsó a acercarme y descubrir como el prisma de la cercanía le iba a alterar esta vez. Le miraba con escaso interés, hasta que, de repente, me encontré siendo el sujeto y no el objeto de aquellas sonrisas de confusión. Él me saludaba, ¿de dónde conocía yo a alguien que se parecía a mi amigo?

—¿No me reconoces?—me preguntó él.

Seguía sin acordarme. De haberle conocido me hubiera acordado de él, si no por otra cosa, sí al menos por aquel prodigioso parecido con mi amigo. En la cabeza, aquella que me habían contado que había explotado contra un bordillo, la misma foresta rizada y sedosa que se descolgaba hasta las mejillas entre caricias y rebeldías. Los mismos ojos. La misma voz y la misma sonrisa.

—¿Me vas a decir que ya te has olvidado de mí? Muchacho, has crecido desde la última vez que nos vimos…¿cúanto hace de aquello?

¡Era mi amigo! No, no podía ser. Mi amigo estaba vivo otra vez. Sin dar crédito a lo que veía agarré suavemente uno de sus rizos, mientras él me decía: —No me acuerdo de nada, lo único que me queda de la muerte es la sensación de estar volviendo de algún lugar.

Entonces comenzó a preguntarme por todo lo sucedido durante su ausencia. Yo, incapaz de escucharle, seguía acariciando aquel tirabuzón.

—Oye, que no soy un perro…¿qué va a ser lo próximo, tirarme una galleta?

Mis manos reconocieron el tacto de aquel cabello. Lo había acariciado miles de veces, en mi habitación, a escondidas, para que nadie supiera lo mucho que me seguía acordando de él cada día. A veces incluso cada hora. Su padre me había dado aquel mechón, que él mismo había recogido de la sala en que habían afeitado la cabeza de mi amigo antes de aquella última y por desgracia inútil operación. Se lo conté mientras él se reía estirándose los cabellos.

—Quien sea el encargado de resucitar a las personas sabe pegarlos igual de bien que el que las crea. Estoy igualito que nuevo…

Me preguntó por su familia. Le conté que su casa había muerto con él. Ahora la oscuridad sólo era invadida por la luz de un televisor que estaba veinticuatro horas encendido y que vertía sus rayos de olvido sobre aquel viejo que seis años antes era mucho más joven que seis años más joven, cuya barba, blanca y descuidada, escondía unas mejillas que en otro tiempo había llevado siempre impecablemente afeitadas. Sus ojos verdes, que dormían raramente, que pestañeaban sólo ocasionalmente, tan enfocados como desentendidos de la pantalla. De día voces—dibujos animados, noticias, fútbol—de noche la impenetrable lluvia blanca y gris con sonido de infierno del final de emisión. Un canal cualquiera. Una botella de champán a su derecha y un helado a su izquierda. Un sorbo más, otra cucharada de aquel helado que tanto le gustaba a su hijo, de aquel champán con el que habían brindado tantos años nuevos, tantos cumpleaños…Incluso una boda, la de su hija, la hermana de mi amigo y cinco años mayor que él, quien ahora vivía y trabajaba en la ciudad y que sólo podía visitar a su padre cada dos semanas. El segundo hijo, dos años menor que su hermana, había ingresado en la escuela diplomática tras acabar la carrera de derecho y ahora defendía los intereses de nuestra nación en algún lugar lejano, si bien no tanto como aquel en el que se encontraba la mente de su padre. Menos de cuatro meses había soportado su esposa la vigilancia silenciosa de aquel enorme caserón, que ahora escupía en clave de silencio todas y cada una de las palabras y risas a las que en otro tiempo había dado eco.

“¿Qué hace el perro con mis calzoncillos?”

“¿Desde cuándo utilizas calzoncillos de perro?”

“El perro está paseando en calzoncillos por la casa…”

“¡Perro desvergonzado! En paños menores en público…”

“Come prima, tuti prima…”

“Dos meses lleva así, ¿crees que podemos hacer algo?”

“Tengo miedo, recuerda que esta fue nuestra forma de hacerle olvidar aquella canción de…”

Camarero champán, camarero champá…aaaan…

Ni siquiera el día en que se volvió a casar fue la madre de mi amigo capaz de volver a probar el champán.

—¿Se volvió a casar?—me preguntó mi amigo con una sonrisa en la que no pudo ocular cierta decepción.

—Sí—le contesté yo—Con el dueño de un concesionario de coches. No parece mal hombre, la verdad…Les he visto un par de veces y parece bastante contenta. No la culpes. La de tu padre y tu madre son dos formas diferentes de quererte y acordarse de ti. Ella quiso vivir por ti, mientras que tu padre prefirió morir…

Les visité poco antes de que se separaran. La casa era una invitación a la muerte en vida. Me abrió la puerta una calavera y me acompaño por las largas escaleras un fantasma. Sin cadenas, para no turbar el silencio. El fantasma me contó que los únicos sonidos que se oían, muy de vez en cuando, eran gritos deformes, sin palabras, gritos de hombre, seguidos de palabras cariñosas de mujer, más gritos y más palabras. Y otra vez silencio. Una puerta, sollozos, casi seguro femeninos, y que no podían ocultar, pese a esa suavidad en la que intentaban esconderse, la más absoluta de las desesperaciones, unos sollozos que servían de clausura a aquella escena que por su frecuencia ya había alcanzado la condición de ritual.

Al verme ambos intentaron sonreír, si bien sólo ella lo consiguió. Estaba muy desmejorada y el tiempo, tan perezoso hasta entonces en la tarea de arar su piel, había recogido en unos meses todas esas cosechas de juventud que durante tantos años le había perdonado. Su aspecto me impresionó más que el de su marido, pues él había cambiado tanto que, no pareciendo ya la misma persona, era muy difícil reconocer en él cambio alguno. Ella había envejecido, él “ancianeado.” Su cabello, de un apuesto gris oscuro en otro tiempo, era ahora totalmente blanco y la ya comentada barba le hubiera dado aspecto de patriarca de no ser porque su mirada, demasiado atada a este mundo en que había perdido lo que más quería, no tenía nada del desprendimiento de todo lo terrenal (que no indiferencia) que habitualmente se asocia con la imagen de un patriarca.

—Hola…¿qué tal tus padres?—me preguntó ella

—Por favor, preséntale nuestras excusas a tu madre por no haber asistido a la cena de nochevieja.

Era la primera vez que faltaban en casi veinte años.

—Como no…—dije yo—…mis padres les mandan un saludo. De hecho han estado intentando contactar con ustedes, pero el teléfono no da señal. Por eso me pidieron que me acercase para ver que tal iba todo…

—Diez días llevamos sin teléfono…—dijo ella, en su entonación el reproche que no se atrevía a hacer con las palabras.

—Fue la tormenta—dijo él—Fíjate cuando salgas, junto al camino. El pino grande se llevo todos los cables al caerse. Hemos llamado para que vinieran a repararlo, pero ya se sabe lo lentas que son estas cosas del teléfono. A saber cuando vendrán. En palacio…

Me ofrecí a ir a las oficinas de la telefónica al día siguiente, pero ambos me dijeron que no me preocupara, que ya habían denunciado la avería y que seguro que ya no tardarían mucho. Condenada a muerte, decidió quitarse la vida diez minutos antes de la ejecución; antes de que lo dijera su marido, se adelantó ella:

—Además, un poco de descanso de la gente no nos vendrá más. Y es que todos os habéis portado tan bien con nosotros…—dijo ella en tono cariñoso—Teníamos decenas de llamadas cada día interesándose por cómo iba todo y tras un par de semanas, aunque se agradece el interés, la verdad es que uno prefiere hacer todo lo posible por hablar lo menos posible de ello. No se puede evitar pensar cada segundo, pero por lo menos se evita tener que hablar.

Él le dio la razón.

Tal y como nos contó la madre de mi amigo cuando tras abandonar a su esposo vino a vivir con nosotros durante un par de semanas, lo cierto es que el árbol llevaba años en el mismo lugar, caído a una decena de metros del camino que llevaba a la casa, y que había sido su marido quien había cortado los cables del teléfono. No le dijo el porqué y tampoco ella se lo preguntó. Tenía miedo de que, de cuestionarle sus acciones, su marido cambiara la pasiva y casi difunta actitud por una combativa y violenta. Pese a que en el pasado jamás había hecho el más mínimo amago de violencia, su mujer nos contó que no se sintió segura ni un minuto en aquellos seis meses. Casi no hablaban. No se volvieron a tocar. Salvó los mencionados gritos y algún “buenos días” ocasional, su marido vivía en total silencio. Durante la primera semana ella le intentó hablar, pero todo fue inútil.

—Pobre padre mío, sólo en aquel gran caserón…—decía ahora mi amigo.

—Tú madre le dejó porque se sentía innecesaria en aquel lugar. Me contó que tu padre no aceptaba ni la más mínima ayuda. Yo la entiendo perfectamente. Si la situación ya era de por sí difícil, imagínate cuanto más si se sabe que nuestros consuelos e intentos por salir adelante no van a servir de nada. Lo que te he dicho antes…Él decidió morir por ti, mientras que tu madre decidió vivir. —Bueno, ahora todo cambiará—dijo mi amigo recuperando la alegría—No puedo hacer que el tiempo retroceda y no puedo borrar las tristezas, pero la intensidad de la alegría que les voy a dar hará que lo den todo por bueno…¡Cuando veo todo lo que mi estupidez provocó! La verdad es que no estoy muy seguro de merecer esta segunda oportunidad. Pero bueno, si Dios lo ha decidido así sus razones tendrá…¿o no amigo mío?

—Claro que sí, no lo dudes ni por un momento. No te vayas a sentir culpable por un regalo así…

 

Haciendo un esfuerzo por reencontrarse con su naturaleza risueña y alborotadora mi amigo comenzó a recordar entre grandes carcajadas a aquella vieja que, unos meses antes de morir, le pronosticó que viviría hasta los ochenta y dos años.

—Mira por donde no se equivocaba…—decía él—Al final sí que acabaré viviendo hasta los ochenta y dos. Si la pobre no esta muerta iré a contarle mi historia y a agradecerle las misas y rezos:“Dios mío, Dios mío, que se me hunde el tenderete de las profecías, ¿no habría alguna posibilidad de que lo resucitaras…?”

Seis años. Todos habíamos cambiado bastante. Él, sin embargo, como si un Dios injusto y maravilloso le hubiera premiado por su imprudencia, seguía exactamente igual que la última vez que le vi. Con su blanca sonrisa y dientes fuertes, aquellos con los que, respondiendo a las provocaciones de mi padre, quien nunca se cansaba de jugar con él, rompía las latas de Coca-Cola de un bocado. Me acuerdo de que una vez le dio un ataque de risa mientras seccionaba a aquel inocente metal rojo, el cual por una vez pareció querer defenderse y, valiéndose de uno de sus afilados bordes, casi le sacó un ojo a mi amigo. Un pequeño rasguño junto a la ceja fue la prueba de lo cerca que había estado su pequeño enemigo de ganar al menos aquella batalla. Rápidamente se limpió con una servilleta y, aún con un poco de sangre en la mejilla, decidió hacer pagar a uno de sus familiares por la temeridad de la lata. Así que un segundo más tarde, con un estruendoso grito de furia, cogía mi lata y le daba el destino que todos los miembros del mundo de las latas habían aprendido a esperar cuando se cruzaban con mi amigo. Mucha sangre tenía todavía aquella lata, tan sólo me había bebido un par de sorbos, y un momento más tarde, al ritmo de las carcajadas de mi padre, aquella sangre gaseosa manchaba el mantel que mi madre nos había dicho que tenía que durar tres días. Hacia ella se giró mi amigo, pidiendo perdón con esa cara de perro travieso con que el que hacía inútil hasta el más firme propósito de no concedérselo. Mi madre, que lo quería tanto como una madre pueda querer a alguien que no ha llevado dentro, le pegó un cariñoso cachete mientras me pedía que fuera a buscar un frasco de mercromina para curarle aquella pequeña herida.

—Sigo siendo el mismo…—dijo bravuconamente mientras seccionaba una lata de cerveza tras habérsela bebido de un trago.

—Espero que no.

—Tranquilo hombre—me dijo mirándome fijamente a los ojos y con sus manos asiéndome de los hombros—Que en eso sí que voy a cambiar. Ni el más imprudente de los hombres, o sea yo, puede tomarse con imprudencia una segunda oportunidad de vivir. Ya verás como ahora todo será diferente. Sí, ya sé lo que estás pensando, que quizás Dios me ha dado esta oportunidad para hacer una especie de experimento y probar aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pues no es cierto, o al menos no lo será en este caso. Te lo aseguro amigo mío, no te preocupes…

La expresión de mi amigo cambió de repente. Donde había alegría, había ahora una mezcla de miedo y tristeza.

—O quizás no vaya a aprovecharla…

—¿Qué quieres decir?

—Que quizás no quiera vivir otra vez. Quizás no tengo derecho…

—¿A qué te refieres?

—A ella. ¿Murió?

Me había olvidado de decírselo. Junto a él viajaba su novia, por aquel entonces una niña de dieciséis años. No, no había muerto. De hecho, milagrosamente, sus lesiones habían sido mínimas. O al menos en el exterior, porque en el interior habían sido muchas. Pero había salido adelante y pese a que aquel acontecimiento había cambiado radicalmente su vida, lo cierto es que ella había hecho todo lo posible para sacar lo mejor de aquel cambio. Ya no era la misma chica alegre de antes del accidente, si bien había sustituido aquella alegría por una capacidad de reflexión y pensamiento que ninguno de nosotros hubiera creído posible en aquella chiquilla frívola y a menudo insoportablemente superficial de antes de la muerte de mi amigo.

—Debió encontrar consuelo en Dios, o si no en Dios al menos en el pensar en la idea de Dios…Dejó de estudiar un par de años, o quizás más, y no hace mucho empezó la carrera de teología. Sigue tan guapa como siempre, aunque ahora se arregla menos.

Mi amigo sonrió aliviado.

—No sé si hubiera sido capaz de volver a vivir con eso en la conciencia…

—No lo hiciste a propósito, fue un accidente…De todas formas, para que hablar de ello. Todos tuvimos la oportunidad de seguir viviendo. Sólo tú no la tuviste y ahora que la tienes sólo debes pensar en no desaprovecharla.

Le pregunté a quien quería visitar primero. Me contestó que a su padre, por supuesto. Era el que más parecía necesitarle y quería tardar lo menos posible en aliviarle de aquel dolor. Para los demás su vuelta sería un poco más de luz en sus vidas, pero sólo para su padre el final de la oscuridad.

Al llegar a su casa nos abrió la puerta la misma calavera. ¡Hasta la calavera había envejecido en aquel ambiente de muerte y podredumbre! Estaba más flaca, e incluso había perdido la sonrisa. Siempre reímos, reímos al nacer, mientras vivimos y al morir, es lo temporal—la piel, los músculos—lo que nos permite expresar tristeza. A juzgar por el buen humor de todos los esqueletos, con sus risueñas sonrisas y sus ojos abiertos a la noche, quizás tengan razón los que dicen que la vida es un valle de lágrimas en la alegría eterna. Sin tiempo, nuestra boca siempre ríe y nuestros ojos nunca lloran. Pues bien, seis años en aquella casa habían bastado para quitarle el buen humor a la calavera. El fantasma, blanco como la sábana de una virgen seis años atrás, parecía ahora un fantasma de comedor, su tela sucia y pegajosa como aquel mantel que mi madre había pretendido que durara tres días.

Sólo el padre de mi amigo seguía igual.

Sentado en frente de un televisor que hacía años que había dejado de funcionar, parecía como si el tiempo ya no le considerase siquiera digno del envejecimiento, como si, tras unos meses de cebarse en él, el tiempo ya no considerara digno de su esfuerzo a aquel que tan poca resistencia oponía. El tiempo se había cansado de ganar. Ya había ensayado todos los tipos posibles de victoria y su barba ya no podía ser más blanca, ni sus ojeras asemejarse más a dos oscuros cráteres lunares. Y sus huesos ya no podían reclamar más terreno al resto del cuerpo sin mandar al habitante inmaterial, al alma, a la otra vida. Alguien iba a cortarle la barba y la cabellera de vez en cuando, pues ambas tenían la misma longitud que la última vez que le vi. Sólo cambiaba un poco las formas, más recta ahora, dejando ver que quienquiera que fuera se limitaba a dar un par de tijeretazos cada semestre.

En silencio, estuvimos un rato mirándole. Los ojos y boca de mi amigo firmaron pavor en esa hoja en blanco que era su nueva vida. No sabía que hacer, que decir, y ahora me miraba esperando que yo le pudiera ayudar.

—Hola, señor, ¿cómo está usted?—dije yo.

No me escuchaba. Mirando a ese televisor en el que ya no había nada que ver, el padre de mi amigo dio un nuevo trago a la botella de champán, a la vez que metía la cuchara en una enorme fuente de helado medio derretido.

—Por lo menos alguien viene a menudo…—le dije entre susurros a mi amigo señalándole con la mirada el helado.

Él hizo un esfuerzo por sonreír y, como seis años antes su padre, también fracasó. Éste último, tal vez adivinando que por primera vez en mucho tiempo tenía audiencia, comenzó a canturrear:

—Camarero champán, camarero champáaaaan..Porque voy a brindar… Con los puños semicerrados mi amigo se tapó los ojos. Apretando la boca para no gritar, me pareció como si ese aire que no encontraba salida a través de la boca se estuviera paseando por el interior de todo su rostro haciéndole adoptar las más dolorosas expresiones. El aire le tiraba del cordón interno de los ojos, abriéndolos y cerrándolos como si de un títere se tratara. Me miró por un momento, sus pupilas ahogadas en un lago colorado, juntó los puños y escondió la nariz entre los mismos. Le vi cerrar los ojos con fuerza, como si quisiera llevarse toda la oscuridad de la habitación en un pestañeo, llevársela a su mundo, dentro de sí, tragarse aquel mundo sombrío y macabro creado por el dolor de su padre.

—Papá…

Sonó a susurro, pero tenía la textura de un grito, como si un niño, desde el fondo de su alma, tal vez incluso desde otro tiempo, se hubiera desgañitado para hacer llegar esa palabra que casi no se oía, desde un lugar muy lejano al otro lado de la barrera de la vida. Y lo había hecho a través de una boca que además de cerrada mordía el labio inferior, como si éste fuese una materialización del silencio y el morderlo fuertemente la única manera de no tener que hablar. Muy fuerte debió de gritar el niño para que pese a todo sonara a susurro.

El padre de mi amigo dejó de canturrear. Con la boca aún abierta, no pestañeaba, creo que ni siquiera respiraba. No se atrevía a moverse, a girar la cabeza, temeroso de que cualquier ruido, incluso el de su cabeza rozando el aire, le impidiera volver a oír aquella voz lejana.

Mi amigo sonrió y tras respirar hondo y secarse los ojos con los antebrazos, repitió, ahora ya un poco más alto:

—Papá, estoy aquí.

Su padre se giró. Tanto había rezado por que aquello sucediese que su rostro no expresó la más mínima sorpresa. Era justo pago, tal y como había supuesto, allá arriba le escucharían.

—Hijo mío…

Mi amigo corrió hacia él. La costumbre quiso que en un principio fuera el hijo quien hundiera su cara en el pecho de su padre. Mi amigo lloraba mientras su padre, también llorando, le acariciaba tiernamente lo rizos. El padre le besó la frente al hijo y un momento más tarde se miraron fijamente a los ojos. Entonces un orden natural, padre sirviendo de apoyo a un hijo, fue sustituido por otro que no lo era menos: el que más ha sufrido buscando apoyo en el que menos ha tenido que sufrir. Apoyando su barbilla en la coronilla de su padre, vi una corriente de seriedad atravesar la expresión de mi amigo. Miraba el pelo blanco de su padre, enmarañado y sucio, como asombrándose del inmenso poder del sufrimiento humano. Fue sólo por un instante, tras el cual la emoción le volvió a embargar y a privarle de lujos emocionales, que son todos aquellos que necesitan de tranquilidad para ejercitarse, como el asombro.

El hijo de rodillas y el padre, sentado en aquel sofá en el que tanto tiempo había esperado, escarbando con su cabeza en el pecho de su hijo. Fue la última vez que les vi juntos. Me retiré lo más silenciosamente que pude y me fui en compañía de la calavera y el fantasma hasta la parada del autobús. La primera volvió a los hombros de aquel primate del museo de ciencias naturales y la segunda a la cama de su princesa, mientras que yo, como no, volví a la universidad.

Y en la universidad precisamente fue donde me encontré a mi amigo al día siguiente.

—Ya les he visto a todos—me dijo—Mi padre se ha puesto un poco enfermo de la emoción, así que le hemos tenido que llevar al hospital. Nada grave, los médicos nos han dicho que en una semana ya podrá volver a casa. He venido a ver si encontraba a mi preciosa teóloga…¿sabes qué? Te vas a sorprender. He decidido que voy a estudiar. Sí, voy a ser diferente, ¿y porque no empezar desde el primer día? Yo también voy a estudiar teología…

Me invadió un terrible sensación de tristeza. No, no podía decírselo, mejor dejarle disfrutar un poco más. No se como había podido creerme que aquella vez sería diferente. ¡Y es que durante el primer día todo había sido tan real! Pobrecillo, tan buenas intenciones, tanta voluntad de que todo fuera distinto esta vez, para acabar dándose cuenta de que la vida sólo da una oportunidad. Habían sido mucho encuentros, muchas conversaciones, y finalmente había logrado dar un poco de realidad a lo que estaba condenado a vivir en lo límites de la irrealidad, a los límites del sueño. Un día había tardado esta vez en darme cuenta de que mi amigo, como siempre, estaba condenado a la muerte y que, si fuera posible matar a lo que ya está muerto, el ejecutor sería yo. Como tantas otras veces. Aquella extraña escena, su extraña forma de hablar, fue la que me convenció de que el destino sólo condena una vez.

—Voy a estudiar teología…Siento que estoy en una posición ventajosa de estudiar al ser supremo. Le he conocido y él me ha devuelto a la vida, así que estoy seguro de que, en el algún lugar de mi alma, tiene que estar esa sabiduría que todos buscan y que necesariamente tengo que haber experimentado. Ahora lo entiendo todo. Soy un niño de Dios. Lo fui antes de morir y lo sigo siendo ahora. La diferencia es que antes mi misión era provocar amor, con mis irresponsabilidades, con mis locuras, mientras que ahora es darlo. Tengo que crear amor y, por todo lo que me ha sucedido, mi mejor forma de contribuir a crearlo es ayudando a los hombres a encontrar el mensaje de sus vidas. Un mensaje que no me da miedo encontrar porque seguro que es uno feliz, pues quien lo ha escrito es el mismo que me ha dado la oportunidad de volver a este mundo para encontrarlo y contarlo. Es mi misión.

Estaba convencido de lo que decía. Pensé que era una pena que ese tipo de misiones no existan y que quien ha muerto ya no pueda vivir en ningún otro sitio que en la imaginación de los que viven. Y que no puedan influir nuestras vidas. Su recuerdo sí, ellos no. Pensé que es una pena que la única misión que les queda a los muertos es morirse una y otra vez en nuestras mentes.

Debo reconocer que no me alegré de ver a mis amigos previniéndole al resucitado de que no repitiera en su nueva vida las temeridades de la anterior.

—Ten cuidado con el alcohol…—le decía uno de ellos.

—No te olvides de lo que te sucedió— le decía otro—piensa en tu familia y en lo que sería de ellos si les volvieses a faltar.

Él les miraba con sorna. Sentía, si es que los muertos sienten, que le estaban tratando como a un objeto de porcelana cuyas piezas acabamos de juntar con un pegamento del que no estamos muy seguros. Le miraban como si en cualquier momento sus orejas fueran a separarse lentamente, su nariz a escaparse, despacio, como un ladrón, con disimulo, la cabeza lentamente comenzaría a gravitar hacia un costado, los brazos a estirarse y en el momento menos esperado se convertiría en una montaña de huesos nevada de tejidos. Él les intentaba explicar:

—No me miréis así, tocadme, estiradme de lo brazos, preguntadme cosas que sólo yo pueda contestar…Soy yo, el mismo que era cuando me fui…

Me miró. Buscaba a alguien que no dudara. Y efectivamente, yo no dudaba. No, yo no, porque tenía la certeza de que su suerte se iba a repetir y que, tal y como él aseguraba, era el mismo.

—El tiempo no ha vuelto atrás—me decía, encontrando su seguridad en la mía, si bien yo estaba seguro de algo muy diferente—El tiempo ha continuado. Todos habéis envejecido, sois seis años más viejos. No estamos en aquella fiesta en casa de las gemelas, no estoy a punto de tirarme a la carretera borracho. Estamos aquí, seis años más tarde, y me han dado la oportunidad de envejecer. En unos años seremos todos iguales. Cuando vosotros tengáis cincuenta yo tendré cuarenta y cuatro. El tiempo se encargará de hacernos parecidos y parecerá como si nunca me hubiera ido. Y no me voy a ir. Tengo que vivir hasta los ochenta y dos tal y como me dijo la vieja…Voy a vivir, a vivir, no soy invencible, ni indestructible, pero no lo soy menos que vosotros. Somos iguales. ¡Maravillosa y dulce incertidumbre que nos impide tomarnos la vida como un derecho y nos obliga a tomarla como regalo! Se puede ir en cualquier momento…¡pues a disfrutarla y a cuidarla!

Le interrumpí. No podía soportar oírle decir aquello. No importaba que su muerte fuera a estar exenta esta vez del dolor de la anterior, de que nunca se fuera a dar cuenta de que iba a morir, de que fuera un viaje sin aeropuerto, una muerte de e-mail. Pero quería al menos impedirle que amara la vida, por si en su destino tenía la capacidad de mirar a su origen . Era mi amigo y ya era suficiente crueldad por mi parte ser el ejecutor…no, no crueldad, porque para ser cruel hay que tener elección y yo, como él, no la tuve al aceptar aquel papel. O quizás sí la tenía, pero la otra opción era la verdaderamente cruel, por mucho que nunca más le fuera a matar. La otra opción era olvidarle.

—¿A qué hora empiezas las clases?—le pregunté.

—A las nueve, ¿qué hora es?

—Casi las nueve menos cuarto…—dije sin mirar reloj alguno. Acostumbrado como estoy a nunca llevar reloj, siempre he sido capaz de calcular la hora con bastante exactitud. Supongo que es debido a que de manera inconsciente suelo mirar todos los relojes con los que me cruzo por la calle y cuando quiero saber que hora es siempre tengo una referencia temporal cercana.

Miren por donde aquella vez me equivoqué. Estaba visto que mi amigo tenía que emplear su nueva vida en ir a clase.

—¿Estás seguro?—me preguntó.

—¿De qué?

—De la hora.

—Sí, ¿por qué?

—No has mirado el reloj.

Entonces le conté lo que les acabo de comentar.

—Pues aquel reloj dice que son casi las nueve. ¿Será que no funciona?

Miré al reloj. La aguja grande se estaba acercando al punto en que un cuarto de la esfera quedaría separado del resto.

Yo, por mi parte, estaba seguro de que no eran las nueve. De lo cual me alegraba, pues significaba que aún me quedaban unos minutos en compañía de mi amigo.

—Será que me estoy equivocando. Ese reloj suele marcar la hora bien. Imaginate un reloj de universidad que no la marcara bien…¡Imposible! Un baño puede estar estropeado, pero el reloj nunca. Nada, pues a clase se ha dicho…Yo que tan orgulloso estaba de mi poder de cálculo en lo que a la hora se refiere y ya ves..Bueno, un mal día lo tiene cualquiera. Y de todas formas la mañanas nunca han sido mi fuerte. Por la noche, en los sueños, uno nunca se encuentra relojes…

Otra mentira.

Le dije que le acompañaría a clase, añadiendo “que un poco de espiritualidad no me podía hacer mal” y añadí:

—De todas formas en el examen no va a entrar el tema que el profesor va a explicar hoy.

—¿Estás seguro?

—Y tanto. Si entrara haría ya tiempo que soy abogado. Y médico, y…

Mi amigo me miraba con extrañeza. Me callé y le dije que no se preocupara, que en el tiempo en el que no nos habíamos visto, a falta de la disciplina necesaria para desarrollar mi mente hasta el límite de sus posibilidades, me había conformado con desarrollar cada una de mis locuras.

—Vivo de manera simétrica…Pero eso ya te lo contaré otro día.

Como si fuera a haber más.

En el primer día de clase era habitual que los estudiantes de teología se reunieran en la iglesia de la universidad. Era una iglesia muy grande, que algunos llamaban catedral, y que había sido bombardeada en la última guerra. De que guerra era no me acuerdo. Estaba igual que tras el bombardeo y el único fresco que su techo exhibía era el cielo. El sol entraba por el techo y las ventanas, de las que sólo tres tenían cristales. Nunca se habló de arreglarla, pues los regentes decidieron que aquella iglesia podía servir mejor a su religión en aquel estado que con techo y ventanas. En aquel estado era un monumento a la supervivencia, si no de todo lo bueno, muchas y maravillosas obras de arte habían perecido, sí de lo importante. El altar, la biblioteca, la gran cúpula, las maravillosas esculturas ya no estaban, pero todo lo indispensable seguía allí. Como si los aviones de una nacionalidad que no me pregunten porque nunca la he sabido hubieran lanzado su bomba con regla, compás y lápiz, la destrucción había respetado aquellos mensajes. Ni faltaba una letra ni sobraba un metro de pared. El director de la facultad, un viejo cura con una de las lentes de sus gafas oscurecida pues le faltaba el ojo derecho, si bien el izquierdo hacía el trabajo de ambos, nunca he visto ojo más vivo e inquisidor que aquel, comenzó a hablar:

—Queridos estudiantes, nos reunimos un año más para dar la bienvenida a los nuevos alumnos. En esta iglesia nos reunimos un septiembre más, en esta iglesia en la que la bondad divina nos honró eliminando todo lo superfluo, dejándonos lo esencial, aquello que la orgía humana de la guerra, del poder, la codicia y la vanidad no podrán borrar. Estas inscripciones verdaderas, a prueba de escépticos, bien o malintencionados, los primeros que no saben porque no pueden, los segundos que no saben porque no quieren. Estas inscripciones en blanco y negro aquí siguen, orgullosas, con el orgullo del que, sintiéndose infinitamente superior, absolutamente indestructible, ya ni siquiera reta. Asombrosos paneles…

Los paneles eran dos. En uno de ellos había escrito muchos mensajes con una letra muy pequeña y ordenada. Quizás fueran el mismo, quizás no lo fueran, quizás fueran una forma distinta de decir la misma cosa. La verdad es que no lo sé. En el otro panel, al contrario, sólo había un mensaje. En letras de tamaño de diez personas, en trazos que debían su belleza a la más absoluta de la simplicidades, decía:

 

EN DIOS CREO

 

Mi amigo lo miraba asombrado. Lo miraba con una sonrisa, irónica sólo en parte, sabiéndose superior a aquel panel, sabiéndoselo pero no sintiéndoselo, pues comprendía que había sido receptor de un favor divino y que aquello le daba la posibilidad de comprender lo que todos aquellos sabios, los que habían logrado la gran hazaña de reducir la sabiduría humana a tres palabras esenciales, jamás comprenderían. Tampoco sus pupilos, por muy y sinceramente ansiosos que estuvieran de convertir la energía de la juventud en sabiduría. Quizás se acercaran, quizás dijeran la verdad por casualidad, aquella que sólo mi amigo, quien nunca había abierto un libro de teología, conocía.

—Les admiro—me decía—Admiro su dedicación y determinación, su resignación al fracaso. Suben en dirección a la cima pero les basta con subir…¿no es eso admirable? Pero yo soy diferente. Yo he nacido en la cima. Nacido, renacido o resucitado, llámale como quieras. Por eso ahora tengo que estudiar para aprender a bajar, para bajar y saber como contarle a la humanidad esa verdad que sólo yo conozco. Sé la verdad; sólo me falta la razón. La verdad es que EN DIOS ESTAMOS OBLIGADOS A CREER. Y yo soy la demostración de esta verdad.

Cuanto me hubiera alegrado de que todo aquello fuera cierto, cuanto de poder creer a mi amigo. Era verdad, él no me mentía, no se equivocaba al creerse profeta. Sólo que del mundo equivocado. O del mejor. En todo caso no del verdadero, porque la belleza, por mucho que nos empeñemos, no hace verdadero lo bonito, sólo lo hace más bonito. Preferible, pero no verdadero. Me hubiera gustado creerle y también estar obligado a creer en Dios, pero en aquel momento yo estaba obligado a creer en otra cosa. O al menos obligado a no creer en mi amigo y matarle una vez más.

—Cómo me gustaría que te quedaras, amigo mío…No porque me fueras a descubrir la verdad del universo, no porque vayas a iluminar mi vida, no porque me vayas a hacer especial. No quiero ser especial, me basta con, como todos los demás, sentirme especial. No cambiaría un segundo de tu compañía por una verdad. He podido vivir sin ti y podré seguir viviendo sin ti, pero cuando me hubiera gustado vivir contigo…

—Gracias—dijo en tono emocionado, para un momento más tarde volver a su habitual jovialidad—¿pero de qué estás hablando con eso de quedarme? ¡Claro que me voy a quedar! ¿Acaso me crees un mesías mandado por Dios para comunicar un mensaje? No sé si lo soy, pero en todo caso lo voy a comunicar con mi vida, no con mi muerte. Soy un hombre y quiero vivir. ¡La muerte no sirve de nada!

—En eso tienes razón, porque tu muerte no va a comunicar nada. Sólo me hará sentir pena, como la otra vez…

—No te atrevas a decirme eso…¡no voy a morir!—gritó indignado.

Le hice callar. No quería oírle hablar de verdades nacidas de la confusión de mi cerebro, ni de…La verdad es que no quería oírle hablar. Hubiera querido de haber tenido más tiempo, pero ahora, a un minuto para las nueve menos cuarto (como ya les he dicho y como habrán tenido la oportunidad de comprobar ustedes mismos no es cierto eso de que en los sueños no hay relojes) sólo quería decirle lo que nunca tuve la oportunidad de decirle. Creo que lo entendió pese a mis torpes palabras, las cuales no transcribiré pues no estoy muy seguro de que ni siquiera fueran palabras. Magia de comunicación humana que a veces comunica tanto con un silencio o un errático discurso y a veces sin embargo tan poco con el más sabio y hábil de los razonamientos, magia que no depende del mensaje sino de lo que el que lo dijo quería decir y de lo que el que lo escucha ha sabido escuchar. Magia de subjetividad. La verdad es que no recuerdo que mis palabras tuvieran más sentido que las de un niño de dos años.

Mi amigo me escuchó y asintiendo con la cabeza, sus ojos humedecidos por las lágrimas, a todo lo que le decía, o al menos pretendía decirle. Esperó a que terminara y entonces, adoptando el más serio de los tonos y la más grave de las expresiones, me dijo:

—Te he escuchado y creo que no hace falta que te diga que siento lo mismo por ti. Y lo seguiré sintiendo por mucho tiempo, porque ya te he dicho que no soy de papel, ni yo ni mi mente, así que no te preocupes que esta vez sabré cuidar de mí mismo. Soy como tú, puedo morir mañana, o dentro de cincuenta años…Como cualquiera. No, no como cualquiera, pues yo tengo la ventaja de ser consciente de la vulnerabilidad del ser humano. ¿Qué me va a matar? No será la bebida, no será el bordillo de una acera, en resumen, que no seré yo quien me mate. ¡Voy a comer judías y a beber agua! ¿Quién entonces? ¿Dios? ¿Es qué puede existir un Dios tan cruel que resucite a un hombre con el único objeto de matarlo?

Sí, amigo mío, lo hay. Uno que, por amor, porque no puede, porque no quiere olvidarte, ya te ha matado decenas de veces y te matará cientos. A ti y a otros como a ti, a los queridos, a los buenos, que a los otros se les olvida tan rápido que cuando se van ya no se les reclama ni para matarlos. Sí, sí que existe. Y ese Dios soy yo.

Eran las nueve menos cuarto. No, la clase de aquel día no podía perdérmela. Ésta entra en el examen.

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Una ruidosa ovación siguió a las últimas palabras del último soliloquio. La audiencia premiaba así el buen trabajo realizado por la compañía y, muy especialmente, por el actor principal John Barnes. Éste, como cada noche, escuchaba los aplausos como en un sueño, como si formaran parte del papel, de la obra. Intentaba imaginarse que eran sinceros, que aquellos que aplaudían no lo hacían por rutina o por cortesía hacia el autor, sino que le estaban reconociendo sinceramente su esfuerzo de más de tres horas. Todos decían que es el trabajo que demuestra la verdadera calidad de un actor, algo así como el examen final. Es el sueño, la prueba, el poder decir, años más tarde, se haya o no conseguido el éxito, que se ha sido el personaje más importante de la historia del teatro. Que se ha sido Hamlet. Como cada noche, John miraba ahora a la bandera que, con el retrato de Shakespeare pintado, ondeaba en el techo del hermoso teatro neoyorquino Amapole. Sólo en aquel momento se daba cuenta de que la representación había terminado y se acordaba de que Hamlet es algo más que las palabras de su autor y de que, por desgracia, Shakespeare es algo más que Shakespeare.

Al entrar en su camerino comenzó a desvestirse. Cogió el teléfono y marcó el número de su casa con la intención de comprobar si alguien había llamado en las últimas tres horas y media. Muchos lo habían hecho, pero no ella. Había llamado, como cada día, su ex-profesor de literatura, quien con la propiedad que tan habitual era en él, le recordó que Shakespeare “es una religión, una forma de vida, deja que fluya por tus venas muchacho…” En aquel momento John pensó en cuanto le hubiera gustado representar aquel papel antes de estar formando parte de una experiencia religiosa. En otro tiempo hubieran hablado las palabras, las cuales hubieran tenido exactamente su significado y no los cientos que cuatro siglos les han dado. Hizo un esfuerzo por sonreír y se dijo que al menos su profesor seguía acordándose de él y deseándole suerte antes de cada representación. No importaba que fueran más de cien ya, que ahí seguía el viejo Johnson.

Mientras se quitaba el pesado cinturón, le vinieron a la memoria otros tiempos, los de sus inicios en aquel mundo que, con el tiempo, tanto crecería en su interior, tanto que un día, que no recordaba, se había convertido en más grande que su propia vida, un día le había pegado una patada a ésta y se había adueñado de todo su ser. Era en el campus de St. Margaret y por aquel entonces John era un estudiante de Bellas Artes que comenzaba a sentir una fuerte atracción hacia la escena. Y, como no podía ser de otra forma, Shakespeare fue su primer amor, un Shakespeare que, por aquel entonces, no era para John más que eso: Shakespeare.

Johnson ayudó a un grupo de estudiantes a conseguir los medios financieros suficientes para montar una pequeña compañía que representaría Hamlet cada domingo por la tarde. Johnson fue el director de la obra, dándose pronto cuenta de que John era el más adecuado para representar el papel principal. Fue un gran éxito. Dos meses más tarde ya estaban haciendo tours por campus cercanos y poco tardarían los cazatalentos en descubrir a “aquel chico rubio y delgado que con tanta pasión representaba el papel.”

Decían que gritaba demasiado. Su voz era portentosa y atractiva, pero aquellos grititos se repetían con demasiada frecuencia. Algunas veces eran como joyas, las más de ellas como puñales. Abusaba de ellos y abusaba de la docilidad de su voz a la hora de entonar. Pero tenía talento y mucho. Con el tiempo aprendería a no gritar y a pronunciar con acento inglés y con el tiempo aprendería a dejar el desenfado en el camerino y a mostrarle a aquel mágico papel su debido respeto. Era sólo un niño, pero con el tiempo los niños crecen.

Al oír el segundo mensaje, John se acordó de lo mucho que le había costado crecer, de como durante años intentó crecer y de como, durante años, tuvo que esperar a que el tiempo le creciese. El segundo mensaje se refería a aquel que tanto se había empeñado en recordarle que era demasiado joven, de que no debieran permitir a nadie de menos de treinta y cinco años representar Hamlet. Su amigo Eliah, editor de la Revista Mensual de Shakespeare, le informaba con voz de pesar que James Jamison, colaborador habitual de su revista y durante más de medio siglo el crítico teatral más respetado y temido de la ciudad, acababa de fallecer aquella tarde a los sesenta años de edad.

“Jamison…Jamison…,” John se recordó diciendo veinticinco años atras, “está usted equivocado con respecto a Hamlet…es más joven…es menos romántico…más espontáneo…”

—Y más viejo—le dijo Jamison—Mucho más viejo. Mira muchacho, lo que estás haciendo es un tour de force, la prueba que demuestra que un actor es un actor. ¿Era Bogart un actor? No se sabe. ¿Por qué? Porque nunca le vimos representar Hamlet. Nunca. Es la diferencia entre aspirante y campeón; entre primera y segunda división…En América todavía no os habéis dado cuenta de esto, por eso en América tenéis el espejismo de que para hacer películas necesitáis actores. ¡Para hacer Hamlet se necesita un actor! Lo demás no son actores. Y tú te estás acercando a serlo, pero todavía no lo eres, porque eres demasiado joven. Algún día, si me escuchas, llegarás a serlo, algún día…Pero para eso tendrás que ser paciente y dejar toda esa impulsividad de adolescente fuera de la escena, hasta entonces tu representación tiene que respirar comprensión y emanar humildad. Viéndote, parece que te crees que el genio de Stratford escribió el papel para ti. ¡Pues no, no fue así! Mira por donde el gran Shakespeare no escribió Hamlet mientras se decía, con voz de consuelo, que nunca vería la representación definitiva de su personaje, pues todavía quedaban más de cuatrocientos años para que naciera quien le diera vida…

A partir de aquel día, John dejó de querer crecer y comenzó a esperar que el tiempo le creciera. Y le creció, desde luego que sí, y un día se vio convertido, tal y como le recordaba el tercer mensaje, en el más importante Hamlet de la última década. Comenzaron a compararle con Jacobi, Gielgud, Ginnes, Olivier y Burton. El tercer mensaje era de una profesora de inglés de una universidad que a John le pareció entender que era la de Iowa. Aquella señorita, cuyo nombre era Andrews, le dijo que quería hacerle una entrevista, pues estaba preparando un libro “acerca de Hamlets y las diversas maneras en que los diferentes actores conciben los soliloquios.”

—Sí, señor Barnes…—oía John la voz de la señorita Andrews diciéndole, grabada en su contestador, a través del hilo telefónico—mi proyecto es algo ambicioso, ya lo sé, pero con su colaboración, así como la de algunos eminentes Hamlets más…vaya, al oírme parece que estuviera hablando como Stratchey y sus eminentes Victorianos…—la señorita Andrews dejó oír una insegura sonrisa tras aquella ocurrencia, una sonrisa que, por cierto, le pareció a John muy bonita—…perdón, perdón…bueno, pues a lo que iba, que gracias a la concesión de una beca me puedo tomar un año para escribir este libro…si le digo esto es para que vea que en caso de concederme la entrevista que le pido no va usted a estar perdiendo el tiempo, pues el mío es un proyecto serio…pues eso…que me gustaría, si a usted no le importa, hacerle una entrevista…

El minuto que John había programado en su contestador como límite de duración de los mensajes cortó a la señorita Andrews. Razón por la cual, también ella era la responsable del cuarto mensaje. No había dejado su número de teléfono.

—Perdone usted señor Barnes…tan sólo le quería dejar mi número de teléfono…yo le llamaría más veces…pero comprenderá que no es mi intención molestarle…así que le dejo mi teléfono y esperaré un par de días su llamada…pero no dude que si no me llama le volveré a llamar yo. Esto, por cierto, no es una amenaza, sino sólo una manera de decirle que es usted el mejor Hamlet del siglo, y que sin usted mi libro vale tanto como Hamlet sin el “ser o no ser…” Muchas gracias por su atención y espero impaciente su llamada…Buenas noches.

Es curioso que aquella señorita hubiera dicho aquello del ser o no ser. John muchas veces hubiera deseado poder eliminar de la obra aquel maldito soliloquio. Distraía demasiado a la audiencia, pues todos esos idiotas que iban a ver una obra de Shakespeare para demostrar su gran cultura, esperaban como en trance a aquel momento, en el que jubilosos estallarían en un místico éxtasis. Un éxtasis que no les impedía mirarse los unos a los otros en señal de aprobación “ante aquellas sabias palabras.” O, en caso de que aquellos idiotas fueran, además de idiotas, “eruditos,” se mirarían tal vez con desaprobación en sus miradas, descontentos quizás porque sentían que aquel soliloquio ganaba en caso de ser pronunciado externamente, es decir, mirando al público. John no podía soportar ver al público durante “el ser o no ser;” tanto era el asco que sentía por aquellos pedantes, quienes, por desgracia, parecían ser los únicos que podían permitirse los precios del teatro Amapole. Él había dicho muchas veces que procedía de esta forma, la cual de todas formas es la más común, pues sentía que Hamlet estaba inmerso en pensamientos y “el efecto dramático era mayor si su mirada no se dirigía al público.” Pero el asco era la verdadera razón. En cualquiera de los otros soliloquios no le importaba mirar, pero no en éste. No podía soportar la cara de orgasmo con la que miraban aquellos hipopótamos vestidos de pingüinos, ellos, y aquellas pasas vestidas y pintadas de Dios sabe qué. Si por lo menos los hipopotamescos pingüinos y las pasescas pinturas se quisieran por las noches con aquel chispeante fulgor con que le miraban recitar…Pero no, seguro que ya ni se quieren y sus ojos están más apagados que los de la calavera. Claro que una cosa es reconocer que no se quiere a una esposa y otra muy diferente, y mucho más grave, reconocer que se ha perdido el amor por Shakespare. No, eso nunca. Que curioso que la costumbre y la repetición, esa que había atrofiado su amor por sus esposas, hubiera sin embargo aumentado su amor por el gran bardo.

–Cuando le oigo parece que vuelvo a aquella primera vez…Todos hemos cambiado, pero no las palabras, ni mi amor por ellas…–decía uno de los pingüinos moviendo graciosamente las alitas.

–Que cierto…–asentía su inseparable pasa, cuyo amor por el teatro era por lo menos justificado ya que en ningún lugar dormía como allí.

Aunque pensándolo bien, quizás fuera cierto eso de que el tiempo no había alterado su relación con “el sublime ser o no ser.” No se pierde lo que nunca se ha tenido, no envejece lo que nunca ha sido joven. Puede que en su juventud ellos amaran a las pasas, por entonces tiernos y tersos melocotones, y ellas a los hipopótamos, que entonces eran pavos reales con preciosas colas de colores, pero lo que es seguro es que nunca aprendieron a amar a la literatura, que nunca se preocuparon de mirar a los autores, no como a banderas (que odiosa se le hacía a John aquella imagen de la bandera del teatro) sino como a hombres. No, nunca habían aprendido a comprender, respetar, admirar, sino tan solo a venerar. Y la diferencia es que mientras lo que se comprende, se respeta o se admira son el talento, las ideas y el genio, lo que se venera son los ídolos, esos trozos de madera (o de tela pintada) en frente de los que uno se arrodilla a rezar. Y que asco le daba a John aquel Dios llamado Shakespeare.

Aquella cara, ese universal dibujo que acompaña a cada mención de su obra, le producía auténticas arcadas. Lo había visto en cada edición de la obra, en cada esquina de Stratford cuando años atrás visitó ésta ciudad, en cada biblioteca, en cada cristal trasero de los coches…Aquella cara, con el arreglado bigotito y los ojos de besugo; aquella cara que tan poco tenía que ver con lo que decían sus palabras, esas palabras que, al contrario que las imágenes, son una de las pocas cosas de las que uno no se cansa. Es cierto que el teatro vive en las representaciones, pero si sobrevive es gracias a los textos, lo escrito es lo que le da eternidad. Uno se cansa de las pelucas, de los focos, de los trajes de época, pero nunca de la tinta, porque la tinta, negra y sucia tinta, es el único medio en el que la imaginación intemporal se mueve a sus anchas, sobreviviendo a esas revoluciones, guerras, civilizaciones e imperios que ella misma construyó o provocó. Las imágenes cansan, las palabras no, y por mucho que sea cierto que una imagen vale más que mil palabras, también lo es que mil palabras, si son buenas, sobrevivirán cuando la imagen ya no sea ni siquiera un recuerdo. Y las pocas imágenes que sobrevivían, como aquella grabada en la bandera, se hacían, debido a la veneración de la que eran objeto, en auténticamente insoportables. Los pelos y bigotes de Einstein, no así sus escritos, hubieran sido el objeto de su asco de haber sido John un físico y no un actor, y los ojos de Picasso, o aún peor los ridículos pelos faciales de Dalí, de haber sido pintor. Pero era actor clásico, y por eso eran los ojos de besugo, ese casi invisible bigotillo, y esa cara de distinción los que le asqueaban.

“No hay más mensajes,” oyó decir a la mecánica voz de su contestador.

La suerte estaba echada, ella no había llamado. Ya era definitivo, la boda se celebraría al día siguiente. No podía creerlo, no, no podía ser, tenía que haber un error…Pero no, el único error es que ella no se había dado cuenta de su error y al día siguiente se iba a casar con aquel relamido director de cine noruego. Con aquel que siempre miraba con sonrisa de prepotencia, una sonrisa por la que no se le podía culpar pues escondía admirablemente su total mediocridad. ¡Con ese! Ese que decía que el teatro, “especialmente el de ese inglés, a quien nunca he leído, ¡Dios me libre! ¡Que Dios nos libre de la prehistoria! “Claro que yo, gracias a Dios, soy ateo…” y que un día le dijo a John que “nunca le podría en sus películas ya que no era lo suficientemente sofisticado, que la máquina del tiempo le había pillado entre sus ruedas y que había tenido la desgracia de elegir el medio de comunicación del pasado y no el del presente, el cine, con sus ilimitadas posibilidades visuales… ”

—No, no puede ser…–se decía John en el camerino—Elisa debiera haberse dado cuenta ya de que ese tío es un cretino…un cretino…con su intolerancia…apesta a mediocridad…por mucho que a primer olfato a lo que apeste sea a perfume caro…Y a éxito, también apesta a éxito. ¡Pero si sus películas no tienen ni pies ni cabeza…! O, Elisa, Elisa, ¡cómo puedes hacerme esto! Yo que te quiero, yo que te daría la vida por una palabra…dime que me quieres y moriré por ti…”

Pero John era algo más que un amante desesperado. No, el problema era mucho más complejo. Y es que Elisa, metida entre las ropas, quizás en alguna carta, quien sabe si enroscada en uno de sus cilíndricos tacones, se había llevado su alma. Sí, así como suena: su alma. En un principio John no se dio cuenta y creyó que aquel vacío era consecuencia del desamor. Pulmones, costillas, corazón, sí, sobre todo corazón, ya no eran parte de un organismo, sino que gravitaban libremente en el interior de su piel. Había perdido la gravedad. Podía tragarse tranquilamente una cuchara, que momentos más tarde esta saldría otra vez por la garganta. Como digo, esto no le preocupo en un principio: ¡todo el que ha estado enamorado ha utilizado alguna vez su corazón de corbata! Pero el tiempo pasó y John continuó igual. El amor se le perdía, las imágenes de mujeres que la razón le indicaba que eran maravillosas salían, como las cucharas, un momento después de haber comenzado su paseo sideral. Lo dicho, que Elisa se había llevado su alma. Se lo había intentado decir; “mira Elisa, que te has llevado mi alma y que como no vuelvas nunca seré capaz de encontrarla. No, no basta que me devuelvas las cartas que te escribí, ni las representaciones que te dediqué, porque mi alma podría estar en cualquier lugar, entre tu pelo, tal vez en las raíces, en tu boca, quizás en tu dulce lengua de caramelo. Tengo que tenerte otra vez, pues no va ser ésta busqueda fácil y va a requerir tiempo y paciencia, mucha paciencia…y mucho amor, porque mira que si se esconde y no quiere salir, pues a mimos la tendremos que sacar.”

Se lo quiso decir, pero nunca se atrevió. Pobre John que nunca se atrevió a pedir que le devolvieran su alma.

Un ruido interrumpió sus pensamientos. En frente suyo estaba William John Williams, el director de la obra, quien le miraba con una mezcla de sorpresa y preocupación.

—¿Qué te pasa John? ¿Estás bien?

—Sí, Will, gracias…Perfectamente.

—No, no lo estás. Anda, dime que te pasa.

John le miró en silencio por unos segundos. Es curioso que hasta aquel día no se hubiera dado cuenta de lo mucho que el bigote de Will se parecía al de Shakespeare. Estaba harto, no lo soportaría ni un día más, se había acabado. No quería oír ni un maldito soliloquio más. Ni uno. Ya le bastaba con tener que oír el suyo.

—Se ha acabado amigo mío. Lo dejo, sí lo dejo, no soporto a Shakespeare ni un día más. Llevo treinta años representando sus obras. He sido casi de todo, desde Hamlet a Benedick, pasando por Romeo…En los últimos veinte años he representado Hamlet más de seiscientas veces…¡Y estoy harto! ¡Harto! Harto de todos vosotros, todos esos que cagáis Shakespeare…¡Harto!

—Pero John…

—No, no me vengas con Johnes…¡He dicho harto! Ni el mismísimo Shakespeare lo hubiera soportado. Toda esa maldita teoría, todo ese sufrimiento por si al experto de moda le parece que tengo que internalizar o…¡a la mierda! ¡ni un día más! Cuando me hice actor creí que me disponía a vivir una vida de pasiones, de experiencias…¿Y que soy? Un maldito oficinista…Yo creía que representando a Shakespeare me convertiría en uno de sus personajes, que viviría sus pasiones, que tendría sus ansias de vivir…Y todo lo que he visto es el más siniestro grupo de académicos, críticos y directores de escena que uno se pueda imaginar…Vamos, que ni Fellini…Lo siento Will, ya sé que tú me aprecias y que crees de verdad que soy un buen Hamlet y que tú estás enamorado de Shakespeare, que es tu vida, que si no te has casado ha sido para no serle infiel…—John estaba cada vez más excitado—Pero la verdad es que no te soporto. ¡No! ¡No puedo más! Se ha acabado. ¡Me voy a Noruega!

—¡A Noruega?

—Sí, a Noruega.

—¿Y qué se te ha perdido a ti en Noruega?

—A mí nada. A mi Elisa es a la que se le ha perdido algo. ¡El juicio, maldita sea, eso es lo que se le ha perdido! Y yo se lo voy a devolver. ¡Y a la mierda con Shakespeare!

—No mezcles a Shakespeare en todo esto. Además, no creo que sea de buen gusto blasfemar contra quien lleva dándote de comer toda tu vida adulta.

—¡Contra vosotros es contra los que blasfemo! ¡Vosotros sois Shakespeare! El pobre dejó de serlo cuando se murió. Y él era William, “Willy,” “el escritor de obras de teatro ese que vive aquí al lado…”

—¿Y qué tiene todo esto que ver con tu problema?

—¿Aún me lo preguntas?—dijo exaltado John.

—Pues…es que yo no veo la relación…la verdad, no veo que culpa tiene Shakespeare…

—Toda. Toda. ¡Toda!

—Como no me lo expliques, la verdad…

—Mientras yo estaba por aquí dando vueltas en leotardos Elisa se enamoraba de un noruego con ascots de colores y gafas de sol. Y yo, mientras tanto, con lo del ser o no ser…¡Ya me gustaría ver al noruego en leotardos! Parecería un salmón. ¡Me voy! ¡A Noruega! Quizás no sea tarde todavía…

—John, no hagas locuras.

—¿Irse a Noruega una locura? Miles se van cada día.

—Pero esos miles no tienen una representación al día siguiente.

—Ya te he dicho que me retiro…Ya no hay más representaciones. ¡Ni leotardos! Ya me he cansado de representar personajes; a partir de ahora voy a ser uno. Siempre he querido ser un personaje, o incluso un personajillo, pero claro, nunca he podido serlo porque siempre he tenido que preocuparme de hacer en vez de ser y para eso uno tiene que morirse por fuera, para que así las energías se queden dentro y salgan sólo cuando se está en escena. ¡Pues estoy harto de ser sólo apasionado en escena! ¡Harto! A partir de ahora voy a serlo fuera, por mucho que eso signifique ser irrespetuoso, irrespetable, charlatán, disoluto, borracho, vicioso…Bueno, tampoco nos pasemos, que al fin y al cabo soy como soy y me ha llevado demasiado tiempo convertirme en lo que soy como para olvidarme ahora…no, no totalmente, pero sí un poquito, lo justo para poder ser yo a la vez que olvidarme de mí mismo. Sí, ese es el secreto de ser, olvidarse de uno mismo, olvidarse de que se está viviendo y vivir, olvidarse de planear las cosas y simplemente hacerlas, no regodearse en lo que uno es, en lo que uno hace, ni intentar buscar razones, simplemente navegar, como si la vida fuera un mar, y ni siquiera mover demasiado las velas, sino sólo cuando nos acercamos a las rocas. Sí, sólo entonces…No, ni siquiera entonces. A chocar y después de chocar a arreglar el barco y volver a navegar, porque si bien es cierto que no es agradable chocar, menos agradables son las precauciones que tenemos que tomar para no hacerlo. ¡Chocar! ¡Chocar! Eso es lo que quiero, Will, pues eso significará que estoy navegando…navegando…como navegan los conquistadores, los bucaneros, los corsarios…¡Navegar! ¿Qué navegar significa no estar en condiciones de en tierra “representar el papel del que navega”? Pues no lo representaré. No me importa. Todo con tal de navegar. Sentir las olas, y hacerlo en silencio, notar como me acarician el pelo, como su sal se mezcla con mi sudor, con mis lágrimas…en silencio…sin tener que gritar desde tierra…”oh noto las olas, son bravas y llevan mi barco a golpes, pues está brava la mar..” No, no quiero hablar más, no quiero ser un Romeo de palabra nunca más.

—Definitivamente has perdido el juicio.

—Bien, entonces ya somos dos. Que felices seremos mi damisela y yo, los dos sin juicio…Sin juicio y enamorados. Adiós, me voy a Noruega.

—Voy a llamar al médico…—dijo dirigiéndose a toda prisa hacia la puerta—Tú no estás bien John.

—Pero Will…Will…¿no ves que estoy bromeando?–dijo John con una sonrisa bondadosa— ¿Cómo voy a dejarte en la estacada? ¿A ti, con quién tantos buenos momentos he pasado? ¡A Shakespeare! Anda, ven y dame un abrazo.

—Ya me habías asustado.

Will se aceró a John y le abrazó cariñosamente, momento que John aprovechó para agarrarle fuertemente con sus brazos de atleta y meterle en el gran armario donde guardaba su vestuario. Sin más tardar giró la llave. De nada sirvieron los gritos con los que Will pedía clemencia, a los cuales John contestó con un simple:

—Es una pena que el Amapole sea un teatro tan antiguo y con paredes como ya no se hacen. ¡Gruesas como las de un palacio! Tú mismo lo has dicho muchas veces, mi querido Will. Así que dudo que nadie te oiga, pero no te precupes, que con el aire que entra por los agujeritos del armario tendrás para sobrevivir…En seguida que vaya a tomar el avión para Oslo avisaré al cuidador del teatro de que el señor director está encerrado en el armario. Dejo la llave puesta en la cerradura, así que no te preocupes.

—John, no hagas tonterías por favor, piensa en la obra, ¿qué será de nuestros contratos?

—Coge a alguien que no sepa todavía quien es en realidad ese monstruo de Shakespeare, uno que todavía no haya aprendido todavía a venerar.

John cogió una pequeña maleta y metió en ella sólo lo imprescindible. Pasaría un momento por su casa y le rogaría a su simpático vecino que le cuidase al gato por unos días. Quizás unos meses. Sólo al acordarse de Miskas se dio John cuenta de lo bajo que había caído. ¡Un gato! Y es que la soledad es bohemia mientras uno no se acompañe de un gato. ¡O de uno de esos perritos que parecen ratas!

“Aunque la verdad es que un gato es mejor…”se decía, ya en el taxi de camino a su casa, “a un gato al menos no hay que sacarlo a pasear. Porque un perro de esos…No hay nada más ridículo que una persona sola paseando a uno de esos monstruitos, “mirad, este es el único que me aguanta”; ¡y porque es perro y feo! Ay Miskas, Miskas, la verdad es que has sido un pasivo y poco molesto compañero, pero creo que es momento de que, muy a mi pesar, (que no del tuyo que a ti al fin y al cabo te da todo igual) nos separemos por una pequeña temporada.”

—John, sácame de aquí–recordaba que habían sido los últimos gritos de William John Williams—¡Desalmado, más que desalmado!

Desalmado. Es cierto, era un desalmado. Dentro de su total desesperación, una brisa de esperanza pasó por ese sideral vacío que el resto de los humanos llena con el alma. No tenía nada. Por no tener, no tenía ni miedo. Podía matar sin remordimientos, ser traicionado y no guardar rencor. Era libre. Pero era una libertad vacía, pues nada la amenazaba. Y no hay peor esclavitud que la libertad eterna y garantizada.

–Puedo querer, pero sin amar…Lo dicho, que me voy en el primer avión.

Al llegar a su casa se encontró con una sorpresa. En la puerta del apartamento, una joven con voluminosas gafas le esperaba. Tenía una grabadora y un block de notas en la mano y parecía extremadamente nerviosa.

—¡Oh, señor Barnes! Perdón que le moleste, pero es que no podía esperar..cuando no me devolvió la llamada fui al teatro, pero el guarda no me dejó entrar…así que pensé en venir a esperarle en su apartamento. ¿Qué como sabía donde vive usted? Ah, por cierto, soy la señorita Andrews…

—Eso ya lo suponía.

—Pues, como le iba diciendo, supongo que le extrañará que me haya enterado de su dirección, pero es que en la universidad todos le admiran mucho, y uno de mis colegas, no me pida usted como, consiguió su dirección…

John miraba a la nerviosa señorita Andrews con una sonrisa y por simple cortesía, en vista de lo contenta que estaba ella por haber conseguido su dirección, no le dijo que con haber llamado a información y pedir por John Barnes hubiera sido suficiente. O en las páginas amarillas. Además, John no la quería interrumpir pues le agradaba escuchar a aquella muchachita nerviosa cuyos ojos vivarachos bailaban con alocado ritmo tras sus lentes. Un ritmo, pensó John, demasiado loco, demasiado, claro está, para estudiar Shakespeare.

“Quizás todavía no haya empezado a estudiarlo y puede que de momento sólo lo lea…”

Y la muchacha seguía hablando.

—…así que me dije que no había nada que temer…además de que muchos me han dicho que es usted todo un caballero y que nunca me faltaría al respeto…por mucho que no quisiera concederme la entrevista…así que ya ve que el riesgo que he tomado no es tanto…pues en el peor de los casos lo único que puede pasar es que, con toda educación, me diga usted que no, pero supongo que una educada negativa por su parte es mejor que…

—Señorita, siento interrumpirle, y más para decirle que por desgracia no puedo atenderla. Ha venido usted en un mal momento, pues de forma inesperada me encuentro teniendo que abandonar la ciudad…

—Pero eso no puede ser. Mañana hay función.

—He de hacer hincapié en lo de “inesperada.”

—¿Pero quién representará su papel mañana?

—Frankly, dear, I don’t give a damn.

—Lo que el viento se llevó.

—¿Cómo?

—Digo que eso lo decía Clark Gable en lo que el viento se llevó.

—Me parece que ve usted demasiadas películas. Esto es la vida, señorita, y esta misma noche salgo hacia Oslo.

—¿Oslo? ¿Y qué va usted a hacer allá?

—No creo que sea asunto suyo…—y mirando el reloj—Mire señorita, tengo que irme, a decir verdad, la única razón por la que he venido aquí es para pedirle a mi vecino que me cuide al gato.

—Vaya, como en Desayuno con Diamantes.

—¿Qué?

—No, perdone, decía que parece…bah… es una tontería déjelo.

—Bueno…pues, como le iba diciendo, esa es la única razón por la que en estos momentos no estoy en un avión destino a Oslo.

—¿Ha visto usted alguna vez algo más seductor que los hombros de Audrey Hepburn?

—Pues…

—Si yo fuera hombre me enamoraría de una mujer así…Frágil, con estilo, sofisticada, femenina…Vaya, ni que fuera Renard hablándole de Rick a Ilsa…

–Señorita, ¿es usted parte de una secta o algo así? Lo digo por su forma de hablar, como en clave…

–Me estaba refiriendo a…

–Sí, a Casablanca, no se preocupe que ya me he dado cuenta…Debiera probar a vivir diez minutos usted solita, sin buscar ningún parecido con nada…

La señorita Andrews se sonrojó.

–No me ha contestado a mi pregunta…

–¿Qué pregunta?

–La de los hombros de…–la fiera expresión de John, quien miraba al cielo, como intentando encontrar que horrible pecado habría cometido para que se le castigase de forma tan cruel, hizo comprender a la señora Andrews que en esta vida de misterios nos vemos obligados a aceptar que algunas preguntas jamás tendrán contestación.

–Perdón…–dijo ella.

–No se preocupe…me encantaría poder atenderla, pero de verdad que debo irme. A las doce sale un avión a Londres desde donde espero no tener problemas para hacer una conexión a Oslo. Mire usted que son ya casi las once y…

La señorita Andrews pareció de repente darse cuenta de la apresurada situación en la que se encontraba su admirado actor.

–¡No! ¿Pero en qué estaría yo pensando? Perdone, veo que he venido en mal momento. No le molestaré más. Adiós.

—Gracias por su comprensión señorita—dijo John con una sonrisa, la cual la señorita Andrews ya no vio pues ya se dirigía a toda prisa escaleras abajo—Por favor, llame a mi agente y concierte una cita…

—Claro…—John la oyó decir, en un susurro, su voz mezclada con los golpes de sus pasos bajando la escalera.

John miró por un segundo al vacío pasillo y se dijo que era momento de preparar a Miskas. Entró en su apartamento y comenzó, con el mayor de los cariños, a llamar a su díscolo felino quien, como solía ser habitual, mostraba su gran independencia no haciéndole el menor caso a aquel hombre que habitaba en su mismo hogar.

Finalmente encontró a Miskas hecho un ovillo y en estado catatónico dentro del armario sobre sus jerseys. Aquel era uno de sus lugares favoritos. John comenzó entonces a recitar palabras de cariño, que sabía que eran del agrado de Miskas, no por lo que significaban, sino porque John era consciente de que nada le gustaba más que ver a su amo humillarse ante él. Con esas palabras John demostraba no hacerse vagas ilusiones acerca del verdadero estado de la situación familiar, demostraba aceptar el status quo, un status quo en el que Miskas cedía el dominio aparente a cambio de que no se dudase de su dominio real.

Entre caricias y palabras amorosas la pareja de enamorados llegó hasta el lugar donde John, en lo que significaba algo así como un golpe de estado, creía que Miskas iba a pasar las siguientes dos semanas. Tocó el timbre, a la vez que, ya repitiéndose, seguía diciendo cosas bonitas.

—¿Quién es?—dijo la voz de Emil Sinclair, su vecino.

—Soy John.

La puerta se abrió.

—Hola John. ¡Hola Miskas!

“Miauuu…,” dijo Miskas en lo que significaba su primera, si bien no poco firme, intervención en la crisis diplomática que se aproximaba.

—Emil, tengo que pedirte un favor. Tengo que irme de viaje, algo inesperado ha surgido, y no sé que hacer con Miskas, así que quería pedirte…

“Miauuu…,” repitió Miskas. Y es que no había porque cambiar el mensaje pues aquello era lo que quería decir.

—¿Quieres que te guarde a Miskas? Claro, como no…Ya sabes que somos la mar de amigos…Eh que sí Miskas, ¿eh qué somos amigos?—Emil comenzó a utilizar ese idioma que utiliza la gente para hablar con los gatos y que los franceses utilizan para hablar entre sí.—¿Eh que sí?

“Miauuu…”

No haciendo caso de las claras advertencias de Miskas, quien como gato pacífico que era quería agotar todos los medios dialécticos antes de pasar a la acción, John y Emil se dispusieron a efectuar el cambio de guardia. John, consciente de que estaba pecando, intentaba aliviar su culpa con palabras bonitas, diciéndole a Miskas que no le echara de menos (como si alguna vez le hubiera echado de menos), que muy pronto volvería (como si le importara), y que con Emil iba a estar muy bien (como si en realidad se fuera a quedar con Emil). Y claro, pasó lo inevitable. Le habían obligado a actuar, si bien, como deferencia a la bonita y delicada cara de Emil, le clavó las uñas en el cuello.

—Maldito gato…

“Arrrrrrr…” la situación demandaba cambiar el mensaje.

—Miskas, no seas malo…¿Qué voy a hacer contigo?—y mirando a Emil—Sólo está un poco nervioso…ya verás como se le pasa…

–Yo no me quedo con esta fiera.

“Miau…”—dijo Miskas en señal de aprobación ante aquella gran verdad.

—Vaya, perdona Emil…no sé que le puede haber pasado…nunca lo había hecho antes…¿qué voy a hacer? Supongo que tendré que llevármelo conmigo…Vaya facha que voy a tener en Oslo, sin leotardos pero con un gato…bueno Emil, perdona, no veas cuanto lo siento…

—Nada, nada, no te preocupes…—dijo intentando, con poco éxito, ocultar su mal humor—Venga, buen viaje…

—Adiós Emil y perdona.

—Nada…—oyó John la voz de Emil a través de la puerta ya cerrada.

Otra vez se encontró mirando al frío y solitario pasillo. Extendió imaginariamente su vista hacia el techo e intentó hacerse una idea del aspecto del escenario, de aquel escenario que por desgracia era el de su vida. Era un escenario en el mejor de los casos ridículo y en el peor grotesco. Además, al contrario que en otros tiempos, ya no le quedaban fuerzas para reírse de la función. Como todo gran enamorado, John no quería que su vida pareciera una comedia.

Valle-Inclán decía que hay tres tipos de relaciones entre el autor y sus personajes. Cuando el autor mira a sus personajes como a inferiores, poniéndose por encima de sus personajes, tiene una comedia. Cuando se identifica con sus penalidades, mirándolos de igual a igual, un drama. Mientras que cuando los mirá desde abajo, asombrado, admirado y sobrepasado por los problemas de sus personajes, por su fortaleza, esa que el autor ni el mil vidas se considera jamás de tener, tiene una tragedia. Bien, no hace falta decir en cual de estas tres categorías quería imaginarse John y en cual de ellas no quería hacerlo bajo ningún motivo. No obstante, con un gato en la mano, en un pasillo solitario, un momento más tarde de que el gato acabara de arañar a su única alternativa para librarse de él, y con el prospecto de irse a vengar su herido honor (al menos esto sonaba a tragedia) y recuperar a su querida Elisa de las manos (o más bien de las garras) de un director de cine noruego…en Oslo…y encima sin alma…

—Sonríe Miskas, que alguien se debe estar riendo a carcajadas allá arriba…

John bajó a toda prisa las escaleras. Quedaba exactamente media hora para el avión a Londres. En la puerta de entrada a su edificio, sentada en un escalón, se encontró con la sorpresa, más bien desagradable vistas las prisas, de la señorita Andrews.

—Así que era verdad la historia del gato. Creí que me lo decía sólo para librarse de mí…por eso he esperado…de no haber bajado usted, hubiera comprendido que no quería concederme la entrevista.

—Pues ya ve que no.

—Es una gato bonito.—dijo acariciando la peluda cabeza de Miskas.

“Miauuu…,” dijo éste en señal de aprobación.

—¿A dónde lo lleva?

—A Oslo. Conmigo. El muy desgraciado no quiere quedarse con mi vecino.

—¿Quiere que se lo guarde yo?—decía la señorita Andrews mientras John gritaba: “¡taxi!—Para mí no sería ningún problema…es más sería un honor…incluso le podría incluír en mi libro…mientras usted no esté yo le recitaré Hamlet y veré como reacciona…Sí, seguro que será de lo más interesante…Tanto que creo que voy a suprimir el capítulo acerca de Richard Burton y, si los resultados son los que espero, lo sustituiré por el del gato de Barnes…

–Buena idea…

–Era sólo una broma.

–Pues no estoy para bromas, señorita…ya es suficiente problema irme a Oslo con mi gato como para que venga usted ahora a hacer bromas…

–Era lo del capítulo del gato que iba en broma…Lo de guardarle el gato iba en serio.

–¿Qué capítulo? Mire señorita, ¿por qué no me deja en paz? Además, no creo que Miskas quiera quedarse con usted. Es muy maleducado. No vea el arañazo que le ha hecho a mi pobre vecino en el cuello.

—Intentémoslo.

—Está bien.

Aquella muchacha era demasiado fina y simpática como para repetir la salvaje acción que, si bien merecida, le habían obligado a realizar minutos atrás. Sí, aquella joven le gustaba y, hasta el momento, había tenido la delicadeza de no hablarle en francés. Desde luego, la violencia estaba en aquel momento fuera de lugar. Miskas soltó un cordial y educado:

“Arrrrrr…”

—No, no quiere. Gracias de todas maneras señorita–dijo John y mientras introducía sus varoniles hechuras en el taxi—Bueno, ahora debo irme. Por favor señorita, no dude en llamar al director de la compañía y preguntarle por mí…por cierto, ya que menciono al director…

—Le acompaño hasta el aeropuerto—dijo ella con decisión—Allí podemos intentar otra vez lo de darme a Miskas. A lo mejor funciona.

—La verdad, no creo…y me sabría mal hacerle perder el tiempo…

—Si algo tengo es tiempo, no se preocupe por mí. Además, de camino, en el taxi, le puedo hacer unas cuantas preguntas acerca de los soliloquios. Así podré ponerme a trabajar mientras espero a que usted regrese.

—Pero…No es que a mí me importe que me acompañe usted al aeropuerto, pero es que en estos momentos no me encuentro como para hablar de soliloquios. Y me sabría mal no prestarle a su entrevista toda la atención que se merece…

—Entonces no se hable más. Si no le molesta le acompaño.

—Si se empeña…—y en tono más decidido—venga, pues entre, que no tengo tiempo que perder.

—Al aeropuerto.

—Al aeropuerto…—repitió el taxista con un marcado acento pakistaní—al aeropuerto…Como están hoy los señores…de viaje ¿eh?

—Sí, sí, de viaje…Y con prisas.—dijo John.

“Miauuu…”

—Bueno, no perdamos más tiempo—dijo la señorita Andrews mientras sacaba un cuaderno de notas del bolsillo—¿a qué edad se enamoró usted de Shakespeare?

—El amor, el amor…—dijo el taxista—ya les veía yo a ustedes cara de enamorados…

—A los dieciocho, en mi primer año de universidad.

—Enhorabuena, también yo llevar many many años con mi esposa. Ahora está en Pakistán…de hecho hace sólo diez días que la dejé, porque, ¿sabe usted? Yo acabo de llegar aquí a los Estados Unidos…Muy bonito, dinero bueno.

“Miauuu…”

—Sí, sí, claro…¡Pero! ¿Adónde va usted?—dijo John exaltado—Por aquí no se va al aeropuerto…Para ir al aeropuerto tendría que haber cogido la autopista.

—¡Oh! Vaya un error tonto. Ya ve, lo que le decía, acabo de llegar y todavía no me conozco muy bien las calles. Y yo que creía que era por aquí…pues nada…espere un momento que le preguntaré al señor de la gasolinera a ver si sabe como ir.

—Maldita sea no voy a llegar.

“Miauuu…”

—¡Maldito gato callate de una vez!—gritó John.—Mire le propongo una cosa. Ya sé que lo que le voy a decir es ilegal—y mirando a la foto de la licencia del taxi—pero de todas formas también lo es su permiso…El de la foto no es usted.

—No, nada de ilegal mi permiso. Lo que pasa es que me hice la foto en un tiempo de mucho stress y por eso tenía el pelo blanco, pero ahora ya todo ha pasado y yo recuperar color natural…mirar amigo…mirar barba y turbante…y ver como diferente color pero igual…porque yo sé…

—Callesé maldita sea. Mire, tengo mucha prisa, así que le voy a proponer un trato. Usted me deja conducir el taxi hasta el aeropuerto y yo le pago tarifa doble. Comprenda que si no nunca llegaremos…

—¡Ah, para eso no problema!—dijo mientras con brusquedad frenaba el coche.—Pero como usted, decir, ¿eh? Tarifa doble.

—Bien, bien…—dijo John ya bajando del coche.

Un instante más tarde, nuestro protagonista se encontraba pilotando una bala amarilla en dirección al aeropuerto, como no, ayudado de Miskas quien, desde el asiento del copiloto, se aseguraba de que todo estuviera en orden. Mientras tanto, el taxista pakistaní nutría a la señorita Andrews de muy interesantes observaciones acerca de Shakespeare, y no era para menos, pues tal y como aseguró momentos antes de comenzar su disertación acerca del dramaturgo inglés, “había oído hablar de él más de una vez.”

La suerte quiso que la policía, John conducía a más de cien millas por hora en una zona en la que no se podía ir a más de cincuenta y cinco, no se uniese a tan fructífera discusión. Aunque tampoco había porque preocuparse, “porque si nos paran usted les dice que se ha afeitado la barba y quitado el turbante. Además, usted el pelo medio blanco, como yo cuando lo del stress…” En resumen, que exactamente veintitrés minutos más tarde John entraba en la terminal del aeropuerto. Es decir, que llegó con el tiempo justo para despedir al avión de Londres, el cual, en aquel mismo instante, y con la puntualidad propia de todo avión que queremos que se retrase, abandonaba suelo americano.

—Gracias amigo…—tome, veintidós dolares, tarifa doble.

—Con el equipaje son dos dólares más; essss decir, cuatro.

—¡Pero si no llevo equipaje!

—¿Y el gato? El gato lo va a tener que facturar, así que técnicamente cuenta como un bulto.

“Miauuuu…,” dijo Miskas, mostrando su acuerdo con tan fino razonamiento, el cual, dicho sea de paso, no era de extrañar en alguien que acababa de hablar tanto y tan bien acerca de las normas del drama.

—Aquí van cinco. Quédese el cambio.

Miskas, a caballo de John, lideraba con sus bigotes a la tropa, a la que la señorita Andrews ilustraba, narrando grandes momentos en los que estrellas del celuloide habían estado en una situación semejante.

—Esto me recuerda a…—el nombre de Cary Grant apareció un par de veces, así como el de Woody Allen.

Claro que John no estaba para bromas y mucho menos cuando le informaron de que el vuelo a Londres acababa de salir con puntualidad británica. Sumido en la más absoluta de las desesperaciones, John comenzó a recorrer las oficinas de las compañías con vuelos a Europa. Y descubrió que, como tan sabiamente se suele decir, “Dios aprieta pero nunca ahoga,” y que el vuelo a Madrid, por fortuna, no había salido “con puntualidad torera,” sino, lo que no debe ser confundido por mucho que suene de forma parecida, con puntualidad “Ibérica.” Vamos, que llevaba ya una hora y media de retraso.

—En diez minutos salimos señor.—le dijo una simpática azafata de Iberia con preciosa sonrisa—Si no tiene usted equipaje puede subir.

Aquello le sonó a John a gloria. Por un segundo respiró satisfecho, hasta que se acordó de que llevaba a Miskas; el mismo Miskas cuyos ojos irradiaban ahora el más enternecedor de los candores. ¿Qué iba a hacer con él? Era el momento, había que decidirse; así que, aprovechando que Miskas, sin en realidad saber Miskas muy bien porque, se había encontrado en los brazos de la señorita Andrews, John decidió tentar a la suerte y, sigilosamente, desaparecer de la vista de su querido felino. Tras avisar a la señorita Andrews de tan drástico plan, se dipuso a ponerlo en práctica, si bien poco tardaría en ser abortado. Momentos más tarde, gritos y rugidos, lloros y susurros, obligaron a John a volver sobre sus pasos. No había funcionado; tal y como atestiguaba el revuelto pelo de la señorita azafata, la misma cuyo monumental peinado había sido durante los últimos dos días la envidia de todo el sector femenino del aeropuerto.

—Lo siento señor Barnes—decía la señorita Andrews—Pero nada más desaparecer usted Miskas ha saltado de mis brazos…Me parece que tendremos que descartar la posibilidad de dejarle aquí.

Tanto fue el odio con el que John miró a Miskas, que incluso éste, por naturaleza insensible a estas cosas, se apercibió del mismo y se avergonzó del sufrimiento que estaba creando a aquel que durante años le había dado de comer, que durante años se había comprado cómodos jerseys, aquel que un día lejano, un frío día de invierno de 1985, le había recibido entre quejas e insultos dedicados a “aquella maldita actriz que se viene a vivir aquí, se trae el gato, y después no se lo lleva.” Era por aquel entonces Miskas sólo un pequeño Miskas, pequeño, si bien ya era consciente de su noble procedencia, de que había nacido para un destino insigne, como lo confirmaba el que un par de meses antes, y contando Miskas sólo con semanas de vida, las portadas de todas las revistas sensacionalistas americanas pusieran su foto en la portada. Todos decían que era un guapo Miskas y estaban enternecidos al pensar que nunca antes, ni una sola vez, el gran actor Spencerfly le había regalado un gato a una de sus compañeras de reparto.

“Boda segura…,” decían. Aquel titular era el primer recuerdo de Miskas.

Miskas, nombre con el que le bautizó el propio Spencerfly en honor a un perro que tuvo en su infancia y que, por desgracia, había fallecido cuando un tren le pasó por encima. Boston-Philadelphia, aquella era la línea, la cual Miskas, que había oído a Spencerfly relatar aquella historia a la señorita Mildred en innumerables ocasiones, recordó siempre como sinónimo de amor, pues no por nada su homónimo canino se encontraba en aquellos momentos cruzando la vía siguiendo el rastro de una bonita perra caniche de rizos blancos que, según todos los relatos de la época, caían con la mayor de las gracias sobre unos enormes ojos llenos de melancolía. Spencerfly, de nombre Finegan, nunca contó el porque su padre había bautizado a aquel bonito pequinés como Miskas, un nombre que tiene tanto de corriente en un gato como de extraño en un perro, incluso en un pequinés. Probablemente ni siquiera el mismo Spencerfly (pronunciado Espenserflai) jamás conoció la verdadera procedencia del nombre Miskas, lo cual no es de extrañar pues Spencerfly (escrito Spencerfly) nunca supo hacer la O con un canuto ni la I, no la i, con un chupachupe, (que se escribe de manera diferente a la que se pronuncia …chupachup pues, si Miskas no se equivocaba, es nombre comercial y Miskas no usaba nombres comerciales a no ser que le pagaran por ello). Pues eso, que Spencefly fue siempre un idiota, y Mildred una histérica, si bien muy guapa, y el pobre John pagó caro su error de no tomar las precauciones adecuadas (nunca dejes entrar en tu casa a una mujer con gato) y se encontró, de repente, con un pequeño que le miraba con ojos angelicales y del que había que hacerse responsable. Miskas. Y cuanto le había querido, con cuanto cuidado le había puesto la leche cada mañana, ni unas queja, ni un reproche, igual que si hubiese sido su propio gato y no el de un Spencerfly desconocido. No, no podía seguir comportándose como un Miskas irresponsable, pero tampoco podía permitir que se fuera sin él, porque sabía que se iba a ir lejos, muy lejos, a buscar a esa mujer a la que tanto quería y que Miskas había visto un par de veces por casa. Era muy guapa, mucho más que Mildred, y Miskas entendía como después de querer a alguien así era imposible querer a una Mildred cualquiera, a una Mildred de ojos apagados y maquillaje brillante, sí, Miskas de no ser Miskas y ser hombre, de ser John, nunca hubiera querido a alguien cuyo maquillaje emanara más luz que su mirada. Por eso Miskas nunca hubiera querido a Mildred; por eso, de hecho, Miskas nunca la había querido. John tenía luz en los ojos, igual que aquella mujer a la que iba a buscar, pero el pobre John tenía oscuridad en la vida, ¿por qué? Ni siquiera Miskas sabría decirlo, no, ni siquiera Miskas, aquel que con tanta atención le miraba día tras día, aquel que con la mayor de las pasividades, sin dejar que ningún ratón (en caso de que lo hubiera habido) o araña (esas sí que las había visto) le distrajeran, le examinaba, le escrutaba, y no, no había luz en esa vida y lo peor es que no había tampoco oscuridad, porque había una lámpara artificial que daba una luz muy fea, una lámpara a la que John llamaba con un nombre inglés y a la que recitaba constantemente. ¡Que fea era aquella luz de nombre inglés! ¡Que fea la vida de aquel que tantos cariños le daba; de aquel que tenía tanta luz en los ojos, que ahora iba a buscar a una mujer con mucha luz en los ojos, acompañado de otra mujer de mucha luz en los ojos, acompañado de un Miskas de mucha luz en los ojos! Sí, que bonita era la vida de John ahora, en un aeropuerto, diciendo que no importaba que que el avión de Londres se hubiera ido, que cogería otro, porque nada importaba, ni siquiera que la lámpara inglesa se hubiera quedado en casa, que la lampara inglesa no hiciera el viaje, porque este no era un viaje para lamparas inglesas, sino para ojos con luz, como los de John, como los de la mujer que iba con John, como los de la mujer a la que John iba a buscar, a través de Londres, de Madrid, maldita sea de Estocolmo, ¿qué importa mientras haya luz en los ojos? Miskas era un Miskas con suerte, porque en el mundo hay mucha gente con lámparas, pero pocos con luz en los ojos como John, pocos, muy pocos, por mucho que el pobre John nunca lo supiera, por mucho que el pobre John se estuviera ahora diciendo que era un desgraciado, que un asqueroso gato le impedía buscar a su chica de ojos con luz. Cuanto le gustaba ahora John, cuanto más que cuando, siendo Miskas sólo un pequeño Miskas y yendo en las manos de la luminosa y oscura Mildred, le conoció. Entonces John no tenía luz, porque Mildred se la robaba toda con su maquillaje, sin darle nada a cambio, porque Mildred no era una de esas flores que da oxígeno a los que respiran alrededor suyo, sino todo lo contrario, una flor inversa, una flor que roba porque sabe que sus ojos son cavernas, que sus ojos se apagaron mucho tiempo atrás, quizás antes de brillar por primera vez. Aunque tampoco tiene nada de extraño, porque hay muy poca gente a la que le brillen los ojos, que le brillen como ahora le brillan a John.

—Señor Barnes—dijo la señorita Andrews—va a tener usted dos pasajeros más en su viaje.

—¿Cómo?

—Nunca he estado en Europa y ya va siendo hora…Miskas y yo venimos. Mientras usted haga lo que tenga que hacer yo cuidaré de Miskas.

—¿Qué? No, no, eso no puede ser…¿cómo van a venir ustedes? Digo, usted y el gato…y Miskas…no…eso no puede ser…yo voy a hacer algo muy importante…y sería ridículo que me presentara con un gato…y…y una escritora de un libro de…de..soliloquios…nadie me tomaría en serio…no, no, ustedes..digo…usted y el…pero maldito Miskas porque no te quieres quedar, no ves que yo me tengo que ir…me tengo que ir…pero…

—No se hable más, Miskas y yo venimos. No sé lo que va usted a hacer, ni tampoco se lo voy a preguntar. Usted lo hace y yo cuido a Miskas.

“Miauuu…”

–Dos billetes más…–dijo John resignándose a su suerte.

Comenzaba la odisea. Ulises John, con gato y escritora de libros de soliloquios incluídos, partió destino a Madrid. Y de Madrid a París, y de París a Praga y de Praga a…En total veinte horas de vuelo, en las que John no pronunció más de una decena de palabras. ¿Qué tendran los aviones que callan a los enamorados? Parece como si al subir a un avión no sólo se separaran físicamente de las limitaciones terrenales, sino también espiritualmente, como si nada de lo que se deja allá abajo importara, ni profesión, ni conveniencias, nada…Sólo el amor. Y John se pasó veinte horas pensando en Elisa y en aquella boda que se iba a celebrar, odiando durante veinte horas a ese maldito director de cine noruego que decía Secspijj en vez de Shakespeare y que de no haber sido, como decía Buñuel, “gracias a Dios ateo,” hubiera rezado seis veces al día por la salud del profeta Godard.

“Pero él y no yo, el pobre actor clásico, al que las ruedas del tiempo le han atrapado, será el que se va a casar con Elisa…él y no yo…si un milagro no lo remedia…pero tampoco yo creo en Dios…así que los milagros no existen en esta historia…¿será posible que por una vez el verdadero amor gane? No, el amor sólo gana en los libros de romances baratos, en los que se venden en los supermercados. ¿Y si los libros de romances baratos tienen más de cierto que esos que se escriben para que cojan polvo en las bibliotecas? Quizás sí, quizás la vida sea un romance barato y yo llegue a Oslo, ¿pero cómo va a triunfar un romance barato en Oslo?…Si aún fuera París…En Oslo lo único que puede pasar es que se case con él y treinta años más tarde nos encontremos en un Spa tomando las aguas y me diga que es a mí a quien siempre quiso, pero que las conveniencias…Y entonces los dos nos vamos a una montaña y nos suicidamos juntos para sellar el amor eterno que los hombres separaron por un rato. En Oslo se casa con él. Pues vaya papelón que estoy a punto de hacer. Tanto Shakespeare y al final lo único que deseo es que la vida sea un romance barato, que ella me mire, que yo la mire ella, que el director de cine me encuadre…¡zas!…soliloquio de supermercado al canto…ella le pega con el guante y el se va con su cámara a filmar espárragos…ella se acerca a mí, le invito a perderse entre mis brazos, ella me aprieta fuerte, y nos besamos por el resto de la obra, de la vida, de la eternidad, para siempre, ella yo, yo y ella, y el noruego, si quiere, que tenga los derechos para el cine del romance barato en el que yo me llevo lo que es mío, mío, para siempre…Pero la vida, por desgracia, no es un romance barato, sino una broma pesada, así que llegaré, ella me mirara con una mezcla de frialdad y sorpresa, y él dirá que se alegra de tener un actor clásico en su boda, y yo me sentiré ridículo por haber volado veinte horas para pasarme cinco horas comiendo canapés, porque ya ni orgullo me quedará que comer, ni orgullo ni corazón, ni tampoco vida…Y con lo francófono que es este noruego seguro que los canapés son más pequeños que los guisantes que llevan encima…así que encima me quedaré con hambre…¡Dios mío que estoy haciendo! Tengo que volver, va ser un desastre, un ridículo espantoso, ¡y además en frente de Miskas! Ahora sí que ya me perderá el respeto de manera definitiva…Me quitará la cama y me hará dormir sobre la tierra perfumada de dos dólares la bolsa…Elisa…¿Dónde está nuestro romance barato? ¿Ese que empieza cuando terminan las películas? ¿Ese del que ni siquiera se habla pues se da por supuesto? ‘Claro, ¿no es acaso obvio que después del primer beso pasaron treinta años de felicidad absoluta?’ Sí, yo quiero pasar contigo una de esas vidas, uno de esos amores obvios de los que ni siquiera hace falta hablar porque la película ya ha terminado y la gente ya se ha ido del cine, ese en el que las peleas nunca empiezan, nadie las ha escrito en el guión, porque nadie es tan estúpido como para escribir un guión con palabras que nadie escuchará, pues ya se han ido todos del cine, ya han puesto la palabra “fin” en la pantalla y los dos protagonistas ya se han prometido amor eterno. Y todos los espectadores se han ido contentos…¿y por qué van a separar los protagonistas lo que el cine ha unido? Sí, ese es el amor que yo quiero vivir contigo…aunque sea en un película del noruego…ese noruego que dice sespijj y que has elegido sobre mí, que al fin y al cabo no soy más que un pobre actor clásico, con leotardos y todo…y gato…un gato que me va a perder el respeto cuando vea el ridículo que voy a hacer…cuando sea ese pedante quien al final se case contigo.”

Y así veinte horas.

Eran la una de la tarde cuando Ulises John, Telemaco Miskas, y Soliloquios Andrews llegaron a Oslo. Quedaba menos de una hora para la boda y John ya no tenía más opción que ir directamente a la iglesia. Una mirada era todo lo que le quedaba, una mirada toda su fortuna, todo su futuro. Una mirada en la que tenía que comunicar todo su amor y rescatar todo aquello de lo que ella se estuviera escondiendo. Si le quería, si simplemente se estaba escapando, esa mirada sería suficiente. Si no, si de verdad no le quería, si John había sido sólo un pasaje de su vida, uno nacido para ser recordado en los días en los que tocara limpiar los álbumes de fotos, entonces sólo habría sorpresa en los ojos de Elisa. Sorpresa y quizás incluso alegría al ver a un viejo amigo. A John sólo le quedaba una mirada. Una mirada y, como no, una escritora de libros de soliloquios y un gato ilegítimo hijo de Spencerfly y Mildred.

Desde una puerta lateral la señorita Andrews y Miskas escucharon la boda. John había entrado en la iglesia. La señorita Andrews oyó como el padre comenzó a oficiar la ceremonia y, finalmente, dijo:

–Soren Munch…¿quieres tomar a Elisa Cristina como tu legítima esposa, prometes quererla y respetarla, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

–Sí quiero.

—Y tú Elisa Cristina, quieres tomar a Soren Munch como tu legítimo esposo querele y respetarle hasta que la muerte os separe…

El silencio se hizo en la iglesia. Por unos segundos Elisa dudó, parecía como si tuviera miedo de dar aquel paso para el que se había estado preparando durante el último año. Sí, Soren era un buen hombre, y le quería, le quería mucho, pero había algo…algo que le impedía decidirse y que aquel día estaba con ella…alguien a quien ahora sentía por primera vez en mucho tiempo…que le miraba…quizás desde el otro lado del océano…que le miraba…

–Amor mío, ¿estás bien?–le preguntó el director de cine.

—Sí…sí amor mío–le dijo en un susurro y ya más fuerte–Sí quiero. Sí.

Los novios pueden besarse.

Tres asistentes (dos personas y un gato) fueron los únicos que no tuvieron en valor de ver aquel beso. Cerraron los ojos. John se puso las manos frente a la cara, donde las mantuvo hasta que los gritos de “¡viva los novios!” se hicieron tan insoportables que las necesitó para taparse los oídos. Ella no le había visto, nunca se dio cuenta de que había estado allá. John la miró con cariño, mientras se decía que había vivido en una ilusión, la de amar a aquella maravillosa mujer para demostrarse que en realidad podía amar, que no era un frío e insensible actor clásico al que las palabras le importaban tanto como indiferente le dejaba la gente. Había sido un espejismo y no se había dado cuenta hasta verla una vez más, con sus ojos de sol y mar, verdes y brillantes, con su pelo de noche, con sus facciones de arena, moviéndose en sonrisas como dunas a las que arrastra el viento. Debiera haberla amado, pero John no sabía amar. No se puede perder lo que nunca se ha tenido y John se daba ahora cuenta de que el decirse que había perdido su alma era su forma de consolarse de no haberla tenido. Quiso engañarse, quiso engañarla, y ahora tenía su castigo.

Era el final. Estaba cansado y de repente, al ver a su alrededor la iglesia vacía (todos se habían ido siguiendo a los novios) sintió el cansancio acumulado en un día de viaje. En un gesto que le convenció aún más de su bajeza personal, sintió una repentina tranquilidad y un reparador alivio al recordar los febriles y enamorados pensamientos de la noche anterior. Quiso sonreír y sonrió; quiso que la sonrisa significase algo más que un gesto facial, pero eso ya era mucho pedir. Le habían anestesiado, la vida lo había hecho, mucho tiempo atrás, y no importaba que por muchos años se hubiera querido engañar con aquello que llamaban amor, porque al final la medicina deja de surgir efecto y nos quedamos anestesiados, sin nada, vacíos, diciéndonos que el hecho de que no duela no significa que esté curado, porque ya ni siquiera hay nada que curar, ya ni siquiera hay herida, porque los engaños no hieren, los engaños no son nada. Nada. Vacío. Vida. Miskas. Una señorita que escribía libros de soliloquios. Aquello era todo lo que le quedaba.

—¿Está usted bien señor Barnes?—dijo la señorita Andrews.

“Miauuu…”

—Sí, sí…

—Ella es muy bonita–dijo la señorita Andrews.

—Sí.

–No le vio…

—No.

—Ya sé que no es asunto mío…

—Si ha venido hasta aquí lo es…

—¿Por qué no le dijo nada?

—Porque nada más verla me he dado cuenta de que no la quería. No, no la quiero…no soy capaz de querer…—calló, pensativo, por un instante—perdone, prefiero no seguir hablando. Pero esa es la verdad. Hubiera preferido estar llorando de celos y creer que me acaban de robar la vida, pero no es así, es peor, me acabo de dar cuenta de que no hay nada, de que el mundo es vacío, de que la vida lo es, de que el amor es un engaño, una caja de fuegos artificiales, que suben, que explotan en la más preciosa de las luces…y que chamuscados bajan…y ya no queda nada, salvo cenizas. Eso es la vida…¿y por algo tan insignificante vale la pena preocuparse? ¿por algo tan insignificante coger aviones, actuar en obras de teatros, asistir a bodas en las que creemos que va nuestra felicidad? ¡Felicidad! Vaya palabra…

To die, to sleep—comenzó a recitar la señorita Andrews—

No more, and by a sleep to say we end

The heart-ache and the thousand natural shocks

—Señorita Andrews, disculpe, pero no estoy en estos momentos para soliloquios…

—¿Cuándo entonces? ¿En el teatro? ¿Con el café? ¿En una biblioteca? ¿Cuándo entonces si no en una iglesia después de que le hayan roto el corazón? ¿Cuándo? Durante treina años ha vivido usted de recitarlo…pero claro, entonces era diferente porque le pagaban por ello, pero ahora, ahora no, porque esto no es el teatro sino la vida. Claro, ahora no le pagan por recitar…

—¡Señorita Andrews me insulta usted!

—¡Sí, y merecidamente! ¡Recite, maldita sea! Tanto venerarle y cuando de verdad importa le da la espalda…¿Esta es la literatura de la que tanto hablan? Si tanto la quieren porque la apartan de los únicos momentos verdaderos de sus vidas. ¿Para que se escribe entonces? ¿Para que leemos? ¡Para que se pone usted esos malditos leotardos, maldita sea! ¿Para qué? ¿Sólo para llenar la barriga? ¿Sólo para complacer a los que pagan? Si es así es usted una puta…usted y todos los que son como usted, todos los que saben vivir leyendo libros, pero no leer viviéndolos. Usted no ha vivido ni un segundo de literatura, ni un segundo de verdad…es usted una puta y, con su bajeza, convierte a Shakespeare en su chulo…usted y todos los que son como usted…

La señorita Andrews estalló en un inconsolable llanto. Sus gafas eran ahora como dos peceras, en cuyo interior se movían dos tristes peces negros. Lloraba como una niña, que era en realidad lo que era. Veintitantos años de películas, libros, teatro…, no había visto ninguna, no había leído nunca, no había actuado ni una linea. Todo lo había vivido. Como ahora estaba viviendo aquel estúpido libro de los soliloquios, por el cual se había ido al otro lado del mundo. Por un capítulo. Por dos contando a Miskas. Ese era el arte en el que en algunos momentos de idealismo John había querido creer, aquel que servía, como decía Faulkner, “para levantar los corazones de los hombres.” Pero John había visto tantos corazones enterrados en almas tenebrosas que ya había perdido la fe en todo aquello, y la había perdido de tal manera que ni siquiera se había dado cuenta de que una bonita, dulce, e inocente niña, una que nunca había aprendido a odiar, una que probablemente nunca aprendería, le había seguido hasta Oslo con su gato en brazos. ¿Qué hacía aquella pobre criatura en aquella iglesia llorando por él? Miskas le miraba con vergüenza, vaya fraude que era aquel John…¿Qué hacía aquella niña apuntándole a un hombre malo aquello que John se sabía de memoria? Aquella lampara inglesa a la que ahora, por primera vez, veía dar luz.

—That flesh is heir to; ’tis a consummation

Devoutly to be wish’d. To die, to sleep—

To sleep, perchance to dream—ay, there’s the rub,

For in that sleep of death what dreams may come

John paró de recitar.

Estaba en el aire, su alma estaba en el aire. Mezclada con el olor a incienso. La había tenido y ella se la había llevado, pero se la había devuelto con su duda, con su recuerdo, con ese instante en el que Elisa con su pensamiento creyó recorrer el mundo entero cuando en realidad no recorría sino unos metros. El dinero se guarda, un coche se conserva, pero el amor no, el amor se vive. Será ceniza, pero que ceniza tan bonita es esa de la melancolía que tiene nuestra cara sin estar en nuestro jardín y que ceniza tan bonita esa que en nuestro jardín, al ser iluminada por una nueva luz, brilla por un momento con la luz pasada, espejo que lleva una vida entera desarrollar y que no refleja una luz sino la acumulación de todas las que en él se han reflejado. ¿Qué es el alma sino un laberinto de cristales?

—¿Cómo se llama usted señorita Andrews? Me temo que he sido tan maleducado de no preguntárselo en todas las horas que lleva siendo mi ángel.

—Adivine…

—Pues…¿Julieta? Oh Julieta…

—No, no es Julieta. Pero anda usted cerca.

—Beatriz.

—¡Beatriz! Vaya, hace tiempo que no hago esa…a ver…

A Miracle, here’s our own Hands

against our Hearts: come, I will have thee,

but by this Light I take thee for Pity.

—¿Y la entrevista cuándo? Me parece que se olvida usted que tengo un libro de soliloquios que escribir…y no porque me llame Beatriz significa que…yo…yo…no tenga que…que…que…

—Señorita Beatriz, me veo obligado a informarle de que usted va a dejar la noble práctica de escribir soliloquios y yo de actuarlos y, si está usted de acuerdo, vamos a intentar vivirlos…

La novia, sin dudarlo un momento, besó al novio.

Y Miskas fue el único testigo del primer romance de supermercado de la historia de Noruega.

Créditos Fotográficos: Composición por DFV utilizando las siguientes imágenes originales: Foto 1, Foto 2, Foto 3

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Tenía razón el gran Edgar Allan Poe cuando decía aquello de que la coincidencia es una fuerza poderosa y que hacemos mal en subestimarla. En la vida de nuestro protagonista, a quien sus amigos llamaban Benito y los papeles apellidaban como Lee, ocurrieron una serie de eventos que, si bien no desconozco que serían calificados de increíbles por la gran mayoría—por esa que sólo cree en lo que ve o lo que toca—no extrañarían un ápice al genio americano, quien hubiera visto en la historia que me dispongo a narrar tan solo una confirmación más de que fuerzas invisibles controlan nuestras vidas.

Y es que la razón no sólo es un instrumento inservible a la hora de solventar quimeras imposibles como el universo o la procedencia del hombre, sino también, y casi en igual medida, cuando lo que queremos explicar es este mundo y las fuerzas que moldean la existencia física, esa que, día tras día, y para no reconocer la cruda realidad, la que nos dice que no tenemos control sobre nada, nos queremos convencer de que dependen de cosas tales como el trabajo, la bondad, o la justicia. Vivimos en un mar, estimado lector, pero el mar no somos nosotros, por no ser, ni siquiera somos una ola; tenemos velas, pero las velas no somos nosotros, por no poder, ni siquiera somos capaces de dirigirlas; temblamos con los vientos, pero los vientos no somos nosotros, por no soplar, ni siquiera somos una brisa. ¿Somos un barco? Quizás, pero un cuyo viejo fuselaje, gastado y oxidado tras lo años, nos vemos obligados a dejar en este mundo; amarrado en este puerto llamado vida que sólo nos parece puerto en la muerte, pues siempre se comportó como un mar. Un mar de olas imposibles e invisibles: como la coincidencia.

Cada mañana, a las siete en punto, Benito Lee desayunaba en Atac, una cafetería adosada a la tienda de libros Aispel, en Washington D.C. Cada tarde, alrededor de las ocho, minuto arriba o abajo dependiendo de lo concurrido que estuviera el metro, al salir de su trabajo en el Banco Mundial, organización digna y inútil donde las haya (lo inútil suele tener una cierta dignidad, lo cual no significa que todo lo que tenga dignidad sea inútil), Benito se pasaba por Aispel y compraba algún estúpido e insípido (lo insípido suele ser estúpido, lo cual no implica, por desgracia, que lo estúpido sea siempre insípido) tratado de economía, cuyo precio, siguiendo instrucciones explícitas de Adam Smith en May You Give the Right Price en el capítulo titulado The Boston Law, variaba en consonancia a lo cerca que el economista en cuestión estuviera de Boston (sede de Harvard y MIT.) Menos aquella tarde.

Aquella tarde, recién quitada la corbata y el traje, y luciendo aquel impresentable abrigo negro y amarillo; que tan cómodo le hacía sentir y que además, siempre en su opinión, le daba un aspecto tan original; nuestro amigo Benito se había acercado a Aispel, para cumplir con el ritual de comprar el dichoso tratado de economía. Ya estaba dispuesto a comprar aquel Teoría Política Económica para Seres Racionales y Económicos (el cual en un principio le había creado ciertas dudas, pues pese a estar escrito en California y no venir de Stanford, tenía el increíble precio de 35$, pero que en la contraportada tenía un montón de palabras que Benito no había oído en su vida, así que finalmente decidió que “sería un error de dimensiones históricas no comprarlo”) cuando, ya de camino al mostrador, de repente, sin previo aviso (como tantas veces sucede en esta vida de sufrimientos) vio a la camarera que con tanta amabilidad y celo profesional le servía su desayuno en Atac por las mañanas.

“¿Qué hará en la tienda de libros?” se preguntó extrañado. Y con razón, pues, en tres años que llevaba frecuentando aquel lugar, era la primer vez “que la veía en territorio comanche”, (Benito se rió de su ocurrencia). Entonces vio que la camarera se dirigía a la caja registradora, donde un simpático dependiente “afroamericano, en palabra compuesta, negro, en una sencilla (que ocurrente estaba aquella mañana)”, le dijo entre sonrisas que había supuesto bien y que, efectivamente, tenía cambio de cien dolares.

Entonces la camarera, visiblemente satisfecha con su destacable adquisición de un billete de cincuenta dolares y cinco de diez, volvió a territorio Sioux (Benito sonrió de nuevo) y, al verle, y reconociéndole como a su fiel cliente de la mañana, le saludo con un efusivo:

Good Evening.

Otra cosa extraña: en tres años era la primera vez que Benito la oía decir “Good Evening.

Y tan efusivo fue el saludo, que derribó un pequeño tomo de una de las bien surtidas estanterías; si bien ella no se dio cuenta y, tan contenta, continuó caminando en dirección al restaurante. Mientras tanto, Benito se acercó a deshacer el entuerto y poner el libro en su sitio, “no vaya a ser que alguien se tropiece, se descalabre, le ponga un juicio a la camarera y la condenen a veinte años de cárcel sin posibilidad de perdón.” Y es que Benito, comprensiblemente, no estaba dispuesto a pasar dos décadas sin aquellas dulces manos sirviéndole su desayuno. No, de eso nada.

Mientras se acercaba, y fruto de esa natural curiosidad que tan lejos le había llevado en la vida, se fijó en el título de aquel libro, el cual, solitario, seguía yaciendo sobre la roja moqueta de Aispel. “Poe de Bolsillo,” leyó.

“¿Poe? ¿El director de cine?” se preguntó haciendo gala de su total ignorancia literaria; lógica, por otra parte, si tenemos en cuenta que Benito había cursado la carrera de Económicas en una de las universidades más importantes del país. Fue sólo al acercarse y leer en la contraportada que el New York Times decía que “aquel clásico era más entretenido que la mayoría de best-sellers modernos,” cuando se enteró de que Poe no era un director de cine, sino un escritor, lo cual le extrañó sobremanera, pues él juraría haber oído más de una vez lo de “película de Edgar Allan Poe.”

Como ya hemos mencionado y pese a haberse educado en una institución de élite, Benito era un joven curioso, razón por la cual decidió echarle una ojeada a “aquel tal Poe.” Y así fue como se olvidó de aquel ridículamente caro libro de economía de la costa Oeste, que “por-no-ser-no-era-ni-siquiera-de-Stanford,” y comenzó a echarle una ojeada al libraco del presunto director de cine. Y cual sería su sorpresa al darse cuenta de que aquel libro estaba lleno de cosas interesantes, tales como aquella maravillosa introducción en la que el editor describía algunas inconfesables intimidades de “aquel tal Poe.”

“Irresponsable borracho, plagiador, de personalidad obsesiva…” comenzó Benito a leer con gran interés, “¿su mujer se murió de la ruptura de una cuerda vocal…? Eso sólo le puede pasar a un mentecato.” Sí, aquella era una muy interesante biografía, una que le hacía sentir un placer especial, pues ridiculizaba a aquellos artistas a los que tanto odiaba, a aquellos cuya supervivencia Benito, como buen economista, explicaba diciendo: “la sociedad les paga por pensar, porque son unos vagos, y no saben hacer otra cosa…Son una carga necesaria; algo así como una obra benéfica, una caridad…”

Tanto le interesó aquella relación de las intimidades del escritor americano que, en lo que representaba una clara afrenta a sus principios más arraigados, se decidió a comprar, por primera vez desde que en su primer año de carrera le obligaron a leer extractos de “¡un libro de Hardy y dos de Dickens para aquella maldita clase de literatura!”; una novela que no fuera de Grisham “¡ese gran ídolo!”. “Poe, Poe…, cuantas deliciosas sonrisas a costa de los malditos intelectuales me esperan esta noche!”

En profundo estado de excitación, Benito corrió hacia su casa. No tenía hambre: un café y un plato precongelado le bastarían. Sí, ciertamente aquel plato de pollo y arroz era realmente intragable, “pero que puñetas, la comida es para alimentarse, no para, tal y como afirman todos esos libertinos europeos del sur, disfrutar de ella…., vagos todos! Ya es que también esos son una carga necesaria…que si no…” Benito terminó de cenar, ahora el hambre ya no le despertaría en mitad de la noche, y, con un placer que nunca creyó que un libro pudiera proporcionar, empezó a volar con la vista entre las letras de aquella jugosa introducción. Era el momento de la cronología.

1826: 14 de Febrero. Poe entra en la Universidad de Virginia, Charlottesville. Diciembre 15, el semestre termina y Benito Allan (el padrastro de Poe) le saca de la universidad.

Al leer estas frases, un especial placer le recorrió por todo el cuerpo. “Así que el tal Poe ni siquiera había terminado una carrera…¡Qué una carrera, ni siquiera un año!”

Aquello le reafirmó en su teoría de que nadie debiera poder publicar antes de terminar un doctorado. Él, por cierto, había terminado dos: uno en Económicas y otro en Estudios Financieros Sociológicos Empresario-Mercantiles. Valga decir que era del segundo del que estaba más orgulloso. Fijarse bien.

Pero la diversión no acababa ahí; no ni mucho menos, todo lo contrario, pues la vida de aquel pobre desgraciado, “del tal Poe,” no acababa más que de comenzar. “Y una vida que comienza mal, no puede sino acabar peor:”

“Pese a que Poe ingresó en la Army en 1831 (algo que Benito respetaba: “el ejercito de los Estados Unidos ayuda a mantener la paz en el mundo, ergo la estabilidad económica”) en 1831, y tras una decente carrera militar, Poe vuelve a las andadas. Deja West Point, “¿y para qué? Para escribir poemas…¡Ja!”

Aquello no pudo sino sonrojar a Benito, a quien le habían bastado menos de veinte y cinco años de la vida “del tal Poe,” para darse cuenta de que aquel pobre desgraciado no estaba bien de la cabeza. Pero poco le duró la alegría, pues no de alegría, sino de euforia, debía ser calificado su siguiente estado. Una euforia provocada por la indignación (para algunos el poder indignarse es la mayor de sus alegrías) de que Poe: “..se hubiera casado con una chica, ¡que una chica una niña!, una niña de catorce años…¡Que horror!”

Y a partir de aquel momento, tal y como no extrañará a ningún lector mínimamente familiarizado con la biografía de E.A.P., para Benito Benito todo fueron risas, sonrisas y brindis, los cuales Poe se debió ir, uno a uno, bebiendo de un trago, pues un 3 de Octubre de 1849, le encontraron en Baltimore “rather the worse for wear…”, es decir, hecho una piltrafa humana.

“Vaya humillación…”

Al día siguiente, a las cinco de la tarde, Poe fallecía.

Con lágrimas en los ojos, y no precisamente de tristeza, Benito cerró el libro y se preparó para irse a la cama. Con una alegría que no sentía desde su ascenso, medio año atrás, a la categoría de Economista asociado, se lavó los dientes, bebió un enorme vaso de agua “no me vaya a deshidratar durante la noche” y se metió en la cama dispuesto a, dulcemente, conciliar el sueño. Cerró los ojos y pensó en Judy, la bonita rubia de buena familia con la que se casaría en verano; y con la que había estado saliendo desde que, ambos por aquel entonces en su primer año de carrera, coincidiera con ella en la universidad de Jorgeciudad. Ni siquiera así, Benito logró conciliar el sueño…¡y es que aquel había sido, ciertamente, un día lleno de emociones! Aquella maravillosa biografía, lejos de adormilarle tal y como hacían los libros de su amada Economía (“¡deberé replantearme eso de que el objeto de los libros sea adormilar, reduciendo así el insomnio y los gastos de la población en medicinas…!”) le había desvelado totalmente. No, no iba a poder dormir. ¿Qué hacer? Benito estaba desesperado.

Entonces, vio sobre la mesita de noche el libro “del tal Poe,” aquel que tanto placer le había producido con su introducción, y tomó una decisión que, si bien no extrañará al lector en vista de los hechos, una horas antes le hubiera parecido imposible. Iba a leer “a” Poe. Antes, Benito había leído “de”; “de” Emerson, “de” Jefferson, incluso “de” Hemingway; pero nunca “a;” ¿para qué, si veinte páginas de ‘de’ nos explican lo que no averiguaríamos leyendo veinte volumenes de ‘a’?” Pues sí, pese a haber estudiado en universidades de élite, Benito iba a leer directamente a un autor. Sin cortes, sin comentarios de por medio por parte de algún excelente académico, cuya loable intención sería mejorar el original: cara a cara con el escritor:

Página 1: William Wilson…

Página 3: The Man of the Crowd…

Y así fueron pasando las páginas, primero con una sonrisa, “la cantidad de tonterías que podía imaginar aquel hombre”, después con interés, y finalmente con un incontrolable terror. The House of the Usher…, The Murders of Rue Morgue… y, por último, los poemas. ¿Cuánto tiempo hacía que no leía un poema? Exactamente seis años. Lo recordaba perfectamente, había sido en el libro de introducción a la economía del gran Samuelson:

Debo estar diciendo esto con un suspiro

Que en alguna parte envejece y hace envejecer,

Dos caminos divergieron en un bosque y yo,

Yo tomé el menos caminado,

Y eso ha representado toda la diferencia.

(El Camino no Tomado—Robert Frost)

Aquel siempre había sido su poema favorito: “¡son muy pocos los que toman un camino diferente y el economista no tiene porque preocuparse excesivamente de ellos, sino de la gran mayoría que toma el camino principal!”

Hace muchos, muchos años

en un reino junto al mar,

vivía una doncella, a quien tal tal vez conozcáis,

cuyo nombre era Annabel Lee…

y vivía esta doncella sin otro pensamiento

que amarme y ser amada por mí.

Y aquel a quien sus amigos llamaban Benito y los papeles apellidaban Lee, siguió leyendo y leyendo…

Y cuan dulce y cuan sonoro,

— din dan, din dan —,

es el coro,

— din dan, din dan —,

de la campana de oro,

que en su lengua musical

celebrando está el misterio de la noche nupcial…

Y con las campanas llegó la mañana…cinco campanas, seis campanas…Las seis y media: hora de prepararse para ir a trabajar. El sol iluminaba ahora un mundo en el que, por un día, Benito caminaría, no con su habitual seguridad, sino con el cansancio propio de quien no ha dormido ni siquiera un minuto. Claro que en aquel momento, su imaginación activa tras todas aquellas historias, se sentía más despierto que nunca. Su mente era ahora un motor acelerado. La ducha no emanaba agua, sino rayos carmín que parecían querer cortar sus secos ojos; y la máquina de afeitar, con sus brillantes hojas, era un amenazante instrumento del más allá, que buscaba una yugular con la que seccionar su vida. Cuando a duras penas logró hacerse el nudo de la corbata, evitando tras una dura pugna que ésta le estrangulara, salió de su apartamento en dirección a Atac donde, como ya hemos dicho, acostumbraba a desayunarse.

Good Morning—dijo la amable voz de la camarera, la misma que, de manera inconsciente, con su efusivo Good Evening y su codo fuera de control, había comenzado todo aquello.

—Tan buenos como un mundo con tanta luz pueda ser…—contestó Benito.

—Usted lo ha dicho—dijo ella con la sonrisa de quien, si bien es consciente de que el cliente acaba de decir un soberana estupidez, no quiere quedarse sin su propina.—¿Lo mismo de siempre?

—No, nada de fruta. Quiero cabeza de cabrito.

—Me temo que no tenemos cabeza de cabrito. Will a turkey sandwich do? De verdad que el bocadillo de Pavo es excelente…

—Bueno será.

—¿Café?

—¡Sangre de cordero!

—Como no, ahora mismo le traigo la carta de vinos.

Cinco minutos más tarde, nuestro amigo degustaba su bocadillo de Pavo, al cual acompañó de un asqueroso vino de Virginia, que la camarera consideraba, desde su modesto entender, que era lo que más se acercaba a la demandada sangre de cordero. Mientras tanto, y siguiendo con su costumbre de leer mientras desayunaba, Benito abrió un libro, que, tal y como podrá suponer el lector, aquella mañana no era trataba de economía. Y es que de camino a Atac, Benito había pasado por Aispel: “es el momento de pasar a palabras mayores…la recopilación de ayer era demasiado simple, lo básico, lo que cualquier niño de instituto habrá leído…”

Había comprando otro pequeño libro, también de Poe, el cual constaba de escritos acerca de los más diversos temas. Y pasando páginas, más bien devorándolas, llegó a:

Sobre la Intuición

Que la imaginación no ha sido injustamente considerada como suprema entre las facultades mentales, es debido a la intensa conciencia, por parte del hombre imaginativo, de que la facultad en cuestión lleva a su alma a menudo a vislumbrar cosas eternas y sobrenaturales—hasta el borde mismo de los grandes secretos.

Aquel pasaje le impresionó como nada que hubiera leído anteriormente. Imaginación. ¿Qué era aquella palabra? De repente Benito sintió que había descubierto la verdad, una verdad oculta hasta aquel momento, oculta en su mente, en aquella mente que tan bien discurría para otras cosas. Imaginación. Sí, aquella iba a ser su arma, el arma con la que conseguiría cosas con las que otros no osaban ni siquiera a soñar. Así que Benito comenzó a mirar a su alrededor en busca de algo con lo que probar su recién adquirida capacidad. Intuición, imaginación…todo aquello, unido a la fortaleza adquirida tras años de estricta disciplina mental, le harían invencible. Entonces buscó señales, indicios, algo que el despistado asesino hubiera olvidado en el lugar de los hechos. Hasta que se dio cuenta de que aquello no era el excitante París del siglo XIX, sino el burocrático Washington D.C. del siglo XX, y, con resignación, pensó que hubiera sido bonito vivir en otro tiempo.

Y ya se estaba imaginando entre la niebla londinense en los tiempos de Jack el Destripador, o volando entre las callejuelas de París en busca de primates asesinos, cuando un gesto de la camarera le hizo volver a la realidad. Había sido un guiño, si bien Benito no sabría decir si consciente o inconsciente. No; tenía que haber sido consciente, pues tras tres años de verla diariamente se habría dado cuenta de si tenía algún tic. Benito siguió observando, mientras con el mayor de los disimulos escrutaba cada uno de los movimientos faciales de la sesentona camarera. Otra vez. Sí, lo había visto claramente, no había duda, el guiño de nuevo.

La mente de Benito comenzó a analizar, a girar, a subir y bajar, a rodar, otra vez era un motor, el motor del más potente de los deportivos, giraba y giraba, intuición, análisis, imaginación, no aceptar las limitaciones de nuestra mente…hay que llegar a una conclusión, lógica, percepción…hay que encontrar esa conclusión…Y llegó. Sólo cabían dos posibilidades. Y eran las siguientes.

La primera, la más probable, es que la camarera fuera una asesina. ¿En serie? No, en serie no, pues de ser así Benito se hubiera dado cuenta mucho antes de aquel tic nervioso. La camarera acababa de asesinar, tal vez a su marido, a quien seguramente tendría metido en el ataúd que guardaba en el garaje de su casa, y desde entonces, y de manera inconsciente, habría desarrollado aquel tic nervioso, el mismo que le acababa de delatar en frente de Benito, quien, alegre, se felicitaba de estar cerca de resolver un misterio que nadie llegaba siquiera a adivinar y que, de no ser por él y su supermente, hubiera permanecido sin resolver por años, quizás por décadas, hasta que alguien encontrara el esqueleto del pobre marido, aquel al que todos sus compañeros de oficina habrían dado por desaparecido años atrás, con sus secas manos pegadas a la tapa del ataúd, arañado por dentro, pues no sería de extrañar que el marido de la camarera sufriera de catalepsia y que la mujer en realidad no le hubiera matado, sino tan solo encerrado durante uno de sus frecuentes ataques. Y por eso ahora la perversa camarera, la misma que mañana tras mañana le servía el plato de fruta con su cínica sonrisa, sufría de aquel tic nervioso sólo perceptible para alguien de la inteligencia de Benito.

Claro que aquella no era la única posibilidad. Había otra, la cual, en vista de que en los tres años que Benito había conocido a la camarera ésta nunca había intentado envenenarle, no podía ser descartada. La camarera podía no ser la culpable. Todo lo contrario, quizás era la inocente víctima del tirano de su marido, quien probablemente le pegara cada noche, amenazándola con encerrarle en un ataúd en uno de los frecuentes ataques de catalepsia que sufría la camarera (seguro que la catalepsia tenía algo que ver en todo aquello) si ella osaba a abandonarle y escaparse con el aviador italiano. Y quizás los maltratos del marido habían aumentado en frecuencia e intensidad en los últimos días, razón por la cual la camarera, con su casi imperceptible guiño, le estaba pidiendo ayuda a Benito. Sólo había una cosa que no encajaba en toda aquella hipótesis y era el porque la camarera pedía auxilio de una manera tan débil, la cual sólo podía ser percibida por una mente tan potente como la de Benito. No, ni siquiera la de Benito, sino “la del nuevo Benito.” También ante esta eventualidad surgían dos explicaciones.

La primera, que la camarera llevaba meses pidiendo auxilio pero que él, como era normal pues todavía no se había convertido en “el nuevo Benito,” no se había dado cuenta hasta que la casualidad, la coincidencia “como diría Edgar,” quiso que aquel libro mágico despertara su hasta entonces dormida imaginación, la cual, unida a su increíble inteligencia, le había permitido apercibirse de la desesperación de la camarera. ¿La segunda? La segunda era tan increíble que daba escalofríos sólo planteársela. Estaba llamado para una misión; la camarera le había elegido como su salvador, ya que tras tres años de relación cordial había descubierto su intelecto superior y decidido, con la excusa de pedir cambio de cien dolares, derribar el libro de Poe, para que éste despertara su imaginación y al día siguiente su amigo y salvador Benito Lee se decidiera a seguirla.

Benito miró la hora. Eran las nueve de la mañana. Entre pensamientos e imaginaciones se le habían ido dos horas y ya llegaba una hora tarde al trabajo. Si bien, tal y como suele suceder en aquellos que nunca han ni siquiera tropezado, nuestro amigo, tomándose a la ligera aquel escándalo de llegar una hora tarde al trabajo sin haber avisado con dos semanas de antelación, decidió no sólo tropezar sino caer del todo, caer de verdad. Decidió que aquel día no iría a trabajar. Porque, por primera vez en su vida, sentía que su existencia tenía un sentido, que era un alma dirigida en pos de una gran misión, y que, o bien la resolución de un crimen, o bien una vida humana, dependían del éxito de la misma. Además, ¿y si el marido estaba todavía vivo? ¿Y si, en su catalepsia, podía todavía respirar gracias al despiste de su esposa, quien en una increíble torpeza habría dejado el ataúd abierto? Aquel día, Benito dejaría de ser simplemente útil y, en el conjunto de la creación, se convertiría en significativo. Porque aquel día iba a salvar la vida de una persona. Fuera la del marido o la de la camarera, no podía dar la espalda a todo aquello. Esperaría. Con el disimulo y destreza dignos de un Phillip Marlowe, un Sam Spader, o un Sherlock Holmes cualquiera, Benito se dirigió a la camarera.

—Señorita—dijo él con tono de total normalidad, cómo si no supiera que aquella sesentona tenía un marido que, o bien era cataléptico, o bien era un tirano—Un poco más de café.

—¿Quiere usted café?—dijo ella, haciéndole notar a Benito que aquella mañana no había tomado su habitual AM MUG (1.50$ por todo el café que uno quiera) sino aquel maravilloso vino de Virginia, que él, en un extraño estado de excitación, había calificado como sangre de cordero.

—Sí, café, por favor—dijo continuando con su tono calmado y educado, como cada día, para que la camarera, en caso de ser la asesina, no se diera cuenta de que Benito sospechaba algo.

Instantes más tarde, la camarera estaba junto a él con una taza y una jarra de café en la mano.

—Gracias—dijo él una vez estuvo servido.

—De nada.

—Señorita—dijo él con disimulo, como si aquello fuera lo más normal que uno pudiera preguntar—estará usted cansada…¿no?

—Sí, claro—contestó ella en un tono que no denotaba la menor extrañeza—Muy cansada.

—Claro, lleva usted ya muchas horas trabajando hoy.

—Muchas…—afirmó ella.

—Desde las..

—Seis.

—¡Desde las seis! ¡Santo Dios, pero si son casi las once!

—Las once ya…¡cómo pasa el tiempo!—dijo ella, para continuar, con una seductora voz—Menos mal que sólo me quedan dos horas para terminar…Además de que tengo la tarde libre.

—¡La tarde libre! Vaya suerte…

—¿Y usted? ¿No va hoy a trabajar?

—¡No! ¡No voy a trabajar!—gritó Benito y, dándose cuenta de lo extraño de su reacción, continuó con más calma—No, hoy no voy a trabajar, he decidido cogerme el día libre. Ventajas de ser un reputado economista.

—Desde luego. ¿Y qué va a hacer usted durante el resto del día?

—La verdad, todavía no lo he decidido. De momento disfrutar de no tener ninguna obligación. ¿Y usted?

—Descansar, descansar en mi casa de campo.

—¿En su casa de campo?—dijo Benito con sorpresa, dándose en cuenta en seguida de que aquella pregunta había sido ridícula, pues no rompía ninguna regla de la lógica el que una camarera de un restaurante, ni siquiera de uno que estuviera adosado a una tienda de libros, viviera en el campo. Y dando una muestra espectacular de su erudición, añadió:

—Cicerón decía que el campo relaja los nervios—y que relajado se quedó Benito después de soltar aquello.

—¡Ah! ¡Qué bien! Pues tenía razón. A mí me basta con sentarme en la terraza de mi casa para relajarme de los nervios de la semana.

—Se sentara usted junto a su marido…—dijo Benito, llegando con exquisito tacto al punto que había estado esperando abordar desde el principio de la conversación.

—No estoy casada.

“¡Es la asesina! Pobre diablo cataléptico…” pensó en seguida Benito. Había mentido, el anillo la había delatado, ya no cabía duda de que encubría algo.

—Lo estuve…—dijo ella al ver como, tras su afirmación anterior, Benito se había quedado mirando fijamente al voluminoso anillo que llevaba en el dedo—…pero mi marido murió.

“Maldita sea, ya es demasiado tarde.”

—¿Murió?

—Sí, en la guerra. De eso hace ya muchos años, cuarenta ya. Mi John era un buen hombre, por eso nunca me quité el anillo.

“Miente, miente…,” era todo lo que pasaba en aquel momento por la cabeza de Benito, quien, haciendo un esfuerzo por que ella no lo notara, continuó tranquilamente con la conversación.

—¿Y no se casó usted más?

—Sí, una vez más. Pero prefiero no hablar de ese matrimonio…Lo único que importa es que ya se acabó el sufrimiento…

“Es la víctima, me lo está diciendo con los ojos…” pensaba el acelerado motor que Benito tenía por mente, “ella sufre, sufre noche a noche, cuando el asqueroso marido le amenaza, entre golpes, con encerrarla en el ataúd durante uno de los frecuentes ataques de catalepsia que la pobre camarera sufre. Pero sabe que el sufrimiento ha terminado: en mí ve al salvador que le aliviará sus penas. Yo te salvaré…”

—…ahora—continuaba ella—vivo feliz en mi pequeña casa de campo en Virginia.

—En Virginia…—dijo Benito con el tono de quien espera más información.

—En Virginia, más concretamente en Lastday Hills, número 28.

—Lastday Hills número 28.

—28.—repitió ella para, con una mirada que Benito interpretó como de desesperación y que el narrador calificaría más bien como de seducción, continuar:—Si algún día pasa por allí…Aunque, claro, un hombre tan ocupado como usted.

—Claro muy ocupado. Pero nunca se sabe, quizás un día de éstos mi trabajo me lleve hasta Virginia y, una vez allá, ¿por qué no ir a Laspray Hills.?..

—Lastday.

—Lastday—se había equivocado adrede para ver si la camarera estaba verdaderamente interesada en que fuera—Lastday Hills…para hacer una visita a mi buena amiga…amiga…

—Nancy.

—A mi amiga Nancy.—le extendió la mano—Yo soy Benito.

—Pues a ver si es verdad que me visita…siempre y cuando, claro está, que su trabajo le lleve hasta Virginia…no me gustaría que tuviera usted que desviarse por mí…

—En todo caso, sería un placer.

—¡Nancy!—se oyó tronar la voz del intendente—¿Es qué no ves que aquel cliente está esperando su cuenta? ¡Vale ya de tanta charla!

Nancy miró fijamente a Benito y, con voz de gata en celo, dijo:

—Bueno, mucho gusto. Y ya sabe donde tiene una casa cuando su trabajo le lleve hasta Virginia.

—No lo olvidaré—dijo Benito, quien ya estaba decidido a ir aquella misma tarde a resolver el misterio.

Y, efectivamente, dos horas más tarde, a la una, y no sin antes despedirse con una picarona sonrisa de su “cliente favorito,” Nancy salió del restaurante dispuesta a disfrutar, como cada Miércoles, de su tarde libre. Benito la miró, también sonriente, y se dijo que esperaría media hora “para no levantar sospechas.” Presentía que, de momento, era mejor que nadie la relacionara con Nancy, pues no sabía si quizás, en caso de que la pobre Nancy fuera la víctima, y traicionado por los nervios, se vería obligado a darle a su marido una lección. ¿Y si tenía que matarle? ¿Y si el marido se reía en su cara y le amenazaba diciéndole “intenta denunciarme y verás”? Además, no había que descartar que Nancy lo hubiera intentado ya en infinidad de ocasiones, pero que el jefe de policía, que a buen seguro sería un ex-compañero de clase del marido de Nancy, se negara a escucharla por falta de pruebas. En tal caso lo mataría (al marido). Sin dudar un momento: la justicia debe siempre estar por encima de la ley. Lo mataría y entonces él y Nancy lo pondrían en el ataúd (que en casa de aquellos dos pájaros había un ataud era algo de lo que no cabía la menor duda) y Benito se llevaría el ataúd a casa. Y nadie sospecharía de él, pues nadie le relacionaría con Nancy más allá, claro está, “de ser un cliente de Atac.” Por eso debía esperar, no fuera que al salir tras de Nancy, o poco tiempo después de ella, alguno de los fastidiosos testigos, que no pueden faltar camuflados en cada rincón con sus miradas de rata y sombreros de hongo, le fuera a identificar, “como aquel hombre que me llamó la atención, porque salió detrás de la señorita…” Era necesario esperar. Y mejor que media, una hora entera.

Finalmente fueron dos. A las tres, y ya sintiéndose libre de todo riesgo, Benito decidió encaminarse a Lastday Hills. ¿Cómo iría? En su excitación se había olvidado de que no tenía coche. ¿Alquilar uno? No, sólo un idiota alquilaría un coche antes de cometer un crimen, dejando constancia de que “aquel día, aquel mismo en el que, por primera vez en tres años, no había ido a trabajar,” tuvo necesidad de un medio de locomoción. Así que nada de alquileres. Cogería un taxi, el cual le llevaría al pueblo más cercano (que tras mirar un mapa descubrió que era Viena, Virginia) y de allí iría caminando, lo cual no era ningún problema, porque tan solo dos kilómetros escasos separaban Viena de Lastday Hills.

Así que a las cinco, en una fría tarde de Febrero, el justiciero Benito comenzaba a recorrer el camino entre Viena y Lastday Hills. Empezaba a anochecer, ya caía un negro velo sobre las casitas de madera que, solitarias, dominaban en un campo blanco por la nieve. En una de ellas una camioneta vieja y oxidada; en otra un tractor que, triste, esperaba a que le volvieran a necesitar: esperaba al deshielo, al campesino, a la cosecha…Una canasta de baloncesto le miraba desde una casa vecina, se balanceaba con el viento…cric, cric…cric…cric…decía su estructura de metal, la misma por la que no habría pasado ninguna pelota desde los meses de verano. Una casa pequeña con luces, con un camino bien delimitado que llevaba hacia ella, y que atestiguaba que los que la moraban iban a trabajar cada día a la ciudad. En aquel pequeño utilitario verde. Veintisiete, Lastday Hills. Ya se había hecho de noche. Ahora era todo oscuro. “Veintiocho, es curioso,” pensó Benito, “como mi edad.” Número ventiocho, seguir el camino, decía un viejo letrero.

Benito enfiló aquel sendero que penetraba entre los árboles. El viento soplaba, hacía frío, y no veía el momento de llegar a la casa de Nancy. Ya no le importaba si era víctima o asesina; en la cabeza de Benito ya no había lugar para otra cosa que el ansia de calentarse junto a una chimenea.

¿Qué había pasado? ¿Qué estaba haciendo allá? De no ser por el frío y por los dos kilómetros que le separaban del pueblo más cercano, quizás hubiera vuelto atrás. Pero ya no, hacía demasiado frío, ahora había que seguir, además ya casi había llegado…seguir pese al miedo, sí miedo, porque miedo da todo aquello que no entendemos, aquellas situaciones en las que las circunstancias parecen elegirnos a nosotros y no nosotros a las circunstancias. ¿Qué maldita secuencia le había llevado hasta aquel Lastday Hills número 28? ¿Qué hacía un economista, uno que siempre había sido buen estudiante y buen hijo; uno que algún día sería un buen marido, de Judy; uno cuyo único pecado había sido desayunar diariamente en una tienda de libros, por mucho que aquella tienda de libros estuviera adosada a un restaurante; que hacía en medio de un campo blanco que ahora era negro, helado, solitario, oscuro…qué hacía? No lo sabía y ahora tenía miedo. Porque ahora pensaba, porque ahora se sentía débil y exhausto tras una noche en vela. Miedo. ¿Y si le mataban? Nancy o el marido, no importaba…¿Y si ya nunca más era un buen hijo; y si ya nunca más era un buen economista; y si ya nunca más desayunaba en un restaurante con tienda de libros? ¿Y si ya nunca más se convertía en un buen marido? ¿En un buen padre…? Había que volver atrás, debía escapar…pero hacía demasiado frío. Ya había llegado demasiado lejos. Miró hacia adelante y vio un coche, el coche de Nancy…En la casa las luces estaban encendidas. La sonrisa de Nancy volvió a su mente; “será un placer,” le decía.

Entonces Benito comenzó a reír, y se rió como hacía tiempo que no lo hacía; ¿qué clase de locura era aquella que le había impedido darse cuenta de la realidad? Nancy, la fea, vieja y sesentona Nancy de cada día, aquella que pese a su edad se seguía tiñendo el pelo de rubio, como una Marilyn cualquiera, la misma que había perdido a su John en la guerra, esa que había tenido un marido fruto de un matrimonio que “por suerte” ya acabó, le había invitado a su casa, a él, a Benito, un atractivo e inteligente joven de veintiocho años, cuya carne era como quizás la de Nancy fuera en su día: dura y joven. Como ya nunca más sería. Benito se rió de sí mismo.

“Y yo que imaginaba misterios…Es curioso como la literatura puede dominar nuestra mente…¡Hasta llegué a creer que Nancy había tirado a propósito el libro de Poe! ¡Y todo lo que quiere es hacerme el amor! Simple, aburrido y maravilloso mundo…” se dijo finalmente, con ese alivió propio de los que son conscientes de que acaban de perder una emoción, pero, a cambio, ganado una vida.

No, no había porque ponerse nervioso; Nancy era una mujer agradable y, por mucho que sus intenciones fueran diferentes, seguro que disfrutaría de una tarde de entretenida conversación. Además, ¿quién le decía que aquello no era todo lo que ella quería? En este mundo hay mucha soledad y quizás esta sería la primera tarde libre en mucho tiempo que Nancy no pasara sola. Para comunicarse, para escaparse de sí misma por unas horas…no, no había porque dudarlo: le había invitado a pasar una tarde conversando al lado de una buena estufa y una taza de té caliente. No había ni marido, ni crimen, ni había tirado el libro a propósito, No, tampoco había pensado en irse a la cama con él (algo que a Benito, sólo de imaginarlo, le provocó nauseas.) Lo único que había habido es una increíble sucesión de casualidades y su mente, siempre activa, unida a su normalmente aletargada imaginación, había sido la presa perfecta para el demonio de la literatura; aquel que, como él ya sabía y ahora comprendía, había vuelto locos a tantos. Bueno, por lo menos, pese a todo, había hecho una amiga, una que en condiciones normales nunca hubiera pasado de ser la sonrisa-interesada-en-busca-de-propina de las mañanas. Y eso le alegraba, pues le hacía darse cuenta de que tras la gente, tras todos esos que creemos que nos sonríen porque esperan aprovecharse de nosotros, con los que nos relacionamos porque no nos queda más remedio y que a su vez se relacionan con nosotros porque tampoco ellos pueden elegir, hay personas, gente sola que, como Nancy, buscan a alguien con quien hablar, alguien que vaya a su casa, a esa casa que está tan lejos de la ciudad y que nadie visita, a tomar una taza de té. De té caliente. Bendito Poe, que le había ayudado a descubrir todo aquello.

Llegó a la casa. En su interior, entre la oscuridad, sólo se veían unas extrañas luces que se movían, que cambiaban, que se apagaban de repente y se volvían a encender. Aquello alarmó momentáneamente a Benito, como también lo hicieron las muchas voces que, como truenos entre el silencio del campo, retronaban en sus oídos. Era el televisor. Aliviado, se rió de su estupidez, echándole de nuevo la culpa a Poe y maravillándose, una vez más, de lo que la literatura puede hacer en el cerebro humano. Unas cuantas páginas le habían convertido en un ser asustadizo y fácilmente perturbable. Sonrió. Sin darse cuenta se había convertido, por un segundo, en un Usher, por un segundo todo le había dado miedo. Claro que, por suerte, aquello era sólo pasajero y tras diez buenas horas de sueño volvería a ser el mismo Benito de siempre. Y mañana compraría un libro de MIT. Llamó a Nancy. Nadie contestó, así que probó de nuevo.

—Nancy, soy yo, Benito, su cliente de las mañanas…

Ahora sí que oyó la voz de Nancy, quien, con voz afónica, que Benito atribuyó a que debía de haberla despertado, le contestó alegre:

—¡Benito! ¡Cómo me alegro de que haya venido usted! ¡Que alegría!—la voz dejó de oírse por un momento—Pero pase, pase, se debe usted estar muriendo de frío. La puerta del garaje está abierta, yo bajo ahora mismo. Espere que le encienda la luz…

En la planta baja se encendió una luz. Alegre, pues por fin iba a escapar del frío, Benito se acercó a la puerta, que, tal y como le había dicho Nancy, no estaba cerrada con llave. Mientras la abría, oyó la voz de Nancy, acompañada de unos pasos que bajaban, y golpeando una escalera que, por el ruido, debía ser de madera.

—Que bien, que bien, como me alegro, como me alegro…—decía la voz de Nancy—Mire que yo ya tenía un presentimiento…Nada más irme del restaurante, cuando me ha sonreído, me he dicho “seguro que este joven tan simpático no miente cuando dice que te va a hacer una visita Nancy…” ¡Y ya ve que no me equivocaba! Tengo té y galletas.”

Benito entró en el garaje. Había muy poca luz y, en un principio, no pudo distinguir ninguno de los objetos que lo abarrotaban. Se abrió otra puerta, la de la escalera, iluminando de repente la estancia. Benito vio aparecer la figura de Nancy:

—Hola…—dijo antes de quedarse repentinamente callado.

Estaba desnuda, totalmente desnuda, asquerosamente desnuda. Sus pechos, secos desde hace años, décadas, caían de manera horrorosa sobre su arrugada barriga. Era lo más horrible que había visto en su vida. No pudo soportarlo y enseguida apartó la vista, yendo ésta a chocar con los demás objetos de la habitación: una lavadora, una nevera vieja, un cortador de césped…

Mientras tanto, ella le decía:

—¿Por qué no me miras? ¿Es qué crees que puedes elegir? Lo quieras o no tus manos van a tocar mi cuerpo y las mías el tuyo…

Sonó un fuerte golpe; era la puerta del garaje, la cual Nancy, apretando un botón que estaba junto a la escalera, acababa de cerrar. Benito miró hacia atrás, a la puerta cerrada, y sin comprender todo aquello, asustado, volvió a mirarla a ella. Sólo por un instante, porque de nuevo no pudo soportarlo y ahora volvía a mirar a su alrededor: un viejo horno, una bicicleta oxidada, un oso de peluche que en otro tiempo debió ser negro pero que ahora, envejecido por el polvo, había crecido canas…

—¿Es qué crees que el que se cayera ayer el libro fue una casualidad? ¿Qué mis guiños lo fueron? Sabía que no tenía más que excitar tu imaginación y que caerías en mis manos, tal y como tantos han caído antes que tú. Sois todos iguales, toda vuestra vida sin utilizar la imaginación y al final no sabéis defenderos de ella. Un libro…una noche ha bastado…

Una estantería (llena de libros de misterio), un viejo equipo de música, un sillón de orejas roto…

—¿Creías que había un misterio? Te lo pude ver en la cara esta mañana, nada más entrar en el restaurante.

Vajilla, tenedores, cuchillos, un cuadro, una lámpara sin bombilla…¡un ataúd!

Impresionado ante aquel hallazgo, Benito averiguó algo que nunca hubiera podido imaginar: que era propenso a tener ataques de catalepsia. Mal momento para darse cuenta…

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