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No hay que mirar atrás, no se puede. Bernardo no creía que así se evitaran los malos recuerdos, pero sí al menos que se presentaran como imágenes completas, reduciéndolos a breves destellos de deslumbrante oscuridad, deslumbrante como todo lo que no soportamos mirar. También los buenos le dolían, sobre todo los buenos, bellas postales de arena hirviendo de las que huir en busca de un mar de olvido y rutina. Tenía cincuenta y nueve años, veinticinco de vida y treinta y cuatro de espera.

Dolorosas postales como aquella de su Buenos Aires natal, donde había sino un idealista e ilusionado estudiante de ingeniería; o la de la primera vez que vio a Enriqueta en la biblioteca de la facultad, ya entonces se dijo que no podía haber mayor felicidad que el mirar por el resto de sus días a aquellos enormes ojos azules. Y no iba a haberla…

Enriqueta y Bernardo se miraban cada noche en silencio durante horas, vestidos con trajes y pelucas de época, sus rostros empalidecidos por el maquillaje; de telón teatral un marco formado por palos de escoba cubiertos de terciopelo rojo y sentados en un banco cualquiera de algún paseo concurrido de la ciudad europea de turno, se convertían en reyes, aristócratas, poetas, amantes o bohemios ganapanes de versos con aroma a absenta. De fondo no cualquier música, pero sí cualquier ópera; desde que veinte años antes, en la cocina del piso de Recoleta que había sido su tumba en vida durante más de una década, Enriqueta volvió a sonreír al escuchar una ópera en televisión. O al menos a hacer el gesto, que tras doce años de tristeza venía a ser lo mismo.

Al salir aquella noche de la pensión de la calle Apuntadores de Palma en la que llevaban dos semanas alojados y empujando el carrito con su escenario portátil, la oscuridad con la que la ciudad les recibió devolvió a Bernardo a uno de aquellos malditos destellos. Los golpes de los militares en la puerta, tan educados y cívicos, incluso tuvieron el detalle de tocar el timbre cinco segundos antes de tirarla abajo y leerles rápidamente unos cargos con los que les acusaban de estar en el lado equivocado de la historia. Provoca pavor y alivio que ni los verdugos puedan prescindir del corsé de la legitimidad. Volvió a recordar los golpes, las torturas y los interrogatorios interminables. Y los vítores y celebraciones: era 1978 y en el vecino monumental de Ríver Argentina ganaba un mundial mientras perdía el alma a escasas diez manzanas.

Pero los peores dolores no fueron físicos, sino la incertidumbre de no saber que había sido de su familia, de Enriqueta y Guillermo, quien por aquel entonces era un buda regordete de un año y los mismos enormes ojos azules de su madre. Escupiendo sangre, Bernardo logró susurrar:

—Mi mujer, mi hijo…¿qué ha sido de ellos?

—¡El rojo boludo pregunta qué ha sido!—le preguntó uno de los militares a su compañero mientras clavaba la pesada suela de sus botas militares en el estómago de Bernardo.

—Ha sido gol de Kempes…—contestó entre risas el otro.

Pasó el tiempo, las heridas sanaron, algunas lesiones se curaron y las que no lo hicieron del todo se convirtieron en simples condicionantes, como la cojera de Bernardo o la incapacidad de tener hijos de Enriqueta, reventada por dentro a golpes y violaciones. Por doloroso que fuera, todo era llevadero comparado al recuerdo de Guillermo. Liberada meses antes, fue ella la primera en averiguar que se lo habían llevado para siempre. Al volver a casa Bernardo no tuvo ni que preguntar: una mirada y el silencio de ella bastaron; la misma y el mismo con los que Enriqueta llevaba viviendo treinta y cuatro años.

No hay que mirar atrás ni para soñar, se decía una vez más Bernardo, siempre se sueña hacia adelante; soñar con la esperanza por la que siempre dejaba un teléfono de contacto y la forma de encontrarles a la poca familia que les quedaba en Argentina; soñar con que un apuesto hombre de treinta y cinco años y enormes ojos azules se les acercara por la espalda, les cogiera del brazo y contándoles que aún estaba vivo les recordara que ellos también lo estaban. Les agarraría del codo, como ahora lo hacía una mano fuerte…

—Guillermo…

Vio una manga de color marrón. De haber girado ligeramente el cuello hubiera visto una tez blanquecina cubierta de sombra bajo un hábito de fraile. Pero ya sabemos que Bernardo nunca miraba atrás.

Y así fue como la ciudad se convirtió en su escenario. El uno frente a otro, como siempre, por fin sin interrupciones y sin ni siquiera pestañear en un delicioso duermevela en el que pasearon por las calles del casco antiguo de Palma en compañía de aquel fraile que que a ratos tenía los ojos azules de Guillermo, a ratos marrones, a veces tenía las alas de un ángel y casi siempre el gesto atormentado del diablo; Bernardo pensó que habían llegado al cielo, porque sólo en el cielo se puede pasear eternamente por una ciudad en primavera en compañía de los que uno quiere, otra vez una familia. O tal vez hubieran descubierto como volver atrás en el tiempo, a aquel verano del 78 en el que la vida se convirtió en una simple espera. Ahora veía incluso las gradas y el césped del campo de fútbol, como en aquellos sueños que tenía en los descansos que le concedían sus torturadores.

“Se puede perder el alma mientras se gana un mundial…”

Sebastián Montaner abrió el sobre dirigido al “director del periódico Las Últimas Horas y a su fotógrafo estrella…” En la primera página, una hoja impresa con el mensaje: “para que aprenda a hacer fotografías de sucesos.” En las imágenes siguientes, una estampa que se había hecho muy popular en las últimas semanas en el centro de Palma: la de dos viejecitos que parecían recién salidos de una ópera posando en diferentes partes de la ciudad; tan popular que en algunas de las fotografías, junto a los protagonistas, aparecían insignes políticos. En una, sonriente y con el ayuntamiento de fondo, aparecía el alcalde, quien en dos semanas se enfrentaba a una difícil reelección con la seguridad ciudadana como una de las principales bazas de su partido (la leyenda de la fotografía era “tres seguros cadáveres”); en otra, el honorabilísimo presidente de la comunidad autónoma, inmerso por aquel entonces en un escándalo de corrupción, posaba sonriente inclinado con un par de monedas sobre el bote de donativos de los dos viejecitos (la leyenda: “¿las deja o se las lleva?”) Estaban todos: el conseller de turismo, la presidenta del consell insular…

—Donde haya una buena foto siempre habrá un político…—pensó Montaner.

El alcalde, avergonzado, confesó al ser entrevistado que tras hacerse la foto llamó a un empleado municipal para pedirle que revisara las alcantarillas de aquella zona ya que algo olía a podrido…

Comparadas las imágenes en sucesión, el deterioro de los cuerpos era aparente; por separado el maquillaje lo tapaba. En las últimas se podían incluso apreciar grietas en la piel. El álbum concluía con una fotografía estilo post mórtem y otra de los dos cadáveres abandonados en un almacén, como si fueran objetos del atrezzo de una ópera. Tras examinar esta última detenidamente, una bandera de color rojo y negro y una sombra verde en el haz de luz que entraba por un ventanuco hizo que Montaner sospechara sobre cual podía ser el escenario de tan macabra escena.

Llamó a Pereira. Tras dos tonos, el fotógrafo contestó con sorna:

—Calle Ruiz de Alda, mañana llena de noticias en la jefatura de la policía nacional. Dos DNIs perdidos y una reclamación por no haber salido favorecido en la foto de carnet…¡La jungla de asfalto nunca duerme! Y estoy a punto de ventilarme un plato de frito mallorquín…

La simple mención de comida obligó a Montaner a contener una arcada.

—Hay que tener estómago…

—Creo que éste sólo lleva hígado y vísceras, pero como madrileño que soy no pretendo ser un entendido en el tema.

Mejor no describir las sustancias viscosas con las que Montaner regó la mesa de su despacho.

—Te mando a una de las peores escenas de tu carrera—dijo recomponiéndose a duras penas—. En el antiguo estadio Luis Sitjar: allí encontrarás los cadáveres de los dos viejecitos que se pasean por el centro vestidos como si estuvieran en una ópera. Cuando me confirmes que los has encontrado llamaré a la policía. Incluso cumpliendo con nuestra obligación como ciudadanos tendrás al menos diez minutos a solas…

Pereira sonrió. Había dudado de que su director fuera a ser capaz de interpretar las pistas en la foto y el efecto no hubiera sido el mismo de haber tenido que ir a la redacción del periódico a hacer de investigador adjunto. Aliviado y feliz caminó los trescientos metros que le separaban del estadio Luis Sitjar, entró por una ventana que rompió con un palo que había dejado preparado—y no por la trampilla que había usado en todas las demás ocasiones—, y ya pisando los hierbajos donde en otro tiempo había estado el césped de tantas glorias futbolísticas, viendo por primera vez a la luz del día a aquel derrotado monstruo de cemento y hierro oxidado que hasta el momento sólo se le había presentado en sombras, recordó sus comienzos como fotógrafo de sucesos y deportivo en el ABC; las ilusiones de aquellos tiempos en los que se sentía uno más de aquella hermandad de celebridades de la capital junto a las que dilapidó dinero, salud y una familia antes de darse cuenta de que, justa o injustamente, los que salen en la fotos ganan mil veces más que los que las hacen. Momentos de ilusiones…Pero mejor no mirar atrás. Y más cuando lo que venía era mucho mejor: se estaba convirtiendo en una estrella. Incluso le pareció oír los vítores apagados y somnolientos de un estadio que se desperezaba para su gloria. Ya tenía preparado el reportaje, así que mientras esperaba a la policía dio una eufórica vuelta de honor al campo. Horas más tarde, el periódico Las Últimas Horas batiría todos sus récords de tirada con un especial compuesto por las fotos del anónimo asesino en serie y las de Pereira en la escena del crimen. Sus múltiples apariciones en canales nacionales en los días siguientes le confirmaron que lo que había estado celebrando en el abandonado estadio mallorquinista fue otro ascenso a primera división: a la de los fotógrafos. O puede que incluso un mundial. Recordó los susurros agonizantes de Bernardo:

“Se puede perder el alma mientras se gana el mundial…”

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De camino a la plaza me he encontrado a una joven que volvía de allí. Tenía el pelo deliciosamente enmarañado de la juventud; lo que en una persona veinte años mayor hubiera evocado desaliño, en ella, miope prodigio que aún no llegaría a los veinticinco, comunicaba rebeldía. La eterna veneración de la juventud; la vida adulta suele parecer un curso acelerado de envejecimiento en cuerpo y alma, sobre todo en alma, envejecemos mucho más por dentro que por fuera, de modo que llega a parecernos que venerar lo que aún no ha comenzado su proceso de corrupción es como volver atrás en el tiempo y volver a creer. No es parecer jóvenes lo que nos atrae, sino volver a creer como cuando lo éramos.

Le he preguntado por la manifestación.

—¿La verdad?—me ha dicho ella con una media sonrisa burlona.

—O la mentira que mejor la describa.

Me miró como a un cómplice; no tanto porque pensara que, no habiendo llegado a los cuarenta, fuera estar de su lado, sino porque tenía tanta fe en sus ideas que le parecía imposible que alguien no fuera a estarlo. Cuarenta, ochenta, pensaría ella, que importa, la cuestión es explicar bien las cosas….

Importa y mucho. Importa tanto que alguien mayor que yo hubiera estado más cerca de ella; al final nos parecemos al principio, los viejos se parecen a los niños, y al principio del final nos parecemos al final del principio, por eso las empresas que quieren acabar con la independencia de sus trabajadores siempre irán contra los profesionales que, acercándose al final de sus carreras, están en lo más alto de su prestigio.

—Soy licenciada en filosofía y llevaba dos años trabajando con contratos temporales hasta que un día me dijeron que ya ni eso…Y ahora me dicen que añore esos tiempos, que todo era maravilloso entonces, que por lo menos entonces, pese a mis pecados, alguien me daba un trabajo…¿Mis pecados? El peor. Pensar que uno puede hacer una carrera de la cultura, que la vida y la educación no es una folclórica preparación para el momento en el que dejemos de jugar a pensar y nos dediquemos a inversiones varias.

—Decir eso sería ir contra siglos de civilización.

—Por eso no lo dicen. De momento. Por pudor, que no por convicción…Para que algo tenga valor hay que pagar por ello, ¿quién quiere pagar por teologías, filosofías o filologías? Cometí un error de cálculo y prioridades. Mala suerte. Pero no nos preocupemos, no todo está perdido, la cultura y el arte aún existen y están en los negocios. Los genios ya no exploran ideas, ahora las explotan…¿Hay algo más siniestro que ese concepto? ¡Explotar una idea! La palabra explotación solía tener connotaciones negativas, ahora ya no…Ahora no aspiramos a nada más que a explotar y ser explotados.

Hace una década me hubiera quedado embobado pensando que había encontrado con quien vivir de nuevo y resucitar una vez más a tiempos en los que malvivir buscando excusas no fuera suficiente; tiempos en los que me pareciera que la sociedad me pedía algo más que participar de sus excusas colectivas para la injusticia; tiempos en los que esperaba más porque hacía más y, mereciendo más, me parecía que era víctima de la injusticia; al contrario que ahora, cuando merezco menos y vivo atenazado pensando que participo de esas mismas injusticias; esperar más y creer que merecemos más es la forma, independientemente de que seamos codiciosos magnates o desprendidos visionarios, de creer que estamos del lado de las víctimas, mientras que esperar menos y creer que merecemos menos es sentirnos constantemente en compañía de verdugos. La fe y la culpa no es la herramienta de las religiones, sino su esencia. De eso me hablaba ahora la joven:

—La jerga económica ha contagiado nuestra forma de hablar y de vivir como en otro tiempo la contagió la religiosa. Del mismo modo que en otro tiempo el arte tenía que pasar por el filtro de la religión, ahora tiene que pasar por el del mercado. Es ridículo, nos rebajamos al permitir que el intercambio de sensibilidades e ideales esté regido por el mismo medio con el que intercambiamos naranjas y peras…Y lo increíble es que los que apostaban por el mercado como la solución a todos los males han perdido estrepitosamente, pero sus ideas estaban tan arraigadas en cada uno de nosotros que han logrado arrastrarnos en su derrota y, al caer al suelo, ellos estaban más preparados para soportar el golpe. ¿Resultado? Que mientras nosotros nos contamos los dientes ellos han vuelto a levantar el chiringuito y a ofrecernos una dosis doble de los remedios que nos han llevado a la enfermedad…

—Y volveremos a enfermar…

—¡Ni hablar! Ya me he contado los dientes. Ni siquiera sé si los tengo todos, ¿pero qué importa? Los que tengo son para morder. Superado el trauma de la caída me he acordado que tengo memoria y que, teniéndola, me acuerdo de quién ha hecho qué y de quién no lo volverá a hacer mientras pueda evitarlo…

En aquel momento quise decirle a la joven que no perdiera el tiempo, que con aquellas ideas estaba atacando al orden social que tenemos desde tiempos inmemoriales y que nos ha convertido en perfectos inmemoriados; que la política es el arte de los posibles y que las reivindicaciones no tienen mucho que hacer en una sociedad que ha sido programada para ridiculizar la protesta. Debiera haberle dicho que no se equivoque, que la exaltación de la crítica es como el virus que se inocula es pequeñas dosis para inmunizarnos; que el que nos alaben constantemente las bondades de una masa crítica es la mejor demostración de que es la peor de las amenazas. Pero soy un tarado; tarado como todo aquel que tiene en la cabeza ideas sin la menor relevancia y que ocupan el precioso espacio que debieran ocupar otras más productivas.

¿Qué pasaría si todo el mundo pensara como ella? Era mi obligación como manso adulto sugerirle que aceptara el orden establecido pues, para bien o para mal, es en el que sabemos funcionar, contarle que, unas cuantas revoluciones más tarde, tal vez no pidamos nada más que algo a lo que atenernos y que la codicia y el egoísmo cumplen esa función de constancia y previsibilidad . Pero ya les he contado que soy un tarado; así que, en vez de pedirle que aplicara el dictatorial “algo a que atenerse”, se me ocurrió decirle:

—Le preguntaron a Yossarian qué pasaría si todos pensaran como él.

—¿Y él qué contestó?

—Que, entonces, él sería un maldito loco de pensar de manera diferente…

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Le vi de lejos. Ya me había acostumbrado a verle de lejos, a preguntarme si sería él. Tenía que serlo, se parecía demasiado. La misma sonrisa, la misma cara. Me contaron que se presentó a la fiesta de la muerte vestido de tubos, a través de los cuales los médicos intentaban devolverle un poco de esa vida de la que rebosaba sólo unas horas antes. Hasta las entrañas se había partido, ni una entera le quedaba, y su cuerpo era la caja de un vacío interno y eterno, un vacío infinito. Los médicos, con sus mangueras, seguían intentando llenar aquel mar que ahora era un desierto. Tras una brava lucha se dieron por vencidos y otra carnosa vía de tren fue la rúbrica de esa firma con letras de cicatriz con la que se declaraban autores de aquella obra macabra. Habían hecho todo lo posible.

Ahora, como siempre, no le quedaba ninguna de aquellas cicatrices. La vida se le seguía escapando a través de redondas cavidades, si bien unas muy diferentes a aquellos tubos de plástico. A través de la boca, con su voz siempre alegre, y a través de esos ojos con luz de sobra para regalar. Otra vez tenía dieciocho años y mi amigo, al menos de lejos, volvía a estar vivo. Pero todo cambiaba al acercarme. O era la boca la que se le alargaba, o los ojos los que se le rasgaban, o se le coloreaban, o crecía, o encogía. Le saludaba y si no me ignoraba me miraba con la sonrisa confundida del que no comprende o no recuerda a quien tan efusiva y afectuosamente le acaba de saludar.

—¿Nos conocemos?

—De lejos…—recuerdo que susurré una vez—Perdón.

Esta vez ni siquiera le saludé, como ya he dicho, ya me había acostumbrado a aquellos encuentros a distancia. Ya no era ni siquiera la curiosidad, sino más bien la rutina, lo que me impulsó a acercarme y descubrir como el prisma de la cercanía le iba a alterar esta vez. Le miraba con escaso interés, hasta que, de repente, me encontré siendo el sujeto y no el objeto de aquellas sonrisas de confusión. Él me saludaba, ¿de dónde conocía yo a alguien que se parecía a mi amigo?

—¿No me reconoces?—me preguntó él.

Seguía sin acordarme. De haberle conocido me hubiera acordado de él, si no por otra cosa, sí al menos por aquel prodigioso parecido con mi amigo. En la cabeza, aquella que me habían contado que había explotado contra un bordillo, la misma foresta rizada y sedosa que se descolgaba hasta las mejillas entre caricias y rebeldías. Los mismos ojos. La misma voz y la misma sonrisa.

—¿Me vas a decir que ya te has olvidado de mí? Muchacho, has crecido desde la última vez que nos vimos…¿cúanto hace de aquello?

¡Era mi amigo! No, no podía ser. Mi amigo estaba vivo otra vez. Sin dar crédito a lo que veía agarré suavemente uno de sus rizos, mientras él me decía: —No me acuerdo de nada, lo único que me queda de la muerte es la sensación de estar volviendo de algún lugar.

Entonces comenzó a preguntarme por todo lo sucedido durante su ausencia. Yo, incapaz de escucharle, seguía acariciando aquel tirabuzón.

—Oye, que no soy un perro…¿qué va a ser lo próximo, tirarme una galleta?

Mis manos reconocieron el tacto de aquel cabello. Lo había acariciado miles de veces, en mi habitación, a escondidas, para que nadie supiera lo mucho que me seguía acordando de él cada día. A veces incluso cada hora. Su padre me había dado aquel mechón, que él mismo había recogido de la sala en que habían afeitado la cabeza de mi amigo antes de aquella última y por desgracia inútil operación. Se lo conté mientras él se reía estirándose los cabellos.

—Quien sea el encargado de resucitar a las personas sabe pegarlos igual de bien que el que las crea. Estoy igualito que nuevo…

Me preguntó por su familia. Le conté que su casa había muerto con él. Ahora la oscuridad sólo era invadida por la luz de un televisor que estaba veinticuatro horas encendido y que vertía sus rayos de olvido sobre aquel viejo que seis años antes era mucho más joven que seis años más joven, cuya barba, blanca y descuidada, escondía unas mejillas que en otro tiempo había llevado siempre impecablemente afeitadas. Sus ojos verdes, que dormían raramente, que pestañeaban sólo ocasionalmente, tan enfocados como desentendidos de la pantalla. De día voces—dibujos animados, noticias, fútbol—de noche la impenetrable lluvia blanca y gris con sonido de infierno del final de emisión. Un canal cualquiera. Una botella de champán a su derecha y un helado a su izquierda. Un sorbo más, otra cucharada de aquel helado que tanto le gustaba a su hijo, de aquel champán con el que habían brindado tantos años nuevos, tantos cumpleaños…Incluso una boda, la de su hija, la hermana de mi amigo y cinco años mayor que él, quien ahora vivía y trabajaba en la ciudad y que sólo podía visitar a su padre cada dos semanas. El segundo hijo, dos años menor que su hermana, había ingresado en la escuela diplomática tras acabar la carrera de derecho y ahora defendía los intereses de nuestra nación en algún lugar lejano, si bien no tanto como aquel en el que se encontraba la mente de su padre. Menos de cuatro meses había soportado su esposa la vigilancia silenciosa de aquel enorme caserón, que ahora escupía en clave de silencio todas y cada una de las palabras y risas a las que en otro tiempo había dado eco.

“¿Qué hace el perro con mis calzoncillos?”

“¿Desde cuándo utilizas calzoncillos de perro?”

“El perro está paseando en calzoncillos por la casa…”

“¡Perro desvergonzado! En paños menores en público…”

“Come prima, tuti prima…”

“Dos meses lleva así, ¿crees que podemos hacer algo?”

“Tengo miedo, recuerda que esta fue nuestra forma de hacerle olvidar aquella canción de…”

Camarero champán, camarero champá…aaaan…

Ni siquiera el día en que se volvió a casar fue la madre de mi amigo capaz de volver a probar el champán.

—¿Se volvió a casar?—me preguntó mi amigo con una sonrisa en la que no pudo ocular cierta decepción.

—Sí—le contesté yo—Con el dueño de un concesionario de coches. No parece mal hombre, la verdad…Les he visto un par de veces y parece bastante contenta. No la culpes. La de tu padre y tu madre son dos formas diferentes de quererte y acordarse de ti. Ella quiso vivir por ti, mientras que tu padre prefirió morir…

Les visité poco antes de que se separaran. La casa era una invitación a la muerte en vida. Me abrió la puerta una calavera y me acompaño por las largas escaleras un fantasma. Sin cadenas, para no turbar el silencio. El fantasma me contó que los únicos sonidos que se oían, muy de vez en cuando, eran gritos deformes, sin palabras, gritos de hombre, seguidos de palabras cariñosas de mujer, más gritos y más palabras. Y otra vez silencio. Una puerta, sollozos, casi seguro femeninos, y que no podían ocultar, pese a esa suavidad en la que intentaban esconderse, la más absoluta de las desesperaciones, unos sollozos que servían de clausura a aquella escena que por su frecuencia ya había alcanzado la condición de ritual.

Al verme ambos intentaron sonreír, si bien sólo ella lo consiguió. Estaba muy desmejorada y el tiempo, tan perezoso hasta entonces en la tarea de arar su piel, había recogido en unos meses todas esas cosechas de juventud que durante tantos años le había perdonado. Su aspecto me impresionó más que el de su marido, pues él había cambiado tanto que, no pareciendo ya la misma persona, era muy difícil reconocer en él cambio alguno. Ella había envejecido, él “ancianeado.” Su cabello, de un apuesto gris oscuro en otro tiempo, era ahora totalmente blanco y la ya comentada barba le hubiera dado aspecto de patriarca de no ser porque su mirada, demasiado atada a este mundo en que había perdido lo que más quería, no tenía nada del desprendimiento de todo lo terrenal (que no indiferencia) que habitualmente se asocia con la imagen de un patriarca.

—Hola…¿qué tal tus padres?—me preguntó ella

—Por favor, preséntale nuestras excusas a tu madre por no haber asistido a la cena de nochevieja.

Era la primera vez que faltaban en casi veinte años.

—Como no…—dije yo—…mis padres les mandan un saludo. De hecho han estado intentando contactar con ustedes, pero el teléfono no da señal. Por eso me pidieron que me acercase para ver que tal iba todo…

—Diez días llevamos sin teléfono…—dijo ella, en su entonación el reproche que no se atrevía a hacer con las palabras.

—Fue la tormenta—dijo él—Fíjate cuando salgas, junto al camino. El pino grande se llevo todos los cables al caerse. Hemos llamado para que vinieran a repararlo, pero ya se sabe lo lentas que son estas cosas del teléfono. A saber cuando vendrán. En palacio…

Me ofrecí a ir a las oficinas de la telefónica al día siguiente, pero ambos me dijeron que no me preocupara, que ya habían denunciado la avería y que seguro que ya no tardarían mucho. Condenada a muerte, decidió quitarse la vida diez minutos antes de la ejecución; antes de que lo dijera su marido, se adelantó ella:

—Además, un poco de descanso de la gente no nos vendrá más. Y es que todos os habéis portado tan bien con nosotros…—dijo ella en tono cariñoso—Teníamos decenas de llamadas cada día interesándose por cómo iba todo y tras un par de semanas, aunque se agradece el interés, la verdad es que uno prefiere hacer todo lo posible por hablar lo menos posible de ello. No se puede evitar pensar cada segundo, pero por lo menos se evita tener que hablar.

Él le dio la razón.

Tal y como nos contó la madre de mi amigo cuando tras abandonar a su esposo vino a vivir con nosotros durante un par de semanas, lo cierto es que el árbol llevaba años en el mismo lugar, caído a una decena de metros del camino que llevaba a la casa, y que había sido su marido quien había cortado los cables del teléfono. No le dijo el porqué y tampoco ella se lo preguntó. Tenía miedo de que, de cuestionarle sus acciones, su marido cambiara la pasiva y casi difunta actitud por una combativa y violenta. Pese a que en el pasado jamás había hecho el más mínimo amago de violencia, su mujer nos contó que no se sintió segura ni un minuto en aquellos seis meses. Casi no hablaban. No se volvieron a tocar. Salvó los mencionados gritos y algún “buenos días” ocasional, su marido vivía en total silencio. Durante la primera semana ella le intentó hablar, pero todo fue inútil.

—Pobre padre mío, sólo en aquel gran caserón…—decía ahora mi amigo.

—Tú madre le dejó porque se sentía innecesaria en aquel lugar. Me contó que tu padre no aceptaba ni la más mínima ayuda. Yo la entiendo perfectamente. Si la situación ya era de por sí difícil, imagínate cuanto más si se sabe que nuestros consuelos e intentos por salir adelante no van a servir de nada. Lo que te he dicho antes…Él decidió morir por ti, mientras que tu madre decidió vivir. —Bueno, ahora todo cambiará—dijo mi amigo recuperando la alegría—No puedo hacer que el tiempo retroceda y no puedo borrar las tristezas, pero la intensidad de la alegría que les voy a dar hará que lo den todo por bueno…¡Cuando veo todo lo que mi estupidez provocó! La verdad es que no estoy muy seguro de merecer esta segunda oportunidad. Pero bueno, si Dios lo ha decidido así sus razones tendrá…¿o no amigo mío?

—Claro que sí, no lo dudes ni por un momento. No te vayas a sentir culpable por un regalo así…

 

Haciendo un esfuerzo por reencontrarse con su naturaleza risueña y alborotadora mi amigo comenzó a recordar entre grandes carcajadas a aquella vieja que, unos meses antes de morir, le pronosticó que viviría hasta los ochenta y dos años.

—Mira por donde no se equivocaba…—decía él—Al final sí que acabaré viviendo hasta los ochenta y dos. Si la pobre no esta muerta iré a contarle mi historia y a agradecerle las misas y rezos:“Dios mío, Dios mío, que se me hunde el tenderete de las profecías, ¿no habría alguna posibilidad de que lo resucitaras…?”

Seis años. Todos habíamos cambiado bastante. Él, sin embargo, como si un Dios injusto y maravilloso le hubiera premiado por su imprudencia, seguía exactamente igual que la última vez que le vi. Con su blanca sonrisa y dientes fuertes, aquellos con los que, respondiendo a las provocaciones de mi padre, quien nunca se cansaba de jugar con él, rompía las latas de Coca-Cola de un bocado. Me acuerdo de que una vez le dio un ataque de risa mientras seccionaba a aquel inocente metal rojo, el cual por una vez pareció querer defenderse y, valiéndose de uno de sus afilados bordes, casi le sacó un ojo a mi amigo. Un pequeño rasguño junto a la ceja fue la prueba de lo cerca que había estado su pequeño enemigo de ganar al menos aquella batalla. Rápidamente se limpió con una servilleta y, aún con un poco de sangre en la mejilla, decidió hacer pagar a uno de sus familiares por la temeridad de la lata. Así que un segundo más tarde, con un estruendoso grito de furia, cogía mi lata y le daba el destino que todos los miembros del mundo de las latas habían aprendido a esperar cuando se cruzaban con mi amigo. Mucha sangre tenía todavía aquella lata, tan sólo me había bebido un par de sorbos, y un momento más tarde, al ritmo de las carcajadas de mi padre, aquella sangre gaseosa manchaba el mantel que mi madre nos había dicho que tenía que durar tres días. Hacia ella se giró mi amigo, pidiendo perdón con esa cara de perro travieso con que el que hacía inútil hasta el más firme propósito de no concedérselo. Mi madre, que lo quería tanto como una madre pueda querer a alguien que no ha llevado dentro, le pegó un cariñoso cachete mientras me pedía que fuera a buscar un frasco de mercromina para curarle aquella pequeña herida.

—Sigo siendo el mismo…—dijo bravuconamente mientras seccionaba una lata de cerveza tras habérsela bebido de un trago.

—Espero que no.

—Tranquilo hombre—me dijo mirándome fijamente a los ojos y con sus manos asiéndome de los hombros—Que en eso sí que voy a cambiar. Ni el más imprudente de los hombres, o sea yo, puede tomarse con imprudencia una segunda oportunidad de vivir. Ya verás como ahora todo será diferente. Sí, ya sé lo que estás pensando, que quizás Dios me ha dado esta oportunidad para hacer una especie de experimento y probar aquello de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pues no es cierto, o al menos no lo será en este caso. Te lo aseguro amigo mío, no te preocupes…

La expresión de mi amigo cambió de repente. Donde había alegría, había ahora una mezcla de miedo y tristeza.

—O quizás no vaya a aprovecharla…

—¿Qué quieres decir?

—Que quizás no quiera vivir otra vez. Quizás no tengo derecho…

—¿A qué te refieres?

—A ella. ¿Murió?

Me había olvidado de decírselo. Junto a él viajaba su novia, por aquel entonces una niña de dieciséis años. No, no había muerto. De hecho, milagrosamente, sus lesiones habían sido mínimas. O al menos en el exterior, porque en el interior habían sido muchas. Pero había salido adelante y pese a que aquel acontecimiento había cambiado radicalmente su vida, lo cierto es que ella había hecho todo lo posible para sacar lo mejor de aquel cambio. Ya no era la misma chica alegre de antes del accidente, si bien había sustituido aquella alegría por una capacidad de reflexión y pensamiento que ninguno de nosotros hubiera creído posible en aquella chiquilla frívola y a menudo insoportablemente superficial de antes de la muerte de mi amigo.

—Debió encontrar consuelo en Dios, o si no en Dios al menos en el pensar en la idea de Dios…Dejó de estudiar un par de años, o quizás más, y no hace mucho empezó la carrera de teología. Sigue tan guapa como siempre, aunque ahora se arregla menos.

Mi amigo sonrió aliviado.

—No sé si hubiera sido capaz de volver a vivir con eso en la conciencia…

—No lo hiciste a propósito, fue un accidente…De todas formas, para que hablar de ello. Todos tuvimos la oportunidad de seguir viviendo. Sólo tú no la tuviste y ahora que la tienes sólo debes pensar en no desaprovecharla.

Le pregunté a quien quería visitar primero. Me contestó que a su padre, por supuesto. Era el que más parecía necesitarle y quería tardar lo menos posible en aliviarle de aquel dolor. Para los demás su vuelta sería un poco más de luz en sus vidas, pero sólo para su padre el final de la oscuridad.

Al llegar a su casa nos abrió la puerta la misma calavera. ¡Hasta la calavera había envejecido en aquel ambiente de muerte y podredumbre! Estaba más flaca, e incluso había perdido la sonrisa. Siempre reímos, reímos al nacer, mientras vivimos y al morir, es lo temporal—la piel, los músculos—lo que nos permite expresar tristeza. A juzgar por el buen humor de todos los esqueletos, con sus risueñas sonrisas y sus ojos abiertos a la noche, quizás tengan razón los que dicen que la vida es un valle de lágrimas en la alegría eterna. Sin tiempo, nuestra boca siempre ríe y nuestros ojos nunca lloran. Pues bien, seis años en aquella casa habían bastado para quitarle el buen humor a la calavera. El fantasma, blanco como la sábana de una virgen seis años atrás, parecía ahora un fantasma de comedor, su tela sucia y pegajosa como aquel mantel que mi madre había pretendido que durara tres días.

Sólo el padre de mi amigo seguía igual.

Sentado en frente de un televisor que hacía años que había dejado de funcionar, parecía como si el tiempo ya no le considerase siquiera digno del envejecimiento, como si, tras unos meses de cebarse en él, el tiempo ya no considerara digno de su esfuerzo a aquel que tan poca resistencia oponía. El tiempo se había cansado de ganar. Ya había ensayado todos los tipos posibles de victoria y su barba ya no podía ser más blanca, ni sus ojeras asemejarse más a dos oscuros cráteres lunares. Y sus huesos ya no podían reclamar más terreno al resto del cuerpo sin mandar al habitante inmaterial, al alma, a la otra vida. Alguien iba a cortarle la barba y la cabellera de vez en cuando, pues ambas tenían la misma longitud que la última vez que le vi. Sólo cambiaba un poco las formas, más recta ahora, dejando ver que quienquiera que fuera se limitaba a dar un par de tijeretazos cada semestre.

En silencio, estuvimos un rato mirándole. Los ojos y boca de mi amigo firmaron pavor en esa hoja en blanco que era su nueva vida. No sabía que hacer, que decir, y ahora me miraba esperando que yo le pudiera ayudar.

—Hola, señor, ¿cómo está usted?—dije yo.

No me escuchaba. Mirando a ese televisor en el que ya no había nada que ver, el padre de mi amigo dio un nuevo trago a la botella de champán, a la vez que metía la cuchara en una enorme fuente de helado medio derretido.

—Por lo menos alguien viene a menudo…—le dije entre susurros a mi amigo señalándole con la mirada el helado.

Él hizo un esfuerzo por sonreír y, como seis años antes su padre, también fracasó. Éste último, tal vez adivinando que por primera vez en mucho tiempo tenía audiencia, comenzó a canturrear:

—Camarero champán, camarero champáaaaan..Porque voy a brindar… Con los puños semicerrados mi amigo se tapó los ojos. Apretando la boca para no gritar, me pareció como si ese aire que no encontraba salida a través de la boca se estuviera paseando por el interior de todo su rostro haciéndole adoptar las más dolorosas expresiones. El aire le tiraba del cordón interno de los ojos, abriéndolos y cerrándolos como si de un títere se tratara. Me miró por un momento, sus pupilas ahogadas en un lago colorado, juntó los puños y escondió la nariz entre los mismos. Le vi cerrar los ojos con fuerza, como si quisiera llevarse toda la oscuridad de la habitación en un pestañeo, llevársela a su mundo, dentro de sí, tragarse aquel mundo sombrío y macabro creado por el dolor de su padre.

—Papá…

Sonó a susurro, pero tenía la textura de un grito, como si un niño, desde el fondo de su alma, tal vez incluso desde otro tiempo, se hubiera desgañitado para hacer llegar esa palabra que casi no se oía, desde un lugar muy lejano al otro lado de la barrera de la vida. Y lo había hecho a través de una boca que además de cerrada mordía el labio inferior, como si éste fuese una materialización del silencio y el morderlo fuertemente la única manera de no tener que hablar. Muy fuerte debió de gritar el niño para que pese a todo sonara a susurro.

El padre de mi amigo dejó de canturrear. Con la boca aún abierta, no pestañeaba, creo que ni siquiera respiraba. No se atrevía a moverse, a girar la cabeza, temeroso de que cualquier ruido, incluso el de su cabeza rozando el aire, le impidiera volver a oír aquella voz lejana.

Mi amigo sonrió y tras respirar hondo y secarse los ojos con los antebrazos, repitió, ahora ya un poco más alto:

—Papá, estoy aquí.

Su padre se giró. Tanto había rezado por que aquello sucediese que su rostro no expresó la más mínima sorpresa. Era justo pago, tal y como había supuesto, allá arriba le escucharían.

—Hijo mío…

Mi amigo corrió hacia él. La costumbre quiso que en un principio fuera el hijo quien hundiera su cara en el pecho de su padre. Mi amigo lloraba mientras su padre, también llorando, le acariciaba tiernamente lo rizos. El padre le besó la frente al hijo y un momento más tarde se miraron fijamente a los ojos. Entonces un orden natural, padre sirviendo de apoyo a un hijo, fue sustituido por otro que no lo era menos: el que más ha sufrido buscando apoyo en el que menos ha tenido que sufrir. Apoyando su barbilla en la coronilla de su padre, vi una corriente de seriedad atravesar la expresión de mi amigo. Miraba el pelo blanco de su padre, enmarañado y sucio, como asombrándose del inmenso poder del sufrimiento humano. Fue sólo por un instante, tras el cual la emoción le volvió a embargar y a privarle de lujos emocionales, que son todos aquellos que necesitan de tranquilidad para ejercitarse, como el asombro.

El hijo de rodillas y el padre, sentado en aquel sofá en el que tanto tiempo había esperado, escarbando con su cabeza en el pecho de su hijo. Fue la última vez que les vi juntos. Me retiré lo más silenciosamente que pude y me fui en compañía de la calavera y el fantasma hasta la parada del autobús. La primera volvió a los hombros de aquel primate del museo de ciencias naturales y la segunda a la cama de su princesa, mientras que yo, como no, volví a la universidad.

Y en la universidad precisamente fue donde me encontré a mi amigo al día siguiente.

—Ya les he visto a todos—me dijo—Mi padre se ha puesto un poco enfermo de la emoción, así que le hemos tenido que llevar al hospital. Nada grave, los médicos nos han dicho que en una semana ya podrá volver a casa. He venido a ver si encontraba a mi preciosa teóloga…¿sabes qué? Te vas a sorprender. He decidido que voy a estudiar. Sí, voy a ser diferente, ¿y porque no empezar desde el primer día? Yo también voy a estudiar teología…

Me invadió un terrible sensación de tristeza. No, no podía decírselo, mejor dejarle disfrutar un poco más. No se como había podido creerme que aquella vez sería diferente. ¡Y es que durante el primer día todo había sido tan real! Pobrecillo, tan buenas intenciones, tanta voluntad de que todo fuera distinto esta vez, para acabar dándose cuenta de que la vida sólo da una oportunidad. Habían sido mucho encuentros, muchas conversaciones, y finalmente había logrado dar un poco de realidad a lo que estaba condenado a vivir en lo límites de la irrealidad, a los límites del sueño. Un día había tardado esta vez en darme cuenta de que mi amigo, como siempre, estaba condenado a la muerte y que, si fuera posible matar a lo que ya está muerto, el ejecutor sería yo. Como tantas otras veces. Aquella extraña escena, su extraña forma de hablar, fue la que me convenció de que el destino sólo condena una vez.

—Voy a estudiar teología…Siento que estoy en una posición ventajosa de estudiar al ser supremo. Le he conocido y él me ha devuelto a la vida, así que estoy seguro de que, en el algún lugar de mi alma, tiene que estar esa sabiduría que todos buscan y que necesariamente tengo que haber experimentado. Ahora lo entiendo todo. Soy un niño de Dios. Lo fui antes de morir y lo sigo siendo ahora. La diferencia es que antes mi misión era provocar amor, con mis irresponsabilidades, con mis locuras, mientras que ahora es darlo. Tengo que crear amor y, por todo lo que me ha sucedido, mi mejor forma de contribuir a crearlo es ayudando a los hombres a encontrar el mensaje de sus vidas. Un mensaje que no me da miedo encontrar porque seguro que es uno feliz, pues quien lo ha escrito es el mismo que me ha dado la oportunidad de volver a este mundo para encontrarlo y contarlo. Es mi misión.

Estaba convencido de lo que decía. Pensé que era una pena que ese tipo de misiones no existan y que quien ha muerto ya no pueda vivir en ningún otro sitio que en la imaginación de los que viven. Y que no puedan influir nuestras vidas. Su recuerdo sí, ellos no. Pensé que es una pena que la única misión que les queda a los muertos es morirse una y otra vez en nuestras mentes.

Debo reconocer que no me alegré de ver a mis amigos previniéndole al resucitado de que no repitiera en su nueva vida las temeridades de la anterior.

—Ten cuidado con el alcohol…—le decía uno de ellos.

—No te olvides de lo que te sucedió— le decía otro—piensa en tu familia y en lo que sería de ellos si les volvieses a faltar.

Él les miraba con sorna. Sentía, si es que los muertos sienten, que le estaban tratando como a un objeto de porcelana cuyas piezas acabamos de juntar con un pegamento del que no estamos muy seguros. Le miraban como si en cualquier momento sus orejas fueran a separarse lentamente, su nariz a escaparse, despacio, como un ladrón, con disimulo, la cabeza lentamente comenzaría a gravitar hacia un costado, los brazos a estirarse y en el momento menos esperado se convertiría en una montaña de huesos nevada de tejidos. Él les intentaba explicar:

—No me miréis así, tocadme, estiradme de lo brazos, preguntadme cosas que sólo yo pueda contestar…Soy yo, el mismo que era cuando me fui…

Me miró. Buscaba a alguien que no dudara. Y efectivamente, yo no dudaba. No, yo no, porque tenía la certeza de que su suerte se iba a repetir y que, tal y como él aseguraba, era el mismo.

—El tiempo no ha vuelto atrás—me decía, encontrando su seguridad en la mía, si bien yo estaba seguro de algo muy diferente—El tiempo ha continuado. Todos habéis envejecido, sois seis años más viejos. No estamos en aquella fiesta en casa de las gemelas, no estoy a punto de tirarme a la carretera borracho. Estamos aquí, seis años más tarde, y me han dado la oportunidad de envejecer. En unos años seremos todos iguales. Cuando vosotros tengáis cincuenta yo tendré cuarenta y cuatro. El tiempo se encargará de hacernos parecidos y parecerá como si nunca me hubiera ido. Y no me voy a ir. Tengo que vivir hasta los ochenta y dos tal y como me dijo la vieja…Voy a vivir, a vivir, no soy invencible, ni indestructible, pero no lo soy menos que vosotros. Somos iguales. ¡Maravillosa y dulce incertidumbre que nos impide tomarnos la vida como un derecho y nos obliga a tomarla como regalo! Se puede ir en cualquier momento…¡pues a disfrutarla y a cuidarla!

Le interrumpí. No podía soportar oírle decir aquello. No importaba que su muerte fuera a estar exenta esta vez del dolor de la anterior, de que nunca se fuera a dar cuenta de que iba a morir, de que fuera un viaje sin aeropuerto, una muerte de e-mail. Pero quería al menos impedirle que amara la vida, por si en su destino tenía la capacidad de mirar a su origen . Era mi amigo y ya era suficiente crueldad por mi parte ser el ejecutor…no, no crueldad, porque para ser cruel hay que tener elección y yo, como él, no la tuve al aceptar aquel papel. O quizás sí la tenía, pero la otra opción era la verdaderamente cruel, por mucho que nunca más le fuera a matar. La otra opción era olvidarle.

—¿A qué hora empiezas las clases?—le pregunté.

—A las nueve, ¿qué hora es?

—Casi las nueve menos cuarto…—dije sin mirar reloj alguno. Acostumbrado como estoy a nunca llevar reloj, siempre he sido capaz de calcular la hora con bastante exactitud. Supongo que es debido a que de manera inconsciente suelo mirar todos los relojes con los que me cruzo por la calle y cuando quiero saber que hora es siempre tengo una referencia temporal cercana.

Miren por donde aquella vez me equivoqué. Estaba visto que mi amigo tenía que emplear su nueva vida en ir a clase.

—¿Estás seguro?—me preguntó.

—¿De qué?

—De la hora.

—Sí, ¿por qué?

—No has mirado el reloj.

Entonces le conté lo que les acabo de comentar.

—Pues aquel reloj dice que son casi las nueve. ¿Será que no funciona?

Miré al reloj. La aguja grande se estaba acercando al punto en que un cuarto de la esfera quedaría separado del resto.

Yo, por mi parte, estaba seguro de que no eran las nueve. De lo cual me alegraba, pues significaba que aún me quedaban unos minutos en compañía de mi amigo.

—Será que me estoy equivocando. Ese reloj suele marcar la hora bien. Imaginate un reloj de universidad que no la marcara bien…¡Imposible! Un baño puede estar estropeado, pero el reloj nunca. Nada, pues a clase se ha dicho…Yo que tan orgulloso estaba de mi poder de cálculo en lo que a la hora se refiere y ya ves..Bueno, un mal día lo tiene cualquiera. Y de todas formas la mañanas nunca han sido mi fuerte. Por la noche, en los sueños, uno nunca se encuentra relojes…

Otra mentira.

Le dije que le acompañaría a clase, añadiendo “que un poco de espiritualidad no me podía hacer mal” y añadí:

—De todas formas en el examen no va a entrar el tema que el profesor va a explicar hoy.

—¿Estás seguro?

—Y tanto. Si entrara haría ya tiempo que soy abogado. Y médico, y…

Mi amigo me miraba con extrañeza. Me callé y le dije que no se preocupara, que en el tiempo en el que no nos habíamos visto, a falta de la disciplina necesaria para desarrollar mi mente hasta el límite de sus posibilidades, me había conformado con desarrollar cada una de mis locuras.

—Vivo de manera simétrica…Pero eso ya te lo contaré otro día.

Como si fuera a haber más.

En el primer día de clase era habitual que los estudiantes de teología se reunieran en la iglesia de la universidad. Era una iglesia muy grande, que algunos llamaban catedral, y que había sido bombardeada en la última guerra. De que guerra era no me acuerdo. Estaba igual que tras el bombardeo y el único fresco que su techo exhibía era el cielo. El sol entraba por el techo y las ventanas, de las que sólo tres tenían cristales. Nunca se habló de arreglarla, pues los regentes decidieron que aquella iglesia podía servir mejor a su religión en aquel estado que con techo y ventanas. En aquel estado era un monumento a la supervivencia, si no de todo lo bueno, muchas y maravillosas obras de arte habían perecido, sí de lo importante. El altar, la biblioteca, la gran cúpula, las maravillosas esculturas ya no estaban, pero todo lo indispensable seguía allí. Como si los aviones de una nacionalidad que no me pregunten porque nunca la he sabido hubieran lanzado su bomba con regla, compás y lápiz, la destrucción había respetado aquellos mensajes. Ni faltaba una letra ni sobraba un metro de pared. El director de la facultad, un viejo cura con una de las lentes de sus gafas oscurecida pues le faltaba el ojo derecho, si bien el izquierdo hacía el trabajo de ambos, nunca he visto ojo más vivo e inquisidor que aquel, comenzó a hablar:

—Queridos estudiantes, nos reunimos un año más para dar la bienvenida a los nuevos alumnos. En esta iglesia nos reunimos un septiembre más, en esta iglesia en la que la bondad divina nos honró eliminando todo lo superfluo, dejándonos lo esencial, aquello que la orgía humana de la guerra, del poder, la codicia y la vanidad no podrán borrar. Estas inscripciones verdaderas, a prueba de escépticos, bien o malintencionados, los primeros que no saben porque no pueden, los segundos que no saben porque no quieren. Estas inscripciones en blanco y negro aquí siguen, orgullosas, con el orgullo del que, sintiéndose infinitamente superior, absolutamente indestructible, ya ni siquiera reta. Asombrosos paneles…

Los paneles eran dos. En uno de ellos había escrito muchos mensajes con una letra muy pequeña y ordenada. Quizás fueran el mismo, quizás no lo fueran, quizás fueran una forma distinta de decir la misma cosa. La verdad es que no lo sé. En el otro panel, al contrario, sólo había un mensaje. En letras de tamaño de diez personas, en trazos que debían su belleza a la más absoluta de la simplicidades, decía:

 

EN DIOS CREO

 

Mi amigo lo miraba asombrado. Lo miraba con una sonrisa, irónica sólo en parte, sabiéndose superior a aquel panel, sabiéndoselo pero no sintiéndoselo, pues comprendía que había sido receptor de un favor divino y que aquello le daba la posibilidad de comprender lo que todos aquellos sabios, los que habían logrado la gran hazaña de reducir la sabiduría humana a tres palabras esenciales, jamás comprenderían. Tampoco sus pupilos, por muy y sinceramente ansiosos que estuvieran de convertir la energía de la juventud en sabiduría. Quizás se acercaran, quizás dijeran la verdad por casualidad, aquella que sólo mi amigo, quien nunca había abierto un libro de teología, conocía.

—Les admiro—me decía—Admiro su dedicación y determinación, su resignación al fracaso. Suben en dirección a la cima pero les basta con subir…¿no es eso admirable? Pero yo soy diferente. Yo he nacido en la cima. Nacido, renacido o resucitado, llámale como quieras. Por eso ahora tengo que estudiar para aprender a bajar, para bajar y saber como contarle a la humanidad esa verdad que sólo yo conozco. Sé la verdad; sólo me falta la razón. La verdad es que EN DIOS ESTAMOS OBLIGADOS A CREER. Y yo soy la demostración de esta verdad.

Cuanto me hubiera alegrado de que todo aquello fuera cierto, cuanto de poder creer a mi amigo. Era verdad, él no me mentía, no se equivocaba al creerse profeta. Sólo que del mundo equivocado. O del mejor. En todo caso no del verdadero, porque la belleza, por mucho que nos empeñemos, no hace verdadero lo bonito, sólo lo hace más bonito. Preferible, pero no verdadero. Me hubiera gustado creerle y también estar obligado a creer en Dios, pero en aquel momento yo estaba obligado a creer en otra cosa. O al menos obligado a no creer en mi amigo y matarle una vez más.

—Cómo me gustaría que te quedaras, amigo mío…No porque me fueras a descubrir la verdad del universo, no porque vayas a iluminar mi vida, no porque me vayas a hacer especial. No quiero ser especial, me basta con, como todos los demás, sentirme especial. No cambiaría un segundo de tu compañía por una verdad. He podido vivir sin ti y podré seguir viviendo sin ti, pero cuando me hubiera gustado vivir contigo…

—Gracias—dijo en tono emocionado, para un momento más tarde volver a su habitual jovialidad—¿pero de qué estás hablando con eso de quedarme? ¡Claro que me voy a quedar! ¿Acaso me crees un mesías mandado por Dios para comunicar un mensaje? No sé si lo soy, pero en todo caso lo voy a comunicar con mi vida, no con mi muerte. Soy un hombre y quiero vivir. ¡La muerte no sirve de nada!

—En eso tienes razón, porque tu muerte no va a comunicar nada. Sólo me hará sentir pena, como la otra vez…

—No te atrevas a decirme eso…¡no voy a morir!—gritó indignado.

Le hice callar. No quería oírle hablar de verdades nacidas de la confusión de mi cerebro, ni de…La verdad es que no quería oírle hablar. Hubiera querido de haber tenido más tiempo, pero ahora, a un minuto para las nueve menos cuarto (como ya les he dicho y como habrán tenido la oportunidad de comprobar ustedes mismos no es cierto eso de que en los sueños no hay relojes) sólo quería decirle lo que nunca tuve la oportunidad de decirle. Creo que lo entendió pese a mis torpes palabras, las cuales no transcribiré pues no estoy muy seguro de que ni siquiera fueran palabras. Magia de comunicación humana que a veces comunica tanto con un silencio o un errático discurso y a veces sin embargo tan poco con el más sabio y hábil de los razonamientos, magia que no depende del mensaje sino de lo que el que lo dijo quería decir y de lo que el que lo escucha ha sabido escuchar. Magia de subjetividad. La verdad es que no recuerdo que mis palabras tuvieran más sentido que las de un niño de dos años.

Mi amigo me escuchó y asintiendo con la cabeza, sus ojos humedecidos por las lágrimas, a todo lo que le decía, o al menos pretendía decirle. Esperó a que terminara y entonces, adoptando el más serio de los tonos y la más grave de las expresiones, me dijo:

—Te he escuchado y creo que no hace falta que te diga que siento lo mismo por ti. Y lo seguiré sintiendo por mucho tiempo, porque ya te he dicho que no soy de papel, ni yo ni mi mente, así que no te preocupes que esta vez sabré cuidar de mí mismo. Soy como tú, puedo morir mañana, o dentro de cincuenta años…Como cualquiera. No, no como cualquiera, pues yo tengo la ventaja de ser consciente de la vulnerabilidad del ser humano. ¿Qué me va a matar? No será la bebida, no será el bordillo de una acera, en resumen, que no seré yo quien me mate. ¡Voy a comer judías y a beber agua! ¿Quién entonces? ¿Dios? ¿Es qué puede existir un Dios tan cruel que resucite a un hombre con el único objeto de matarlo?

Sí, amigo mío, lo hay. Uno que, por amor, porque no puede, porque no quiere olvidarte, ya te ha matado decenas de veces y te matará cientos. A ti y a otros como a ti, a los queridos, a los buenos, que a los otros se les olvida tan rápido que cuando se van ya no se les reclama ni para matarlos. Sí, sí que existe. Y ese Dios soy yo.

Eran las nueve menos cuarto. No, la clase de aquel día no podía perdérmela. Ésta entra en el examen.

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Una ruidosa ovación siguió a las últimas palabras del último soliloquio. La audiencia premiaba así el buen trabajo realizado por la compañía y, muy especialmente, por el actor principal John Barnes. Éste, como cada noche, escuchaba los aplausos como en un sueño, como si formaran parte del papel, de la obra. Intentaba imaginarse que eran sinceros, que aquellos que aplaudían no lo hacían por rutina o por cortesía hacia el autor, sino que le estaban reconociendo sinceramente su esfuerzo de más de tres horas. Todos decían que es el trabajo que demuestra la verdadera calidad de un actor, algo así como el examen final. Es el sueño, la prueba, el poder decir, años más tarde, se haya o no conseguido el éxito, que se ha sido el personaje más importante de la historia del teatro. Que se ha sido Hamlet. Como cada noche, John miraba ahora a la bandera que, con el retrato de Shakespeare pintado, ondeaba en el techo del hermoso teatro neoyorquino Amapole. Sólo en aquel momento se daba cuenta de que la representación había terminado y se acordaba de que Hamlet es algo más que las palabras de su autor y de que, por desgracia, Shakespeare es algo más que Shakespeare.

Al entrar en su camerino comenzó a desvestirse. Cogió el teléfono y marcó el número de su casa con la intención de comprobar si alguien había llamado en las últimas tres horas y media. Muchos lo habían hecho, pero no ella. Había llamado, como cada día, su ex-profesor de literatura, quien con la propiedad que tan habitual era en él, le recordó que Shakespeare “es una religión, una forma de vida, deja que fluya por tus venas muchacho…” En aquel momento John pensó en cuanto le hubiera gustado representar aquel papel antes de estar formando parte de una experiencia religiosa. En otro tiempo hubieran hablado las palabras, las cuales hubieran tenido exactamente su significado y no los cientos que cuatro siglos les han dado. Hizo un esfuerzo por sonreír y se dijo que al menos su profesor seguía acordándose de él y deseándole suerte antes de cada representación. No importaba que fueran más de cien ya, que ahí seguía el viejo Johnson.

Mientras se quitaba el pesado cinturón, le vinieron a la memoria otros tiempos, los de sus inicios en aquel mundo que, con el tiempo, tanto crecería en su interior, tanto que un día, que no recordaba, se había convertido en más grande que su propia vida, un día le había pegado una patada a ésta y se había adueñado de todo su ser. Era en el campus de St. Margaret y por aquel entonces John era un estudiante de Bellas Artes que comenzaba a sentir una fuerte atracción hacia la escena. Y, como no podía ser de otra forma, Shakespeare fue su primer amor, un Shakespeare que, por aquel entonces, no era para John más que eso: Shakespeare.

Johnson ayudó a un grupo de estudiantes a conseguir los medios financieros suficientes para montar una pequeña compañía que representaría Hamlet cada domingo por la tarde. Johnson fue el director de la obra, dándose pronto cuenta de que John era el más adecuado para representar el papel principal. Fue un gran éxito. Dos meses más tarde ya estaban haciendo tours por campus cercanos y poco tardarían los cazatalentos en descubrir a “aquel chico rubio y delgado que con tanta pasión representaba el papel.”

Decían que gritaba demasiado. Su voz era portentosa y atractiva, pero aquellos grititos se repetían con demasiada frecuencia. Algunas veces eran como joyas, las más de ellas como puñales. Abusaba de ellos y abusaba de la docilidad de su voz a la hora de entonar. Pero tenía talento y mucho. Con el tiempo aprendería a no gritar y a pronunciar con acento inglés y con el tiempo aprendería a dejar el desenfado en el camerino y a mostrarle a aquel mágico papel su debido respeto. Era sólo un niño, pero con el tiempo los niños crecen.

Al oír el segundo mensaje, John se acordó de lo mucho que le había costado crecer, de como durante años intentó crecer y de como, durante años, tuvo que esperar a que el tiempo le creciese. El segundo mensaje se refería a aquel que tanto se había empeñado en recordarle que era demasiado joven, de que no debieran permitir a nadie de menos de treinta y cinco años representar Hamlet. Su amigo Eliah, editor de la Revista Mensual de Shakespeare, le informaba con voz de pesar que James Jamison, colaborador habitual de su revista y durante más de medio siglo el crítico teatral más respetado y temido de la ciudad, acababa de fallecer aquella tarde a los sesenta años de edad.

“Jamison…Jamison…,” John se recordó diciendo veinticinco años atras, “está usted equivocado con respecto a Hamlet…es más joven…es menos romántico…más espontáneo…”

—Y más viejo—le dijo Jamison—Mucho más viejo. Mira muchacho, lo que estás haciendo es un tour de force, la prueba que demuestra que un actor es un actor. ¿Era Bogart un actor? No se sabe. ¿Por qué? Porque nunca le vimos representar Hamlet. Nunca. Es la diferencia entre aspirante y campeón; entre primera y segunda división…En América todavía no os habéis dado cuenta de esto, por eso en América tenéis el espejismo de que para hacer películas necesitáis actores. ¡Para hacer Hamlet se necesita un actor! Lo demás no son actores. Y tú te estás acercando a serlo, pero todavía no lo eres, porque eres demasiado joven. Algún día, si me escuchas, llegarás a serlo, algún día…Pero para eso tendrás que ser paciente y dejar toda esa impulsividad de adolescente fuera de la escena, hasta entonces tu representación tiene que respirar comprensión y emanar humildad. Viéndote, parece que te crees que el genio de Stratford escribió el papel para ti. ¡Pues no, no fue así! Mira por donde el gran Shakespeare no escribió Hamlet mientras se decía, con voz de consuelo, que nunca vería la representación definitiva de su personaje, pues todavía quedaban más de cuatrocientos años para que naciera quien le diera vida…

A partir de aquel día, John dejó de querer crecer y comenzó a esperar que el tiempo le creciera. Y le creció, desde luego que sí, y un día se vio convertido, tal y como le recordaba el tercer mensaje, en el más importante Hamlet de la última década. Comenzaron a compararle con Jacobi, Gielgud, Ginnes, Olivier y Burton. El tercer mensaje era de una profesora de inglés de una universidad que a John le pareció entender que era la de Iowa. Aquella señorita, cuyo nombre era Andrews, le dijo que quería hacerle una entrevista, pues estaba preparando un libro “acerca de Hamlets y las diversas maneras en que los diferentes actores conciben los soliloquios.”

—Sí, señor Barnes…—oía John la voz de la señorita Andrews diciéndole, grabada en su contestador, a través del hilo telefónico—mi proyecto es algo ambicioso, ya lo sé, pero con su colaboración, así como la de algunos eminentes Hamlets más…vaya, al oírme parece que estuviera hablando como Stratchey y sus eminentes Victorianos…—la señorita Andrews dejó oír una insegura sonrisa tras aquella ocurrencia, una sonrisa que, por cierto, le pareció a John muy bonita—…perdón, perdón…bueno, pues a lo que iba, que gracias a la concesión de una beca me puedo tomar un año para escribir este libro…si le digo esto es para que vea que en caso de concederme la entrevista que le pido no va usted a estar perdiendo el tiempo, pues el mío es un proyecto serio…pues eso…que me gustaría, si a usted no le importa, hacerle una entrevista…

El minuto que John había programado en su contestador como límite de duración de los mensajes cortó a la señorita Andrews. Razón por la cual, también ella era la responsable del cuarto mensaje. No había dejado su número de teléfono.

—Perdone usted señor Barnes…tan sólo le quería dejar mi número de teléfono…yo le llamaría más veces…pero comprenderá que no es mi intención molestarle…así que le dejo mi teléfono y esperaré un par de días su llamada…pero no dude que si no me llama le volveré a llamar yo. Esto, por cierto, no es una amenaza, sino sólo una manera de decirle que es usted el mejor Hamlet del siglo, y que sin usted mi libro vale tanto como Hamlet sin el “ser o no ser…” Muchas gracias por su atención y espero impaciente su llamada…Buenas noches.

Es curioso que aquella señorita hubiera dicho aquello del ser o no ser. John muchas veces hubiera deseado poder eliminar de la obra aquel maldito soliloquio. Distraía demasiado a la audiencia, pues todos esos idiotas que iban a ver una obra de Shakespeare para demostrar su gran cultura, esperaban como en trance a aquel momento, en el que jubilosos estallarían en un místico éxtasis. Un éxtasis que no les impedía mirarse los unos a los otros en señal de aprobación “ante aquellas sabias palabras.” O, en caso de que aquellos idiotas fueran, además de idiotas, “eruditos,” se mirarían tal vez con desaprobación en sus miradas, descontentos quizás porque sentían que aquel soliloquio ganaba en caso de ser pronunciado externamente, es decir, mirando al público. John no podía soportar ver al público durante “el ser o no ser;” tanto era el asco que sentía por aquellos pedantes, quienes, por desgracia, parecían ser los únicos que podían permitirse los precios del teatro Amapole. Él había dicho muchas veces que procedía de esta forma, la cual de todas formas es la más común, pues sentía que Hamlet estaba inmerso en pensamientos y “el efecto dramático era mayor si su mirada no se dirigía al público.” Pero el asco era la verdadera razón. En cualquiera de los otros soliloquios no le importaba mirar, pero no en éste. No podía soportar la cara de orgasmo con la que miraban aquellos hipopótamos vestidos de pingüinos, ellos, y aquellas pasas vestidas y pintadas de Dios sabe qué. Si por lo menos los hipopotamescos pingüinos y las pasescas pinturas se quisieran por las noches con aquel chispeante fulgor con que le miraban recitar…Pero no, seguro que ya ni se quieren y sus ojos están más apagados que los de la calavera. Claro que una cosa es reconocer que no se quiere a una esposa y otra muy diferente, y mucho más grave, reconocer que se ha perdido el amor por Shakespare. No, eso nunca. Que curioso que la costumbre y la repetición, esa que había atrofiado su amor por sus esposas, hubiera sin embargo aumentado su amor por el gran bardo.

–Cuando le oigo parece que vuelvo a aquella primera vez…Todos hemos cambiado, pero no las palabras, ni mi amor por ellas…–decía uno de los pingüinos moviendo graciosamente las alitas.

–Que cierto…–asentía su inseparable pasa, cuyo amor por el teatro era por lo menos justificado ya que en ningún lugar dormía como allí.

Aunque pensándolo bien, quizás fuera cierto eso de que el tiempo no había alterado su relación con “el sublime ser o no ser.” No se pierde lo que nunca se ha tenido, no envejece lo que nunca ha sido joven. Puede que en su juventud ellos amaran a las pasas, por entonces tiernos y tersos melocotones, y ellas a los hipopótamos, que entonces eran pavos reales con preciosas colas de colores, pero lo que es seguro es que nunca aprendieron a amar a la literatura, que nunca se preocuparon de mirar a los autores, no como a banderas (que odiosa se le hacía a John aquella imagen de la bandera del teatro) sino como a hombres. No, nunca habían aprendido a comprender, respetar, admirar, sino tan solo a venerar. Y la diferencia es que mientras lo que se comprende, se respeta o se admira son el talento, las ideas y el genio, lo que se venera son los ídolos, esos trozos de madera (o de tela pintada) en frente de los que uno se arrodilla a rezar. Y que asco le daba a John aquel Dios llamado Shakespeare.

Aquella cara, ese universal dibujo que acompaña a cada mención de su obra, le producía auténticas arcadas. Lo había visto en cada edición de la obra, en cada esquina de Stratford cuando años atrás visitó ésta ciudad, en cada biblioteca, en cada cristal trasero de los coches…Aquella cara, con el arreglado bigotito y los ojos de besugo; aquella cara que tan poco tenía que ver con lo que decían sus palabras, esas palabras que, al contrario que las imágenes, son una de las pocas cosas de las que uno no se cansa. Es cierto que el teatro vive en las representaciones, pero si sobrevive es gracias a los textos, lo escrito es lo que le da eternidad. Uno se cansa de las pelucas, de los focos, de los trajes de época, pero nunca de la tinta, porque la tinta, negra y sucia tinta, es el único medio en el que la imaginación intemporal se mueve a sus anchas, sobreviviendo a esas revoluciones, guerras, civilizaciones e imperios que ella misma construyó o provocó. Las imágenes cansan, las palabras no, y por mucho que sea cierto que una imagen vale más que mil palabras, también lo es que mil palabras, si son buenas, sobrevivirán cuando la imagen ya no sea ni siquiera un recuerdo. Y las pocas imágenes que sobrevivían, como aquella grabada en la bandera, se hacían, debido a la veneración de la que eran objeto, en auténticamente insoportables. Los pelos y bigotes de Einstein, no así sus escritos, hubieran sido el objeto de su asco de haber sido John un físico y no un actor, y los ojos de Picasso, o aún peor los ridículos pelos faciales de Dalí, de haber sido pintor. Pero era actor clásico, y por eso eran los ojos de besugo, ese casi invisible bigotillo, y esa cara de distinción los que le asqueaban.

“No hay más mensajes,” oyó decir a la mecánica voz de su contestador.

La suerte estaba echada, ella no había llamado. Ya era definitivo, la boda se celebraría al día siguiente. No podía creerlo, no, no podía ser, tenía que haber un error…Pero no, el único error es que ella no se había dado cuenta de su error y al día siguiente se iba a casar con aquel relamido director de cine noruego. Con aquel que siempre miraba con sonrisa de prepotencia, una sonrisa por la que no se le podía culpar pues escondía admirablemente su total mediocridad. ¡Con ese! Ese que decía que el teatro, “especialmente el de ese inglés, a quien nunca he leído, ¡Dios me libre! ¡Que Dios nos libre de la prehistoria! “Claro que yo, gracias a Dios, soy ateo…” y que un día le dijo a John que “nunca le podría en sus películas ya que no era lo suficientemente sofisticado, que la máquina del tiempo le había pillado entre sus ruedas y que había tenido la desgracia de elegir el medio de comunicación del pasado y no el del presente, el cine, con sus ilimitadas posibilidades visuales… ”

—No, no puede ser…–se decía John en el camerino—Elisa debiera haberse dado cuenta ya de que ese tío es un cretino…un cretino…con su intolerancia…apesta a mediocridad…por mucho que a primer olfato a lo que apeste sea a perfume caro…Y a éxito, también apesta a éxito. ¡Pero si sus películas no tienen ni pies ni cabeza…! O, Elisa, Elisa, ¡cómo puedes hacerme esto! Yo que te quiero, yo que te daría la vida por una palabra…dime que me quieres y moriré por ti…”

Pero John era algo más que un amante desesperado. No, el problema era mucho más complejo. Y es que Elisa, metida entre las ropas, quizás en alguna carta, quien sabe si enroscada en uno de sus cilíndricos tacones, se había llevado su alma. Sí, así como suena: su alma. En un principio John no se dio cuenta y creyó que aquel vacío era consecuencia del desamor. Pulmones, costillas, corazón, sí, sobre todo corazón, ya no eran parte de un organismo, sino que gravitaban libremente en el interior de su piel. Había perdido la gravedad. Podía tragarse tranquilamente una cuchara, que momentos más tarde esta saldría otra vez por la garganta. Como digo, esto no le preocupo en un principio: ¡todo el que ha estado enamorado ha utilizado alguna vez su corazón de corbata! Pero el tiempo pasó y John continuó igual. El amor se le perdía, las imágenes de mujeres que la razón le indicaba que eran maravillosas salían, como las cucharas, un momento después de haber comenzado su paseo sideral. Lo dicho, que Elisa se había llevado su alma. Se lo había intentado decir; “mira Elisa, que te has llevado mi alma y que como no vuelvas nunca seré capaz de encontrarla. No, no basta que me devuelvas las cartas que te escribí, ni las representaciones que te dediqué, porque mi alma podría estar en cualquier lugar, entre tu pelo, tal vez en las raíces, en tu boca, quizás en tu dulce lengua de caramelo. Tengo que tenerte otra vez, pues no va ser ésta busqueda fácil y va a requerir tiempo y paciencia, mucha paciencia…y mucho amor, porque mira que si se esconde y no quiere salir, pues a mimos la tendremos que sacar.”

Se lo quiso decir, pero nunca se atrevió. Pobre John que nunca se atrevió a pedir que le devolvieran su alma.

Un ruido interrumpió sus pensamientos. En frente suyo estaba William John Williams, el director de la obra, quien le miraba con una mezcla de sorpresa y preocupación.

—¿Qué te pasa John? ¿Estás bien?

—Sí, Will, gracias…Perfectamente.

—No, no lo estás. Anda, dime que te pasa.

John le miró en silencio por unos segundos. Es curioso que hasta aquel día no se hubiera dado cuenta de lo mucho que el bigote de Will se parecía al de Shakespeare. Estaba harto, no lo soportaría ni un día más, se había acabado. No quería oír ni un maldito soliloquio más. Ni uno. Ya le bastaba con tener que oír el suyo.

—Se ha acabado amigo mío. Lo dejo, sí lo dejo, no soporto a Shakespeare ni un día más. Llevo treinta años representando sus obras. He sido casi de todo, desde Hamlet a Benedick, pasando por Romeo…En los últimos veinte años he representado Hamlet más de seiscientas veces…¡Y estoy harto! ¡Harto! Harto de todos vosotros, todos esos que cagáis Shakespeare…¡Harto!

—Pero John…

—No, no me vengas con Johnes…¡He dicho harto! Ni el mismísimo Shakespeare lo hubiera soportado. Toda esa maldita teoría, todo ese sufrimiento por si al experto de moda le parece que tengo que internalizar o…¡a la mierda! ¡ni un día más! Cuando me hice actor creí que me disponía a vivir una vida de pasiones, de experiencias…¿Y que soy? Un maldito oficinista…Yo creía que representando a Shakespeare me convertiría en uno de sus personajes, que viviría sus pasiones, que tendría sus ansias de vivir…Y todo lo que he visto es el más siniestro grupo de académicos, críticos y directores de escena que uno se pueda imaginar…Vamos, que ni Fellini…Lo siento Will, ya sé que tú me aprecias y que crees de verdad que soy un buen Hamlet y que tú estás enamorado de Shakespeare, que es tu vida, que si no te has casado ha sido para no serle infiel…—John estaba cada vez más excitado—Pero la verdad es que no te soporto. ¡No! ¡No puedo más! Se ha acabado. ¡Me voy a Noruega!

—¡A Noruega?

—Sí, a Noruega.

—¿Y qué se te ha perdido a ti en Noruega?

—A mí nada. A mi Elisa es a la que se le ha perdido algo. ¡El juicio, maldita sea, eso es lo que se le ha perdido! Y yo se lo voy a devolver. ¡Y a la mierda con Shakespeare!

—No mezcles a Shakespeare en todo esto. Además, no creo que sea de buen gusto blasfemar contra quien lleva dándote de comer toda tu vida adulta.

—¡Contra vosotros es contra los que blasfemo! ¡Vosotros sois Shakespeare! El pobre dejó de serlo cuando se murió. Y él era William, “Willy,” “el escritor de obras de teatro ese que vive aquí al lado…”

—¿Y qué tiene todo esto que ver con tu problema?

—¿Aún me lo preguntas?—dijo exaltado John.

—Pues…es que yo no veo la relación…la verdad, no veo que culpa tiene Shakespeare…

—Toda. Toda. ¡Toda!

—Como no me lo expliques, la verdad…

—Mientras yo estaba por aquí dando vueltas en leotardos Elisa se enamoraba de un noruego con ascots de colores y gafas de sol. Y yo, mientras tanto, con lo del ser o no ser…¡Ya me gustaría ver al noruego en leotardos! Parecería un salmón. ¡Me voy! ¡A Noruega! Quizás no sea tarde todavía…

—John, no hagas locuras.

—¿Irse a Noruega una locura? Miles se van cada día.

—Pero esos miles no tienen una representación al día siguiente.

—Ya te he dicho que me retiro…Ya no hay más representaciones. ¡Ni leotardos! Ya me he cansado de representar personajes; a partir de ahora voy a ser uno. Siempre he querido ser un personaje, o incluso un personajillo, pero claro, nunca he podido serlo porque siempre he tenido que preocuparme de hacer en vez de ser y para eso uno tiene que morirse por fuera, para que así las energías se queden dentro y salgan sólo cuando se está en escena. ¡Pues estoy harto de ser sólo apasionado en escena! ¡Harto! A partir de ahora voy a serlo fuera, por mucho que eso signifique ser irrespetuoso, irrespetable, charlatán, disoluto, borracho, vicioso…Bueno, tampoco nos pasemos, que al fin y al cabo soy como soy y me ha llevado demasiado tiempo convertirme en lo que soy como para olvidarme ahora…no, no totalmente, pero sí un poquito, lo justo para poder ser yo a la vez que olvidarme de mí mismo. Sí, ese es el secreto de ser, olvidarse de uno mismo, olvidarse de que se está viviendo y vivir, olvidarse de planear las cosas y simplemente hacerlas, no regodearse en lo que uno es, en lo que uno hace, ni intentar buscar razones, simplemente navegar, como si la vida fuera un mar, y ni siquiera mover demasiado las velas, sino sólo cuando nos acercamos a las rocas. Sí, sólo entonces…No, ni siquiera entonces. A chocar y después de chocar a arreglar el barco y volver a navegar, porque si bien es cierto que no es agradable chocar, menos agradables son las precauciones que tenemos que tomar para no hacerlo. ¡Chocar! ¡Chocar! Eso es lo que quiero, Will, pues eso significará que estoy navegando…navegando…como navegan los conquistadores, los bucaneros, los corsarios…¡Navegar! ¿Qué navegar significa no estar en condiciones de en tierra “representar el papel del que navega”? Pues no lo representaré. No me importa. Todo con tal de navegar. Sentir las olas, y hacerlo en silencio, notar como me acarician el pelo, como su sal se mezcla con mi sudor, con mis lágrimas…en silencio…sin tener que gritar desde tierra…”oh noto las olas, son bravas y llevan mi barco a golpes, pues está brava la mar..” No, no quiero hablar más, no quiero ser un Romeo de palabra nunca más.

—Definitivamente has perdido el juicio.

—Bien, entonces ya somos dos. Que felices seremos mi damisela y yo, los dos sin juicio…Sin juicio y enamorados. Adiós, me voy a Noruega.

—Voy a llamar al médico…—dijo dirigiéndose a toda prisa hacia la puerta—Tú no estás bien John.

—Pero Will…Will…¿no ves que estoy bromeando?–dijo John con una sonrisa bondadosa— ¿Cómo voy a dejarte en la estacada? ¿A ti, con quién tantos buenos momentos he pasado? ¡A Shakespeare! Anda, ven y dame un abrazo.

—Ya me habías asustado.

Will se aceró a John y le abrazó cariñosamente, momento que John aprovechó para agarrarle fuertemente con sus brazos de atleta y meterle en el gran armario donde guardaba su vestuario. Sin más tardar giró la llave. De nada sirvieron los gritos con los que Will pedía clemencia, a los cuales John contestó con un simple:

—Es una pena que el Amapole sea un teatro tan antiguo y con paredes como ya no se hacen. ¡Gruesas como las de un palacio! Tú mismo lo has dicho muchas veces, mi querido Will. Así que dudo que nadie te oiga, pero no te precupes, que con el aire que entra por los agujeritos del armario tendrás para sobrevivir…En seguida que vaya a tomar el avión para Oslo avisaré al cuidador del teatro de que el señor director está encerrado en el armario. Dejo la llave puesta en la cerradura, así que no te preocupes.

—John, no hagas tonterías por favor, piensa en la obra, ¿qué será de nuestros contratos?

—Coge a alguien que no sepa todavía quien es en realidad ese monstruo de Shakespeare, uno que todavía no haya aprendido todavía a venerar.

John cogió una pequeña maleta y metió en ella sólo lo imprescindible. Pasaría un momento por su casa y le rogaría a su simpático vecino que le cuidase al gato por unos días. Quizás unos meses. Sólo al acordarse de Miskas se dio John cuenta de lo bajo que había caído. ¡Un gato! Y es que la soledad es bohemia mientras uno no se acompañe de un gato. ¡O de uno de esos perritos que parecen ratas!

“Aunque la verdad es que un gato es mejor…”se decía, ya en el taxi de camino a su casa, “a un gato al menos no hay que sacarlo a pasear. Porque un perro de esos…No hay nada más ridículo que una persona sola paseando a uno de esos monstruitos, “mirad, este es el único que me aguanta”; ¡y porque es perro y feo! Ay Miskas, Miskas, la verdad es que has sido un pasivo y poco molesto compañero, pero creo que es momento de que, muy a mi pesar, (que no del tuyo que a ti al fin y al cabo te da todo igual) nos separemos por una pequeña temporada.”

—John, sácame de aquí–recordaba que habían sido los últimos gritos de William John Williams—¡Desalmado, más que desalmado!

Desalmado. Es cierto, era un desalmado. Dentro de su total desesperación, una brisa de esperanza pasó por ese sideral vacío que el resto de los humanos llena con el alma. No tenía nada. Por no tener, no tenía ni miedo. Podía matar sin remordimientos, ser traicionado y no guardar rencor. Era libre. Pero era una libertad vacía, pues nada la amenazaba. Y no hay peor esclavitud que la libertad eterna y garantizada.

–Puedo querer, pero sin amar…Lo dicho, que me voy en el primer avión.

Al llegar a su casa se encontró con una sorpresa. En la puerta del apartamento, una joven con voluminosas gafas le esperaba. Tenía una grabadora y un block de notas en la mano y parecía extremadamente nerviosa.

—¡Oh, señor Barnes! Perdón que le moleste, pero es que no podía esperar..cuando no me devolvió la llamada fui al teatro, pero el guarda no me dejó entrar…así que pensé en venir a esperarle en su apartamento. ¿Qué como sabía donde vive usted? Ah, por cierto, soy la señorita Andrews…

—Eso ya lo suponía.

—Pues, como le iba diciendo, supongo que le extrañará que me haya enterado de su dirección, pero es que en la universidad todos le admiran mucho, y uno de mis colegas, no me pida usted como, consiguió su dirección…

John miraba a la nerviosa señorita Andrews con una sonrisa y por simple cortesía, en vista de lo contenta que estaba ella por haber conseguido su dirección, no le dijo que con haber llamado a información y pedir por John Barnes hubiera sido suficiente. O en las páginas amarillas. Además, John no la quería interrumpir pues le agradaba escuchar a aquella muchachita nerviosa cuyos ojos vivarachos bailaban con alocado ritmo tras sus lentes. Un ritmo, pensó John, demasiado loco, demasiado, claro está, para estudiar Shakespeare.

“Quizás todavía no haya empezado a estudiarlo y puede que de momento sólo lo lea…”

Y la muchacha seguía hablando.

—…así que me dije que no había nada que temer…además de que muchos me han dicho que es usted todo un caballero y que nunca me faltaría al respeto…por mucho que no quisiera concederme la entrevista…así que ya ve que el riesgo que he tomado no es tanto…pues en el peor de los casos lo único que puede pasar es que, con toda educación, me diga usted que no, pero supongo que una educada negativa por su parte es mejor que…

—Señorita, siento interrumpirle, y más para decirle que por desgracia no puedo atenderla. Ha venido usted en un mal momento, pues de forma inesperada me encuentro teniendo que abandonar la ciudad…

—Pero eso no puede ser. Mañana hay función.

—He de hacer hincapié en lo de “inesperada.”

—¿Pero quién representará su papel mañana?

—Frankly, dear, I don’t give a damn.

—Lo que el viento se llevó.

—¿Cómo?

—Digo que eso lo decía Clark Gable en lo que el viento se llevó.

—Me parece que ve usted demasiadas películas. Esto es la vida, señorita, y esta misma noche salgo hacia Oslo.

—¿Oslo? ¿Y qué va usted a hacer allá?

—No creo que sea asunto suyo…—y mirando el reloj—Mire señorita, tengo que irme, a decir verdad, la única razón por la que he venido aquí es para pedirle a mi vecino que me cuide al gato.

—Vaya, como en Desayuno con Diamantes.

—¿Qué?

—No, perdone, decía que parece…bah… es una tontería déjelo.

—Bueno…pues, como le iba diciendo, esa es la única razón por la que en estos momentos no estoy en un avión destino a Oslo.

—¿Ha visto usted alguna vez algo más seductor que los hombros de Audrey Hepburn?

—Pues…

—Si yo fuera hombre me enamoraría de una mujer así…Frágil, con estilo, sofisticada, femenina…Vaya, ni que fuera Renard hablándole de Rick a Ilsa…

–Señorita, ¿es usted parte de una secta o algo así? Lo digo por su forma de hablar, como en clave…

–Me estaba refiriendo a…

–Sí, a Casablanca, no se preocupe que ya me he dado cuenta…Debiera probar a vivir diez minutos usted solita, sin buscar ningún parecido con nada…

La señorita Andrews se sonrojó.

–No me ha contestado a mi pregunta…

–¿Qué pregunta?

–La de los hombros de…–la fiera expresión de John, quien miraba al cielo, como intentando encontrar que horrible pecado habría cometido para que se le castigase de forma tan cruel, hizo comprender a la señora Andrews que en esta vida de misterios nos vemos obligados a aceptar que algunas preguntas jamás tendrán contestación.

–Perdón…–dijo ella.

–No se preocupe…me encantaría poder atenderla, pero de verdad que debo irme. A las doce sale un avión a Londres desde donde espero no tener problemas para hacer una conexión a Oslo. Mire usted que son ya casi las once y…

La señorita Andrews pareció de repente darse cuenta de la apresurada situación en la que se encontraba su admirado actor.

–¡No! ¿Pero en qué estaría yo pensando? Perdone, veo que he venido en mal momento. No le molestaré más. Adiós.

—Gracias por su comprensión señorita—dijo John con una sonrisa, la cual la señorita Andrews ya no vio pues ya se dirigía a toda prisa escaleras abajo—Por favor, llame a mi agente y concierte una cita…

—Claro…—John la oyó decir, en un susurro, su voz mezclada con los golpes de sus pasos bajando la escalera.

John miró por un segundo al vacío pasillo y se dijo que era momento de preparar a Miskas. Entró en su apartamento y comenzó, con el mayor de los cariños, a llamar a su díscolo felino quien, como solía ser habitual, mostraba su gran independencia no haciéndole el menor caso a aquel hombre que habitaba en su mismo hogar.

Finalmente encontró a Miskas hecho un ovillo y en estado catatónico dentro del armario sobre sus jerseys. Aquel era uno de sus lugares favoritos. John comenzó entonces a recitar palabras de cariño, que sabía que eran del agrado de Miskas, no por lo que significaban, sino porque John era consciente de que nada le gustaba más que ver a su amo humillarse ante él. Con esas palabras John demostraba no hacerse vagas ilusiones acerca del verdadero estado de la situación familiar, demostraba aceptar el status quo, un status quo en el que Miskas cedía el dominio aparente a cambio de que no se dudase de su dominio real.

Entre caricias y palabras amorosas la pareja de enamorados llegó hasta el lugar donde John, en lo que significaba algo así como un golpe de estado, creía que Miskas iba a pasar las siguientes dos semanas. Tocó el timbre, a la vez que, ya repitiéndose, seguía diciendo cosas bonitas.

—¿Quién es?—dijo la voz de Emil Sinclair, su vecino.

—Soy John.

La puerta se abrió.

—Hola John. ¡Hola Miskas!

“Miauuu…,” dijo Miskas en lo que significaba su primera, si bien no poco firme, intervención en la crisis diplomática que se aproximaba.

—Emil, tengo que pedirte un favor. Tengo que irme de viaje, algo inesperado ha surgido, y no sé que hacer con Miskas, así que quería pedirte…

“Miauuu…,” repitió Miskas. Y es que no había porque cambiar el mensaje pues aquello era lo que quería decir.

—¿Quieres que te guarde a Miskas? Claro, como no…Ya sabes que somos la mar de amigos…Eh que sí Miskas, ¿eh qué somos amigos?—Emil comenzó a utilizar ese idioma que utiliza la gente para hablar con los gatos y que los franceses utilizan para hablar entre sí.—¿Eh que sí?

“Miauuu…”

No haciendo caso de las claras advertencias de Miskas, quien como gato pacífico que era quería agotar todos los medios dialécticos antes de pasar a la acción, John y Emil se dispusieron a efectuar el cambio de guardia. John, consciente de que estaba pecando, intentaba aliviar su culpa con palabras bonitas, diciéndole a Miskas que no le echara de menos (como si alguna vez le hubiera echado de menos), que muy pronto volvería (como si le importara), y que con Emil iba a estar muy bien (como si en realidad se fuera a quedar con Emil). Y claro, pasó lo inevitable. Le habían obligado a actuar, si bien, como deferencia a la bonita y delicada cara de Emil, le clavó las uñas en el cuello.

—Maldito gato…

“Arrrrrrr…” la situación demandaba cambiar el mensaje.

—Miskas, no seas malo…¿Qué voy a hacer contigo?—y mirando a Emil—Sólo está un poco nervioso…ya verás como se le pasa…

–Yo no me quedo con esta fiera.

“Miau…”—dijo Miskas en señal de aprobación ante aquella gran verdad.

—Vaya, perdona Emil…no sé que le puede haber pasado…nunca lo había hecho antes…¿qué voy a hacer? Supongo que tendré que llevármelo conmigo…Vaya facha que voy a tener en Oslo, sin leotardos pero con un gato…bueno Emil, perdona, no veas cuanto lo siento…

—Nada, nada, no te preocupes…—dijo intentando, con poco éxito, ocultar su mal humor—Venga, buen viaje…

—Adiós Emil y perdona.

—Nada…—oyó John la voz de Emil a través de la puerta ya cerrada.

Otra vez se encontró mirando al frío y solitario pasillo. Extendió imaginariamente su vista hacia el techo e intentó hacerse una idea del aspecto del escenario, de aquel escenario que por desgracia era el de su vida. Era un escenario en el mejor de los casos ridículo y en el peor grotesco. Además, al contrario que en otros tiempos, ya no le quedaban fuerzas para reírse de la función. Como todo gran enamorado, John no quería que su vida pareciera una comedia.

Valle-Inclán decía que hay tres tipos de relaciones entre el autor y sus personajes. Cuando el autor mira a sus personajes como a inferiores, poniéndose por encima de sus personajes, tiene una comedia. Cuando se identifica con sus penalidades, mirándolos de igual a igual, un drama. Mientras que cuando los mirá desde abajo, asombrado, admirado y sobrepasado por los problemas de sus personajes, por su fortaleza, esa que el autor ni el mil vidas se considera jamás de tener, tiene una tragedia. Bien, no hace falta decir en cual de estas tres categorías quería imaginarse John y en cual de ellas no quería hacerlo bajo ningún motivo. No obstante, con un gato en la mano, en un pasillo solitario, un momento más tarde de que el gato acabara de arañar a su única alternativa para librarse de él, y con el prospecto de irse a vengar su herido honor (al menos esto sonaba a tragedia) y recuperar a su querida Elisa de las manos (o más bien de las garras) de un director de cine noruego…en Oslo…y encima sin alma…

—Sonríe Miskas, que alguien se debe estar riendo a carcajadas allá arriba…

John bajó a toda prisa las escaleras. Quedaba exactamente media hora para el avión a Londres. En la puerta de entrada a su edificio, sentada en un escalón, se encontró con la sorpresa, más bien desagradable vistas las prisas, de la señorita Andrews.

—Así que era verdad la historia del gato. Creí que me lo decía sólo para librarse de mí…por eso he esperado…de no haber bajado usted, hubiera comprendido que no quería concederme la entrevista.

—Pues ya ve que no.

—Es una gato bonito.—dijo acariciando la peluda cabeza de Miskas.

“Miauuu…,” dijo éste en señal de aprobación.

—¿A dónde lo lleva?

—A Oslo. Conmigo. El muy desgraciado no quiere quedarse con mi vecino.

—¿Quiere que se lo guarde yo?—decía la señorita Andrews mientras John gritaba: “¡taxi!—Para mí no sería ningún problema…es más sería un honor…incluso le podría incluír en mi libro…mientras usted no esté yo le recitaré Hamlet y veré como reacciona…Sí, seguro que será de lo más interesante…Tanto que creo que voy a suprimir el capítulo acerca de Richard Burton y, si los resultados son los que espero, lo sustituiré por el del gato de Barnes…

–Buena idea…

–Era sólo una broma.

–Pues no estoy para bromas, señorita…ya es suficiente problema irme a Oslo con mi gato como para que venga usted ahora a hacer bromas…

–Era lo del capítulo del gato que iba en broma…Lo de guardarle el gato iba en serio.

–¿Qué capítulo? Mire señorita, ¿por qué no me deja en paz? Además, no creo que Miskas quiera quedarse con usted. Es muy maleducado. No vea el arañazo que le ha hecho a mi pobre vecino en el cuello.

—Intentémoslo.

—Está bien.

Aquella muchacha era demasiado fina y simpática como para repetir la salvaje acción que, si bien merecida, le habían obligado a realizar minutos atrás. Sí, aquella joven le gustaba y, hasta el momento, había tenido la delicadeza de no hablarle en francés. Desde luego, la violencia estaba en aquel momento fuera de lugar. Miskas soltó un cordial y educado:

“Arrrrrr…”

—No, no quiere. Gracias de todas maneras señorita–dijo John y mientras introducía sus varoniles hechuras en el taxi—Bueno, ahora debo irme. Por favor señorita, no dude en llamar al director de la compañía y preguntarle por mí…por cierto, ya que menciono al director…

—Le acompaño hasta el aeropuerto—dijo ella con decisión—Allí podemos intentar otra vez lo de darme a Miskas. A lo mejor funciona.

—La verdad, no creo…y me sabría mal hacerle perder el tiempo…

—Si algo tengo es tiempo, no se preocupe por mí. Además, de camino, en el taxi, le puedo hacer unas cuantas preguntas acerca de los soliloquios. Así podré ponerme a trabajar mientras espero a que usted regrese.

—Pero…No es que a mí me importe que me acompañe usted al aeropuerto, pero es que en estos momentos no me encuentro como para hablar de soliloquios. Y me sabría mal no prestarle a su entrevista toda la atención que se merece…

—Entonces no se hable más. Si no le molesta le acompaño.

—Si se empeña…—y en tono más decidido—venga, pues entre, que no tengo tiempo que perder.

—Al aeropuerto.

—Al aeropuerto…—repitió el taxista con un marcado acento pakistaní—al aeropuerto…Como están hoy los señores…de viaje ¿eh?

—Sí, sí, de viaje…Y con prisas.—dijo John.

“Miauuu…”

—Bueno, no perdamos más tiempo—dijo la señorita Andrews mientras sacaba un cuaderno de notas del bolsillo—¿a qué edad se enamoró usted de Shakespeare?

—El amor, el amor…—dijo el taxista—ya les veía yo a ustedes cara de enamorados…

—A los dieciocho, en mi primer año de universidad.

—Enhorabuena, también yo llevar many many años con mi esposa. Ahora está en Pakistán…de hecho hace sólo diez días que la dejé, porque, ¿sabe usted? Yo acabo de llegar aquí a los Estados Unidos…Muy bonito, dinero bueno.

“Miauuu…”

—Sí, sí, claro…¡Pero! ¿Adónde va usted?—dijo John exaltado—Por aquí no se va al aeropuerto…Para ir al aeropuerto tendría que haber cogido la autopista.

—¡Oh! Vaya un error tonto. Ya ve, lo que le decía, acabo de llegar y todavía no me conozco muy bien las calles. Y yo que creía que era por aquí…pues nada…espere un momento que le preguntaré al señor de la gasolinera a ver si sabe como ir.

—Maldita sea no voy a llegar.

“Miauuu…”

—¡Maldito gato callate de una vez!—gritó John.—Mire le propongo una cosa. Ya sé que lo que le voy a decir es ilegal—y mirando a la foto de la licencia del taxi—pero de todas formas también lo es su permiso…El de la foto no es usted.

—No, nada de ilegal mi permiso. Lo que pasa es que me hice la foto en un tiempo de mucho stress y por eso tenía el pelo blanco, pero ahora ya todo ha pasado y yo recuperar color natural…mirar amigo…mirar barba y turbante…y ver como diferente color pero igual…porque yo sé…

—Callesé maldita sea. Mire, tengo mucha prisa, así que le voy a proponer un trato. Usted me deja conducir el taxi hasta el aeropuerto y yo le pago tarifa doble. Comprenda que si no nunca llegaremos…

—¡Ah, para eso no problema!—dijo mientras con brusquedad frenaba el coche.—Pero como usted, decir, ¿eh? Tarifa doble.

—Bien, bien…—dijo John ya bajando del coche.

Un instante más tarde, nuestro protagonista se encontraba pilotando una bala amarilla en dirección al aeropuerto, como no, ayudado de Miskas quien, desde el asiento del copiloto, se aseguraba de que todo estuviera en orden. Mientras tanto, el taxista pakistaní nutría a la señorita Andrews de muy interesantes observaciones acerca de Shakespeare, y no era para menos, pues tal y como aseguró momentos antes de comenzar su disertación acerca del dramaturgo inglés, “había oído hablar de él más de una vez.”

La suerte quiso que la policía, John conducía a más de cien millas por hora en una zona en la que no se podía ir a más de cincuenta y cinco, no se uniese a tan fructífera discusión. Aunque tampoco había porque preocuparse, “porque si nos paran usted les dice que se ha afeitado la barba y quitado el turbante. Además, usted el pelo medio blanco, como yo cuando lo del stress…” En resumen, que exactamente veintitrés minutos más tarde John entraba en la terminal del aeropuerto. Es decir, que llegó con el tiempo justo para despedir al avión de Londres, el cual, en aquel mismo instante, y con la puntualidad propia de todo avión que queremos que se retrase, abandonaba suelo americano.

—Gracias amigo…—tome, veintidós dolares, tarifa doble.

—Con el equipaje son dos dólares más; essss decir, cuatro.

—¡Pero si no llevo equipaje!

—¿Y el gato? El gato lo va a tener que facturar, así que técnicamente cuenta como un bulto.

“Miauuuu…,” dijo Miskas, mostrando su acuerdo con tan fino razonamiento, el cual, dicho sea de paso, no era de extrañar en alguien que acababa de hablar tanto y tan bien acerca de las normas del drama.

—Aquí van cinco. Quédese el cambio.

Miskas, a caballo de John, lideraba con sus bigotes a la tropa, a la que la señorita Andrews ilustraba, narrando grandes momentos en los que estrellas del celuloide habían estado en una situación semejante.

—Esto me recuerda a…—el nombre de Cary Grant apareció un par de veces, así como el de Woody Allen.

Claro que John no estaba para bromas y mucho menos cuando le informaron de que el vuelo a Londres acababa de salir con puntualidad británica. Sumido en la más absoluta de las desesperaciones, John comenzó a recorrer las oficinas de las compañías con vuelos a Europa. Y descubrió que, como tan sabiamente se suele decir, “Dios aprieta pero nunca ahoga,” y que el vuelo a Madrid, por fortuna, no había salido “con puntualidad torera,” sino, lo que no debe ser confundido por mucho que suene de forma parecida, con puntualidad “Ibérica.” Vamos, que llevaba ya una hora y media de retraso.

—En diez minutos salimos señor.—le dijo una simpática azafata de Iberia con preciosa sonrisa—Si no tiene usted equipaje puede subir.

Aquello le sonó a John a gloria. Por un segundo respiró satisfecho, hasta que se acordó de que llevaba a Miskas; el mismo Miskas cuyos ojos irradiaban ahora el más enternecedor de los candores. ¿Qué iba a hacer con él? Era el momento, había que decidirse; así que, aprovechando que Miskas, sin en realidad saber Miskas muy bien porque, se había encontrado en los brazos de la señorita Andrews, John decidió tentar a la suerte y, sigilosamente, desaparecer de la vista de su querido felino. Tras avisar a la señorita Andrews de tan drástico plan, se dipuso a ponerlo en práctica, si bien poco tardaría en ser abortado. Momentos más tarde, gritos y rugidos, lloros y susurros, obligaron a John a volver sobre sus pasos. No había funcionado; tal y como atestiguaba el revuelto pelo de la señorita azafata, la misma cuyo monumental peinado había sido durante los últimos dos días la envidia de todo el sector femenino del aeropuerto.

—Lo siento señor Barnes—decía la señorita Andrews—Pero nada más desaparecer usted Miskas ha saltado de mis brazos…Me parece que tendremos que descartar la posibilidad de dejarle aquí.

Tanto fue el odio con el que John miró a Miskas, que incluso éste, por naturaleza insensible a estas cosas, se apercibió del mismo y se avergonzó del sufrimiento que estaba creando a aquel que durante años le había dado de comer, que durante años se había comprado cómodos jerseys, aquel que un día lejano, un frío día de invierno de 1985, le había recibido entre quejas e insultos dedicados a “aquella maldita actriz que se viene a vivir aquí, se trae el gato, y después no se lo lleva.” Era por aquel entonces Miskas sólo un pequeño Miskas, pequeño, si bien ya era consciente de su noble procedencia, de que había nacido para un destino insigne, como lo confirmaba el que un par de meses antes, y contando Miskas sólo con semanas de vida, las portadas de todas las revistas sensacionalistas americanas pusieran su foto en la portada. Todos decían que era un guapo Miskas y estaban enternecidos al pensar que nunca antes, ni una sola vez, el gran actor Spencerfly le había regalado un gato a una de sus compañeras de reparto.

“Boda segura…,” decían. Aquel titular era el primer recuerdo de Miskas.

Miskas, nombre con el que le bautizó el propio Spencerfly en honor a un perro que tuvo en su infancia y que, por desgracia, había fallecido cuando un tren le pasó por encima. Boston-Philadelphia, aquella era la línea, la cual Miskas, que había oído a Spencerfly relatar aquella historia a la señorita Mildred en innumerables ocasiones, recordó siempre como sinónimo de amor, pues no por nada su homónimo canino se encontraba en aquellos momentos cruzando la vía siguiendo el rastro de una bonita perra caniche de rizos blancos que, según todos los relatos de la época, caían con la mayor de las gracias sobre unos enormes ojos llenos de melancolía. Spencerfly, de nombre Finegan, nunca contó el porque su padre había bautizado a aquel bonito pequinés como Miskas, un nombre que tiene tanto de corriente en un gato como de extraño en un perro, incluso en un pequinés. Probablemente ni siquiera el mismo Spencerfly (pronunciado Espenserflai) jamás conoció la verdadera procedencia del nombre Miskas, lo cual no es de extrañar pues Spencerfly (escrito Spencerfly) nunca supo hacer la O con un canuto ni la I, no la i, con un chupachupe, (que se escribe de manera diferente a la que se pronuncia …chupachup pues, si Miskas no se equivocaba, es nombre comercial y Miskas no usaba nombres comerciales a no ser que le pagaran por ello). Pues eso, que Spencefly fue siempre un idiota, y Mildred una histérica, si bien muy guapa, y el pobre John pagó caro su error de no tomar las precauciones adecuadas (nunca dejes entrar en tu casa a una mujer con gato) y se encontró, de repente, con un pequeño que le miraba con ojos angelicales y del que había que hacerse responsable. Miskas. Y cuanto le había querido, con cuanto cuidado le había puesto la leche cada mañana, ni unas queja, ni un reproche, igual que si hubiese sido su propio gato y no el de un Spencerfly desconocido. No, no podía seguir comportándose como un Miskas irresponsable, pero tampoco podía permitir que se fuera sin él, porque sabía que se iba a ir lejos, muy lejos, a buscar a esa mujer a la que tanto quería y que Miskas había visto un par de veces por casa. Era muy guapa, mucho más que Mildred, y Miskas entendía como después de querer a alguien así era imposible querer a una Mildred cualquiera, a una Mildred de ojos apagados y maquillaje brillante, sí, Miskas de no ser Miskas y ser hombre, de ser John, nunca hubiera querido a alguien cuyo maquillaje emanara más luz que su mirada. Por eso Miskas nunca hubiera querido a Mildred; por eso, de hecho, Miskas nunca la había querido. John tenía luz en los ojos, igual que aquella mujer a la que iba a buscar, pero el pobre John tenía oscuridad en la vida, ¿por qué? Ni siquiera Miskas sabría decirlo, no, ni siquiera Miskas, aquel que con tanta atención le miraba día tras día, aquel que con la mayor de las pasividades, sin dejar que ningún ratón (en caso de que lo hubiera habido) o araña (esas sí que las había visto) le distrajeran, le examinaba, le escrutaba, y no, no había luz en esa vida y lo peor es que no había tampoco oscuridad, porque había una lámpara artificial que daba una luz muy fea, una lámpara a la que John llamaba con un nombre inglés y a la que recitaba constantemente. ¡Que fea era aquella luz de nombre inglés! ¡Que fea la vida de aquel que tantos cariños le daba; de aquel que tenía tanta luz en los ojos, que ahora iba a buscar a una mujer con mucha luz en los ojos, acompañado de otra mujer de mucha luz en los ojos, acompañado de un Miskas de mucha luz en los ojos! Sí, que bonita era la vida de John ahora, en un aeropuerto, diciendo que no importaba que que el avión de Londres se hubiera ido, que cogería otro, porque nada importaba, ni siquiera que la lámpara inglesa se hubiera quedado en casa, que la lampara inglesa no hiciera el viaje, porque este no era un viaje para lamparas inglesas, sino para ojos con luz, como los de John, como los de la mujer que iba con John, como los de la mujer a la que John iba a buscar, a través de Londres, de Madrid, maldita sea de Estocolmo, ¿qué importa mientras haya luz en los ojos? Miskas era un Miskas con suerte, porque en el mundo hay mucha gente con lámparas, pero pocos con luz en los ojos como John, pocos, muy pocos, por mucho que el pobre John nunca lo supiera, por mucho que el pobre John se estuviera ahora diciendo que era un desgraciado, que un asqueroso gato le impedía buscar a su chica de ojos con luz. Cuanto le gustaba ahora John, cuanto más que cuando, siendo Miskas sólo un pequeño Miskas y yendo en las manos de la luminosa y oscura Mildred, le conoció. Entonces John no tenía luz, porque Mildred se la robaba toda con su maquillaje, sin darle nada a cambio, porque Mildred no era una de esas flores que da oxígeno a los que respiran alrededor suyo, sino todo lo contrario, una flor inversa, una flor que roba porque sabe que sus ojos son cavernas, que sus ojos se apagaron mucho tiempo atrás, quizás antes de brillar por primera vez. Aunque tampoco tiene nada de extraño, porque hay muy poca gente a la que le brillen los ojos, que le brillen como ahora le brillan a John.

—Señor Barnes—dijo la señorita Andrews—va a tener usted dos pasajeros más en su viaje.

—¿Cómo?

—Nunca he estado en Europa y ya va siendo hora…Miskas y yo venimos. Mientras usted haga lo que tenga que hacer yo cuidaré de Miskas.

—¿Qué? No, no, eso no puede ser…¿cómo van a venir ustedes? Digo, usted y el gato…y Miskas…no…eso no puede ser…yo voy a hacer algo muy importante…y sería ridículo que me presentara con un gato…y…y una escritora de un libro de…de..soliloquios…nadie me tomaría en serio…no, no, ustedes..digo…usted y el…pero maldito Miskas porque no te quieres quedar, no ves que yo me tengo que ir…me tengo que ir…pero…

—No se hable más, Miskas y yo venimos. No sé lo que va usted a hacer, ni tampoco se lo voy a preguntar. Usted lo hace y yo cuido a Miskas.

“Miauuu…”

–Dos billetes más…–dijo John resignándose a su suerte.

Comenzaba la odisea. Ulises John, con gato y escritora de libros de soliloquios incluídos, partió destino a Madrid. Y de Madrid a París, y de París a Praga y de Praga a…En total veinte horas de vuelo, en las que John no pronunció más de una decena de palabras. ¿Qué tendran los aviones que callan a los enamorados? Parece como si al subir a un avión no sólo se separaran físicamente de las limitaciones terrenales, sino también espiritualmente, como si nada de lo que se deja allá abajo importara, ni profesión, ni conveniencias, nada…Sólo el amor. Y John se pasó veinte horas pensando en Elisa y en aquella boda que se iba a celebrar, odiando durante veinte horas a ese maldito director de cine noruego que decía Secspijj en vez de Shakespeare y que de no haber sido, como decía Buñuel, “gracias a Dios ateo,” hubiera rezado seis veces al día por la salud del profeta Godard.

“Pero él y no yo, el pobre actor clásico, al que las ruedas del tiempo le han atrapado, será el que se va a casar con Elisa…él y no yo…si un milagro no lo remedia…pero tampoco yo creo en Dios…así que los milagros no existen en esta historia…¿será posible que por una vez el verdadero amor gane? No, el amor sólo gana en los libros de romances baratos, en los que se venden en los supermercados. ¿Y si los libros de romances baratos tienen más de cierto que esos que se escriben para que cojan polvo en las bibliotecas? Quizás sí, quizás la vida sea un romance barato y yo llegue a Oslo, ¿pero cómo va a triunfar un romance barato en Oslo?…Si aún fuera París…En Oslo lo único que puede pasar es que se case con él y treinta años más tarde nos encontremos en un Spa tomando las aguas y me diga que es a mí a quien siempre quiso, pero que las conveniencias…Y entonces los dos nos vamos a una montaña y nos suicidamos juntos para sellar el amor eterno que los hombres separaron por un rato. En Oslo se casa con él. Pues vaya papelón que estoy a punto de hacer. Tanto Shakespeare y al final lo único que deseo es que la vida sea un romance barato, que ella me mire, que yo la mire ella, que el director de cine me encuadre…¡zas!…soliloquio de supermercado al canto…ella le pega con el guante y el se va con su cámara a filmar espárragos…ella se acerca a mí, le invito a perderse entre mis brazos, ella me aprieta fuerte, y nos besamos por el resto de la obra, de la vida, de la eternidad, para siempre, ella yo, yo y ella, y el noruego, si quiere, que tenga los derechos para el cine del romance barato en el que yo me llevo lo que es mío, mío, para siempre…Pero la vida, por desgracia, no es un romance barato, sino una broma pesada, así que llegaré, ella me mirara con una mezcla de frialdad y sorpresa, y él dirá que se alegra de tener un actor clásico en su boda, y yo me sentiré ridículo por haber volado veinte horas para pasarme cinco horas comiendo canapés, porque ya ni orgullo me quedará que comer, ni orgullo ni corazón, ni tampoco vida…Y con lo francófono que es este noruego seguro que los canapés son más pequeños que los guisantes que llevan encima…así que encima me quedaré con hambre…¡Dios mío que estoy haciendo! Tengo que volver, va ser un desastre, un ridículo espantoso, ¡y además en frente de Miskas! Ahora sí que ya me perderá el respeto de manera definitiva…Me quitará la cama y me hará dormir sobre la tierra perfumada de dos dólares la bolsa…Elisa…¿Dónde está nuestro romance barato? ¿Ese que empieza cuando terminan las películas? ¿Ese del que ni siquiera se habla pues se da por supuesto? ‘Claro, ¿no es acaso obvio que después del primer beso pasaron treinta años de felicidad absoluta?’ Sí, yo quiero pasar contigo una de esas vidas, uno de esos amores obvios de los que ni siquiera hace falta hablar porque la película ya ha terminado y la gente ya se ha ido del cine, ese en el que las peleas nunca empiezan, nadie las ha escrito en el guión, porque nadie es tan estúpido como para escribir un guión con palabras que nadie escuchará, pues ya se han ido todos del cine, ya han puesto la palabra “fin” en la pantalla y los dos protagonistas ya se han prometido amor eterno. Y todos los espectadores se han ido contentos…¿y por qué van a separar los protagonistas lo que el cine ha unido? Sí, ese es el amor que yo quiero vivir contigo…aunque sea en un película del noruego…ese noruego que dice sespijj y que has elegido sobre mí, que al fin y al cabo no soy más que un pobre actor clásico, con leotardos y todo…y gato…un gato que me va a perder el respeto cuando vea el ridículo que voy a hacer…cuando sea ese pedante quien al final se case contigo.”

Y así veinte horas.

Eran la una de la tarde cuando Ulises John, Telemaco Miskas, y Soliloquios Andrews llegaron a Oslo. Quedaba menos de una hora para la boda y John ya no tenía más opción que ir directamente a la iglesia. Una mirada era todo lo que le quedaba, una mirada toda su fortuna, todo su futuro. Una mirada en la que tenía que comunicar todo su amor y rescatar todo aquello de lo que ella se estuviera escondiendo. Si le quería, si simplemente se estaba escapando, esa mirada sería suficiente. Si no, si de verdad no le quería, si John había sido sólo un pasaje de su vida, uno nacido para ser recordado en los días en los que tocara limpiar los álbumes de fotos, entonces sólo habría sorpresa en los ojos de Elisa. Sorpresa y quizás incluso alegría al ver a un viejo amigo. A John sólo le quedaba una mirada. Una mirada y, como no, una escritora de libros de soliloquios y un gato ilegítimo hijo de Spencerfly y Mildred.

Desde una puerta lateral la señorita Andrews y Miskas escucharon la boda. John había entrado en la iglesia. La señorita Andrews oyó como el padre comenzó a oficiar la ceremonia y, finalmente, dijo:

–Soren Munch…¿quieres tomar a Elisa Cristina como tu legítima esposa, prometes quererla y respetarla, en la salud y la enfermedad, hasta que la muerte os separe?

–Sí quiero.

—Y tú Elisa Cristina, quieres tomar a Soren Munch como tu legítimo esposo querele y respetarle hasta que la muerte os separe…

El silencio se hizo en la iglesia. Por unos segundos Elisa dudó, parecía como si tuviera miedo de dar aquel paso para el que se había estado preparando durante el último año. Sí, Soren era un buen hombre, y le quería, le quería mucho, pero había algo…algo que le impedía decidirse y que aquel día estaba con ella…alguien a quien ahora sentía por primera vez en mucho tiempo…que le miraba…quizás desde el otro lado del océano…que le miraba…

–Amor mío, ¿estás bien?–le preguntó el director de cine.

—Sí…sí amor mío–le dijo en un susurro y ya más fuerte–Sí quiero. Sí.

Los novios pueden besarse.

Tres asistentes (dos personas y un gato) fueron los únicos que no tuvieron en valor de ver aquel beso. Cerraron los ojos. John se puso las manos frente a la cara, donde las mantuvo hasta que los gritos de “¡viva los novios!” se hicieron tan insoportables que las necesitó para taparse los oídos. Ella no le había visto, nunca se dio cuenta de que había estado allá. John la miró con cariño, mientras se decía que había vivido en una ilusión, la de amar a aquella maravillosa mujer para demostrarse que en realidad podía amar, que no era un frío e insensible actor clásico al que las palabras le importaban tanto como indiferente le dejaba la gente. Había sido un espejismo y no se había dado cuenta hasta verla una vez más, con sus ojos de sol y mar, verdes y brillantes, con su pelo de noche, con sus facciones de arena, moviéndose en sonrisas como dunas a las que arrastra el viento. Debiera haberla amado, pero John no sabía amar. No se puede perder lo que nunca se ha tenido y John se daba ahora cuenta de que el decirse que había perdido su alma era su forma de consolarse de no haberla tenido. Quiso engañarse, quiso engañarla, y ahora tenía su castigo.

Era el final. Estaba cansado y de repente, al ver a su alrededor la iglesia vacía (todos se habían ido siguiendo a los novios) sintió el cansancio acumulado en un día de viaje. En un gesto que le convenció aún más de su bajeza personal, sintió una repentina tranquilidad y un reparador alivio al recordar los febriles y enamorados pensamientos de la noche anterior. Quiso sonreír y sonrió; quiso que la sonrisa significase algo más que un gesto facial, pero eso ya era mucho pedir. Le habían anestesiado, la vida lo había hecho, mucho tiempo atrás, y no importaba que por muchos años se hubiera querido engañar con aquello que llamaban amor, porque al final la medicina deja de surgir efecto y nos quedamos anestesiados, sin nada, vacíos, diciéndonos que el hecho de que no duela no significa que esté curado, porque ya ni siquiera hay nada que curar, ya ni siquiera hay herida, porque los engaños no hieren, los engaños no son nada. Nada. Vacío. Vida. Miskas. Una señorita que escribía libros de soliloquios. Aquello era todo lo que le quedaba.

—¿Está usted bien señor Barnes?—dijo la señorita Andrews.

“Miauuu…”

—Sí, sí…

—Ella es muy bonita–dijo la señorita Andrews.

—Sí.

–No le vio…

—No.

—Ya sé que no es asunto mío…

—Si ha venido hasta aquí lo es…

—¿Por qué no le dijo nada?

—Porque nada más verla me he dado cuenta de que no la quería. No, no la quiero…no soy capaz de querer…—calló, pensativo, por un instante—perdone, prefiero no seguir hablando. Pero esa es la verdad. Hubiera preferido estar llorando de celos y creer que me acaban de robar la vida, pero no es así, es peor, me acabo de dar cuenta de que no hay nada, de que el mundo es vacío, de que la vida lo es, de que el amor es un engaño, una caja de fuegos artificiales, que suben, que explotan en la más preciosa de las luces…y que chamuscados bajan…y ya no queda nada, salvo cenizas. Eso es la vida…¿y por algo tan insignificante vale la pena preocuparse? ¿por algo tan insignificante coger aviones, actuar en obras de teatros, asistir a bodas en las que creemos que va nuestra felicidad? ¡Felicidad! Vaya palabra…

To die, to sleep—comenzó a recitar la señorita Andrews—

No more, and by a sleep to say we end

The heart-ache and the thousand natural shocks

—Señorita Andrews, disculpe, pero no estoy en estos momentos para soliloquios…

—¿Cuándo entonces? ¿En el teatro? ¿Con el café? ¿En una biblioteca? ¿Cuándo entonces si no en una iglesia después de que le hayan roto el corazón? ¿Cuándo? Durante treina años ha vivido usted de recitarlo…pero claro, entonces era diferente porque le pagaban por ello, pero ahora, ahora no, porque esto no es el teatro sino la vida. Claro, ahora no le pagan por recitar…

—¡Señorita Andrews me insulta usted!

—¡Sí, y merecidamente! ¡Recite, maldita sea! Tanto venerarle y cuando de verdad importa le da la espalda…¿Esta es la literatura de la que tanto hablan? Si tanto la quieren porque la apartan de los únicos momentos verdaderos de sus vidas. ¿Para que se escribe entonces? ¿Para que leemos? ¡Para que se pone usted esos malditos leotardos, maldita sea! ¿Para qué? ¿Sólo para llenar la barriga? ¿Sólo para complacer a los que pagan? Si es así es usted una puta…usted y todos los que son como usted, todos los que saben vivir leyendo libros, pero no leer viviéndolos. Usted no ha vivido ni un segundo de literatura, ni un segundo de verdad…es usted una puta y, con su bajeza, convierte a Shakespeare en su chulo…usted y todos los que son como usted…

La señorita Andrews estalló en un inconsolable llanto. Sus gafas eran ahora como dos peceras, en cuyo interior se movían dos tristes peces negros. Lloraba como una niña, que era en realidad lo que era. Veintitantos años de películas, libros, teatro…, no había visto ninguna, no había leído nunca, no había actuado ni una linea. Todo lo había vivido. Como ahora estaba viviendo aquel estúpido libro de los soliloquios, por el cual se había ido al otro lado del mundo. Por un capítulo. Por dos contando a Miskas. Ese era el arte en el que en algunos momentos de idealismo John había querido creer, aquel que servía, como decía Faulkner, “para levantar los corazones de los hombres.” Pero John había visto tantos corazones enterrados en almas tenebrosas que ya había perdido la fe en todo aquello, y la había perdido de tal manera que ni siquiera se había dado cuenta de que una bonita, dulce, e inocente niña, una que nunca había aprendido a odiar, una que probablemente nunca aprendería, le había seguido hasta Oslo con su gato en brazos. ¿Qué hacía aquella pobre criatura en aquella iglesia llorando por él? Miskas le miraba con vergüenza, vaya fraude que era aquel John…¿Qué hacía aquella niña apuntándole a un hombre malo aquello que John se sabía de memoria? Aquella lampara inglesa a la que ahora, por primera vez, veía dar luz.

—That flesh is heir to; ’tis a consummation

Devoutly to be wish’d. To die, to sleep—

To sleep, perchance to dream—ay, there’s the rub,

For in that sleep of death what dreams may come

John paró de recitar.

Estaba en el aire, su alma estaba en el aire. Mezclada con el olor a incienso. La había tenido y ella se la había llevado, pero se la había devuelto con su duda, con su recuerdo, con ese instante en el que Elisa con su pensamiento creyó recorrer el mundo entero cuando en realidad no recorría sino unos metros. El dinero se guarda, un coche se conserva, pero el amor no, el amor se vive. Será ceniza, pero que ceniza tan bonita es esa de la melancolía que tiene nuestra cara sin estar en nuestro jardín y que ceniza tan bonita esa que en nuestro jardín, al ser iluminada por una nueva luz, brilla por un momento con la luz pasada, espejo que lleva una vida entera desarrollar y que no refleja una luz sino la acumulación de todas las que en él se han reflejado. ¿Qué es el alma sino un laberinto de cristales?

—¿Cómo se llama usted señorita Andrews? Me temo que he sido tan maleducado de no preguntárselo en todas las horas que lleva siendo mi ángel.

—Adivine…

—Pues…¿Julieta? Oh Julieta…

—No, no es Julieta. Pero anda usted cerca.

—Beatriz.

—¡Beatriz! Vaya, hace tiempo que no hago esa…a ver…

A Miracle, here’s our own Hands

against our Hearts: come, I will have thee,

but by this Light I take thee for Pity.

—¿Y la entrevista cuándo? Me parece que se olvida usted que tengo un libro de soliloquios que escribir…y no porque me llame Beatriz significa que…yo…yo…no tenga que…que…que…

—Señorita Beatriz, me veo obligado a informarle de que usted va a dejar la noble práctica de escribir soliloquios y yo de actuarlos y, si está usted de acuerdo, vamos a intentar vivirlos…

La novia, sin dudarlo un momento, besó al novio.

Y Miskas fue el único testigo del primer romance de supermercado de la historia de Noruega.

Créditos Fotográficos: Composición por DFV utilizando las siguientes imágenes originales: Foto 1, Foto 2, Foto 3

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Tenía razón el gran Edgar Allan Poe cuando decía aquello de que la coincidencia es una fuerza poderosa y que hacemos mal en subestimarla. En la vida de nuestro protagonista, a quien sus amigos llamaban Benito y los papeles apellidaban como Lee, ocurrieron una serie de eventos que, si bien no desconozco que serían calificados de increíbles por la gran mayoría—por esa que sólo cree en lo que ve o lo que toca—no extrañarían un ápice al genio americano, quien hubiera visto en la historia que me dispongo a narrar tan solo una confirmación más de que fuerzas invisibles controlan nuestras vidas.

Y es que la razón no sólo es un instrumento inservible a la hora de solventar quimeras imposibles como el universo o la procedencia del hombre, sino también, y casi en igual medida, cuando lo que queremos explicar es este mundo y las fuerzas que moldean la existencia física, esa que, día tras día, y para no reconocer la cruda realidad, la que nos dice que no tenemos control sobre nada, nos queremos convencer de que dependen de cosas tales como el trabajo, la bondad, o la justicia. Vivimos en un mar, estimado lector, pero el mar no somos nosotros, por no ser, ni siquiera somos una ola; tenemos velas, pero las velas no somos nosotros, por no poder, ni siquiera somos capaces de dirigirlas; temblamos con los vientos, pero los vientos no somos nosotros, por no soplar, ni siquiera somos una brisa. ¿Somos un barco? Quizás, pero un cuyo viejo fuselaje, gastado y oxidado tras lo años, nos vemos obligados a dejar en este mundo; amarrado en este puerto llamado vida que sólo nos parece puerto en la muerte, pues siempre se comportó como un mar. Un mar de olas imposibles e invisibles: como la coincidencia.

Cada mañana, a las siete en punto, Benito Lee desayunaba en Atac, una cafetería adosada a la tienda de libros Aispel, en Washington D.C. Cada tarde, alrededor de las ocho, minuto arriba o abajo dependiendo de lo concurrido que estuviera el metro, al salir de su trabajo en el Banco Mundial, organización digna y inútil donde las haya (lo inútil suele tener una cierta dignidad, lo cual no significa que todo lo que tenga dignidad sea inútil), Benito se pasaba por Aispel y compraba algún estúpido e insípido (lo insípido suele ser estúpido, lo cual no implica, por desgracia, que lo estúpido sea siempre insípido) tratado de economía, cuyo precio, siguiendo instrucciones explícitas de Adam Smith en May You Give the Right Price en el capítulo titulado The Boston Law, variaba en consonancia a lo cerca que el economista en cuestión estuviera de Boston (sede de Harvard y MIT.) Menos aquella tarde.

Aquella tarde, recién quitada la corbata y el traje, y luciendo aquel impresentable abrigo negro y amarillo; que tan cómodo le hacía sentir y que además, siempre en su opinión, le daba un aspecto tan original; nuestro amigo Benito se había acercado a Aispel, para cumplir con el ritual de comprar el dichoso tratado de economía. Ya estaba dispuesto a comprar aquel Teoría Política Económica para Seres Racionales y Económicos (el cual en un principio le había creado ciertas dudas, pues pese a estar escrito en California y no venir de Stanford, tenía el increíble precio de 35$, pero que en la contraportada tenía un montón de palabras que Benito no había oído en su vida, así que finalmente decidió que “sería un error de dimensiones históricas no comprarlo”) cuando, ya de camino al mostrador, de repente, sin previo aviso (como tantas veces sucede en esta vida de sufrimientos) vio a la camarera que con tanta amabilidad y celo profesional le servía su desayuno en Atac por las mañanas.

“¿Qué hará en la tienda de libros?” se preguntó extrañado. Y con razón, pues, en tres años que llevaba frecuentando aquel lugar, era la primer vez “que la veía en territorio comanche”, (Benito se rió de su ocurrencia). Entonces vio que la camarera se dirigía a la caja registradora, donde un simpático dependiente “afroamericano, en palabra compuesta, negro, en una sencilla (que ocurrente estaba aquella mañana)”, le dijo entre sonrisas que había supuesto bien y que, efectivamente, tenía cambio de cien dolares.

Entonces la camarera, visiblemente satisfecha con su destacable adquisición de un billete de cincuenta dolares y cinco de diez, volvió a territorio Sioux (Benito sonrió de nuevo) y, al verle, y reconociéndole como a su fiel cliente de la mañana, le saludo con un efusivo:

Good Evening.

Otra cosa extraña: en tres años era la primera vez que Benito la oía decir “Good Evening.

Y tan efusivo fue el saludo, que derribó un pequeño tomo de una de las bien surtidas estanterías; si bien ella no se dio cuenta y, tan contenta, continuó caminando en dirección al restaurante. Mientras tanto, Benito se acercó a deshacer el entuerto y poner el libro en su sitio, “no vaya a ser que alguien se tropiece, se descalabre, le ponga un juicio a la camarera y la condenen a veinte años de cárcel sin posibilidad de perdón.” Y es que Benito, comprensiblemente, no estaba dispuesto a pasar dos décadas sin aquellas dulces manos sirviéndole su desayuno. No, de eso nada.

Mientras se acercaba, y fruto de esa natural curiosidad que tan lejos le había llevado en la vida, se fijó en el título de aquel libro, el cual, solitario, seguía yaciendo sobre la roja moqueta de Aispel. “Poe de Bolsillo,” leyó.

“¿Poe? ¿El director de cine?” se preguntó haciendo gala de su total ignorancia literaria; lógica, por otra parte, si tenemos en cuenta que Benito había cursado la carrera de Económicas en una de las universidades más importantes del país. Fue sólo al acercarse y leer en la contraportada que el New York Times decía que “aquel clásico era más entretenido que la mayoría de best-sellers modernos,” cuando se enteró de que Poe no era un director de cine, sino un escritor, lo cual le extrañó sobremanera, pues él juraría haber oído más de una vez lo de “película de Edgar Allan Poe.”

Como ya hemos mencionado y pese a haberse educado en una institución de élite, Benito era un joven curioso, razón por la cual decidió echarle una ojeada a “aquel tal Poe.” Y así fue como se olvidó de aquel ridículamente caro libro de economía de la costa Oeste, que “por-no-ser-no-era-ni-siquiera-de-Stanford,” y comenzó a echarle una ojeada al libraco del presunto director de cine. Y cual sería su sorpresa al darse cuenta de que aquel libro estaba lleno de cosas interesantes, tales como aquella maravillosa introducción en la que el editor describía algunas inconfesables intimidades de “aquel tal Poe.”

“Irresponsable borracho, plagiador, de personalidad obsesiva…” comenzó Benito a leer con gran interés, “¿su mujer se murió de la ruptura de una cuerda vocal…? Eso sólo le puede pasar a un mentecato.” Sí, aquella era una muy interesante biografía, una que le hacía sentir un placer especial, pues ridiculizaba a aquellos artistas a los que tanto odiaba, a aquellos cuya supervivencia Benito, como buen economista, explicaba diciendo: “la sociedad les paga por pensar, porque son unos vagos, y no saben hacer otra cosa…Son una carga necesaria; algo así como una obra benéfica, una caridad…”

Tanto le interesó aquella relación de las intimidades del escritor americano que, en lo que representaba una clara afrenta a sus principios más arraigados, se decidió a comprar, por primera vez desde que en su primer año de carrera le obligaron a leer extractos de “¡un libro de Hardy y dos de Dickens para aquella maldita clase de literatura!”; una novela que no fuera de Grisham “¡ese gran ídolo!”. “Poe, Poe…, cuantas deliciosas sonrisas a costa de los malditos intelectuales me esperan esta noche!”

En profundo estado de excitación, Benito corrió hacia su casa. No tenía hambre: un café y un plato precongelado le bastarían. Sí, ciertamente aquel plato de pollo y arroz era realmente intragable, “pero que puñetas, la comida es para alimentarse, no para, tal y como afirman todos esos libertinos europeos del sur, disfrutar de ella…., vagos todos! Ya es que también esos son una carga necesaria…que si no…” Benito terminó de cenar, ahora el hambre ya no le despertaría en mitad de la noche, y, con un placer que nunca creyó que un libro pudiera proporcionar, empezó a volar con la vista entre las letras de aquella jugosa introducción. Era el momento de la cronología.

1826: 14 de Febrero. Poe entra en la Universidad de Virginia, Charlottesville. Diciembre 15, el semestre termina y Benito Allan (el padrastro de Poe) le saca de la universidad.

Al leer estas frases, un especial placer le recorrió por todo el cuerpo. “Así que el tal Poe ni siquiera había terminado una carrera…¡Qué una carrera, ni siquiera un año!”

Aquello le reafirmó en su teoría de que nadie debiera poder publicar antes de terminar un doctorado. Él, por cierto, había terminado dos: uno en Económicas y otro en Estudios Financieros Sociológicos Empresario-Mercantiles. Valga decir que era del segundo del que estaba más orgulloso. Fijarse bien.

Pero la diversión no acababa ahí; no ni mucho menos, todo lo contrario, pues la vida de aquel pobre desgraciado, “del tal Poe,” no acababa más que de comenzar. “Y una vida que comienza mal, no puede sino acabar peor:”

“Pese a que Poe ingresó en la Army en 1831 (algo que Benito respetaba: “el ejercito de los Estados Unidos ayuda a mantener la paz en el mundo, ergo la estabilidad económica”) en 1831, y tras una decente carrera militar, Poe vuelve a las andadas. Deja West Point, “¿y para qué? Para escribir poemas…¡Ja!”

Aquello no pudo sino sonrojar a Benito, a quien le habían bastado menos de veinte y cinco años de la vida “del tal Poe,” para darse cuenta de que aquel pobre desgraciado no estaba bien de la cabeza. Pero poco le duró la alegría, pues no de alegría, sino de euforia, debía ser calificado su siguiente estado. Una euforia provocada por la indignación (para algunos el poder indignarse es la mayor de sus alegrías) de que Poe: “..se hubiera casado con una chica, ¡que una chica una niña!, una niña de catorce años…¡Que horror!”

Y a partir de aquel momento, tal y como no extrañará a ningún lector mínimamente familiarizado con la biografía de E.A.P., para Benito Benito todo fueron risas, sonrisas y brindis, los cuales Poe se debió ir, uno a uno, bebiendo de un trago, pues un 3 de Octubre de 1849, le encontraron en Baltimore “rather the worse for wear…”, es decir, hecho una piltrafa humana.

“Vaya humillación…”

Al día siguiente, a las cinco de la tarde, Poe fallecía.

Con lágrimas en los ojos, y no precisamente de tristeza, Benito cerró el libro y se preparó para irse a la cama. Con una alegría que no sentía desde su ascenso, medio año atrás, a la categoría de Economista asociado, se lavó los dientes, bebió un enorme vaso de agua “no me vaya a deshidratar durante la noche” y se metió en la cama dispuesto a, dulcemente, conciliar el sueño. Cerró los ojos y pensó en Judy, la bonita rubia de buena familia con la que se casaría en verano; y con la que había estado saliendo desde que, ambos por aquel entonces en su primer año de carrera, coincidiera con ella en la universidad de Jorgeciudad. Ni siquiera así, Benito logró conciliar el sueño…¡y es que aquel había sido, ciertamente, un día lleno de emociones! Aquella maravillosa biografía, lejos de adormilarle tal y como hacían los libros de su amada Economía (“¡deberé replantearme eso de que el objeto de los libros sea adormilar, reduciendo así el insomnio y los gastos de la población en medicinas…!”) le había desvelado totalmente. No, no iba a poder dormir. ¿Qué hacer? Benito estaba desesperado.

Entonces, vio sobre la mesita de noche el libro “del tal Poe,” aquel que tanto placer le había producido con su introducción, y tomó una decisión que, si bien no extrañará al lector en vista de los hechos, una horas antes le hubiera parecido imposible. Iba a leer “a” Poe. Antes, Benito había leído “de”; “de” Emerson, “de” Jefferson, incluso “de” Hemingway; pero nunca “a;” ¿para qué, si veinte páginas de ‘de’ nos explican lo que no averiguaríamos leyendo veinte volumenes de ‘a’?” Pues sí, pese a haber estudiado en universidades de élite, Benito iba a leer directamente a un autor. Sin cortes, sin comentarios de por medio por parte de algún excelente académico, cuya loable intención sería mejorar el original: cara a cara con el escritor:

Página 1: William Wilson…

Página 3: The Man of the Crowd…

Y así fueron pasando las páginas, primero con una sonrisa, “la cantidad de tonterías que podía imaginar aquel hombre”, después con interés, y finalmente con un incontrolable terror. The House of the Usher…, The Murders of Rue Morgue… y, por último, los poemas. ¿Cuánto tiempo hacía que no leía un poema? Exactamente seis años. Lo recordaba perfectamente, había sido en el libro de introducción a la economía del gran Samuelson:

Debo estar diciendo esto con un suspiro

Que en alguna parte envejece y hace envejecer,

Dos caminos divergieron en un bosque y yo,

Yo tomé el menos caminado,

Y eso ha representado toda la diferencia.

(El Camino no Tomado—Robert Frost)

Aquel siempre había sido su poema favorito: “¡son muy pocos los que toman un camino diferente y el economista no tiene porque preocuparse excesivamente de ellos, sino de la gran mayoría que toma el camino principal!”

Hace muchos, muchos años

en un reino junto al mar,

vivía una doncella, a quien tal tal vez conozcáis,

cuyo nombre era Annabel Lee…

y vivía esta doncella sin otro pensamiento

que amarme y ser amada por mí.

Y aquel a quien sus amigos llamaban Benito y los papeles apellidaban Lee, siguió leyendo y leyendo…

Y cuan dulce y cuan sonoro,

— din dan, din dan —,

es el coro,

— din dan, din dan —,

de la campana de oro,

que en su lengua musical

celebrando está el misterio de la noche nupcial…

Y con las campanas llegó la mañana…cinco campanas, seis campanas…Las seis y media: hora de prepararse para ir a trabajar. El sol iluminaba ahora un mundo en el que, por un día, Benito caminaría, no con su habitual seguridad, sino con el cansancio propio de quien no ha dormido ni siquiera un minuto. Claro que en aquel momento, su imaginación activa tras todas aquellas historias, se sentía más despierto que nunca. Su mente era ahora un motor acelerado. La ducha no emanaba agua, sino rayos carmín que parecían querer cortar sus secos ojos; y la máquina de afeitar, con sus brillantes hojas, era un amenazante instrumento del más allá, que buscaba una yugular con la que seccionar su vida. Cuando a duras penas logró hacerse el nudo de la corbata, evitando tras una dura pugna que ésta le estrangulara, salió de su apartamento en dirección a Atac donde, como ya hemos dicho, acostumbraba a desayunarse.

Good Morning—dijo la amable voz de la camarera, la misma que, de manera inconsciente, con su efusivo Good Evening y su codo fuera de control, había comenzado todo aquello.

—Tan buenos como un mundo con tanta luz pueda ser…—contestó Benito.

—Usted lo ha dicho—dijo ella con la sonrisa de quien, si bien es consciente de que el cliente acaba de decir un soberana estupidez, no quiere quedarse sin su propina.—¿Lo mismo de siempre?

—No, nada de fruta. Quiero cabeza de cabrito.

—Me temo que no tenemos cabeza de cabrito. Will a turkey sandwich do? De verdad que el bocadillo de Pavo es excelente…

—Bueno será.

—¿Café?

—¡Sangre de cordero!

—Como no, ahora mismo le traigo la carta de vinos.

Cinco minutos más tarde, nuestro amigo degustaba su bocadillo de Pavo, al cual acompañó de un asqueroso vino de Virginia, que la camarera consideraba, desde su modesto entender, que era lo que más se acercaba a la demandada sangre de cordero. Mientras tanto, y siguiendo con su costumbre de leer mientras desayunaba, Benito abrió un libro, que, tal y como podrá suponer el lector, aquella mañana no era trataba de economía. Y es que de camino a Atac, Benito había pasado por Aispel: “es el momento de pasar a palabras mayores…la recopilación de ayer era demasiado simple, lo básico, lo que cualquier niño de instituto habrá leído…”

Había comprando otro pequeño libro, también de Poe, el cual constaba de escritos acerca de los más diversos temas. Y pasando páginas, más bien devorándolas, llegó a:

Sobre la Intuición

Que la imaginación no ha sido injustamente considerada como suprema entre las facultades mentales, es debido a la intensa conciencia, por parte del hombre imaginativo, de que la facultad en cuestión lleva a su alma a menudo a vislumbrar cosas eternas y sobrenaturales—hasta el borde mismo de los grandes secretos.

Aquel pasaje le impresionó como nada que hubiera leído anteriormente. Imaginación. ¿Qué era aquella palabra? De repente Benito sintió que había descubierto la verdad, una verdad oculta hasta aquel momento, oculta en su mente, en aquella mente que tan bien discurría para otras cosas. Imaginación. Sí, aquella iba a ser su arma, el arma con la que conseguiría cosas con las que otros no osaban ni siquiera a soñar. Así que Benito comenzó a mirar a su alrededor en busca de algo con lo que probar su recién adquirida capacidad. Intuición, imaginación…todo aquello, unido a la fortaleza adquirida tras años de estricta disciplina mental, le harían invencible. Entonces buscó señales, indicios, algo que el despistado asesino hubiera olvidado en el lugar de los hechos. Hasta que se dio cuenta de que aquello no era el excitante París del siglo XIX, sino el burocrático Washington D.C. del siglo XX, y, con resignación, pensó que hubiera sido bonito vivir en otro tiempo.

Y ya se estaba imaginando entre la niebla londinense en los tiempos de Jack el Destripador, o volando entre las callejuelas de París en busca de primates asesinos, cuando un gesto de la camarera le hizo volver a la realidad. Había sido un guiño, si bien Benito no sabría decir si consciente o inconsciente. No; tenía que haber sido consciente, pues tras tres años de verla diariamente se habría dado cuenta de si tenía algún tic. Benito siguió observando, mientras con el mayor de los disimulos escrutaba cada uno de los movimientos faciales de la sesentona camarera. Otra vez. Sí, lo había visto claramente, no había duda, el guiño de nuevo.

La mente de Benito comenzó a analizar, a girar, a subir y bajar, a rodar, otra vez era un motor, el motor del más potente de los deportivos, giraba y giraba, intuición, análisis, imaginación, no aceptar las limitaciones de nuestra mente…hay que llegar a una conclusión, lógica, percepción…hay que encontrar esa conclusión…Y llegó. Sólo cabían dos posibilidades. Y eran las siguientes.

La primera, la más probable, es que la camarera fuera una asesina. ¿En serie? No, en serie no, pues de ser así Benito se hubiera dado cuenta mucho antes de aquel tic nervioso. La camarera acababa de asesinar, tal vez a su marido, a quien seguramente tendría metido en el ataúd que guardaba en el garaje de su casa, y desde entonces, y de manera inconsciente, habría desarrollado aquel tic nervioso, el mismo que le acababa de delatar en frente de Benito, quien, alegre, se felicitaba de estar cerca de resolver un misterio que nadie llegaba siquiera a adivinar y que, de no ser por él y su supermente, hubiera permanecido sin resolver por años, quizás por décadas, hasta que alguien encontrara el esqueleto del pobre marido, aquel al que todos sus compañeros de oficina habrían dado por desaparecido años atrás, con sus secas manos pegadas a la tapa del ataúd, arañado por dentro, pues no sería de extrañar que el marido de la camarera sufriera de catalepsia y que la mujer en realidad no le hubiera matado, sino tan solo encerrado durante uno de sus frecuentes ataques. Y por eso ahora la perversa camarera, la misma que mañana tras mañana le servía el plato de fruta con su cínica sonrisa, sufría de aquel tic nervioso sólo perceptible para alguien de la inteligencia de Benito.

Claro que aquella no era la única posibilidad. Había otra, la cual, en vista de que en los tres años que Benito había conocido a la camarera ésta nunca había intentado envenenarle, no podía ser descartada. La camarera podía no ser la culpable. Todo lo contrario, quizás era la inocente víctima del tirano de su marido, quien probablemente le pegara cada noche, amenazándola con encerrarle en un ataúd en uno de los frecuentes ataques de catalepsia que sufría la camarera (seguro que la catalepsia tenía algo que ver en todo aquello) si ella osaba a abandonarle y escaparse con el aviador italiano. Y quizás los maltratos del marido habían aumentado en frecuencia e intensidad en los últimos días, razón por la cual la camarera, con su casi imperceptible guiño, le estaba pidiendo ayuda a Benito. Sólo había una cosa que no encajaba en toda aquella hipótesis y era el porque la camarera pedía auxilio de una manera tan débil, la cual sólo podía ser percibida por una mente tan potente como la de Benito. No, ni siquiera la de Benito, sino “la del nuevo Benito.” También ante esta eventualidad surgían dos explicaciones.

La primera, que la camarera llevaba meses pidiendo auxilio pero que él, como era normal pues todavía no se había convertido en “el nuevo Benito,” no se había dado cuenta hasta que la casualidad, la coincidencia “como diría Edgar,” quiso que aquel libro mágico despertara su hasta entonces dormida imaginación, la cual, unida a su increíble inteligencia, le había permitido apercibirse de la desesperación de la camarera. ¿La segunda? La segunda era tan increíble que daba escalofríos sólo planteársela. Estaba llamado para una misión; la camarera le había elegido como su salvador, ya que tras tres años de relación cordial había descubierto su intelecto superior y decidido, con la excusa de pedir cambio de cien dolares, derribar el libro de Poe, para que éste despertara su imaginación y al día siguiente su amigo y salvador Benito Lee se decidiera a seguirla.

Benito miró la hora. Eran las nueve de la mañana. Entre pensamientos e imaginaciones se le habían ido dos horas y ya llegaba una hora tarde al trabajo. Si bien, tal y como suele suceder en aquellos que nunca han ni siquiera tropezado, nuestro amigo, tomándose a la ligera aquel escándalo de llegar una hora tarde al trabajo sin haber avisado con dos semanas de antelación, decidió no sólo tropezar sino caer del todo, caer de verdad. Decidió que aquel día no iría a trabajar. Porque, por primera vez en su vida, sentía que su existencia tenía un sentido, que era un alma dirigida en pos de una gran misión, y que, o bien la resolución de un crimen, o bien una vida humana, dependían del éxito de la misma. Además, ¿y si el marido estaba todavía vivo? ¿Y si, en su catalepsia, podía todavía respirar gracias al despiste de su esposa, quien en una increíble torpeza habría dejado el ataúd abierto? Aquel día, Benito dejaría de ser simplemente útil y, en el conjunto de la creación, se convertiría en significativo. Porque aquel día iba a salvar la vida de una persona. Fuera la del marido o la de la camarera, no podía dar la espalda a todo aquello. Esperaría. Con el disimulo y destreza dignos de un Phillip Marlowe, un Sam Spader, o un Sherlock Holmes cualquiera, Benito se dirigió a la camarera.

—Señorita—dijo él con tono de total normalidad, cómo si no supiera que aquella sesentona tenía un marido que, o bien era cataléptico, o bien era un tirano—Un poco más de café.

—¿Quiere usted café?—dijo ella, haciéndole notar a Benito que aquella mañana no había tomado su habitual AM MUG (1.50$ por todo el café que uno quiera) sino aquel maravilloso vino de Virginia, que él, en un extraño estado de excitación, había calificado como sangre de cordero.

—Sí, café, por favor—dijo continuando con su tono calmado y educado, como cada día, para que la camarera, en caso de ser la asesina, no se diera cuenta de que Benito sospechaba algo.

Instantes más tarde, la camarera estaba junto a él con una taza y una jarra de café en la mano.

—Gracias—dijo él una vez estuvo servido.

—De nada.

—Señorita—dijo él con disimulo, como si aquello fuera lo más normal que uno pudiera preguntar—estará usted cansada…¿no?

—Sí, claro—contestó ella en un tono que no denotaba la menor extrañeza—Muy cansada.

—Claro, lleva usted ya muchas horas trabajando hoy.

—Muchas…—afirmó ella.

—Desde las..

—Seis.

—¡Desde las seis! ¡Santo Dios, pero si son casi las once!

—Las once ya…¡cómo pasa el tiempo!—dijo ella, para continuar, con una seductora voz—Menos mal que sólo me quedan dos horas para terminar…Además de que tengo la tarde libre.

—¡La tarde libre! Vaya suerte…

—¿Y usted? ¿No va hoy a trabajar?

—¡No! ¡No voy a trabajar!—gritó Benito y, dándose cuenta de lo extraño de su reacción, continuó con más calma—No, hoy no voy a trabajar, he decidido cogerme el día libre. Ventajas de ser un reputado economista.

—Desde luego. ¿Y qué va a hacer usted durante el resto del día?

—La verdad, todavía no lo he decidido. De momento disfrutar de no tener ninguna obligación. ¿Y usted?

—Descansar, descansar en mi casa de campo.

—¿En su casa de campo?—dijo Benito con sorpresa, dándose en cuenta en seguida de que aquella pregunta había sido ridícula, pues no rompía ninguna regla de la lógica el que una camarera de un restaurante, ni siquiera de uno que estuviera adosado a una tienda de libros, viviera en el campo. Y dando una muestra espectacular de su erudición, añadió:

—Cicerón decía que el campo relaja los nervios—y que relajado se quedó Benito después de soltar aquello.

—¡Ah! ¡Qué bien! Pues tenía razón. A mí me basta con sentarme en la terraza de mi casa para relajarme de los nervios de la semana.

—Se sentara usted junto a su marido…—dijo Benito, llegando con exquisito tacto al punto que había estado esperando abordar desde el principio de la conversación.

—No estoy casada.

“¡Es la asesina! Pobre diablo cataléptico…” pensó en seguida Benito. Había mentido, el anillo la había delatado, ya no cabía duda de que encubría algo.

—Lo estuve…—dijo ella al ver como, tras su afirmación anterior, Benito se había quedado mirando fijamente al voluminoso anillo que llevaba en el dedo—…pero mi marido murió.

“Maldita sea, ya es demasiado tarde.”

—¿Murió?

—Sí, en la guerra. De eso hace ya muchos años, cuarenta ya. Mi John era un buen hombre, por eso nunca me quité el anillo.

“Miente, miente…,” era todo lo que pasaba en aquel momento por la cabeza de Benito, quien, haciendo un esfuerzo por que ella no lo notara, continuó tranquilamente con la conversación.

—¿Y no se casó usted más?

—Sí, una vez más. Pero prefiero no hablar de ese matrimonio…Lo único que importa es que ya se acabó el sufrimiento…

“Es la víctima, me lo está diciendo con los ojos…” pensaba el acelerado motor que Benito tenía por mente, “ella sufre, sufre noche a noche, cuando el asqueroso marido le amenaza, entre golpes, con encerrarla en el ataúd durante uno de los frecuentes ataques de catalepsia que la pobre camarera sufre. Pero sabe que el sufrimiento ha terminado: en mí ve al salvador que le aliviará sus penas. Yo te salvaré…”

—…ahora—continuaba ella—vivo feliz en mi pequeña casa de campo en Virginia.

—En Virginia…—dijo Benito con el tono de quien espera más información.

—En Virginia, más concretamente en Lastday Hills, número 28.

—Lastday Hills número 28.

—28.—repitió ella para, con una mirada que Benito interpretó como de desesperación y que el narrador calificaría más bien como de seducción, continuar:—Si algún día pasa por allí…Aunque, claro, un hombre tan ocupado como usted.

—Claro muy ocupado. Pero nunca se sabe, quizás un día de éstos mi trabajo me lleve hasta Virginia y, una vez allá, ¿por qué no ir a Laspray Hills.?..

—Lastday.

—Lastday—se había equivocado adrede para ver si la camarera estaba verdaderamente interesada en que fuera—Lastday Hills…para hacer una visita a mi buena amiga…amiga…

—Nancy.

—A mi amiga Nancy.—le extendió la mano—Yo soy Benito.

—Pues a ver si es verdad que me visita…siempre y cuando, claro está, que su trabajo le lleve hasta Virginia…no me gustaría que tuviera usted que desviarse por mí…

—En todo caso, sería un placer.

—¡Nancy!—se oyó tronar la voz del intendente—¿Es qué no ves que aquel cliente está esperando su cuenta? ¡Vale ya de tanta charla!

Nancy miró fijamente a Benito y, con voz de gata en celo, dijo:

—Bueno, mucho gusto. Y ya sabe donde tiene una casa cuando su trabajo le lleve hasta Virginia.

—No lo olvidaré—dijo Benito, quien ya estaba decidido a ir aquella misma tarde a resolver el misterio.

Y, efectivamente, dos horas más tarde, a la una, y no sin antes despedirse con una picarona sonrisa de su “cliente favorito,” Nancy salió del restaurante dispuesta a disfrutar, como cada Miércoles, de su tarde libre. Benito la miró, también sonriente, y se dijo que esperaría media hora “para no levantar sospechas.” Presentía que, de momento, era mejor que nadie la relacionara con Nancy, pues no sabía si quizás, en caso de que la pobre Nancy fuera la víctima, y traicionado por los nervios, se vería obligado a darle a su marido una lección. ¿Y si tenía que matarle? ¿Y si el marido se reía en su cara y le amenazaba diciéndole “intenta denunciarme y verás”? Además, no había que descartar que Nancy lo hubiera intentado ya en infinidad de ocasiones, pero que el jefe de policía, que a buen seguro sería un ex-compañero de clase del marido de Nancy, se negara a escucharla por falta de pruebas. En tal caso lo mataría (al marido). Sin dudar un momento: la justicia debe siempre estar por encima de la ley. Lo mataría y entonces él y Nancy lo pondrían en el ataúd (que en casa de aquellos dos pájaros había un ataud era algo de lo que no cabía la menor duda) y Benito se llevaría el ataúd a casa. Y nadie sospecharía de él, pues nadie le relacionaría con Nancy más allá, claro está, “de ser un cliente de Atac.” Por eso debía esperar, no fuera que al salir tras de Nancy, o poco tiempo después de ella, alguno de los fastidiosos testigos, que no pueden faltar camuflados en cada rincón con sus miradas de rata y sombreros de hongo, le fuera a identificar, “como aquel hombre que me llamó la atención, porque salió detrás de la señorita…” Era necesario esperar. Y mejor que media, una hora entera.

Finalmente fueron dos. A las tres, y ya sintiéndose libre de todo riesgo, Benito decidió encaminarse a Lastday Hills. ¿Cómo iría? En su excitación se había olvidado de que no tenía coche. ¿Alquilar uno? No, sólo un idiota alquilaría un coche antes de cometer un crimen, dejando constancia de que “aquel día, aquel mismo en el que, por primera vez en tres años, no había ido a trabajar,” tuvo necesidad de un medio de locomoción. Así que nada de alquileres. Cogería un taxi, el cual le llevaría al pueblo más cercano (que tras mirar un mapa descubrió que era Viena, Virginia) y de allí iría caminando, lo cual no era ningún problema, porque tan solo dos kilómetros escasos separaban Viena de Lastday Hills.

Así que a las cinco, en una fría tarde de Febrero, el justiciero Benito comenzaba a recorrer el camino entre Viena y Lastday Hills. Empezaba a anochecer, ya caía un negro velo sobre las casitas de madera que, solitarias, dominaban en un campo blanco por la nieve. En una de ellas una camioneta vieja y oxidada; en otra un tractor que, triste, esperaba a que le volvieran a necesitar: esperaba al deshielo, al campesino, a la cosecha…Una canasta de baloncesto le miraba desde una casa vecina, se balanceaba con el viento…cric, cric…cric…cric…decía su estructura de metal, la misma por la que no habría pasado ninguna pelota desde los meses de verano. Una casa pequeña con luces, con un camino bien delimitado que llevaba hacia ella, y que atestiguaba que los que la moraban iban a trabajar cada día a la ciudad. En aquel pequeño utilitario verde. Veintisiete, Lastday Hills. Ya se había hecho de noche. Ahora era todo oscuro. “Veintiocho, es curioso,” pensó Benito, “como mi edad.” Número ventiocho, seguir el camino, decía un viejo letrero.

Benito enfiló aquel sendero que penetraba entre los árboles. El viento soplaba, hacía frío, y no veía el momento de llegar a la casa de Nancy. Ya no le importaba si era víctima o asesina; en la cabeza de Benito ya no había lugar para otra cosa que el ansia de calentarse junto a una chimenea.

¿Qué había pasado? ¿Qué estaba haciendo allá? De no ser por el frío y por los dos kilómetros que le separaban del pueblo más cercano, quizás hubiera vuelto atrás. Pero ya no, hacía demasiado frío, ahora había que seguir, además ya casi había llegado…seguir pese al miedo, sí miedo, porque miedo da todo aquello que no entendemos, aquellas situaciones en las que las circunstancias parecen elegirnos a nosotros y no nosotros a las circunstancias. ¿Qué maldita secuencia le había llevado hasta aquel Lastday Hills número 28? ¿Qué hacía un economista, uno que siempre había sido buen estudiante y buen hijo; uno que algún día sería un buen marido, de Judy; uno cuyo único pecado había sido desayunar diariamente en una tienda de libros, por mucho que aquella tienda de libros estuviera adosada a un restaurante; que hacía en medio de un campo blanco que ahora era negro, helado, solitario, oscuro…qué hacía? No lo sabía y ahora tenía miedo. Porque ahora pensaba, porque ahora se sentía débil y exhausto tras una noche en vela. Miedo. ¿Y si le mataban? Nancy o el marido, no importaba…¿Y si ya nunca más era un buen hijo; y si ya nunca más era un buen economista; y si ya nunca más desayunaba en un restaurante con tienda de libros? ¿Y si ya nunca más se convertía en un buen marido? ¿En un buen padre…? Había que volver atrás, debía escapar…pero hacía demasiado frío. Ya había llegado demasiado lejos. Miró hacia adelante y vio un coche, el coche de Nancy…En la casa las luces estaban encendidas. La sonrisa de Nancy volvió a su mente; “será un placer,” le decía.

Entonces Benito comenzó a reír, y se rió como hacía tiempo que no lo hacía; ¿qué clase de locura era aquella que le había impedido darse cuenta de la realidad? Nancy, la fea, vieja y sesentona Nancy de cada día, aquella que pese a su edad se seguía tiñendo el pelo de rubio, como una Marilyn cualquiera, la misma que había perdido a su John en la guerra, esa que había tenido un marido fruto de un matrimonio que “por suerte” ya acabó, le había invitado a su casa, a él, a Benito, un atractivo e inteligente joven de veintiocho años, cuya carne era como quizás la de Nancy fuera en su día: dura y joven. Como ya nunca más sería. Benito se rió de sí mismo.

“Y yo que imaginaba misterios…Es curioso como la literatura puede dominar nuestra mente…¡Hasta llegué a creer que Nancy había tirado a propósito el libro de Poe! ¡Y todo lo que quiere es hacerme el amor! Simple, aburrido y maravilloso mundo…” se dijo finalmente, con ese alivió propio de los que son conscientes de que acaban de perder una emoción, pero, a cambio, ganado una vida.

No, no había porque ponerse nervioso; Nancy era una mujer agradable y, por mucho que sus intenciones fueran diferentes, seguro que disfrutaría de una tarde de entretenida conversación. Además, ¿quién le decía que aquello no era todo lo que ella quería? En este mundo hay mucha soledad y quizás esta sería la primera tarde libre en mucho tiempo que Nancy no pasara sola. Para comunicarse, para escaparse de sí misma por unas horas…no, no había porque dudarlo: le había invitado a pasar una tarde conversando al lado de una buena estufa y una taza de té caliente. No había ni marido, ni crimen, ni había tirado el libro a propósito, No, tampoco había pensado en irse a la cama con él (algo que a Benito, sólo de imaginarlo, le provocó nauseas.) Lo único que había habido es una increíble sucesión de casualidades y su mente, siempre activa, unida a su normalmente aletargada imaginación, había sido la presa perfecta para el demonio de la literatura; aquel que, como él ya sabía y ahora comprendía, había vuelto locos a tantos. Bueno, por lo menos, pese a todo, había hecho una amiga, una que en condiciones normales nunca hubiera pasado de ser la sonrisa-interesada-en-busca-de-propina de las mañanas. Y eso le alegraba, pues le hacía darse cuenta de que tras la gente, tras todos esos que creemos que nos sonríen porque esperan aprovecharse de nosotros, con los que nos relacionamos porque no nos queda más remedio y que a su vez se relacionan con nosotros porque tampoco ellos pueden elegir, hay personas, gente sola que, como Nancy, buscan a alguien con quien hablar, alguien que vaya a su casa, a esa casa que está tan lejos de la ciudad y que nadie visita, a tomar una taza de té. De té caliente. Bendito Poe, que le había ayudado a descubrir todo aquello.

Llegó a la casa. En su interior, entre la oscuridad, sólo se veían unas extrañas luces que se movían, que cambiaban, que se apagaban de repente y se volvían a encender. Aquello alarmó momentáneamente a Benito, como también lo hicieron las muchas voces que, como truenos entre el silencio del campo, retronaban en sus oídos. Era el televisor. Aliviado, se rió de su estupidez, echándole de nuevo la culpa a Poe y maravillándose, una vez más, de lo que la literatura puede hacer en el cerebro humano. Unas cuantas páginas le habían convertido en un ser asustadizo y fácilmente perturbable. Sonrió. Sin darse cuenta se había convertido, por un segundo, en un Usher, por un segundo todo le había dado miedo. Claro que, por suerte, aquello era sólo pasajero y tras diez buenas horas de sueño volvería a ser el mismo Benito de siempre. Y mañana compraría un libro de MIT. Llamó a Nancy. Nadie contestó, así que probó de nuevo.

—Nancy, soy yo, Benito, su cliente de las mañanas…

Ahora sí que oyó la voz de Nancy, quien, con voz afónica, que Benito atribuyó a que debía de haberla despertado, le contestó alegre:

—¡Benito! ¡Cómo me alegro de que haya venido usted! ¡Que alegría!—la voz dejó de oírse por un momento—Pero pase, pase, se debe usted estar muriendo de frío. La puerta del garaje está abierta, yo bajo ahora mismo. Espere que le encienda la luz…

En la planta baja se encendió una luz. Alegre, pues por fin iba a escapar del frío, Benito se acercó a la puerta, que, tal y como le había dicho Nancy, no estaba cerrada con llave. Mientras la abría, oyó la voz de Nancy, acompañada de unos pasos que bajaban, y golpeando una escalera que, por el ruido, debía ser de madera.

—Que bien, que bien, como me alegro, como me alegro…—decía la voz de Nancy—Mire que yo ya tenía un presentimiento…Nada más irme del restaurante, cuando me ha sonreído, me he dicho “seguro que este joven tan simpático no miente cuando dice que te va a hacer una visita Nancy…” ¡Y ya ve que no me equivocaba! Tengo té y galletas.”

Benito entró en el garaje. Había muy poca luz y, en un principio, no pudo distinguir ninguno de los objetos que lo abarrotaban. Se abrió otra puerta, la de la escalera, iluminando de repente la estancia. Benito vio aparecer la figura de Nancy:

—Hola…—dijo antes de quedarse repentinamente callado.

Estaba desnuda, totalmente desnuda, asquerosamente desnuda. Sus pechos, secos desde hace años, décadas, caían de manera horrorosa sobre su arrugada barriga. Era lo más horrible que había visto en su vida. No pudo soportarlo y enseguida apartó la vista, yendo ésta a chocar con los demás objetos de la habitación: una lavadora, una nevera vieja, un cortador de césped…

Mientras tanto, ella le decía:

—¿Por qué no me miras? ¿Es qué crees que puedes elegir? Lo quieras o no tus manos van a tocar mi cuerpo y las mías el tuyo…

Sonó un fuerte golpe; era la puerta del garaje, la cual Nancy, apretando un botón que estaba junto a la escalera, acababa de cerrar. Benito miró hacia atrás, a la puerta cerrada, y sin comprender todo aquello, asustado, volvió a mirarla a ella. Sólo por un instante, porque de nuevo no pudo soportarlo y ahora volvía a mirar a su alrededor: un viejo horno, una bicicleta oxidada, un oso de peluche que en otro tiempo debió ser negro pero que ahora, envejecido por el polvo, había crecido canas…

—¿Es qué crees que el que se cayera ayer el libro fue una casualidad? ¿Qué mis guiños lo fueron? Sabía que no tenía más que excitar tu imaginación y que caerías en mis manos, tal y como tantos han caído antes que tú. Sois todos iguales, toda vuestra vida sin utilizar la imaginación y al final no sabéis defenderos de ella. Un libro…una noche ha bastado…

Una estantería (llena de libros de misterio), un viejo equipo de música, un sillón de orejas roto…

—¿Creías que había un misterio? Te lo pude ver en la cara esta mañana, nada más entrar en el restaurante.

Vajilla, tenedores, cuchillos, un cuadro, una lámpara sin bombilla…¡un ataúd!

Impresionado ante aquel hallazgo, Benito averiguó algo que nunca hubiera podido imaginar: que era propenso a tener ataques de catalepsia. Mal momento para darse cuenta…

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En Cuba


Hace ya unos meses que me mudé a Cuba. El mar, la arena blanca…ciertamente hay mil razones para vivir en Cuba. Por las mañanas me gusta coger el saxofón e irme al paseo marítimo de La Habana y allí me paso horas y horas, días y días, tocando, y miro a las chicas pasar y pienso, de verdad que lo pienso, que es una pena que no todos se vengan a Cuba. Y es que ya lo decía mi abuelo, a quien “le gustaba por la mañana, con el café bebido, pasearse por la Habana, con un cigarro encendido.” A él, antes de ser el anciano que recuerdo y que conocí en los primeros quince años de mi vida, también le gustaba vivir en Cuba. O eso al menos me dicen. Me lo dicen los demás de mi familia, todos esos a los que nos les gusta vivir en Cuba. Como mi padre, que trabaja para evitar que la gente venga a Cuba.

Si pudiera cambiarme por alguien me cambiaría por Charlie Parker. Pero yo no me moriría drogado en Nueva York, porque yo hubiera cogido mi arte y no me lo hubiera llevado a París, ni tampoco a California…no, yo me hubiera ido lejos, muy lejos, lejos de Harlem, lejos muy lejos, donde nadie me pudiera venir a buscar. Y desde allí, desde Cuba, desde lejos, muy lejos, es desde donde les hubiera regalado mis dedos de ángel, mis pulmones de superhombre. Y hubiera vivido más de treinta y cinco años. En Cuba.

Pero yo no soy Charlie Parker, entre otras cosas porque me llamo Harry Hernández Jr., y no nací en Kansas City, sino en Washington D.C., donde mi padre es miembro del Congreso de Estados Unidos. Él me prohibió terminantemente que viniera a Cuba, me dijo que hay que esperar a que se muera “noséquien,” (el mismo que echó a mi abuelo), para que así, con “noséquien” muerto, ya podamos entrar en la isla y comprarlo todo a precio de saldo. No, eso no me lo dice mi padre, porque mi padre siempre habla de otras cosas, como la democracia, los derechos humanos y cosas por el estilo. A mi no me importa llamar a las cosas por su nombre porque, desde que vivo en Cuba, he desarrollado ideas propias, que sin embargo prefiero no manifestar, ya que cuando lo hago me sacan de Cuba, me devuelven al mundo de mi padre y de todos los que son como mi padre. De todos los que están fuera de Cuba.

—¡Harry Hernández!

Aquella voz me sacó de Cuba por unos minutos.

—Sí, profesor—contesté tímidamente, en tono casi inaudible, aún algo confuso tras tan inesperado y traumático regreso.

—¿Está Harry Hernández en clase?

—Sí, profesor, estoy aquí…—repetí, esta vez en voz más alta, lo cual es corroborado por el hecho de que esta vez me oyó.

—Ah, señor Hernández, perdone, no le había oído…Por favor, pase por mi oficina después de clase.

—¿Después de esta clase?

Ante aquella pregunta algunos de mis compañeros se rieron. Me extrañó, pues yo no era consciente de haber dicho nada gracioso…aunque quizás sí lo había dicho…no, no lo había dicho, tal y como se encargó de confirmarme el señor profesor. No es lo mismo, aunque a veces parezca igual: había dicho una tontería.

—¡Claro que después de esta clase! ¿De cuál sino?

No lo sabía. En realidad no sabía nada, tan sólo que tenía que ir a ver al profesor tras aquella clase y que, pues acababa de comenzar, quedaban más de cincuenta minutos para su final. Más de cincuenta minutos para irme a Cuba.

Desde mi silla, recostado ligeramente sobre el pupitre, y con cara de haber trabajado muy duro durante el día, me dije que me merecía un descanso. Era el momento de tomarse una copa.

“Pascual. ¡un HH!”

La taberna de Pascual, ¡quien no conoce la taberna de Pascual! Aquí se beben los mejores cocktails de Cuba. Le pedí un HH, mi bebida favorita y bautizada en mi honor. El HH esta compuesto de ron y de muchas otras cosas que Pascual sabe que me gustan.

“Hola muchacho,” me dijo Pascual.

“Amigo Pascual, ¿cómo estamos esta noche?”

“Muy bien…¿Cómo van esas composiciones de jazz? He oído que te estás haciendo muy famoso en tu país…”

“Cierto…”

Seguí ésta afirmación de un comentario increíblemente ingenioso, del que ahora la verdad es que no me acuerdo muy bien, pero que a buen seguro el escritor de alguna de mis biografías se encargó de apuntar.

“¿No crees que ya va siendo hora de que regreses?”

“¡Nunca! Con lo que me costó escapar. Ahora estoy en Cuba, ¡en Cuba!”

“¿Sabes que dice la ley del mar…?”

“Que todo hombre debiera vivir rodeado de muchos litros de agua, de playa y de sol, porque sólo así la vida es soportable.”

—Señor Hernández, ¿sería mucho pedir que me contestara hoy?

—Perdón…

—Le he preguntado por la ley del mar…

—Que todo hombre debería vivir rodeado de muchos litros de agua, de playa y de sol, porque sólo así la vida es soportable.

—¿Se está usted riendo de mí?

—No…¿por qué? Yo no me río…—y viendo que era el único que no lo hacía, pues el resto de mis compañeros se estaban desternillando—…son ellos los que se ríen.

—Se ríen de la estupidez que acaba de decir.

—Lo siento señor profesor, pero esa es la única ley del mar que se me ocurre…

—Yo no quiero que se le ocurra la ley del mar, quiero que la sepa. ¿Y sabe usted cómo la puede saber la próxima vez?

—No.

—Estudiando, señor Hernández. Hablaré con usted después de clase…Y no hace falta que me pregunte “si después de esta clase.”

Desde luego, es cierto eso de que los profesores están para aclarar las dudas, pues el señor Smith, doctor en Derecho Internacional y profesor de dicha materia en la universidad de Jorgeciudad, me había resuelto la mía antes incluso de poderla formular. Después de “esta” clase. Eso me daba veinte minutos más para irme a Cuba.

“¿Quieres que os toque algo, Pascual?”

“¿Llevas contigo el saxofón?”

“Siempre, siempre…Es como una parte de mí. No, más que eso, mucho más…Pues no es una parte cualquiera, sino la que me deja ser quien soy, la que me da una identidad. Y si Dios no me dio el saxofón al nacer, de la misma forma que me dio un brazo o una oreja, es porque Dios nunca nos pone en el cuerpo aquello que nos convierte en quien somos, sino que nos lo escribe en el alma, para que así podamos encontrarlo. Y yo encontré a mi saxofón…Míralo, aquí está.”

“Pues toca mi hijito, toca…”

No les puedo describir en palabras como sonaba aquello, porque si las palabras por lo general no alcanzan a describir los sonidos, mucho menos las melodías de Cuba. No, no hay manera de describir como toqué Just Friends, o como…Imagínenme, alto, esbelto, con mi cabello negro como el carbón engrasado hacía atrás y un pequeño pequeño bigote que ensalzaba mis masculinas facciones. Mis carrillos se hinchaban cada vez que me disponía a regalarle un trozo de alma al aire—un trozo de aire al alma–el cual volaba y tras por el camino juguetear con las mesas y sillas de la taberna, incluso con las botellas, entraba acariciando los agradecidos oídos de Pascual y de sus clientes. Un HH se tomó por el camino mi trozo de aire. Just Friends. Ese es el único tipo de arte que merece que nos esforcemos, el que comunica, el que dice lo que no sabemos decir de otra manera. Just Friends.

—¡Señor Hernández! ¿Sería mucho pedir que dejara usted de cantar?

—¿Perdón?

—Ya sé que probablemente su intención sea la de alegrarnos un poco el día y hacer este aula un poco más agradable…pero aún así, le agradecería que dejara de cantar.

—No estaba cantando.

—¿Cómo?

—No estaba cantando.

—¿Se atreve usted a llamarme mentiroso?

—No le he llamado mentiroso…

—Usted ha dicho…

—…que no estaba cantando.

—Señor Hernández, todos le hemos oído. Usted cantaba.

—¿De verdad? Vaya, que extraño, yo hubiera jurado que estaba tocando el saxofón.

—Señor Hernández, se está usted pasando…

—Perdón, de verdad que lo siento. De verdad que no era mi intención cantar. Creamé, yo quería tocar el saxofón.

El profesor miró al cielo y en él buscó la paciencia para no mandarme a cierto lugar, el cual, dicho sea de paso, no está en Cuba. Creo que incluso intentó comprenderme…¿pero cómo iba a hacerlo si él nunca ha estado en Cuba? Claro que ese era su problema, no el mío. Y es que en realidad yo no tenía ningún problema, o al menos no de momento, no en los próximos diez minutos, en Cuba.

Y cual sería mi sorpresa cuando me vi que Pascual, ese Pascual que llevaba más de dos años sirviéndome copas con su agradable sonrisa, sabía tocar los timbales. Le miré con cara de extrañeza, “¿tú Pascual?” Él me sonrió una vez más. Cambié de pieza, ahora era Mangue Mangue. Vaya pareja, aquello, amigos, ha sido una de las cosas más grandes que ha visto el jazz en su historia. Pascual-y-Harry-Hernández-en-la-taberna-de-Pascual-tocando-Mangue-Mangue, que gran momento, y se perdió, como se pierde todo aquello en lo que el hombre, por suerte, fracasa en su increíble manía de conservar, de guardar, de grabar y de revivir…Bien, yo he revivido miles de veces a Monk y a Parker en Birdland, a Davis y a Coltrane, a Coltrane y a Monk…, pero sólo yo, yo y Pascual, junto a unas decenas de clientes, de amigos, vivimos aquel momento. Y es tan bonito vivir, tanto que, de repente, revivir parece morir; por mucho que uno pueda revivir genialidad y sin embargo sólo vivir humanidad. Sí, vivir siempre será más bonito. Claro que sólo viven los que aprenden a revivir, sólo son humanos los que aprenden a apreciar a los genios. Y he dicho apreciar, no idolatrar; a revivir su arte, no a utilizarlo de adorno, porque el arte no es un sombrero, o una nueva permanente, el arte no está para adornar a las personas sino para crearlas. Sin arte no habría hombres, sin mujeres no habría arte; sin arte el mundo pertenecería a todos aquellos que viven fuera de Cuba. Sí, sería suyo…O quizás ya lo sea. A todos esos que jamás han aprendido a revivir y que por eso no saben vivir, a todos esos que, porque siempre hablan de futuro y nunca miran al pasado, nunca sabrán crear presente. Ellos sueñan el pasado, para que parezca como hubieran querido que fuera, y miran, examinan, marcan y escrutan el futuro. En Cuba, por el contrario, lo que soñamos es el futuro, pues hemos aprendido a revivir el pasado—incluso a examinarlo, marcarlo y escrutarlo—para así vivir, aunque sea sólo por unos segundos, el presente. Y en mi presente, en ese que ahora es pasado y que para ustedes revivo desde ese futuro que ahora es mi presente, vivía, sí, vivía de verdad…Con Pascual y Mangue Mangue. No, ya no me quejaré nunca más por no haber nacido años antes y haber vivido todos esos momentos que no he podido sino revivir, ya no me quejaré porque, de haber nacido entonces, nunca hubiera vivido aquel momento en la taberna de Pascual. Y de no haberlo vivido nunca hubiera existido y el existir era la única manera en la que podía llegar hasta ustedes, porque nadie lo grabó y por tanto es imposible revivirlo. Sólo vivirlo. Vivirlo en Cuba. Bienvenidos a Cuba. Y hablando de vida, mi amiga está otra vez entre el público. No importa donde o cuando toque, que mi amiga estará allí. En la taberna de Pascual o en el Tropicana, donde toco cada medianoche, basta que suenen un par de notas y una luz, dos luces, las de sus ojos, aparecen como dos lunas en un cielo de estrellas. Y ya sé que ella está otra vez conmigo.

—Señor Hernández, ya sabe que quiero verle en mi oficina.

—Si, sí, claro…

Vaya hombre, ya la he hecho. No sé porque, pero las autoridades políticas de la isla no me dejan en paz. Creo que sospechan que soy hijo de su gran enemigo Harry Hernández Sr., el senador por el estado de Florida que tanto ha hecho por evitar que la gente venga a Cuba. Y no importa las veces que les diga que no es cierto, que les mienta y les asegure que, en realidad, soy hijo del propietario de un restaurante cubano de Miami: “¡de Kendall!” Meses llevó intentando convencerles y siguen sin creerme. Al menos una vez por semana me interrogan, entran dondequiera que yo y mi saxofón nos encontremos y me gritan: “¡a la oficina!” Y sé que eso significa que siguen creyendo que soy un espía. ¿Yo un espía? Vaya tontería. Una y otra vez me sacan de mi sueño de jazz para recordarme que Cuba es algo más, algo más de lo que prefiero no hablar. Algo muy feo. Al principio me escoltaban, no se fiaban de que verdaderamente fuera a presentarme en las oficinas gubernamentales, pero tras un tiempo y tras comprobar que nunca intentaba escaparme tras una de sus notificaciones sino que, por el contrario, me presentaba puntualmente allá donde ellos me indicaran, dejaron que fuera yo solo. Me decían la hora y el lugar. Y a esa hora y en ese lugar yo me presentaba.

Entre pasillos llenos de gente me abrí paso. La gente estaba callada y todos parecían tener prisa por llegar a algún lugar. También yo, pues me dí cuenta de que también yo estaba callado y también tenía prisa por llegar a algún lugar. Que diferente parecía todo, que diferente al resto de la isla, que diferente a dos minutos atrás cuando me encontraba tocando Mangue Mangue con Pascual ante la tierna mirada de mi amor secreto. ¡Cómo se pierden los momentos y cómo nos perdemos nosotros con ellos! De repente todo cambia y ya no reconocemos a la persona que entonces vivía en nuestro cuerpo. En la taberna de Pascual podrían haberme hecho cualquier cosa, cualquiera, que no me hubiera importado, porque en mi cuerpo vivía un ser que tocaba jazz y al que todo le daba igual. Ahora ya nada daba igual. Ahora estaba angustiado, no por que me fueran a quitar lo que más me importaba, la música, pues nadie podía hacerlo, sino por el mero hecho de que fueran a intentarlo. ¿Por qué? Aquel miembro del gobierno lo iba a intentar…¿qué le había hecho yo? ¿Sólo tocar el saxofón y tener el nombre equivocado?

—Señor Hernández, debo confesarle que estoy muy preocupado por usted…No, no me interrumpa…—me dijo él—Sabe que me une una gran amistad con su padre, que estudiamos juntos en la universidad y que yo mismo le recomendé a usted para que fuera admitido en Jorgeciudad. Pero usted era entonces tan diferente. Le recuerdo como a un muchacho ambicioso, callado, trabajador…consciente de lo que cuesta el triunfo y dispuesto a conseguirlo. Sólo dos años han pasado y me cuesta reconocerle, señor Hernández. No estudia, no presenta a tiempo los deberes y su presencia en clase no es más que eso: presencia. Ya sé que estas edades son difíciles, que la incertidumbre ante el futuro, unida a las muchas cosas que siempre pasan en la vida de un joven, pueden hacer que perdamos el rumbo…He de reconocerle que, además, yo le entiendo de manera especial, pues yo también fui un joven inquieto, preocupado por muchas cosas que nada tenían que ver con mis estudios. También yo fui rebelde. Recuerdo que una vez incluso me olvide de entregar un ensayo…¡Así de inmerso estaba en las manifestaciones contra la guerra del Vietnam!

—Siempre los malditos americanos, le entiendo…

—¿Perdón?

—Le decía que siempre los malditos americanos, metiéndose donde nadie les llama.

—Bueno, señor Hernández, lo que acaba de decir no tiene nada que ver con lo que estábamos hablando…—el miembro del gobierno pausó por un momento—si bien no puedo sino pedirle una explicación…

—Es lo que pienso. Aunque no me lo tome en cuenta, no lo digo para agradarle, porque la verdad es que no me importa lo más mínimo donde se metan los americanos mientras no se metan en mi vida.

—No le entiendo…¿acaso no quiere usted a su país? ¿Y por qué me dice eso de agradarme? Yo quiero a mi país…De acuerdo que toda gran nación comete errores pero…

—¿Lo dice por lo de los rusos?

—Sí, también por eso, como parte implicada nos corresponde una parte de la culpa pero…

—No se excuse, entiendo que los negocios son lo primero.

—Es cierto que la guerra fría fue un negocio…pero no creerá usted que eso fue todo…que no había algo más, una ideología, una causa…

—Ni lo sé ni me importa. Además, ya le he dicho que no les condeno por ello.

—¡Pero usted no puede hablar así! La verdad, no sé que pensaría su padre en caso de oírle…

—¿Mi padre el dueño del restaurante cubano?

—¿Así le llama? ¡Ja! Más respeto debiera mostrar por él…su padre ha sido un hombre que ha trabajado muy duro.

—Desde luego que sí. Se pasa el día friendo arroz y tostones. Desde la seis de la mañana a las diez de la noche.

—Su padre ha hecho mucho por su país y debiera agradecérselo.

—Mire amigo mío…Le he dicho mil veces que mi padre, el Harry Hernández Sr. que aparece en mi pasaporte, no es el hombre que usted cree. Mi padre es el dueño de un restaurante cubano, no el senador que tantas perrerías les ha hecho en los últimos años a sus compatriotas. Mi padre no tiene nada que ver con ese Harry Hernández que está intentando matar de hambre a la gente de su propia tierra para así poder comprar más barato cuando se muera el señor de la barba. No, no, nada de eso. Ya se lo he dicho, mi padre es el dueño de un restaurante cubano.

—Habla usted como un comunista…

—Pues no lo soy. Ni socialista, ni fascista, derechista o falangista, nihilista, malabarista, o callista. Eso sí, le reconozco que un poco cuentista…La verdad, me da todo igual, eso es lo que han conseguido toda le gente como mi padre, todos esos que son como mí país, proclamando unos objetivos pero escondiendo sus verdaderas razones para conseguirlos. En el mundo hay democracia, hay libertad, hay comprensión entre las razas, o eso dicen al menos, y sin embargo nunca ha habido un sociedad cuyos miembros fueran tan insoportablemente cínicos y discriminatorios. Una sociedad de amor que odia por dentro. Claro que a mí todo eso no me importa. Sólo les pido que no me contagien.

—¿Y qué hace al respecto? ¿Qué hace para solucionar todos esos grandes males? Además de quejarse, claro está…

—Vine a Cuba, ¿no es eso suficiente?

—¿Se está usted riendo de mí?

—¿Por qué iba a hacerlo? Lo único que quiero que le quede claro es que no me importa su maldito gobierno, ni su señor de barba, porque mi padre es el dueño de un restaurante cubano y, en comparación con lo que he dejado atrás, su maldito señor de la barba…Mire, le voy a ser sincero, su señor de barba ojalá se muera pronto, pero he de reconocerle que al menos es alguien que ha vivido acorde a algo. Le seré más sincero aún, su señor de la barba es un cerdo, un idiota, un vano al que le han sobrado muchos años de vida, pero que ha tenido la suerte de que gente como mi padre le hayan hecho aparecer como el bueno de la película. Sí, son gente como mi padre los que han hecho feos los ideales bonitos, los que a base de instaurar democracias por conveniencias han hecho que hasta la democracia dé asco. Esos y los terroristas que, con la tranquilidad de los que se saben jugando con ventaja, hablan con armas en tiempos de paz. Eso de querer conquistar ideales con las armas, o incluso poder, hubiera estado muy bien cuando el enemigo estaba armado, cuando uno mataba y se exponía a que a cambio le matasen. Pero ahora no…ahora es de cobardes. Tambien ellos han hecho que la democracia me dé asco…Y es que los hay que por no merecer no merecen ni voz. O todos esos que hacen lo correcto, dicen lo correcto, pero cuya alma no vale nada, todos esos que no llamarán maricones a los homosexuales, ni negros a los “afronosequé,” pero que si de ellos dependiera los meterían a todos en una gran hoguera. Sí, también ellos…

—Señor Hernández, me temo que no entiendo de que está usted hablando…

—¿Quiere un ejemplo? Le voy a contar el de un amigo mio. Es un buen chico, de una importante y respetable familia católica. Él también vota y él también dice que la libertad es importante. Su familia controla un país cuyo nombre no viene al caso. Tiene bancos, escuelas, poder en el gobierno…Un día su familia decide que no es suficiente con hacerse ricos a base de explotar a los pobres y que, siendo los negocios tan fáciles, porque no hacer algo más. Le piden un prestamo al gobierno, el cual el gobierno les concede pues ellos lo controlan, y al día siguiente deciden llevarse ese dinero y mucho mas a su banco de Miami. Así de fácil. Llevarse el banco, ¿quién dijo que los negocios eran difíciles! “Tú me das dinero y yo me lo quedo.” Quinientos millones de dolares. Que bien. Y después esos serán los que dicen que no vuelven a su país porque la situación es complicada, o los que compraran poder dándole dinero a grupos como el que lucha contra su señor de la barba. La verdad, como ya le he dicho, entre todos están haciendo que hasta le tenga simpatía. Y no debiera.

—Mire señor Hernández, no sé porque me dice eso ‘de mi señor de barba…’ y si es una ironía refiriéndose al presidente de nuestra universidad, he de decirle que no le veo la gracia.

—No ha sido mi intención faltarle al respeto.

—Entendido. Mire, no voy a decirle que el mundo sea justo, y a mí tampoco me gusta que pasen esas cosas de las que usted me está hablando. Pero déjemonos de grandes causas, las cuales no vamos a poder resolver de todas formas, y concentrémonos en las que sí podemos hacer algo por mejorar. Como la suya. Es usted quien me preocupa. Está bien, olvidémonos de su padre, cuya mención veo que prefiere usted evitar, y también de la amistad que me une a él…

—Le debe gustar el arroz con tostones…

—Sí, supongo que sí. Bueno, olvidémonos ahora del senador…mejor dicho, del propietario del restaurante cubano…

—Me parece justo, pues, como quizás ya sepa usted, el propietario del restaurante cubano se olvida de las personas en cuanto dejan de serle útiles.

—Nunca se ha olvidado de mí.

—Señal de que usted le es útil todavía.

—Me parece, señor Hernández, que juzga usted muy a la ligera una amistad que se remonta ya a más de treinta años. Conozco bien a su padre…

—Sí, supongo que mejor que yo.

—Yo no he dicho tanto.

—El que lo dice soy yo. Efectivamente, le conoce usted mejor que yo, mucho mejor que yo…al propietario del restaurante cubano…No me cabe la menor duda. Eso demuestra que yo tengo razón. Supongo que a mí nunca me ha necesitado.

—Me horroriza oírle hablar así de alguien que siempre se ha desvivido por usted.

—Usted lo ha dicho: se ha desvivido. Una pena que nunca se le ocurriera vivir por mí.

—Es usted injusto.

—No lo niego. Pero usted también lo es. Si bien la diferencia es que usted me obliga a ser víctima de sus injusticias, mientras que yo no le obligo a ser víctima de las mías. No olvide, señor de la oficina de emigración, que es usted quien me ha llamado.

—Veo que esta conversación no nos lleva a ninguna parte. Mira Harry, voy a serte sincero, corres riesgo de ser expulsado de la universidad. Todos tus profesores se quejan de ti, dicen que te tomas a broma las clases, y si te he llamado es con la esperanza de que entraras en razón…A ninguno de nosotros, incluido al presidente de la universidad, le gusta la idea de expulsar al hijo de uno de los senadores más importantes del congreso de los Estados Unidos…

—¡Pero si ya le he dicho que mi padre es el dueño de un restaurante cubano en Miami!

—¡Basta ya de tonterías! Mira Harry, te conozco desde que ibas en pañales, y te voy a avisar por última vez. A la próxima te vas de aquí. Punto. Y no será conmigo con quien trates la próxima vez sino con…

—¡Con el señor de la barba!

—No creo que a nuestro presidente le gustara esa broma tuya acerca de su barba.

—¿Broma? ¿Acaso la barba es postiza? ¿No verdad? Entonces, no entiendo porque se iba a ofender.

—Veo que no sirve de nada. Bien, allá tú, Harry. Sólo te aviso de que no sigas contando conque te vaya a salvar el ser hijo de quien eres hijo. Todo tiene un límite y tu padre sabe que hemos hecho todo lo posible por devolverte al camino adecuado…Que no podemos permitir que te saltes las reglas constantemente…

—Mire señor de inmigración…

—¡Decano Smith, si no te importa!

—Mire señor de Inmigración, Decano Smith. Aunque a veces pueda parecerle lo contrario, yo no he venido a este lugar a saltarme las normas. No, de verdad que no. He venido a Cuba a aprender y a vivir: a educarme. Y si una persona que intenta educarse choca contra las normas, eso significa que las normas no son las adecuadas. Ya sé que están ustedes muy orgullosos de su talentoso grupo de estudiantes, que muchos de ellos algún día serán, al igual que mi padre, dueños de restaurantes cubanos. Pero eso no tiene nada que ver con educación. Mi padre, pese a sus dos carreras, su máster y doctorado, tiene menos educación que un campesino…Educación es madurar como persona y gracias a ello progresar en la sociedad, y no, tal y como ustedes parecen promover, progresar en la sociedad escondiendo que en realidad no se ha madurado. Sus estudiantes son niños al llegar y niños al irse, siendo la única diferencia que, tras cuatro años, saben esconder a los ojos de los demás sus infantiles debilidades. Y recitar a Whitman a la vez. Y es que nadie dijo que uno deba dejar de ser niño para triunfar…Pero la educación no es eso, debido, entre otras cosas, a que la educación nada tiene que ver con el triunfo. Querido señor de Inmigración, amigo Decano Smith, Decano, vaya un nombre bonito…con mis cientos de defectos, con mis mil errores, creo que yo estoy dándole el verdadero valor a esta isla, el valor que se merece, y no aquel que le dan la mayoría de sus demás habitantes y que sólo piensan en llenar sus curriculums. ¿Las normas no están hechas para mí sino para ellos? Entonces chocaré contra las normas y, si es necesario, y con todo el dolor del mundo, aceptaré mi expulsión de la isla…Pero nunca me iré. Tengo derecho a estar aquí y será su estupidez la que me robe ese derecho. Si algo soy es terco, ¿qué le voy a hacer?

—Señor Hernández, todos sabemos de su poca disposición al trabajo…

—No, de eso no sabe usted nada.

—Su padre me lo ha comentado más de una vez…

—Mi padre cree que todo lo que no sea hacer arroz con tostones no es trabajo.

—¡Abandono! Veo que hablar con usted no lleva a nada. Buenos días, señor Hernández, espero que recapacite.

—¡Recapacitar! Sí, claro que recapacitaré…Por desgracia es parte de mi naturaleza. Pero no espere ningún resultado positivo; la futilidad de todos mis actos también es parte de mi naturaleza. Buenos días, señor Decano Smith.

Esta fue la deliciosa e instructiva charla que tuve con el jefe de la oficina de emigración, el muy honorable Don Decano Smith. Ni que decir tiene que ésta me causó un gran efecto; tanto que, en los siguientes veinte segundos, me fue imposible pensar en nada más. ¿Veinte? ¿Qué digo veinte? Quizás fueran incluso treinta. Sí, treinta segundos me costó sobreponerme a la influencia del señor Smith, a su elocuencia, a su intensa mirada, a la majestuosa manera en la que se restregaba la mano por la nariz. Sí, todo era poder en Don Decano. Todo era fuerza.

Si algo influyó en que me pudiera librar del recuerdo de aquellas palabras, del poder de aquella mirada, fue el que poco después me volvía a encontrar en el exterior; al amparo del cielo, acariciado por el sol y en un precioso día de primavera. No, en el cielo no había ojos de Decanos, ni siquiera dueños de restaurantes cubanos. Hablando de tostones, al comprar el periódico, el cual curiosamente era el Washington Frost, lo cual, supongo que demostraba que no era cierto eso de que el señor de la barba vetara la entrada de noticias del extranjero, me sorprendió ver a mi padre, a mi querido padre, en la portada del mismo y anunciando, como no podía ser de otra forma, que los tostones en la isla debían ser, y sin falta, cada vez más escasos.

“Hay que Endurecer el Embargo.” rezaba el titular.

Y la verdad es que poco tenía de extraña aquella manía de mi padre de racionar los tostones pues, como saltaba a la vista, éstos le eran cada día más necesarios si quería impedir que su expansivo cuerpo, especialmente en la zona abdominal, muriera por falta de cuidados. No había que jugar. Era necesario que todos los tostones se quedaran en casa, pues de lo contrario el estómago de mi padre podía morir por desnutrición. ¿Qué era aquella locura de mandar ayuda a los cubanos? No, había que ponerse duros, pues su líder parecía gozar de buena salud y si su líder gozaba de buena salud era señal de que todos los cubanos también gozaban de ella, así que no había razón para temer que la gente se muriera de hambre. Uno no tenía más que mirar al señor de la barba, con sus pelos tiesos y mofletes rechonchos, con su perfecta silueta de deportista; ¿no es un líder el estandarte de su pueblo?; ¿cómo temer por el pueblo viendo la perfecta salud del señor de la barba? Además, incluso de ser cierto aquello de que la población estaba pasando por ciertos apuros económicos, siempre había la opción de que las mujeres se ganaran la vida acostándose con los turistas y siempre habría viejas ricas que viajaran a la isla para premiar con sus encantos, líquidos encantos los suyos, a los guapos cubanos. Sí, la economía florecía en la isla, así que para qué preocuparse. Lo importante era evitar que los tostones siguieran alejándose del estómago de mi padre.

Además, como rezan las “Coplas (mientras se espera) a la Muerte del señor de la Barba:” Una Copla en verso,

si se morían

que se muriesen,

si no tenían dinero

que no lo tuviesen,

pues algún día,

o al menos eso parece,

el señor de la barba se moriría,

ojalá se muriese,

y con sus tostones mi padre podría…

Y otra en prosa,

“…cantando canciones de democracia y conciliación, comprar terrenos y casas, incluso playas y gente. Y sería como pagar con tostones, como si el dinero fuera de mentira; un monopoly gigante, con mar y con personas, un mar sucio y lleno de bronceador y unas personas que llevan décadas vendiendo su alma al diablo. Y sus cuerpos a los turistas. Así que no hay porque preocuparse por ellos, que les haremos un favor al comprarles a precio de saldo y enseñarles a destrozar el idioma en esa deliciosa forma que llevamos décadas perfeccionando en Miami.”

Hablando de mi padre, aquella mañana me tocaba reunirme con su expansiva anatomía. Al verle, temí que estuviera pasando por algún problema de salud, pues su estómago había disminuido de manera notable. Asustado, nervioso, creyendo que mi progenitor se estaba deshinchando y que algún día se iría volando como si fuera un balón de playa, le pregunté cual era la razón de aquel penoso estado en el que se presentaba ante mí, a lo cual él contestó, no sin antes hacer el inciso de que era yo quien me presentaba ante él y no viceversa, que la razón no era que hubiera pisado un clavo sino, tal y como yo me había imaginado, que llevaba casi dos semanas sin comer.

—¿Tan mal va el negocio?—le pregunté, no pudiendo evitar un cierto tono de compasión.

—¿Negocio?

—Así que ya no tienes dinero ni siquiera para comer…

—Estoy en una clínica.

Vaya, aquello era peor de lo esperado, mi padre en una clínica; el otrora robusto Harry Hernández Sr. cuidado como si fuera un viejecito. Y lo peor es que en esa clínica le cobraban, me informaba en estos momentos mi padre, por no darle de comer. Yo le sugerí que quizás fuera mejor que se gastase el dinero en comida, y no en una clínica donde le curaran de su inanición no dándole de comer, a lo que él, de manera sorprendente, me contestó “que no le había la menor gracia mi broma.” Esto me confirmó que soy el peor de los payasos, pues nunca soy consciente de mis bromas y al parecer no tienen la menor gracia. Aunque esto último quizás no sea del todo exacto, porque, la verdad, la gente suele reírse de mí a menudo. Pero no mi padre, porque mi padre es mi padre, mi padre me quiere, mi padre me paga los estudios, mi padre no se conforma conque su hijo sea un pobre desgraciado, mi padre es mi padre…Por mucho que tantas veces hubiera deseado no serlo.

—Me acaba de llamar el decano Smith.

—¡Ah! Mi amigo Decano Smith.

—El mismo.

—¿Y qué tal ha pasado la hora que llevo sin saber de él?

—Disgustado por tu actitud.

—Vaya, lo siento.

—¿Lo sientes?—dijo mi padre indignado—¿Y no se te podría haber ocurrido decirlo frente a él? Me ha dicho que estuviste insultante, que te reíste de todo y de todos, incluso del señor presidente. Con prepotencia e impertinencia, como si fueras el único que sabe lo que está haciendo. ¡Como si los demás fueran todos tontos! ¡Y ahora me dices que lo sientes! Ahora, en frente mío, eres un corderito…

—Lo siento…

—¡Ves, otra vez!

—No creo que haya nada de positivo en alegrarse de haber producido un disgusto a otro ser humano, ni siquiera en uno tan insignificante como mi amigo Decano. Vaya…me ha rimado. ¡Si es que soy todo un poeta!

—¡Calla! ¿Insignificante? Si estás en Jorgeciudad es gracias a él. Él fue quien, en parte por la amistad que nos une, en parte porque en aquel entonces eras un chico aplicado y estudioso, abogó por ti frente al comité de admisiones. Él te recomendó, ¿y que haces tú en vez de agradecérselo? Le pones en ridículo frente a sus colegas, le dices a la cara un montón de ridiculeces y, por si esto fuera poco, vienes a uno de sus mejores amigos, quien además es tu padre, sí tu padre, y le dices que el decano Smith es un hombre insignificante…

—Tanto como tú, si eso te sirve de consuelo.

—¿Será posible tanta impertinencia? ¿Y tú mocoso? ¿No eres tú insignificante?

—No para mí.

—¿Y para los demás? Todos se ríen de ti.

—No me importa. Lo que me importará es el día que yo sienta que soy insignificante que será el mismo en el que me olvide de reírme de mí mismo de vez en cuando. Ese es vuestro problema, que os tomáis demasiado en serio, eso es lo que os hace insignificantes, si no a los ojos de los demás, sí a los vuestros. Y tú te sientes insignificante, por eso te pasas la vida trabajando, para no tener tiempo de acordarte de que lo eres. Por eso no pierdes oportunidad de fastidiar a los demás, para que nadie se olvide de quien eres, el gran Harry Hernández Sr….¡oh! Para que nadie tenga las fuerzas de mirar dentro de ti y se dé cuenta de que estás sucio, sucio como un niño pequeño que todavía no ha aprendido a limpiarse. Un niño pequeño, eso es lo que eres.

—Esto es el final. No estoy dispuesto a tolerar más insultos. Algún día te darás cuenta de lo injusto que has sido conmigo.

—¿Te refieres a que quizás yo seré algún día como tú? ¿A qué quizás yo también sea un sesentañero casado con una veinteañera? Es posible, si bien lo dudo, pues no creo que tenga jamás el dinero suficiente para comprar un juguete tan caro. Es curioso que dentro de cuarenta años tenga que pagar tanto por algo que ahora tengo gratis. ¿Eso es la inflación que os tiene a todos tan preocupados, verdad? Pero bueno, en el caso, nada extraño pues al fin y al cabo soy tu hijo, de que a tu edad yo acabe siendo tan vano y asqueroso como tú, no te olvides de que yo nunca le he ido diciendo a la gente como vivir, que nunca he pretendido ser un cúmulo de virtudes. Tú, en cambio, te has pasado la vida predicando, criticando, queriendo bajar a la gente a tu altura, ya que tu no podías subirte a la de ellos. Yo no, porque yo no creo que haya alturas, sino gente buena y gente mala, gente tonta y gente lista, gente mediocre y gente con talento, pero todos a la misma altura, lo cual me evita la molestia de tenerles que subir o bajar. Yo les miro, eso me basta, y me río de ellos, un poco, al igual que me río de mí mismo a veces; les admiró de vez en cuando, a muy pocos, como de vez en cuando admiro algo de mí mismo. Eso me basta. Y les dejo vivir y te dejo vivir a ti, con tus ridiculeces y complejos, mientras no tengas la desfachatez de querer darme lecciones, porque, la verdad, no tengo nada que aprender de alguien que, como tú, ha dado tantas razones para ser querido fuera de la familia como odiado dentro de la misma. Si bien, pese a todo, te seguimos queriendo. Pese a tus mentiras y a tus gritos…Pese a todo. Pero no quieras que además te sonría, o que te reconozca que eres superior, porque, si bien no te niego que hay mucha gente superior a mí, tú no eres uno de ellos. Que no se te olvide.

—No me amenaces…

—No te amenazo, te informo. No me admira nada de lo que puedas comprar con tu dinero, ni siquiera tu preciosa esposa. O bueno, ahora que lo pienso, ella sí. Ya me la dejarás un día…

—¡Calla! ¡Tú madre! ¡Tú madre es la que ha hecho que me odiaras!

—En eso tienes razón. El amor es lo que nos enseña a odiar la maldad. Si no llega a ser por lo mucho que ella me ha querido, es posible que nunca me hubiera dado cuenta de lo mucho que te odio.

—Soy tu padre.

—Y yo tu hijo, y ya ves de que me ha servido.

—¿Acaso te ha faltado algo?

—No, pero tú me has sobrado.

—Estoy harto de que me insultes. Debo pedirte que, por favor, salgas de mi oficina.

—Como no.

—Aquí tienes el cheque del mes. En lo sucesivo, por favor, no te molestes en venir. Te ingresaré el dinero directamente en tu cuenta. Tengo mis obligaciones y no te preocupes que seguiré cumpliéndolas.

—Cuando quieras dejar de cumplirlas ya sabes que no tienes más que decirlo. Ya me buscaré la vida.

—Me siento obligado moralmente.

—Yo diría que legalmente.

—Eso también, pero yo he dicho moralmente.

—Te repito que sabré salir adelante.

—¡Adelante! ¡Tú adelante! ¡Tú, a quien van a expulsar de la universidad si un milagro no lo remedia! ¿Y qué vas a hacer, trabajar limpiando baños?

—Es una opción. Pero no, no me siento especialmente dotado para tan higiénica misión. Quiero tocar el saxofón…¡Mira otra rima! Y triple…aunque con on la verdad es que no tiene mucho mérito.

—El saxofón…Te morirás de hambre.

—Pues me moriré de hambre, pero tocando el saxofón.

—El cuerpo no se alimenta de notas musicales.

—Pero quizás el alma sí. Por eso la tuya está tan flaca.

—Adiós Harry.

—Adiós padre.

Otra vez en la calle. Tal y como era tradición una vez al mes, salí exaltado de la lujosa oficina de mi padre. Y aquello iba en serio, no era como lo de las conversaciones con mi amigo Decano. Aquello duraba más de treinta segundos. Durante horas no podía quitarme de la cabeza la imagen de mi padre, nuestras discusiones, y lo peor es que, al final, no podía evitar el arrepentirme por haber sido tan duro con él. Siempre deseaba no haber dicho tal o cual cosa, mil veces me decía que él en realidad no era malo, sino que no había aprendido a ser bueno; que no era que no me quisiera, sino que no había aprendido a mostrar su amor por mí. Así era como, irremisiblemente, acaba sintiéndome culpable y me reprochaba, si tan bueno me creía, no saber ser más permisivo con las debilidades de los demás. Pero después me decía que uno no debe ser permisivo con los que quiere, porque la permisividad es la mayoría de las veces indiferencia. La vida sería mucho más bonita si uno pudiera amar sin querer corregir, pero también la vida sería más bonita si los perros cantaran ópera en vez de ladrar, y sin embargo ladran, ya lo creo que ladran…

Ya en el metro, regresando a mi casa, sentí un alivio porque aquella sería la última vez que tendría que soportar a mi padre. No quería verle más, nunca más, no quería volver a sentirme una mala persona como me sentía en aquellos momentos…cogí el saxofón…y los ojos de la chica me decían, pestañeo a pestañeo, que yo, Harry Hernández, era al que ella quería; sí yo, al que sus compañeros de clase consideraban un ridículo y anecdótico personaje y del que se reían por compasión, pues desprecio era de lo que me creían merecedor; sí yo, yo, el mismo que, de no haber sido el hijo del propietario de un restaurante cubano, haría tiempo que hubiera dejado de ser una carga en Jorgeciudad; yo, yo, ese “yo” que tanto había buscado pero nunca había encontrado. Hasta que la encontré a ella. Yo. Yo era la persona más maravillosa del universo, el hombre más irresistible de cuantos había visto en su corta existencia, corta en el pasado pero larga en el futuro, pues le quedaba un siglo de amor por darme, un siglo de amor por recibir. Yo. Y sus ojos verdes se mezclaban con mis notas y sus labios rojos de carmín eran como una flor, una flor que se abre en primavera y que al buscar el cielo pinta con sus pétalos figuras en el aire, mensajes imaginarios que como nubes flotaban destino a un beso, destino a mi corazón, el cual, en un latido, absorbería todo el aire y todas las nubes y con ellos sus labios y sus mensajes y su amor y su primavera. Yo. Y sus finas piernas ahora levantaban su precioso cuerpo y sus brazos eran dos figuras perfectas formadas por diez ramificaciones de porcelana y que aplaudían con tal entusiasmo que parecía que fueran a romperse.

“Bravo, bravo…,” cantaba su voz.

Pascual vino a felicitarme y fue entonces cuando le pedí que me presentara a aquella preciosa muchacha…

“Próxima estación Dupont Circle…,” tronó una voz en la taberna de Pascual, como si proviniese de algún ser omnipotente, omnipresente, la voz de Dios. Y lo era, pues era la voz de mi inspiración, la que me decía que era el momento de crear algo que quedara por los siglos de los siglos. Así que mire a los ojos de la chica, cogí el micrófono y, con voz de eternidad, intentando convertir en mágico aquel momento, dije:

—Esta canción va dedicada a los ojos más bonitos que hayan iluminado en verde este mundo. Es una improvisación que llevo toda mi vida preparando y que se titula “Dupont Circle Sketches.”

Mientras tocaba, numerosas voces comenzaron a sonar en mi mente. Era como un gran rugido, que un momento más tarde se veía acompañado por el ruido de una tarjeta que entra y sale, por el de una escalera mecánica que sube junto a una que baja, por el de un coche que se va junto a uno que viene. “¿Tienes un poco de cambio?”… “gracias hermano,” una llave, una puerta, “¡ploff!” El ruido de una mochila que cae al suelo, al cual sucede el de un equipo de música que abre su alma, que pide comida, comida que viene en forma de disco compacto, una comida que aquel día tenía forma de Miles Davis.

“Siéntate, princesa de ojos verdes…¿Qué quieres beber?”

“Música…”

“Yo también…”

Y juntos, mezclando nuestros alientos y nuestros cuerpos, nos bebimos aquella copa de música, lo más parecido que jamás haya existido a la música del cielo. Si mi Dupont C. S. había sido la música de la tierra, porque en la tierra estaba mi princesa, los esbozos flamencos de Davis eran un trozo de cielo, un trozo que no nos conmueve, que no nos llama a la acción, sólo a ponernos bajo el cielo y a dejar que el cielo nos proteja, que el cielo nos mire. Es una música de arriba, una ante la que hay que cerrar los ojos. Un poco de oscuridad es siempre la puerta de la luz, la puerta del cielo.

“Riiiiiiiinnnggg…,” era el timbre de su alma, de la mía.

“Diga…”

“Hola cariño, ¿cómo estás?”

“Bien, muy bien.”

“¿Qué tal el día?”

“Bonito, muy bonito.”

“¿Qué has hecho hoy?”

“Mirar tus ojos verdes.”

“¿Te encuentras bien?”

“Tan bien como se pueda encontrar uno en este mundo.”

“Te noto raro.”

“Porque soy feliz.”

“Harry, ¿qué te pasa?”

“Que soy feliz.”

“¿Qué te has tomado?”

“Tu cuerpo.”

“¿Estás solo?”

“Sí, porque tú eres parte de mí.”

“Tú padre me ha llamado para decirme que habéis discutido.”

“Sí, mamá, es cierto, pero estoy bien, de verdad, pero ahora no puedo hablar, tengo un concierto esta tarde…”

“Será un examen.”

“¿Les llaman así a los conciertos en los que no te aplauden?”

“Supongo que sí cariño.”

“Pues tengo un examen.”

“Buena suerte.”

“Gracias mamá.”

De repente estaba en una obra en el Gran Teatro de la Habana. Se abrió el telón y tras él apareció un rótulo que me indicaba que la obra se titulaba Derecho Internacional y la primera escena “Ley del mar.” Y entre las olas, asomándose tras un pico de agua, había un lancha motora. Quizás pudiera salvarme de morir ahogado. Un toque de saxofón fue todo lo que hizo falta para que Pascual, que era quien tripulaba la motora, se diera cuenta de que era su amigo Harry quien remaba sobre aquellos trozos de madera unidos por cuerdas.

“¿Vas de regreso a tu país?” gritó Pascual.

“Sí.”

“No llegarás…Hoy la mar está brava.”

“La mar siempre está brava. Es una de las pocas cosas en este mundo que nunca es cobarde.”

“Quédate…”

“Debo volver.”

“¿Por qué? ¿Acaso no eres feliz entre nosotros?”

“Sí, soy muy feliz, pero tengo obligaciones que cumplir.”

“¿Cuáles?”

“Triunfar.”

“¿Es eso una obligación?”

“Sí.”

“¿Y quién te obliga?”

“Gente que me quiere. Y triunfar es mi única manera de demostrar que yo también les quiero a ellos.”

“Pero nunca llegarás. Tu balsa es mala y el mar también.”

“Al menos lo intentaré.”

Entonces, a lo lejos, vi un avión que sobrevolaba el mar a baja altura. Pascual lo vio también y me dijo:

“Ellos te salvarán, sólo debes seguir una milla más. No te pueden rescatar en aguas cubanas, pero una milla más y ya estarás en aguas internacionales. Una milla más…”

“¿No me puedes llevar tú hasta allá?”

“Alguien podría verme y lo perdería todo. Mi casa, mi taberna, mi licencia de pesca, puede que incluso mi vida. Debo irme Harry, mucha suerte. Una milla más y estarás a salvo. Nadie te puede ayudar, estas solo Harry y esta es tu milla.”

Una milla. Comencé a remar con todas mis fuerzas, debía conseguirlo, debía esforzarme por amor a todos los que habían confiado en mí. Una milla. Desde el avión debieron verme; aún sin acercarse a mí, corrían peligro de ser derribados, comenzaron a hacer piruetas en el aire. Me saludaban, me bienvenían a mi país, el que un día dejé en avión y al que ahora volvía en balsa. Y mientras tanto yo remaba, remaba de espaldas al horizonte, sin querer mirar al futuro, rezando porque el mar no me robara mis sueños. Una milla más tarde, el hidroavión amerizó. En su interior vi aparecer una cara sonriente:

“Bienvenido a los Estados Unidos. ¿Eres cubano?”

“No, americano.”

“¿Y por qué vienes remando? ¿Por qué no cogiste un avión?”

“El siguiente avión era mañana y yo tengo prisa.”

“¿Prisa?”

“Sí, tengo un examen esta tarde.”

“Entonces no hay tiempo que perder. René…;” dijo mi sonriente amigo dirigiéndose al piloto; “a toda marcha, que nuestro amigo tiene que llegar a un examen.”

“A toda marcha.” confirmó René.

Y a toda marcha llegué, pues tan solo unos minutos más tarde ya me encontraba en el segundo capítulo, algo acerca de fronteras y embajadas, el cual me llevó exactamente cuarenta minutos, y el tercero y el cuarto…Cuatro horas más tarde ya estaba listo para el examen. Me levanté del pupitre y me dirigí al baño, viendo en el espejo el reflejo de un barbudo cuyo aspecto era totalmente inadmisible en un examen.

Con total diligencia, y mientras la plancha se calentaba, me afeité y duché. Diez minutos más tarde, me encontraba sacándole las arrugas a una camisa blanca, sobre la cual, poco después, anudaría una discreta y apropiada corbata azul oscuro. Me puse un traje del mismo color el cual, afortunadamente, había tenido el buen juicio de llevar a la tintorería tras la última vez que me lo puse. Meses había hibernado en mi armario, sin una arruga, perfecto, esperando al momento en el que lo necesitara, y ahora estaba preparado para nuestra gran misión. Me miré al espejo y vi la mirada del tigre; no, no había dolor, ni dolor ni nada más importante en este mundo que aquel examen, aquel del que dependía mi vida, mi futuro…¡Mi hombría! Y, como no, mi expulsión de Jorgeciudad. Todo. Para animarme decidí poner un poco de música, si bien, un momento antes de hacerlo, cambié de opinión, diciéndome que la música podría devolverme a Cuba. Pero fui valiente y mientras pensaba “no hay enemigo invencible” puse al duque. Y efectivamente no lo había, pues un instante más tarde me daba cuenta de que estaba salvado, de que era otra vez yo y, como tantas veces en otros tiempos, sólo me importaba el examen. Ni siquiera Ellington quien, por cierto, desde fuera de Cuba me parecía lento y aburrido.

Con paso de ganador, mirando al horizonte y no al suelo como había sido mi costumbre en los últimos meses, planeando ese futuro que tantas veces había intentado soñar, me dirigí a la parada del autobús, el cual me llevaría desde Dupont a Jorgeciudad. Una vez en él, continué repasando las notas de clase, sin dejar que las estúpidas conversaciones de los demás pasajeros me entretuvieran. Tenía una misión y no estaba dispuesto a fracasar. Era mi última oportunidad, no habría más; sólo una buena nota y una disculpa con el profesor me podían salvar de la expulsión. Nervioso repasé el capítulo acerca de las embajadas, tan nervioso que la montaña de apuntes comenzó a desmoronarse y, cual lava de volcán, a extenderse por el sucio suelo del autobús.

Todos se reían, si bien a la vez que me ayudaban a recogerlos. Ya tenía casi todas las hojas, cuando una bonita voz me dijo:

—Toma, no te vayas a olvidar de éstas.

Levanté la mirada y frente a mí encontré a una bonita muchacha, cuyos rizos caían sobre una de las más francas sonrisas que jamás haya visto. Sus ojos eran marrones y su nariz como una fresa sobre un pastel de nata. De nata, como mi última frase. Pero es que de nata son las palabras que nos salen cuando nos referimos a la gente de la que nos enamoramos. Y de nata deben ser, por mucho que la mayoría de las veces suenen a pastel.

—¿Tienes examen?—me dijo ella.

—¿Cómo lo sabes?—contesté sorprendido.

Con una mirada a mis apuntes, a la cual acompañó de una sonrisa, me demostró lo tonta que había sido mi pregunta.

—Sí…—dije con timidez.

—¿Difícil?

—Un poco…

—Bueno…—dijo ella mientras miraba a través de la ventana—Esta es mi parada. Buena suerte en el examen.

—Gracias.

A través de la ventana lateral le vi pisar la calle y a través de la trasera le vi alejarse de mí. Que bonita era, tanto que no podía imaginarme el resto de mi vida sin ella. “¿Cómo sobrevivir?” me pregunté. “¿Como acostumbrarse a la oscuridad una vez hemos visto tanta luz?” Me senté de nuevo en mi asiento y me dije que iba a necesitar de Cuba para sobrevivir a aquello. Al menos por unos minutos, hasta llegar a la universidad. Cerré los ojos e intenté imaginarme con el saxofón, en la taberna de Pascual, tocando en frente de mi recién conocida princesa. Pero en la taberna no había nadie, la taberna estaba apagada.

“Pascual,” grité “¿Por qué está todo vacío esta noche?”

“Porque se ha ido la luz en la isla.”

“Pero hasta ahora siempre había habido luz.”

“Ya no, ahora la luz está fuera.”

Al oír aquellas palabras me faltó tiempo para apretar el botón de solicitar parada. A toda prisa bajé y comencé a correr en dirección adonde había visto a mi princesa por última vez. Corrí, empujé, tenía que ir más deprisa, tenía que encontrarla. Al pasar junto a una papelera tiré los apuntes y los libros…”debo correr, debo encontrarla…”

Por fin llegué, aquella era la parada en la que la muchacha se había bajado. Busqué por todo, bares, restaurantes, tiendas de libros…con mi vista escruté todas las ventanas y terrazas de los edificios. No estaba. Había apagado la luz de Cuba. Triste me senté en un banco y me puse a llorar como un chiquillo. La había perdido; ¡como había podido ser tan tonto!

Cerré los ojos. Un momento más tarde una mano me tocaba en el hombro. Era ella. Cogí el saxofón, empecé a tocar, y la luz volvió a la taberna de Pascual, la luz volvió a Cuba. Por un instante, mezclado entre una nota y una sonrisa, me acordé del examen, y la indiferencia que este recuerdo me produjo me dijo que yo tenía razón, porque yo, si bien es cierto que quizás malviviendo, al menos viviría. Junto a ella, en Cuba.

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